Buenas noches a todos! Perdón mi tardanza en actualizar (aunque creo que siempre digo lo mismo). Tenía muchas ganas de llegar a este punto para explorar al "Papá" Dégel ya con asuntos más adultos entre sus manos. Mientras nos deleitamos y todo muy bonito, no olvidemos que la Guerra Santa está cada vez más cerca y podría encontrar a nuestros héroes un tanto desprevenidos. Gracias y besos para todos!
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Cuando Mirena volvió al Templo de Acuario, la fiesta aún no había terminado. Disimulo su expresión lo mejor que pudo y se prometió pensar en otra cosa, por lo que se sentó a la mesa junto a Shion y Dokho. El caballero de Aries notó su pesar, pero nada dijo por considerarlo indiscreto. Notó que Albafica no estaba allí, y también sabía por qué. La causa del descontento de Mirena no podía ser difícil de adivinar. Compartieron un trago por la salud de Athena y otro por ellos mismos, y varios más. Más temprano que tarde, Mirena se excusó y decidió que era un buen momento para irse a dormir. El intento de distracción de poco había servido, y se recordó sus propios consejos. Solo si te permites sentir puedes sanar lo que ocultas. Quería estar en su cama y poder llorar a rienda suelta, sacar toda esa tristeza fuera donde ya no podría hacerle daño. Pero antes que nada tenía que buscar a su Maestro Dégel. No se sentía correcto abandonar la reunión sin antes haberse despedido de él, después de todo también era su cumpleaños. Lo encontró sentado sobre las escalinatas delanteras junto con Kardia y Manigoldo. Era apenas la segunda vez que Mirena veía al Santo de Cáncer, y le intimidó un poco el desconocido.
-Maestro –balbuceó Mirena a sus espaldas.
-Siéntate –indicó Dégel, disimulando un bostezo. Ella obedeció, mientras el Santo le compartía una botella de cerveza de la que tomaba del pico-. ¿Qué pasa, pequeñita? –quizás hubiera sido la bebida, pero ella recordó que hacía muchos años que no le decía así.
-Nada –mintió ella. Dégel se levantó con cierta dificultad y le pidió con un gesto que la siguiera escaleras abajo.
-Tenemos un trato –señaló-, pero es justo que quieras privacidad –sonrió con dulzura-. Aquí no nos oyen… ¿qué pasa? –Mirena sorbió por la nariz y trató de disimular que sus ojos se llenaban de lágrimas.
-Es por Albafica –Dégel asintió-, porque no ha estado aquí hoy… yo hubiera querido compartir la noche también con él. Fui a verlo, porque sentía su Cosmos tan triste y solitario que me dolió de veras –se detuvo un momento, buscando las palabras-. Me dijo que me había visto con Teneo y que debería prestarle atención, porque me merecía alguien que pudiera llenar mi vida por entero y no a medias –se mordió levemente el interior de la mejilla-, alguien que no envenenara a la gente –Dégel asintió con atención y le dio un nuevo sorbo a la cerveza.
-Niño idiota –declaró al fin, luego de unos momentos de reflexión. Luego sonrió y presionó suavemente el hombro de ella-. Mi cielo, no estés triste. Será un niño idiota pero te ama –Mirena abrió grandes los ojos-, y te prometo que el amor es más fuerte que las dudas, que los celos, que todo lo demás. Te prometo que mañana mismo estará aquí para disculparse, para decirte que es un idiota y que te ama… nosotros, los hombres, somos más sencillos –sonrió-. Todos somos idiotas, te doy mi palabra –afirmó sonriendo dulcemente.
-¿Cómo sabías? –inquirió ella, en voz baja. Dégel lanzó una risita.
-Yo era igual de idiota cuando era joven –suspiró-. Quizás ahora un poquito también –bromeó. En un impulso que Dégel no esperaba, Mirena se lanzó a sus brazos y lo apretó fuerte, como cuando era una niñita. Él sonrió y respondió a ese abrazo con sentido afecto. En silencio, la Santa de Bronce lloraba sin contenerse-. Pequeñita, no estés triste –la consoló Dégel con voz dulce.
-Gracias, Maestro –balbuceó, sin dejar de llorar.
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Muchas personas son capaces de calmarse durante la noche, y Albafica no era la excepción. Se sentía extrañamente relajado, los músculos inertes, incapaz de levantarse como si una montaña le hubiera caído encima. Con el corazón inquieto, no dejaba de pensar en Mirena y en lo cerca que estaba de perderla. Por más que analizaba cada una de las palabras pronunciadas hasta la obsesión, todos los caminos llevaban a una sola imagen en la que sólo podía repetirle cuanto la amaba. Cuando estaba cerca de ella, incluso aunque no se tocaran, parecía que una corriente eléctrica los conectaba. Sentía su vibración alrededor como una música oculta que se movía al mismo compás. Y estaba el detalle egoísta de que, fuera de Mirena, no podía realmente acercarse a nadie sin envenenarlo. Un abrazo podría ser la fantasía más descabellada si era con cualquier otra persona. Se arrodilló antes de acostarse y rezó con verdadera devoción por primera vez en mucho tiempo.
Se despertó poco después del amanecer, aunque había sido víctima de un sueño liviano y entrecortado. Las dudas lo asediaban desde todo ángulo, pero sus sentimientos estaban claros y era lo único a lo que era capaz de prestarle atención. Se inspeccionó a sí mismo en el espejo y acomodó hasta el último mechón de la cabeza. Observó sus propios ojos y recordó con añoranza como Mirena siempre halagaba su color, que le recordaba el océano. Se le hizo un nudo en la garganta cuando pensó en aquello. Salió sin su armadura ni ningún tipo de ornamento, con ropa sencilla que en nada le serviría para protegerlo de la nieve. Se fijó especialmente en sus pisadas en los escalones resbaladizos. Cuando llegó a las puertas del Templo de Acuario, se sorprendió de hallar una pequeña nota clavada. La tomó y la leyó rápidamente.
"Pasa sin tocar. Ven a verme a la cocina" –Dégel.
La letra era sin duda la del Santo de Oro. Albafica sabía que Mirena era cercana a su Maestro y no había chance de que Dégel no conociera la naturaleza de su relación. Incluso sospechó que quizás se traerían algo entre manos. ¿Lo castigarían en conjunto? ¿O es que Mirena no quería verlo? ¿Qué macabro plan acuariano estaban tramando? Albafica tragó saliva con fuerza y entró sin tocar. Era la primera vez que entraba en la Casa Circular. Se avergonzó de no tener ni idea de dónde estaría la cocina, pero siguió el Cosmos de Dégel con ciertas dudas. Lo encontró sentado a la mesa, acompañado por un grueso tomo que leía con atención detrás de sus gafas. Saludó a Albafica con una sonrisa y se puso de pie para buscar dos tazas y llenarlas con algo que tenía calentándose en el fuego. Le tendió una.
-Preparé café –anunció con orgullo-. Siéntate, por favor –Albafica obedeció enseguida, en evidente tensión.
-Buen día, Senpai –balbuceó él, a falta de algo mejor. Bajó la mirada, esperando lo peor-. Con su permiso, he venido hasta aquí a hablar con Mirena-Sama –Dégel asintió.
-No me digas –ironizó. Albafica dio un respingo-. No temas, Albafica-Kun. No estoy aquí para regañarte, sino al contrario –torció las cejas con confusión-. Mirena no se ha levantado aun. Anoche nos quedamos hasta tarde –dio un sorbo a su taza-, por eso el café.
-¿En qué puedo asistirlo entonces, Dégel-Senpai? –Dégel dio vuelta los ojos.
-No tienes necesidad de tratarme así –explicó, con toda la paciencia de la que fue capaz-, así que por favor, no lo hagas –tomó aire-. Quería contarte algo –Albafica subió una ceja, intrigado.
-¿Qué cosa? No entiendo –se mordió el labio-. Es evidente que hay muchas cosas que no entiendo últimamente –Dégel sonrió con dulzura.
-Eres muy joven todavía como para andar sin un Maestro –Albafica asintió con pesar-. Yo tenía treinta cuando mi Maestro Krest murió, pero hacía seis años que había desaparecido –carraspeó un momento-, he aquí lo que quería contarte. El Patriarca me envió a Francia para buscar a Krest, y tuve la brillante idea de pedirle a Serafina que me acompañara –suspiró con pesar-, digamos que ella era para mí lo que Mirena es para ti –esbozó una media sonrisa-. Pero no era un Caballero, no podía librar una batalla. Nos habíamos conocido en el Blue Gaard, el mismo lugar donde hemos estado hace poco –suspiró levemente con nostalgia-. Por Athena, la imagino ahora mismo como si estuviera sentada aquí mismo, tomando café. Debiste verla, era la mujer más hermosa sobre la tierra –sonrió con añoranza, observando el horizonte.
-Vaya –balbuceó Albafica-, quisiera conocerla. Seguro sabe hacer un café más consistente que este –Dégel lanzó una carcajada.
-Para ser justos, Mirena es la experta en café –bromeó-. Serafina fue secuestrada cuando estaba bajo mi cuidado, porque fui tan listo –ironizó-. Pensé que mi Maestro también era víctima de Garnet, pero luego descubrí que en realidad se había unido al enemigo. Luchamos, por supuesto –tragó saliva y bajó la mirada-. Y yo gané... lo maté, ¿sabes? –admitió, con un hilo de voz. Albafica negó suavemente con la cabeza.
-Yo también… maté a mi Maestro Lugonis, con mi veneno –balbuceó-. Incluso en armadura ya estás demasiado cerca tú también –Dégel le quitó importancia con un gesto.
-Mirena me hizo una armadura de hidrógeno –señaló-. Le pedí permiso antes de hablar contigo, me pareció lo correcto.
-Oh –sólo pudo susurrar.
-No es tu culpa, Albafica-Kun. Lugonis sabía cuál sería su destino, y lo eligió de todos modos. Yo creo que incluso la armadura que portas te ha elegido a ti, y él lo respetó como corresponde a un Santo de Oro –Albafica asintió con ciertas dudas-. Obviamente, la historia no termina bien. No pude salvar a Serafina. La vi morir de lejos, ni siquiera pude susurrarle algo audible, o tocar su piel por última vez… nada –hizo una pausa y bajó la mirada hacia el interior de la taza-. Nunca le dije que la amaba. Nunca la besé ni toqué sus manos… como idiota –sonrió con tristeza-. La peor parte es que yo le pedí que me acompañara, así que si me hubiera ocupado de mi misión por mí mismo, como un verdadero Caballero, ella ahora estaría viva.
-Por eso te enfadaste con Mirena cuando fue a la Isla del Curandero –dedujo, imaginando cómo se sentiría él si su amada hubiera muerto frente a sus ojos. Se sacudió el doloroso pensamiento. Dégel asintió.
-¿Lo comprendes ahora? –Albafica asintió-. Debes dar gracias a todos los dioses porque todo haya salido bien. He sido el peor de los idiotas, y he pagado el precio más alto –admitió-. Nunca hablo de ella. Nunca le había contado a nadie, ni siquiera a Mirena –suspiró-, como si de algún modo decirlo lo hiciera real.
-Lo comprendo –admitió Albafica con la mirada gacha, como un cachorro regañado.
-Pero hay un final alternativo más feliz –sonrió-. Cuando volvía caminando por Francia hacia el Santuario, sintiéndome absolutamente fracasado, pasé la noche en una posada donde el destino me juntó con una niñita que manipulaba el Cosmos sin que nadie nunca le hubiera explicado nada –Albafica sonrió con añoranza-. Al segundo día me dijo que me quería –sonrió-. Entonces entendí, yo también se lo digo siempre. No voy a ser tan idiota otra vez, ¿no te parece? –el Santo de Piscis asintió con acuerdo-. Ahora ve y díselo tú también. No pierdas el tiempo. No seas idiota –ordenó-. Sé que la amas, así que ve y discúlpate; y ámala porque se lo merece –Albafica apretó los párpados, intentando contener las lágrimas-. Odiaría ver como repites los espantosos errores que yo he cometido –tomó un trago de café. Lágrimas silenciosas resbalaron por las mejillas del joven de Piscis.
-Tienes razón, cada una de esas palabras es verdadera –se limpió las lágrimas con el dorso de la mano sin ninguna delicadeza-. Gracias, Maestro.
Albafica se levantó pesadamente dejando el horroroso café a medio terminar. Hizo un esfuerzo consciente por no arrastrar los pies mientras salía fuera de la cocina y caminaba por los pasillos de la Casa de Acuario. Andaba a ciegas, guiado sólo por su Cosmos, con la certeza de que lo llevaría al lugar indicado. Cuando se paró frente a la puerta cerrada, tragó saliva y dudó un momento antes de atreverse a tocar. No hubo respuesta. Volvió a intentar, recibiendo el mismo resultado. En un arrebato de valor, probó suerte con el picaporte. La puerta estaba sin llave, por lo que se abrió silenciosamente, permitiéndole el paso al Santo de Piscis. Imaginó que de tantas veces que Mirena había estado en su habitación, incluso durmiendo en su cama; era extraño que fuese su primera vez en las estancias de ella. Enseguida pudo verla muy quieta, de espaldas a la pared, envuelta en un Cosmos de infinita tristeza. Albafica se sentó a su lado y acarició su espalda suavemente, intentando en vano disimular los nervios.
-Amor mío –balbuceó-. He sido un idiota –admitió-. Perdóname –no hubo demasiada reacción, pero él sabía que estaba oyendo. Sus ojos estaban abiertos aunque no se había dignado a dirigirle la mirada. El muchacho se inclinó sobre ella y besó su mejilla con sentida delicadeza. No quería admitir que se moría de miedo, que no sabría qué hacer si la perdiera-. Te amo, Mirena –susurró-, lo que más quiero es sentirte cerca. Me dejé llevar por el miedo, pero ahora lo veo claro –y otro beso, que se sintió como el flujo de la corriente eléctrica-. Creo que el amor es más fuerte que cualquier miedo, que cualquier duda. Lucharé por merecerte, aun contra mí mismo –admitió.
-Alba-chan –susurró ella, aun con la mirada perdida en algún punto en la pared-. No quiero hablar ahora, discúlpame –Albafica esbozó una media sonrisa triste.
-No pasa nada, me parece adecuado. Volveré más tarde si quieres, o mañana –Mirena negó con la cabeza.
-Quédate –pidió, con la voz quebrada-. Necesito un abrazo –admitió, derramando algunas lágrimas silenciosas. Albafica se recostó a su lado, pegando su pecho a la espalda de ella y envolviéndola entre sus brazos. Besó su cuello, aspirando su aroma. Eso le hacía sentir en casa.
-¿Has podido dormir? –Mirena negó levemente con la cabeza-. Duerme un poco ahora, yo te cuido –la animó. Entonces cerró los ojos con pesadez.
-Pero lo hago porque yo quiero, no porque me lo digas –por primera vez, Albafica sonrió sinceramente.
-Descansa bien, Mire –dijo, y con esto besó su cuello y la dejó acomodarse.
La observó inflar el pecho mientras comenzaba a relajarse, lo percibía en su Cosmos. La apretó contra sí, temiendo que si la soltaba quizás nunca volvería a tenerla entre sus brazos. Pasados unos minutos, comenzó a aflojar sus músculos y enlentecer su respiración. Albafica se alegró sinceramente porque su amada lograra descansar, aunque percibía el dolor en su Cosmos. Eso lo hacía desdichado. Besó su cuello y sus mejillas, acarició su cabello y entrelazó sus dedos; esperanzado de que aun dormida ella percibiera el amor que intentaba darle. Se sentía como un cachorrito regañado que teme ser abandonado al costado de una ruta lejana. Intentó cerrar los ojos y prestarle atención a los estímulos que no eran tangibles, dejando que sus Cosmos se mezclaran y se calmaran de a poco, como el mar revuelto cuando apenas ha pasado la tormenta.
De pronto, Mirena despertó con un suspiro ahogado. Eso hizo sobresaltar al de Piscis. Enseguida ella rompió a llorar con fuerza, con fuertes espasmos que le impedían respirar o pronunciar palabra. Albafica se preocupó por el súbito cambio e intentó consolarla con palabras dulces, pero ella no era capaz de distinguir el discurso. Era un llanto desesperado, como si fueran los últimos momentos de su vida. El muchacho intentó algo diferente. Encendió su Cosmos suavemente, iluminando la habitación con un leve fulgor dorado, envolviéndola en esa calidez. Mirena lo sintió como si se sumergiera en agua tibia, como un bálsamo para su alma. Finalmente logró tomar aire y respirar adecuadamente, y de a poco dejó de llorar. Se apretó contra el hombre que la acompañaba y se hizo una bolita. Cerró los ojos y se quedó muy quieta. Albafica besó su mejilla.
-Mire –susurró-. ¿Estás bien? –ella se encogió de hombros levemente. No tenía realmente una respuesta a eso-. Mírame un momento, por favor –ella obedeció. Se giró y quedaron frente a frente, con las piernas entrelazadas. Observó a sus ojos, mezclados con el color de su Cosmos, y juró que por un breve instante la vio esbozar una pequeña sonrisa.
-Me encanta el color de tus ojos –declaró ella. Él le sonrió sinceramente.
-Gracias. A mí me gusta todo de ti –admitió-. Me gusta la maraña ingobernable que resultó ser tu cabello. Me gustan tus labios para besarlos. Y por cierto, me gustan tus pechos que hacen una espléndida almohada –bromeó, en un intento por hacerla sonreír. Primero ella frunció el seño, pero luego esbozó una media sonrisa.
-¿De verdad te gusto? –balbuceó ella con la voz rota. Albafica sonrió con dulzura.
-Amor mío, ¿qué pregunta es esa? Eres la mujer más hermosa de todo el mundo –se sonrojó levemente mientras lo decía-, no sólo eso, también eres la persona más inteligente y fuerte que jamás he visto –la envolvió entre sus brazos y la acercó un poco. Ella sintió el cambio en el Cosmos que los envolvía.
-Gracias –susurró-. Perdóname… no quería que me vieras así, llorando como una niñita caprichosa.
-No hay nada que perdonar, sino al contrario. Yo vine aquí a disculparme contigo –admitió él.
-Lo sé –tragó saliva-. Pero quizás sobre reaccioné. Es que –se mordió el labio y buscó las palabras-, pensé que te irías, que nunca volvería a verte. Quería contarte –susurró-, sabes que Dégel me encontró en la biblioteca de una posada –él asintió-. Yo estaba allí porque mis padres me vendieron al posadero –recordó-. Sé lo que se siente el abandono, y me dio terror pensar que podría pasar por eso de nuevo –sollozó.
-Actué como un caprichoso estúpido –admitió él con desagrado-. Las cosas que dije fueron inspiradas nada más que por el miedo y los celos, sin siquiera ser pensadas antes de ser dichas –resopló-. Lo siento mucho.
-¿Qué es lo que haces con tu Cosmos? –inquirió ella-. Me hace muy bien, ¿sabes? –él sonrió.
-Sólo quise hacerle una caricia a tu alma, y no se me ocurrió mejor forma de hacerlo. Me alegra que haya funcionado –admitió sonriendo.
-Gracias, pececito –balbuceó.
La mañana avanzaba y el sol subía más alto en el cielo. Albafica abrazó a la mujer que amaba y disfrutó de sentirla contra su piel. Cerró los ojos y de a poco apagó su Cosmos. Observó a Mirena respirar pesadamente, relajándose de a poco, aunque sabía que no dormía y se preguntaba qué misterios guardaba su mente, poderosa y enigmática. Ella recordó levemente que más de un año atrás, Dégel había mencionado la posibilidad de una nueva Guerra Santa. En aquel momento, no le prestó mucha atención. Le provocaba pavor, y como sus ojos no vieron más evidencia, disfrutó del tiempo de paz en el Santuario confiando que así duraría. Pero Albafica sabía cosas que sólo los Santos de Oro tenían acceso. Días antes, el Patriarca les había revelado nuevas pruebas, sometiéndolos al más estricto secreto. Ni siquiera tenían permitido pronunciarlo en voz alta o discutirlo mediante telequinesis. Albafica hubiera consultado con su amigo Shion si hubiera podido. En aquel momento, por primera vez, sintió auténtico miedo. Mientras sentía la respiración de su amada sobre su pecho, se preguntó sobre las pérdidas de la Guerra, una situación que jamás durante su vida había visto. Pero nada dijo, no por tenerlo prohibido, sino por no perturbar aun más el corazón herido de Mirena. Así las cosas, decidió soportar solo ese conocimiento inquietante. Con el corazón oprimido, la abrazó un poco más fuerte.
