Inaccrochable

Disclaimer: Haikyuu! pertenece a Furudate Haruichi


Anteriormente: Kageyama sufrió una lesión que lo tiene hospitalizado. Yamaguchi falta toda la última semana de clases debido a varias picaduras de abeja. En la concetración de verano Tsukishima no resuelve ninguna duda que le pueda producir Akaashi, en cambio Akaashi descubre que, en el futuro, se enamorará de Tsukishima, ¡pero no va a ser el primero!


XI

A Yamaguchi no le gustaba el retorno a clases; ya no tenía anécdotas veraniegas para compartir con los colegas.

«En el equipo de vóley nosotros…», «El suplemento de isotónicas…», «Un balón golpeó a Tanaka-san, de tercero, y…». A eso se reducían sus anécdotas. Su verano podía resumirse en: un montón de días sudando dentro de un gimnasio.

No le aquejaba restringir su verano a un riguroso plan de entrenamiento porque él mismo lo eligió de ese modo. De haberse fugado de vacaciones una semana, no faltaría un compañero que, insidioso, luego de comentar su bronceado y escuchar sus historias de la playa, le hubiese preguntado por las actividades del club. El tener que decir: «En el equipo de vóley ellos…», no se oía bien.

Sin embargo, cada vez que oía a sus compañeros intercambiar historias de sus veranos, no podía evitar sentirse desplazado. Mientras los oía Yamaguchi se imaginaba tumbado en la playa, enterrando sus pies en la arena. Pudo haber ido a Ishinomaki[1], por ejemplo: no quedaba particularmente lejos y era bastante turístico. Desde la costa de Ishinomaki zarpaban ferrys hasta la isla de los gatos, y en el muelle había la réplica de un galeón al que uno podía subir y sacarse fotos. A Tsukki también le habría encantado pasar algunos días en Ishinomaki. Pudieron haberse largado juntos un fin de semana, y hacer una fogata a orilla de playa.

No fue el caso. El verano siguiente lo planearían mejor.

La delegada no dejó de hablar de lo bien que lo pasó en Nagasaki visitando museos, recorriendo islas y descubriendo monumentos. Yamaguchi no pudo evitar escucharla, se sentaban uno al lado del otro.

—Mi abuela vive en Nagasaki, toda mi familia es de allí. Estuve en lugares sorprendentes.

Las ventajas de tener familia lejos. Por desgracia, la familia de Yamaguchi era reducida y residían todos en Miyagi. Salvo un primo de su madre, ¿sería tío suyo, acaso?, que vivía en Tendou, de la prefectura vecina. Llovía prácticamente todo el año en Tendou. Muy helado en invierno, muy cálido en verano, y sin ningún atractivo turístico que ofrecer. Mucho menos un galeón. Yamaguchi no sentía ninguna motivación de visitar Tendou.

Tsukishima, a tres asientos de Yamaguchi, se miraba los dedos mientras escuchaba música. Seguramente Tsukki también extraña los días en la playa, pensó Yamaguchi. Días atrás, tras finalizar los entrenamientos, su amigo había regreso rápido a su casa con la excusa de que debía escribir su ensayo. Entregó el primer día de clases un informe de quince páginas y no había dejado a Yamaguchi leerlo.

A Yamaguchi le habría encantado seguir escuchando a la delegada hablar de sus mágicas vacaciones en Nagasaki, pero el consejero académico se asomó al salón durante el descanso, y lo llamó para agendar una serie de reuniones en lo que iba de la semana.

Tragó pesado. Volver a clases no era nada agradable. Los deberes, los pendientes, no se postergan infinitamente.

Y así transcurrieron varios días. Cuando Yamaguchi finalmente volvió de su tercera reunión, encontró a Tsukishima intentando en vano disimular su cara de tedio mientras oía a la aburrida de la delegada. Tsukishima movía sus palillos de un lado a otro, revolviendo la comida de su bento, en lo que la delegada seguía hablando de sus vacaciones en Nagasaki. Tenía demasiadas anécdotas del verano, lo que en su caso, era muy contraproducente.

—No juegues con la comida —regañó Yamaguchi a Tsukishima.

—¿No son ya demasiadas reuniones con el consejero? —señaló Tsukishima sin dejar de mover sus palillos de un lado a otro. Yamaguchi tomó asiento frente a él y la delegada. De su mochila extrajo un bento casero—. ¿Te fue bien?

—Al menos esta vez duró un poco menos.

—¿Pero te fue bien? —insistió Tsukishima.

—Sí.

No quiso agregar más porque la delegada también estaba allí. No le apetecía hablar del tema con una entrometida, ni mucho menos que una entrometida opinara al respecto. Tsukishima comprendió la mirada que le dirigió Yamaguchi y no siguió insistiendo, pero la verdad es que sí que quería compartirlo con su amigo. Pero como el silencio que se extendía invitaba a que Yamaguchi expandiera su escueta respuesta, Tsukishima se dirigió a la delagada, como si fuese la primera vez que reparaba en su presencia.

—¿A ti te fue bien con el consejero?

Ella se ruborizó hasta la punta del pelo.

—Oh, me fue perfecto. Okamoto-sensei ve con muy buenos ojos mis pretensiones de estudiar derecho, dice que tengo las aptitudes para ello. La próxima semana me ayudará a elegir universidades. Estoy pensando en estudiar en Kioto. ¡O en Nagasaki!

—Realmente te gustó Nagasaki —opinó Yamaguchi—, ¿por qué?

La delegada habló y habló hasta que sonó la campana que anunciaba el reingreso. Pensó que fue un buen plan instar a la delegada a seguir hablando de Nagasaki, sin embargo, para el final del día, a Yamaguchi le pareció que Tsukishima se mostraba levemente más irritado que de costumbre.

Fue un entrenamiento denso. Aquella práctica se enfocó especialmente en bloqueo. El entrenador Ukai instruyó a los novatos de primero para que observaran muy bien la técnica de Tsukishima y evidentemente a Tsukishima no le hacía gracia, pero era una oportunidad excelente para mostrar superioridad sobre Hinata y ambos se la pasaron compitiendo gran parte de lo que duró el entrenamiento.

La mejora de Tsukishima era notable y Yamaguchi, si bien no le sorprendía que su amigo siguiera encontrando espacios para superarse, era el primero de todos en maravillarse. Había depurado mucho su técnica, y su nombre empezaba a hacer ruido en el mundillo. De algún modo era refrescante observarlo jugar, y saberse su compañero de equipo. Pero Ukai los dejó a ambos en grupos contrarios, y Yamaguchi tuvo que enfrentarse cara a cara a su mejor amigo.

—¿Vas a llorar? —Tsukishima lo sorprendió con su sonrisa más cínica. Acababa de aplastar el remate de Yamaguchi al suelo.

—Solo espérate al siguiente, Tsukki. Esto no acaba.

Con o sin provocaciones de por medio, fue una buena práctica. Por eso Yamaguchi se sorprendió cuando notó que, muy ligeramente, el ceño de Tsukishima volvía a avinagrarse al regresar del vestuario. En el trayecto a sus casas, vieron a la delegada arreglarse la falda frente a una máquina expendedora. Seguramente se había pasado la tarde entera estudiando en la biblioteca, concluyó Yamaguchi.

Caminaron hasta la tienda de la colina donde compraron bebidas. Tomaron asiento afuera de esta y bebieron en silencio, observando a la gente venir. No corría viento, no cantaban los pájaros, las cigarras los habían abandonado.

—Fue una buena práctica —comentó Yamaguchi—. La próxima vez te derrotaré.

—Sí… suerte con eso.

—¿Es porque no te gusta el verano, Tsukki?

Tsukishima no habría podido vaticinar esa pregunta.

—¿Qué?

—Haz estado algo… no lo sé, un poco más apático que de costumbre. La delegada ha hablado mucho de sus vacaciones y he pensado que, el que te recordara tanto el verano… ya me entiendes.

—No es eso —respondió Tsukishima examinando el interior de su botella—. Y de todas formas, a quién puede gustarle el verano.

Yamaguchi le replicó que a él le gustaba mucho el verano. Tsukishima volvió a mirar al interior de su botella.

—¿Desde cuándo? Siempre escucho que te estás quejando de las altas temperaturas.

—El que me queje no hace ninguna diferencia. El verano también tiene sus cosas buenas.

—¿Ah, sí?

—Las vacaciones, por ejemplo.

—Vacaciones, ya… —Sus comisuras se alargaron—. Yamaguchi, si quieres convencerme de tu amor al verano, vas a tener que esforzarte un poco. También hay vacaciones en primavera y en invierno.

—Pero las de verano son las más largas.

—Ya.

—No hay que usar mucha ropa en verano. Y hay más fruta, más barata también. Los días son largos, puedes usar sandalias, hay libélulas, hay mantis religiosas, hay playa apta para el baño. Melón fresco, coca-cola a medianoche, helado de piña, yukatas…

—¿Helado de piña?, ¿en serio?, ¿te parece el helado de piña una buena forma de defender el verano?

Yamaguchi se percató que, poco a poco, el humor agrio de Tsukishima se fue diluyendo. Una risa auténtica se escapó de entre sus dientes, sin arrastrar consigo huellas de sarcasmo. Yamaguchi supo que a Tsukishima el comentario le pareció tan inesperado, que no podía hacer otra cosa que ofrecerle lo mejor que tenía.

Y así, siguieron hablando.

—Yamaguchi, el de piña es el peor de los sabores, todos lo saben.

—Una cosa de gustos, nada más.

Hablaron, hablaron, hablaron.

—Si es por sabores, prefiero el…

—De fresa, lo sé.

Todavía no anochecía, el cielo enrojecía.

—¿Qué? No iba a decir eso.

—Sí, claro.

La delegada, al pasar por la calzada opuesta, bajó la cabeza.

—También me gustan otros sabores. A veces pido berries, o yogur. No soy tan predecible.

—No cuela. Pero, ¿sabes? Siempre he pensado que me gustaría trabajar en una heladería.

Hinata y Yachi salieron de la tienda de la colina, uno detrás del otro.

—Cereza, vainilla francesa, chirimoya, pistacho, té verde, crema americana…

—Si logro entrar a la universidad, quizá me consiga un trabajo de medio tiempo en una heladería. O un café. O una panadería.

Tsukishima y Yamaguchi solo seguían hablando.

—¿Es requisito que sea un lugar donde venden comida?

—No… no había reparado en el patrón. No lo sé. Supongo, sí.

Hasta que…

—Además, cómo es eso de «si logro entrar». ¿Qué pasa? ¿Hay razón para que no lo hagas?

Yamaguchi no respondió. Entonces se le ocurrió, que el verdadero motivo por el cual Tsukishima estaba enfadado, no era la falta de vacaciones, o la delegada en sí, sino que las reuniones que tuvo con el consejero académico, y por qué nada le había comentado al respecto.

Tsukishima se levantó del pórtico, arrojó el envase que había estado bebiendo al tacho de la basura, y sin anunciarlo, retomó el camino a casa.

—Si te sirve de algo… tampoco lo tengo del todo claro.

Tsukishima se subió los audífonos y apretó el paso.

.

.

Querían que Tsukishima estudiara medicina. No emplearon ninguna fórmula directa, y por ello, quizá la carga era aún más pesada.

Desenfundó el bajo. La uñeta brilló entre sus dedos vendados.

No estaba enojado, no precisamente por el verano, ¿por qué Yamaguchi habría pensado aquello? El calor lo ponía de mal humor, pero no estaba enojado. De todas formas, confiaba que las temperaturas bajarían pronto. Ya empezaba septiembre.

Sus padres lo consintieron demasiado cuando fue niño. Necesitaba calzado nuevo, le compraban calzado nuevo. Los lápices se le resbalaban de las manos, le compraban lápices especiales diseñados para gente de su tamaño. Las cuerdas de su bajo se gastaban, nuevas cuerdas aparecían sobre su escritorio. A veces ni siquiera debía formular lo que hacía falta. Con esas típicas frases de cortesía habituales en su familia, Tsukishima no tenía más que insinuar qué le restaba en confort para que su bienestar se triplicara al día siguiente. Entonces, le tocó a él enfrentarse a esas fórmulas de cortesía. Ocurrió que tanto consentimiento nunca fue gratuito y ahora debía de retribuirlo.

Sin conectar el bajo al amplificador dejó a la uñeta rasguñar las cuerdas gruesas.

Qué bonito, un doctor en la familia.

Sus maestros habían depositado su confianza en él. Tsukishima era un oasis inesperado. El fruto de los planes de estudio condensado en una sola persona.

La mano izquierda recorrió las cuerdas con aplomo.

John Entwistle era el único quien podría comprenderlo.

—¿John quién? —preguntó alguna vez Yamaguchi, un día que se llenó de pecas.

John Quién. Esa estuvo buena.

Yamaguchi no entendió el chiste ni siquiera cuando Tsukishima se lo explicó. John Entwistle era el bajista de un grupo llamado The Who, «Los Quién».

—Es el mejor bajista. Si quieres seguir viniendo a esta casa, tendrás que oírlo.

A su juicio, seguía siéndolo. Ya no se trataba solo de destreza —que también—, era un tema de aptitud. De cómo te enfrentas a una audiencia con un bajo cruzado al pecho. Cómo juegas con la uñeta en la pausa entre canción y canción. Y cómo dejas a tus emociones liberarse con tu actuación.

Con constancia, con seriedad, con soltura.
Hacer bien el trabajo, disfrutar con el resultado.
La emoción, la alegría, disimularla con cuidado.
Ser uno mismo sin tener que demostrarlo.

Entonces, el consejero académico le preguntó a Tsukishima, no qué quería estudiar, sino qué era lo que le gustaba más, así en general, y Tsukishima cometió el error de contestar con honestidad.

—¿La música? —repitió el consejero académico con desconcierto—. Creía que te gustaba el vóleibol.

Tsukishima se dio cuenta tarde de las reales intenciones del consejero. De haberle respondido que le gustaba el vóleibol, que era una actividad deportiva, el consejero académico podría relacionar el área del deporte con el de la salud, la salud se relaciona a su vez con la biología, y biología con las notas de Tsukishima en el área, que eran las mejores de su generación. Luego, estudiar algo del ámbito de la salud, era una forma más académica de seguir vinculado con el mundo del vóleibol, y una decisión que respaldaba el haber sido admitido en un curso de preparación universitaria.

La sutileza. A Tsukishima se le había escapado la sutileza, e incapaz de dar marcha atrás, terminó discutiendo los contratiempos de una vida vinculada con la música.

Things they do look awful c-c-cold,

Quizá ingeniería en sonido, dijo Tsukishima intentando recuperar el aplomo de sus gestos. Pero una ingeniería seguía sin ser medicina.

I hope I die before I get old.

Y en realidad, si tenía que ser muy honesto, él tampoco estaba seguro de si realmente la música le gustaba de aquella manera. Defendió su punto porque no vio más alternativa a su orgullo. Le gustaba la música y ya. El trabajo y los gustos mejor en cajas separadas.

This is my generation,

No quería dedicarse a nada. Quería entrar a la universidad, alejarse de Miyagi, y hacer nada.

This is my generation, baby[2].

Vacaciones… sí, puede ser que, muy en el fondo, Yamaguchi tuviese razón en sus delirios y que Tsukishima añorase reales vacaciones. Como aquellas en Dinamarca, sobre la espalda de Akiteru, señalando las ballenas que se asomaban a lo lejos. Se lamentaba de no haber tomado fotografías.

.

.

Kageyama se reincorporó a clases la segunda semana de septiembre. Tsukishima y Yamaguchi fueron testigos de cómo un corro de chicas de segundo año se apiñó en torno a Kageyama para darle la enhorabuena por haber regresado del hospital. Ni Tsukishima ni Yamaguchi recordaban haber visto a Kageyama tan abochornado, y sin un gramo de remordimientos, sacaron sus móviles y lo inmortalizaron.

—Pensé que tardaría más en recuperarse —dijo Tsukishima una vez su iPhone se hubo llenado de fotografías del rojo Kageyama.

—Olvida eso por ahora. —Yamaguchi no podía disimular su sonrisa—. ¿Sabías que Kageyama era así de popular con las chicas?

Tsukishima se encogió de hombros. Nunca había pensado en ello.

—Es kohai de Oikawa-san después de todo —resolvió.

—Claro, como si ser popular estuviese incluido en el manual para ser el mejor armador.

—Nunca se sabe con Kageyama… es una persona fácil de engañar.

—Aunque a diferencia de Oikawa-san, no parece que Kageyama lo esté disfrutando.

Lo que continuó del descanso se la pasaron hipotetizando sobre consejos inútiles y mentira que Oikawa pudo haber dicho a Kageyama y que el chico llevó a cabo a rajatabla. Las charlas triviales volvieron como si nada a sus vidas, todo gracias a Kageyama.

A la hora del almuerzo ya habían agotado el tema. Bajaron al comedor porque Yamaguchi, quien olvidó su bento en casa, se vio en la necesidad de recurrir a la comida de la escuela. Ya con su bandeja en mano, se quedaron parados en medio del gentío de alumnos, sin decidir donde instalarse. Les producía una enorme pereza compartir mesa con otras personas. Había una desocupada justo afuera de la cocina, que nadie tocaba porque de la puerta abatible se filtraban los olores, pero Tsukishima prefería un sitio a solas con Yamaguchi, y la higiene no iba a ser impedimento.

—Entonces… —comenzó Tsukishima separando sus propios palillos—. Cómo te fue con el consejero.

—Nunca dejas ir nada.

—¿Y bien?

—En realidad me fue bien.

Como Tsukishima no dijo nada, Yamaguchi se sintió presionado para seguir hablando. Ese Tsukki podía llegar a ser un verdadero tirano.

—Dice el consejero que tengo potencial para…

Pero no lo dijo nada. Se llenó la boca de albóndigas y luego se bebió medio litro de agua de aloe vera, sin pausas para tomar el aire.

—¿Para...?

Yamaguchi se volvió todo rojo.

—¿Para qué? Sé que te mueres por contarme. ¿Para qué?, dime.

El aludido enterró la mirada en sus rodillas. Tsukishima iba a replicar por tercera vez «para qué», pero se detuvo. Con mucha lentitud, Yamaguchi extrajo un papel muy doblado del bolsillo de la camisa, lo abrió sobre la mesa, lo alisó, y se lo extendió a su amigo.

—Le dije que realmente no sabía qué estudiar. Que todo me gustaba, pero nada demasiado. No me sentía incómodo en oficinas, no me importaba viajar, y sin contar las abejas, no era particularmente alérgico. Finalmente me hizo otro test vocacional, por eso se demoró tanto conmigo. Uno distinto al que hicimos en nuestro primer año. Y bueno…

Había una serie de aptitudes enumeradas alfabéticamente, seguidas por una puntuación del uno al cien. Las aptitudes «disposición», «entrega», «paciencia» y «asistencia» eran las más altas de todas.

—Esto no me dice nada —admitió Tsukishima.

—A mí tampoco. Sin embargo, el consejero mencionó la palabra enseñanza

Yamaguchi levantó la cabeza. Había algo indescifrable en su mirada. Tsukishima volvió la vista del papel a Yamaguchi varias veces, intentando entenderlo.

—¿Profesor? ¿Quieres ser profesor?

—Ahh, es una tontería ¿no? —negó Yamaguchi volviéndose rojo—. Pero lo cierto es que… no he dejado de pensar en ello.

—¿Pensar en qué? —preguntó de la nada Kageyama. Había aparecido de algún lado. Como si fuera lo más normal, tomó lugar frente a Tsukishima y Yamaguchi. Su bandeja de almuerzo era idéntica a la de Yamaguchi.

¡Adiós a la privacidad! Tsukishima quiso decir algo desagradable e hiriente a Kageyama por interrumpir de aquella manera un momento tan crítico, pero Yamaguchi fue más rápido.

—Le hablaba a Tsukki de mis reuniones con el consejero académico…

—Ohh. Es verdad, yo también tengo que hacer eso. ¿Duele?

Tsukishima no sabía si reír, rabiar o llorar. Yamaguchi optó por llorar de la risa.

—¡Cómo va a doler!

Como si la presencia de Kageyama entre ellos no tuviera nada de atípico, Yamaguchi le explicó a Kageyama en qué consistían las reuniones con una fluidez que Tsukishima pocas veces había visto en su amigo. Kageyama no interrumpió a Yamaguchi ni hizo comentarios hasta que hubo terminado. Luego Yamaguchi le preguntó a Kageyama por él, sobre su estado y su lesión, y Kageyama le respondió todo lo que el médico le hubo transmitido. Tsukishima no daba crédito. Algo había ocurrido en el universo, una grieta en el entramado temporal o similar. El Kageyama que conocía nunca se habría sentado junto a ellos, mucho menos por iniciativa propia, para almorzar y hablar. Iba a resultar que sería un verdadero kohai de Oikawa.

Y Yamaguchi no ayudaba. De hecho, parecía encantado con lo que estaba sucediendo. Yamaguchi…

Yamaguchi ya lo tenía claro. Tsukishima se había quedado, inesperadamente, solo.

—Aún no puedo practicar deporte —iba diciendo Kageyama—, pero está bien si camino y me muevo. Debo hacer unos ejercicios especiales todos los días, y mamá tuvo que comprar unas pelotas, unas cuerdas… en fin, muchas cosas. Pero si seguía perdiendo clases, habría tenido que repetir el curso, y eso sería perder ante Hinata.

Gritó enojado. No iba a perder ante Hinata.

—¿Y Hinata dónde está? ¿No almuerza con ustedes?

—Nosotros ni siquiera almorzamos contigo —cortó Tsukishima—. Es imposible que se te olvide todo el protocolo de convivencia estando unos meses de baja.

—¡QUÉ DICES MIERDA!

—Aún debes los finales del trimestre, ¿cierto Kageyama? —intervino Yamaguchi rápido; le dirigió una mirada venenosa a Tsukishima—. Vas a necesitar las materias.

—Ah, sí. Debo rendir mis exámenes entre el sábado siguiente y el subsiguiente. Y tengo que hablar con el profesor de gimnasia para que me dé un tema de… no sé.

—Investigación —completó Tsukishima—. Yo no pienso pasarte mis apuntes.

—¡Quien los quisiera!

—Ya le pediste los apuntes a Yachi-san una vez, el año pasado —volvió a intervenir Yamaguchi—. No creo que le importe volver a prestártelos, más bien lo contrario. ¿Qué dices? De todos es quien tiene la mejor caligrafía.

—Yachi-san… sí, está bien. Puedo pedírselos.

No quedaba mucho tiempo más para que comenzaran las clases de la tarde. Tsukishima guardó su bento a medio comer en la mochila y se fue a cepillar los dientes en compañía de Yamaguchi y Kageyama. Kageyama caminaba normal, como recordaba que lo hacía. Sin embargo, si uno observaba con cuidado, podía notarse bajo su ropa las líneas del cinturón lumbar.

Por una breve milésima de segundo, a Tsukishima se le apretó el corazón. No había que conocer demasiado a Kageyama para intuir que pretendía hacer del voleibol algo profesional. Kageyama lo tenía claro desde hace mucho tiempo. Ojalá… ojalá se recuperara pronto.

Al empezar la práctica de vóleibol, Kageyama no se apareció por el gimnasio. Los rumores de que le habían visto por los pasillos ya habían llegado a oídos de todos. Hinata fue el único que no hizo comentarios al respecto.

.

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¿Bokuto-san y Kuroo-san habrán tenido dudas vocacionales similares a las suyas antes de elegir carrera?

Tsukishima no sabría decir por qué pensaba en ellos, pero lo hacía.

Bokuto estudiaba en una buena universidad una carrera humanista. Tsukishima nunca lo habría imaginado. Al parecer le iba bien, pero su prioridad seguía siendo el vóley, y la carrera una excusa para seguir jugando.

Kuroo aplicó a una universidad mediocre que le quedaba entre el trabajo y su casa. Según él, no le iba tan mal, y sus compañeros eran una mierda, pero que se pudrieran todos. Lo importante era conseguir un título luego y a seguir jodiendo que en el mundo hay demasiadas personas que no han sido importunadas.

Tsukishima no podía esperarse otra respuesta. Kuroo tenía ese defecto de que, al final, sus frases sonaban más sinceras de lo que intentaban aparentar.

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[22:09] Kuroo: ¿Y tú qué? ¿Lo has pensado?

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Tsukishima ignoró el mensaje varios minutos.

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[22:17] Kuroo: apuesto a que el niño aristócrata elegirá una carrera aristócrata.

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Y allí estaba el verdadero Kuroo, echando sal a la herida.

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[22:18] T: ¿Acaso no tienes otro hobby? ¿Kuroo-san?
[22:18] Kuroo: Tengo tantos pasatiempos que te sorprenderías.
[22:19] T: Sí claro.
[22:19] Kuroo: Tengo varios pasatiempos.
[22:19] Kuroo: Te sorprendería.
[22:19] T: De todas formas, no me interesa.
[22:20] Kuroo: Mis talentos son múltiples.
[22:20] T: No quiero saberlo.
[22:20] T: Adiós, Kuroo.

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Pero pese a despedirse, Kuroo igualmente se lo dijo todo. Le iba especialmente bien en arte, y era un aficionado de las ciencias, pero de todos los cursos que enumeró, a Tsukishima le llamó la atención solo uno de ellos.

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[22:33] T: ¿De verdad tocas la guitarra?
[22:34] Kuroo: Y dibujo, que no se te olvide.
[22:34] Kuroo: De todas formas, son solo pasatiempos.
[22:35] T: ¿lees partituras?
[22:35] Kuroo: sí, claro.
[22:35] Kuroo: ¿por qué? ¿te interesa?

T está escribiendo

[22:37] T: Estudié bajo un tiempo.
[22:37] T: No me llevé con el profesor.
[22:37] T: Pero sigo tocando.
[22:37] Kuroo: ¡Genial!
[22:37] Kuroo: Aunque lamento lo del profesor. ¿Qué modelo tienes?
[22:38] T: una Fender de precisión.
[22:38] Kuroo: no sabes cuánto te odio en estos momentos.
[22:38] Kuroo: dime que le has puesto nombre.
[22:39] T: Pecas.
[22:40] Kuroo: Ahhh. ¿Por tu amigo el pecas?
[22:40] T: No.
[22:40] T: por el diseño del esmaltado
[22:41] Kuroo: háblame de Pecas.

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Y hablaron. Hablaron largo y tendido. Y Tsukishima pensó, que quizá no era tan descabellada la idea de aplicar a una universidad cualquiera para obtener un cartón rápido y luego emplear su tiempo libre en sus pasatiempos. Sin embargo, Kuroo ya lo hubo dicho, y es que Tsukishima era demasiado aristócrata como para caer en ello.

Lo que opinaba la gente le importaba. Y la gente no vería con buenos ojos planes tan inmaduros y descabellados. Él el primero.

Ojalá pudiera ser un poco como Kuroo.

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Akaashi se sobresaltó en medio de su estudio.

¿Qué relación tendrían Tsukishima y Kuroo?

Empezó a sentirse angustiado. Desbloqueó el celular rápido y llamó a Bokuto. El ingrato no le cogía el teléfono.

—Maldita sea, ¡contesta!

La llamada pasó a buzón de voz. Tres intentos más, Akaashi arrojó su móvil contra el armario y la pantalla de hizo añicos.

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Al día siguiente, terminada la práctica de vóleibol, a Akaashi no le quedó más que volver a Akiba. No era una persona que se descontrolase con facilidad. Akaashi nunca perdía la cabeza, nunca… Acababa de descubrir el sentimiento de los celos y su cabeza no hacía más que cocinarle el cerebro. Así que, con la excusa del teléfono destruido, decidió salir a despejarse a Akiba. Seguro encontraba un modelo adecuado en Akiba.

Pero a quien halló allí fue a Kozume. Se toparon frente a una máquina expendedora, y ya que sus miradas se habían cruzado, no pudieron ignorarse.

Genial, Kozume…

El chico seguía sin recortarse el cabello. Lo llevaba metido dentro del saco, con las raíces negras que le llegaban hasta casi los hombros. A diferencia de Akaashi, Kozume se retiró de las actividades deportivas una vez finalizada la interhigh. Según Yamamoto, Kozume ocupaba sus tardes estudiando en la biblioteca, junto a Fukunaga. O eso intentaban.

—Fukunaga tuvo que volver a la biblioteca porque olvidamos nuestras mochilas en los casilleros; dije que lo esperaría aquí, junto a la máquina —explicó el chico mirando sus dedos en lugar de a Akaashi.

—¿«Nuestras mochilas»? ¿Y por qué no fuiste tú también a buscar la tuya?

—Porque roca vence a tijera. Es más rápido si solo va él. ¿Y tú…? —Kozume levantó la mirada. Akaashi le enseñó su móvil destrozado. Kozume apenas se inmutó—. Ya veo. Supongo que eso lo explica todo.

—¿Explica?

—Lo de ayer.

Akaashi quedó perplejo.

Kozume le contó que, el día anterior, luego del estudio en la biblioteca, se fue directo a la casa de Kuroo. Los padres de Kozume le requisaron la consola por tiempo indefinido, pero Fukunaga le había prestado un nuevo juego y necesitaba jugarlo. Casi nunca abusaba de la ficha «amigos de la infancia», que pensó que no haría ningún daño si tan solo se presentaba en casa de Kuroo.

No pensó que estaría allí también Bokuto, y se pasaron el resto de la tarde jugando videojuegos.

—Estábamos en medio de una batalla, era imposible pausar la partida —se excusó Kozume, hundiendo sus manos en los bolsillos mucho más—. Cuando Bokuto vio que el que llamabas eras tú, trató de devolverte el llamado, pero no dio el tono.

—Ya.

Akaashi agradeció que Kozume no le preguntase cómo rompió su móvil. Al parecer había sacado sus propias conclusiones. A Akaashi le daba igual lo que pensara de él y sus motivos.

No tenían nada más que hablar. Kozume le indicó cómo llegar a una tienda donde vendían buenos teléfonos desechables a convenientes precios, y en eso se resumió el encuentro. No llevaba mucho recorrido cuando se cruzó con Fukunaga, quien no se detuvo a saludarlo y solo levantó dos dedos de la mano. Cargaba con una mochila y una bandolera porque efectivamente roca vence a tijera, y Akaashi pensó que era imposible congeniar con todo el mundo, pero mucho más imposible hallar a alguien que no lograra congeniar con nadie. Pensó esto porque, al girar sobre sus pasos, vio a Fukunaga lanzar la mochila de Kozume por los aires, y a Kozume saltar para atraparla y soltar una risa que se difundió en la brisa.

Kozume riendo, vale.

Quizá era porque solo conocía la versión de Kozume y Fukunaga que eran jugadores de vóleibol. De todas formas, no recordaba alguna vez a Kozume feliz, o a Fukunaga arrojando objetos en la vía pública, y le era difícil imaginarlo pese a que acababa de presenciarlo.

Luego de elegir un modelo de teléfono que le agradase, Akaashi pensó que podría buscar algo para Bokuto. Estaría de cumpleaños en unas semanas, y Bokuto era el tipo de persona que no permitía a nadie no celebrarle el cumpleaños. Pero desechó la idea rápido.

No estaba con ánimos de fiesta, y ya no tenía ganas de hablar con Bokuto. Era infantil, pero le jodió saber que Bokuto estuvo divirtiéndose con Kuroo y Kozume cuando él lo hubo necesitado. Le jodió que fuera tan amigo de Kuroo cuando a él le desagradaba tanto.

Le había caído como una patada desde el primer encuentro, antes de constatar lo desagradable que podía llegar a ser su personalidad. Pero Kuroo no se metía realmente con Akaashi, y en realidad ofrecía conversación interesante, así que Akaashi no sabía a qué se debía ese malestar de espina en el culo que le producía Kuroo.

Ahora lo sabía.

Una vida con spoilers no es una buena vida al final del día.


[1] Ishinomaki: ciudad costera ubicada en la península de Ochika, al norte de la prefectura de Miyagi.

[2] Letra de la canción My Generation, del grupo británico The Who.

No sé por qué me cuesta tanto esta historia.
Se vendrán capítulos nuevos
Paciencia señores, paciencia...