Con mucho cariño para Reeven, pues me parece que desde que empezó a leer este fic ha esperado este capítulo. Enjoy it! Gracias por tu apoyo.
Advertencia: Lectura propia solo para adultos.
Capítulo 11
LA GRAN NOCHE
Ella se sentó sobre el césped justo frente a la cascada, contemplando el caer estrepitoso del agua y permitiendo que la brisa inundara sus sentidos con la frescura vespertina. Estaba confundida; aunque era difícil aceptarlo, tenía que hacerlo. La figura elegante e imponente de Archivald Cornwell estaba perdiendo fuerza en el corazón de la niña que comenzaba a sentir cosas diferentes. Había un hombre, un nombre nuevo que se arremolinaba dentro de su ser sin necesidad de ser invitado. Obviamente la chica sabía que no era amor lo que sentía. Había aprendido por la experiencia de sus amigas, que el amor es algo que crece lentamente hasta alcanzar su máximo esplendor. No es ese apasionamiento como resultado únicamente de un solo encuentro. "No hay nada más falso que el concepto de amor a primera vista", había escuchado decir a Candy. Puedes sentirte sumamente atraída hacia una persona desde el principio, pero el amor verdadero es el que crece despacio, ensanchando tu alma con las experiencias compartidas, con los defectos cubiertos por las virtudes... con… el servicio mutuo; con los detalles que logran que lentamente olvides tus intereses y lo único importante y verdadero sea la felicidad de quien amas. Aunque la primera impresión, la primera mirada es el inicio del interés por conocer a alguien, de acercarte, de ser su amigo primero.
-Ya no sé qué más puedo hacer para que te fijes en mí. Aunque sea tu novia nunca me miras siquiera un poco. Lo he intentado casi todo, sin embargo nada ha traído el éxito de tu atención por mí. Lentamente el mundo que he creado como una idiota se va derrumbando sin que yo pueda hacer algo para evitarlo. Es como si lo viera caer amenazante. Aún cuando has estado conmigo, me he sentido sola durante todos estos años. He aprendido a vivir en esta soledad compartida -, la morena rió melancólica –compartida porque tú te has sentido tan solo como yo. ¿No es así Archie? Pero ya no sé si pueda seguir sobreviviendo; yo preferiría vivir plenamente y sé que deseas lo mismo. Hay un frío en nuestras almas, es como un frío de un invierno, como la frialdad que seguramente acompaña a una tumba, como el frío que posee la nada, el vacío en el que nos hemos aprisionado mutuamente. ¡Oh Archie! ¡Lo siento! ¡Lo siento tanto! No estoy segura de que pueda renacer de esta relación, pero estoy segura de que tú sí puedes lograrlo. Estoy segura de que te mueres por llenar esta soledad en la que te he sumergido. Si pudieses mirar dentro de mí encontrarías solamente un paisaje desolado totalmente; no me siento viva. Es muy raro: Es como si mi alma estuviera desconectada de mi cuerpo. Esta relación no ha hecho otra cosa más que traerte infelicidad y yo no deseo eso para ti. Desde que me estás cuidando solo porque Candy te lo pidió, te he robado la sonrisa cálida que poseías. Habría sacrificado cualquier cosa porque te quedaras a mi lado por tu voluntad, porque te enamoraras de mí, pero…¿Cómo ibas a hacerlo? No tengo nada que ofrecerte -. Annie sonrió aún con mayor tristeza –No existe un lazo entre nosotros querido Archie, es mejor terminar con un solo corazón roto: El mío. No quisiera que el pasar del tiempo rompiera también el tuyo. ¿Qué más da? Necesito obtener la fuerza para dejarlo ir-. La chica suspiró como si con ese suspiro se le fuera la vida –Archie, Archie, Archie –susurró –eres tan guapo, tan fino, tan "Elegante" –sonrió melancólica al llamarlo por el mote que Terry últimamente usaba más frecuentemente sin que al chico le molestara –y me duele, me duele tener que prescindir de tu franca personalidad. Aunque en realidad, no creo que sea tan difícil porque siempre has estado ausente, lejos. Sé que ya no puedo volver el tiempo, regresar para devolverte lo que has perdido conmigo; es muy tarde para eso. No tengo excusas, es irremediable. Debes irte. Debes irte de mí y empezar a buscar tu felicidad aunque eso signifique que yo empiece a morir lentamente. ¡No quiero! ¡Sé que tú ahora estás muriendo porque no puedes dejarme! Pero yo te voy a ayudar Archie. Te ayudaré a ser feliz amigo mío. Espero que algún día puedas perdonar el que haya sido tan egoísta como para aceptar tu sacrificio. Aún es tiempo para que vuelvas a empezar.
-¿Miss Britter? –Esa era la voz que hubiese querido no escuchar en ese momento.
-Mi Lord –Annie se levantó de prisa para saludar al recién llegado.
-¿Está usted sola? ¿Archivald no se encuentra con usted? –Preguntó preocupado Arturo, la noche estaba cayendo. Annie no se había percatado de eso – ¿No le parece que es muy peligroso que esté sola tan lejos de la mansión? ¿Me permite que la escolte? –En realidad Arturo estaba siendo un caballero, pues su preocupación era sincera. Bajó del caballo para acercarse a la chica, quien ya estaba empezando a sentirse perturbada por la masculina presencia.
-Bueno yo… no sé si deba –respondió con nerviosismo. Era imposible para Annie desviar su mirada de los ojos que la asediaban dulcemente.
-¡JaJaJa! –La diáfana sonrisa de Arturo estremeció a la muchacha, quien lo miró confundida –Annie –le dijo llamándola por primera vez por su nombre de pila –no creo que alguien nos juzgue solo porque te escolte hasta la mansión –, su voz sonaba aterciopelada, y por instantes tan confundida como la de ella. Toda su vida había vivido enamorado de Bárbara y ahora, esta chiquilla (como solía llamarla para sí), venía a desequilibrarlo totalmente. Arturo también estaba descubriendo que su hermano y Bárbara empezaban a tener una relación diferente. Seguramente no sabían cómo darle la noticia. Por lo pronto Arturo se estaba preparando para ver felizmente unidos a las dos personas más importantes de su vida. Debía ser fuerte para no destruirles su dicha cuando el momento llegara.
Annie continuó indecisa, sin moverse.
-¿Quieres venir?-El muchacho extendió su mano; Annie ni siquiera notó que había hablado haciendo a un lado la barrera del "Usted". Cuando la chica levantó su mirada simplemente encontró la caballerosidad del Conde.
-De acuerdo Mi Lord –respondió.
-Vamos Annie –replicó –eres hermana de la hermana de mi hermana –eso significa que somos casi hermanos, deja a un lado los protocolos. No me estoy acostumbrado a ellos y para ser franco, no me gustan –Arturo tomó a Annie de la cintura para ayudarla a subir al caballo y luego, de un solo movimiento se colocó detrás de ella. El aroma de su pelo se impregnó en el muchacho –Aunque no sabes cuánto agradezco que no seas mi hermana y que no hayamos crecido como tales –susurró en su oído. El muchacho se sorprendió de sus palabras, pero ya estaban dichas, no había manera de disfrazarlas. Con satisfacción notó cómo la chica se estremecía y se sonrojaba con su atrevimiento. Pero no hizo ningún comentario.
El joven estaba acostumbrado a cabalgar "a pelo" y se aseguró de que Annie se sintiera cómoda sin el soporte de la silla. Cabalgó a paso lento de tal forma que la chica se sintiera segura. Ella se sujetó al guapísimo y arrollador jinete disfrutando por vez primera del ligero nerviosismo del muchacho como respuesta a su cercanía. La noche encontró a la pareja en el recorrido. Sin embargo, a pesar de la oscuridad, a Annie le pareció que sus colores y sonidos eran deliciosos.
Llegaron cerca del establo y un sirviente los alcanzó para guardar el equino. Annie de pronto encontró su mano en la de Arturo. El muchacho, acostumbrado a llevar de la mano a Bárbara, había tomado la mano de su nueva amiga con la mayor naturalidad del mundo. Ella no supo cómo reaccionar. El joven a su lado estaba siendo cortés con ella, era un completo caballero. Había disfrutado de su conversación sobre su infancia en las praderas Australianas y la había escuchado con interés sincero hablar sobre su vida. Atravesaron el jardín sin que ella se atreviera a retirar su mano de la de Arturo. De pronto el joven rompió el silencio:
-Mira Annie –el joven señaló hacia sus sombras que, por la luz de la luna se entrelazaban no muy lejos de ellos –Nuestras sombras se unen –mencionó mientras apretaba dulcemente la mano de Annie y la miraba emocionado.
-Sí. Lo veo –apenas pudo contestar la chica. Después, como si la mano de Arturo quemara, Annie se liberó de ella y se dirigió apresurada a la puerta de la mansión.
-¡Annie! –Inexplicablemente Arturo se sintió como un tonto –¡Grandioso! Creo que he ido de diez a cero. Muy bien Arturo Bateman, vas muy bien –se reprochó.
-¡JaJaJa! –La risa de Terry salió de la oscuridad, la pareja estaba tan absorta que ni siquiera lo miraron. El chico arrogante no estaba escondido, estaba sentado en el jardín, pero la pareja no lo vio-. Pues aunque no lo creas me parece que vas de diez a cien.
-¡Terry! –Respondió sorprendido. Ahora el joven actor estaba sentado en el respaldo de la banca de mármol. Había decidido salir a gozar del aroma de las Dulce Candy. –¿Tienes mucho tiempo ahí? –Averiguó el australiano.
-¿Bromeas verdad Arturo? –Terry se sintió complacido por lo que miró. Había aprendido a querer a "La tímida" y al "Elegante" y sabía que ninguno de los dos era feliz en esa relación. Quizás si Annie dejaba libre a Archie, su nuevo amigo podría encontrar la felicidad, claro está, después de sacarse del corazón a la señorita pecas; lo cual, por experiencia, sabía que no sería fácil. Por eso era mejor empezar lo más pronto posible. –Casi me pisan y ni siquiera me notaron –le sonrió.
-Eres un caballero. Sé que no tengo que pedirte discreción –le dijo Arturo mientras se agachaba para cortar una rama de césped y colocarla en su boca. Después se recostó sobre la banca en que Terry estaba, con los brazos cruzados en la nuca mirando al cielo.
-Claro que no tienes que decirlo, aunque me muero por quitarle ese compromiso a mi amigo. Seguramente bailaría sobre un solo pie si supiese de la posibilidad de que Annie lo libere –contestó. Luego agregó -: ¡Ups! Soy un caballero. No debo abrir más mi boca.
-No te preocupes. Me he dado cuenta que no la ama. Pero estoy seguro que no me dirás la razón por la que están juntos –dijo sin mucho interés.
-Así es –Terry decidió llevar la plática a otro terreno-: Creí que estabas enamorado de Bárbara –dijo curioso.
-Yo también lo creí hasta que –el joven Bateman se detuvo –hasta que llegué a Lakewood y conocí a Annie. No sé qué me pasa, desde que la conocí no dejo de pensar en ella. Busco su mirada, me pregunto qué está haciendo, estoy pendiente de lo que dice y hace. De hecho, salí a cabalgar para buscarla. Me di cuenta que no estaba en la mansión y que Archivald estaba ocupado contigo en una partida de ajedrez. Me preocupé por ella porque estaba oscureciendo, así que salí a buscarla para traerla de regreso. –Arturo suspiró-: Quiero conocerla.
-Es una chica agradable –respondió Terry –estoy seguro de que sabrás hacer lo correcto en el momento adecuado. Ten cuidado: No puedes haberte enamorado. No confundas el amor. Ese es un sentimiento que crece día a día con el compañerismo y la complicidad –Terry miró al cielo también –pero por algún lado debe comenzar. Creo que Annie Britter es muy buen partido, no solo por su apellido: Es una buena mujer, talentosa y dulce.
-¡Ayúdame Terry! Dime: ¿Cómo hiciste para olvidar a Candy? –preguntó con interés.
-¡Olvidarla dices? –Terry rió estruendosamente -¡No! ¡Eso es imposible! Solo estoy poniendo su felicidad antes de la mía. La amo y quiero saber que ella está plena. El solo verla feliz y radiante hace que duela menos –confesó-. Creo que en tu caso es más fácil aceptarlo, porque es la felicidad de tus hermanos, no solo de la mujer que amas. Debes aprovechar esa ventaja –le retó.
-Sí. Quizás tengas razón –respondió Arturo.
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Esa mañana, después de varios días en Lakewood, Abel y Arturo despertaron como era su costumbre: Antes del alba. Aún estaba oscuro y los jóvenes condes se reunieron la cocina. Saludaron cortésmente a la servidumbre, quienes se sorprendieron por la presencia de los muchachos en su territorio. La mirada de los chicos era tan cálida que más de una mucama se hipnotizó de sus azules ojos cuya sinceridad flotaba por el aire encontrando como respuesta las sonrisas de los sirvientes.
-Mi lord -la voz ceremoniosa del mayordomo de inmediato se dirigió a Abel y después saludó a Arturo con las mismas palabras haciendo una pequeña reverencia – ¿Hay algo que podamos hacer por ustedes?
-Buenos días James –Abel fue el primero en responder; tenía una mirada profunda y decidida. Sin embargo, también se sentía muy relajado y sonreía con cierta picardía –Verás James, mi hermano y yo necesitamos hacer un poco de ejercicio –explicó con claridad.
-¿Desean los señores que haga que les preparen unos caballos? –Para el viejo mayordomo esa era opción más lógica. Los jóvenes de la clase alta, suelen hacer cabalgatas matutinas para mantenerse en forma, tal como solían hacerlo sus jóvenes amos.
-Eso sería excelente –respondió Abel. Sin embargo, su mirada todavía no le autorizaba al mayordomo a retirarse. El mayor de los Bateman sonrió a su hermano quien respondió con una sonrisa divertida –Sin embargo, nosotros preferimos que nos digas en dónde tienes un par de hachas para que mi hermano y yo cortemos la leña equivalente a los requerimientos de un día en la mansión.
Como si lo que los jóvenes condes quisieran hacer fuese una especie de brujería, de inmediato, todos los sirvientes dejaron a un lado sus labores y se miraron acobardados. Sabían que si la señora Elroy se enteraba de que los jóvenes invitados estaban cortando leña seguramente les cortaría la cabeza. Bueno, en realidad solo prescindiría de sus servicios. Unos a otros se miraron tratando de encontrar la mejor forma de que los muchachos olvidaron la loca idea.
-De ninguna manera señoritos. No podemos permitirlo. Además los requerimientos de leña en la mansión son muy demandantes –explicó el mayordomo –ustedes terminarían agotados.
-Vamos James: Nadie tiene porqué enterarse. Aún duermen. Nadie lo sabrá jamás. Déjanos divertirnos un poco, hace tiempo que no estamos en un lugar campestre como este. Desde que abandonamos nuestra granja hemos estado en Londres y extrañamos nuestra rutina.
No bien había terminado de su pequeño discurso cuando Bárbara entró sonriente también. Su sonrisa de inmediato hizo parecer que el sol había salido antes de tiempo, pues la luz de su sonrisa era superior a la de sus hermanos. Estaba poniéndose un delantal para disponerse a preparar el desayuno mientras tarareaba una canción sin prestar atención a las absortas caras de los criados. Saludó directamente a la cocinera dándole indicaciones de lo que necesitaría. Luego de hablar con ella se dirigió hacia sus hermanos para besarlos. La muchacha aún no distinguía la sorpresa en la servidumbre.
-¡Abel! ¡Arturo! ¿Van a cortar leña? ¡Apresúrense! Seguramente en este lugar se necesita mucha diariamente –reflexionó. Sin embargo sus hermanos seguían sin moverse. Además de que ambos disfrutaban enormemente de la imagen matutina de Bárbara, nadie les había indicado dónde podían cortar la leña.
-Lo haríamos si supiéramos por dónde empezar –pudo decir Arturo sin quitar sus ojos zafiro de la joven rubia. Abel de inmediato notó la mirada confundida de su hermano y decidió poner fin al asunto.
-Vamos Arturo, un poco de sentido común: No necesitamos que nos den indicaciones –tomó del brazo a su hermano para conducirlo a la puerta de atrás de la cocina. Arturo fue el primero en abandonar la pieza, entonces Abel giró sobre sus tobillos para dirigirle una seductora sonrisa a Bárbara. Puso su dedo índice sobre su ojo derecho y luego lo dirigió a ella. La chica se ruborizó por el atrevimiento del mayor de los Bateman al indicarle desvergonzadamente que la estaba cuidando de la presencia de su hermanito. Una risilla coqueta bastó para que el gesto celoso de Abel se derritiera como el caramelo.
-Pero señoritos –el frustrado mayordomo se quedó mudo al notar que los condes abandonaban el lugar con entusiasmo mientras se frotaban las manos y se sonreían felices de hacer algo que disfrutaban.
-James –una suave pero conocida voz irrumpió entonces en la cocina. Al compás de la varonil voz todos los sirvientes volvieron a sus labores tras saludar con un tímido "Señor William" –Déjalos en paz. Son mis huéspedes y, ellos pueden hacer lo que deseen mientras estén en mi casa –el viejo mayordomo no tuvo otra opción que permitir lo que sucedía.
-Buenos días William –de inmediato Bárbara posó sus suaves labios también en la mejilla del joven magnate. Un sonido en la puerta llamó la atención de la chica; era nuevamente Abel que le indicaba que la estaba vigilando. Bárbara le lanzó un beso al aire mientras Abel hacía la seña de atraparlo y llevarlo a su corazón. La pareja entonces se ruborizó al notar las extrañas y divertidas sonrisas de los testigos de la escena.
-Será mejor que vaya con Arturo –dijo Abel en voz suave mientras bajaba la cabeza avergonzado y abandonaba por segunda vez la cocina.
-Sí. Yo... yo voy a hacer el desayuno –respondió Bárbara inquieta por las miradas seductoras y coquetas que había recibido tan temprano. William rió de buena gana pero prefirió guardar la compostura una vez que descubrió la mirada inquisitiva de la Duquesa de Gerald.
-¡Dios! Tan fuerte como la de Candy. Si no fuera porque mi corazón está enamorado, sin duda alguna estaría igual que ese par de allá afuera: Cortando leña para canalizar la virilidad que esta joven seguramente despierta en ellos –pensó el magnate –¿Así que una de nuestras huéspedes se ha puesto el delantal para cocinar? Uhmmmm –continuó-: Aquí no podré ayudarte mucho James –el mayordomo sintió que las piernas le temblaban –. La tía abuela puede retarte seriamente cuando se entere.
-Pero Señor William -, fue imposible esconder el temor –Mi Lady ha insistido en dar las instrucciones -, se excusó.
-¡JaJaJa! –La risa franca del señor de la casa relajó un poco al compungido mayordomo –James: Pásame un delantal. Cancela mi cabalgata de esta mañana. Veamos si esta pequeña se robó todo el talento de su hermana para la cocina desde antes de nacer. Averigüemos si esta es la causa por la que a Candy se le quema hasta el agua para el café –Bárbara abrió la boca sonriendo incrédula ante las aseveraciones del magnate mientras él le devolvía una sonrisa moviendo afirmativamente la cabeza tratando de convencerla de que no estaba mintiendo. La muchacha no pudo evitar reír abiertamente ante la imagen que se venía de su mente.
Así la Duquesa y el hijo de un Conde pasado a mejor vida se dispusieron a agasajar a los habitantes de la Mansión de las Rosas durante el desayuno. Albert descubrió que la chica era muy semejante a su hermana: Poseía un espíritu indomable, fuerte, libre e independiente. Había aprendido los trabajos pesados de una granja desde que era una niña pues ella y sus hermanos convencieron a su madre para que no la vendiera prometiéndole que ellos le ayudarían a sacar la granja adelante. Su padre había trabajado fuerte para comprarla y hacerla prosperar; ellos no permitirían que el sueño de su padre muriera con él.
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Annie Britter tenía una de las habitaciones principales de la casa. La vista era hermosa desde el balcón, aunque ella conocía muy bien las reglas: "Las señoritas no se asoman por el balcón", así que nunca se había permitido la osadía de salir. No, esa no era una opción para las señoritas como ella.
Esa mañana un sonido rítmico despertó a la muchacha. Era un golpeteo fuerte pero acompasado. Ya había pasado casi una hora desde que el mismo sonido replicara en sus oídos con el mismo ritmo. La muchacha se levantó. Aún el sol no había regalado sus primeros rayos, pero había ya un poco de luz. La muchacha supuso entonces, que, siendo tan temprano, nadie notaría que ella estuviese en el balcón.
Su curiosidad femenina pudo más que cualquier enseñanza de buenos modales. Se enfundó en su bata y se aventuró a abrir discretamente una de las cortinas de su habitación. Al fondo notó como siempre, al viejo jardinero conversando con Anthony quien al parecer recién volvía de su cabalgata; pero el muchacho tenía la mirada curiosa hacia el punto desde donde la chica distinguía provenía el sonido. Había una sonrisa indecisa en el joven de ojos de cielo; sin embargo esta sonrisa pronto cambió: El muchacho se despidió del viejo señor Withman y se dirigió divertido hacia la fuente del ruido. Annie lo miró curiosa sin perderlo de vista. Pero era imposible continuar espiando. Una risilla de niña traviesa se asomó en la muchacha; entonces, sin pensarlo más, la muchacha salió discretamente al balcón escondiendo su figura tras un rosal enorme plantado en una maceta.
Annie sintió que todos los colores se venían a su rostro. La visión delante de ella era algo que nunca, ni en sus más locos sueños se hubiese imaginado. Los tres jóvenes condes estaban cortando leña con el torso desnudo. Las tres camisas yacían sin cuidado alguno sobre el cúmulo de leña. Annie escudriñó perfectamente el banquete visual que se presentaba ante sus ojos. Jamás habría creído que el cuerpo masculino pudiera ser tan hermoso. Cada vez que los muchachos levantaban el hacha, los bíceps y tríceps aparecían deliciosamente en sus brazos, entonces, asestaban el golpe al leño que esperaba sobre un troco, para que ahora la espalda asomara lo bien formado de sus músculos. Ninguno de los tres pudiera ser mejor que el otro. Abel, Arturo y Anthony eran hombres cuyos músculos dejaban sin palabras a cualquier mujer. La muchacha no podía evitar desviar la mirada de uno a otro sin poder decidir en dónde detener la vista. Por fin fue imposible desviar su mirada. La chica se encontró con el pecho desnudo de Arturo Bateman. El joven se había girado para quedar frente a Anthony y su hermano, quizás con la finalidad de conversar. Sus fuertes pectorales y sus bien formados abdominales atrajeron la mirada audaz de la morena. Annie observó los movimientos del atlético cuerpo sin poder evitarlo. Ese hombre era fuerte y guapo. Su mirada tierna y dulce coronaba la fortaleza de su carácter. Una y otra vez la muchacha se preguntaba qué se sentiría refugiarse en unos brazos tan varoniles. Sentirse protegida por semejante espécimen y hundirse en una mirada tan profunda.
-Annie Britter-, se dijo –no debes estar mirando. No es propio de una señorita-. De inmediato la muchacha retrocedió sobre sus pasos totalmente sonrojada, mientras que Arturo sonreía discretamente hacia el balcón. Había sentido su mirada y la había descubierto, pero había preferido disimular para no avergonzarla.
La muchacha decidió que era mucho mejor meterse a la tina. Su mucama aún no había llegado pero ella necesitaba un momento a solas para pensar. Necesitaba analizar que eran todos esos extraños sentimientos que galopaban como caballo desbocado dentro de ella ante Arturo Bateman.
Afortunadamente era casi verano y no necesitaba agua tibia.
Annie se metió lentamente a la tina. Primero la punta de su dedo para asegurarse que podía soportar la temperatura. Debido a que su mucama no estaba, la chica se aventuró a meterse completamente desnuda a la bañera. Había un enorme espejo reposando en la pared del baño, ella no pudo evitar mirar hacia él. Era la primera vez que Annie se atrevía a mirarse en un espejo de tal manera. Se sonrojó totalmente al ver sus formas por primera vez. Pensó que mirarse así era pecaminoso y prefirió agachar la mirada mientras escondía su cuerpo entre las burbujas de su tina. Sin embargo, era la primera vez que ella misma pasaba la esponja sobre su piel. Lentamente descubrió que su cuerpo había sufrido cambios. Que ya no era más una chiquilla. Que inclusive poseía un cuerpo hermoso cuyas curvas podrían enloquecer a cualquiera. Indiscretamente había escuchado a Anthony y a Stear decir a sus amigas que gustaban mucho de sus formas femeninas, pero Archivald nunca se había atrevido a dirigir semejantes palabras para ella –Debe ser porque es un caballero –trató de justificarlo –pero Anthony y Stear también lo son –reflexionó. -¿Por qué? ¿Por qué Archie nunca me ha dicho que yo le gusto? –Annie sacó del agua una de sus largas y bien torneadas piernas para lavarla. Deslizó sus manos sobre su piel sintiendo una extraña descarga eléctrica; era extraño, pero lo estaba disfrutando. Era-: ¿Placentero? –La muchacha se ruborizó ligeramente. Estaba descubriendo su cuerpo y sus reacciones por vez primera. Hizo lo mismo con su otra pierna disfrutando igualmente. Extrañamente, la temperatura de su cuerpo empezaba a incrementarse. Cerró sus ojos y deslizó la esponja por su cuello, paseando lentamente el jabón por sus brazos. Limpió lcuidadosaamente sus largos dedos –Buenos para una pianista –reflexionó ante sus blancas y suaves manos. Por fin llegó el momento de limpiar sus senos; un muy extraño placer entonces se presentó en la joven que no se había percatado todavía de la actividad erótica en la que se había embarcado; notó como sus rosados pezones estaban erguidos y los miró confundida –Qué extraño, nunca los había visto así; de hecho, nunca me había atrevido a mirarme –la muchacha lentamente avanzó por su vientre hasta llegar a la entrepierna. Una vez que tocó su intimidad más sublime, un choque eléctrico la recorrió fuertemente, sacudiendo su cuerpo – ¡Eh! –Abrió sus ojos asustada -¿Qué fue eso? –lentamente la joven se llenó de valor para repetir el movimiento y continuar con su "aseo". Cerró los ojos para comenzar de nuevo. Pasó lentamente la esponja comenzando una vez más en su cuello, pero esta vez la actividad le dio más placer que la primera, continuó fuera de la realidad para seguir con sus senos, donde pasó un tiempo casi interminable mientras que suaves gemidos eran expulsados de su boca al tiempo que su cuerpo empezaba a estremecerse. Aún con los ojos cerrados, una mano varonil le arrancó la esponja y paseó delicadamente la misma sobre su vientre para dirigirse lentamente a la entrepierna de la joven. Esta vez estaba lista. Annie estaba reconociendo por vez primera una íntima humedad que no era ocasionada por el agua de la tina. Esta humedad, pudo reconocerlo, venía desde su interior. El aseo de su intimidad por el extraño ocasionó que la joven temblara suavemente. Nuevamente deliciosos gemidos rompieron el silencio del baño mientras que la joven se perdía en los varoniles brazos del menor de los Bateman. Sin poder detenerse, y con su cuerpo casi convulsionando la chica se mordía los labios para no gritar –Sí, no te detengas –exigió a media voz descubriendo por primera vez su sexualidad escondida durante años. La ignorancia de la época y las hipocresías de la clase alta lograban poner una falsa venda pecaminosa en las jóvenes. Tuvo tal éxito dicha teoría que aún en nuestro tiempo muchas mujeres no podemos contemplar nuestra desnudez frente a un espejo y salimos del baño enfundadas en enormes toallas aún cuando estemos solas. Pero esta vez, la señorita se había olvidado de las buenas costumbres para descubrirse a sí misma. Una vez que hubo llegado al climax de su actividad de descubrimiento, la joven ahogó como pudo el grito más placentero jamás imaginado. Se quedó respirando agitada, tratando de explicarse todas las sensaciones de que su cuerpo había sido presa. Estaba deliciosamente sonrojada, sus erectos pezones la hicieron lucir sensual mientras su cabello humedecido reposaba sobre sus hombros. Tenía muchas cosas que aprender de tal actividad, pero sobre todo debía meditar en el nombre que golpeaba sus sentidos apoderándose no solo de sus pensamientos, ahora también de sus deseos más íntimos: Arturo.
Ahora la joven estaba lista para bajar a desayunar. Había despedido a su mucama apenas unos minutos atrás quien se había sorprendido de encontrar que una niña tan fina como la señorita Britter se hubiese encargado por sí misma de su propio arreglo. Annie se había dado el lujo, de salir nuevamente al balcón para contemplar por primera vez la salida del sol. El astro había acariciado el blanco rostro cosquilleando tibiamente sus mejillas. La recién descubierta mujer miró con nuevos ojos las cosas simples y sencillas de la vida.
Recargó sus brazos en el balcón para detenerse a meditar en los últimos acontecimientos.
Flash Back
-¿Está bien señorita Britter? –Arturo había tenido los reflejos suficientes para evitar que Annie cayera justo después de tropezar con un pliegue de la alfombra del pasillo que conduce a las escaleras.
-Sí Mi Lord. Muchas gracias –al contacto con los azules ojos del joven Annie se había estremecido. Al parecer fue imposible ocultarlo pues Arturo le regaló una tierna mirada como quien mira a una niña entusiasmada porque ha descubierto el vuelo de una mariposa.
Estaban caminando en parejas hacia el comedor. Era poco más de medio día, pero Archie estaba tan absorto, como siempre, en sus pensamientos, que no fue capaz de percatarse del probable accidente de su novia. Solo hasta que Arturo la detuvo en su caída le prestó atención. Después se limitó únicamente a ofrecerle su brazo para caminar, pero no charló con ella durante el trayecto. Annie miró hacia atrás con discreción solo para descubrir que el menor de los Bateman la observaba fijamente, sin poder evitarlo. La joven entonces por primera vez se sintió femenina, por primera vez supo lo que significa despertar el interés de las miradas masculinas; sonrió discretamente al joven disfrazando su audacia como agradecimiento obteniendo como respuesta una ligera reverencia del muchacho y una mirada coqueta y divertida. Solamente Terry se percató de tal comunicación pues, al no tener pareja que escoltar, caminaba al lado Arturo charlando amenamente. ¿Qué eran esas miradas de fuego, tan vivas y tan audaces? Annie hubiera querido saber el significado de inmediato, pero habría que esperar para eso.
Annie volvió entonces a la realidad. El suave murmullo del viento acarició su pelo, enredando sus dedos ligeros y raudos en su negro profundo.
-Archie –pensó tristemente –no sabes lo que yo hubiese dado porque tú me miraras de ese modo. Ahora no puedo encontrar el mismo deseo –una mirada de alivio se asomó por las ventanas de su alma: Sus ojos.
Esa mañana Annie se vistió esmeradamente. Cambió su peinado. Cambió su actitud y caminó decidida al comedor. No esperó por Archivald para que la escoltara. Decidió que había llegado el momento de empezar con los pequeños detalles de independencia. La nueva mujer estaba despertando en la chiquilla; una nueva mujer dispuesta a ser feliz y hacer feliz a quienes la rodeaban.
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Estaba a punto de entrar el fin de semana de la tan esperada fiesta para la presentación del Duque de Gerald y su familia. Los Grandchester, incluyendo a Eleonor Baker habían permanecido en la Mansión de las Rosas con el clan Andrew y se habían trasladado con ellos a Chicago para la gran fiesta. Terrence había recibido un telegrama de su "prometida", informándole que debía ir a recogerla en la estación de trenes.
-Diablos –exclamó mientras arrugaba el telegrama entre sus manos -¿Cómo rayos me encontró? –el muchacho estaba profundamente encolerizado.
Albert había estado de acuerdo en que la chica permaneciera como huésped en la mansión no sin antes haberlo consultado con su pupila y Anthony por supuesto, pues sería él quien en todo momento debería estar apoyando a Candy y soportando sus cambios de humor. Para el rubio era incómoda la situación, no podía comprender los motivos de Terry para tener a Susana cerca, sentía que era tiempo de romper con las apariencias, pero se esforzaba por ponerse en los zapatos del arrogante aristócrata; quizás era su oportunidad para deshacerse definitivamente de Susana Marlowe. A nadie le hubiese gustado estar en el lugar de Terry, sin embargo, él estaba esperanzado en que la terapia hubiese resultado y pronto Susana estuviese sana y fuerte para dar un giro en su vida. Esperaba que la joven ex actriz pudiese encontrar el valor para ser independiente y dueña de sí misma. Estaba dispuesto a seguir adelante con el plan fingido de desposar a la joven a fin de apoyarla en su recuperación. Por otro lado a Anthony le atormentaba la reacción que Candy tendría al ver a Terrence al lado de Susana Marlowe, quien seguramente no perdería oportunidad para hacerle ver a la pecosa lo "feliz" que era con Terrence. Lo único que le convenció de acceder a la indeseable presencia fue el hecho de que Candy estaba informada de la farsa que Terrence estaba representando. Finalmente, enfrentar la figura de Susana Marlowe era algo que tarde o temprano Candy debía hacer y mientras más pronto, mejor. Mientras más pronto los fantasmas del pasado abandonaran a la pecosa, más pronto Anthony y Candy podrían ser felices.
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La ex actriz llegó a la Mansión en Chicago sin saber exactamente que era todo aquello. Se sentía temerosa tras el conocimiento de que era allí donde Candy vivía. ¿Acaso se habían reencontrado y la requerían para romper el compromiso? ¡No! ¡Ella no lo permitiría! ¡Terrence Grandchester sería solo de ella! Ella sería la próxima Duquesa de Grandchester.
Cuando entró por el enorme jardín que conducía a la Mansión se imaginó que era una de las propiedades de su suegro, ella y su madre estaban atónitas y entusiasmadas ante el lujo sin medida que rodeaba la mansión; se soñaban como dueñas de la propiedad como parte del regalo de bodas del Duque de Grandchester para su hijo.
En la puerta las estaban esperando los Grandchester, Alistear, Paty y el joven patriarca del clan Andrew; el resto había preferido escabullirse con diferentes pretextos; Albert estaba ahí como anfitrión y para mostrar apoyo moral a su "hermanito", lo mismo Stear y su novia. De hecho, Candy y Anthony habían viajado desde la madrugada con el Duque de Gerald, Bárbara y los Batman al Hogar de Pony y volverían por la tarde. Todos estaban muy entusiasmados por conocer el lugar en el que Candy había crecido ya que cuando estuvieron en Lakewood no tuvieron oportunidad de visitar. Archie y Annie prefirieron ir de compras puesto que ninguno de los dos se sentía con ánimos de darle la bienvenida a quien consideraban la causante de la depresión que acompañó a la pecosa por más de un año. Por eso eran felices de verla con Anthony, su sonrisa había aparecido nuevamente, estaba radiante, temían que la prometida de Terry fuera a causar la misma pena en la pecosa por su presencia. A toda costa ellos evitarían que Susana se topara con Candy más allá de lo meramente indispensable.
La bienvenida de las Marlowe fue tan cordial cómo fue posible. Todos eran buenos actores; Terry pensó que quizá Robert podría incluirlos en su compañía. Aunque, de hecho, Eleonor no se esforzó por esconder la franca antipatía que sentía por las mujeres frente a ella.
¡Terry! –la melosa voz de Susana le causó escalofríos. Ella hubiese deseado comérselo a besos sin importarle la presencia de extraños, así que se acercó como tierna felina.
-¡Terrence! Susana te he pedido que no me llames Terry –fue inevitable que el grupo completo notara la frialdad con que Terrence recibía a su supuesta prometida pues ni siquiera se acercó para besar su frente. Prefirió iniciar con las presentaciones.
Las Marlowe mostraron sus mejores sonrisas pues nunca habían estado ante alguien de la nobleza y el Duque de Grandchester realmente imponía con su presencia y porte. El joven rubio y alto de ojos azules, apacibles y amables, le había parecido bastante apuesto y le sonrió coqueta, grande fue su sorpresa al descubrir que se trataba del famoso William Albert Andrew, que además era el mejor amigo de Terry y el padre adoptivo de Candy, la insípida enfermera. ¿Cuántas cosas en la vida de Terry había que descubrir?
La ex actriz tuvo que reconocer que en realidad no conocía nada de la vida de su prometido o incluso sobre él mismo. Ya antes se había sorprendido al enterarse que Eleonor Baker era su madre, después supo que era hijo de un Duque inglés y ahora lo sorprendía con esta nueva relación de amistad. -¿Desde cuándo Terry tenía vida social? ¿Que te salvó la vida en Londres? ¿Un trotamundos? ¿El Blue River? ¿Qué era esa relación entre ese agradable joven Cornwell? ¿También son amigos? ¿Arreglaron juntos un avión? ¿Escocia? ¿De qué hablan? ¿Y esa chica Paty? ¿Qué historias de tortugas, abuelas, vidrios rotos de dormitorios, festivales de Mayo? ¿De qué hablan otra vez? ¿En verdad viviste todo eso antes de conocernos? ¡Por favor! ¡Qué alguien me explique! ¡Alguien que me tome en cuenta!
Aún no entendían muy bien qué era lo que estaban haciendo en ese lugar… ¿En la Mansión de los Andrew? La "prometida" de Terrence se sintió decepcionada al enterarse que esa mansión no pertenecía a la casa Grandchester, y a la vez estaba intrigada. Si esa era la casa de los Andrew… ¿Dónde rayos estaba ella, Candy? Sobre todo… ¿Qué hace Terry aquí con toda la familia Andrew y con toda su familia además? Bueno, ya habría tiempo para todas las explicaciones ahora era tiempo de ponerse cómoda y acaparar la atención de Terrence. Albert les había asignado habitaciones continuas a madre e hija, todas las habitaciones de los invitados de la Mansión Andrew eran grandes, lujosas y confortables así que no hubo ningún problema para hacer que las damas se sintieran cómodas. Sus habitaciones estaban lejos de las de Terry pues así él mismo se lo había pedido a su amigo, quizás con la idea de poder escaparse de vez en cuando.
Ellas trataban de encajar en el mundo al que habían sido "invitadas" aunque había muchas cosas extrañas ante sus ojos. Terry no les había dado todavía ninguna explicación y ella tenía miedo de pedírsela. A toda costa trataba de evitar hacerlo rabiar.
-Esta será tu recámara Susana, yo estoy del otro lado del pasillo, no es correcto que llames a mi puerta, si me necesitas, envíame el mensaje con la mucama que te asignaron –Terry les dio los horarios en que debían presentarse al comedor y se alejó, deseaba salir a galopar un poco para respirar y pensar en su pecosa. Ya la extrañaba a pesar de que apenas se había ido por la madrugada.
Durante el almuerzo todos notaron el cambio en el estado de ánimo en el joven actor. Su andar era como si llevase sobre sus hombros el peso del mundo, ni siquiera Archie con sus ahora falsas impertinencias logró que le devolviera la agresión.
Los padres de Terrence estaban preocupados por la actitud que su hijo había adoptado. No lograban comprender del todo cómo es que Terry continuaba con la farsa de un compromiso con la joven Marlowe en quien, más allá de una cara bonita no encontraban el menor atractivo. Habían decidido mantenerse al margen de lo que sucedía, pero después de ver cómo había cambiado el semblante de su hijo, no dudaron en que insistirían en hacerlo desistir de su idea; mientras más pronto rompiera su compromiso con Susana, más pronto podría iniciar una vida nueva lejos de tan terrible grillete. Inclusive Albert y los Cornwell sintieron pena por la necedad de Terrence para seguir adelante con el absurdo plan de ayudar en la recuperación de Susana; para ellos esa era un arma de doble filo. Annie y Paty trataban de hacerlo sentir bien ignorando sin darse cuenta a la invitada especial. Pero ni con todas las atenciones recibidas lograron cambiar el humor del arrogante.
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En el salón de té Archie sorprendió a todos cuando llegó con las armas blancas y se puso frente a Terry para invitarlo a elegir.
-Elige Terry –lo miró directo a los ojos en franco desafío.
-Vamos Archie. Creí que habías aprendido tu lección –el actor lo miró con arrogancia.
-Solo quiero que nos divirtamos un rato, hace tiempo que no encuentro un buen oponente –se acomodó algunos mechones de su pelo – ¿Qué dices? Un poco de ejercicio no nos vendría mal.
-Dame la espada –dijo resignado Terrence. Quizás arrojar sobre Archivald toda su frustración por la presencia de Susana fuese una buena idea.
-Muy bien; da la casualidad de que esa es mi favorita, ¿Te molesta si yo también elijo una espada? –Había diversión y desafío en las palabras del elegante joven.
-De ninguna manera. Vamos –el duquecito empezaba a agradecer el desafío. Archie colocó el florete y el sable en un lugar seguro para guiar a su amigo hasta el jardín.
Los caballeros los siguieron y, para sorpresa de las Marlowe también Annie y Paty los acompañaron.
-Archie no comprende que la rivalidad por Candy se quedó en el Colegio –le dijo Stear a Paty sin notar que Susana estaba justo detrás de ellos –Creí que ese para eran amigos ahora que la rivalidad no tiene ningún objeto.
-No te equivoques mi amor –respondió Paty divertida –son amigos; es solo que ellos siempre serán los mismos, no importa el tiempo, Terry siempre querrá demostrarle por qué Candy lo prefería –contestó Paty divertida –espero que no vayas a suplir a Archie si Terry lo derrota –le advirtió divertida.
-¡Oh no! ¡Eso era en el colegio! –rió el piloto.
-Sí. Cuando tú también estabas loco por Candy –el piloto miró a su novia apenado. ¿Había sido tan obvio?
–No te preocupes, solo yo lo sé –agregó su novia.
-Me alegro que nuestra relación no se haya terminado al abandonar el Colegio –Stear miró a Paty con el más puro amor.
-Ha sido complicado pero lo hemos logrado. Mira a Candy y a Terry, se amaban más que ninguno, fueron los primeros en descubrir que querían estar juntos por siempre y también fueron primeros con los sueños truncados. El se sacrificó por ella y ya antes ella había salvado su vida al cuidarlo con amor cada día.
-Si. Es una pena lo que les pasó. Nunca he vuelto a ver en Terry la luz que irradiaba cuando estaba con ella. Este Terry es tan… triste y meditabundo –Stear estaba preocupado por su amigo.
-No. No es una pena. Es una injustica –aseguró la chica. –Nadie tiene derecho de reclamar la vida de otro ser humano en aras de su felicidad. Eso es egoísmo puro. Si salvarle la vida a otro ser humano te hace dueño de esa persona, entonces Terry le pertenece a Candy desde que estaban en el Colegio y ella le pertenece a él –por primera vez Paty decía lo que pensaba sin imaginarse que seguían siendo escuchados por Susana. – ¿Acaso ella no lo rescató de su soledad? ¿Acaso él no la rescató de sus miedos?
-Así sería si esa filosofía rigiera nuestras vidas. Pero Candy y Terry no son así. Por eso se entendían tan bien. Nunca pensé que el joven que hizo tremendo desmán en la misa en nuestro primer Domingo llegaría a ser tan influyente en mi vida –Stear sonrió ante el dulce recuerdo.
-¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas cómo miró a Candy? Se dirigía hacia la salida con sus aires de grandeza dejando a la hermana Grey furiosa, cuando súbitamente se detuvo clavando su mirada en la de Candy. ¿Te fijaste como les brillaron sus ojos? Esa fue la primera vez que se veían.
-¡No! ¡Te equivocas! Nosotros lo encontramos en el Savoy después de recoger a Candy en el puerto para llevarla al Colegio, además nos había sacado del camino con su auto, seguro para llamar la atención de Candy. Ellos se conocieron en el Mauritania.
-El destino que se empeñaba en unirlos. ¡Y ahora resulta que Candy y Terry estaban comprometidos desde que nacieron! –Paty suspiró –Qué lástima que les hayan hecho tanto daño. Lo bueno es que están recuperándose.
-Candy está bien. El que me preocupa es Terry. No es el mismo que conocimos –suspiró también tristemente –¡Vamos Paty! ¡Ese par va a comenzar! –Tomó a su novia de la mano y apresuraron el paso hacia el jardín.
Susana se quedó sorprendida al descubrir la imagen que los que conocían la verdadera historia se habían hecho de ella. A la prensa y al público había logrado engañarlos vendiéndoles la historia de la novia sacrificada, pero había olvidado a la poderosa familia Andrew, que amaban a Candy y Terry y conocían la historia completa.
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Afuera en el jardín todos miraban asombrados el enfrentamiento. Había iniciado como un juego para hacer un poco de ejercicio, pero lentamente los verdaderos sentimientos de los contrincantes fueron aflorando. Terry y Archie volvieron a ser dos adolescentes incapaces de controlar sus mutuos celos. Dieron una tremenda demostración de buen esgrima, esta vez Archie había estado practicando y no se dejaría vencer tan fácilmente.
El Duque y Albert trataron de detener a los jóvenes adultos que empezaban a echar fuego por los ojos. Los gritos de Annie y de Susana se perdieron entre los reclamos de tiempos pasados que uno a otro enlistaban. Definitivamente, aunque ahora fuesen amigos, no podían evitar guardar ciertas memorias que los volvían un par de locos adolescentes; en el fondo lo disfrutaban; indudablemente. –Que si me golpeaste cuando entré por error a tu recámara, que si estuviste a punto de decirle tu verdad, que si me enviaron al cuarto de meditación por tu culpa, que si odiaba que te visitara por las noches… etc… nada ni nadie podía detener la vieja rencilla. Más bien estaban disfrutando sacando todos los reclamos habidos y por haber sin escuchar las voces femeninas que les rogaban que se detuvieran. Richard y Albert habían optado por dejarlos hasta que se cansaran, ya se habían dado cuenta de su mutua necesidad por arrojar todo lo que tenían adentro así que se limitaron a vigilar que no se dañaran seriamente, lo cual no sucedería pues ambos eran unos caballeros. Además, ese enfrentamiento era, aunque estuvieran discutiendo inevitablemente, entre dos amigos. Annie y Susana sin embargo no dejaban de rogarles que dejaran ese tonto y peligroso juego sin obtener respuesta favorable.
-Consigámosles más público –la voz de la pecosa sonaba divertida (1)
Los caballeros se detuvieron de inmediato como si les hubiesen descubierto in fraganti.
-¡Candy! –dijo Terry avergonzado al encontrar la dura mirada de SU pecosa tomada de la mano con su prometido.
-¡Candy! –Archie dejó caer su espada mientras Annie corría a abrazarlo.
-¡Ustedes dos! ¡Deberían estar avergonzados! ¡Miren que han pasado tres años y siguen actuando como niños! –La pecosa estaba divertida disfrutando de su autoridad sobre esos chicos que amaba tanto.
-¡Terrence Gram. Grandchester! ¿No te da pena seguir dejándote llevar por tus locos instintos? –En verdad estaba divertida, levantó su pequeña nariz y puso sus manos en su cintura para dirigirse a su primo – ¡Archivald Cornwell! ¿Acaso disfrutas de hacer sufrir a Annie? ¿No ves que estos juegos la asustan? –Sin dejar su pose de mujer estricta.
-¡JaJaJa! –Una tremenda carcajada de Terry interrumpió el incómodo silencio que se había formado.
-¡Cuando haces esos gestos pareces un mono pecoso! –El arrogante aristócrata había encontrado el alivio que le permitía deshacerse por unos instantes del peso del mundo que estaba cargando. Nuevamente todos notaron el cambio en la actitud de Terry. Candy había regresado, eso era todo lo que el actor necesitaba: Verla, sentirla cerca. Aunque fuera ajena.
-¡Me las pagarás Terry! –Sin decir más se echó a correr detrás del aristócrata mientras todos reían divertidos. Incluso Anthony reía pues creía que esos dos no debían dejar de ser amigos, sería una crueldad separarlos, él estaba dispuesto a aceptarlo siempre que sus encuentros no pusieran en riesgo su compromiso con Candy. Había visto a su prometida en su ambiente en el hogar de Pony, la vio corriendo detrás de Tom cada vez que él se mofaba de ella, detrás de Jimmy y de John; así que no le molestaba que conservara sus costumbres con Terry siempre que su relación fuera de amistad.
Susana también había visto el cambio de actitud de su prometido. Meditó en la forma en que solo escuchar la voz de Candy había dado por terminada la gesta con el joven Cornwell instantáneamente mientras que ella se había quedado casi sin voz, pero sin éxito alguno. Meditó también en la forma en que la enfermera se había atrevido a hablarle y en cómo parecía ser la forma exacta pues había logrado lo que nadie: Provocar una carcajada en Terry; y más aún: ¡Estaban jugando como niños pequeños corriendo frente a todos! Invadiendo de risas lo que apenas hacía unos minutos estaba lleno de tensión. -¿Quién es Terrence Gram. Grandchester? No importa. Es mi prometido y con eso basta.
La señora Marlowe guardaba silencio. Se sentía apenada por el sacrificio que había exigido a Candy y Terry. Verlos corriendo, en total sintonía, recordar las últimas horas en la vida de su yerno la hicieron pensar en lo diferente que era cuando Candy salía de su vida, aunque fuese solo por unas horas.
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La silueta ágil subió con una sonrisa divertido los escalones muy de prisa.
No podía esperar la cara que pondría Candy cuando le quitara las sábanas de encima y la obligara a levantarse.
-Caramba Candice White: ¿Cómo puedes ser tan dormilona? Son las siete de la mañana, qué bueno que no escuché a mi padre… si me hubiese enamorado de ti seguramente no habrías resistido a mis encantos y ahora estarías sufriendo por tener que levantarte antes que despunte el alba –el muchacho respiró aliviado mientras que lanzaba una carcajada que despertó a uno que otro huésped.
Tom había llegado hacía unos momentos como invitado para la fiesta en Chicago, estaba representando también a las mamás de Candy, quienes no podían dejar a los niños del hogar solos. Con pasos ligeros y largos el muchacho se dirigió directo a la cama de su hermana sin tocar la puerta, estaba divertido por la cara que seguramente pondría la muchacha. Antes de hacer su fechoría de quitarle las sábanas de encima, Tom miró para todos lados:
–Es mejor estar prevenido y saber hacia dónde puedo correr. Seguramente de esta no me salvo –pero estaba a la vez muy entusiasmado por el encargo que debía hacer. Puso una enorme caja sobre la mesa de noche y respiró profundo –¡Arriba! ¡Levántate dormilona! –Exigió disfrutando de los intentos de Candy porque no le arrancaran las sábanas -¡¿Pero qué te piensas?! ¿No te han dicho la diferencia entre oso y muchacha? Creo que Albert debería exigir que le devolvieran todo el dinero que invirtió en ese exclusivo colegio en Londres, me temo que no te ha servido de nada.
-¡Tom! ¿Pero qué te has creído? Déjame en paz –Candy sabía que su hermano estaría ese día en Chicago, de pronto se preguntó a qué hora debía haberse levantado para estar en Chicago tan temprano –Eres un mal educado
-Dormilona
-Mal criado
-Escandalosa
-Tonto
-¿Me quieres? –La sorpresiva pregunta del muchacho derribó las defensas de la joven.
-Engreído –le sonrió totalmente expuesta a la sinceridad de su hermano y le arrojó su almohada –sabes que te quiero Tom.
-Ven aquí Candy –Tom estaba mostrando una ternura que casi nunca exponía a su hermanita.
-¿Pasa algo Tom? –la chica lo miró confundida mientras respondía al abrazo de Tom.
-No Candy –el muchacho tenía que ser sagaz –Para una chica lista: Un chico dos veces más listo que ella –pensó vanidosamente –¡Anthony! Si no fuera porque los quiero a ambos… ¿De verdad quieres casarte con este torbellino? ¡Pobre de ti hermano!
-¿Qué pasa Tom? A mí no me engañas –la chica puso sus manos a los costados de su cintura esperando una explicación que no llegaría.
-Será mejor que te arregles. Anthony me pidió que te trajera esto –explicó mientras señalaba la elegante caja –debido al bullicio que hay en casa por la fiesta de esta noche, Anthony, Stear, Archie y yo las llevaremos a desayunar fuera. Creo que pasaremos el día de tiendas, ya sabes, Archie y Annie siempre tienen algo que comprar –Tom hizo sus ojos hacia atrás como si la actividad le molestara, aunque solo bromeaba; de hecho, el chico pasaba momentos agradables con la pandilla.
-¿Te dijo a qué hora pasará por mí? –Preguntó todavía dormida ligeramente.
-El no vendrá por ti. Me pidió que yo te acompañara con los muchachos –se encogió de hombros tras la mirada desconcertada de Candy y luego continuó con una sonrisa de burla-: Dijo que iría a hacer unas diligencias y que nos encontraría en el restaurante. También dijo que no podía esperar a que despertaras porque eso podría costarle toda su mañana –Tom rió jovialmente por sus ocurrencias.
-¿Anthony dijo eso? –Preguntó sonrojada.
-Sabes que es incapaz Candy. Anthony nunca se mofaría de ti –respondió divertido.
-¡Tom! ¡Eres imposible! –Candy tomó la caja para descubrir dentro de ella el vestido de calle más hermoso que hubiese visto jamás. Un vestido color de rosa muy pálido, tan pálido que pareciese blanco, con sencillos bordados en las mangas (si es que pudiese llamarse así a dos bandas que adornaban los brazos sujetándose al corpiño). Estaba confeccionado en algodón. El corpiño se ajustaba perfectamente a su cuerpo realzando sus senos y mostrando su pequeña cintura pues este diseño no tenía esas enormes cintas con moños que acostumbraba. Nuevamente, su cuello estaba desnudo, ese vestido tenía el mismo corte que el vestido que usara para su fiesta de compromiso fallido con Neal Legan a excepción de que la falda llegaba a media pantorrilla con cierto vuelo que le daba un aire bastante sencillo, coqueto y muy femenino.
Archie condujo el doble R de Anthony. De verdad que el muchacho aprovechaba cualquier oportunidad para ponerse al volante del flamante auto. Paty pidió que antes de llegar al restaurante la llevaran a la Iglesia en la que solía rezar para dejar las hermosas rosas que Anthony le había regalado: Tres hermosos ramos de Dulce Candy. Uno más grande que los otros dos.
-Este será para el altar principal –dijo la chica emocionada casi hasta las lágrimas.
-Sí Paty. Tus ruegos fueron escuchados, es lo justo –respondió Candy abrazando a su amiga.
Al llegar a la Iglesia, Paty seguía llorando. El sol estaba radiante. Había música de alas por doquier. A Candy le pareció que ese era un día maravilloso; era justo que Paty pidiera unos minutos para retribuir humildemente por sus oraciones. Stear y Archie decidieron que ese era un "momento de chicas" así que las dejaron solas y entraron al recinto, pero Tom prefirió esperarlas un poco distante, para respetar su intimidad.
-¿Me ayudas Candy? –Paty extendió el ramo más grande a la pecosa, mientras que ella tomaba en un bouquet los dos más pequeños. Las tres chicas entonces se dirigieron reverentes hacia la puerta de la Iglesia y Tom las alcanzó de inmediato.
Una vez en el umbral de la puerta, era ya imposible mantener el secreto:
-Candy: Anthony me pidió que fuera su padrino, pero yo prefiero entregar a la flamante novia –le dijo Tom sonriendo orgulloso, con la voz más dulce de la que fue capaz, mientras que un cálido sentimiento se apoderaba de su pecho al ofrecerle su brazo con gallardía.
-¿Qué dijiste Tom? –Candy miró incrédula a su hermano y luego a sus amigas que estaban conteniendo pequeñas risillas mientras se acomodaban sus vestidos y tomaba cada una un bouquet.
Súbitamente todo tuvo sentido: Las flores, el vestido, la Iglesia, la pandilla, su hermano… La joven sintió entonces la calidez de una mirada sobre ella; conocía perfectamente ese sentimiento, lo reconocería con los ojos cerrados en cualquier lugar y a cualquier hora. Buscó casi desesperada la fuente de tales sensaciones y, lo encontró en su lugar: Justo en el altar. A su lado estaban un Alistear sonriente y un Archivald sonriendo desconcertado, pero sonriendo finalmente; el joven catrín hubiese deseado estar en el lugar de Terry para no estar ahí, aunque tenía que aceptar que se sentía extasiado con la felicidad de sus primos y solo pensar en al grillete de apellido Marlowe le causaba escalofríos.
Cuando la mirada de la pareja se encontró hubo un aire de amor y pasión indudable. La suave corriente penetró el alma de los jóvenes, sobre todo de una rubia muchacha que apenas se percataba que ese era el día de su boda si se aventuraba a recorrer el pasillo del brazo de su hermano.
Su novio, la esperaba en el altar con el sacerdote. Estaba más guapo que nunca. Tan bien vestido como siempre. Un verdadero manjar para la vista. Le sonrió con nerviosismo, sin embargo, la encantadora sonrisa embriagó a la muchacha y logró que la confianza se apoderara de ella. Anthony extendió su mano y la llamó:
-Ven –le dijo sin usar su voz. Todo su cuerpo le rogaba a la chica que no tuviera temor y se acercara. Sus ojos se clavaron en los de ella sin desviarse un solo ápice. El dulce y seductor gesto fue como un imán para Candy.
Ella respiró profundo tratando de contener las lágrimas. No había flores blancas en la Iglesia, sin embargo era la más hermosa ante los ojos de la chica. Con valor se aferró al brazo de su hermano mientras dirigía una mirada ilusionada y llena de amor al joven que la esperaba a unos cuantos pasos. Annie y Paty avanzaron con el mismo aire solemne y reverente, emocionadas al máximo por su querida amiga. Entonces Tom dio un par de palmadas sobre la mano de su hermana y caminó con ella. Candy sentía que flotaba; hubiese deseado tener alas para estar ya al lado del hombre que amaba. Anthony se había convertido en su amigo, en su cómplice, en su razón para despertar cada mañana, en sus esperanzas de formar un hogar… finalmente; y en muchas cosas más.
Anthony miró a Candy avanzar como en un ensueño. Los segundos que pasaron desde el umbral de la puerta hasta que ella estuvo frente a él le parecieron eternos. Ella, su dulce Candy, avanzaba decidida hacia él. Debía amarlo mucho para confiarle su vida misma. Anthony se encargaría de demostrar que era digno de esa confianza. Jamás la lastimaría, jamás habría algo más importante que ella en su vida. Esta tarde Candy y Anthony dejarían de ser parte de "Los tres solitarios" para cumplir con sus sueños y convertirse en uno solo.
Anthony la recibió con un dulce beso en los labios.
-Por un momento tuve miedo de que no aceptaras –confesó.
-Creo que el beso debe ser al final –refunfuñó el sacerdote, pero la pareja no lo escuchaba. Estaban perdidos en el Verde-Azul de sus miradas y en los mensajes de amor que se lanzaban.
-Esto es justo lo que siempre quise para mi boda. No podía rechazarlo –confesó la heredera.
-Lo sé. Gracias por estar aquí –apenas y pudo hablar. Unos traviesos rayos solares que se entrometieron graciosamente por los vitrales de la Iglesia iluminaron a la dulce novia embelesando totalmente al joven enamorado.
-¿Podemos comenzar? –Preguntó el sacerdote maravillado por el amor de la pareja.
-¿Eh? –Respondieron confundidos sin dejar de mirarse.
-Pregunté si podemos comenzar –aclaró el sacerdote.
-Sí, por supuesto –respondió el novio sonrojado, mientras que sus amigos contemplaban estupefactos la felicidad que parecía escapar por cada poro de la feliz pareja.
Cuando llegó la hora de los votos ambos chicos estaban más que nerviosos pues ninguno tenía algo preparado. Sin embargo bastó que sus manos se rozaran para que la conexión entre los contrayentes se hiciese más palpable que nunca.
-Candy -: Anthony estaba emocionado casi hasta las lágrimas, sin embargo trató de mantener el control. La miró con dulzura intensa y habló delicadamente. Sus palabras penetraron el corazón de la joven deliciosamente –Durante años este fue el sueño más anhelado. El sueño de un jovencito de 14 años que se vio frustrado por un abismo de muerte y soledad. Sin embargo, has vuelto a mi vida y desde entonces todas mis energías se han canalizado a lograr su realidad. Tus ojos han iluminado mi existencia. Has sido mi amiga y compañera aún cuando te creía perdida irremediablemente. Cuidaré de ti con el mismo amor que el Señor lo ha hecho hasta ahora… igual… "Como la gallina junta a sus polluelos" te cobijaré bajo mis alas para que siempre te sientas segura y protegida. Ser tu esposo para mí será siempre el más grande honor. Así que hoy te tomo por esposa querida amiga. Mi amor, sé que más allá de la muerte seguirás siendo, allende al tiempo y confines de la vida, aún mi compañera y ello me hace sentir pequeño. Estoy seguro que solamente a tu lado seré capaz de cumplir con las cosas que Dios espera de mí y me convertiré en el hombre pleno y completo que tú esperas que llegue a ser. Solamente tú podrías ser mi compañera, mi ayuda idónea. Ninguna otra mujer podría moldearme en sus manos: Solo tú. Te amo desde siempre y para siempre.
Une tu voz a mi voz para gritar que triunfamos.
Si el mundo ya se cansó, aquí seguimos los dos SIN RENUNCIAR ni ocultarnos.*
El chico terminó con un nudo en la garganta, quizás no fue el mejor discurso de amor, pero sus palabras llegaron a su destino final: El corazón de su esposa. Candy tuvo que reunir toda su fuerza para responder.
-Anthony -: Cuando me encontré reflejada en tus ojos nuevamente no podía creerlo. Yo estaba perdida en ese abismo de muerte y soledad que has mencionado, sin embargo la luz del cielo en tus ojos llenaron mis días y lentamente la tristeza dio paso a la alegría, después a la felicidad y ahora, con todas mis fuerzas deseo encontrar la plenitud de gozo a tu lado. Despertar cada día contigo será suficiente para ser fuerte y esforzarme por ser la esposa que mereces. Añadir constantemente en mi vida tus virtudes será una cincelada que no merezco; sin embargo, viviré para honrarte. Me esforzaré porque sigas siendo conocido como un hombre honorable y porque nuestros hijos me llamen "Bienaventurada" por tenerte a mi lado. Sé de tus responsabilidades y tus sueños, por lo que buscaré la mejor manera de apoyarte. Te amaré con la paz que me ofrecen tus ojos y con el brío que compartes con tu carácter. Seré la misma chiquilla rebelde si es necesario para estar a tu altura gozando de tus rebeldías y tu empeño por hacer de este, un mundo mejor. Pero sobre todo, prometo esforzarme todos los días por continuar siendo tu amiga, tu cómplice… tu ayuda idónea; y, cumplir con el propósito para el que he sido creada, sin duda alguna: Ser tu esposa. Te amo. –Candy estaba perdida en el cielo de los ojos de su ahora esposo. Ahora inclusive sus noches tendrían un cielo azul con la sola mirada de Anthony.
Une tu voz a mi voz para gritar que vencimos.
Y se es pecado el amor que el cielo dé explicación porque es mandato divino.*
(*Triunfamos, -Rafael Cárdenas-)
Un cálido y apasionado beso selló el convenio de la pareja. Los testigos estaban conmovidos por la fuerza del amor de los nuevos esposos y por los obstáculos que tuvieron que vencer para estar finalmente unidos. La linda historia de amor estaba impregnada en el alma misma de los contrayentes. El más puro amor se vislumbraba en sus ojos. Nada podía ahora separar estos corazones.
Hacia el final de la ceremonia, las siluetas de dos hombres amparados por el claro obscuro se dispusieron a abandonar la Iglesia.
-Vamos William, creo que debemos retirarnos –George miró al patriarca conmovido y sumamente emocionado. Albert le respondió con una sincera sonrisa.
-Sí George, no queremos que sepan que estuvimos aquí –rió por su sagacidad para evitar que lo engañaran-. ¿De verdad creerán que pueden engañarme? –Meditó con algo de burla en su tono.
-No lo creo –respondió su colaborador –creo que piensan compartirlo contigo en la primera oportunidad.
-Eso creo yo también –Albert miró a la feliz pareja –pero hubiera preferido que me hicieran partícipe del plan. Yo los habría apoyado de inmediato.
-Creo que tu sobrino no quiso ocasionarte un problema con tu tía –dijo mirando tiernamente también a los jóvenes que le habían robado el corazón. George había amado a Rosemarie, por lo que su hijo era amado por él. Y, al haber sido una especie de Guarura para Candy había desarrollado el más grande sentimiento de admiración hacia la jovencita dulce y fuerte. – ¿Estás molesto con tu sobrino, William? –Preguntó con curiosidad mientras miraba su reloj para asegurarse de que no llegarían tarde al consorcio. Había algunas situaciones que Albert debía solucionar antes de la fiesta de esa noche.
-¿Enojado? –Una franca sonrisa apareció en su rostro, sin perder cada detalle de la pareja -¿Con Anthony? –Continuó preguntando incrédulo -¿Por haber hecho lo mismo que yo me moría por hacer? ¡Claro que no! –El joven patriarca dijo orgulloso-: Anthony le dio a Candy la boda de sus sueños. Ella no sueña con la opulencia de la boda que la tía le está preparando. Creo que mi sobrino lo sabe y quiso hacer su sueño realidad. Si lo hubiese hecho después del evento público habría perdido la magia. Creo que por eso lo hizo.
-¿Qué crees que hagan mientras el enlace público llegue? –Preguntó George sonrojado como un tomate y agachando la mirada al tiempo que llegaban al auto para escabullirse. Había hecho la pregunta casi tartamudeando.
-¡JaJaJa! ¡Por favor George! –El millonario entendió a la perfección la pregunta de su amigo y se encogió de hombros disfrutando por primera vez del sonrojo de su entrenador. Al entrar al auto respondió –: Creo que lo que mi sobrino haga con su esposa de ahora en adelante es solo cuestión de ellos. Recuérdalo George: Ahora son el Señor y la Señora Brown.
-¡Tienes razón! –Respondió el hombre sintiéndose aún más apenado por su indiscreción. La única respuesta que recibió fue una abierta carcajada del joven magnate.
El auto se perdió por la calle. Los nuevos esposos tomaron su tiempo para abandonar la Iglesia. Candy y Anthony decidieron dejar el bouquet en el altar principal no sin antes elevar una plegaria de agradecimiento por la nueva vida que iniciaban. Solo que antes el joven tomó una rosa para ofrecerla a su esposa.
Stear y Paty hicieron lo mismo. La chica lloraba agradecida porque el hombre que amaba estaba con ella. Pensó en las horas interminables que había invertido orando por el bienestar de su novio y, el hecho de que sus plegarias hubiesen sido escuchadas la hicieron sentir en una deuda tremenda que se encargaría de saldar cada día de su vida siendo una mujer fuerte y feliz. La chica tímida había desaparecido mucho tiempo atrás, ahora solo había una mujer con una sola ambición: La felicidad al lado de Alistear Cornwell. Alistear también estaba agradecido por la mujer que había encontrado. Agradecía sus plegarias y su fe. Estaba seguro de que fueron sus ruegos al Padre los que lograron que superara el terrible accidente.
"Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré…." (Jesucristo, Juan 14:13, Santa Biblia).
Archie y Annie, en cambio, se sentaron a contemplar a las parejas. Archie prefirió usar el silencio del sagrado recinto para meditar sobre lo que había sido su vida. Lo feliz que era, las bendiciones recibidas personificadas en sus amigas y sus hermanos –Incluyendo mi nuevo hermano… ¿Quién lo diría?... Terry –El joven Cornwell entonces desvió sus meditaciones a su nuevo amigo, preocupado en el esfuerzo que haría para no compartir este secreto con él. Se sentía como un traidor, pero después pensó que ese secreto no le pertenecía y que seguramente el "Actorcillo de Quinta" (como lo llamaba cada vez que Terry se dirigía a él como "Elegante") sabría comprenderlo, pues era un caballero. Prefirió orar en favor de Terry; rogó porque fuera feliz, porque encontrara la forma de liberarse de lajoven Marlowe.
Annie por su parte, no cesó de invocar los poderes del cielo para dar un rumbo adecuado a su vida. Sabía que debía buscar el momento, pero no era precisamente este.
Ella debía esperar a que la fiesta de esta noche pasara a fin de no nublar la felicidad de su hermana. Definitivamente, la joven Britter debía orar con mucha fe pues no sería fácil enfrentarse a sus padres tras la noticia de haber terminado su relación con uno de los mejores partidos del país.
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Simplemente las chicas lucían hermosas. Candy usaba un vestido completamente entallado al cuerpo, develando sus hermosas y suaves curvas en color champagne que terminaba en una linda cola. Tenía cristales bordados con discretos acabados de hilos de oro. Nuevamente, los hombros totalmente descubiertos permitieron a los caballeros deleitarse en el escote de la rubia. Definitivamente Candice sería la reina de la noche. Tenía un peinado alto que le permitió lucir los pendientes y la gargantilla de diamantes que le regalara Albert; los había mandado a hacer especialmente para ella y, en una de sus manos, sobre el delicado guante, portaba el brazalete del mismo juego y en la otra llevaba el brazalete de su familia que la identificaba como la hija menor del Duque de Gerald.
Annie y Paty tampoco se quedaban atrás; Bárbara les había ayudado a seleccionar su atuendo, el cual era casi tan espléndido como el diseño que había seleccionado para su hermana. La joven Duquesa había aprendido diseño de modas bajo la dirección de una de las diseñadoras más aclamada de Australia y luego de Francia, quien por cierto, estaba en América pues, como todos los hombres de negocios, había trasladado su prestigiosa casa de modas huyendo de la guerra.
La misma Bárbara se había confeccionado un vestido en el mismo color y material que el de Candy para identificarse como hermanas, pero el vestido de Bárbara no tenía cola, sino un suave y delicado grupo de pequeños tablones que aparecían únicamente cuando ella caminaba. Su vestido tenía solamente un hombro descubierto, pues un pequeño moño coronaba uno de sus blancos hombros. Por supuesto que ella también usaba su brazalete y hermosas joyas de diamantes que la tía abuela le había obsequiado. ¡Y cómo no hacerlo! ¡Si era la Duquesa de Gerald! A ella le gustaba más dejar que su cabello cayera sobre sus hombros y al parecer sus hermanos también la preferían así. En verdad Arturo y Abel estaban incontrolables por lograr la primera pieza de baile.
Sorprendentemente para los Legan, habían sido requeridos para la fiesta. Sarah y Elisa se pusieron sus mejores galas totalmente aliviadas
–La tía abuela sigue gobernando el Clan; William es incapaz de ir en contra de ella. Seguramente lo ha convencido de que no tuvimos nada que ver con el plan de Neal –expresó Sarah a su hija. Ella parecía disfrutar su triunfo sobre la sirvienta venida a más.
Jamás sospecharon el verdadero motivo de la invitación. Según ellas, si el patriarca no había hecho nada en su contra en los días pasados, tampoco lo haría ya. El asunto de Neal estaba siendo tratado con toda la discreción posible, lo que evitó que la noticia se hiciera pública. Las Legan tenían confianza en que el tiempo de las aclaraciones ya había pasado. Por su parte, el Señor Legan no asistiría a la reunión porque debía atender algunos asuntos en Florida.
El más alto círculo social estaba presente en la Mansión de los Andrew. Nuevamente los reporteros de sociales se dieron cita para cubrir el inesperado evento del que los Andrew no habían dado explicaciones de su razón de ser. Ya todos los invitados estaban listos para el anuncio que la familia haría.
Bárbara había llegado al salón escoltada por sus hermanos y Candy había sido obviamente, escoltada por Anthony. Desde que aparecieron en lo alto de las escaleras las aristócratas llamaron la atención de los asistentes, los hombres las miraron con admiración y las mujeres con envidia. Ambas caminaron airosas y majestuosas pero sin perder la simpatía propia de su personalidad. Terry estaba absorto en la belleza de Candy, se la comía con los ojos sin poder disimularlo. Con gusto habría sido él quien la estuviera acompañando orgulloso de tan hermosa mujer. Susana se sintió más celosa que nunca. Estaba acostumbrada a que Terry la tratara con indiferencia y pensaba que esa era su forma de ser, pero después de descubrir el fuego en las palabras y miradas que le dirigía a la pecosa no pudo menos que sentirse pequeña. Ella también lucía hermosa pero se negaba a usar prótesis en su pierna, por eso estaba siempre sentada en su silla de ruedas. Era notorio el contraste entre ella y Candy, mientras que Susana se apagaba a sí misma Candy parecía brillar más cada día.
El joven patriarca dio la bienvenida a sus invitados agradeciendo principalmente por estar con ellos habiendo recibido una invitación tan precipitada y sin explicación alguna.
El primer anuncio que hizo fue el del invitado de honor y para quien la fiesta estaba organizada. Presentó al Duque de Gerald y Conde de Seymour así como a Lady Bárbara Duquesa de Gerald y sus hermanos sin entrar en detalles. Y después reconoció la presencia del Duque de Grandchester y su hijo, acompañados por la hermosa Eleonor Baker.
La sociedad entera se conmocionó ante tan distinguidos visitantes. Las jovencitas no perdieron de vista a los hermanos Bateman pues en verdad eran guapos y varoniles. Lejos estaban los días en que su madre debía desbaratar las prendas que había de su padre para hacerles sus ropas. Estaban vestidos elegantemente y poseían un porte que arrancaba cualquier cantidad de miradas femeninas. Elisa por supuesto, estaba entre las interesadas por conocer tan gallardos caballeros, de inmediato clavó sus ojos en la desafiante mirada de Abel, pero nunca logró que sus miradas se cruzaran ya que Abel no dejaba de mirar a Bárbara. Estaba muerta de la envidia por el atuendo que Candy lucía, visiblemente mucho mejor que el de ella.
Después el patriarca llamó a Candy a su lado, cosa que causó expectativa porque ya la mayoría sabía que ella era la hija adoptiva del magnate.
Albert entonces presentó a Candy como la hija legítima del Duque de Gerald, indicando que la visita del Duque se debía precisamente a la búsqueda de su hija. Sin dar detalles William Albert presentó a su pupila como Candice White Gerald Andrew, Condesa de Seymour.
-¿Qué? –Una voz chillona y exaltada se escuchó entre los invitados –Duque de Gerald, no se deje engañar. ¡Esta mujer debe ser una impostora! ¡Ella no puede ser su hija! ¿Sabe? –Dijo con aires de superioridad –Esta joven que quieren hacer pasar como su hija fue sirvienta en mi casa.
-¡Elisa! –Anthony estaba furioso. Enfrentó a la joven con un fuego en sus ojos que asustó a la pelirroja –Te exijo que te calles antes de que me olvide que eres una dama. No, tú no eres una dama –sentenció –Guarda silencio, antes de que olvide que soy un caballero -exigió.
-Mi Lord –la chica agregó una reverencia que solo ella juzgó graciosa ignorando las instrucciones de Anthony–Déjeme decirle que la joven cuidaba los caballos de mi familia. Es una dama de establo.
-Si tuve que vivir en un establo fue porque tu madre, tu hermano y tú me echaron de la casa principal para que los caballos fueran mi compañía cuando yo era una niña y no tenía quien me defendiera. Desafortunadamente para ti, Anthony, Stear y Archie siempre me cuidaron y me amaron.
-¡Cállate! –La desafiante voz de la heredera Legan se escuchó déspota –Si te hicimos dormir en el establo es porque robaste las joyas de mamá. Eres una ladrona –los invitados estaban en silencio azorados por las revelaciones de Elisa.
-¡Candy no es una ladrona! En su momento demostramos que fueron tú y Neal quienes pusieron las joyas de tía Sarah en las pertenencias de Candy –los ojos de Anthony pasaron del enojo completo al arrojo. Nadie jamás volvería a hacer sentir mal a su esposa. Aún en este momento, la tomó de la mano y le sonrió para infundirle confianza. Hacía tiempo que no sentía el enojo que los Legan desprendían de él.
-¡Es una ladrona! ¡Me robó tu amor! ¡Y luego me robó a mi Terrence! Ha logrado que todos ustedes se vuelvan locos por ella para que hagan lo que ella quiere incluyendo al tío William –en realidad esta chica no tenía la menor idea de cómo debe comportarse una verdadera dama.
-Jamás estuve enamorado de ti. ¡No mientas Elisa! –En ese momento toda la pandilla nuevamente rodeó a la pecosa para protegerla –En cambio ustedes la maltrataron hasta el punto de venderla para enviarla a México, con el fin de separarnos. Pero el plan no te funcionó prima. Además, yo la habría buscado hasta el fin del mundo.
-¡Sí! ¡Háganlo! ¡Protejan a esta huérfana oportunista! ¡Ella no sabe hacer otra cosa más allá de arrebatar lo que otros tienen! Por eso te metiste entre Terry y yo. ¡Terry me amaba! –Chilló.
Terry, quien había permanecido callado, escuchando nuevamente las mentiras de esa joven ya no pudo contenerse. Escuchar la versión de Elisa sobre la vida de Candy cuando abruptamente lo detuvo en su cabalgata en los jardines del colegio no le produjo absolutamente nada; sin embargo, ahora que escuchaba la versión de Candy y de Anthony no podía evitar que su sangre hirviera.
-Pues vaya que me perdí buena parte de mi vida porque yo no recuerdo jamás haberte amado –Terrence dejó su lugar para tomar el suyo en la muralla que la pandilla de Candy había formado. Los invitados, sobre todo, las señoritas estaban extasiados por la personalidad del joven inglés. Susana no pudo detenerlo. –Nunca me fijé en ti, te lo dije una vez y te lo repito: Mírate en un espejo, tienes la típica cara de los que hablan mal de los demás (2) – Terry sonrió con burla. Había adoptado la misma actitud del chico de la misa. El rebelde del San Pablo, pero esta vez era para defender a su pecosa.
-¡Pero Terrence! Tú me rescataste de aquél horrible hoyo, luego besaste mi mano –Elisa estaba haciendo el ridículo con sus argumentos.
-Te rescaté pero no te amaba, lo hice porque soy un caballero –Terrence no dudaba en usar su tono sarcástico –Eres tan cabeza dura como la Hermana Grey, deberías meterte a un convento; aunque francamente, no creo que los santos disfruten de tu compañía. ¡Pobres!
-¡Me rescataste de mi caída en el lago, te arrojaste arriesgando tu vida por mí! ¡Tú me amabas!
-¡Sí claro! –Terry la miró sarcástico –La que tu provocaste para saber lo que se siente estar en mis brazos –dijo con tono indiferente, como si la conversación le aburriera –por eso nuestra última cita en el colegio fue tan placentera. Si quieres te la recuerdo, yo no tengo problema en repetirlo –sonrió malicioso, sólo algunos comprendieron lo que ello significaba. Obviamente, solo sus condiscípulos.
-¡No sé cómo puedes ser tan cobarde! –Elisa se molestó al recordar como Terry escupió sobre ella antes de abandonar el colegio San Pablo. –¡Y tú Anthony! ¿De verdad crees que Candy es muy decente? –Ahora la sonrisa que presentaba la chica era en verdad maléfica –¿Ya te confesó lo que en realidad hizo en Escocia durante la fiesta blanca? ¡Yo la encontré a solas en el Castillo Grandchester con Terry! ¡No me digas que eso es digno de una dama! ¡Ella me lo robó cuando él se dirigía a mi fiesta! ¡Me lo robó para seducirlo! –Ahora sí el silencio fue total.
-¡Eso es mentira! –Dijo Candy desde el centro del grupo.
-¡Espera Candy! No tienes porque darle explicaciones a esta… -Terry miró de pies a cabeza la silueta frente a él para terminar su oración -: "señorita" –dijo en su tono más despectivo mientras se burlaba de ella ofreciendo una falsa reverencia. Este joven sabía perfectamente como usar su encantadora y arrolladora presencia para poner a los demás en su lugar –Yo aclararé esto con ella y lo haré solo porque soy un caballero y no permitiré que se dude de la dignidad de Candice. –Terry estaba en verdad molesto ante semejante acusación. –Candy es la mujer más pura, honesta y noble que he conocido –los ojos del actor se encendían al hablar de su amiga. –Ella sería incapaz de comportarse sin propiedad. Si la invité a mi castillo fue porque ese día hubo una tormenta y nos resguardamos de ella. Es verdad que la encontré sola en el bosque porque no fue requerida a tu dichosa fiesta pese a ser una Andrew. Y si ella no asistía, yo tampoco quería estar ahí.
-¡Eso es verdad Elisa! Esa tarde una tormenta azotó los alrededores. ¡Ah! ¡Pero eso no te detuvo para ir a buscar a Terry! Tú si te metiste en su castillo solo por buscarlo. No tenías necesidad de ir porque estabas muy segura con nosotros en la villa –Archie hizo memoria –te rogamos que no salieras, que no era propio que fueras a buscar a un hombre que vivía solo, pero eso no te importó. Tú fuiste a la casa de Terry porque quisiste, mientras que Candy lo hizo por necesidad –obviamente Archie no sabía cómo pasaron las cosas en realidad.
-¡Pero ella es una cualquiera! ¡Por eso se interpuso entre Susana y Terrence! –Al parecer Elisa no se daría por vencida.
-¡Eso es mentira! Yo estaba con Candy desde el colegio –Terrence empezaba a perder el control de la situación.
-¡Sí claro! Todos nos enteramos de sus citas nocturnas en el establo –, la desagradable chica sonrió triunfante.
-Esa fue una sucia trampa tuya, mis intenciones con Candy siempre fueron las mejores, la amo, la he amado desde que la conocí, planeaba casarme con ella y lo hubiera hecho si no… -Terry se dio cuenta que había hablado de más.
-Terry –dijo Candy en un susurro que viajó de algún modo hasta penetrar las fibras de Terry haciendo que el actor buscara su mirada. Ambos intercambiaron momentos de mutuo confort. En realidad Terry no se sentía apenado por lo que sentía por la hoy condesa, de hecho estaba orgulloso de haberle entregado su corazón. Anthony tuvo que contenerse, finalmente Terrence no tenía idea de que Candy era ya su esposa. Pero no le agradaba la confesión que Terry hiciera en público. El joven Grandchester estaba demasiado enojado y su temperamento lo había traicionado.
-¡Mentira! Ella sabía que estabas con Susana desde la primera vez que vino tu compañía a Chicago, yo misma se lo dije, pero a ella no le importó –Susana se sintió totalmente fuera de lugar, era tan ajena a la vida de Terry que ni siquiera conocía el 10% de lo que ahí se estaba hablando.
-¡Por supuesto Elisa! ¡Tú siempre has sido muy comunicativa! ¡Continuamente culpabas a Candy de haber sido la causante de la muerte de Anthony sabiendo perfectamente que Anthony no había muerto! ¡Nos engañaste a todos! ¡Y lo engañaste a él haciéndole creer también que Candy ya no estaba más entre nosotros! –El tono con el que Archie había hablado revelaba que no estaba dispuesto a permitir que Elisa se saliera con la suya.
-¡Esa huérfana no se quedaría con MI Anthony! Preferí hacerlo pasar por muerto a seguir viéndolos juntos y felices –la heredera Legan firmó su sentencia.
-¡Basta! –La mano de Lady Bárbara se posó firme, pesada y veloz en el rostro de Elisa –le recuerdo que es de mi hermana de quien está hablando. Lady Candice no es más una huérfana. Si declaramos al mundo que Candice White es hija del Duque de Gerald es porque así las pruebas lo han demostrado, el mismo Duque de Grandchester puede dar fe de dicha revelación porque fue él quien ayudó a aclarar la identidad de mi hermana. ¿Va usted a dudar de la palabra del Duque de Grandchester? –La retó con furia –Por si fuera poco, todos fuimos testigos de la revelación de la prueba principal. ¿Va usted a dudar de la palabra de todos nosotros? Nada de lo que usted diga nos hará dudar de la integridad de la Condesa de Seymour. Todos sus argumentos han sido fácilmente rebatidos por quienes han estado con mi hermana a lo largo de su vida así que le exijo que se disculpe con ella.
-¡Jamás! Prefiero morir antes que disculparme ante esta oportunista.
-Suficiente –por fin el joven patriarca intervino mientras que un par de sirvientes se colocaban discretamente tras de las Legan. –Elisa si te he permitido esta escena es solo para que los argumentos de lo que voy a anunciar tengan sólidas bases ante nuestros invitados. A fin de que ellos se formen un criterio propio en lo que se refiere a la familia Legan –entonces se dirigió a los visitantes-: En verdad es una pena que hayan sido testigos de tan lastimera ocasión. Hace algunos meses fueron testigos del reencuentro de mis sobrinos con nuestro clan; en aquél momento anunciamos que iniciaríamos las investigaciones para esclarecer las razones por las que mi sobrino Anthony fue hecho pasar por muerto ante la familia. Me duele anunciarles que toda la farsa fue planeada por Sarah Legan y sus dos hijos, Neal y Elisa; por lo que a partir de hoy, nuestra familia desconoce cualquier parentesco con ellos, la tía abuela y yo consideramos que lo que hicieron no se puede pasar por alto; nos separaron cuatro años de mi querido sobrino lastimándonos sobre manera al hacernos creer que había muerto así que cualquier lazo sentimental o de negocios que nos uniera anteriormente, queda disuelto desde este momento; de antemano anunciamos que el señor Legan no ha tenido nada que ver con estos hechos por lo que lamentamos esta medida. –Se dirigió fríamente a Elisa y Sarah-: Los señores las escoltarán a la salida.
Una pesada atmósfera se dejó sentir entre los presentes, todos estaban sorprendidos de las malévolas palabras que la joven había lanzado en contra de los aristócratas. ¿Cómo se había atrevido a enfrentarse a la Duquesa de Gerald, la Condesa de Seymour, el Conde de Saint Rose y el próximo Duque de Grandchester?
La tía abuela, quien tenía más experiencia en este tipo de eventos, tomó la palabra.
-Bueno por lo menos queda garantizado que en nuestras fiestas nadie se aburre –sonrió discretamente mientras los invitados correspondían el gesto con una risa igualmente discreta. Todos comprendieron que era mejor olvidarse de las Legan –Pero tenemos una buena noticia que seguramente los llenará del mismo júbilo que a nuestra familia. Por favor William, ayúdame a dar el anuncio.
El magnate sonrió entusiasmado. Se armó con su sonrisa más encantadora y tomó las manos de quien consideraba un hijo y de su pupila a quien amaba inmensamente. Llamó a Vincent Brown para unirse a ellos.
-Mi cuñado, el señor Vincent Brown, nos ha honrado al pedirnos la mano de nuestra hija Candice –tomó del brazo al Duque de Gerald –en matrimonio para su hijo, mi querido sobrino, Anthony. –Lo dijo así, simple, sin nombres ceremoniosos, pues para Albert, cuando una pareja hablaba de matrimonio eran simplemente dos personas que se amaban, sin títulos o apellidos. –Quiero expresar mi apoyo total a la pareja, a quienes considero mis amigos y amo profundamente, pues creo que mi hermana Rosemarie se sentiría tan feliz como yo con esta unión. Así que hemos aceptado gustosos esta petición y les anunciamos que en un término de dos meses Candy y Anthony contraerán matrimonio. Esperamos contar con su presencia también en esa ocasión y esperemos que ya no haya más sorpresas –los invitaron respondieron al comentario riendo de buena gana.
-Por Candy y Anthony –dijeron los Cornwell levantando sus copas rebosantes del más fino champagne mientras un nudo se atoraba en las gargantas de ambos hermanos. La servidumbre ya se había asegurado de que cada invitado tuviese sus copas listas para el brindis.
-Por Candy y Anthony –contestó el resto de los invitados.
-En esta ocasión Terry levantó su copa sonriendo. Había algo en Candice que la hacía lucir más hermosa que nunca, su sonrisa era la de una mujer enamorada y deseosa de comerse el mundo. Así deseaba verla siempre. Pero necesitaba un poco de aire, el enfrentamiento con Elisa lo había dejado malhumorado.
-¡Terry! –Susana movió su silla con la intención de seguirlo pero Terrence ni siquiera se volvió para responderle.
-Susy –la señora Marlowe sintió pena por su hija –déjalo en paz, ya ha hecho suficiente sacrificio, te dijo que se casará contigo, ¿Qué más quieres? –le había hablado con el tono más dulce que encontró.
-¡Qué me ame madre! ¡Qué se dé cuenta que existo! –Cuando su madre la miró le pareció ver a su niña de antaño en una de sus rabietas.
-¡Basta Susana! ¡No puedes obligarlo a que te ame! Y créeme, Terrence sabe perfectamente que existes, de otro modo este compromiso nunca se hubiera llevado a cabo. Si tú no existieras, Terry ya se habría llevado a Candy lejos de aquí desde hace mucho tiempo, para ser exactos, desde la premier de Romeo y Julieta hace casi dos años –sabía que lastimaba a su hija pero era necesario que la chica entendiera su papel.
-Deberías ir con él –rogó Eleonor a su ex esposo.
-No lo creo. Me parece que es mejor que lo dejemos solo por unos momentos, después me reuniré con él –Susana inclinó la cabeza sintiendo algunas miradas sobre ella, la confesión de amor por Candy que había hecho Terry hacía unos momentos había confundido a la sociedad de Chicago.
Pronto el mal rato fue olvidado para dar inicio al baile; habían disfrutado de elegantes y deliciosas viandas; ya la orquesta estaba lista para iniciar con el vals y el boston. Las señoritas estaban deseando que el único que aparentaba no tener pareja las invitara a bailar; Arturo fue el más asediado por las jovencitas. Empezaba a resignarse a la pérdida de su hermana y bendecía la posible unión entre sus hermanos, de hecho, había una figura femenina que no había perdido de vista en toda la noche: Annie Britter. La gracia de la muchacha simplemente lo trastornaba. Sonrió ante el recuerdo de la noche en que cabalgó con ella y se atrevió a tomarla de la mano. "Vas de diez a cien" le había dicho Terry. Arturo miró hipnotizado a la delicada joven y le sonrió seductor mientras levantaba su copa en su dirección. La muchacha se turbó por el cosquilleo que sintió en el estómago tras ese gesto.
Candy estaba disfrutando la fiesta como una chiquilla. Ella y Anthony se divirtieron como nunca intercambiando parejas constantemente con sus viejos y nuevos amigos. Por primera vez Candy bailó con Archie sin pisarle los pies y Stear se negaba a liberarla argumentando que pronto Anthony la tendría para él solito, afortunadamente sus novias empezaron a protestar y los Cornwell liberaron a la rubia solo para que fuera a caer en los brazos de los Bateman que tuvieron que renunciar por un momento a Bárbara para dejarla bailar con su padre y William. Incluso Candy había bailado con los Grandchester.
-¿Qué te pasa Candy? –Le preguntó su amigo. –¿Estás incómoda porque abrí mi boca de más? Lo siento. Elisa me saca de mis casillas.
-¡No Terry! No me pasa nada –Mintió. La verdad es que quería decirle lo que había hecho esa mañana, pero no encontraba la forma de hacerlo.
-Quizás te incomodan entonces los cuchicheos de los invitados –trató de adivinar.
-No Terry, no te preocupes. Nada pasa –respondió bajando su mirada.
-No me digas si no quieres, pero no me mientas. Sé que algo tienes. Hoy estás deslumbrante; hay algo en ti que nunca había visto pero me gusta mucho verte así –Terry sonrió para hacerla sentir cómoda –Vamos pecosa, relájate, soy yo, Terry, tu amigo. Hoy no soy tu ex novio o tu pretendiente. Soy el que te molesta cuando te enojas y se ríe cuando tus pecas se ven más. El que te llama Tarzán Pecosa.
-¡Terry! –Candy, sin darse cuenta, hizo exactamente los gestos que su amigo había descrito
-¡JaJaJa! Anthony debe de ocultarte, supe que acaba de llegar un circo a la ciudad. Pueden confundirte con un mono –se burló. Era mejor burlarse de ella que caer en la seducción de sus encantos. Por lo menos en este terreno se sentía seguro.
-¡Terry! –Candy dejó de bailar resignada a que su amigo la tratara de tal forma. Anthony notó por los gestos de la pareja al centro del salón que nuevamente su esposa estaba siendo víctima de las ocurrencias del futuro Duque y decidió rescatarla.
-¡Terry! ¿Cómo puedes tratar así a una joven tan tierna como Candy? –Para el carácter dulce de Anthony Brown era difícil entender las bromas pesadas entre ese par.
-¡Uy! Tu novio el zombie vino al rescate –Terry hizo una reverencia para despedirse sin perder la sonrisa sarcástica.
-¡Zombie! –Anthony no podía creer que el aristócrata ahora quisiera mofarse de él –¿Se supone que ahora debo considerarme privilegiado porque me he hecho merecedor de tus motes? –Anthony en realidad no estaba molesto, más bien estaba divertido con las ocurrencias de Terry.
-Me temo que sí –contestó Candy –pero vamos a pensar juntos en uno excelente para él.
-¡Candy! –Anthony no sabía que responder. Jamás se había atrevido a llamar con motes a nadie. Ni siquiera a Neal. Pero propuso –: ¿Qué te parece si lo dejamos para después? Por lo pronto podemos unirnos a Archie con su "Actorcillo de Quinta"
-¿Qué? –Terry abrió sus ojos como plato. No se imaginaba a Candy llamándolo de ese modo, aunque tampoco se imaginaba a Anthony. Probablemente Archie tenía razón: Anthony y Candy eran muy semejantes. –"Un ser magnífico" (3)–recordó. De ser así, entonces sí, la teoría de Archie era cierta. -¡JaJaJa! Se necesita gracia y talento para eso mis queridos condecitos –Terry decidió dejar tranquila a la pareja, que al instante se encerró en su burbuja.
Tan pronto Candy y Anthony estuvieron juntos nuevamente en la pista de baile ella se perdió en el sentimiento profundo que su esposo le inspiraba. La música se hizo más lenta y Anthony presionó el cuerpo de Candy firmemente hacia él. Con destreza la llevó hacia una de las orillas más lejanas del espacio destinado para el baile. Dulces palabras de amor empezaron a llenar los oídos de la joven hasta el punto de hacerla estremecer locamente bajo el toque y el aliento de su secreto esposo.
-Me parece estar soñando pequeña –le susurró –. No sabes cómo me gustaría que toda esta gente desapareciera para estar solo contigo –la piel de la joven se erizó.
-¡Anthony! ¡No bromees! Haces que me ponga nerviosa… -Candy escondió su rostro en el pecho de Anthony. ¡Cuánto amaba ese lugar! ¡El mundo podía acabar y ella sería feliz!
-¿Quién te dice que estoy bromeando? ¿No te das cuenta que me vuelves loco? –Continuó hablando dulcemente a su oído lanzando su aliento a los sentidos de la joven mientras mordisqueaba discretamente el lóbulo de su oreja.
-Anthony… -apenas fue audible para su pareja, la estaba haciendo sonrojar sin misericordia.
-Ya quiero que pasen estos dos meses para gritarle al mundo que eres solo mía –él seguía jugueteando con su novia pues le producía un increíble placer sentirla temblar por su abrazo.
-Yo también quisiera poder gritarle al mundo que nos pertenecemos…-le dijo tímidamente también hablándole al oído, lo que hizo que el rubio se sonrojara visiblemente; gesto que no pasó desapercibido para los caballeros que no perdían de vista a la pareja, es decir Archie y Terry, que en ese momento sintieron curiosidad. Ambos hubieran deseado ser ellos los que escucharan lo Candy acababa de decirle a Anthony que hizo que se ruborizara de esa manera.
-Te amo Candy, te amo con locura, por ti sería capaz de cualquier cosa mi amor –le contestó entusiasmado.
-Yo también te amo Anthony –le confesó abiertamente la mujer que temblaba en sus brazos.
El joven no pudo contener su alegría y tomó a Candy por su cintura levantándola en sus fuertes brazos totalmente extendidos hacia arriba para hacerla girar sin detenerse. Las risas de los enamorados llenaron los oídos de los asistentes con algarabía mientras miraban complacidos el brillo en los ojos de los condes.
Susana miró la nostálgica sonrisa de Terrence; en toda la fiesta no le había dirigido una sola mirada; había ocupado casi todo su tiempo en contemplar a su pecosa y en despotricar contra todas las circunstancias que lo habían separado de la mujer que amaba sin importarle si lastimaba o no a su prometida. De hecho, era como si ella no estuviera presente pues nadie se acercaba a platicar con ella, todos estaban deslumbrados por la radiante sonrisa de Candy y su desbordante carisma. Esa tarde Susana había pedido a Terry un poco de su atención. Desde su llegada dos días atrás, Terry había evitado a toda costa cruzarse con Susana rogándole a su madre que le hiciera compañía, ya fuera que se la llevara de compras o la condujera a la biblioteca para que leyera algún libro de la extensa colección que había en la mansión. Susana había penetrado el mundo de su rival como una invitada no deseada, podía sentir el claro sentimiento de incomodidad en el que algunos de los miembros del clan se sumían cuando por casualidad se topaban con ella. Solo Sir William y Stear eran los que de vez en cuando se detenían para charlar brevemente con ella pero en forma bastante trivial y a veces, hasta ausente.
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Las miradas de Candy y Terry se cruzaron por un instante. La tristeza en el rostro del joven le hizo recordar a Candy la tarde anterior, justo después de la gesta entre Archie y Terry:
Flash Back
Los jóvenes, incluyendo a Terry pasaban el día en largas cabalgatas, en las que Susana no era requerida debido a que ella siempre se sentía agotada físicamente; durante esas horas la mansión quedaba en completo silencio hasta que repentinamente se llenaba de risas joviales con la llegada de los jinetes. Candy lucía verdaderamente hermosa usando su traje de amazona. Siempre portaba los colores del clan Andrew en su traje de montar. La yegua que Terry le regalara era como Terry la había descrito "Tan noble como su madre"; en ocasiones las chicas no usaban sus trajes de montar pues salían a cabalgar en parejas.
-¡Tenías razón Terry! ¡Teodora es estupenda! –Dijo Candy entusiasmada mientras todos tomaban sus lugares en el salón donde Susana estaba leyendo. La idea era hacer una breve tertulia para descansar del paseo.
-¿Teodora? ¡Me gusta el nombre! –Contestó Terry también relajado.
-Ya lo creo que te gusta –Candy le sonrió guiñando su ojo –¿No extrañas a Teodora?
-Bueno sí, bastante –un brillo se asomó en su mirada –, tú sabes, amaba pasar el tiempo con ella corriendo en el bosque.
-¡Sí! ¡Es muy buena! Yo creo que ella también debe extrañarte mucho. Deberías traerla a New York contigo. Seguro que te ayudaría en esos momentos de nostalgia por las cosas que dejaste atrás.
-Sí. ¿Es mi confidente sabes? Ella conoce todo de mí… de nosotros –le susurró al oído discretamente, de modo que nadie escuchó.
-¡Terry! ¿Casi no pasas tiempo conmigo y quieres hacer traer a otra mujer para que te haga compañía? –Susana intervino en la conversación.
-¿De qué hablas Susana? –El actor ni siquiera se giró para mirarla.
-De ella… de Teodora –le reclamó.
-¿De Teodora? –Terry estaba confundido.
-Sí, tu confidente, esa mujer que sabe todo de ti –Susana se puso histérica por tener que dar explicaciones y le gritó a su prometido –¡Si tanto extrañas a esa mujer es mejor que te resignes, porque no permitiré que la hagas venir desde Londres!.
-No sabes lo que dices Susana, es mejor que te tranquilices –le ordenó el actor.
-¿Que me tranquilice después de oír que hay una tal Teodora a la que extrañas, que es tu confidente y que amabas pasar el tiempo correteando con ella en el bosque? –Clavó su celosa mirada en el actor, luego en Candy y luego en el actor otra vez.
-Estás haciendo el ridículo Susana. Teodora es la yegua que solía montar en Londres y Escocia. Candy la conoce porque solíamos pasear juntos y porque la tenía conmigo en el colegio. Si hablábamos de mi yegua es porque Candy tiene ahora una yegua que es su hija. Eso es todo –Terry estaba exasperado, sentía que esa mujer lo ahogaba. Todos habían guardado silencio ante la desagradable escena.
-Lo siento Terry, no lo sabía –buscó la mano del actor.
-Exacto Susana, no lo sabías, igual que no sabes muchísimas cosas más de mí. No me conoces; así que por favor, antes de hacer tu propio juicio debes preguntar para evitar estos malos ratos –cuando Terry notó que se había exaltado también, bajó su tono –Susana, hubiera sido mucho mejor que nos preguntaras quien es Teodora. Ahora que estoy entre mis amigos escucharás muchos comentarios que no entiendes precisamente porque nunca los he compartido contigo, trata de llevar la fiesta en paz y de entender que yo tenía una vida antes de conocerte y, los recuerdos es lo único que me queda –Terry trató de ser tan amable como pudo, sentía lástima por esa mujer. Había prometido cuidar de ella. Buscó la aprobación en los ojos de Candy, ella le correspondió con una ligera sonrisa.
-¡Perdóname Terry! No pensé que al dejarte con ella ponía el peso del mundo sobre tus hombros –pensó tristemente la pecosa. Mientras que el resto del grupo sintió compasión, pero no por Susana… sino…¡Por Terry!
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Anthony escoltó a Candy a su recámara. El día había sido mágico para ambos enamorados; en todo momento su esposa se había mostrado cariñosa y enamorada. La presencia de Susana no le había afectado en lo más mínimo; al parecer había sido muy positiva la visita de la joven a Chicago pues ahora Candy se entregaba totalmente al sentimiento que tenía por el joven Brown. Habían bailado como dos chiquillos, habían bromeado y se habían divertido como locos con las visitas. Incluso había sido amable con la prometida de Terrence y la madre de ella, aún a pesar de que Anthony había descubierto celos en la mirada de la ex actriz pareciera que eso a Candy había dejado de importarle. Sin embargo, el joven esposo no se sentía muy seguro de pasar la noche en la recámara de Candy.
-Podría ser peligroso –meditó –además, ella está muy cansada. Han sido muchas emociones en un solo día. –Luego se sonrojó confundido -: Pero la verdad es que muero por hacerla mía. Además, bueno, es mi esposa –meditó con nerviosismo – ¡Mi esposa! ¡Mi esposa! ¡Aún no lo puedo creer! –Anthony decidió que esa noche le permitiría asimilar los acontecimientos y, que al siguiente día hablaría con ella sobre el tema.
Había pasado aproximadamente media hora desde que todos se habían retirado a sus habitaciones pero Candy sintió una necesidad imperiosa de un vaso de leche para antes de dormir. Ya se había puesto una delicada pieza de dormir, así que se enfundó en una bata de seda para dirigirse a la cocina. Estaba a punto de regresar a su habitación cuando escuchó una voz familiar que la llamaba al tiempo que la abrazaba por la espalda.
-Candy, creí que ya dormías mi amor. ¿Tampoco eres capaz de conciliar el sueño esta noche? –La voz aterciopelada de Anthony sonaba totalmente embriagada con la presencia de su esposa en la soledad de la oscura cocina.
-¡Anthony! ¿Qué haces aquí? Creo que es hora de descansar… -ella también se sentía fuera de este mundo entre los brazos de su esposo y se giró para mirarlo. No podía evitar perderse en esos maravillosos ojos que usualmente evocaban el cielo; pero… ¿Qué era eso que ella contemplaba en esta ocasión? El cielo se había convertido en un mar que la envolvía sumergiéndola en corrientes indescifrables que la arrojaban apasionadamente a sensaciones prohibidas. La joven se estremeció con tan solo imaginar lo maravilloso que sería pasar la noche perdida en los brazos del hombre que la sujetaba con fuerza como si la reclamara para sí.
-Bueno yo… –dijo trémulamente –no podía dormir y vine a buscar un poco de leche, pero al parecer tú tuviste la misma idea –Anthony no desvió en contacto con las esmeraldas profundizando en sus deseos, esperando con esa mirada introducirse en el alma de su amada. La tenía tan cerca…
-Anthony… espera, no hagas eso. Necesito un poco de espacio.
-Anthony liberó a la chica y sonrió con una dulzura entremezclada con amenaza. Quizá debía cambiar de método y permitirle que se sintiera cómoda primero. Le dio el espacio que demandaba y la miró de pies a cabeza; era tan inocentemente sensual.
-¡Dios! ¿En realidad no percibe lo sexy que se ve con ese pequeño atuendo? –Como respuesta, la rubia sintió un calor inundando sus mejillas.
-¡Dios! ¿Por qué tenía que haber estado aquí, y sobre todo, sin camisa? –La joven miró ensimismada los músculos del pecho de Anthony. Ella los conocía muy bien, pero cuán grande era su deseo de extender su mano para poder tocarlos.
Anthony pareció adivinar sus pensamientos y se acercó a ella como un felino: Lenta, pausada y con interés verdadero en sus reacciones. Con amor estiró su brazo derecho para alcanzar con su mano uno de los bucles de Candy. Lo capturó entre sus dedos índice y pulgar; suavemente los deslizó logrando una nerviosa sonrisa de la joven. Con ternura abandonó su juego para después acariciar la mejilla de la chica; el suave sonrojo había aportado mayor temperatura en el rostro femenino. Anthony estaba feliz de causar estas reacciones en ella, se sintió desarmado por los encantos que tenía frente a él; sin abandonar su ternura, sonrió a la rubia y golpeó delicadamente su mentón. Pero esta vez mantuvo el dorso de su mano sobre el rostro tan amado y lo acarició delicadamente. Como quien acaricia una valiosa y delicada flor.
-Candy -la llamó a media voz, con matices seductores -¿Acaso no te das cuenta que todo espacio entre nosotros me martiriza? –Anthony buscó la mano izquierda de la joven, la llevó a la altura de su pecho con su mano derecha para lentamente, con la ayuda de sus dedos abrir la palma de la mano femenina -¿Acaso no he sido lo suficientemente claro al decirte todo el día las ganas que tengo de perderme en tu cuerpo? –Anthony unió ahora las palmas abiertas de ambas manos -¿Por qué no te apiadas de este hombre y lo redimes de una vez por todas? –Entrelazó los dedos firmemente pero con dulzura. No podía dejar de examinar la mirada ligeramente turbada de Candy, que estaba cargada de amor, para él, solo para él. Mantuvo las manos enlazadas por un momento, acompañó ese gesto con un silencio que permitió la comunicación de la pareja. Había fuego en la mirada del heredero. No podía creer su suerte. Ella estaba ahí y no estaba dispuesto a dejarla ir. No. Por ningún motivo. Ella era su esposa y, si el destino se había encargado de reunirlos, entonces él le recordaría a la joven que era un hombre que no se daba por vencido hasta alcanzar lo que deseaba –Te deseo Candy –el heredero posó su frente sobre la frente de su amada resguardando entre sus pechos ambas manos entrelazadas –te deseo y todo mi cuerpo me exige que no ceda. –Su aliento inundó todos los sentidos de su compañera. Con su mano libre tomó su cintura para atraerla hacia él firmemente –No quiero darte espacio, por el contrario, quiero romper todas las barreras que nos separan. Quiero fundirme en uno contigo –Anthony ahora estaba besando el rostro de la chica: Su frente, sus ojos, sus mejillas, su cuello… su cuello… su cuello… –"Deliciosa" –le dijo a media voz. La muchacha no sabía qué decir. Toda su piel estaba erizaba, embriagada por las palabras del millonario que la había apresado en la jaula más deliciosa jamás imaginada. Lentamente el joven abandonó su juego para levantar su rostro –Adoro el aroma de tu pelo –confesó mientras aspiraba desenfadadamente los bucles que caían sensualmente sobre los hombros de Candy. Muy sutilmente deshizo la unión de sus manos y la liberó de su abrazo para mirarla a cierta distancia. La chica entonces sintió una soledad inexplicable, se sintió vacía, sintió incluso vacía súbitamente. La varonil figura de Anthony Brown la había abandonado tan de súbito. Un frío llegó hasta su pecho. El muchacho reconoció la decepción en los verdes ojos y sonrió, pero esta vez la tormenta que Candy reconociera se había convertido en un huracán. Con aplomo y decisión posó sus manos sobre la cintura de la joven haciéndola caminar hacia atrás mientras que él la empujaba suavemente. De pronto la espalda de la chica se topó con la puerta de la cocina. Anthony tomó sus manos entre las suyas y la miró con seriedad, con pasión, con determinación. Lentamente puso el peso de su cuerpo sobre el delicado cuerpo femenino que lo esperaba atrapado; llevó las manos de la chica hacia arriba, hasta que estuvieron unidas sobre su propia cabeza por una sola de las manos de Anthony como dentro del grillete más encantador y varonil -¿No prefieres acaso quedarte a mi lado? –la seducción de la voz hicieron que Candy sintiera que desfallecía, estaba temblando de pies a cabeza por las palabras que llegaban hasta sus oídos, pero sobre todo, por la pasión con que eran emitidas. Ella en realidad deseaba permanecer para siempre atrapada si el carcelero era tan seductor como el millonario heredero. La boca del muchacho paseando libremente a escasos centímetros de su rostro la enloquecía. Candy deseaba un solo beso; anhelaba ser besada por el celador y le ofrecía sus labios continuamente, pero el chico deseaba que ella se retractara de sus palabras y se atreviera ahora a decirle que permaneciera con ella. –Mi amor, dime: ¿No te has dado cuenta que durante todo el día estuviste provocando un incendio dentro de mí? Me vuelves loco con los candentes movimientos de tu cadera –Anthony colocó su mano libre sobre la cadera de Candy y le regaló un hambriento masaje con movimientos circulares sin liberar ambas manos de la chica sobre su cabeza, apoyadas en la puerta. Todas las fuerzas tuvieron que ser llamadas para que el rubio no atrapara los labios carnosos y rosados que se abrían delante de él –Muerde tu labio inferior mi vida –le habló en un susurro tan suave que casi no pudo ser escuchado, el mensaje era solo para ella y sus labios estaban directamente en la oreja de la joven ocupados en morder y acariciar con la lengua el lóbulo, produciendo en Candy una delicada corriente eléctrica que recorría toda su espalda, sus brazos, su pecho, su abdomen, sus piernas y se liberaba en sus pies como una explosión volcánica: Ardiente. –Anda. Muérdelo. Adoro verte nerviosa –dejó su tarea para mirarla y decirle con galantería –"Sobre todo si el nerviosismo es provocado por mí" –Ella iba a protestar, pero se sintió descubierta –Vamos mi cielo: Dímelo. Confiesa que no quieres que haya espacio entre nosotros. Yo estoy dispuesto a satisfacerte.
-Bésame –le rogó la rubia. Esa no eran las palabras que Anthony buscaba. El joven le sonrió con seducción y coqueto desafío, evitando los labios que rogaban por sus atenciones.
-Eso no es lo que quiero escuchar de ti mi amor –dijo en su oído. Continuaba masajeando la cadera de Candy.
-Acércate –fue el ruego de la rubia –cierra todo espacio entre nosotros –sus ojos estaban atormentados por los deseos insatisfechos –quiero sentirte.
-Esa es la respuesta correcta –fueron las palabras del joven. Ambos empezaban a respirar con dificultad; sin embargo él era dueño de la situación; se había convertido en un hombre atrevido y apasionado que estaba esperando el momento apropiado, como acechando para atrapar sin dar oportunidad de escapar. Estaba planeando su estrategia para lograr lo que sus derechos de esposo le otorgaban. Tomó sus labios para satisfacer el deseo del que eran presos. Con dulzura introdujo su lengua en la boca de Candy explorándola tanto que lo enloquecía. Una danza de intercambio nació en ese momento. Sus lenguas se exploraron, jugaron, gozaron de su encuentro. Lentamente el beso se convirtió en apasionado a tal grado que ninguno de los dos se sentía satisfecho con lo que recibía. Deseaban tener más. Beberse mutuamente. Tomarse. Declararse como propios, entregarse. Quizás era mejor detenerse y buscar un lugar más apropiado, sin embargo, ninguno de los dos podía hacerlo. Justo cuando uno deseaba hacer tal invitación el otro ya estaba callando sus palabras invadiendo su boca, mordisqueando sus labios, lamiendo, succionando. El momento era completamente mágico. Estaban hechizados por su mutua presencia, sus mutuas caricias, su ardor correspondido, sus jóvenes cuerpos reaccionando a sus estímulos. Por fin Anthony liberó las manos de Candy y ella de inmediato las llevó hasta los hombros masculinos, paseó sus dedos juguetones por el pecho que tenía en contacto con sus senos, los llevó a la fuerte espalda acariciándola de arriba a abajo sin la menor intención de separar sus labios de los besos intercambiados, los mismos que seguían subiendo de intensidad ante la necesidad de dar y recibir.
Las manos de Anthony también recorrieron libremente las formas de Candy; estaba extasiado por la perfección de sus proporciones. La amaba con toda su alma, pero esta noche, esta noche quería darle forma a sus sentimientos y amarla con su cuerpo totalmente. Los encantos de la heredera lo hacían sentirse perdido; ¿Cómo continuar manteniendo su cordura? Candy podía hacer con él lo que deseara; pero no tenía miedo, de hecho, lo deseaba. Candy tenía el poder de desarmarlo con tan solo una mirada. Se rió de sí mismo por ser tan vulnerable en los brazos de su amada. Sin embargo, no estaba dispuesto a solo sentirse perdido, ahora mismo le mostraría a esa lindísima hechicera que él también podía encantarla si quisiera. Rodeó su cintura con fuerza, la sostuvo firmemente de tal forma que sus cuerpos se confundían en uno solo - Eres hermosa y todo el día he estado deseándote, no sabes los enormes celos que me produjo verte bailar con tantos hombres esta noche, deseaba que estuvieras solo conmigo… Entrégate a mí mi amor. –Recorrió ardientemente los costados de la joven asegurándose de que ningún centímetro escapara a su intromisión. Solo se detuvo en la cintura para deshacerse del amarre de la delicada bata e introdujo sus manos hábilmente para depositarlas sobre la cadera. Ahora únicamente el transparente camisón separaba sus manos de la piel que ardía dentro de la prenda en un fuego voraz. Ese contacto incrementó la agitación de la respiración de Candy ocasionando que los senos de la joven ascendieran y descendieran sutilmente llamando la atención del joven Brown. Sus ojos de detuvieron embelesados en el delicioso y seductor movimiento de los pechos suaves y firmes; mismos que él conocía perfectamente. Su mente lo llevó al jardín en que había besado por primera vez los montes delicadamente delineados y bellamente coronados por sus pezones rosas adivinando de inmediato que debían estar erectos esperando ser atendidos por él.
–Me estás provocando Candy. Me siento excitado. Eres tan seductora –Anthony seguía embriagando a Candy con su aliento sin desviar su mirada de fuego de los senos que adoraba mientras que ella quería perderse en las sensaciones que el heredero era capaz de despertar en ella. Quería que la besara nuevamente, que no se detuviera, quería a su vez, mostrarle que él ejercía la misma fuerza sobre ella. Que ella podía entregarle su vida misma, ponerla en sus manos para que él hiciera con ella lo que deseara. Deseaba irrumpir en su mundo y que él permaneciera en el de ella, ser uno solo, con sus locuras, sus rebeldías, sus complicidades, sus deseos, sus pasiones… su necesidad de estar juntos.
-¿Es eso un reproche? –Candy trató de eliminar todo espacio, pero era casi imposible ya –Yo puedo asegurarte que tú haces lo mismo conmigo: Me estás excitando más allá de lo que soy capaz de controlar –la sensual voz de Candy logró incrementar el deseo del joven. –No creo poder contenerme por mucho tiempo. ¡Estoy temblando! No sé tampoco hasta que punto seré capaz de conformarme con escuchar solamente sin que me entregue a lo que mi cuerpo me está exigiendo darte. – Durante todo el día había deseado estar también entre los brazos de su esposo para revivir el ardiente mundo que habían descubierto en el placer de sus cuerpos.
Anthony la sintió temblar en sus brazos, amaba tenerla de tal modo, sin que pudiese escapar de su amor, de sus caricias, de sus ardientes palabras; mejor aún: Sin que siquiera lo intentara. Sintió estremecerse a la mujer que habitaba en ese cuerpo cuyas reacciones le gritaban que deseaba ser amada totalmente… ¿Por qué no? ¿Acaso no era su esposa? ¿En realidad sería él capaz de detenerse? ¿De verdad a él le preocupaba que la tía se enterara de su matrimonio?
–Precisamente lo que deseo es que pierdas el control en mis brazos, que te vuelvas loca de amor. Sé mía. Confía en mí; prometí que te protegería y eso haré –Anthony estaba nuevamente mordisqueando el lóbulo de la oreja de Candy, esa era la caricia que prefería porque adoraba sentirla estremecer por sus intromisiones; era un volcán con lava ardiente en el interior apunto de exhalar sin freno. Deseaba besarla con la misma intimidad como lo había hecho ya, sentía la ardiente necesidad de tocarla, de poseerla… y ella le había confesado su necesidad de él. Durante toda la recepción estuvo evocando los apasionados momentos en que ella le había permitido besar sus erectos pezones y se consumía de deseo por volver a mordisquearlos; tuvo en su mente la imagen de ambos semidesnudos uno en brazos del otro en aquél jardín… pero no… ¡Esta vez no sería igual! Se moría por esta vez poder terminar todo lo que habían dejado pendiente.
-Has todas esas locuras de las que has estado hablando por favor mi amor, quiero ser completamente para ti –la joven heredera había hablado claramente. Candy estaba complacida por estar en los brazos de Anthony –quiero complacerte, quiero que encuentres en mí todo lo que necesitas. Enséñame –sugirió seductora –muéstrame como satisfacerte mi amor.
-En realidad deberías temerme –los alientos de ambos se confundían uno con otro por la cercanía de sus bocas y la agitación de sus palabras que, de vez en vez, quedaban a medias interrumpidas por un beso. Se miraban fija e intensamente –. Me muero por verte sonrojada en mis brazos totalmente desnuda. Me muero por sentirte convulsionar conmigo cuando te muestre el cielo. Me muero por perderme en tu mirar apasionado y hambriento, por escucharte llamarme una y otra vez. Porque te vuelvas mujer en mis brazos. Confía en mi amor. Te haré mía de tal modo que te sientas plena y feliz; me ocuparé en que lo disfrutes tanto como yo. Te haré el amor de tal manera que no querrás desprenderte de mí. Tapizaré todo tu cuerpo con mis besos hasta que tu piel completa reconozca mis labios y los añore cuando no estemos juntos. Quiero escribir en tu cuerpo mi nombre con cada beso. Esta noche voy a mostrarte todo lo que he guardado para ti; quiero seducirte totalmente hasta que mi nombre sea lo único que salga de tus labios; hasta que lo repitas de tal manera que se quede grabado en tu piel y en tu alma; quiero tomarte. Hacerte mía, sentirte viva ¡Viva! ¡Dios! –Anthony la abrazó tiernamente recorriendo su espalda casi desesperado –Estás aquí vibrando y yo sigo sin poder creerlo. Te extrañé mi amor. No sabes cuánto te extrañé. Esta noche no hay nada que me importe. Quiero hacerte mi mujer Candy –Anthony seguía hablando con sus labios próximos a los de la heredera, inundando su ser, ocasionando que la piel de la chica se erizara sin control y deseara que de una vez por todas dejara de hablar para cumplir con sus dulces amenazas –Contigo es imposible pensar, con tan solo mirar tus ojos haces que deje de razonar. Me tienes loco, te amo Candy. Si pudieras mirar a través de mí, temblarías de miedo ante la intensidad de lo que despiertas no solo en mi alma sino también en mi cuerpo. Te mostraré lentamente los placeres de ser uno solo cuando hay amor. Quiero sentir el latir de nuestros corazones al unir nuestros pechos desnudos, mostrarte con mis besos todos mis secretos, llevarte a mi mundo, al mundo que perteneces, el mundo en el que eres soberana, el mundo que jamás debiste haber abandonado, el que te entregué desde que era casi un niño. Quiero tenerte más cerca que nunca esta noche; vamos Candy, sé que lo deseas tanto como yo, sé que te mueres por ser mía, a tal grado que no eres capaz de pensar en otra cosa más que en compartir la cama conmigo para que sea yo quien te transforme en mujer, mi mujer –le dijo aún perdido en los besos que depositaba en el cuello y hombros de la joven. Anthony amaba tanto sentir la piel erizada de la mujer que amaba.
Candy llevó su blanca mano hasta la mano de Anthony y se perdió en su mirada. Podía sentir su deseo de entregarse a él salirse por cada uno de sus poros.
-Sí Anthony, puedo repetirlo cuantas veces me los pidas. Todo mi cuerpo me exige tus caricias. Quiero ser tu mujer esta noche. Deseo que me muestres todos los placeres de los que has hablado. Vamos, muéstrame todo lo que has dicho. –Ella estaba extasiada por las seductoras promesas de su esposo. Anthony sintió que el volcán de sus deseos explotaría; no podía creer el final que tendría esa noche. Se estremeció por completo al escucharla murmurar en su oído-: Tú eres mi todo, significas el mundo para mí. Me muero por ser tuya. Cada vez que estás a mi lado no puedo pensar en otra cosa que no sean tus ardientes besos y caricias. Cuando se trata de ti mi cerebro no entiende de razones y mi corazón toma el control total de mis instintos. Te amo Anthony. Acaricia mi cuerpo, acaricia mi alma hasta el límite. Ardo por sentir deslizar tus manos y tus labios en mi cuerpo.
Anthony buscó sus ojos. Ella era como un libro abierto, descubrió entonces hasta el más íntimo deseo de su compañera. Sonrió seductor y complacido; no hubo absolutamente nada que las esmeraldas ocultaran ante el apasionado mar azul que los escudriñaban. Ferozmente se acercó a ella y la atrapó desesperado entre sus brazos, como si temiera que la silueta se desvaneciera, como solía hacerlo en sus sueños. Pero no sucedió: Ella estaba realmente con él; su cuerpo ardiendo era prueba suficiente. Definitivamente necesitaba guiarla de inmediato a una de las recámaras, quizás la de ella era lo más apropiado, debían estar solos, aislarse del mundo, no debían continuar en la cocina con el giro que la conversación había dado. Tomó a Candy en sus brazos y caminó sigilosamente para subir las escaleras, luego siguió cauteloso por el pasillo hasta llegar a la habitación indicada. Era imposible apartar su mirada del rubor en las mejillas de ella. Sin darse cuenta cómo; la pareja estaba ya en la privacidad de la alcoba de Candy. La alcoba era fresca, era primavera y estaba iluminada con la luz de luna que matizaba de tonos azules el entorno. El no podía dejar de admirarla. Sentía una gran fiesta dentro de sí. Sentía que todos sus sentidos cantaban para ella, en lo único que podía concentrarse era en la belleza de la chica frente a él. Ninguna estrella podría tener más luz que Candy, su Candy. La luz de luna posada en los espirales dorados escabulléndose por los rincones de la recámara daba al ambiente una linda coloración plateada.
-Eres mi vida pequeña –le dijo mientras la bajaba de sus brazos –, eres tan hermosa que no puedo creer que no te des cuenta de lo sensual que puedes llegar a ser aún sin proponértelo.
No querían detenerse a analizar lo que estaban sintiendo; todo lo que deseaban era embriagarse con sus deseos satisfechos mutuamente. Esa era su noche de bodas. No deseaban callar lo que sus cuerpos y sus almas gritaban, se amaban y sus cuerpos reaccionaban a su cercanía insaciablemente. Querían llegar juntos hasta el final. El tálamo los estaba esperando y ellos estaban deseosos por invadirlo. Nada los separaría nuevamente, de ser así, se buscarían hasta encontrarse. Un cálido sentimiento estaba invadiendo todo su ser. Ella sintió un calor recorriendo su cuerpo desde la punta de sus pies hasta su cabeza. Las mujeres de su época consideraban que hacer el amor era algo sucio que debía hacerse rápido; algunos ajuares inclusive incluían sabanas especiales para que los cuerpos de los amantes no estuvieran en contacto al hacer el amor a fin de no pecar. Sin embargo, a Candy le parecía que su cuerpo era una continuación del cuerpo de Anthony; ¿Cómo separar el mismo cuerpo? Deseaba permanecer para siempre en la calidez del abrazo de su esposo. Anthony la amaba y ella lo amaba a él.
Anthony…
El joven puso su dedo índice sobre los labios de Candy. Después llevó sus manos tras su cuello presionando su frente contra la de él mientras jugueteaba con los rizos y la contagiaba con su agitada respiración. En el claroscuro de la noche, con seductores sentimientos a flor de piel, Anthony se concentró por unos segundos en relajar a su esposa estirando uno de sus graciosos risos para después soltarlo a fin de que volviera a su posición original. Una traviesa sonrisa se dibujó en su rostro, después se transformó en una nueva idea: Anthony enredó el mismo rizo en su dedo y atrajo así el rostro de su esposa para besar sus labios apasionadamente, presionando ligeramente su nuca hacia él con su otra mano. Amaba morder los carnosos labios de Candy y ella se estaba haciendo adicta a la dulce tortura de los dientes del joven mientras la mordisqueaba. Lentamente el beso se transformó hasta que fieramente sus labios se buscaron con demandante urgencia. A regañadientes, Anthony se separó de su esposa:
Tú y yo hemos aprendido a comunicarnos sin palabras. Me envías mensajes con tus ojos, y descifras los míos con solo mirarme. Escucha mi amor –la invitó – escucha lo que estamos diciendo. Es necesario que prestes atención a lo que nuestros cuerpos piden porque no hay palabra alguna en el vocabulario capaz de expresar lo que estamos sintiendo. Escucha nuestros corazones –Anthony llevó la mano de la joven entrelazada nuevamente con la suya justo entre sus pechos –¿Puedes escucharlos? –Su voz sonaba con un cálido desafío –¿Eres capaz de discernir lo que están sintiendo, lo que exclaman? nuevamente el joven heredero recordó sus días separado de la mujer que amaba –Poder sentirte es un milagro. Amémonos. Tan solo déjate llevar por lo que tu corazón te dicta, por lo que mi corazón te pide. Inventemos nuestro propio juego. Entreguémonos. Permite que tu cuerpo responda a lo que mi cuerpo necesita. Permíteme perderme en ti sin prisas y sin límites. Permite que se acostumbre a mí. Esta noche serás mi prisionera. Permíteme compartir contigo mi serenidad y mi arrebato.
Anthony besó nuevamente los ojos de Candy. Abrazó a su esposa y se olvidó del paso del tiempo. La noche era para ellos: Su noche. Hubo un profundo silencio mientras que Anthony cerraba sus ojos permitiendo al resto de sus sentidos disfrutar del delicioso aroma de Candy, del casi imperceptible temblor de su cuerpo ocasionado por sus caricias, del cosquilleo de sus pequeñas manos sobre su pecho. Por el contrario, ella abrió sus ojos para saciarse de la visión del fuerte pecho de su esposo. Después, mientras que sus manos rodeaban la cintura de Anthony hizo reposar su cabeza en el pecho de su esposo. ¡Cuánto amaba escuchar el latido de su corazón! Era un suave palpitar que la tranquilizaba y al mismo tiempo la excitaba. Empezó a acariciar su pecho desnudo. Le regaló entonces una sonrisa como insinuante invitación a la seducción. Esa sonrisa era casi innecesaria, pues el heredero sintió un delicado escalofrío al paso de las uñas de su esposa que jugueteaban sobre su espalda y su pecho sin detenerse. En un arranque la chica deslizó sus manos a lo largo de los fuertes brazos del joven y empezó a besar su pecho. No había nada que le impidiera saborear el fuerte torso que había sido su refugio, que había buscado incansablemente en sus sueños. Anthony ya no podía más; acunó el rostro de Candy entre sus manos mientras sus pulgares retiraban algunos mechones rebeldes hacia atrás, para después acariciar sus mejillas; necesitaba esas verdes luces que a su vez lo miraban con adoración.
No encuentro las palabras adecuadas Candy –el joven se perdió en ese sublime contacto visual -¿Crees que un "Te amo" sea suficiente? –Susurró entre besos dejándose llevar libremente por sus instintos acariciando con su lengua el lóbulo de la oreja de su amada.
Definitivamente el joven frente a ella era un hombre en toda la extensión de la palabra, había madurado al grado de mezclar la dulzura con la perversidad. Los instintos respondieron más vivos, más ardientes, más audaces, más demandantes, casi insaciables. Los sonidos nocturnos, en una seductora melodía acompañó al oscuro manto para invitar a la pareja a continuar con su entrega, el momento de materializar su amor había llegado. Ambos estaban dispuestos a demostrarse mutuamente que no había nada ni nadie más importante que el otro. Se entregarían y serían uno solo a partir de esa noche.
Se miraron y un pequeño nerviosismo se apoderó de ellos. Su respiración se agitó, sus ojos se oscurecieron, sus voces sonaban sensualmente enronquecida, sus corazones parecieron distinguir la necesidad de latir sincronizados, sus cuerpos se presionaron uno contra el otro; la naturaleza estaba haciendo lo propio, el cuerpo de Candy se humedeció íntimamente estimulado por la erección de la virilidad de Anthony. Ambos estaban listos.
Un aire de éxtasis total invadió la alcoba. Los labios de Anthony cubrieron lentamente los de ella, lamiendo, mordiendo y succionando gentilmente en su búsqueda por descubrir el cielo uno al lado del otro. Ambos sintieron que el suelo tembló bajo sus pies, comenzaron despacio, la noche era completa para ellos, la misma noche que de pronto se había tornado luminosa en el corazón de los amantes. Ella sintió la lengua de Anthony jugando apasionadamente con la suya, acariciándola, explorándola, invadiéndola, casi con hambre; los pequeños sonidos ocasionados por la exploración de Anthony se convirtieron en una dulce melodía que la enloquecía, invitándola a corresponder de la misma manera: Introdujo su lengua en la boca de Anthony reconociendo cada rincón sensualmente. Cada fracción de segundo lejos de la boca del joven le parecía una espera eterna. ¿Qué otra cosa podían pedir? Tenían amor, estaban vivos, podían sentirse vibrando en brazos del otro, estaban consumiéndose en el fuego de la pasión…, explorando, descubriendo y disfrutando. Una vez más la lengua de Candy envolvió la de Anthony dejando al joven totalmente desarmado sin tener la intención de liberarla a su vez. Se besaron apasionadamente, jurándose entre besos que no habría nada lo suficientemente fuerte para separarlos, que estarían juntos por la eternidad. Los dedos de él parecían tener vida propia dentro de los dorados rizos de ella despeinándola casi con desesperación; Candy se permitió disfrutar del sentimiento de desesperación que tenía su esposo por poseerla. Anthony la hacía sentirse hermosa, segura de sí misma, sensual, sexy. Ella se acercó más a su esposo aferrándose a su cuello. Una sola mirada de Anthony, el más leve roce de sus dedos fue suficiente para que la humedad de su entrepierna aumentara sin consideración.
Anthony se sintió renovado al inundarse de la presencia de su esposa: Sus caricias ardientes, su olor, su cuerpo, su aroma, su belleza… estaba completamente estimulado para pasear sus labios desde las mejillas hasta el cuello de Candy. Se sentía enormemente extasiado, enloquecido. Todos los demonios de su pasado lejos de ella fueron olvidados con su dulce regreso. Candy se entregó a sus deseos de dejarse llevar por sus instintos. Las manos de Candy complacieron a su compañero incrementando su audacia acariciando el cabello de Anthony. Estaba confiada en su esposo. Anthony besó su boca una y otra vez, su cuello, el lóbulo de su oreja casi hasta el egoísmo pues deseaba apoderarse de cada centímetro del cuerpo de la rubia, hacerla suya por completo. La corriente sanguínea de la chica se alteró con la naciente posesión de Anthony, toda esta corriente estaba ardiendo transportando este calor a cada rincón de su cuerpo. Un huracán no era tan peligroso como los arrebatadores sentimientos que se apoderaban de ella mientras que el galante joven la basaba una y otra vez. Parecía no poder saciar su apetito de ella.
Anthony llevó las manos de Candy a su cuello a fin de poder explorar sus curvas libremente. Acarició suavemente toda su espalda con movimientos ascendentes y descendentes disfrutando de la delicada figura que sus dedos reconocieron de inmediato.
–Podrías hacer lo que quieras conmigo Candy. –Ella entonces movió sus manos dulcemente acariciando su pecho, sus costados, su espalda. Anthony fue incapaz de contenerse por más tiempo, ella era tan hermosa, tan mujer; capturó su boca en la de él mientras levantaba las piernas de Candy para con ellas rodear su cintura. Lentamente caminó con ella sin liberar sus labios de sus ebúrneos dientes. Candy se dejó llevar emocionada por el atrevimiento mientras sentía cómo sus labios eran presos de la boca del rubio, aferró sus manos al cuello de su esposo y entrelazó sus piernas en su espalda. El heredero nuevamente acorraló a la joven en una de las paredes de su cuarto; con el peso de ella sobre su cintura, sosteniéndola firmemente de las piernas y acariciándolas con intrepidez. Ella sintió una enorme corriente eléctrica recorriendo su cuerpo. Completamente excitada, correspondió a los besos con el mismo fuego y pasión. Lentamente comenzó a besarla hasta llegar a su cuello, con sus dientes retiró la bata de los hombros de su esposa dejando a la vista su delicado camisón y su nívea piel. El joven millonario sonrió seductor al descubrir la pasión en los ojos de su pequeña. La respiración de la chica se había agitado ferozmente atrayendo los ojos del rubio hacia la erótica visión de sus senos ascendiendo y descendiendo rítmicamente rozando su pecho. La tentación fue demasiado fuerte para el joven, besó el cuello de Candy. Ella hizo su cabeza hacia atrás para permitirle sentirse libre en sus movimientos; se sostuvo firmemente del cuello de Anthony y cuando lo consideró oportuno, regresó para besar apasionadamente el cuello del joven y sus fuertes hombros. El acceso que ella estaba concediendo incitó al millonario para deslizar sus manos por debajo del transparente camisón. Con destreza ascendió deleitándose con la suavidad de la piel femenina hasta que con una de sus manos cubrió totalmente uno de sus senos.
-No sabes cuánto he extrañado acariciarlos. Parece que pasó una eternidad desde la última vez –confesó excitado.
-Sí. Eso pa… -Candy no pudo terminar por que la otra mano de Anthony estaba ya sobre su otro seno, masajeando ambos montes con audacia –eso parece –logró decir con aliento entrecortado, disfrutando de la manos del muchacho sobre ella. Los dedos del chico pellizcaban hábilmente los pezones rosados, erectos y firmes de Candy.
Ella gemía suavemente de placer entrelazando sus piernas con más fuerza para incrementar el contacto con quien esa noche se convertía en su hombre. Continuó mordiendo y lamiendo delicadamente el varonil cuerpo quien la estaba conduciendo al mismo cielo. Deslizó sus manos hacia la espalda de Anthony moviendo delicadamente sus dedos por algunos segundos y luego enterró sus uñas para continuar besando apasionadamente el lóbulo de su oreja. Sin duda alguna, la joven deseaba manifestar al chico que estaba disfrutando su encuentro.
Permanecieron en la misma posición durante un tiempo, acercándose, jugando con sus manos. Anthony se deleitó sintiendo los pezones sobre su pecho mientras ella sentía la masculinidad de Anthony presionado sobre su abdomen.
-Déjate llevar por tus instintos y confía en mí –Anthony estaba indicando que no pensaba detenerse.
-Quiero ser tuya –ella lo miró buscando el confort que demandaba.
Candy miró intensamente dentro de los ojos de Anthony, sus dedos se deslizaban en su cabello y acercó su cabeza a la de él. En un suave murmullo le confesó-:
-Quiero ser la mujer que necesitas, no quisiera decepcionarte.
-Candy… -Anthony se detuvo a contemplarla lentamente. Estaba agitada, sus mejillas sonrosadas, su bata había caído hasta sus antebrazos haciéndola lucir tremendamente sexy, los hombros que tantas veces había admirado y besado hoy lucían más deliciosos que nunca, sus largos rizos estaban bañados por la luz de luna, sus ojos obscurecidos lo miraban enamorados, sus largas y firmes piernas rodeaban su cintura; se sentía embelesado, anonadado, enamorado, fuera de sí. Ella era todo lo que siempre había deseado. Con cierta astucia deslizó la bata de Candy por sus brazos hasta hacerla caer al piso. Su deseo se incendió aún más cuando contempló a Candy solo son su transparentemente camisón.
Sonrió con seducción ante la visión y la necesidad que tenía de ella.
-No me cansaré nunca de estos tirantes –le dijo mientras sin preámbulo alguno deslizaba sus dedos debajo de cada uno de ellos para dirigirlos por los brazos de la rubia. Nuevamente llenó de besos el cuello de la joven y fue deslizándose lentamente hacia el sur. Ahora no había nada que le impidiera a sus labios llegar a morder los botones rosas que ya lo esperaban para ser dulcemente devorados. Con besos fue desnudando el pecho de su esposa hasta depositar sus traviesos dientes en cada uno de sus senos. Los dulces gemidos de ella estimulaban su deseo de hacerla sentir el mismo placer que él experimentaba al tenerlos en su boca, succionándolos, lamiéndolos, mordisqueándolos. Estaba perdido entre estos montes, se sentía como un chiquillo, sin embargo, se estaba comportando como el mejor amante: Ardiente, respetuoso, audaz, dulce… todo estaba mezclado en la personalidad del joven en la cantidad perfecta.
Después regresó a los labios femeninos mientras que la sostenía por la espalda para llevarla así, semidesnuda, directamente sobre el lecho. Con profunda delicadeza la recostó sobre la cama. Suavemente la cubrió con su cuerpo, sintiendo que la vida se le iba en cada beso. Deseaba tomarla, deseaba entregarse también a ella. Su esposa cerró sus ojos para disfrutar de sus caricias mientras se mantenía deseosa de que la tomara como suya… ¡Ya!
Ahora Anthony besó nuevamente el cuello de Candy fieramente para abandonarlo y bajar hasta su pecho. Candy correspondía a su esposo acariciando su cabello y tratando de mantener el contacto de sus cuerpos. Respondió a los besos con el mismo fuego, exigiendo con su actitud que su hombre intensificara sus placeres. Ella arqueó su espalda hacia él entregada al delicioso intercambio. El joven esposo atrapó ambos senos en sus manos y sin dejar de masajearlos suavemente besó el cuerpo de su esposa, bajó lentamente hasta llegar a su abdomen. Con suavidad abandonó el par de volcanes para acariciar el abdomen y luego sus caderas, sin perder detalles de las reacciones de la mujer entre sus brazos. Anthony se sintió complacido con sus suaves y apasionados movimientos como respuesta a los placeres recibidos. Con dulzura la despojó por completo de su ropa; deseaba demostrarle cuán grande era su amor. Separó gentilmente las piernas de Candy y ella se aferró a su espalda. Una vez más Anthony se acercó para besar su boca ardientemente a fin de beber de su alma y hacerla desear intensamente que su esposo penetrara en ella. Se sació de la desnudez de la joven. Así era justamente como tantas veces la había soñado. Para Anthony Brown, Candy era la perfección en cuerpo de mujer. Sus formas eran la ideales para el muchacho.
Te amo Candy. Eres muy hermosa. Me gustas mucho –se acostó a su lado para admirarla con adoración. Sus formas tenían las proporciones exactas para sus manos. Paseó su mano sobre uno de los muslos de la joven ascendiendo por su cadera desnuda deslizándola hasta llegar a su seno. Más que nunca su deseo por ella se incrementó.
Entonces la respiración de la joven se tornó más agitada, lo miró intoxicada por la pasión, provocando aún más la casi incontrolable excitación de Anthony. Le sonrió seductora. Sus miradas se declararon sus intenciones. Lo aprisionó en sus brazos, lo besó apasionadamente invitándolo con sus movimientos a cubrirla nuevamente con su cuerpo. Sintió la erección de su pene y se dejó llevar por sus instintos y por la cada vez mayor humedad de su intimidad que ahora palpitaba precipitadamente: La chica empezó a mover sus caderas incitándolo con su provocación. Anthony la sorprendió cuando en cambio, se dirigió hacia su abdomen besándolo delicadamente, continuó con su Monte de Venus al tiempo que ella lanzaba deliciosos y placenteros gemidos; estaba excitada, extasiada por los atrevimientos de Anthony como seductor prefacio. En un glorioso momento, la joven fue arrancada de la tierra para empezar su viaje al cielo; sintió la lengua del millonario acariciando su máxima intimidad hasta dejarla sin aliento. Tan solo pudo repetir su nombre:
-Anthony… -Candy tuvo que ahogar el grito que tenía en su garganta, su cadera comenzó con movimientos cada vez más demandantes.
Candy temblaba con las nuevas sensaciones durante el largo tiempo que el joven permaneció bebiendo de su cuerpo. Anthony era delicado y dulce, un caballero, pero seguía siendo rebelde e indomable pues tomaba lo que deseaba. El joven llenó los oídos de Candy de palabras ardientes y atrevidas mientras la saboreaba de la manera más íntima y audaz. La única respuesta de la chica se tradujo en sus dedos enterrados en el cabello del heredero convulsionando irremediablemente bajo sus orales atenciones. Anthony estaba emocionado al descubrir la pasión de su compañera. Descubrió además, cuán placentero es dar placer a quien amas. Continuaba masajeando sus senos y pellizcando sus pezones, Anthony se tomó su tiempo para contemplarla y encontró la imagen más deliciosa jamás pensada: Sus ojos estaban ardientes, sus mejillas sonrojadas, su pelo caía desordenando sobre la almohada.
Anthony… masculló –para el millonario, su nombre nacido de la ardiente de boca de Candy empezaba a ser indispensable.
Sí Candy, no te detengas, repite mi nombre. Necesito escucharlo una y otra vez, te prometí que te haría repetirlo toda la noche hasta que se quedara grabado en todo tu ser.
Anthony, Anthony, Anthony… –repitió excitada.
No tenía experiencia alguna con mujeres, pues jamás quiso gastar su vigor en los burdeles como muchos de sus amigos; se estaba también dejando llevar por lo que su cuerpo deseaba. Tampoco conocía muy bien los límites de su época y simplemente estaba convirtiendo a Candy en su mujer de la forma que él deseaba, haciendo lo que sus instintos indicaban. Los movimientos de Candy y su fuerte deseo le hicieron comprender que habían llegado al momento oportuno. Incorporó su cuerpo ligeramente admirando nuevamente el cuerpo desnudo de su esposa. Sus corazones latían a mil, respiraban agitadamente y sus ojos eran fuego puro. Ella deseó que Anthony terminara pronto con sus ropas pues ya no podía esperar; todo su cuerpo le exigía la presencia del joven dentro de ella para complacerla. Con destreza Anthony se despojó de su ropa hasta que estuvo completamente desnudo solo para ella. La desnudez del joven fue una visión que la ruborizó. Su atlético cuerpo; sus manos que podían ser a la vez fuertes y gentiles, su masculinidad lista para adueñarse de ella. Se sintió halagada de despertar ese tipo de deseos en un hombre como Anthony, quien la estaba amando y la llevaba al mismo cielo de tal forma que ella no se sentía avergonzada.
-Quiero llenarme de tí mi amor. Quiero saciar toda la necesidad que mi cuerpo y mi alma tienen por poseerte –Anthony miró nuevamente la silueta desnuda de Candy.
A Candy le parecía un milagro entregarse al primer amor de su vida. Deseaba con toda su alma cumplir con todas los papeles que debía jugar en la vida de Anthony. Hasta ahora habían sido los mejores amigos, confidentes, cómplices, compañeros; pero ella deseaba ser la compañera que cumpliera también con las fantasías eróticas del hombre que estaba a su lado. Anthony extendió sus brazos para acariciarla nuevamente mientras se colocaba sobre ella.
Cada parte de sus cuerpos nuevamente estaba en el lugar adecuado de la manera más íntima, como si estuviesen hechos el uno para el otro. Con suma delicadeza Anthony se preparó para penetrar a la joven que lo esperaba ansiosa. Un pequeño dolor le indicó que este era el momento en que se convertía en la mujer de Anthony Brown. El sabía que su esposa experimentaba su primera vez y se esforzó por ser dulce.
-Anthony… -ella quiso recordarle su naturaleza, pero él la detuvo con su mirada.
No tienes que decirlo mi amor. Lo sé –el fuego en la mirada de su esposo logró que la rubia olvidara sus temores y se concentrara en disfrutar su entrega. Supo que podía confiar en él.
Anthony penetró el cuerpo convulso de su mujer lentamente hasta que la barrera lo detuvo. Miró tiernamente a la chica y la besó apasionado. En ese instante hizo un segundo esfuerzo y logró entrar en su cuerpo llenándola por completo de su presencia. Continuó besando a Candy sin moverse para permitirle reconocerlo dentro de ella. La joven sintió un dolor similar al del filo de una espada el principio, después se acompañó de un ardor ligero que pronto disminuyó hasta desaparecer. De pronto, nuevamente las palpitaciones se hicieron presentes y lentamente la joven percibió un que calor recorría la totalidad de su cuerpo. Sin saber cómo, nuevamente inició con el movimiento de su cadera provocando a su ardiente invitado a que hiciera lo mismo. Sus corazones latían ferozmente. Sus miradas se buscaron complacidas por la pasión en los ojos del otro. Se atrajeron fuertemente en un abrazo de tal forma que no podían entender dónde terminaba el cuerpo de uno y empezaba el del otro.
Nuevamente se besaron apasionados mientras continuaban con los candentes movimientos pélvicos. Los embates del joven iniciaron suaves y dulces estimulando aún más (si eso era posible) el deseo de la chica; lentamente los embates fueron intensificándose hasta tornarse tan fuertes como la voz de Candy lo demandaba. El joven se esforzó por cumplir con la súplica de Candy de no detenerse. En ese instante sagrado, todas las malas jugadas del destino para ellos fueron saldadas. Su soledad se tornaba en la felicidad completa. Eran uno solo, no únicamente en su cuerpo; sus corazones latían sincronizados, sus almas estaban fundidas, sus destinos irremediablemente entrelazados porque esa había sido su decisión. Nada había en la habitación, excepto ellos y el tálamo, el lecho nupcial, la cama. Se entregaron sin medida hasta alcanzar el climax gritando sus nombres. Descubrieron que hacer el amor va mucho más allá del deseo físico. Significa materializar los sentimientos, incluir el alma y amor en su deseo. Significa hacer feliz a quien amas.
El calor de sus cuerpos, la pasión, el ardiente deseo, aunados a la belleza sobrepujaron cualquier concepto de entrega que la joven pareja hubiese imaginado. Se declararon su amor y su deseo de estar unidos por siempre. Ella llevó su cabeza hacia atrás gimiendo placenteramente mientras su espalda se curveaba para recibirlo. Tras repetir sus nombres con placer, ella sostuvo la cadera de Anthony con sus manos para que terminara dentro de ella. Quería que llegaran juntos al punto máximo, descubrir la felicidad plena. No quería separarse de él. Deseaba recibirlo totalmente sin importarle nada más: Solo él.
Candy… -Anthony estaba a punto de tocar el cielo.
Anthony. No te detengas por favor –la joven estimuló mucho más a su esposo; estaba lista para recibirlo, para llenarse de él.
¡Candy te amo!–El joven esposo gritó el nombre de su mujer liberando su pasión en ella. Contemplando la excitación de su esposa cuyo cuerpo temblaba sin control.
Cuando hubo terminado, se recostó sobre su amada describiendo en sus oídos las placenteras sensaciones que lo cubrían, todavía con sus cuerpos convulsionando. Estaban agitados, podían escuchar la carrera de ambos corazones, se sintieron deliciosamente agotados. Se abrazaron. Después Anthony se colocó al lado de su esposa. Ella era la mujer más bella. Con ternura se deshizo de algunos cabellos que caían sobre su rostro. Deseaba admirarla totalmente. Amarla después de haberla amado; hacerla sentir dichosa.
-Te amo Candy –la pasión había pasado para darle lugar a la dulzura. Anthony besó con ternura los labios de Candy y la atrajo hacia él en un abrazo envolvente –Te cuidaré, te amaré, te protegeré siempre mi amor.
-Te amo Anthony –ella se dejó cubrir por los tiernos brazos de su esposo –quiero estar contigo siempre. Es maravilloso ser tu esposa.
Su vida no podía ser mejor, estaban juntos en un nuevo refugio y un nuevo mundo que les pertenecía solo a ellos, ya nada ni nadie podría separarlos. Anthony permaneció en la alcoba de Candy solo una hora más mientras la contemplaba dormir, era un sueño hecho realidad sentir el calor del cuerpo de Candy que ya no sería más su pequeña, ahora se había convertido en una mujer… ¡Su mujer! ¡Había sido él quien le mostrara cómo usar su sensualidad! No podía pedirle nada más al cielo. La calidez del cuerpo desnudo de su esposa continua a la de él le hacía sentir un hombre completo.
Candy despertó por los rayos del sol que se posaban en su rostro. Un llamado a la puerta la devolvió del país de los sueños. Nunca en su vida había tenido un despertar más feliz. Buscó en su cama la dulce compañía de Anthony, pero no lo encontró. Se incorporó y encontró una nota de su amado amigo, esposo y amante.
Es mejor que me vaya. No he querido despertarte, hubiera deseado ver tus ojos abrirse esta, la mejor mañana de nuestras vidas y besarte para agradecer el preciado regalo recibido pero creo que no es conveniente que alguien me vea salir de tu alcoba por el momento. Te amo Candy, te amo más que a mi vida. Me llevo tu olor impregnado en mi cuerpo, por siempre y para siempre.
Tuyo… Anthony.
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De mi escritorio: Fue difícil. Jamás había leído tanta poesía y escuchado tantas canciones. Espero que les haya gustado y que haya valido la pena la espera. Quería subirlo el Miércoles 14 Ene 09, pero no me convencía. Créanme lo leí, lo corregí, le quité, le aumenté, hasta que estuve satisfecha con el resultado. Espero no haber lestimado los sentimientos castos y puros de quienes leen.
Estamos en la recta final: Dos más. No sé si sea el número de capítulos que faltan, pero es el título del siguiente capítulo.
Algunas de ustedes me han solicitado mi dirección electrónico, ya la puse disponible en mi profile, pero, si se les hace muy complicado; aquí la tienen: malinalli732008 arroba hotmail punto com.
Reeven, Jennie, Gizah, Moni, CHIO, Roni, Crispi11, Dy, Akela, amintajuliette: ¡Mil gracias por sus mensajes! ¡Mil gracias por su apoyo! Y gracias a los lectores anónimos que sigen esta fantasía.
Liliana: Gracias por compenetrarte conmigo por mi situación familiar. Todo está mucho mejor. ¡JaJaJa! ¡Espero que no cambies a tu maridito, dale un "format" y ya! No seas malita, dale chance.
Claudia: De nuez! Espero que hayas quedado satisfecha con el papucho de papuchos en acción. Que mal que ya no vayas a escribir tu fic. Yo ya tenía el título: "El papucho". Ya no llores por Candy en las escaleras.
Diana: También gracias por compenetrarte con mi experiencia de fin de año. Me agrada que estés en el limbo de las emociones, de eso se trata. Somos dos las que estamos sufriendo con la historia. Pero eso lo explicaré en mi último capítulo. Aprecio tus porras. Muchas gracias por tu constancia para animarme a seguir escribiendo, espero que sigamos en contacto. ¡Saludos hasta Guatemala!
Grisel: Ahí tienes… Ni una sola lágrima de Terry. Hubo ratos que pensaba que se me iba a quebrar, pero lo mantuve con cordura. ¡Es un tipazo! Ya no toy nojaa' con él. Lo he vuelto a amar, como lo hice en mi adolescencia. Ya olvidé a Héctor, Príncipe de Troya. (¡No! Eso jamás, JaJaJa). Y bueno… si te apuntas, ya la hiciste porque creo que sí: Lo voy a dejar solito en la historia. Estoy al pendiente de tu historia. ¡Me encanta!
NAN: Me agrada que disfrutes esta historia. Gracias a ti por leer. Gracias por darme la oportunidad de compartir mis locuras. Tengo el mismo corazón de condominio que tú, hagamos el Club de las polígamas de Candy Candy. Espero que hayas tenido mucho calor durante este capítulo. Estuvo más ardiente que el ocho, creo yo. Espero que no dejes de leer y compartir tu opinión. ¡Bienvenida al viaje de romanticismo y fantasía!
Caro: Insisto… Adoro los nombres nuevos. Yo también me cansé de pequeños ratitos de felicidad para Terry y Candy, por eso creí necesario que la chica se decidiera de una vez por todas, no era sano para ninguno de los tres. Ni para mí… me estaba volviendo loca. Tienes razón Terry es Terry… ¡Chin! Voy a tener que hacer algo para redimirme y ya estoy en pláticas para eso: Hay una chica que ha escrito muchísimos Terryfics y a mí me encantan (aunque no lo crean); así que le he pedido que me deje traducirlos al español y ella ha aceptado… bueno, no todos, son muchísimos. Cuando esté listo el primero (de los traducidos por mí), les haremos saber; el que he elegido para redimirme un poquito está precioso. Muchas gracias por compartir conmigo tus impresiones, espero que sigamos en contacto. ¡Saludos a República Dominicana! Me han dicho que es preciosa. Que tiene lindas playas y a mí eso me encanta.
Annilina: ¡Hola amix! Oye muchas gracias por tu idea de poner mi fic en otros sitios. Como ya estamos en la recta final creo que sí: Podemos hacerlo. Qué mal que hayamos compartido papis enfermitos. ¡Qué triste!. Espero que tu papi esté mejor. Me alegra haber colaborado en algo para despejarte. Espero ya pronto formar a las parejitas que quiero y que sigamos en contaacto. Estoy leyendo el fic que me recomendaste, comunícate conmigo; escríbeme para darme tu dirección. Esta vez Nanina no se puso en contacto, dile que he descubierto que está escribiendo un Anthony fic y no me había invitado a leerlo. Toy tiste. ¡JaJaJa!
Silvia: La verdad no estoy muy enterada de los motivos que llevaron a Mizuki para traumarme dos veces en mi niñez. Solo conozco el Anime/Manga y sus diferencias al salir al público. Espero que hayas disfrutado de este capítulo y la lenta pero segura participación de los nuevos personajes. Obviamente no podían llegar de la nada a ser personajes primarios, siguen siendo secundarios, pero servirán para quitarme mi segundo trauma. JiJiJi! Traté de apresurarme para subir este capítulo, pero la naturaleza del mismo me exigía más atención y dedicación. Pero procuraré mantener un buen ritmo. ¡Vamos hacia el fin! Seguimos en contacto.
Acuario: Es lo más mal que me he sentido desde que empecé a publicar el fic. Te considero mi amiga y siento horrible que estés sufriendo. Gracias por a pesar de todo tu dolor echarme porras. Ya no leas la historia amiga, nunca debes hacer algo que no quieres. Ya no quiero que llores. TQM.
