Disclameir: Harry Potter no es mío. Si lo fuese, Voldemort y Harry acabarían liados, o a lo mejor Harry estaría con Draco, o quiza Hermione se quedaría con su mejor amigo, pero nunca, nunca, el pelirrojo se quedaría con ella. ¡Ah si! Y al llegar a sexto todos los alumnos montarían una orgía. Como esto nunca pasa en los libros, me veo forzada a reconocer que JK Rowling es la dueña, y yo soy una simple aficionada que disfruta con sus historias. XD


¡Lamento mucho el retraso! Han sido ya casi cinco meses desde la última vez y sé que no tengo perdón. Es de suponer que muchos de vosotros os hayais olvidado ya de esta historia, y los que no, no me perdoneis facilmente la tardanza. No hay excusa que valga. La universidad y la vida es un ajetreo constante, sí, pero lo que en realidad me ocurría era que no era capaz de escribir. Estaba totalmente bloqueada, especialmente con este fanfic. Todo el capi de hoy ha sido escrito hoy por completo, la primera vez que lo toco en meses. ¡Y como lo he hechado de menos! Espero que este lapsus teporal no se repita de nuevo pronto y que pueda continuar actualizando la historia como os tenía acostumbrada con anterioridad.

Quiero agradecer a todos aquellos que me dejasteis un comentario en el capitulo anterior, así como los muchos PM que he recibido preguntando cuándo continuaría la historia. Acabo de leerlos todos, se me había acumulado y por desgracia no pude responderlos. Pero este capi no estaria aqui sin esos animos, así que aprovecho y os lo digo ahora: ¡Muchísimas gracias!

El capi va por vosotros.


Capitulo XI

En los pocos desde el comienzo de las vacaciones Harry se había adaptado completamente al entorno de la Mansión Malfoy, y la experiencia también le había válido mucho para comprender mejor algunas de las peculiaridades y características de su mejor amigo. El protocolo bajo el que se había criado era rigurosísimo. Por ejemplo, los señores Malfoy había rechazado el deseo de Draco de compartir su habitación con él, sino que había ordenado a los elfos preparar un dormitorio adecuado al renombre y la alcurnia de su huesped.

La cena en Malfoy Manor era servida puntalmente a las ocho, en el comedor principal, y cada miembro de la familia debía vestirse adecuadamente si pretendía asistir. Lucius Malfoy había reprendido con severidad a su hijo pocas horas después de su llegada porque sus notas en Historia de la Magia y Defensa no habían sido lo suficientemente buenas ese semestre. Cuando Harry había alzado la voz para protestar contra su alegato, remarcando la ineptitud de dichos profesores, el señor Malfoy le había señalado muy educadamente que aquel asunto confería estrictamente a los miembros de la familia, silenciándolo de inmediato.

Draco no había pronunciado una palabra en su favor, aceptando la reprimenda en silencio y con la vista clavada sobre los cubiertos de plata, pero Harry había detectado en él la misma mirada de tristeza y decepción que había estado presente cuando, tras su llegada, Narcissa Malfoy había descendido de inmediato los escalones del jardín para abrazar a su hijo y darle la bienvenida, pero su padre, Lucius, había optado por aguardar en la cima clavando en él una mirada valorativa, y a continuación le había estrechado la mano brevemente, pronunciando un parco:

— Te hemos echado de menos, hijo.

Sin embargo, en otros aspectos, Draco era lo que Hermione calificaria como un niño perdidamente mimado. Ya que se trataban de las vacaciones de Navidad sus padres no habían considerado necesario imponerle un horario riguroso, y se le permitía permanecer durmiendo la mañana entera, hasta la hora del almuerzo, que era servido en un comedor mucho más íntimo que el de la cena. Como Lucius tenía por costumbre gastar la mañana completa en el Ministerio —por la tarde se encargaba de sus otros negocios junto con Narcissa—, únicamente asistían ella, Draco y el propio Harry.

El desayuno era servido en sus dormitorios cuando cada miembro lo requiriera. Un elfo domestico había sido asignado para atender todas sus necesidades y caprichos; y la nueva ala de la mansión, retirada del resto, ya estaba siendo construida en los inmensos jardines. Dispondría de varios dormitorios, tres lavabos, un recibidor, un comedor, un despacho y una sala de estar; la cocina no era necesaria porque los elfos se ocupaban de la comida; y estaría conectada a la mansión principal mediante un trasladar permanente.

Lucius pretendía originalmente que aquello se convirtiera en el regalo de Draco para su cumpleaños número trece, pero Narcissa se había impuesto con su argumento. Incluso si la propiedad se inscribía a nombre de su hijo, Draco no podría tomar propiedad de ella hasta que tuviera legalmente la edad adulta.

Narcissa era una mujer admirable. Incluso si su poder mágico no era comparable al de su esposo, uno de los magos más potentes que Harry conocía, su mente era ágil y astuta y podía rivalizar perfectamente con la de aquel, e incluso dominarlo en algunos aspectos. Sus habilidades se inclinaban siempre hacia el sutil arte de la persuasión, había notado, y su mente era impenetrable. Era probable que ni siquiera un maestro Ligilimens fuera capaz de quebrarla.

Lucius la adoraba. Eso era innegable. El hombre era totalmente reacio a cualquier muestra de afecto o amor en público, pero ni siquiera él era capaz de resistirse a su esposa. Sus ojos notaban en seguida cuando ella se hallaba cerca, y seguían su estela mucho después de que se hubiera marchado. Harry había percibido esto desde su primera cena con ellos.

Dooby los había conducido a ambos hasta la Mansión, donde los padres de Draco aguardaban en lo alto de la escalinata del jardín por su llegada. Narcissa había avanzado hasta su hijo y lo había envuelto en un cálido abrazo.

— Draco. Bienvenido a casa, hijo.

— Me aplastas, madre —había protestado el muchacho con vergüenza, pero había correspondido su gesto—.

— Es mi derecho. Han sido cuatro meses sin verte —se justificó la matriarca tras depositar un suave beso en su frente—. Tu padre estaba deseando que llegaras.

— ¿De verdad?

— Por supuesto. Pero no esperes que lo reconozca ahora que ya estás en casa.

Los ojos de Draco, que se había iluminado tras su confesión, perdieron una pizca de brillo, pero su sonrisa se mantuvo.

— Creo que iré a saludarlo —decidió—. Pero antes, madre, deja que os presente. Harry Potter, mi mejor amigo y compañero de dormitorio en Slytherin. Harry, Narcissa Malfoy. Mi madre.

Harry avanzó unos pasos, abandonando la discreta posición que había asumido para no interrumpir su encuentro. El cambio de registro en la voz de Draco al dirigirse a su madre era notable.

— Un gusto conocerla al fin, señora Malfoy —se presentó educadamente—. Draco me ha hablado mucho de usted.

Los ojos de Narcissa habían abandonado cualquier rastro de la calidez anterior mientras se reunían con los suyos y estrechaban su mano. Tampoco expresaban antipatía, ni recelo. Únicamente un interés cortés.

— Buenas cosas, espero, Señor Potter. También yo aguardaba desde hacia años la oportunidad de conocerlo.

Una respuesta muy Slytherin, donde lo no pronunciado trasmitía más información que las palabras dichas. El muchacho sonrió con malicia. Sabía jugar a ese juego.

— En su mayoría. Nuestra estancia en Hogwarts no habría sido igual de placentera sin sus consejos sobre como tratar con los elfos, o sobre como acallar a Peeves. Me siento obligado a agradecerle por ello.

Narcissa se disponía a devolver dicho cumplido cuando su esposo decidió finalmente avanzar hacia ellos, con Draco caminando a su vera, y se interpuso en la conversación.

— Señor Potter, nos encontramos de nuevo.

— Señor Malfoy.

Harry cabeceó hacia él y Lucius correspondió su saludo, cumpliendo con las viejas tradiciones entre magos. Carecía por completo de la sutiliza gentil de su esposa pero su mera presencia imponía un respeto difícil de igualar. Si Harry se sintió intimidado por su presencia no lo demostró.

— Me satisface que haya decidido aceptar nuestra oferta para acompañarnos.

— A mi me complace haber sido invitado de nuevo. Tenía muchas ganas de pasar estas Navidades con Draco — declaró, sustituyendo el tono formal por una respuesta sincera.

Lo cual Narcissa aprovechó para tomar de nuevo el revelo en la conversación.

— En tal caso yo estoy complacida por recibir entre nosotros al amigo de nuestro hijo. Lucius, ¿por qué no los acompañamos dentro? Los niños están cansados por el viaje. Ordenaré a los elfos que retrasen la cena unos minutos para que puedan desempacar sus pertenencias con tranquilidad.

Sus instrucciones se dieron por válidas mientras Draco refunfuñaba entre dientes:

— Ya no somos unos niños, madre.

La cena de aquella noche había sido bastante breve y formal y Harry se excuso rápidamente. Era evidente para él que ambos Malfoy anhelaban compartir algo de tiempo de calidad junto a su hijo, pero no mostrarían tal deseo mientras él siguiese presente. De cualquier modo él también ardía en deseos de conversar con Tom, con quien no había hablado desde la noche anterior, y agradeció ese tiempo en privado.

Conforme los días de vacaciones transcurrían Draco fue abandonado poco a poco aquel aire de formalidad frente a sus padres, especialmente frente a su madre, si bien jamás dejo de mostrarse atento con ella. El propio Harry aprendió a relajarse, recuperando el espíritu inquieto y aventurero que lo poseía en Hogwarts, muy diferente al que empleaba cuando un asunto trascendente, comúnmente relacionado con Tom, requería su atención.

Los días transcurrían velozmente entre partidos improvisados de Quidditch, competiciones de natación en las increíbles termas romanas que se habían escavado bajo el dormitorio de Draco por su cumpleaños número once, paseos sobre a sus preciosos corceles alados, y juegos del escondite. Él y Draco se ocultaban en algún tenebroso rincón de la mansión o los jardines, y Dooby estaba obligado a buscarlos. Usualmente el elfo debía castigarse a sí mismo si tardaba más de veinte minutos en encontrarlos, pero Harry había exigido a su amigo que retirara esa clausula del juego si quería que se escondiese con él. Como consecuencia el elfo lo idolatraba.

— De verdad que no lo entiendo, Harry. Es un jodido elfo domestico. ¿Qué más da si nos reímos un poco a su costa para divertirnos? —había cuestionado Draco hacia unos días—. No es como si fuera un muggleborn o un muggle. Ni siquiera es humano.

Harry no se habría molestado en responder si no fuera porque sabía que su confusión era sincera. De verdad no lo entendía.

— Que no sea humano no significa que no tenga sentimientos. Ni que no posea unos poderes de los que los magos carecemos.

Su amigo seguía contemplándolo con escepticismo.

— Pero es… es una bicho loco. Ni siquiera funciona bien. Está totalmente loco.

El moreno resopló, incapaz de negar la totalidad plena de esas palabras. Era cierto que Dooby estaba un poco loco. Era evidente que no era feliz sirviendo a su familia, una anomalía extraña entre de los de su especie para la que no había razón. También era cierto que Draco no trataba mal a ninguno de los otros elfos de su casa, sólo a Dooby.

— Sigue sin ser excusa. Que poseamos poder sobre otros no significaba que debamos usar ese poder para torturarlos. Incluso si no son humanos o están un poco locos. No estuvo bien cuando nos torturaron a nosotros.

El rostro de Draco palideció de inmediato con el recuerdo de Quirrell y la maldición cruxiatus. Ni él ni Harry habían hablado apenas del tema desde que comenzó el curso, prefiriendo enclaustrarlo en la zona de recuerdos desagradables, pero era evidente que Draco no lo había olvidado.

Harry se sintió culpable. No había querido traerlo a su memoria.

— Lo siento —se disculpó con sinceridad—. No quería decir eso. Soy un idiota. Vámonos al campo de Quidditch, ¿quieres? Todavía me debes la revancha por lo de ayer.

Draco sonrió levemente pero la sonrisa apenas alcanzó los ojos.

— Oye, Harry… Yo no creo que haya que torturar a nadie, ¿de acuerdo? Ni siquiera a los muggles, aunque ellos no me gusten. Ni tampoco quería hacerle daño a ella.

Harry intuyó en seguida a quien se refería. Su duelo con Hermione.

Ese era otro tema delicado del que no habían hablado.

Desde que se habían reconciliado tras su pelea, la opinión de Draco había cambiado mucho respecto a la muchacha. Su preocupación por Harry y su curiosidad por el misterio del Ritual Antiguo ya los había unido un poco con anterioridad, pero ahora era diferente. Se había asustado de verdad cuando apareció la serpiente y había estado a punto de inyectarle su veneno en el cuello. Había comprendido que incluso si a veces lo irritaba con su aire de superioridad, su suprema inteligencia, su devoción por las reglas y su pasión por Harry, no quería verla muerta. Era lo último que deseaba.

Entonces, cuando Harry se había intercambiado por ella entregándose a sí mismo a la mamba negra había sido mucho peor. Su mejor amigo había estado a punto de morir por su culpa. Porque él había perdido el control de sus emociones y había tolerado que la ira y el miedo lo controlaran. E incluso si Harry y hasta Hermione lo habían perdonado, resultaba mucho más complicado para Draco perdonarse a sí mismo. Tal vez porque fuera una de las primera veces en su vida que aceptaba la culpa por algo y se arrepentía de sus acciones.

— Lo sé. Ya no estoy enfadado por eso, Draco. Ni siquiera entonces estaba enfadado por eso. Sabía que no querías hacerle daño en serio.

— ¿Lo sabías? —existía un fuerte matiz de sorpresa e incredulidad en su voz—.

— Ajá.

— Pero… Entonces, ¿por qué...?

— Estaba asustado, ¿de acuerdo? —reconoció Harry de mala gana—. Tú no sabes cómo era… Dumbledore estaba muy pesado esos días. ¿Recuerdos eso que ocurrió y que no os pude contar ni a ti ni a Hermione? Fue peor de lo que puedas pensar.

Draco frunció el ceño con desconfianza.

— ¿Ese viejo chalado se atrevió a hacerte daño?

Harry lo observó tentativamente y a continuación examinó el jardín donde se hallaba, comprobando que no había nadie alrededor. Sabía que podía confiar en su mejor amigo con su vida, pero también estaba arriesgando a Tom. Y tampoco quería añadir más presión de la necesaria sobre de Draco. Sin embargo… Su amigo se había enfrentado a Quirrell con valor el año anterior. Con más valor del que podría exigírsele a un Gryffindor. No había flaqueado frente al peligro, ni lo había traicionado pese a la tentación. Podía confiar en él y en cierto sentido lo necesitaba.

Lo tomó de la mano y lo guio hasta un tramo del terreno oculto por varios arbustos, al otro lado de la orilla del lago. Después se acomodó a sí mismo sobre las raíces de un viejo tronco.

— ¿Recuerdas el año pasado cuando fuimos tras la piedra filosofal?

Draco asintió.

— Es difícil olvidarlo. Casi nos matan.

— Cierto. Pero si no hubiese sido porque coincidimos con Quirrel, si lo hubiésemos intentado una noche antes, o dos, todo habría ido bien. La habíamos conseguido.

— ¿Y qué?

— Tú mismo lo dijiste, Draco. ¿Por qué demonios un mago tan poderoso como Dumbledore oculta un tesoro tan valioso como la Piedra tras unas pruebas que pueden ser sorteadas por dos críos de primero? —no aguardó a que su amigo respondiera, sino que habló—. ¡Te diré por qué! Creo que me estaba probando.

— ¿Probando?

— Si. Quería que me enfrentara al Señor Oscuro. Quería que averiguara quien iba tras ella y fuera detenerlo.

Las facciones de Draco reflejaron un completo escepticismo.

— ¿Por qué diablos quería una cosa así ese viejo loco?

— ¿No te lo imaginas?

— ¿Quiere…? ¿Quiere que luches contra él? —su voz reflejaba indignación—. ¿Que lo destruyas como cuando eras un bebé?

Harry asintió. Su mejor amigo se había quedado sin palabras.

— Pero no es lo peor. No estoy seguro de cómo, pero creo que el sospecha que no íbamos tras la Piedra por eso. Creo que sabe que queríamos quedárnosla. Y tampoco le gustaron mis declaraciones al Profeta. Él intentó… Intentó corroborar esa información por la fuerza. Me temo que cree que estoy traicionando a su bando.

— ¿Y lo estas haciendo?

Draco lo examinaba ahora mortalmente serio. Harry se sacudió de hombro ligeramente, mitigando la presión. Si bien había confiado en Draco algunos de sus temores, hablar más sería peligroso. Hasta que su mente no estuviera totalmente protegida y hasta que no fuese mucho mayor, la respuesta a esa pregunta debería quedar en silencio.

— Eso no importa ahora —rechazó—. Lo que importa es lo que él cree. Cuando me vi obligado a revelar mi condición de parselmouth frente a toda la escuela temí que volviera a por mí. Por eso me enfade tanto contigo.

Su amigo agachó la cabeza y comenzó a juguetear con el césped a sus pies. La culpa se incrementaba. Ni siquiera se le ocurrió insistir más en aquel tema.

— Lo siento mucho, Harry —se disculpó de nuevo—.

— No importa. No importa, en serio —insistió, logrando que sus palabras dieran sus frutos—. Yo no debí enfadarme tanto sabiendo que fue un accidente. Además, tú eres mi mejor amigo. No hubiera podido sobrevivir muchas mas semanas sin ti sin convertiré en otro obseso de los libros como Hermione —sonrió—. Olvidémoslo todo, ¿de acuerdo?

La mirada perlada Draco capturó la de Harry durante algunos instantes, como si esperasen detectar cualquier rastro de mentiras, hasta que finalmente cedió a sus palabras.

— Vale, vale… Olvidado. Vamos a jugar ese partido Quidditch. Pero Harry —lo detuvo cuando ya se incorporaban; su expresión era muy seria, más que en cualquier momento de la conversación—. Yo sé que en realidad tú no pretendes luchar junto a Dumbledore. Y ya estoy aprendiendo Oclumancia. Por eso quería decirte… que tú también eres mi mejor amigo. Y que puedes contar conmigo para lo que sea.

— Lo sé —Harry asintió muy serio—. ¿No nos llaman el trío de plata por nada, verdad? Cuándo crezcamos seremos imparable, invencibles.

— ¡Seguro! ¡Los mejores magos de nuestra generación!

Se contemplaron fijamente a los ojos duante unos segundos y a continuación, como por arte de magia, las carcajas estallaron en el prado. Incluso cuando ambos habían hablado en serio era difícil resistir la tentación del momento. Esa era la magia de su amistad, pensó Harry. No importaba si por las noches su mente se plagaba de dudas o de planes imposibles para traer a Tom de regreso, o para que triunfara la oscuridad. Ni siquiera importaba si después de mucho meditas, cuando finalmente se quedada dormido por el agotamiento, era Dumbledore y sus afilados iris de color azul quienes lo recibían en sus pesadillas. Porque cuando estaba con Draco era muy fácil para Harry ser lo que en realidad era.

Únicamente un niño.