Bien, este capítulo lo subí algo tarde porque he andado de rebelde estos días (?) Estoy siguiendo los pasos de mi Twin y fui por el carrete (?) Ahora debo estudiar para salir mañana sin cargo de consciencia, así que... No tengo mucho que decir por ahora.
Nada más, que disfruten este capítulo (:
Disclaimer: Bleach de Tite. Renji mío -aún sigue soñando- Ah, y el IchiRuki: escondido bajo la cama de Tite 1313 El material, porque esos dos ya están en el armario (?)
Capítulo diez: Entre recuerdos y avances.
Hoy no había tenido sus clases de literatura en la tarde, desde que las tenía tres veces a la semana le quedaban algunas tardes libres antes de que su compañero de piso llegara. Últimamente, el muchacho de anaranjado cabello llegaba más tarde de lo regular. Sin embargo, nunca lo había interrogado para saber la razón. Después de todo, ambos necesitaban su espacio, ¿cierto?
Sacudió su cabeza en el momento que se percató en que estaba divagando más de lo normal. Nuevamente, se acomodó en el sillón colocando sus pies sobre el mueble para usar sus piernas como apoyo de su cuaderno mientras jugaba con el bolígrafo en su mano.
Corría con todas sus fuerzas. Sentía sus pies dolerle a cada paso mientras el cuero de sus zapatos rozaba con la tela de sus calcetas. Ignoraba su aliento entrecortado y la punzada en su costado izquierdo exigiéndole que se detuviera un momento para normalizar su respiración. Todo lo que quería hacer era huir. Algo que se había prometido nunca más volver a hacer. Y lo que más la frustraba, es que no huía de ningún enemigo. No. Escapaba de los recuerdos. Específicamente: de los recuerdos de aquel hombre.
—Esto… —articuló en un jadeo, sin detener su carrera— debe ser una broma —concluyó apretando los dientes en un intento de ocultar su impotencia.
Imágenes del varón que había estado acompañando desde que los habían asignado como compañeros rondaron su mente. Golpes, insultos, maltratos, traición, decepción. Lo peor del asunto, no era sólo ver el pasado de los demás. El hecho que la tenía histérica era que había sentido cada emoción de aquel recuerdo como si fuera propio. Cada palabra, le había dolido; cada azote, la había torturado. Cada sentimiento la había recogido.
Detuvo el lápiz a mitad de camino sobre la hoja. Llevándose el objeto hasta apoyarlo en su boca, miró el escrito, perdiéndose en las palabras.
—Huir del pasado… —murmuró, mirando al techo permitiendo que los recuerdos la embargaran.
Dejó el cuaderno a un lado y estiró sus piernas, causando que éstas chocaran con algo posado sobre la mesa de centro que adornaba la sala.
—¿Uh? —pronunció, sentándose para poder observar con qué había chocado.
Una sonrisa se vislumbró en su rostro al reconocer el libro allí recostado. Imágenes plasmadas en las fotografías recorrían las páginas del álbum. En ellas, claramente se distinguía a una morena de nívea piel junto a una muchachita rubia y un chico de tez pálida con cabello oscuro. Aquel álbum era un mundo de recuerdos que ella había recopilado con los hermanos años atrás. Había olvidado por un momento que mientras Homura había estado acompañándola un rato aquella tarde, había husmeado en su habitación en busca de su baúl de los recuerdos.
—Realmente han pasado unos años —habló para sí misma en cuanto tomó el libro entre sus manos y comenzó a ojearlo, sonriendo ante cada fotografía y dejándose llevar por su mirada melancólica.
Acarició una imagen que mostraba a cuatro niños. Se trataban Renji, los hermanos y ella hace diez años atrás. Los rostros infantiles dejaban vislumbrar la poca preocupación que le daban a la vida, sólo enfocados en mantenerse siempre juntos. Sólo un inocente deseo.
Esa fotografía era la única que conservaba de sus días en el orfanato con las personas que aún estaban junto a ella hoy en día. Además, era una de las pocas que poseía que había sido tomada en el lugar donde había crecido junto a sus amigos. Cerrando los ojos, le permitió a su mente vagar en los recuerdos que tenía de su infancia.
No tenía recuerdos de su familia. Tampoco sabía si tenía algún familiar perdido por el mundo. Lo único que supo, a sus escasos ocho años por una conversación que accidentalmente escuchó de dos mujeres a cargo del orfanato, es que una honrada mujer la había traído argumentando de que la había encontrado abandonada cerca de su sector. Fue así, como había llegado al que sería su hogar de niñez. No recordaba mucho de sus primeros años de vida, sin embargo, recordaba que siempre su amigo pelirrojo había estado junto a ella, también podía escuchar la voz de Renji burlándose de ella por anécdotas de sus primeros años que ni siquiera ella recordaba.
En el orfanato, no todo estaba bajo la vigilancia de sus cuidadores. De vez en cuando, algún niño intentaba abusar de los más pequeños. Algo que Rukia nunca había soportado era ese hecho. Su amigo pelirrojo, que era unos años mayores que ella, siempre se había encargado de cuidarla porque a menudo se metía en problemas por tratar de defender a otros más pequeños de chicos mayores que ella.
Había sido un día lluvioso cuando conoció a los dos hermanos. A sus nueve años, guardaba muy reservadamente el temor de que la separaran de su amigo de la infancia. Y cuando aquellos dos pequeños aparecieron en el orfanato, definitivamente comenzó a temer el día que tuviera que separarse de ellos. En ese entonces, Homura tenía siete años y Shizuku unos cinco.
Algunos sucesos en el transcurso de la vida son realmente cuestionables. ¿Por qué pasó esto? ¿En qué momento? Sinceramente, nunca se preguntó la razón, simplemente lamentó no haberse despedido de los hermanos el día que abandonó el orfanato. Pero no dudó en ningún momento en que aquellos hermanos que tanto habían significado para ella los dos años que estuvo a su lado, se preguntaran constantemente por qué se habían separado. El día en que Byakuya Kuchiki reparó en su paradero, comenzaron los trámites para su adopción. Rukia no quería dejar el orfanato. Le explicó a su amigo pelirrojo que estaban interesados en adoptarla, y éste sin pensarlo mucho la animó, argumentando que las oportunidades que tendría de sobrevivir en un futuro serían más grandes que si se quedaba en el orfanato hasta que pudiera enfrentar el mundo ella sola.
Días antes de abandonar el orfanato, los hermanos desaparecieron. Y ella, preocupada, dejó su hogar de niñez haciendo prometer a Renji que él se encargaría de ubicar a los dos infantes.
El sonido del teléfono de su apartamento la despertó de sus recuerdos. Inmediatamente, se levantó antes de que el aparato sonara por quinta vez.
—¿Hola? —mencionó en cuanto descolgó el auricular.
—¡Querida tercera hija! —contestó una voz masculina.
La morena tembló ante su sospecha de la identidad del hombre tras la línea.
—¿Kurosaki-san? —cuestionó atenta a una respuesta.
—¡Llámame papá!
Rió nerviosamente mientras oía que el teléfono le era arrebatado al varón y en su lugar una dulce voz se dejó oír, la cual reconoció inmediatamente como la de la castaña.
…
Desde ya hace una semana había estado visitando a menudo el dojo de Kenpachi. Allí, pasaba las tardes después de la universidad cuando no tenía trabajo o exámenes. Lo cual debido al periodo universitario en el que se encontraba, era poco frecuente.
Sus habilidades tanto físicas como perceptivas, se estaban ampliando paulatinamente. Claro que con lo bruto que resultaba el entrenamiento en aquel sitio era increíble que aún siguiera vivo. Definitivamente, no tenía idea cómo Renji había sobrevivido allí por años ni cómo Ikkaku aún podía continuar entrenando a los pocos valientes que osaban a hacer acto de presencia en el sitio. Ahora, no le extrañaba que Hisagi hubiera abandonado a los pocos meses.
No le había mencionado a Rukia sobre ese asunto.
Aunque sinceramente, no era que lo estuviera ocultando. Simplemente prefería ahorrarse el interrogatorio de por qué había comenzado a frecuentar el lugar y confesarle descuidadamente a la morena que ella era indirectamente la razón del cambio. Por fortuna, la muchacha tendía a respetar su privacidad. Al menos que interfiriera con su estado de ánimo, y al paso que iba, seguramente la chica terminaría percatándose de su cansancio físico o éste podría expresarse mediante un malhumor.
Siguió su trayecto adentrándose en la entrada del edificio, encontrando en conserjería a un joven de extravagante apariencia con dos plumas adornando su rostro. Le tardó unos minutos percatarse de que lo había visto en el bar que había visitado con la morena y sus amigos varios días atrás. Sin embargo, el hombre a su lado no le sonaba de nada. Con una pañoleta cubriendo su oscuro cabello que le llegaba hasta los hombros, y su fruncido entrecejo, gozaba de una cómica apariencia.
—Deberías tener un semblante más elegante si no quieres espantar a los inquilinos —espetó el joven de llamativa apariencia con accesorios de plumas en el rostro.
—Cállate —se quejó el varón junto a él—, no estoy aquí por gusto.
Ichigo prefirió ignorarlos y sólo hizo un gesto de saludo con la cabeza, el cual los conserjes ignoraron puesto que estaban más ocupados en insultarse mutuamente.
Admitía que durante el transcurso de su estancia en el edificio, se enfrentaba a situaciones peculiares semanalmente. Y últimamente casi todos los días. Después de todo, en el momento en que decidió mudarse con Rukia, fue abriéndose paso sin darse cuenta a un mundo que no acostumbraba a tratar. Él había entrado a la universidad con el deseo de convertirse en un empresario exitoso. También, con la esperanza de poder abastecer con equipamiento a varias clínicas y quizás hospitales. Desde que su padre era médico, vio frecuentemente cómo varios de sus pacientes fallecían producto del escaso instrumental que poseían. Pero terminar formando una amistad con la hermana política de un renombrado empresario fue lo último que esperó para sus años universitarios.
Ciertamente, sentía que cada vez descubría más cosas sobre la morena. Sabía que cuando le reclamó por su apellido y el hecho de habérselo ocultado, su amiga había omitido varios detalles de su vida. Sin embargo, se había encargado de recalcarle que era hermana política del famoso empresario. Además, de que si fuera por voluntad de ella jamás heredaría nada que tuviera que ver con el mundo de los negocios, por lo que esperaba ilusa que su hermano viviera eternamente. Y a pesar de que le había narrado el hecho de que su única hermana era la que se había casado con Byakuya y por ello habían terminado ambas en aquella familia, jamás le aclaró que su hermana estuviera muerta. Se enteró justamente el día que la vio en el cementerio.
Rukia era una muchacha reservada, lo tenía claro. Los meses que había compartido con ella había podido conocerla y ser víctima de su rudo carácter un sinfín de ocasiones. Pero además, conocía aquel lado maternal de la joven cuando estaba con los dos hermanos.
Ella era mandona, de actitudes bruscas y directas, pero también era poseedora de una personalidad altruista, a veces con toques de inocencia y otras veces aires de madurez.
Llegó hasta el tercer piso y entró en el departamento, chocando con una caja en el proceso y soltando una maldición.
—¿Rukia? —llamó, cerrando la puerta y corriendo con el pie el objeto que interrumpió su paso.
Caminó por el pasillo y vio que la morena no se encontraba ni en la sala ni en el comedor. De paso, tampoco en la cocina. Lo que sí acaparó su atención fue el cuaderno posado sobre el sillón con unos garabatos. Perdiendo contra su curiosidad, cogió el cuadernillo.
—¿Qué diablos…? —murmuró, no sorprendido por la escritura, sino por los dibujos de lo que parecían ser conejos disfrazados plasmados en el papel.
Parecían dibujos hechos por algún infante. Pero no lograba entender el hecho de que aquellos conejos asimilaran supuestamente a personas, producto del traje que vestían los animalejos.
—¡Hey! —el reproche femenino tan conocido por él se escuchó justo a su lado, al tiempo que sintió que le arrebataban el cuaderno.
Volteó y se encontró con la muchacha mirándolo fulminantemente.
—¿Homura estuvo por aquí? —cuestionó intentando ignorar el enfado de la fémina.
—¿Cómo lo supiste? —le devolvió la pregunta intrigada.
En respuesta, el joven de anaranjado cabello apuntó los dibujos trazados en las hojas, provocando que la curiosidad surcara el rostro de la morena.
—¿Qué tienen los dibujos? —murmuró perspicaz.
—Deberías tener cuidado de que haga esos horribles garabatos en tu cuaderno…
No alcanzó a terminar su frase cuando sintió que la muchacha le pegaba en la cabeza con el mismo cuaderno que tenía plasmados los dibujos insultados, provocando lastimeros quejidos y varios improperios de la boca masculina.
—Serás idiota —farfulló la chica.
Ichigo vio cómo la morena se acercaba a la puerta y corría con un poco de esfuerzo la caja que había, obstruido su paso al llegar, hasta alejarla del pasillo de entrada al departamento. Al agacharse para mover el objeto, el muchacho se percató de que llevaba una falda que se subió producto de su movimiento, otorgándole una visión de la nívea piel de sus muslos.
—¿Qué es supone que haces? —espetó bruscamente, desviando su mirada del panorama que la fémina sin querer le mostraba.
—Llegó un encargo para Rangiku-san —anunció en cuanto estuvo de pie y colocó ambas manos posadas en su cintura.
Ichigo la miró extrañado.
—¿No podían dejarlo abajo en conserjería?
—Bueno, desde que Hisagi-san toma a menudo algunos turnos, no podrían —anunció la muchacha, volteándose para enfrentar al chico—. Si se entera de que es para Rangiku-san concluirá en seguida que se tratan de botellas con licor.
El joven rodó los ojos. Sabía bien que el moreno de cabello erizado era el compañero de tragos de la mujer de exuberante figura.
—No me extrañaría que tuviera un bar completo en su departamento —comentó el muchacho.
—Oh, de hecho lo tiene —sonrió divertida la fémina—. Lo que me sorprende es que tenga cada licor clasificado. Recuerdo que cuando nos reuníamos para su cumpleaños, el whisky era infaltable.
—Lo que a mí me sorprende es tu resistencia al beber —murmuró el joven de orbes castañas, provocando que su compañera frunciera el ceño.
—Por lo menos me mantengo sobria —argumentó cruzándose de brazos, haciendo alusión a la vez que el chico había invitado a sus amigos y habían estado bebiendo en el departamento.
El primogénito de los Kurosaki ahogó una risa.
—Rukia, no podías mantenerte en pie —se burló, desviando la mirada para evitar que la morena presenciara la risa que intentaba ocultar.
—Bien, quizás me tambalee un poco —masculló, aún de brazos cruzados—. Pero eso no justifica que me hayas tenido que cargar hasta el departamento.
Ante eso, el muchacho pestañeó repetidas veces, volviendo su completa atención a la chica.
—¿Recuerdas eso? —articuló.
Desde aquella noche en el bar, ninguno había hablado ni de lo sucedido en Black Cat ni en el departamento. En primer lugar, porque el joven no quería confesar en un descuido lo que le habían contado sobre los Arrancar. Y el otro asunto, era que aún después de semana y media, podía sentir el sutil tacto de los labios de la morena sobre los suyos. Algo de lo que había evitado reflexionar cada vez que se encontraba con ella, puesto que Rukia parecía no recordar aquel hecho. Sin embargo, ahora con lo dicho por la fémina, ¿sería posible que fuera consciente de su comportamiento aquella noche?
—El alcohol nunca me ha provocado amnesia, idiota —espetó ella, frunciendo el ceño—. Me trajiste en brazos hasta el departamento, me llevaste hasta mi habitación y…
Se detuvo bruscamente ante la atónita mirada del joven, sintiendo un calor en sus mejillas que esperaba no se visualizara externamente. Recordaba todo. Desde que su mano había detenido al muchacho de abandonar la habitación, hasta el cuerpo del varón sobre el de ella mientras sus lenguas se enfrascaban en una apasionante lucha.
Ahora, se preguntaba por qué no lo había recordado antes con tanto detalle. Quizás de verdad había bebido mucho esa noche.
—Rukia, tú… —detuvo su frase al tragar sonoramente, nervioso de la respuesta de la muchacha.
Evitando mirar al joven a los ojos, la fémina mantuvo su mirada en el piso practicando diferentes morisquetas antes de atreverse a alzar la vista.
—¡Tú empezaste! —lo apuntó, con su ceño fruncido.
—¿Qué…? —articuló incrédulo el universitario, luego compitió con la expresión de la morena— ¡Tú fuiste la que me arrastró encima suyo!
Por un momento, creyó que la joven Kuchiki abrió los ojos atónita. Luego, volvió a debatirle con una sonrisa divertida.
—Si mal no recuerdo, no es la primera vez que te aprovechas de la situación —su porte altivo por un momento lo intimidó—. De alguna manera siempre te las arreglas para terminar encima de mí, ¿no, Ichigo?
—No digas estupideces —espetó éste, huyendo de su mirada—. Ni que fueras irresistible.
La expresión de molestia en la fémina no se hizo esperar.
—¿Qué dijiste? —pronunció calmadamente, advirtiendo su tono de reto.
—Que no te creas tan irresistible—repitió, aún sin encararla con la mirada.
Las pequeñas manos llegaron hasta el cuello de la camisa, del cual tiró fuertemente hasta que el rostro del chico estuvo a escasos centímetros del suyo. De milagro, Ichigo no perdió el equilibrio por el brusco movimiento. Pero ahora se encontraba observando la airada expresión de su compañera. Sus ojos destellaban, sus cejas juntas para remarcar su enojo. Y ante todo, aquellos labios que se entreabrieron para proferir palabra con el objetivo de callarlo.
—Veamos qué tan ciertas son tus palabras, Kurosaki.
Cerró la distancia entre sus rostros y ante el desconcierto del muchacho, se alzó de puntillas para besarlo.
El joven no se recuperaba del repentino acto, pensando que sería sólo un choque de labios para intimidarlo. No obstante, se encontró a sí mismo cerrando los ojos y respondiendo efusivamente al contacto. Sintió los brazos femeninos aferrarse a su cuello mientras él intentaba pegarla más a su cuerpo, rodeando la estrecha espalda. Ladeando su cabeza, profundizó el beso hasta que la batalla por mantener la supremacía en el otro provocó que la morena soltara un suspiro que más se oyó como un gemido.
Ya cuando ambos necesitaron aire, se separaron mínimamente, sintiendo que la agitada respiración de uno chocaba en el rostro contrario y las orbes intensas enganchadas; intentando entender lo que había sucedido.
Ninguna palabra fue dicha.
Ichigo se inclinó nuevamente y estrechó el menudo cuerpo contra el suyo, permitiendo a sus labios acariciar los de la fémina mientras volvía a explorar su cavidad.
La cabeza de la morena daba vueltas, no por intentar procesar cómo había acabado en los brazos del muchacho, sino por el mar de sensaciones que la embargaba el íntimo contacto. Él, había olvidado completamente las palabras que antes le había dedicado a su compañera y las que ella misma había proferido. Ahora, ambos se hallaban perdidos en el tacto del otro. Concentrados sólo en el aroma que sentían emanar de su acompañante.
Un vívido tono comenzó a sonar por todo el departamento, permitiendo escucharse claramente una infantil melodía que citaba "¡Chappy! ¡Chappy! ¡El conejo Chappy!".
El joven se paralizó ante el estridente sonido y abrió sus ojos para encontrarse con las orbes femeninas observándolo inocentemente.
—¿Qué mierda…? —articuló separándose de la morena y remarcando su habitual ceño fruncido.
Rukia pestañeó como si se estuviera acostumbrando a no tener los brazos del muchacho rodeándola, incorporándose lentamente mientras la canción aún retumbaba por el sitio, esta vez coreando "¡Tiene orejitas blancas y mullidas! ¡Chappy! ¡Chappy! ¡Haz feliz a quien te abrace!".
—¡Mi celular! —exclamó, despertando de su letargo y corriendo hasta la mesita de la sala donde el aparato vibraba sin cesar.
Observó a la morena contestando el artefacto mientras sentía un tic en su ojo derecho. Por la conversación que inició la fémina, supo que hablaba con su amiga Rangiku que probablemente llamaba para preguntar por su encargo de bebidas alcohólicas.
Ni siquiera cuando la joven cortó el celular reinó el silencio, puesto que la puerta del departamento se abrió abruptamente dejando paso a una sonriente Homura y su hermano Shizuku siguiéndola con un par de bolsas en las manos.
—
Con las manos en los bolsillos y el bullicio de la gente a su alrededor, mantenía su andar pausado mientras se acercaba hasta su destino. Su mente vagaba entre los recuerdos de los años pasados que lo habían llevado a lo que era hoy en día. El pensamiento entre el contraste de la mente, tan racional; y la confianza, tan emocional, lo había impulsado a su encrucijada actual. ¿Qué era abandonar a tu supuesto amor de la vida cuando iba a enfrentarse a la muerte, por argumentos bien redactados que te hicieron dudar de sus sentimientos? Kaien Shiba lo sabía. Y ahora mismo, se hallaba parado en la entrada del hospital donde estaba internada la mujer que había dicho amar.
—Vaya, me extrañaba que no viniera.
No había dado ni unos cuantos pasos por el pasillo cuando se encontró con una mujer de facciones amables y cabello recogido en una larga trenza que lucía cayendo sobre su pecho. Llevaba un delantal blanco y en sus manos cogía una carpeta.
—Doctora Unohana —mencionó el moreno que había ingresado en el hospital.
Sin dejar su expresión amable, la funcionaria habló.
—Su situación se mantiene estable —comunicó, haciéndole un gesto para que la siguiera por el pasillo—, durante la mañana se logró realizar la biopsia y esperamos tener los resultados cuanto antes.
Continuaron caminando, subiendo al ascensor hasta llegar al piso correspondiente. Durante todo el trayecto el varón se mantuvo callado, sólo escuchando los tecnicismos médicos que la fémina profería. Finalmente, llegaron hasta una habitación, a la cual el hombre ingresó sólo después de unas palabras de la mujer.
—Ya sabe el horario de visitas —dijo en tono suave, haciendo luego una breve reverencia con la cabeza antes de marcharse.
En interior del cuarto, sólo había una cama. La paciente allí sentada tenía el cabello largo y oscuro. Su atención estaba dispuesta en el paisaje que apreciaba desde la ventana, donde se alzaban los grandes edificios.
—Tu silencio siempre oculta tus sentimientos de pesar.
Kaien alzó la mirada sólo para encontrarse con unos ojos de un profundo café, haciendo juego con un rostro de rasgos delicados. La sonrisa que surcaba los labios de la fémina era sutil.
—¿Cómo te has sentido? —cuestionó, rompiendo el silencio que se había manifestado en la habitación.
—Las fuerzas aún no me abandonan, a pesar de no saber contra qué estoy luchando —anunció con un semblante tranquilo—. ¿Cómo está Kuchiki-san?
El rostro del moreno expresó su incomodidad. Aún parado frente a la puerta y sin acercarse mucho a la cama, se removió en su sitio.
—Miyako, yo…
—Llegaste el año pasado, ¿cierto? —interrumpió sin perder su temple sereno— Supe que desde hace meses has estado viniendo pero no te habías atrevido a entrar.
La sorpresa en la expresión del hombre no se hizo esperar.
—¿Quién te dijo? —inquirió, observando que la fémina cerraba los ojos brevemente y su sonrisa se ampliaba.
—La misma mujer por la que viniste a Londres —informó calmadamente.
El varón sacudió su cabeza intentando comprender lo que había oído.
—Parece que no sabes mucho de tu prometida, querido —sonrió divertida al ver el ceño fruncido en el moreno.
¿Todos vivos? o.o Alice casi me mata cuando leyó esto (?) WIUAUJAQUUJAUJAUJAUJAJU Pero sí, cada personaje en esta historia tiene sus razones para actuar, como siempre he pensado de cada persona con la que trato y cada personaje que veo en series/películas/doramas/manga/anime
Karume: AJAJAJJAJAJJAJAJAJ Sí, los "Kurosaki-kun" de Inoue llegan a ser exasperantes D: Que lindo que las dos hermanas sigan el fic ;O; Me siento conmovida. Pero a ver si esto resulta para todas las edades :$ (?) Rangiku a mí me recuerda a Twin... En personalidad y porque toma mucho (?) WUAUUJAUJAQUQU XD -huye antes de que Twin lea esto-
Akisa: Si yo estuviera en vacaciones... escribiría todo el día este fic *_* Awwwww! Lo menos que puedo hacer es responderles ya que se toman el tiempo de dejar comentario (: ¡Es la única manera en que les puedo expresar mi gratitud! A parte de seguir escribiendo esta historia *_* NARANJAAAAAAAAAAAAAAAAS! *_* -se las roba y huye-
