Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
Kuroko se enamoró de Daiki, vivió la sensación del primer amor, bonito, agradable y a la vez terrible. Cuando vio que esa relación destruía su vida y quiso terminarla, comenzó el verdadero infierno.
Por que recuperar tu vida cuando la persona a la que amas te arranca cruelmente el corazón, no es precisamente sencillo.
Al menos hasta que aparece alguien que puede acunar un corazón roto entre sus dedos y amarlo tanto como para que nazca de nuevo la confianza en el amor mas puro y dulce que jamás ha existido.
Aokuro... Kaga Kuro...
00000000000000000000000000000
Uno mas en el equipo.
El origen de todo.
Capítulo 11: Tu mirada.
00000000000000000000000000000
Momoi le mentía, lo sabía de sobra. No era tonto y ese tal Kagami, no podía haber surgido de la nada.
Si jugaba al basket tan bien como le habían dicho, estaba claro que no acababa de empezar, y si ya jugaba antes, Satsuki tenía que saberlo.
Pero ya estaba acostumbrado a que todos a su alrededor le dejaran de lado... mentirle en su cara era una nueva faceta mas de su amistad.
Amistad, ja... que palabra tan fea. Sus amigos no eran amigos, ninguno de ellos.
Tampoco los necesitaba, que se fueran todos a la puta mierda.
Akashi, el cabecilla del grupo, no le había dicho nada. No sabía nada de Kuroko ni de donde había pasado el verano... y por supuesto no tenía ni idea de quien era Kagami, ni le importaba.
Era mentira, lo notó en el tono de su voz, pero con Akashi nunca se podía estar seguro.
Su manera de hablar tan calmada, monocorde y adulta era difícil de interpretar, y podía mentirle en su cara sin despeinarse.
No podía contar con él. Midorima ya le había dicho que no tenía ni idea, y él sabía que estaba fuera. Al igual que Kise, en el extranjero por trabajo.
Murasakibara vivía en una realidad alternativa... ni contaba con él.
Lo poco que sabia de Kagami lo había buscado por su cuenta, y no le gustaba mucho.
Era buen jugador, le había visto en algún partido, y había aplastado a su ex-compañeros de Teiko con una extraña mezcla entre suerte y fuerza bruta.
Y se había acoplado a Kuroko con facilidad. Había comprendido su juego en nada de tiempo, y ambos se habían sincronizado para ser una pareja peligrosa en el campo de juego.
Y no solo eso, en apenas uno o dos días se había ganado la confianza de Tetsuya, hasta el punto de... no, mejor no pensarlo.
Fue totalmente casualidad. Quiso pasear, alejar la mente de todos esos que le mentían continuamente.
No le habría molestado si le hubieran dicho la verdad... la que fuera. Habría asumido y se habría resignado a cualquier cosa, pero que le mintieran en su cara le tocaba los cojones, y mucho.
Ese fue el punto de no retorno... el que le hizo ver que no necesitaba confiar en nada ni en nadie. Su padre, Miya san, Satsuki, que de repente le seguía a todas partes como un perro... mas bien como una perra... en fin, pasaba de todos ellos.
Estaba caminando sin mas, sin ir a ningún sitio en realidad, solo caminaba y caminaba hasta que le dolían los pies, y en ese momento, simplemente se daba la vuelta para volver a casa, punto.
Su vida se había convertido en un montón de vacíos que no quería llenar.
En cuanto acabara el año pensaba largarse, algo que ya había pensado un millar de veces, pero algo le impedía llevarlo a cabo... algo no, alguien.
Ese estúpido y escandaloso rubio. Kise le tocaba los cojones por encima de las tetas... mucho.
Era escandaloso, irritante, su voz de pito le daban ganas de partirle la cara, su mirada, sus labios tan... ¡Oh, joder! mierda... estúpido y sexy rubio.
Y ocurrió, su voz, no su risa... hacía muchísimo tiempo que no escuchaba a Kuroko reír, y sabía que era él. Por un momento su mano viajó inconsciente a sus labios, para acallar un grito que surgió de su mas profundo interior.
Era Kuroko, su Kuroko, y reía; reconocería su risa en cualquier parte del mundo, en cualquier situación y circunstancia.
Llevaba algo en una caja, que hizo a su nuevo equipo rodearle.
Un perro. Que curiosamente se parecía a él. Una chica lo sacó del caja, alzándolo en alto, hasta el límite de sus brazos, para soltar una docena de estúpidos grititos.
¡Oh por dios! Solo es un maldito chucho callejero...
– Ya sé, vamos a llamarlo Tetsuya dos. – Una proposición de lo mas tonto... pero todos reían a su alrededor. El también, y ese chico a su lado, dándole caricias con el dorso de la mano en sus caderas, a espaldas del resto...
Daiki pudo ver desde el otro lado de la calle como reía, y como ese equipo lo acogía entre ellos como uno mas... un amigo querido.
Cuando estaban en Teiko no tenían eso, era lo que les faltaba. No eran amigos, no querían serlo... ni siquiera estaba seguro de que en algún momento fueran un equipo... solo eran un grupo de tíos con una habilidad diabólica para el juego individual, nada mas.
Daiki arrugó el ceño. Lo había visto, como Kuroko sonreía, no en general para todos, para él.
Y Kagami se había sonrojado a su sonrisa... y le había sonreído de vuelta... ¿Qué cojones...?
Fue un segundo, deprisa y para ellos solos, algo íntimo y privado de lo que Daiki había sido testigo indirecto sin proponérselo.
Le había mirado de un modo mucho mas íntimo y amoroso de lo que él mismo lo había hecho en todo el tiempo que habían pasado juntos.
Ese Kagami estaba enamorado de su Tetsuya, y lo podía jurar incluso después de haberlo visto desde el otro lado de la calle.
El equipo se despidió, dejándoles a solas. Caminaron unas calles, iba siguiéndoles, sin saber porqué.
Por un momento pensó en llamarle, gritar su nombre, y ver que cara ponía... pero la pregunta que le azotó en mitad de su mente le hizo detenerse en seco en mitad de la acera.
¿Porqué?.
¿Qué esperaba conseguir con eso?... ¿Su perdón?...
Kuroko le golpeó en mitad de la espalda, haciendo a Kagami pararse y gritarle una grosería que le arrancó una nueva sonrisa.
El modo en el que se miraban, en el que actuaban estando juntos... era parecido a cuando salía con él, pero solo parecido.
Con ese chico había encontrado lo que le faltaba... confianza mutua, y por encima de todo, no era ciego, se veía de lejos que esos dos estaban mas que enamorados.
Aunque eso no quería decir que Kagami tuviera su visto bueno... primero tendría que comprobar si era una luz adecuada para la sombra de Kuroko, después vería que hacer al respecto...
Se dio la vuelta en dirección contraria, y se alejó de ellos, un poco mas tranquilo... y con el peso sobre sus hombros ligeramente mas liviano.
Casi había llegado a su casa y mierda... el estúpido rubio de nuevo.
– Dime la verdad, algo en tu cerebro te impide entender la palabra no. – Le miró serio. – ¿A que sí, Kise?.
– Y yo que venía a consolarte un poquito. – Le pasó la mano por el hombro, cruzando su espalda con el brazo estirado. – Vamos a divertirnos, juntos. Tu, yo, un cine, una peli de tiros, palomitas a montones...
– Paso. – Sacudió el brazo de Kise para librarse de su contacto. – Y menos contigo... Hoy no tengo ganas de tus tonterías...
– Nunca tienes ganas de mis tonterias, con lo que molan. – Se paró delante suya, manos en la espalda, sonrisa radiante de lo mas grande. – Deja de perseguir a Kuroko kun, sal conmigo... yo estoy mas bueno que él, mira que cuerpo de escándalo tengo, ¿Eh?, ¿Eh?, ¿Eh?... vamoooossss, tengo mas resistencia, y soy mas hablador...
– Eso no hace falta que lo jures. – Mirada asesina ladeada.
– ¿El qué?, ¿Lo de que estoy mas bueno?. – Presumió delante suya poniendo posturitas de lo más ridículo.
– No, eso no... – Le dió con la punta del dedo en mitad de la frente, divertido, pillando por sorpresa a Kise. – Lo de que no te callas ni debajo del agua...
Kise no respondió nada, no podía.
Aomine estaba sonriendole, y su cerebro se había quedado en blanco, sin mas...
000000000000000000000000000000
Takao buscó nervioso entre la maraña de prendas a los pies de la cama. Cogió una camiseta de Shutoku, demasiado grande para ser la suya.
Rojo como un tomate la llevó a su nariz, con una sonrisita traviesa.
Lo habían hecho, Shin kun y él habían tenido sexo, del bueno... no pensaba en ello, y sin embargo había ocurrido... perder contra Kuroko y su nuevo equipo había tenido su parte buena.
Su móvil no paraba de sonar desde hacía un rato.
No necesitaba contestar para saber que era su madre, y hasta estaba seguro de ser capaz de reproducir cada una de sus palabras sin saltarse ninguna.
Encontró su camiseta... y sus boxer.
Otro sonrojo, mas furioso que el anterior, hasta la punta de sus orejas. Al levantarse de golpe, un latigazo cruel en su trasero le trajo de vuelta a la realidad. Los suaves murmullos y tenues ronquidos del peliverde le decían que estaba mas que profundamente dormido.
– ¿Se puede saber para que tienes el teléfono, Kazu kun?. – Su madre furiosa le reclamaba. – Hace horas que terminó el partido, he llamado a tus amigos, al entrenador...
"Al cuerpo de bomberos, a la guardia nacional, a los caza-fantasmas...", Pensó graciosamente Takao, completando la frase de su madre.
… Y todos dicen que te fuiste con Shin kun...
– Mamá, estoy en casa de Midorima. – Apartó la cortina del cuarto, por que sabía que su madre haría lo mismo desde la cocina. La saludó con la mano... menos mal que se había puesto la camiseta, si llega a asomarse en tetas, la cara de su madre había sido para hacerle una foto.
Tenía su parte buena vivir en la casa de al lado.
– Y por que no has llamado, ¿Eh?. ¿Sabes lo preocupada que estaba?. – Siguió mirándole desde la ventana. – Dile a Shin chan que se asome también, anda.
– Está dormido mamá. – Le miró un segundo para volver a mirar a su madre. – Hemos perdido … y bueno, Mido chan no está muy contento... no podía dejarle solo... una cosa ha llevado a la otra y yo también me he dormido, por eso no te he llamado... me has despertado tu con tanto llamar, si no, no me ves el pelo hasta mañana.
– Vale, vale... lo siento cielo, el siguiente seguro que ganáis. – Le mandó un beso por la ventana. – Quédate ahí, anda... no vaya a ser que Shin chan se despierte y le de algo al verse solito.
La última frase la dijo con un tonito que Kazunari no distinguió, hasta muchos años después. Gracias a la distancia y los cristales de las ventanas, que su madre no pudo ver su cara roja hasta la punta de las orejas... ni a Midorima mordiéndole los muslos por detrás...
00000000000000000000000000000000
Desde la ventana de la cocina le vio caer inconsciente, en mitad de la carretera.
La caja de madera que llevaba, llena de verduras, cayó a un lado, haciendo que uno de los tomates rodara hasta el borde del camino.
Chistó fastidiada y salió al porche. Tomó el cubo del jardín, y fue hasta el grifo con la manguera de regar, llenando cuatro dedos de agua el recipiente.
Murmuró una docena de maldiciones mientras caminaba hasta el chico.
Negó, enfadada, y volcó le cubo en su cara, haciéndole saltar al sentir el agua fría en su cara.
– ¿Qué te tengo dicho?. – Le agarró por el brazo, levantándole sin esfuerzo alguno para ser una mujer tan mayor. – ¿No te he dicho que no cojas peso?... ¿Es que quieres matarme de un disgusto?... – Aunque sus métodos no eran los mas amorosos del mundo, eran efectivos.
– Lo siento abuela. – Pestañeó en un intento por que el mundo dejara de dar vueltas a su alrededor. – Solo intentaba llevar lo que vamos a necesitar a la casa.
– Ya lo sé, pero es mejor que no lo hagas, al menos no mientras no esté mirando. – Le miró por detrás, levantando el cabello, buscando en su cabeza cualquier rastro de una herida por el golpe. – ¿Quieres matar a esta vieja... ? Maldito mocoso del demonio... hay que buscarte algo que hacer o me darás un susto un día de estos...
Himuro se agachó para recoger lo que había caido, y levantó la caja, con unas pocas cosas para llevar la hasta la casa, seguido de la mujer.
Sintió la mirada azul de la anciana en su espalda, todo el tiempo. Escuchó sus suspiros fuertes, su debate interno, como si estuviera pensando mil cosas al mismo tiempo. Parecía una tetera al punto de ponerse a pitar por el agua caliente.
La vio salir un momento y volver con la mano metida en el bolsillo delantero del mantel. Podría haber llevado fácilmente una pistola y a Himuro no le habría sorprendido ni un poco, la verdad.
– Ven conmigo. – Le agarró con fuerza de la muñeca, llevándole casi arrastras a la parte trasera del terreno.
Había dos cobertizos en los que no había entrado. El mas pequeño parecía un cuarto de herramientas, que no usaban, por lo que no preguntó.
El mas grande estaba prohibido.
Durante el verano habían hecho un millón de suposiciones de lo que había dentro, y no llegaron a ninguna conclusión clara. El maldito cobertizo no tenía ni una rendija por la que mirar dentro.
La abuela se ocupaba de mantenerlo adecuadamente, y su tío le había dicho que dos veces al año, venía un contratista de la ciudad para revisarlo y repararlo si surgía algún deterioro.
Sacó la llave del delantal y abrió el portón, lo justo para que pasara una persona.
Himuro la siguió. Dentro la oscuridad era absoluta, y el silencio, abrumador.
El fluorescente del techo tintineo un par de veces antes de fijar la luz, y iluminar una nave grande, que le dejó alucinado.
En el centro había dos grandes bultos cubiertos con una enorme lona negra. Cajas por todas partes, desde el suelo hasta el techo, etiquetadas y ordenadas con forma milimétrica.
En ese lugar podía haber fácilmente unas quinientas cajas de cartón, de tamaño medio.
A un lado había un banco de trabajo, limpio y cuidado, y mas herramientas de las que había visto en su vida, también perfectas y cuidadísimas.
Caminó hasta el gran bulto cercano, casi tirado por una fuerza invisible, y alargó la mano con la intención de retirar la lona y mirar debajo, pero un manotazo fuerte se lo impidió, obligándole a llevar la mano al pecho y acariciarla para aliviar el golpe.
– No hagas que esta vieja se arrepienta. – Tiró de la lona y se fue hacia atrás, dejando a la vista una moto, en la que solo estaba el chasis y las ruedas, sujetadas por tubos de madera.
Himuro soltó una palabrota y se adelantó, para mirarla por todos los ańgulos posibles. Esa moto, una Harley JD era el sueño de cualquier entendido en motos.
– Mi marido las compró... las dos... tenía la estúpida idea de irnos a recorrer el mundo en estas cosas... – Suspiró mirando al chico. – Después de muchos años y trabajo, terminó la mía. – Señaló el otro bulto. – Y habría hecho lo mismo con la suya, ese hombre era un cabezón sordo... – Negó con la cabeza y se quedó en silencio unos segundos. – Si consigues que funcione, es tuya.
– Abuela. – La miró como si estuviera del todo pirada. – No quiero parecer desagradecido, pero esta moto es de los años treinta... y no tiene motor... ni yo dinero para comprar un motor...
– Si que tiene motor. – Sonrió hasta con la mirada. – Espero que se te den bien los rompecabezas, jovencito.
Himuro frunció el ceño, sin entender.
La mujer fue hasta la pared, y sacó una de las cajas, abriéndola con una sonrisa y dejando que el chico mirase dentro.
Una pequeña pieza, embolsada, tornillos y unas tuercas... un cambio de marchas.
– Se me ha olvidado comentarte que ese marido mío era un maniático del orden... toda la moto, entera, está en este cuarto, hasta el último de sus tornillos. – Fue a la mesa de trabajo y sacó un taco de folios del cajón, dentro de un gran sobre. – Las instrucciones de montaje. Escritas de su puño y letra, según lo desmontaba, iba anotando donde estaba la pieza, número de serie, forma, y como la había limpiado y todo.
Himuro tomó otra de las cajas, y la abrió. Limpia y en perfecto estado, otra de las piezas del motor...
La mujer le dejó ahí, explorando las cajas, con el cuidado de quien mira un tesoro de increíble valor. Tomó una pieza y se la guardó en el bolsillo del delantal, con una sonrisa traviesa.
– No te quedes mucho rato de pie, no querrás que te salga el niño cabezón... – Himuro dejó la caja donde la había cogido y la abrazó con el cuerpo entero. – Si, ya sé, las hormonas... venga, anda, deja de ser tan pelotero y haz la comida... que ya sabes que mis manos no pueden ya trabajar como antes... gánate el pan...
Himuro sollozó unos segundos abrazado a ella, mientras se desahogaba a gusto quejándose de cosas sin importancia...
Adoraba a esa mujer.
– Gracias abuela. – Murmuró. – Dejaré que me pegues cuando quieras...
– Si ya, ahora mucho gracias abuela, que buena es la abuela, pero luego, nada... solo vaguean por las esquinas, sin trabajar como se debe... – Suspiró, sonriendo. – Esta juventud de hoy en día...
– … no vale para nada, la verdad. – Himuro completó la frase con el mismo tono de voz aburrido que ponía la mujer para hablar.
En serio, la adoraba de verdad.
00000000000000000000000000000
Wiiiiiiiiiiiiii holitassss
Re kyaaa que tal todo... en fin, gracias por el apoyo... ya va acercándose el climax jejeje
el super encuentro entre Ao y Kaga... uoooo movidaaaaaa
Si alguien tiene curiosidad por la moto es una Harley Jd de 1936, en imgs de google podéis verla. A mi me parece una obra de arte, cada uno tiene sus gustos...pero creo que de joven, la abuelita de Kuroko era igual de salvaje que ahora, y la veo montada en moto con su marido, y haciendo el loco por ahí...
Besitos y mordiskitos
Shiga san
