Por fin, aquí estoy de vuelta! Gracias por tenerme tanta paciencia. Los comentarios que fueron dejando me motivaron a continuar esta historia apenas tuve tiempo disponible.

Con suerte, volveremos a nuestra frecuencia regular publicando una vez por semana. Feliz Navidad a todxs!

ATENCIÓN: A partir de aquí, la clasificación del fic cambia a M. No se trata de nuestros protagonistas (aún ;)), pero hay varias referencias directas a la prostitución. Ten en cuenta esta información para continuar de acuerdo con tu propio criterio.

Agradecimientos a HikariCaelum por hacer un trabajo de beta tan maravilloso :)

.


.

El chateaux Perrin había sido abandonado algunas semanas antes de la llegada de los alemanes. O, por lo menos, eso era lo que había informado el Alcalde a las fuerzas ocupantes. Sus propietarios –una familia de rancio abolengo- habían migrado a la zona libre apenas tuvieron noticia de la derrota en París, dejando atrás la mayor parte de sus posesiones y absolutamente todo el mobiliario.

Era, sin duda alguna, una de las casas más majestuosas y soberbias de Bussy. Por fuera, estaba rodeada de hermosos jardines, frondosas arboledas, una cancha de tenis y acceso directo al lago. Por dentro, contaba con numerosas habitaciones exquisitamente decoradas, blancas escaleras de mármol, bellas esculturas e innumerables tapices.

"Das fraulein Gerda", una exitosa canción de fox-trot alemán, sonaba a tope en el megáfono del salón principal. En ese momento, el estilo regio del chateaux contrastaba con el desorden y el griterío de los soldados alemanes que disfrutaban del mediodía de domingo. Los muebles y las piezas de arte habían sido removidos de su lugar original y se apiñaban en torno al gran hogar. Aquí y allá, se mezclaban sillas y sillones de distinto estilo con algunos colchones arrojados al suelo sin cuidado. Las botellas medio vacías de whisky, brandy y otras bebidas espiritosas se desparramaban por doquier. Una densa nube de humo de tabaco envolvía el ambiente, mientras varios soldados fumaban y bromeaban. Algunos tenían el uniforme arrugado y desaliñado. Otros, estaban prácticamente desvestidos.

La monotonía del murmullo masculino y grave de los soldados era esporádicamente interrumpida por risitas femeninas. Aquellas mujeres francesas que se ganaban la vida en el burdel local, descansaban en las rodillas de los invasores, enseñando las piernas sin pudor y con el cabello ligeramente alborotado. Por supuesto, los antiguos romanos no estaban errados al imaginar un matrimonio entre Marte y Venus: una vez más, la guerra y la prostitución se unían indisolublemente en la faceta más cruel y descarnada de la humanidad.

Sin embargo, no todas las jóvenes habían acudido al chateaux para hacer negocios una vez que se corrió la voz de la ocupación alemana: la hija del carpintero, por ejemplo, retozaba descaradamente junto a un suboficial sobre uno de los colchones, con el vestido desbrochado y los pechos descubiertos. Al parecer, la llegada de las fuerzas invasoras también había fomentado la transgresión de las muchachas francesas de "orígenes respetables".

En el centro de la escandalosa escena, el Mayor Hux bebía despreocupadamente de su vaso de whisky. Llevaba el uniforme reglamentario desbrochado, dejando entrever un triángulo de piel pálida y lampiña de su pecho. Con la mano izquierda acariciaba a una muchacha rubia, peinada en dos rodetes, que se sentaba en su regazo.

—El genio es trabajo —brindó Hux con ironía, haciéndose eco de la épica frase del Mariscal Schlieffen—. Por fin un poco de diversión en este maldito país —terminó, empinando el trago.

Como respuesta, los hombres que estaban a su alrededor murmuraron aprobación y lo imitaron. A pesar de que la joven parecía no entender demasiado el idioma, rio abiertamente al tiempo que respondía a las atenciones del hombre con toques indiscretos en su entrepierna.

Tras la derrota inminente de Francia, Hux se las había ingeniado para mover sus influencias y ser asignado lejos del frente. Estaba harto de vagar de un lado a otro, rodeado de hombres mugrosos y pestilentes que se afanaban por cumplir con el régimen de marcha extrema. Para entonces, ya había visto lo suficiente como para ambicionar posiciones en el Alto Mando y –tal y como había lo había instado su padre–, ascender hacia rangos en donde no se ensuciaría las manos. O, por lo menos, no directamente.

A pesar de que en aquel preciso momento sus sueños parecían aún distantes, estaba decidido a disfrutar de algunos de los placeres de París y sus alrededores en el interín.

—¿Mayor, volverá a alojarse en la casa de los Montpellier? —preguntó uno de los soldados.

Hux lo estudió con suspicacia, antes de contestar.

—No aún —terció, reprimiendo una mueca de desagrado y haciendo girar el hielo en su whisky—, y mi nuevo alojamiento es un tugurio. Sin embargo, no puedo negar que tiene cierto encanto —dijo, volviendo la mirada a la mujer rubia. De improviso, y sin mayores preámbulos, extendió una mano y acarició uno de sus pechos. La muchacha se tensó por unos instantes y luego le devolvió el gesto deslizando los dedos por su cabello rojizo.

La audiencia rio, complaciente, y Hux les sonrió con arrogancia. Revolcarse con prostitutas francesas se había transformado en el único pasatiempo capaz de recomponer los fragmentos de su vanidad herida. Aunque solo hasta cierto punto. El mero recuerdo de Kylo Ren y su influencia para decidir su reacomodamiento aún era suficiente para volver a despertar su ira.

Sin embargo, a diferencia del temperamento impetuoso de su superior, el Mayor era un hombre calculador y paciente, y sabía que la venganza se servía en un plato frío. Desde que llegaron a Francia, había comenzado a tramar su plan para ganarse la confianza de Snoke y socavar al idiota de Ren. Cuando se asegurara su propio ascenso, podría hacer lo que se le diera la gana y el hombre tendría que cerrar su sucia boca.

¡Oh, cómo anhelaba ese día! Incluso más que ingresar a las filas del Alto Mando. Sí, Hux estaba seguro de que Ben Solo sería finalmente desenmascarado, y él estaría allí para verlo. Mientras tanto, se deleitaba con pequeños gestos que parecían alterarlo especialmente: discutía sus órdenes, minaba su autoridad y no perdía oportunidad para inmiscuirse en sus asuntos. Desde que se habían instalado en Bussy, su creciente enemistad ya no era un secreto para nadie.

Lo cierto es que el odio de Hux por Kylo Ren se remontaba al mismísimo momento en que el tipo había puesto un pie en la Juventud Hitleriana. Por alguna razón que se le escapaba, ese bastardo medio-francés siempre lograba salirse con la suya, y había sido lo suficientemente astuto como para ganarse la confianza de Snoke y del Alto Mando.

Pero Armitage había sido testigo de la verdadera persona que se ocultaba detrás de las condecoraciones y el uniforme: débil, patética y sobrevalorada. Sin la ayuda de su padre, Brendol Hux, y la insistencia del General Snoke, Kylo Ren no existiría. Ambos le habían abierto las puertas de la Wehrmatcht, aunque, en retrospectiva, tal vez hubiera sido mejor dejarlo seguir su camino en las Waffen-S.S. Su perfil encajaba a la perfección con ese cuerpo de fanáticos petulantes que siempre se llevaban los laureles y recibían los mejores equipos. Pero Snoke había sido tajante al respecto y Ben Solo no había tenido más remedio que acatar la autoridad de su padrino e inscribirse en el ejército.

En ese instante, un soldado se asomó por la puerta y vociferó una invitación para la competencia de nado que estaba teniendo lugar en el lago. Dejando atrás sus amargas cavilaciones, Hux apuró el trago y dejó la copa en la mesa.

Tal vez, pensó, un poco de ejercicio lo ayudaría a sacudirse a Ren de la mente.

Con una nalgada, le indicó a la mujer en su regazo que era tiempo de retirarse y ella se incorporó, solícita.

—Volveré después de darle una paliza a esos novatos —le dijo, plantándole un beso en los labios con arrogancia—. No te enfríes, mademoiselle.

Una vez fuera, respiró una bocanada de aire y comenzó a desvestirse. Sus compañeros lo imitaron y arrojaron los uniformes en un matorral cercano. Los años de entrenamiento compartido y la guerra habían eliminado las barreras del pudor entre ellos, de forma tal que cualquier soldado alemán era capaz de desvestirse ante la tropa entera sin un ápice de vergüenza. De hecho, la exhibición del cuerpo fornido por el ejercicio y el combate era alentado por las autoridades como una prueba de la supuesta "grandeza" racial germana.

La piel del Mayor, pálida como la leche agria, fue recibida por la resolana mientras eliminaba los últimos vestigios de tela. Hux no era ningún Adonis, pero su figura esbelta y delgada compensaba con agilidad lo que le faltaba en fuerza bruta. Y, cuando eso no era suficiente, conocía algunas artimañas poco caballerosas que le permitían desestabilizar al enemigo y salirse con la suya.

Cuando llegó al muelle, se detuvo un instante para dar un último trago a la botella que descansaba sobre las tablas de madera y, acto seguido, dibujó un movimiento ágil en el aire antes de zambullirse con destreza. En comparación con las gélidas aguas de la bahía de Kiel, su tierra natal, la laguna se le antojaba cálida y tranquila, y contribuyó a despabilar su mente de los pensamientos indeseados.

Durante las horas que siguieron, el sol alcanzó a despuntar plenamente mientras los jardines se transformaban en el escenario de una competencia despiadada entre los soldados. Por supuesto, además de fomentar el espíritu de cuerpo para los integrantes de la nación –el volk- el gobierno nazi era un arduo promotor del ejercicio físico como medio para disciplinar el temple. Desde muy pequeños, los niños eran incorporados en forma obligatoria a distintos clubes y organizaciones –entre las que sobresalía la Juventud Hitleriana- en donde se les inculcaban los valores del régimen a través de competencias, campamentos y deportes variados.

Una vez que Hux lograra arrogarse la victoria tras asestar una patada traicionera a su contrincante bajo el agua –un cabo que no se atrevería a denunciar a su superior por hacer trampa-, finalmente emergió del lago, invicto. Estaba empapado, pero el esfuerzo lo había vigorizado notoriamente, y ahora no pensaba en nada más que volver a acechar a cierta rubia de caderas generosas.

Tras sacudirse la humedad del cuerpo, se acercó a los matorrales con la intención de recoger sus prendas. A pesar de que la vestimenta no era estrictamente necesaria en aquel momento –considerando que, en unos instantes, se la volvería a quitar-, al Mayor le complacía el halo de jerarquía y autoridad que detentaba cuando exhibía su uniforme. Sin embargo, para su sorpresa, no encontró nada allí.

Con cierta confusión, Hux buscó en los alrededores, convencido de que no se equivocaba. Las ropas de la mitad de los reclutas habían sido depositadas allí momentos antes. El soldado que se había acercado tras él confirmó sus sospechas a viva voz.

—¡Los uniformes! ¡Desaparecieron!

En respuesta, los demás miembros de la tropa que aún nadaban en el lago comenzaron a emerger para averiguar qué era lo que sucedía, y, en ese entonces, el Mayor asumió que la visión de sus colegas trotando desnudos a campo traviesa no podía ser un evento casual. Alguien les había jugado una broma, una que se pagaría muy caro cuando Hux descubriera al impostor.

Mientras su mirada vagaba en busca de los perpetradores, finalmente, alzó la vista a las copas de los árboles que se erigían sobre el lago.

—¡Allí! —gritó, señalando con el dedo.

Como si fueran banderas, los uniformes colgaban perezosamente de las ramas de los sauces, a varios metros de distancia del suelo. ¿Habían sido los reclutas de su propio regimiento? ¿O se trataba de los sucios franceses?

Recomponiendo los vestigios de su autoridad, Hux tomó aire y se irguió orgulloso observando el paisaje.

—¡A que no tienes las agallas para salir de ahí, patética rata! —gritó a la nada, levantando los brazos en el aire—. ¡Corre mientras puedas!

.


.

—¡A que no tienes las agallas para salir de ahí, patética rata! ¡Corre mientras puedas!

Las palabras se hicieron eco entre los árboles que bordeaban el perímetro del chateaux. Mirando hacia atrás, Finn comprobó que sus colegas de división avanzaban a toda velocidad a sus espaldas y reprimió una carcajada. Lanzar los uniformes hacia los árboles había sido su idea y la irritación en la voz de Hux lo complacía enormemente.

Eso era por atreverse a llamarlo raza inferior.

Con malicia, intercambió sonrisas de complicidad con sus amigos, mientras se perdían en la espesura de los bosques.

.


.

La semana comenzó, lenta y rutinaria, para los habitantes de Bussy. Pero, para Rey, fueron días inolvidables. La noche en que el Teniente Coronel la había interceptado, había retornado a su dormitorio agitada y confundida. Sin embargo, cuando desenvolvió el paquete, sus sentimientos fueron barridos por una nueva emoción: felicidad pura.

El ejemplar de Le loupp de steppes, una ofrenda inesperada, descansaba plácidamente en sus manos. Aunque la prudencia aconsejaba apartarlo para después, su naturaleza inquieta y la larga abstinencia de libros terminaron ganando la pulseada. Esa noche, cuando Jess finalmente se había quedado dormida, Rey apenas encendió la lámpara para poder ver en la oscuridad. Con el corazón agitado y los dedos temblando de anticipación, abrió el tomo lentamente.

Será solo un vistazo rápido, se convenció a sí misma mientras se arrimaba a la luz. Pero, en el fondo, sabía que era una excusa. Sobre todo, porque apenas leyó la primera carilla del libro en cuestión, ya no pudo detenerse.

Esto era completamente distinto a cualquier novela que la joven había leído en el pasado. La trama no era lineal o predecible y, de alguna forma, parecía tocar temas más profundos de lo que podría suponer a simple vista. Era una obra oscura, existencialista y compleja, pero, aun así, tenía un magnetismo evidente. ¡Y qué tipo extraño, Harry Heller! Su identidad era descrita como un concepto difuso, constantemente en lucha entre lo que era y lo que quería ser. Con algo de sosiego, Rey no pudo evitar sentirse reflejada en él, en su soledad, en su forma de ver el mundo. Y, tras avanzar algunos capítulos, intuía que aquella descripción era lo que había llamado la atención del Teniente Coronel también.

Por supuesto, las similitudes entre el protagonista de la novela y Kylo Ren eran evidentes. ¿Acaso el abismo que ella había visto clamar en el fondo de sus ojos no eran atisbos del mismo conflicto interno? Pero, de ser así, ¿significaba que podía verlo como algo más que un monstruo? A medida que pasaba las carillas, aquella sospecha inquietante comenzaba a arraigarse en ella, trastocando su precario equilibrio emocional. Una idea peligrosa que, tal vez, ya estaba echando raíces desde hacía algún tiempo, pero que, definitivamente, la lectura había empezado a avivar.

Esa noche la pasó en vela, incapaz de soltar el ejemplar. Pero cuando el alba comenzó a despuntar a través de la ventana y las botas resonaron en el rellano, el hechizo se rompió y Rey decidió descansar unos pocos minutos antes de que el resto de la casa despertara.

.


.

Ese lunes de sol, mientras Rey fregaba el piso de la cocina, Jess se le acercó, emocionada.

¿Conseguiste las raciones? —preguntó, sin levantar la vista del cepillo.

—Sí, traje lo que pude. Pero esta semana se agotó el té también. Parece que los alemanes se preparan para el invierno —dijo, con un dejo de fastidio en la voz. Luego, se encorvó junto a ella y susurró—: Tengo novedades. Quién-tu-sabes nos espera esta tarde en la casa de Rose Tico.

Rey suspendió su trabajo y miró a su amiga, mientras secaba sus manos en el delantal.

—¿Rose Tico? ¿Esa muchacha que se la pasa en la iglesia? Sé que los Tico son buenas personas, pero… ¿Estás segura que son de fiar?

Rose Tico eran una joven de clase respetable que vivía en el pueblo junto con su padre. Su madre había muerto hacía algunos años y su hermana mayor había partido hacía algunos meses para asistir como enfermera en los hospitales del frente. Desde entonces, nadie había tenido noticias de ella. A pesar de que no podría poner en duda su patriotismo, Rey difícilmente podía imaginar que gente de la alta aristocracia se alinee con la Resistencia.

—Te sorprenderías —dijo Jess, leyendo sus pensamientos—. Al parecer, Poe está en contacto con ella hace tiempo. Te lo contaré todo cuando estemos de camino. Se supone que Rose está organizando reuniones de catecismo —añadió con una mueca malévola—. Por supuesto, la Madame no podría decirnos que no.

Cuando el reloj dio las cuatro de la tarde, Jess y Rey se apresuraron a terminar con sus tareas domésticas y se alistaron para partir. La casa de las Tico estaba a unas pocas millas de la Mansión Holdo, pero, aun así, la joven decidió tomar su abrigo del vestíbulo por si el tiempo cambiaba durante el camino de vuelta. La ausencia del saco negro del Teniente Coronel en la percha indicaba que el hombre planeaba regresar pasado el toque de queda, y Rey se reprendió a sí misma por la atención que había puesto a los pequeños detalles que le daban pistas sobre su rutina.

No. Ella ya no quería tener nada que ver con él.

Aun así, cuando se colocó el abrigo y metió las manos en los bolsillos, como era su costumbre desde que era una niña, inmediatamente percibió la sensación del frío metal bajo sus dedos.

Allí, como una última invitación, estaba la llave del cofre de libros.

La casa de los Tico se erigía en lo alto de la colina, y era significativamente más pequeña que la Mansión Holdo, pero tenía poco que envidiarle en estilo y vetustez. La fachada de piedra se alzaba, milenaria y orgullosa, salpicada aquí y allá de coloridos geranios. Amplios ventanales dejaban entrar la luz de la tarde y un fuego hogareño ardía en la sala principal.

Rose Tico era tímida por naturaleza, pero hizo lo posible para mostrarse despreocupada y amable. Era algo robusta, grácil y el cabello corto –tan a la moda desde la década anterior- enmarcaba sus alegres facciones. A pesar de que no hablaba mucho, sus intervenciones eran certeras y ocurrentes, de forma tal que Rey sintió una rápida conexión con ella.

Cuando Jess preguntó por el Señor Tico, Rose les contó que había contraído la gripe y que estaba reposando arriba, en su habitación. Aunque no lo dijo con palabras, era evidente que el hombre no tenía idea de la implicación de su hija con los rebeldes. Jess pareció tener la misma sensación, porque observó a su amiga en silencio y ambas se guardaron sus especulaciones para más adelante.

Una vez que culminaron las introducciones, las jóvenes se aseguraron de cerrar todas las ventanas y comprobar que no había intrusos observando. Entonces, Rose las condujo a la despensa subterránea a la que se accedía desde un resquicio oculto en las cocina. La cámara era fresca, oscura y estaba construida en piedra.

Tras bajar algunos peldaños, Rey vislumbró al hombre en cuestión, que se había volteado mientras examinaba el contenido de las estanterías con una lámpara en la mano. Cuando se giró para mirarlas, la luz amarillenta se reflejó en sus facciones y la muchacha pudo tener una imagen completa de Poe Dameron.

Tenía los cabellos oscuros, ojos brillantes y ángulos muy masculinos. Los rizos alborotados caían sobre su frente y llevaba una sonrisa de lado que podría haber seducido a la mismísima Madame Holdo. De pronto, el "falso amorío" de Jess dejó de ser una mera suposición para convertirse en una realidad incuestionable. No cabía duda de que el apoyo de su amiga a la Resistencia era genuino, pero Rey no dudaba ni por un segundo que Poe Dameron había contribuido a avivar ese fuego, en más de un sentido.

—Tú debes ser Rey —dijo él, extendiendo la mano con un ademán encantador—. Permíteme presentarme: soy Poe Dameron, desertor, comunista y miembro activo de la Resistencia —terminó, con picardía.

Cuando Rey devolvió el saludo, el hombre hizo lo propio con Jess –que, para estas alturas, tenía una sonrisa que brillaba más que el farol- y el mitin comenzó sin más preámbulos.

—Me encantaría conversar —dijo él—, pero tengo poco tiempo y no quisiera importunar a mi anfitriona. Jess, has hecho un trabajo maravilloso con la cartilla de racionamiento. Gracias a ti, estamos en condiciones de falsificar unas cuantas y esconder a algunos refugiados.

—No me agradezcas solo a mí, Rey también colaboró con el plan —dijo su amiga, lanzándole una mirada repleta de afecto. Poe la examinó unos instantes con una expresión críptica, antes de esbozar una amplia sonrisa y tenderle la mano.

Tras intercambiar unos pocos detalles de la última misión, el hombre las puso al tanto de las últimas noticias. Al parecer, el avance nazi se había estancado en el continente después de la invasión de Francia y, como resultado, el esfuerzo de guerra alemán se había concentrado en Inglaterra en una despiadada guerra aérea. A medida que Poe ahondaba en detalles acerca de la situación de los alrededores, Rey no pudo evitar preguntarse qué nivel de acceso a la información clasificada detentaba el Teniente Coronel.

—Tenemos espías inmiscuidos en el ejército alemán —siguió el rebelde—. Gente corriente, de la que no sospecharían nunca. La mayoría son mujeres. Aunque muchos pensarían que provienen de hogares pobres o se dedican a trabajos poco respetables, están contribuyendo enormemente. Incluso, de cuando en cuando, logran captar información vital.

—¿Te refieres a mujeres que…? —inquirió Rey.

—Sí, prostitutas —dijo Poe con naturalidad, y la muchacha se sobresaltó visiblemente.

—¿Y confías en ellas? —siguió la joven, con un dejo de fascinación e inocencia.

—No te apresures a juzgarlas, Rey. Ellas son tan patriotas como tú —declaró Poe—. Aparentemente, los soldados de la Wehrmacht son bastante aficionados a los prostíbulos locales. Y, mientras ellas llenan sus bolsillos, también logran sonsacar algo de información de esos bastardos.

Rey lo observó, horrorizada. Imaginaba a esas mujeres, víctimas de las peores depravaciones que se atribuían a los nazis. El solo hecho de recordar a Hux y su mirada lasciva fue suficiente para erizarle el vello de la nuca. ¿Y el Teniente Coronel? ¿También se entregaba a esos excesos? Tal vez, sus salidas nocturnas no tenían como objetivo la taberna local, como ella había pensado inocentemente. De pronto, el recuerdo de la percha vacía en el vestíbulo fue dolorosamente revelador a la luz de la nueva información.

—Saben lo que hacen, Rey —dijo Poe, leyendo parcialmente su reacción—. Recuerda que ellas viven de esa profesión. Y, francamente, no creo que nuestros compatriotas hayan sido más caballerosos tampoco.

—Entonces, ¿cuál es el próximo paso? —inquirió Jess, impaciente.

—Bueno, creo que en este momento no sería prudente volver a robar información física. Las expondría demasiado y no queremos levantar sospechas. Sin embargo, los generales de la resistencia me han informado acerca de Kylo Ren, el Teniente Coronel que se aloja con ustedes. Un tipo extraño, si me preguntas a mí —agregó, con una sonrisa cargada de misterio. Inconscientemente, Rey se inclinó hacia a delante con la sola mención de su nombre—. Maneja mucha información vital, porque es quien está a cargo de la ocupación en ausencia del General Snoke. Sin embargo, sabemos muy poco de su orientación política o sus relaciones con el Alto Mando.

—Su escritorio está plagado de información —intervino Jess—. Si tan solo confiaras en mí…

—Ya lo discutimos Jess —la cortó Poe—. Es demasiado arriesgado y no podemos despertar sospechas. Además, por lo que tengo entendido, no frecuenta los círculos habituales que el resto de sus camaradas. Por el momento, será mejor que ganes su confianza y extraigas información que, a simple vista, pueda parecer más inocente.

Jess resopló, irritada.

—No sabes lo que dices Poe. El tipo es un verdadero cretino. No habla con nadie, tiene mal genio y parece desconfiar hasta de su sombra. Sería más fácil trabar amistad con el mismísimo Rommel.

—Tal vez… —intervino Rose, pensativa. Su voz emergió con timidez, pero todos la escucharon con atención—. Tal vez sería más conveniente asignar la tarea a alguien más… neutral. ¿No creen?

Se hizo silencio unos instantes, mientras todos meditaban acerca de las palabras de la joven. Entonces, las piezas del rompecabezas hicieron "clic" en la cabeza de Rey. Por supuesto, ¿quién mejor que ella para llevar a cabo esta misión? Por el momento, era el único habitante de la casa que había cruzado más de cinco palabras con el Teniente Coronel y, de hecho, había logrado establecer puntos de interés común. Por supuesto, nunca lo confesaría frente a Poe y las Tico, pero sabía, en el fondo de su ser, que si alguien podía sonsacarle algo, era ella.

—Yo lo haré —dijo con determinación. El resto de la audiencia se volteó a mirarla, con asombro.

—¡Claro que no! —vociferó Jess, sin ocultar su desacuerdo—. ¿Tienes una mínima idea de dónde te estás metiendo? ¿Los peligros a los que te expones? No lo permitiré —terminó, lanzando una mirada de ira hacia Poe. El hombre la observó, encogiendo los hombros con impotencia.

—Claro que sí —la contradijo Rey—. Sé lo que hago Jess. Ya no soy una niña. Yo… hablé con él —terció, y la audiencia contuvo el aliento visiblemente—, aquella vez que tuve que interceptarlo para que robes la cartilla. Creo… creo que yo le agrado. No, no de esa forma —se apresuró a decir, cuando la mirada de Jess brilló con un destello de furia—. Tengo una coartada, lo juro. Solo, confíen en mí, ¿sí?

—Podemos someterlo a votación —dijo Poe, tratando de aplacar a su amiga—. Pero creo que debemos darle una oportunidad a Rey. No tenemos otras opciones por el momento. Y, lamento decirlo, pero no imagino a Jess trabando amistad con algún nazi. Simplemente no tienes el genio para eso —agregó, mientras la aludida rechinaba los dientes.

—Yo también estoy a favor —anunció Rose. Luego, miró a Jess con pesar —. Lo siento.

—Está hecho entonces —terminó Poe, con alegría—. Rey, bienvenida oficialmente a la Resistencia.