10.- La Conspiración…

-¡POLVO DE DIAMANTES! –. Todo quedó congelado a su alrededor.

- ¡LA FURIA DEL DRAGÓN NACIENTE! –. De un solo golpe acabó con su oponente.

Una lucha se desató en el Santuario. ¿De dónde habían salido?, ¿Cuánto tiempo pasaron desapercibidos? Los aceros chocaban, gritos de cólera ensordecedores llenaban la atmósfera. Tan solo llegaron así, de repente. Y así como así, también fueron derrotados aquellos cuatro personajes cubiertos con largas capuchas negras. "¡A MÍ, COBRA!", las ruinas caídas de las antiguas columnas revelaban grandes cantidades de sangre destilando en la tierra. Ya era uno menos. Unos metros más allá, las flores se teñían con la sangre que Marín había hecho salir del pecho de aquél desgraciado que había atravesado con sus manos, y que ya era un cadáver.

-¡AAAAHHH! –. Uno de ellos se congeló con el toque del ataque del Cisne. Este al acercarse, saltó a una altura de tres metros, y lanzando su puño en picada, dio un terrible golpazo al centro del cráneo desde arriba, provocando que el hielo se resquebrajara y volara en una lluvia de miles de destellos rojos. Hyoga se irguió con su poderoso cosmos emanando en medio de aquellos rubíes resultantes de la sangre congelada del enemigo, caminando en dirección del único que quedaba vivo quien, tendido el suelo no podía levantarse pues el pie de Shiryu estaba puesto encima, apretándole la garganta, impidiéndole respirar.

- Ahora ya solo quedas tú. – Le decía Shiryu tranquilamente mientras le liberaba para luego agacharse y aprisionarlo otra vez rodeándolo con su brazo izquierdo, y con el derecho levantaba el poder de su espada Excálibur al aire. – Ahora dinos, ¿quiénes son ustedes, y porqué querían matar a Seiya?

- ¡Aargh! – Jadeaba el prisionero. - ¡No voy a decirte ni una mierda pendejo! – Se retorcía tratando de liberarse.

- Como gustes. – Respondió. – En ese caso, recibe esto. – La energía emanaba de su brazo. - ¡EL PODER DE LA SAGRADA EXCÁLIBUR! – El sonido del filo cortó el aire…

- ¡Espera Shiryu! – De repente gritó Hyoga. Lo que provocó que el muchacho se detuviera en seco.

- ¡Hyoga! ¿Pero qué…?

- No lo hagas. Este sujeto tan débil no merece morir bajo el filo de tu noble espada. – Aquél misterioso hombre no pudo más que ver la oscura silueta del Cisne a contra luz del sol acercarse, escuchando cómo crujían bajo sus pies los restos congelados de su compañero caído. – Tan solo es porquería. – Ya estaba justo frente a él. – Pero sé cómo hacer hablar a la mierda como él. – Se puso en cuclillas a su lado, con la rodilla izquierda tocando el suelo, y le repitió la misma pregunta que le hiciera antes su amigo: - ¿De dónde vienen?, ¿Por qué quieren tomar la vida de Seiya? ¿Acaso son más ángeles del cielo?

Pero el hombre no respondió. Simplemente apretaba la mandíbula tras los labios cerrados. Su respiración agitada provocaba que sus fosas nasales se dilataran y se contrajeran una y otra vez. Miraba desafiante al caballero de bronce aprisionado aún entre los brazos del otro.

-Así que no vas contestar nada, ¿eh? – Dijo Hyoga finalmente. Notó cómo las miradas de los santos femeninos contemplaban la escena siempre al margen de la situación, pero completamente alertas. Lo miró fijamente por un minuto, notando como los brazos de Shiryu se aflojaban del cuello, dándole la oportunidad para hablar, cosa que al parecer, el prisionero ansiaba. – ¿Y bien?

El sujeto abrió la boca, pero justo en ese momento…. "¡Aagh Puaj!". Lanzó un gran escupitajo que dio justo en la cara del Cisne. - ¡Jódete, pendejo caballero de mierda…!

-¡HEY! – Shiryu volvió a aprisionarlo, esta vez con toda la intensión de ahorcarlo. - ¡Tú, maldito…!

-¡Aaargh!

- ¡No Shiryu, espera! – Hyoga se pasó una mano por el rostro para limpiarse. – Déjalo. Yo personalmente me haré cargo de él.

Lo miró fijamente. – De acuerdo. Es tuyo. –, dijo serenamente. Y sin más, se levantó, se alejó del desconocido quien, cayó boca abajo con ambas manos apoyadas en el pasto para sostenerse y jadear.

-Parece que necesitas que te enseñen buenos modales.

- ¿Eh? – levantó la cabeza de golpe en dirección a su nuevo oponente. ¡PAF! Se oyó un tremendo golpazo. - ¡Aah! –, Hyoga le había lanzado un puñetazo a la mandíbula. Gruesos hilos de sangre escupió manchando el pasto de aquél jardín. Sentía cómo lo jalaban de las vestimentas raídas hacía sí, quedando frente a frente.

-¿Ahora vas a responderme?, ¿Quién los mandó, qué hacen en el Santuario? – Pero seguía sin decir una sola palabra. A lo que el guerrero le propinó otro puñetazo, y una vez más salió volando la sangre por los aires. – Como quieras. – Acto seguido, se dejó caer con gran fuerza sobre la pierna derecha, e inmovilizándolo, la tomó fuertemente de una mano. El prisionero observaba sorprendido como con un solo toque, poco a poco comenzaba a congelársele hasta ya no sentir nada por debajo de la rodilla. El puño izquierdo del Cisne hizo contacto con el hielo, destruyendo todo, haciéndolo trizas, revelando una vez más miles de destellos escarlata junto a un muñón. Lo que quedaba de lo que segundos antes era una pierna completa.

-¡AAAAAHHHH! – Gritó el desgraciado retorciéndose de dolor. - ¡Maldito hijo de puta!

Y así como si nada, rápidamente Hyoga tomó la otra pierna, la congeló, y de un codazo la destruyó como simple granito. - ¡AAAAAHHH!

-Bien, ya no hay nada que temer. – Su tono era serio y tranquilo. Inquietantemente sereno ante aquella horrible escena de desmembramiento. – Ahora ya no te quedará de otra más que arrastrarte como la sucia sabandija que eres. – Dijo con desprecio. Luego en voz baja. – Puedo seguir con tus brazos, si continuas empeñándote en no contestar lo que queremos saber. Pero te aseguro que continuaré con tu cabeza. ¿Crees que te convenga seguir en esta situación?

Observó al enemigo, esperando el resultado deseado. Sin embargo, en vez de eso, lo que obtuvo fue una leve risita, que poco a poco fue subiendo de volumen. - ¡mh Mh MH! – Estaba con los ojos cerrados y negando con la cabeza. - ¡je Je JE, HAHAHAHA! – Con la terrible carcajada a los cuatro vientos, levantaba la cabeza al cielo. Los demás, desconcertados, no podían creer lo que estaba frente a ellos. "¡No puede ser!", pensaba Hyoga, "¡Este sujeto… este tipo, ya no tiene piernas… e… está lisiado y… y se sigue riendo!".

-¡JAJAJAJAJAJA!¡JEJEJE, jejeje, mhmhmhmh! – Y así como tan solo unos instantes, la carcajada volvió a tornarse como un gesto delicado. - ¡Pobres inútiles e ilusos caballeros de Athena!

- ¿Qué?

- Más de tres mil años de guerra contra los dioses, y aún no saben caer.

- ¿De qué estás hablando? – Esta vez el que habló fue Shiryu.

- ¡Ja! Trece. – Aún tenía la cabeza levantada al cielo, con los ojos cerrados. Y cuando por fin se atrevió a mirar al guerrero que estaba frente a él, este notó una mirada extraña en la retorcida sonrisa que aún llevaba. – Trece guerras santas contra el Gran Hades, Señor del Inframundo. Trece oportunidades de acabar con cada vestigio del Santuario, con cada ruina labrada del Partenón… pero nunca lo consiguieron, ¿verdad? Ni él, ni Hipnos, ni Thanatos… ningún miembro de su ejército se acercó siquiera para asesinarle y acabar con todo esto. - Arrancó un puñado de hojas de césped junto con algo de tierra, para luego arrojarlas al aire y observar cómo el viento se las llevaba volando. En su vista panorámica se atravesaban los otros tres caballeros que notó, lo rodeaban a él y a su torturador. – Y sin embargo… - Seguía manteniendo su contraída sonrisa, mirándolos siempre. – Absolutamente, ninguno de aquellos actos cometidos fueron en vano.

- ¡Habla de una maldita buena vez desgraciado hijo de perra! – Pero Hyoga seguía tranquilo, quieto, al pendiente de cada expectativa.

- ¡Ja ja ja! ¿Caballeros, Marinas, Espectros, Ángeles? No. Nosotros no somos más que simples heraldos enviados por los dioses. Instrumentos que humildemente sirven a sus propósitos. Sí. Tratamos de matar al Caballero de Bronce Seiya de Pegaso, - Su cabeza giró a la izquierda. Diez metros más allá se encontraba alejada la ya conocida silla de ruedas, revelando tras el respaldo parte de un mechón de cabello castaño. – El Gran Sacrílego. – Luego volvió a mirar a Hyoga. – Pero ese no era nuestro verdadero objetivo.

- Entonces, ¿Cuál era?

- Je je. Eso no era todo, ¿cierto? – Pero Hyoga no respondió. – Me refiero a tu poder. Ese no era el máximo, ¿verdad? Digo, ¿Por qué usar una técnica de tan bajo nivel para causarme esto? – Señaló sus muñones sin bajar la vista.

- Porque alguien tan débil y patético como tú es lo que se merece. Un simple mensajero.

- No. – Se acercó más a su rostro. – Un Heraldo de los Dioses.

- ¿De cuál dios?

- ¡Ah, vaya! Veo que ya nos estamos entendiendo. – Se alejó, acentuándose más. – Pero ya es muy tarde para ello.

- ¿Por qué?

- En serio, ¿ninguno de ustedes lo entiende, verdad?, ¿No lo has notado?, ¿No lo sientes? – Pero no respondió. – ah, sí, ya veo. Tú y el Dragón fueron los primeros, ¿no es así? Si no fuera porque nos interrumpieron, hubiéramos podido acabar sin ningún problema. Sí. Después de tanto tiempo, al fin el cosmos de Athena se está debilitando, je je. Y junto con él, el de todos ustedes… ¡je je je, ja ja ja!

De repente, sin poderlo soportar más, el Cisne cogió su garganta apretándola fuertemente con una mano, sintiendo cómo su tráquea se trituraba entre sus dedos, y los rasguños del sujeto tratando de liberarse.

-¡Hyoga! – Gritaba Shiryu, pero este no lo escuchaba. Tenía la mandíbula apretada. Enseñaba los dientes y la parte izquierda de su labio superior temblaba mientras sus ojos llameaban. - ¡No. Espera, Hyoga!

- A... adelante… "Hyoga" – Seguía burlándose, a pesar de que casi ya no podía respirar. – Mátame… con… con tus propias manos… ya que pronto no podrás… hacerlo con tu cosmos… ¡Aargh!

- ¡No! – El Dragón se acercó. Y por la espalda tomó sus brazos, jalándolo. Tratando de separarlo de aquél lisiado que ya agonizaba. - ¡Hyoga, ya basta!

- ¡Déjame! – Con gran ímpetu se resistía a dejarlo escapar - ¡Maldito…! – Shaina y Marín se acercaron solo para liberar a la víctima de la ira de su alcance, hasta que poco a poco lo consiguieron.

- ¡YA! – Con una gran fuerza, Shiryu tiró de sus brazos azotándolo en el césped, quedando encima de él. - ¡No seas estúpido! ¿Qué es lo que te pasa?, ¿Acaso quieres que…?

- Así es Cisne. No hay otra explicación. – Y seguía hablando. – De otra manera, unos sujetos tan débiles como nosotros no hubiéramos traspasado las defensas del Santuario tan fácilmente. Y sin embargo, creen que todo el tiempo se tratará de ustedes, ¡simples, pequeños, semejantes mortales!. Mis tres compañeros y yo ya hemos tocado las trompetas que anuncian el Armagedón. ¡Después de más de tres mil años, al fin ha comenzado! ¡El tirano Imperio Ateniense por fin caerá! Y junto con él, todos sus santos. ¡Su exterminio inminente comenzará con la purificación del Apocalipsis! Los Dioses traerán el juicio final, el Gobierno Teocrático por fin será instaurado de nuevo, y destruirán a todos aquellos que se opongan. ¡Incluyendo a esa puta ramera babilónica a la que llaman "Athena"! a esa, quien sin importarle nada ha vendido el destino de aquello que protegía todo por un… ¡AH!

- ¡Ya cierra esa puta boca, bastardo! – Shaina, quien hasta ese momento había escuchado todo siempre manteniéndose al margen, se puso en pie, y tomando posición, con la punta del tacón de su bota, de una patada se lo clavó al sujeto en la cien, hasta la base de la suela, matándolo al instante. – ¡No voy a dejar que nadie le ponga un dedo encima a Seiya! ¡NADIE! – Terminó por sacarlo, mientras observaba al cadáver caer al suelo, y salir chorros de sangre a presión de la herida que dejó.

- ¡Shaina! – Marín no necesitaba quitarse la máscara para adivinar su reacción ante aquél acto. - ¿Qué has hecho? Ahora ya no sabremos porqué están aquí…

- No Marín. Te equivocas. – Shiryu acababa de liberar a su amigo, y se había puesto de pie frente a ellas. – Este sujeto ya nos dijo cuál era su verdadera misión.

-¿Qué quieres decir Shiryu? – Ella se puso en pie de un golpe.

- Como él ya lo había mencionado antes, trataron de matar a Seiya. Pero ese no era su verdadero objetivo. Solo fue algo extra para aprovechar el tiempo que estaban aquí. Ellos son Heraldos de los Dioses. Y como tales, venían a vernos a nosotros. No a Seiya.

- Te refieres a… - Hyoga ya se había levantado mirándolo fijamente.

- Así es Hyoga. Ellos venían a entregarnos un mensaje.

- ¿Cuál mensaje? – Preguntó Shaina. Sin embargo, no solo ella, sino que todos se miraron en silencio temiendo saber la respuesta correcta.

- Así es. – Adivinó sus pensamientos. Y siguió tras una pausa. – Pero es igual de importante saber no solo el mensaje. Si no quién es el que lo envía y porqué.

- Shiryu… - Hyoga comenzó a hablar contándole lo que había pasado desde que volviera al Santuario, su encuentro con el ángel enviado y lo que rebelara Marín sobre la ausencia de Saori y Shun.

- Así que a Seiya solo le quedan tres días. – Dijo Shiryu finalmente. – Entonces no hay tiempo que perder. – Miró a Marín. – ¿Dices que ellos se encuentran en el Olimpo?

- Sí. – Asintió. – Eso parece.

- Sin embargo, hay algo que me preocupa. – Dijo Hyoga en tono sombrío. – Nosotros ya nos hemos reunido, Shun está con Saori. Ikki actúa solo, y se presentará cuando menos lo pensemos, en el momento más oportuno.

- Así es él.

- Pero cuando salí del Santuario, - Continuó como si no lo hubiera escuchado. – decidí no alejarme demasiado y vigilar por los alrededores tan solo un poco para asegurarme que ese ángel no estuviera asechando por aquí cerca, para poder ir a lado de Athena, cuando noté a lo lejos cómo cuatro sujetos sospechosos rondaban por los jardines muy cerca de Seiya. Iba a sorprenderlos cuando tú también te presentaste tras de donde yo estaba oculto...

- Y te dije que yo iba a llegar por la entrada principal, pero en el camino, cerca de la colina, también los había visto, por lo que me pareció mejor sorprenderlos de cerca, y me encontré contigo.

- Y comenzamos a escuchar sus gritos de pelea. – Hyoga miró a las chicas. – Nos unimos con ustedes imaginando que los intrusos comenzaban a atacar. Pensé que eran más guerreros del Cielo.

- Es cierto. – Asintió Shiryu. – Entiendo a lo que te refieres.

- Pero, - terminó el Cisne mirándoles. – por la forma en que este sujeto reaccionó al preguntarle sobre si eran ángeles (no sabía de lo que estaba hablando), podemos decir que no fueron enviados por la misma persona.

- ¿Te refieres a una persona? O, ¿A un dios?

- Exactamente. Aquél ángel del cielo fue enviado por los dioses…

- Pero, ¿por cuál?

- ¿Cuál es el único dios que cuenta con un ejército de ángeles?

- Te refieres a…

- El único, el más grande de todos ellos…

- Zeus… - Recitó Shiryu vehementemente. – Él habrá dado la orden divina de asesinarlo.

- Pero faltan los heraldos. – Hyoga miró al cadáver tendido más allá.

- Entonces, solo queda una cosa por pensar… -. Dijo Shiryu para sí, en un tono más sombrío. – El mensaje ha sido recibido. Esto no ha sido más que una pequeña emboscada para avisarnos que los mismos dioses quieren destruir el Santuario.

- ¿Una advertencia? – Dijo Shaina.

- No Shaina. – Hyoga se acercó un poco más. – Durante miles de años, ellos se la han pasado advirtiéndonos. Ahora va en serio. Es un aviso. Tienen pensado venir ellos mismos para acabar con el Partenón, con nosotros, en especial con…

- Con Seiya. – Terminó por decir Marín.

- Por lo que no me sorprendería pensar que esta no será la última vez que vengan otros enemigos a querer completar el trabajo. No podemos abandonar a Seiya. Si antes fue un ángel, luego cuatro heraldos, ¿después qué llegará?

- Pero Hyoga, - Shiryu entendía cómo se sentía su hermano. – Debemos estar al lado de Athena. Esa es nuestra única misión. Protegerla y velar por ella. Además, ya lo has sentido, ¿no? Lo mismo que yo, puedes percibir que el cosmos de Athena se está debilitando, ya no es la misma fuerza que protegía al Santuario.

- Ya lo sé Shiryu. – Apretaba los puños. Sentía una gran necesidad de partirse en dos. – Pero también nuestra misión es proteger al Santuario y a las villas cercanas de la invasión enemiga. Seiya me preocupa, si aparecen más, Marín y Shaina no podrán ellas solas ¿Cómo es que…?

- ¡Hey, ya deja de lloriquear! ¿Acaso ya te olvidaste de nosotros? – Los dos hermanos de golpe dieron media vuelta, girando en dirección de aquella voz que les había gritado. A lo lejos pudieron divisar cinco figuras caminando a la par por el jardín, perfilándose poco a poco hasta revelar a los conocidos personajes.

- ¡Jabu de Unicornio, Ichi de Hidra, Nazi de Lobo, Geki de Oso, Ban del León Menor! – Todos, los cinco se encontraban allí embestidos con sus armaduras. Jabu, quien había gritado, se adelantó con una gran sonrisa para saludar a sus hermanos. – Hyoga, ¡no seas tonto! ¿Acaso nosotros no somos también Caballeros de Athena? – Exclamó sonriente.

-Es cierto. – Ichi guiñó un ojo. – ¿Crees que dejaríamos toda la diversión para ustedes?

- ¡Chicos! – Sonrió Shiryu. – Hermanos.

- ¿Qué, es que acaso se olvidan de mí? – Abriéndose paso entre los cinco apareció un muchacho de baja estatura, quien inmediatamente de verlos, se agachó, y apoyando las manos sobre las rodillas ligeramente flexionadas, empezó a tomar aire, venía muy agitado. Se enderezó y se puso las manos sobre la cintura mirando al cielo aliviado. - ¡Uf, vaya! – Suspiró. - ¡Wow! Es un gran camino desde el templo de Aries hasta aquí.

- ¡Kiki! - Exclamó el Cisne. – Así que tú también…

- ¿Qué, te sorprende? ¡Ja! – Sonrió el chico. Se puso el puño a la altura del rostro, y con el pulgar derecho se rascó un poco la nariz. – Como el único discípulo de mi maestro Mu, en su nombre me he convertido en guardián de su armadura. Pero esa no es la única razón. – De repente su semblante se ensombreció. Hyoga notó que los demás también se ponían serios. Estos se hicieron a un lado solo para dejar pasar a una persona más. Jabu extendió su mano para que la tomara una más pequeña y delicada. Seika, la dueña de aquella se acercó ante el Dragón y el Cisne, quienes la miraron y luego a los otros sin comprender.

- Ella es Seika. – Aclaró el Unicornio. – La hermana perdida de Seiya.

- ¿Qué? – Dijeron ambos al unísono. – ¿Su hermana?

- Media hermana en realidad. – Aclaró el chico. – Ella nos contó. A diferencia de nosotros, ella y Seiya vienen de la misma madre, pero no del mismo padre. Por eso a Mitsumasa Kido no le preocupó separarlos del orfanato y dejarla allí, mientras se llevaba a su hijo biológico.

- Pero Seiya pensaba que Marín…

- Pero no es verdad. – Interrumpió esta. Comenzó a contarles la historia sobre cómo había encontrado a la chica. Al terminar, Shiryu notó cómo ella seguía caminando en una conocida dirección.

- Es una verdadera pena. – Dijo Kiki. – Ella ha sufrido mucho por él. Casi se vuelve loca cuando lo vio después de volver del Inframundo. Yo estaba allí. – Y comenzó a contar lo que había presenciado.