Ekaterina lo miró detenidamente, sus ojos, su complexión física, su forma de vestir. Lo analizó centímetro a centímetro, como si nunca en la vida lo hubiera visto.

Como si fuera un extraño...

Memorias de la niñez la invadieron, ahogándola en recuerdos que solo le rompían el corazón en pedazos diminutos. Recordó al niño que la protegía de las más aterradoras pesadillas. Al dueño de la cama en la que se colaba cuando se sentía sola o sus padres peleaban. El confort que sentía cuando aquel le abrazaba o le acariciaba. Eso no había desaparecido, las sensaciones, los buenos recuerdos, el amor que sentía por él, y el dolor que le produjo su abandono, seguía ahí, calando desde lo más profundo de su corazón, luchando por salir, por explotar en aire.

Así era, ella recordaba todo, a pesar de su corta edad, su memoria guardaba todo para después no caer en los errores, ajenos o propios, del pasado. Como, darle a ese hombre, que estaba inmóvil frente a ella, todo lo que él tiró a la basura sin piedad.

Para ella, ahora él era un extraño...

Ella entró al aula con la mirada vacía, sin vida. Se presentó ante sus nuevos compañeros y tomó asiento en el lugar indicado por la profesora. Una mesa para dos, con ambos espacios vacíos.

"Genial" Dijo para sí misma.

Su hermano entró después e hizo lo mismo que ella anteriormente, luego se sentó a su lado.

Los primeros veinte minutos de clases pasaron entre cavilaciones y reflexiones. Años habían pasado desde la última vez que le vio, desde que, entre lágrimas, le rogó que no la abandonara. Pero, si quería entender el camino que él había decidido tomar, debía ponerse en sus zapatos. Él tenía la responsabilidad de cuidar de ella y su hermana, de dos niñas de su misma edad. Una responsabilidad que no le correspondía a un niño.

La vida en el orfanato no era mala, pero no fue maravillosa, era más que obvio que él quería salir de ahí cuanto antes y esperar por sus hermanos se les hacía eterno.

Pensó en todas las veces que la añoranza de poder, tan solo, hablar con él le había hecho llorar. Pensó en las noches en vela en la que sus dulces palabras le habían hecho tanta falta. Y en lo feliz que se ponía cuando se enteraba que él había ido a visitarla.

Sintió el peso de una mano sobre su hombro derecho y vio una nota en su escritorio. Miró al lado confundida, su hermano señalaba a la profesora bajo la mesa. La profesora repitió la pregunta que había formulado dos veces ya:

— Ekaterina- san, ¿puede decirnos el resultado de la operación que está en el pizarrón? —

Ella miró la pizarra, el problema, nunca fue buena en matemáticas, y ese problema no tenía ni pies ni cabeza, para ella. Entonces, miró la nota en su escritorio: 324.

— ¿324? —

— Exacto. —

La profesora la miró de reojo y continuó con la clase. Ella miró a su hermano, a su lado, prestando atención. Su hombro seguía tibio, la sensación de su mano en su piel la llenó de añoranza y ese gesto... Aún, después de tantos años, él seguía pendiente de ella, seguía cuidándola. Sin dudarlo, llegó a una conclusión.

Al terminar la lección, ella se aferró a su chaqueta y le pidió que la acompañara arriba, a la terraza. Mio se había ido antes, seguro para contarle a Miky.

¿Cómo reaccionaría su hermana?

Sin darse cuenta habían llegado a la terraza y él miraba el horizonte con sus manos aferrados a la maya. Antes de que cualquiera pudiera hablar, Miky irrumpió en el lugar.

— Piensas que puedes venir aquí y todo será como antes... — Vociferó.

Detrás de ella Haruka, Makoto, Mio, Rei y Nagisa, entraron faltos de aire.

— No te lo dije para que hicieras un escándalo. — Le regaño Mio.

— Tu no hables, — Siseó, — Vamos habla, dile donde te estas quedando. —

Luka ni siquiera la miraba, su vista seguía clavada en el horizonte.

— Haruka le ofreció una habitación en su casa, desde hace un mes. Ellos lo sabían y no dijeron nada. —

— ¿Es cierto, Haru? — Preguntó Eka.

— Solo quería ayudar... — Dijo esquivando su mirada.

— ¿Qué haces aquí? ¿Te patearon el trasero y vienes a buscarnos? ¿Ya recordaste que tienes hermanos?—

— Miky- chan, él solo quiere... —

— ¿Cómo pudiste ocultarme algo tan importante, Nagisa? Yo creí que te importaba... Ya no quiero hablar contigo, nunca más...—

El rostro de Nagisa se ensombreció, sin poder hablar o defenderse, de repente todo se volvió un caos, Rei intentaba defender a Nagisa y Makoto atender los reclamos de Mio. Haruka miraba a Eka, preguntándose si ellos también terminarían... Entonces...

— Cierren la boca todos. — Gritó Eka. — Mikaela, Mio, ellos solo tienen buenas intenciones. Onii-san también, somos una familia, somos amigos, y estamos en la escuela, no griten. —

Miky giró el rostro avergonzada por su reacción y cerró la boca. Eka continuó...

— Si Onii-san necesita ayuda, es nuestro deber ayudarle, porque somos hermanos y los hermanos están juntos en las buenas y en las malas, aunque hayan peleado. ¡Discúlpense ambas! — Ordeno.

Ambas se disculparon...

— No han cambiado nada, Mikaela sigue tan escandalosa como siempre. Mio no deja de meterse en donde no la llaman. Y tú, tan dulce como siempre. — En su rostro se dibujaba una brillante sonrisa, mientras que Miky y Mio hacían pucheros. — No saben cuánto lo siento... Yo nunca...—

Su disculpa se vio interrumpida por un fuerte abrazo de Eka, sus ojos se llenaron de lágrimas y devolvió el abrazo, al cual se unió Miky, y poco después Mio.

Cuando las cosas se calmaron, hablaron y arreglaron las cosas, la campana sonó y regresaron a clases.

Ese día, al ocultarse el sol, las estrellas brillaron como nunca antes, porque a la mañana siguiente, las cosas serían diferentes.

Klaus y Nicolai debían admitirlo, estaban más nerviosos que una novia minutos antes de su boda. El pastel en el horno amenazaba con quemarse, la salsa con secarse y la comida con arruinarse. Klaus sacaba el pastel de carne del horno, con las mangas enrolladas y la camisa a medio poner, Nicolai se ponía la corbata mientras ponía la mesa y Haru cuidaba de la comida con su típica expresión seria, aunque por dentro el estómago se le encogía y amenazaba con devolver la caballa con salsa Lizano y piña del desayuno.

Miky y Mio subían y bajaban buscando accesorios que habían dejado tirados por toda la casa, a veces solo en medias, o con vestido, otras veces con pantalones y blusa distinta. Nagisa había perdido la cuenta de cuantas veces se habían cambiado de ropa, pero miraba entretenido la escena, no todos los días esa casa parecía estar en caos. Generalmente, ellos seguían un riguroso horario, casi militar, pensó con ironía. Sin embargo, hoy las cosas habían comenzado con el pie izquierdo.

Comenzaron el día dos horas después de lo estipulado, por lo tanto las compras del desayuno se habían atrasado. El almuerzo estaría listo para la una y no para las doce, como habían planeado, por suerte, los cinco nadadores habían decidido llegar antes para ayudar con las preparaciones. Por este motivo, Haruka y Rei se encargaban de la cocina, mientras que Makoto, Rin y Luka ponían la mesa en la terraza. Sí, el invitado para el almuerzo era Luka había llegado antes y como aún no estaban listos, decidió ayudar.

A la una en punto del sábado, los cinco hermanos, Mio, Gou y los cinco nadadores, estaban en medio de un cálido almuerzo familiar, al que habría asistido Mikoshiba, si Rin le hubiera dicho, como se lo había prometido a Gou. Fue un reconfortante almuerzo que unió más a la familia, a todos en realidad.

Si darse cuenta, dos meses habían pasado. Luka seguía durmiendo en casa de Haruka, debido a que sus hermanos aún no sabían todas las pestes que planeaba su padre, bueno, Nicolai y Klaus sí. Él se los había dicho el mismo día de la reunión, que planeaba tomar la custodia de las muchachas y buscaba cualquier manera de sacar dinero de ellos. Pero, no lo hacía, porque aún no sabía dónde vivían.

Ese hombre malvado y ambicioso estaba en Tokio, usando todos sus contactos para dar con ellos, para hacer su próxima jugada. Luka les dijo como trabajaba, una vez que hallaba a su presa la hostigaba hasta que esta se diera por vencida. Ese hombre jugaba sucio y era una completa basura. Luka les contó que era miembro de una red de prostitución y que estaba metido hasta las orejas en toda clase de negocios sucios, además de deudas.

La razón por la que quería la custodia de una escritora famosa y una modelo reconocida mundialmente era simple, dinero. Y lo obtendría por las buenas o las malas, Luka sabía que él sería capaz de hacerles cosas horribles si se negaban a cooperar. Por eso huyó y las buscó, para advertirles sobre el peligro que se ceñía sobre ellos. Luka sabía que estaba a punto de dar con la ubicación de sus hermanos, así que era ahora o nunca.

No todo era tan malo, Luka tenía un as bajo la manga, tenía pruebas. Pruebas sobre los negocios sucios, que lo señalaban a él como socio, además de algunos colegas y cómplices. Tenía grabaciones donde él mismo se echaba la soga al cuello. Esas pruebas eran vitales, no podía darse el lujo de jugar con ellas tan fácilmente, debía ser precavido.

Más, ahora, tenía a dos miembros del ejército ruso de alto rango, uno médico y otro con amigas influyentes. Luka les dio las pruebas, ellos las pusieron en el lugar más seguro que conocían, un lugar que nadie sabía que existía, solo ellos dos. Los tres eran tan astutos como su madre, quien antes de morir, también había dejado evidencia de la clase de persona que era su marido. Las muchachas serían mayores de edad en un mes, él no tenía tiempo.

La trampa estaba lista, solo era cuestión de esperar que la reina diera un paso fuera de su lugar y sería un jaque mate perfecto. El rey estaba en la mira, su caballo lo había traicionado.

Las competencias de natación empezarían pronto, ese era otro tema que tenía con los nervios de punta a todo el mundo. El director de Iwatobi amenazó a los chicos, con que si no ganaban o al menos quedaban en segundo lugar cerraría la piscina para siempre. De modo que los nadadores estaban entrenando con todo para ganar. Alcanzar a Rin les fue difícil, pero después de un duro régimen de Goro-san, que incluía hasta una saludable dieta sin pizza o dulces, lo lograron. Los nadadores habían mejorado no solo en su técnica, sino también en rapidez, casi a punto de alcanzar al pelirrojo y al mismo Haruka, si este no hubiera mejorado el doble, con tal de poder zambullirse en la piscina después de clases.

Incluso Mikoshiba estaba asombrado, los cuatro nadadores estaban cabeza a cabeza con la imperial Samezuka, y eso le llenaba de ganas de competir contra ellos. Rin, por su parte, se había sometido a sí mismo a un régimen como el de Goro-san con tal de estar por delante de sus amigos, porque, admitámoslo, Rin no perdería contra ellos, por más cariño que les tuviera.

— Rei, no saques tanto la cabeza. —

— Nagisa, flexiona más los brazos. —

— Makoto, patea más fuerte. —

— Haruka, las manos, no golpees el agua, húndete en ella. —

Eso era todas las tardes, desde que Goro-san era el entrenador.

— Luka, nadas como mi abuela, concéntrate muchacho. —

Y sí, Luka tenía permiso de nadar en la piscina con ellos, ya que era el nuevo miembro del equipo.

— Ahh, mira la espalda de Tachibana- san. —

— Nanase- sempai es tan apuesto. —

— Es una pena que no podamos entrar al equipo, el entrenador dijo que éramos muy lentas. —

— Al menos podemos verlos entrenar. —

— Detrás de la valla, porque solo Mio-san, Gou-san, Miky-san y Eka-san, pueden pasar y verlos de cerca. —

— Escuche que Nagisa-san está saliendo con Miky-san. —

— Eso no es justo, solo porque ellas son famosas… —

— Mimi-chan, es compañera de Tachibana-sempai y Nanase-sempai, y dice que ambos le dijeron que estaban interesados en alguien más. —

— Nanase-sempai es novio de Ekaterina- sempai, parece que se conocieron en vacaciones. —

— Ahh, ¿por qué los buenos se van rápido? —

— Yo creo que Rei-san no tiene novia, además está en el equipo de atletismo. —

— Rei-san es genial. —

Y esas eran las típicas conversaciones que se escuchaban detrás de la maya que rodeaba la piscina, conversaciones a las que los nadadores eran ajenos. Pero, las chicas no. Ni siquiera Rin se escapaba de los comentarios de las alumnas. Cuando llegaba a entrenar era uno de los que más llamaba la atención.

Las alumnas siempre hacían comentarios del físico de él y Makoto, al ser los más altos y musculosos, eran los que más alabanzas se llevaban. En segundo lugar, Haruka, él llamaba la atención de las chicas por su personalidad fría desde mucho antes, pero desde que Goro-san y Gou comenzaron a trabajar en los nadadores, a las alumnas de la secundaria pública Iwatobi, se les habían alborotado las hormonas.

Rei y Nagisa no se quedaban atrás, ellos debían rechazar a un promedio de dos chicas por día, a veces a la misma, ambos, más de una vez.

Pero, no era tan malo, ellos disfrutaban de la atención de ciertas celosas más a menudo, en especial Makoto.

Mio le prestaba más atención a su querido Makoto, se colgaba del brazo del nadador de ojos verdes y hacía mala cara a cualquier chica que lo mirase. Y no es que a Makoto le molestara, muy al contrario le encantaba ver a su querida princesa celosa.

A veces, se ponía especialmente cariñoso con alguna chica "x", elegida al azar, solo para provocar los celos de Mio. Ella despertaba ese lado oculto y enterrado en las profundidades del subconsciente de Makoto, ese lado salvaje y asesino, como el de una asesina de ballenas.

Él podía ser un amor con todo el mundo, pero Mio sabía que había algo más que, tal vez, solo Haruka conocía. Algo que la hacía sentirse cohibida al lado del imponente nadador, pero que al mismo tiempo, le encantaba.

Y Mio sabía que a Makoto le encantaba ponerla celosa, y eso la enfurecía, más, a ese juego podían jugar los dos.

Porque Mio sabía jugar muy bien…

Mio dejó de prestarle tanta atención a Makoto y comenzó a observar las prácticas del club de atletismo en vez de las de natación, fingiendo que miraba al pobre de Rei. Makoto no era idiota, sabía que ella lo hacía a propósito. Aun así, las ganas de ahorcar a su amigo de lentes lo controlaban hasta el punto de tener que ser golpeado por Haruka, con el codo, para que se controlase.

Mio y Makoto estaban jugando a estirar una cuerda que amenazaba con romperse en cualquier momento, haciendo hervir las ganas de estar en los brazos del otro. Pero era demasiado orgullosos como para darse por vencidos. Porque, quien diera el primer paso sería el perdedor, y ninguno quería perder.

Sin embargo, el juego estaba por acabar, y ellos pronto carían en la red que ellos mismos tejieron, era cuestión de tiempo.