Los personajes le pertenecen a J.K. Rowling y la historia a Eve Berlin que se llama El limite del deseo, yo solo juego con ambos por entretenimiento, no pretendo violar ningún derecho de autor ni nada parecido. Espero que la disfruten
Once
Hermione se despertó a oscuras; el corazón le latía con fuerza. Tardó un momento en recobrar la compostura y recordar dónde estaba. Y en cuanto lo hizo, recordó el motivo por el cual el corazón le latía desbocado y le entró el pánico.
Le amaba.
Imposible pero cierto. Maldita sea.
Se sentó en la cama y se llevó las manos a la cabeza. Esto no podía estar pasando. A ella no. Y estaba claro que no podía ser por él.
Draco era un chico inalcanzable. Ya debería saberlo. Lo sabía, de hecho, pero la noche anterior había estado demasiado aturdida como para hacer nada al respecto. Para él, esto no eran más que juegos y risas. Un juego serio pero un juego al fin y al cabo. Draco había sido muy claro con ella desde el principio. Y ella pensaba que también lo había dejado todo claro. Nada de relaciones. No quería volver a abrir su corazón. No arriesgaría más con sus emociones. Y ahora estas emociones habían estallado, llegando de un modo mucho más profundo a su corazón que antes. ¿Cómo creía que podría hacerlo —llegar a este tipo de extremos sexuales— sin que su corazón se viera involucrado?
Era una insensata.
Le quería.
Pronto Draco sabría que le pasaba algo. Era muy perspicaz; eso explicaba por qué era tan bueno como dominante. No obstante, eso no la tranquilizaba nada ahora mismo.
Dejó caer las manos en el regazo y miró a través de los ventanales la oscura noche en la ciudad. De las calles provenía luz; era un débil resplandor ambarino y plateado que iluminaba tenuemente las nubes que cubrían el cielo. De repente se sintió sola, como si caminara por esas calles mojadas y oscuras envueltas en la típica humedad de Seattle. Increíblemente sola. Y a pesar de todo le entraron ganas de marcharse. De levantarse, vestirse y salir sin hacer ruido antes de que Draco se despertara y se diera cuenta de que le pasaba algo horrible.
Así era como se sentía. Como si estuviera... enferma.
Gimió y se abrazó.
—¿ Hermione?
Mierda.
La voz de Draco estaba impregnada de sueño. No quería mirarle porque sabía que todo habría terminado. Sentiría demasiado y pasarían dos cosas: o se lo contaba, cosa que sería un desastre absoluto, o bien tendría que marcharse. Tendría que hacerlo; marcharse y no volver nunca más.
Notó una punzada en el pecho con solo pensarlo.
— Hermione —repitió—. ¿Qué te pasa? ¿No puedes dormir?
—No —se limitó a contestar ella.
No sabía qué más decir. No creía que su voz permaneciera firme mucho tiempo más.
—Acércate —dijo él, al tiempo que se sentaba y alargaba el brazo hacia ella.
Hermione se zafó de él.
—¿ Hermione? —Oía la confusión en su voz—. ¿Qué pasa?
Ella sacudió la cabeza. Ya lo había fastidiado. Acababa de meter la pata con Draco al enamorarse de él. Estaba enfadada consigo misma y con él, pero por motivos que no alcanzaba a comprender. En su interior todo era caos y oscuridad.
—Vamos, cuéntamelo —insistió.
—¿Para que puedas hacer tu trabajo? —preguntó con un deje de amargura. No podía evitarlo. No quería darse la vuelta y mirarle a los ojos.
—¿Qué? No. Yo... Dime qué está pasando.
—No lo sé. Es eso. Mierda. Quizá sí lo sé. Tal vez soy demasiado consciente de que todo esto se basa en ti y en tu papel como dominante y en mi papel como la pequeña sumisa.
—Nunca te he visto así, ya lo sabes. Bueno, pensaba que lo sabías.
—De acuerdo, quizá no. Pero tú sí te ves de ese modo. Y lo que necesito saber es si... ¿Hay algo más allá de eso, Draco?
Tragó saliva. ¿De verdad acababa de preguntarle eso?
Se quedó callado tanto rato que empezó a tener miedo. Quizá le había presionado demasiado. Pero ¿qué iba a hacer? ¿Pedirle que se fuera? En parte, quería que lo hiciera. Por otro lado, quería que la abrazara y le pidiera que se quedara con él. Para siempre.
«No seas imbécil.»
Le dolía la barriga y notaba punzadas en el corazón.
—Joder, Hermione.
Ya estaba. Ella apartó las sábanas e hizo el amago de levantarse pero él le cogió el brazo y la obligó a mirarle.
—¿Adónde vas? ¿Qué está pasando aquí?
Entonces la embargó la rabia en una furiosa oleada. En realidad era una mezcla de ira, miedo y sentimiento de pérdida. No podía hacerlo.
—Me marcho, Draco.
Incluso en la penumbra reparó en cómo le cambió la cara al soltarla.
Sacudió la cabeza.
—No te retendré aquí contra tu voluntad —le dijo en un tono regular y cuidadoso.
—Claro que no, porque el famoso Draco Malfoy no haría nada que infringiera el credo de seguridad consensuado. ¿Pero tampoco harías nada que dejara entrar a nadie, verdad?
Él se la quedó mirando; la sorpresa era patente en su rostro. Ella también estaba sorprendida. Entonces él frunció el ceño y le dijo en una voz tan baja que apenas le oía:
—No.
Ella hizo un gesto con la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tienes razón. —Hizo una pausa y se pasó una mano por el pelo—. Y es... Nunca me había dado cuenta de que... es un fallo que tengo. Lo considero algo necesario. Sigo pensando que es así en gran parte. Tal vez. Mierda, ya no lo sé, Hermione.
Ella no pudo evitar enternecerse un poco al captar ese tono despectivo hacia sí mismo; la confusión sincera en su voz.
—No sé qué me pasa —reconoció—, pero tiene que ver contigo. Y no me gusta; eso sí que te lo diré. No lo entiendo. Esta noche, al llegar aquí...me ha pasado algo. —Calló y sacudió la cabeza—. Era distinto. Nuevo. No sé si quiero pensar mucho en eso. A la hora de acostarnos decidí que era mejor que no. Pero si la alternativa es que te marches de aquí ahora mismo, entonces pensaré en ello. Haré todo lo que pueda para averiguarlo.
—Draco... Lo siento.
—¿El qué?
—Ser tan cabrona con esto cuando yo me siento del mismo modo. Hay algo que está cambiando en mí y me asusta. Por eso quería marcharme.
—¿Y aún quieres irte?
—No. Ahora que sé que me quieres aquí, no. A pesar de... de esto, sea lo que sea.
—De acuerdo. Está bien.
Él alargó el brazo hacia ella; esta vez Hermione accedió y se acercó. Su corazón era como un martillito que repiqueteaba en su pecho. Sin embargo, lo dejaría así. Era un poco más fácil sabiendo que él estaba igual de confundido que Hermione por lo que estaba pasando entre ellos.
Permanecieron callados tanto tiempo que ella empezó a preguntarse si se había quedado dormido. Justo entonces se movió y se tumbó de espaldas, arrastrándola consigo hasta que estuvo encima de él: vientre sobre vientre, sus senos oprimidos por su duro pecho. Notaba sus músculos, incluso, y el leve movimiento de su erección entre sus muslos. Dio un grito ahogado al sentir que el deseo volvía a llegar a su orilla, como una ola imparable. Igual de líquido, igual de fuerte.
—Draco...
—Shhh. Bésame —le dijo con dulzura.
La manera en que lo dijo le provocó otra oleada de calor en la piel que se filtró en su corazón. Él le atrajo la cabeza hacia sus labios con las manos en sus mejillas. Cuando la besó fue increíblemente tierno. Sus labios rozaron los suyos con delicadeza, sin apenas tocarla. Sintió un suave temblor de deseo que provocó otra corriente de anhelo tras esa primera oleada de pasión. Sin embargo, esta era diferente. Igual de intensa pero de un modo completamente distinto. Las cosas habían cambiado entre ellos. Ambos habían reconocido algo. Ambos se habían abierto al otro.
Pero con la boca de Draco en la suya, con su lengua tanteando y explorando con ternura, no podía pensar en lo aterrador que era todo. Lo único que podía hacer era ceder. Dejarse llevar por su beso y por él. Por la conexión aún tenue y frágil que sentía entre los dos. Suspiró y oyó la respiración entrecortada de Draco entre sus labios mientras él levantaba las caderas y presionaba con su erección su monte de Venus cada vez más húmedo. Hermione separó las piernas y permitió que la punta del pene se deslizara a lo largo de su sexo. Esa sensación era puro placer: el toque aterciopelado de su pene en su clítoris y saber que era él.
Draco.
Él empezó a moverse, a arquear la espalda y a separarse un poco para que su pene quedara atrapado entre los pliegues mojados de su piel, se desplazara sobre su clítoris y volviera a perderse entre sus labios. Seguía sin soltarla mientras la besaba y le acariciaba la mejilla. Con la otra mano le tocaba suavemente un pecho con la palma, y su roce despertó nuevas sensaciones. Hermione cambió un poco de postura para que él pudiera abarcar el seno con toda la mano, que rozó el pezón al momento con las yemas de los dedos. Como el resto de movimientos —caderas, pene y boca— eran terriblemente suaves, aprovechó para pellizcarle el pezón.
Ella dio un grito ahogado. Se sumió en el dolor que no era siquiera dolor sino una especie de placer más intenso. Un placer que se mezclaba con la ternura de todo lo que pasaba entre ellos. De su boca, de la cadencia de sus caderas y de la leve presión de su pene. Unos movimientos que se acoplaban.
Perfectos.
Ella llevó las caderas hacia las suyas y presionó su dura erección. Él seguía besándola una y otra vez, jugando con la lengua. Y la tortura del pezón le provocaba unas sensaciones increíbles. El placer iba en aumento y se notaba cierta tirantez en el sexo, en el vientre y en los pechos. Ella siguió moviendo las caderas al compás que marcaban las suyas.
Draco separó la boca de la suya lo suficiente para murmurar:
—Córrete, preciosa.
Y así lo hizo. Llegó al orgasmo temblando mientras el clímax se repartía por todo su cuerpo, provocado por la dura presión de su pene en el clítoris. Se corrió, gimiendo y jadeando, con el mero roce de su piel. Entonces a él le faltaron manos para tocarla; le acarició la espalda, las nalgas, los muslos. Y cada caricia le provocaba otra oleada de sensaciones. Seguía temblando con los efectos del clímax cuando él cogió un condón, se lo puso y la levantó.
—Venga, Hermione —le dijo con una voz impregnada de deseo.
La sujetaba con las manos en su cintura. Ella le miró a los ojos: eran dos puntitos que brillaban en la penumbra dela habitación. Aguardó a su señal, a su orden. Y cuando él le hizo la señal con un movimiento de barbilla, ella bajó y se colocó encima.
—Oh...
No pudo evitar gemir cuando él se introdujo en ella y notó su piel dura y cálida cada vez más adentro. Draco seguía aferrado a su cintura y ahora empezaba a subirla y a levantarla con sus fuertes brazos; encajándola con fuerza en su pene. A ella le encantaba que, aun estando encima de él, Draco estuviera al mando y marcara el ritmo. Le provocaba placer al tiempo que reclamaba el suyo. Y mientras él levantaba las caderas con fuerza, la ternura dejó paso a una necesidad primitiva.
—Joder, Hermione —dijo entre jadeos—, necesito estar así, dentro de ti.
—Sí, Draco...
—Quiero que vuelvas a correrte. Córrete para mí.
Ella se llevó una mano al clítoris y volvió a invadirla una fuerte sensación.
—Me encanta —murmuró ella, abrumada por la impresión: su pene, sus dedos, sus órdenes.
—Venga, preciosa —gimió él mientras empujaba las caderas hacia arriba para penetrarla y volver a sacarla—. Hazlo. Córrete.
Ella empezó a trazar círculos con los dedos y movió las caderas para que su pene rozara su punto G. Y con un grito, volvió a correrse.
—¡Draco! ¡Ah!
Hermione temblaba, aún tocándose y moviéndose encima de él. Apretaba su pene con el sexo.
—Ah, Hermione... —Él se incorporó un poco y aceleró el ritmo de sus embestidas—. Joder, cielo...
Entonces la atrajo hacia sí con fuerza y la abrazó.
—Qué bien... Me gusta mucho... —musitó con la boca en su pelo.
Y de repente regresó esa ternura, más fuerte que nunca, así, mientras la abrazaba. Jadeantes, la piel de ambos estaba perlada de sudor. Su pene iba perdiendo tersura en su interior, pero ella no quería soltarle. No quería que sus cuerpos se separaran. Draco la besó en la mejilla, la garganta; sus labios acariciaban su piel con ternura, y ella sintió que cada roce era una especie de confirmación delo que había entre ellos. No quería ponerle nombre pero era «algo».
Se quedaron ahí tumbados unos minutos y ella se quedó dormida un rato, encima de él; dos cuerpos fundidos en uno. Era genial poder dormir un rato y despertarse tan cerca de él.
…..-…-…..
El sol empezaba a salir, tiñendo las nubes del otro lado de la ventana de naranja, rosa y dorado, como si el cielo fuera una acuarela. Suspiró, feliz, volvió a mirarle, acomodó el rostro en su cuello e inspiró. Él se despertó y la apretó con los brazos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, incluso durmiendo, no la había soltado.
Volvió a notar algo en el pecho; su corazón latía con algo que iba más allá del placer.
—Cielo —murmuró Draco—. Mi niña...
Y eso bastó para volver a despertar el deseo en ella. Su pene se endureció de repente y ella separó las piernas para él. Draco se movió lo justo para coger otro condón de la cajita lacada y ponérselo. Y volvió a estar dentro de ella, aunque esta vez el sexo fue más tierno y aletargado por el sueño. El dulce movimiento de sus caderas y las de ella. Los gemidos de él y sus suspiros. La sensación fue aumentando poquito a poco hasta que, al final, alcanzaron ese punto juntos, gritaron y cayeron abatidos en la cama una vez más.
Él la besó en la mejilla, el pelo y la mandíbula. Eran besos suaves y encantadores. Hermione inspiró hondo para percibir el olor de su piel, del sexo y delos dos juntos.
Hermione le rodeó el cuello y notó el calor de su cuerpo junto al suyo. El ritmo regular de su corazón. Una sensación de conexión.
En parte quería seguir asustada, pero estaba tan a gusto ahora. Esto era maravilloso y no podía negárselo.
«Deja que sea así de momento.»
En realidad tampoco podía hacer nada. Se sentía indefensa ante las sensaciones de su cuerpo y de su corazón. Lo que sentía silenció todas las alarmas, al menos por el momento. Y ella se permitió el lujo de ceder. De ceder ante las órdenes de Draco y ante el placer de estar con él e incluso de entregarse al miedo de estar enamorada de él. Tampoco tenía que hacer nada al respecto; ni siquiera sabía explicarle cómo se sentía. No importaba lo fuerte que fuera; era algo que podía mantener en secreto.
…-…..-…-….
Habían pasado dos semanas desde que Hermione se diera cuenta de que estaba enamorada de Draco. El secreto era cada vez más difícil de mantener. No se lo había contado a Ginny; nunca había pronunciado esas palabras en voz alta, ni siquiera a sí misma. Tenía miedo de hacerlo y que todo se volviera más real.
Permitir que ese pensamiento le pasara por la cabeza era ya demasiado real. Eso y estar con él.
Había estado dibujándole. Y dibujando la ciudad; las nubes suspendidas sobre la bahía de Elliott, que veía a través de las ventanas de su apartamento. Las montañas en la lejanía. Un cuenco con fruta en la mesa de la cocina.
Había encontrado algunos carboncillos y un bloc de dibujo. No se había atrevido a buscar las pinturas. Era demasiado pronto. Se sentía algo insegura respecto al hecho de ceder ante esa necesidad, ese deseo. Era demasiado... indulgente.
Pero sabía que era por Draco. Por el modo en que la hacía sentir... hacia él y hacía sí misma. Él empezaba a hacer que se cuestionara las antiguas ideas —ahora se daba cuenta de que estaban pasadas de moda— sobre su vida y lo que debería hacer. Sobre algunas de las decisiones que había tomado. El modo en que se reprimía siempre porque tenía miedo de lo que los demás pudieran pensar de ella. Sus padres, sobre todo. Algo ridículo, sí, porque era una mujer hecha y derecha. Pero la relación con Ron no la había ayudado precisamente y fue ella quien lo había permitido. Permitió que Ron y sus prejuicios sobre ella influyeran en su manera de pensar.
Tal vez no fuera esa mujer fuerte que creía ser. O quizá no estaba pensando con claridad acerca de nada de esto. Tal vez debiera dejar los carboncillos a un lado y olvidarse de la pintura...
Estaba frente a los ventanales de su despacho, con la mirada puesta en la lluvia que caía en la ciudad, y dejó que eso aliviara sus pensamientos enmarañados. Los coches pasaban salpicando en las aceras; algunos paraguas salpimentaban las calles. En parte quería estar allí, notando la humedad del aire de Seattle con esa pizca de sal del océano procedente de la bahía. El olor de la ciudad bajo la lluvia la hacía sentir como en casa. Cómoda ya gusto incluso en medio de una tormenta. Le encantaba la sensación de calidez del abrigo, con el aire húmedo que le enfriaba los pies a través de las botas.
Se estremeció. Estar fuera con ese clima de febrero no era lo único que deseaba. También deseaba a Draco.
Siempre Draco.
Se apartó de los ventanales y volvió a sentarse en su silla al tiempo que cogía el móvil. ¿Habría quizás algún mensaje de él? A veces le mandaba mensajes picantes durante el día cuando no estaba en los juzgados. O a veces incluso cuando sí lo estaba, algo que se le antojaba particularmente malvado. Unas pocas palabras suyas podían conseguir que se acalorara al instante. Podían calentar su anhelante corazón.
Mierda, no le gustaba nada sentir ese anhelo. No era de ese tipo de chicas, nunca lo había sido, pero con Draco no podía evitarlo.
Las últimas semanas habían sido maravillosas a la par que difíciles; un tipo delicioso de tortura que nunca antes había sentido. Pasaban juntos casi cada noche y los fines de semana. Las noches que no le veía procuraba mantenerse ocupada. Se había llevado trabajo a casa algunas veces, había quedado con Ginny o paseado por su librería favorita.
Sin embargo, era como si cada momento que no estaba con Draco pasara muy lejos. Se sentía desapegada y desconectada de todo salvo de él.
Aquella noche, durante la cena, Ginny supo que algo le pasaba, pero no le dijo nada. Y Hermione no la había llamado muy a menudo. Sabía que Ginny no esperaría siempre a que ella se lo soltara, así que era mejor evitarla de momento. No sabía cuánto tiempo más podría aguantar con eso dentro. Cada noche que pasaba con él tenía miedo de estallar y contárselo. Se sentía algo decepcionada y aliviada al mismo tiempo porque no la había vuelto a llevar al Pleasure Dome.
Allí todo era demasiado intenso. Estaba segura de que si iban, se sumiría demasiado en el subespacio para controlar el secreto; las palabras saldrían solas y su secreto quedaría expuesto. No podía hacer algo así. Si se lo decía, ambos tendrían que enfrentarse al tema y todo habría terminado. No podía evitar remontarse a la última vez que le había revelado un secreto a un hombre: cuando le contó a Ron sus deseos más oscuros. Eso fue el fin de todo; algo que ya le había estado bien porque él no era nada adecuado para ella. Pero el caso era que no podía revelar algo así, sabía que debía guardárselo para sí.
Suspiró, dejó el teléfono en la mesa y abrió el informe en el que estaba trabajando en el ordenador. Era viernes y se suponía que debía entregarlo el lunes por la tarde. Si no recobraba la compostura y trabajaba un poco, el lunes sería un día infernal. Hizo un esfuerzo para concentrarse. Al final, su cerebro empezó a activarse y se sumergió en la tarea.
Eran casi las cinco cuando sonó un pitido en el móvil: tenía un mensaje. Se alisó el pelo con la palma de la mano; el corazón le latía con fuerza. Tenía que tranquilizarse. Tal vez no fuera un mensaje de él.
Pero lo era.
Esta noche en mi casa. A las siete en punto.
Ella sonrió para sus adentros. No habían hablado de verse esa noche; creía recordar que le había dicho que tenía planes con su amigo Theo. Pero antes de que pudiera responder, recibió otro mensaje.
Da igual. No puedo esperar más. Ven a mi despacho a las seis.
Sonrió aún más y notó que la calidez la embargaba por completo. Se le endurecieron los pezones debajo del sujetador de encaje.
Una hora. Pasaría una hora entera hasta verle y entonces, ¿quién sabía lo que podría pasar?
Eso le encantaba. Le gustaba muchísimo que la tuviera en vilo. En parte le sorprendía no sentirse ofendida por eso mismo. Tal vez la antigua Hermione se hubiera sentido así, pero Draco le demostraba que ceder el poder por voluntad propia no equivalía a ser débil.
Y eso fue toda una revelación. Fue una liberación, tal como él ya le sugirió cuando se reencontraron. Entonces no le creyó, pero estas semanas con él habían cambiado mucho su forma de pensar.
No esperaba que esa relación con Draco trajera consigo ese descubrimiento. Mirando hacia atrás, al principio no sabía qué podía esperar. Quizás una relación informal con su amor platónico. Una incursión en sus fantasías más oscuras. Nunca había pensado que se enamoraría así, de pies a cabeza. Que en cada despertar la avasallarían pensamientos sobre él.
Sexo con Draco. La gran cama de Draco. El hermoso cuerpo de Draco. Su piel aterciopelada. Las órdenes que dictaba con sus manos y con su voz.
«Draco.»
Una hora más...
Buenas! como están? yo contenta porque pude cumplirles con otro capi jajaja :) quiero contarles que ya estamos a la mitad de la historia y nos quedan unos 6 capis más y el epilogo... Espero que disfruten el capi y que me cuenten que opinan en los comentarios :D
Muchas gracias a todos los que leen y comentan!
Como ya verán se están confesando su amor- muy a su manera- jajaja
En respuesta a lady-werempire el libro se llama igual que el fic, no lo cambié porque no se me ocurría un buen nombre jajaja y la autora está al comienzo de los capis, Besos.
Y quiero contarles además que capaz en el próximo capi venga incluido un adelanto del próximo fic ;)
Besos, Isa.
