+++~~~* HETALIA! Las Crónicas de México! *~~~+++
~~~* CHIBITALIA! *~~~
Las noticias desalentadoras llegaron cada vez más pronto. La que más pesó fue la noticia de que Ixchel no había perecido de forma natural como había pensado.
Cada vez que su tlatoani recibía noticias y se hundía, Yaomecatl intentaba encontrar formas de cómo lidiar con los invasores que se acercaban. Al principio, su tlatoani insistió que debían pelear, que debían expulsar a esos invasores. Pero luego, en cuanto las noticias de otras tribus uniéndoseles llegaron, ni siquiera el gran tlatoani supo qué hacer.
Cuando el momento más temido llegó, a Yaomecatl se le ordenó lo impensable.
"¡¿Quiere que haga qué?"
Aunque los sirvientes del palacio ignoraron lo más que pudieron, los gritos del imperio a su tlatoani no pasaban desapercibidos.
"Lo que oíste" respondió el hombre frente al imperio "Le darás la bienvenida a estos visitantes"
"Son invasores, señor-!"
"Son visitantes, Yaomecatl!" Gritó el tlatoani, levantándose de su trono "Quien no se les une es destruido. ¿Qué no quieres lo mejor para tu pueblo?"
El imperio no tuvo más que decir. No había forma.
Todo estaba silencioso.
Ahí, parados a mitad del puente conectando a la ciudad con las orillas del lago, estaban Yaomecatl y su tlatoani. Esperaban la llegada de los "visitantes" impacientemente. Detrás del tlatoani, la gente de Tenochtitlán. Detrás de Yaomecatl, sus tres hijos, prensados de la capa roja de este.
A la distancia los vieron venir. Algunos eran de otras tribus conocidas, pero otros eran los extranjeros. Eran de piel clara y algunos tenían barba; estaban cubiertos de armaduras de metal, traían extrañas armas y extraños animales.
Guiándolos estaban dos hombres y una mujer. La mujer era una india, claramente, y los hombres eran un militar y un hombre de ojos verdes vestido de rojo.
Caminaron hasta el puente donde se encontraron frente a frente. Ambos extranjeros intentaron saludar estrechando manos con los aztecas, pero fueron corregidos rápidamente por aquellos indios que los acompañaban. Nadie podía tocar ni al tlatoani ni al imperio, les dijeron.
Gracias la mujer, que se presentó como Malitzin, ambos líderes pudieron hablar entre ellos. Yaomecatl y el hombre de ojos verdes, sin embargo, se mantuvieron silentes, mirándose interesados el uno al otro. El interés del azteca, por supuesto, era meramente estratégico. El hacha en las manos del extranjero fue lo primero que notó, instintivamente poniéndose frente a sus hijos. Mientras tanto, aquél hombre parecía no estar ahí realmente. Su interés era de curiosidad, así que ocasionalmente desviaba la mirada para ver a sus alrededores. Por un momento, notó a los pequeños detrás del imperio. Naciones en potencia. Colonias en potencia.
Entonces ambos oyeron sus nombres. Sus jefes los habían presentado. Aquél hombre de ojos verdes tenía nombres extraños, pensó Yaomecatl. Antonio Fernández, el Reino de España. Parecía no significar nada.
El español, por su parte, pensó que el nombre de 'Imperio Azteca' sonaba muy interesante, pero que un nombre tan complicado como Yaomecatl Chimelli-Chanehque era para olvidarse. Y ni hablar de los niños.
En medio de una atmosfera pesada, de incomodidad y silencio fuera de traducida conversación de los lideres, el tlatoani se dispuso a darle un recorrido a sus 'visitantes'.
Fue gracias a este recorrido que ambas naciones, por darles un nombre común, aprendieron el idioma del otro. Estaba en la naturaleza de ambos aprender rápido, por razones estratégicas.
Al final de este recorrido ya todo estaba oscuro, así que Yaomecatl mandó a sus hijos a casa. Aunque las niñas estuvieron de acuerdo con la idea e incluso se despidieron amablemente de los visitantes, el pequeño Cuauhtémoc se negó a irse.
El imperio de disculpó y pidió que se adelantaran ya que el hablaría con su hijo. Su tlatoani y los españoles estuvieron de acuerdo.
"Debes irte a casa, Cuauhtémoc" Dijo Yaomecatl, ya que estaban solos.
El niño negó con la cabeza. "No te quiero dejar solo, tajtli"
"No te preocupes por mí" Intentó asegurarlo el padre. "Yo estaré bien"
"No confío en esa gente!"
"Yo tampoco" admitió el imperio "Pero debes ir a casa, estar con tus hermanas y esperarme ahí, ¿de acuerdo?"
Sin más remedio, el niño asintió y se fue a casa sin despedirse de nadie más. Era un buen niño, él sabía que estos visitantes no eran buenas noticias y solo intentaba ayudar a su padre, nadie lo culpaba por eso.
Una vez que el niño estaba fuera de la vista del imperio, Yaomecatl pudo al fin alcanzar a su tlatoani y a los españoles en el palacio.
Xocolatl.
Para esta 'ocasión especial', los cocineros del palacio habían preparado xocolatl. El tlatoani y Yaomecatl estaban sentados frente al general español y Antonio, en una mesa del palacio. Aún entre traducidas bromas y quejas sobre lo amargo de la bebida, lo único en que el imperio se concentraba era el hacha, el hacha del Reino Español, descansando en una pared cercana a la mesa.
Demasiado cerca.
Antonio, de hecho, estaba concentrado en la extraña bebida y en la conversación. No hablaba, solo escuchaba y tomaba de su xocolatl.
Después de un rato, ambos líderes y jefes quisieron salir a caminar, energizados por la bebida nativa. Respetuosamente, Yaomecatl se negó a acompañarlos, alegando que estaba cansado. El español hizo lo mismo.
Una vez se fueron los líderes y la intérprete, ambas naciones se quedaron solas.
El azteca se veía muy serio, casi enojado con el español. Este, a su vez, no se veía necesariamente feliz, solo tenía una sonrisa de cortesía.
"Su capital es muy interesante" Habló Antonio, de entre el silencio incomodo. "Debo decir que nunca esperé ver tal-"
"Déjese de cordialidades, señor Antonio" Interrumpió Yaomecatl, con voz calmada pero tajante. "Ambos sabemos el por qué de su visita"
Viendo que una fachada agradable no iba a funcionar, el español dejó la sonrisa al lado, volviendo su cara seria, pero no tanto como la del azteca. "Es muy obvio, ¿no es así?"
El azteca no asintió ni le dio la razón, solo lo vio a los ojos. "También sé que usted fue quien terminó con el Imperio Maya"
"…Así es" contestó el español, dudoso. Dio un rápido vistazo hacia donde estaba su hacha, para asegurarse que estaba al alcance. Esto no iba en buen camino. "¿Qué piensa hacer, entonces?"
El imperio no respondió. Simplemente se levantó de su asiento lentamente, como si lo que fuera a decir le pesara. "Nada"
"¿Nada?" Antonio estaba honestamente sorprendido. Por su reacción, esperaba alguna agresión por parte del azteca. "Con todo respeto, señor, pero… Si hubiera sido alguien querido para mí, yo mataría a la persona"
"Eso nos diferencia, señor Antonio" Contestó Yaomecatl, tan frio que casi se sintió. "Yo soy un imperio honorable, y un imperio honorable hace lo que se le ordena sin importar su opinión. Mi orden fue tratarlos como visitas"
Antonio no supo que más decir. La fría mirada del imperio era algo que no había encontrado muchas veces en su vida. Alguien que lo quería muerto pero no podía hacer nada.
"Tenga muy buenas noches, señor Antonio"
Sin más, Yaomecatl se retiró, dejando al español solo. La impotencia pesaba en sus hombros de forma terrible. Sabía que de este encuentro no saldría nada bueno.
No hizo más que regresar a casa, desearle a sus hijos buenas noches e intentar cenar. A menos que se lo ordenaran, él no podía hacer nada más.
Para nadie sería bueno este encuentro.
CONTINUARÁ
