Disclaimer: La trama le pertenece a G. Showalter y, los personajes, como todos sabemos, son exclusivamente de Meyer.

Hola chicos, bueno, primero agradecer sus muestras de apoyo tanto en esta historia y en A&F, los quiero mucho. Después quiero aclara que las fechas oficiales de actualización son cada tres días, así que, espero que disfruten este capítulo. Un beso.


CAPÍTULO DIEZ

Un segundo transcurrió como si se tratase de un día, Isabella recordó los placeres del hogar de Jasper y convocó unas pocas armas. Una chica tenía que estar preparada cuando los malvados monstruos la perseguían. Lamentablemente, nada le apareció en la mano -ahora sorprendentemente curada- o en cualquier otro sitio, lo que significaba que no estaba en otra nube. Qué putada. Ya había buscado en cada rincón, en cada pieza de mobiliario, pero no había encontrado nada. Ni siquiera una muda de ropa.

Dio unos toquecitos en las paredes, explorando todas las puertas por las que los demonios podrían intentar entrar, pero no había nada parecido a una grieta, cómo si la única forma de entrar o salir fuera a través de... ¿teletransportación? Eso era lo que estaba haciendo Jacob, apareciendo dentro y fuera ¿cómo lo hacía?

¿Y por qué el tío quería a Jasper fuera de los cielos? Se preguntó por millonésima vez. Esperando no haber cometido un fatal error con el intercambio. Fatal. El pensamiento la volvió a centrar en Jasper. Sangre fresca había empapado nuevamente la túnica, causando que el material se le pegara al cuerpo, el obsceno rojo frente a la pureza del blanco. En el cuarto de baño, reunió los pocos paños que quedaban y un pequeño cuenco con agua. Pero en el momento en que tenía los suministros situados en torno al ángel herido, la sangre ya había desaparecido.

¿Cómo había hecho eso? El fenómeno había ocurrido varias veces antes y de alguna manera ella esperaba que las lesiones se le hubieran curado. Pero a cada momento, esa esperanza había sido en vano. Suavemente levantó el dobladillo de la túnica, dejándole al descubierto las piernas, la decepción tiro a través de ella. Él todavía seguía herido, algunas partes de él todavía estaban retorcidas en extraños ángulos. Tenía profundas heridas por todas partes y el abdomen... Oh, pobre Jasper. No, las heridas no habían cicatrizado en esta ocasión. Se estaba muriendo.

Sus padres, muriendo... muertos. No pueden ser salvados, se han ido para siempre.

Oh, no. No iba a ir por ahí.

Se obligó a pensar en otra cosa. Ya que por primera vez en cuatro años, tenía un propósito, una meta alcanzable, protección, y para ser completamente honesta consigo misma, una atracción colosal hacia un hombre. La hipnótica belleza de Jasper la había embelesado. Su insistencia sobre la verdad la encantaba. Su fuerza la fascinaba. La había protegido y la había intrigado durante las pocas conversaciones. Él no era muy risueño, pero sospechaba que había estado muy cerca de divertirle en algunas cuantas ocasiones.

Yo quiero que viva.

Él estaba... Ella estaba... Ella...

Se había quedado dormida, lo notó al despertarse con la barbilla apretada contra el esternón. Con un agotamiento abrumador, ella se posicionó a los pies de la cama, lista para entrar en acción si alguien entraba a la habitación.

¿Dónde estás, Jacob?

El silencio de la habitación fue roto sólo por la dureza de la respiración. Despreciaba ese silencio, hasta que Jasper comenzó a lanzar un gemido agónico tras otro.

Ella volvió a su lado, le susurró, pero sus gemidos sólo crecieron en volumen. Él golpeó, la sangre le empapó la túnica y el edredón debajo de él. Pronto prácticamente estaría flotando en una piscina abarrotada.

¿Cuánto más él podría soportar perder?

—Matarlos —rechinó—. Tengo que matarlos.

¿Matar a los demonios? Probablemente. Ellos le habían hecho esto, después de todo.

—Matarlos.

—No te preocupes. Lo hiciste. Los mataste —dijo en voz baja.

Ella no tenía conocimientos médicos, no tenía ni idea de qué hacer para ayudar a Jasper. Aplicar presión en la herida, la única cosa que sabía hacer cuando alguien se desangraba, no ayudaría en este caso. Aplicó presión directamente sobre... sintió arcadas... podría hacerle más daño.

—¡Matarlos!

—Lo hiciste, cariño. Lo hiciste.

Isabella extendió el abrigo de piel sintética que Jasper le había dado en la cama y se tendió junto a él, deslizando los dedos sobre su frente. Su piel quemaba por la fiebre, el frío quedó atrás. Él se inclinó hacia el toque, e hizo un pequeño gesto de alivio.

—Salvarla.

A ella... ¿Isabella? De eso, no estaba tan segura.

—Tú lo hiciste. Me salvaste.

—Ya... regresé —dijo una voz entrecortada desde el otro lado de la habitación.

Ella se sacudió por la sorpresa, entonces, casi gritó de horror cuando vio a Jacob. O, más exactamente, lo que quedaba de Jacob.

Sus manos estaban cruzadas sobre el pecho, los grandes dedos envueltos alrededor de algo claro y fino. Se dejó caer de rodillas, ya no pudiendo sostenerse sobre su propio peso, la sangre goteaba de su ahora rapada cabeza. Atrás quedó la túnica. Estaba sin camisa, con un pantalón flojo colgando y cubriéndole las piernas.

Isabella salió de la cama y corrió a su lado.

—¿Qué te ha pasado?

—Haz... que... beba.

Jacob cayó de bruces al suelo, extendiendo los brazos, algo transparente y fino -un vial- rodaba ahora desprendido de su agarre ahora liberado.

La espalda. Oh, dulce misericordia, la espalda. No quedaba carne, el músculo machacado y el hueso fracturado.

—No... me lo... des. —Los ojos se le cerraron, como si los párpados fueran demasiado pesados para mantenerlos abiertos—. Solo a él.

Las náuseas se agitaban en el estómago. Estaba, un poco, acostumbrada a la sangre teniendo en cuenta con lo que había estado tratando estas últimas veinticuatro horas y estaba acostumbrada totalmente a la violencia. Pero esto... tanta en un espacio tan corto de tiempo... al igual que en el pasado... se levantaba para consumirla...

Durante un momento, se quedó petrificada en el sitio, los recuerdos la inundaron, ahogándola, devastándola. De alguna manera encontró un salvavidas -salvar a Jasper- y tiró, tiró, tiró de ella hacia la superficie.

«Haz que beba», le había dicho Jacob. Temblando, recogió el vial y regresó al lado de Jasper. El tapón resultó ser un problema y luchó para retirarlo, sintiéndose como una idiota cuando ella tiró

y falló, tiró y falló.

—¿Es la misma sustancia que él me dio?

¿La misma sustancia que la había herido antes de salvarla?

—Sí —dijo Jacob.

Finalmente, el bíceps de Isabella lo logró y el corcho saltó libre. Como estaba inestable, derramó varias gotas por el lado de la mano.

—Lo siento, Jasper —susurró.

Debido a que no tenía ni idea de cuánto un hombre grande como él necesitaría, sobre todo porque era inmortal en lugar de un ser humano -¿demasiado le provocaría una sobredosis y le haría daño, o muy poco haría que sea extremadamente lento?-, le derramó la mitad de la botella por la garganta.

Pasó un momento, luego otro y no ocurrió nada.

Bueno, ¿qué esperabas? Él...

Gruñó, inclinando su cuerpo. Cerró los puños contra la cabecera, agrietando la madera. A continuación le dio un puñetazo al colchón con tanta fuerza, que Isabella rebotó cayendo en el suelo, además de derramar el líquido que todavía tenía en el vial.

Ella se puso de pie, esperando ver la reparación de sus heridas, pero... él siguió revolviéndose, sangrando, gruñendo.

Al rojo vivo la furia le recorría las venas, no dejando nada más que cenizas a su paso. No era de extrañar que Jacob le hubiera dicho que no le diera nada de líquido. ¡Es veneno! ¿Y fue estúpido haber confiado en él? Bueno, ella tenía...

Tan pronto como Jasper había entrado en erupción, se tranquilizó. Su cuerpo se hundió contra la cama y lanzó un ligero suspiro. Ante la vista, los huesos se recolocaron. La piel se junto de nuevo, hasta que no quedó ni un solo moretón o rasguño. Con los ojos desorbitados miró la botella.

—¿Qué era esto?

—El agua de la vida.

Jasper se irguió, explorando lo que le rodeaba, parecía querer percibir todo de una sola vez.

—¿Dónde estamos?

—Estás curado. —Las palabras se la escaparon, cabalgando en olas de asombro.

Ojos esmeraldas cayeron sobre ella, tan claros como el líquido del -¿Agua de la Vida?- y totalmente libres de dolor. Una vez más, poseía un rostro cincelado de ensueño y perfeccionado por las fantasías, encantador de una forma que ningún mortal jamás podría esperar ser.

Se quedó sin aliento, y la sangre se le calentó con algo más que furia. Quería gritar de alegría y arrojarse en sus brazos. Ella quería bailar y cantar acerca de la maravilla de este gran milagro. Quería... más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Has sobrevivido —dijo Jasper. Toda la emoción se había borrado de su voz, sin ofrecer ningún indicio de cómo se sentía.

—Lo hice. Debido a ti, así que gracias. Lo cual, ya lo sé, no es un pago adecuado. Te llevaste la peor parte del impacto tu mismo y todo lo que te puedo ofrecer son palabras. Lo siento —estaba balbuceando, sabía que estaba balbuceando, pero no podía parar—. Si tuviera más, me gustaría darte más.

—Me gustaría decir que fue un placer. Sí, me gustaría decir eso, pero el golpe duele.

Isabella ahogó la risa.

—¿Acabas de hacer una broma?

—Una broma, ¿cuándo sólo digo la verdad? —movió los dedos hacia ella—. El Agua de la Vida —repitió—. Dámela.

—Oh. Toma. —Le tendió la botella.

Poco a poco, con cuidado le quitó la botella del fuerte apretón de Kung Fu.

—¿Quién te dio esto?

—Jacob.

En sus ojos, ella vio una llamarada de conmoción que ni el estoico Jasper pudo ocultar.

Quizá, ¿el otro guerrero había roto algún tipo de regla?

—Pero asumo toda la responsabilidad —agregó—. Le pedí que lo hiciera. Por lo tanto, cualquier sanción debe ser para mí.

Jacob había hecho más que venir por ella y por Jasper. Ella se lo debía y de acuerdo con su nuevo lema, tenía que pagarle.

—¿Dónde está?

Por mucho que le gustara Jasper, por mucho que le debiera, también, ella no le conocía, no realmente, y no tiraría al otro hombre directamente al fuego.

—¿Qué vas a hacer con él?

Un músculo latió en su mandíbula.

—Yo no le haría daño a un hombre que me ha ayudado, si eso es lo que estás insinuando.

Muy bien. Señaló al guerrero aún inconsciente en el suelo.

—No le hice daño, tampoco. Él se fue y volvió así.

Jasper se puso de pie, su túnica cayendo a sus pies. Volvió a colocar el tapón en la botella, un momento después, todo despareció.

—¿Cómo hiciste eso? —No pudo menos que preguntar. ¿Qué había hecho?

—Escondí el vial en una pequeña bolsa de aire que ahora obligaré a que me siga.

Pasó junto a ella, con cuidado de no tocarla, como si de repente fuera tóxica.

Mensaje recibido. No quería nada más con ella. Y mis sentimientos no serán lastimados. ¿Qué era un rechazo más, de todos modos? Era un monstruo, una asesina, una muchacha loca que veía monstruos, más o menos un millar de personas se lo había dicho. Así que ella sólo se había pasado un día entero preocupándose por la salud de este hombre. Un hombre que sabía la verdad

sobre ella. Un hombre que previamente la había protegido. ¿Por qué aquel cambio repentino?

Un silbido surgió de la respiración mientras se agachó junto al hombre herido, deslizó su mano sobre el cuero cabelludo que tenía trasquilado.

—¿Cómo pudiste dejar que te quitaran el pelo, guerrero? ¿Por qué?

Isabella podía adivinar la respuesta a la segunda pregunta, pero ella le había dado su promesa a Jacob de que nunca discutiría los detalles de su acuerdo. Por lo tanto, permaneció en silencio. Lo que quería saber era por qué Jasper estaba más molesto por la calvicie de su amigo recién descubierto que por la condición en la que se encontraba la espalda del hombre.

¿Debido a que ambos hombres eran guerreros hasta la medula? ¿Debido a que el dolor físico les importaba poco, ya que habían sufrido mucho? ¿Por qué al perder algo preciado, como Jacob debía haber sufrido al perder su pelo, era mucho peor que cualquier herida?

Y sí, ella sabía que había apreciado su pelo. La complejidad de los abalorios revelaba el tiempo y la atención que le había prestado.

—No hace mucho que lo conozco, tan solo tres meses, pero la primera cosa que aprendí de él fue su amor por su cabello. En todos los siglos, nunca se lo había cortado —dijo Jasper, con un revestimiento de tristeza bordeando su tono—. Ni siquiera un pequeño corte. No sé por qué, pero

por lo que la Deidad me dijo de él, sospecho que tiene algo que ver con su padre.

Así que muchas preguntas se deslizaron a través de la mente.

—¿Su padre? ¿Así que los ángeles nacen?

—Algunos de los ángeles de la Deidad nacían... nacen, sí, pero algunos fueron creados en su totalidad; formados y dados a él por el Altísimo.

—¿Qué fuiste tú?

—Nací —levantó tiernamente a Jacob en sus brazos. Cada paso cuidadoso, medido, llevó al robusto salvaje a la cama y lo acostó boca abajo—. El pelo nunca volverá a crecerle, sabes.

—¿Pero por qué?

—El sacrificio fue presentado y aceptado. Si el cabello pudiera crecerle de nuevo, el sacrificio no habría significado nada.

Y le pedí que hiciera esto. La culpa se le estableció sobre los hombros, estuvo a punto de hundirla hasta las rodillas.

—¿Estás seguro?

—No del todo, no, pero conozco al Concilio. Así es como operan.

Bueno, entonces.

—Voy a tomar esto en el sentido de que hay una posibilidad de que su pelo vuelva a crecer. Él me dijo que no le diera nada del... agua —indicó—, pero seguramente le ayudaría. Aliviaría su dolor.

—Beber ahora lo destruiría, de la peor manera posible, porque no se nos permite sanarnos a nosotros mismos con el Agua de la Vida, cuando las heridas que recibimos son para obtener el agua. A otros ángeles incluso se les prohíbe ayuda de ningún tipo durante el proceso de curación.

Pobre Jacob.

—¿Es un ángel?

—Sí. Perdió sus alas hace mucho tiempo.

—Y ahora ha perdido el pelo.

Las lágrimas le brotaron de los ojos. No es de extrañar que Jasper no tuviera ganas de tocarla. Era una amenaza, arruinando las vidas de todos los que la rodeaban. Siempre lo había sido.

Suspirando, Jasper recorría con los dedos el sangrante cuero cabelludo. La cabeza de Jacob no

había sido afeitada, lo notó en una inspección más cercana, sino que el pelo había sido arrancado limpiamente.

—Te odiará si sientes lástima por él —dijo.

¿Una advertencia para los dos?

Jacob había dicho algo similar sobre Jasper. Si los dos no tenían cuidado, el orgullo les haría perder la oportunidad de unos buenos mimos.

—No, no lo hará, porque él nunca lo sabrá. Si puedes sacarnos de aquí, quiero decir. No puedo quedarme. He estado aquí mucho tiempo ya, y los demonios...

Jacob no estaba en condiciones de luchar contra ellos.

—Eventualmente te encontrarán y sería mejor si no encuentran el escondite secreto de Jacob —terminó Jasper por ella.

—Exactamente.

—No importa lo fuerte que tu atracción sea para los demonios, no deberían haberte encontrado en mi nube. No deberían haber venido a por ti.

—¿Qué es exactamente lo que les atrae?

En la institución, él había mencionado el odio, la mentira y el impulso de cometer actos de violencia, pero ella había hecho todo lo posible para centrarse sólo en cosas buenas.

—Lo que te dije antes es cierto —dijo, como si le leyera la mente—, pero tú eres un caso especial. Tu cuerpo lleva la esencia del demonio que te ha marcado y esa esencia irradia de ti.

Parpadeó sorprendida. Una respuesta tan simple, pero que le cambiaba la vida por completo. No había nada que pudiera hacer para evitar irradiar una esencia que ni siquiera podía sentir.

—¿Cómo me marcó?

Jasper se dirigió a la cómoda y removió en los cajones, sacando una túnica.

La urgencia le bombardeaba, apenas se pudo contener de agarrarlo por los hombros y sacudirlo.

—¡Dímelo! Él me besó y me lamió, pero tuve que haber entrado en contacto con él antes debido a que el cambio en mis ojos pasó antes de eso y como una vez alguien de manera tan dulce me dijo, mis ojos pertenecen a un demonio. —Él no dijo nada. Y ella continuó—: La mañana del ataque, mis ojos se sentían como si hubieran sido arrancados y sumergidos en acido. Y después de eso, mis padres... Ese primer demonio... —Se aclaró la garganta—. No entiendo por qué vino. Era mi cumpleaños y yo sólo había tenido aquel sueño increíble. Debería haber sido un día perfecto.

Jasper se tensó.

—¿Sueño?

—Sí.

—¿Lo recuerdas?

—Por supuesto. Lo he revivido una y mil veces.

Tenía la esperanza de averiguar lo que estaba mal con eso. Al principio, ella lo amaba. Pero cuanto más la escena había jugado en la mente, más se había dado cuenta de que algo había estado... mal.

—Cuéntamelo.

—Un macizorro Príncipe Encantador salvándome de dragones que escupían fuego y preguntándome si estaba dispuesta a ayudarle. Le contesté que sí. Me dijo: «Te amo y quiero estar contigo» y le contesté: «Qué tierno», y me dijo: «Vas a ser mi mujer», y le contesté: «Sí», y él me dijo: «Entonces somos uno». Después me desperté con el dolor más angustioso que alguna vez hubiera sentido.

Jasper se pasó la lengua por los dientes.

—El príncipe era el demonio y te engañó para que aceptaras su reclamo.

—Eh, no. Sólo fue un sueño.

Un sueño que se había pegado a ella desde hacía años...

—No, sólo creíste que era un sueño. Él manipuló tu mente, la cual era vulnerable cuando estabas en el sueño. Cuando él te pidió que fueras su mujer, y tú estuviste de acuerdo, te convirtió en su esclava.

—Pero eso es... No quise decir... Nunca... ¿Ellos pueden hacer eso a la gente? — chilló.

—Si un ser humano lo permite, sí.

—Pero... ¿Cómo iba yo a saber lo que estaba pasando?

—Tú podrías haberlo sabido, si hubieras sido entrenada para distinguir la verdad de la mentira. —Cuando se detuvo frente a ella, tiró de la túnica por la cabeza de ella— . Para mantenerte limpia y abrigada.

El material se pegó a ella, cubriéndole los brazos y arremolinándose a los pies.

—¿Deseas cambiarte la ropa? —le preguntó.

—Sí.

Gracias a la túnica, ella fue capaz de contorsionarse hasta sacarse la ropa sucia y desgarrada.

Cuando terminó, se dio cuenta de que en la piel sentía una comezón y las células burbujeaban, como si cientos de mariposas le estuvieran dando un baño con esponja. Fue una sensación muy extraña, y no estaba segura de si la túnica o la cercanía de Jasper eran los responsables.

Él le levantó el pelo del cuello, sus dedos se deslizaron por la nuca, lo que la hizo estremecerse.

La cercanía. Definitivamente la cercanía.

Él no se apartó, como ella esperaba, se quedó, diciendo:

—Suave.

Bueno, qué sabes tú, pensó. Él no se oponía a tocarla, después de todo.

—¿Por qué evitaste entrar en contacto conmigo antes? —preguntó, apartándose del tema de los demonios. En este momento, necesitaba un descanso mental—. Y no trates de decir que no fue deliberado. Básicamente retorciste tu cuerpo para poder mantener la distancia, un movimiento que yo inventé para establecer los límites con otros pacientes.

—Pierdo la pista de todo lo importante cuando estás cerca de mí —refunfuñó.

Todo lo importante, había dicho. Es decir que ella no lo era. Agradable.

—Qué romántico —murmuró, dándole una palmada en la mano—. Tienes suerte de que no sea una de esas chicas que se echa a llorar con cada pequeño insulto.

—Eso no fue un insulto. —Frunció el ceño, y aunque ella sabía que no había querido decirlo con sensualidad por su expresión de frialdad, le provocó un latido erótico dentro de ella, que se mezclaba con la necesidad—. Y no estoy tratando de tener un romance contigo.

—Créeme, lo sé.

Frunció el ceño más profundamente, se apartó de ella, poniendo fin al contacto.

—¿Quieres que tú y yo tengamos un romance?

Sí.

—No.

No te sientes muy aficionada a los hombres en este momento, ¿recuerdas? Ni siquiera a un masculino y sexy ángel.

—Entonces, como decíamos —Jasper se aclaró la garganta, e incluso se empapó con su sensualidad innata—. Hay que matar al demonio que te hizo ese reclamo.

Los demonios de nuevo. El receso se había terminado.

—Cuando aceptaste ser su esclava —continuó—, le diste permiso para hacer lo que quisiera contigo. Sin embargo, cuando él muera la marca se desvanecerá y los otros, los secuaces más débiles, perderán el interés por ti.

—Así que... ¿el cazado debe convertirse en cazador?

—Exactamente. Si nosotros no hacemos esto, nunca encontrarás la paz.

Espera.

—Dijiste nosotros.

—Sí.

—¿Estás dispuesto a ayudarme?

Le había prometido entrenarla, sí, pero esto iba más allá de un entrenamiento. Esto era la dedicación a una causa que no era realmente suya.

—Sí —repitió.

La gratitud estuvo cerca de abrumarla.

—Yo te debo una a ti, no al revés. ¿Por qué... —Ella apretó los labios. Si seguía por esa línea, podría hablarle sobre el motivo por el que la ayudaría—. Gracias. Simplemente... gracias.

—De nada. Una vez que estés libre de la esencia del demonio, puedes vivir una larga vida, una vida feliz por tu cuenta. No estoy diciendo que nunca habrá otra tormenta, son simplemente una parte de la vida. Pero nunca volverás a experimentar truenos y relámpagos como éstos.

Con sus palabras, la respuesta a la pregunta inconclusa de antes se reveló. Jasper quería liberarse de ella. Eso dolió, pero ella no se quejó. Trataría con la ayuda, no importaba la razón que hubiera detrás.

—Sé que ya vas por encima y más allá del deber, pero necesito algo más de tu ayuda —dijo, mirándose los pies—. Vas a... bueno, eh, ¿podrías pasar conmigo el mes que viene... lejos de los cielos a menos que tengas una batalla que pelear? ¿Sin preguntarme por qué?

Una pausa. Una muy larga pausa. Ella levantó la vista. Furia y placer ardían en los ojos de Jasper. ¿Furia? En realidad, ¿por qué el placer? No importa.

—Por favor —dijo.

—No voy a preguntar por qué me quieres fuera de los cielos. No es necesario. Conozco el camino de los ángeles y puedo adivinarlo. Lo que quiero saber es si tuviste que negociarlo —dijo bruscamente.

—¿Negociar el qué? —preguntó, intentando transmitir inocencia. Pero espera. Algo que había aprendido tanto de Jasper como de Jacob era que cuando uno no quería responder a una pregunta y eludirla no funcionaba, tenías que exigirlo directamente—. No importa. Pasarás el próximo mes conmigo.

—¿O qué?

En un latido de corazón estaba delante de ella, con su mano una vez más envuelta alrededor de la nuca. Él tiró de ella más cerca, no dándole tiempo a protestar o resistirse.

—O... eh... no puedo ni siquiera ponerlo en palabras, ¡es algo terrible!

—Falso. No vas a hacer nada, eso harías. Pero, bien. Te voy a dar una respuesta de todos modos, y te doy un mes de mi tiempo —dijo las palabras con voz sedosa, indulgente, revestido con fría determinación en su voz—. Por un precio. Ves, sé cómo negociar.