Antes de publicar el capítulo, como ya me he encontrado este comentario previamente, voy a contestar. Antes que nada, aclarando que ni estoy ofendida, ni pretendo ofender a nadie. Con esto dicho, contesto:
No tengo el tiempo de repaso que requeriría cada capítulo para realizar una revisión también del, voy a llamarlo, "dialecto" aunque se me ocurren otros nombres. Lo siento, pero no puedo invertir más tiempo en esto, y esta es la lengua que uso de manera natural. Bastante lacra es para mí cuando repaso un capítulo después de publicado y me encuentro alguna errata, que las hay, como para sufrir también por otra cosa. Es un trabajo adicional que no estoy dispuesta a asumir.
Lamento si a alguien le resulta un inconveniente o le produce dificultades para entender lo que escribo, pero creo que tengo derecho a cierta libertad creativa, a tener mi estilo personal y a no darme trabajo excesivo porque hago esto sin ningún ánimo de lucro. Castrante sería para mí que esté obligada a cambiar mi lenguaje, que es también mi identidad. Cuando quiera ocultarme, me aseguraré de que nadie pueda localizarme por mi forma de escribir.
Con esto, no deseo hacer demagogia sobre el uso de la lengua, ni discutir con nadie, solo justificar mi postura al decidir no cambiar este rasgo de mi escritura pese a que eso pueda suponer que llegue a menos gente.
Capítulo 10: El auténtico diablo
Para la primavera se sentía como un globo. Un día del mes de marzo se levantó con una barriga que no tenía el día anterior y, desde entonces, no hacía más que crecer y crecer. Para mayo, su vientre estaba perfectamente redondeado y podía abrazarlo. Ni metiéndose un cojín debajo del vestido habría conseguido adquirir semejante tamaño.
El embarazo tenías sus pros y sus contras. Entre los pros tenía que resaltar el hecho de que Inuyasha estaba más meloso y más cariñoso que nunca. Jamás la habían mimado de esa forma, y le encantaba. Todos los días le traía alguna chuchería del pueblo, se sentaba a darle masajes en los pies hinchados, la acunaba para que se echara la siesta, le daba masajes en las lumbares cuando se sentía sobrecargada y no podía apartar las manos de su vientre. Había despertado en más de una ocasión encontrándose con Inuyasha tumbado a su lado, acariciando su vientre. Cuando el bebé respondía dando una patada, se le iluminaba la mirada a su marido. No imaginó que a un hombre como a Inuyasha se le fuera a dar tan bien la paternidad.
Lamentablemente, la lista de inconvenientes era muy larga e Inuyasha también formaba parte de ellos en ocasiones. Odiaba sentirse tan cansada en todo momento y la carga empezaba a pesar cada vez más. Muchas mañanas no podía levantarse de lo revuelto que tenía el estómago y solo el olor de ciertas comidas le provocaba el vómito. Inuyasha apenas le dejaba salir de la casa y no había vuelto a llevarla al pueblo. La vigilaba a cada instante; muchas veces, le impedía hacer incluso las cosas más triviales porque él veía peligros que en realidad no existían.
Su relación con el lobo también iba mejorando. Continuaba dándole de comer todos los días cuando Inuyasha se iba a trabajar y el lobo se acercaba a ella. Reconocía su olor y golpeaba su mano con el hocico para que lo acariciara detrás de las orejas. Era como un perrito; por esa razón, decidió ponerle nombre. Lo llamó Kouga.
Con la llegaba del buen tiempo, Inuyasha le propuso un maravilloso plan que no pudo rechazar. Llevaba tanto tiempo encerrada y él estaba tan paranoico que fue de lo más refrescante escuchar que le sugería semejante cosa. No imaginó que algo así fuera a suceder realmente, pero si estaban en el estanque en ese instante era porque Inuyasha cumpliría con su promesa. Iba a enseñarle a nadar. Siempre había deseado aprender, pero nunca tuvo a nadie que pudiera enseñarle. Estaba muy entusiasmada con la idea. Tanto que preparó una cesta para organizar un picnic después.
Al llegar al estanque, no lo reconoció. Solo estuvo una vez allí y fue a oscuras. De hecho, en aquel momento pensó que estaba suspendida sobre un precipicio, no sobre un estanque. Un estanque que casi la mató. Era muy profundo. Si Inuyasha no hubiera acudido a la carrera en su rescate al escuchar el grito de una mujer, en ese mismo instante no estaría allí disfrutando de las alegrías de su matrimonio. Inuyasha la amaba y ella a él, ¿qué más podía pedir?
Inuyasha dejó la cesta cerca de la orilla cuando llegaron y empezó a desvestirse. Ella lo imitó. Inuyasha se quedó en calzones y Kagome en camisola y bragas. No pensaba arriesgarse a nadar desnuda. Si ella se coló en esa propiedad privada, cualquier otro podría hacerlo en cualquier momento.
Contempló el estanque desconcertada. Lo recordaba muy profundo y no podía atisbar a ver su profundidad.
— Inuyasha, ¿no es muy profundo?
— En algunas zonas sí. — admitió — Pero yo te enseñaré donde no cubre.
Eso la dejó más tranquila. Lo vio subirse a una roca para, segundos después, tirarse de cabeza en una perfecta zambullida. Buceó bajo el agua y surgió como un Dios de entre las profundidades. ¿Estaría de pie? El agua le llegaba hasta el pecho y eso era más que su coronilla. Ahí cubría.
— ¡Vamos! — la llamó — ¡Ven!
Metió un pie en el agua y luego el otro con desconfianza. Admitía que el agua estaba deliciosa. Ni fría, ni caliente. El sol la había calentado lo suficiente como para que adoptara una temperatura casi templada, lo cual le sentaba muy bien a su circulación y a sus músculos doloridos. Lentamente fue avanzando hasta que el agua le llegó a las rodillas, mojando así el borde de la camisola. Inuyasha estaba a poco más de un brazo de distancia, pero estaba cubierto casi entero.
— ¿Inuyasha?
Le sonrió para tranquilizarla.
— Si das un paso más, dejarás de hacer pie. — le explicó — La tierra se hunde.
Automáticamente dio un paso atrás para evitar caer. Inuyasha se rio y le tendió los brazos para que se animara a continuar. ¿Estaba loco? ¡No sabía nadar!
— No pienso hacerlo… — sacudió la cabeza — ¡Me ahogaré!
— ¡No seas tonta! — le riñó — Yo te cogeré. ¿Crees que dejaría que te ahogases?
— A lo mejor quieres recuperar la oportunidad que perdiste. — bromeó.
Inuyasha la recompensó salpicándole agua. Ella pegó un gritito femenino y se abrazó sintiendo la humedad en su cuerpo.
— Yo te cogeré. — le prometió.
No le quedaba otra que confiar en él, por algo era su marido. Se abrazó el abultado vientre y caminó hacia delante sin mirar abajo. Solo podía ver los ojos de Inuyasha animándola. Dejó de hacer pie, tal y como él dijo que sucedería, y gritó. Se removió, intentando flotar, aterrorizada. De repente, se vio rodeada por los brazos de Inuyasha que la alzaban contra su cuerpo. Le pasó los brazos alrededor del cuello y se aferró a él asustada.
— No me sueltes… — le suplicó.
— Tienes que ser más valiente, Kagome. — le acarició la espalda bajo el agua — No te va a suceder nada mientras que yo esté aquí.
Le creía. Podía creerle, pero aún le costaba acostumbrarse a esa nueva intimidad y confianza. Con sus padres nunca fue igual. La relación con un marido difería mucho de la relación con los padres y cada día descubría más y más el por qué. Inuyasha era la persona en la que más confiaba en el mundo, en quien confiaba ciegamente.
— ¿Recuerdas los ejercicios que te enseñé en casa?
Sí que lo recordaba. Le enseñó cómo debía mover los brazos para nadar correctamente, la posición del cuerpo, el movimiento de las piernas y de los pies, cómo coger aire y cómo soltarlo. El problema era ponerlo en práctica.
— Vamos a hacer cada ejercicio uno a uno, ¿vale? — propuso — Después, los iremos combinando.
Eso le pareció una buena idea, así que aceptó su sugerencia. Primero empezaron aguantando la respiración. Inuyasha le hizo varias demostraciones y ella quedó asombrada por cómo podía aguantar el aire bajo el agua durante tanto tiempo. Después, fue su turno. Cogió aire y sumergió la cabeza. La primera vez apenas aguantó tres segundos. Inuyasha se burló porque no comprendía su terror. Se le ocurrió incluso la idea de que si tragaba agua por error pudiera ahogar al bebé. Inuyasha tuvo la delicadeza de no burlarse de ella.
Estuvo un largo rato haciendo los ejercicios para aguantar la respiración, hasta que ya le picaron los ojos y se hartó de meter la cabeza bajo el agua. Entonces, Inuyasha le cambió el ejercicio. La llevó a una zona en la que el agua apenas le llegaba a la cintura y le pidió que se tumbara. Se tumbó y movió los pies, moviéndose sobre el agua con las manos de Inuyasha firmemente agarradas a las suyas frente a ella. Tras un rato haciendo ese ejercicio, le dijo que lo iban a combinar con el de aguantar la respiración.
El tercer ejercicio lo realizaron en aguas más profundas. Inuyasha le pidió que relajara por completo el cuerpo y se dejara mover por él. Así lo hizo y terminó tumbada boca abajo en el agua, con una de sus manos entre sus pechos y el inicio de su barriga y la otra bajo su barriga sujetándola. Le tocaba practicar el movimiento de brazos combinado con el de piernas. Solo aceptó hacerlo porque él juró que no la soltaría sin su permiso.
— ¿Estás cansada? — le preguntó rato después.
— Un poco… — admitió — Pero puedo seguir.
— ¡Estupendo! — exclamó — Tengo unas vistas tan magníficas que la idea de detenernos ahora me asustaba.
¿Vistas magníficas? Giró la cabeza sin entender y descubrió que la mirada de Inuyasha estaba clavada en su trasero. La camisola y las bragas eran blancas, seguro que se le transparentaba todo.
— ¡Inuyasha! — lo regañó.
— No tengo la culpa de que mi esposa embarazada tenga un trasero tan estupendo.
Sí que tenía la culpa de ser todo un pervertido. Se removió incómoda e Inuyasha tuvo que resignarse a perder las vistas por idiota.
— Bueno, supongo que ya puedes intentarlo tú solita.
— ¿Qué? — no se sentía en absoluto preparada — ¿Tan pronto?
— Creo que ya puedes hacerlo, has practicado mucho.
— Pero…
Le indicó que le diera un segundo y se alejó de ella unos pocos pasos. Los suficientes como para que ella diera unas tres o cuatro brazadas. A decir verdad, se trataba de poca distancia y el agua apenas le llegaba hasta el pecho en esa zona por la que ya se había movido con la asistencia de su marido.
— Inténtalo.
Lo intentó. Lo más difícil de todo fue conseguir flotar y encontrar la posición para ponerse a nadar. Se removió inquieta e incómoda durante unos segundos; después, inició el movimiento que le había enseñado. Sintió cómo su cuerpo se deslizaba por el agua, moviéndose lentamente a cada brazada y a cada movimiento de sus piernas hasta llegar a Inuyasha, quien la recibió con los brazos abiertos y un enorme beso.
— ¡Lo has hecho muy bien!
Sí, ¿verdad? De repente, imaginó a Inuyasha enseñándole a nadar a sus hijos. Sería un gran padre, cualquiera podía verlo.
— Ahora probaremos con un poquito más de distancia, ¿vale?
Aceptó a regañadientes y, aunque volvió a tener problemas para arrancar, consiguió nadar igual de bien. Sin embargo, Inuyasha le jugó una mala pasado cuando se movió un segundo antes de que ella lo alcanzara. Caminó hacia atrás alejándose de ella en zona que la cubría, obligándole a seguir nadando hasta que por fin decidió que era suficiente y volvió a tomarla entre sus brazos. Ahí, el agua lo cubría hasta el cuello, por lo que ella decidió vengarse haciéndole una aguadilla.
Cuando al fin lo soltó, Inuyasha sacó la cabeza y tosió violentamente. Evidentemente, no esperaba que su pequeña esposa le hiciera una aguadilla, razón por la cual no pudo prepararse para tomar aire. Tardó unos segundos en recuperar por completo su ritmo respiratorio normal y en limpiarse de agua los ojos, y le lanzó una mirada acusadora.
— ¿A qué ha venido eso? — le regañó.
— Así no volverás a engañarme. — se jactó.
Inuyasha la soltó. Se hundió como una piedra durante unos instantes. Abrió los ojos bajo el agua solo para verlo alejarse cada vez más y más. ¿Acaso pretendía se ahogara? ¿Por qué se marchaba? ¿Por qué no la ayudaba? Lo odió durante unos segundos en los que se hundió hasta casi tocar el fondo; luego, reaccionó. No pensaba morir ahí abajo y darle el gusto a Inuyasha. Agitó brazos y piernas y fue moviéndose hacia arriba con la clara intención de volver a la superficie.
Tomó una gran bocanada de aire al lograr sacar la cabeza y buscó a Inuyasha con la mirada. Lo vio casi en la orilla, sentado. La observaba con total serenidad y absoluta normalidad. ¿Se había vuelto loco? Tantos meses preocupándose de que se hiciera daño a la más mínima y le hacía aquello. ¡Menudo imbécil! Ahora estaba enfadada con él y no pensaba morir tan fácilmente. Quería llegar hasta donde se encontraba su marido para dejarle un par de cosas claras.
Empezó a nadar. Era una larga distancia, la más larga que había hecho desde que empezó a nadar sola, pero no pensaba rendirse. Le iba a demostrar de lo que ella era capaz. Más tarde, tendría que lloriquear y disculparse por haberla soltado de esa forma, creyendo que ella se ahogaría. Puso todas sus fuerzas y empeño hasta que lo alcanzó. Cayó de rodillas entre sus piernas, agotada por la intensa sesión de natación. Después, se tumbó sobre su pecho y descansó.
— Sabía que lo conseguirías… — musitó él.
Todo era una trampa para obligarla a nadar, lo cual a ella no le hacía ninguna gracia. Así se lo hizo saber dándole un puñetazo en la boca del estómago que, probablemente, le dolió más a ella en los nudillos que a él.
— Me he fijado en que te cuesta empezar. — observó.
— Es difícil…
— Tú lo haces difícil. — corrigió él.
Levantó la cabeza de su pecho y lo miró con cara de pocos amigos.
— A lo mejor no tengo un buen profesor. — sugirió.
— El profesor es estupendo. — se jactó — La alumna no tanto…
Lanzó una exclamación ofendida por su comentario y le salpicó agua a la cara. Inuyasha se lo devolvió e iniciaron una pelea que ninguno de los dos podía ganar. Después, la ayudó a ponerse en pie y la guio de nuevo hacia el agua. Ya no tenía tanto miedo como al principio.
— Quiero que te fijes en mí ahora.
Inuyasha le demostró como él nadaba una vez más; Kagome se quedó con la boca abierta. Era la vida imagen de la potencia, la elegancia y la técnica. ¿Cómo un hombre podía nadar tan maravillosamente bien? La dejó con la boca abierta. Ella debía aparentar que se ahogaba con cada brazada en lugar de estar nadando. Práctica. — se dijo — Solo necesito práctica.
— No tienes que patalear como una loca. — le indicó — Debes iniciar el movimiento suavemente, como si te estuvieras tumbando.
Tomó en cuenta sus indicaciones y lo imitó. En esa ocasión, le fue mucho mejor, ya no se sintió tan tonta nadando.
— ¡Muy bien, Kagome!
Nadó hacia él y se tiró a sus brazos, feliz de haber podido aprender a nadar al fin. Inuyasha ni se imaginaba lo feliz que la había hecho con esa deliciosa excursión al estanque. El día era estupendo, inmejorable, y, para hacérselo saber, lo besó con pasión y entusiasmo. Rápidamente, el beso se tornó más apasionado de lo que ella pretendía en un principio.
De repente, sentía que le ardía todo el cuerpo, que Inuyasha ardía y que el agua hervía. Sus encuentros sexuales no habían disminuido en ningún momento a causa del bebé y esa solo era otra prueba más de que el uno se moría por el otro. Le mordió el labio, hambrienta, y lo succionó. Adoraba besar a Inuyasha. Él fue quien le enseñó y no podía imaginarse besando de esa forma a ningún otro hombre. Tampoco podía imaginarlo a él con ninguna otra. Era bueno saber con absoluta certeza que él nunca la dejaría por otra mujer, mucho menos por alguien como Kikio.
La ropa sobraba. Deseaba que las manos de Inuyasha la acariciaran a ella, no a la tela de su camisola por muy baja que fuera la defensa que representaba. Ella mismo agarró el borde, aprovechando que Inuyasha la sostenía firmemente, y la levantó para sacársela por la cabeza. Solo separaron sus labios un instante mientras se sacaba la tela húmeda; después, volvieron a devorarse. En esa ocasión, piel con piel. Lo rodeó con sus muslos, pegándolo a su entrepierna y ni siquiera su barriga fue suficiente para presentar un impedimento entre los dos. Se habían acostumbrado a hacer el amor con esa barriga y no les bajaba el lívido a ninguno de los dos.
Lo acarició por todas partes. Al principio, le causaba cierto pudor tocar a Inuyasha, pero, con el tiempo, se había ido acostumbrado a su contacto y él sabía lo mucho que le gustaba acariciarlo por todas partes. Le clavó las uñas en la espalda con un gemino y fue descendiendo, pasando las manos por su torso después hasta llegar al borde de los calzones. Prácticamente le arrancó la lazada y lo tomó en su mano, suave y fuerte al mismo tiempo. Él pegó un brinco y lanzó un gruñido animal de puro placer masculino. También había aprendido unas cuantas cosas sobre todo lo que le gustaba a su marido.
Sabía que lo estaba enloqueciendo y enardeciendo. Ella se sentía exactamente igual. Notó que se movían, pero no le prestó mayor importancia a ese hecho hasta que se vio yaciendo sobre una enorme roca plana, calentada por el sol. Inuyasha se puso sobre ella y la besó por todas partes sin ninguna piedad, haciéndola gritar por el placer que le estaba provocando. Le quitó las bragas y hundió la cabeza entre sus piernas cuando él aún no había salido del agua. Kagome se agitó, gritó y le clavó los dedos en la cabeza, tirando de su cabello, exigiendo más a cada embestida de su lengua. Sin duda alguna, Yuka Itachi se equivocó por mucho cuando le explicó lo que sucedía entre un hombre y una mujer.
— Inuyasha… — gimió — Ven a mí…
Su marido obedeció sumisamente a sus órdenes. Se subió a la roca junto a ella, se arrancó los calzones y la penetró de una rápida y fuerte embestida. Ella se arqueó cuanto pudo, debido al impedimento de su embarazo, y movió las caderas contra las de él, adoptando un ritmo rápido y profundo. La roca le raspaba un poco la suave piel de la espalda, pero no le importaba en absoluto.
Inuyasha apoyó las manos a cada lado de su cabeza y la embistió más profundamente sin apartar la mirada de ella hasta que los dos gritaron y se arquearon enfebrecidos por el placer del acto sexual. Después, Inuyasha se tumbó a su lado sobre la roca y la abrazó. Tal y como era costumbre, se detuvo a acariciar su vientre por largo rato.
Ninguno de los dos había planeado ese encuentro sexual en el estanque, pero tampoco pudieron resistirlo. Y pensar que había sentido pudor de bañarse desnuda cuando acababa de hacer el amor con su marido ahí, al aire libre. Eso por no mencionar el hecho de que estaba completamente desnuda, tendida sobre una roca plana desde la cual podían ser vistos desde varios puntos de la montaña. Inuyasha había escogida la roca más adecuada para un mirón, y le daba igual. No cambiaría por nada del mundo ese instante.
— ¿Tienes hambre, mi amor?
Otra cosa que le encanta desde que se casaron era que Inuyasha la llamara utilizando apelativos cariñosos. Le sonrió en respuesta y se sentó con su ayuda, pero no pudo moverse. Inuyasha tomó sus brazos y miró algo en su espalda horrorizado.
— ¿Te duele mucho?
— ¿Dolerme? — preguntó sin entender — ¿El qué?
— ¡La espalda! — exclamó — La tienes toda roja y raspada. ¿Cómo he podido ser tan idiota? Debí pensar en tu comodidad…
— Estoy bien. — le aseguró — Casi no lo había sentido…
Y era verdad. Estaba tan ocupada sintiendo en otras partes de su cuerpo que no pudo centrarse en el minúsculo dolor en la espalda.
— ¿Sangra? — le preguntó.
— No.
— Entonces, no te preocupes. Me lavaré ahora un poco y en casa puedes darme un masaje con una pomada, ¿de acuerdo?
Asintió con la cabeza como un niño y le ayudó a lavarse la espalda para refrescar la quemazón de haberse raspado la piel. Intentaba aparentar normalidad, pero Inuyasha no la engañaba. Estaba destrozado por lo de la espalda y no sabía cómo convencerlo de que no era para tanto. Decidió que la mejor medicina era hacer como que no había pasado absolutamente nada y distraerlo. Decidida a seguir ese plan, le pidió ayuda para vestirse, y él la trató como si fuera una muñequita de porcelana.
Inuyasha extendió la manta que ella preparó sobre la hierba, pero ella no pudo sentarse allí. Era difícil sentarse en el suelo cuando se estaba embarazada. Por esa razón, Inuyasha le buscó una roca adecuada y la ayudó a sentarse en ella. Él se sentó sobre la manta con las piernas cruzadas. Comieron unas rebanadas de pan con queso, bocadillos y unos panecillos de mantequilla que había preparado. Para el postre, Inuyasha sacó una tarta de mora de la fiambrera que casi se terminó entera de lo hambriento que estaba.
Cuando volvieron a la cabaña, el cielo se veía anaranjado. Ella estaba agotada de toda la tarde de ejercicio e Inuyasha no dejó de notarlo. Dijo que debía acostarse, que la despertaría en un rato para la cena. Estaba dispuesta a obedecerle cuando vio a su lobo por la ventana. Desgraciadamente, no fue la única en verlo.
— ¡Ese lobo otra vez! — se quejó Inuyasha a su espalda — Tendré que matarlo si sigue…
— ¡No, por favor! — exclamó — ¡No lo mates!
Inuyasha se rascó la cabeza, notando su mirada cansada.
— Sé que has seguido alimentándolo Kagome. — al escucharlo, agachó la cabeza avergonzada — No puedes dar de comer a un lobo, son peligrosos. — trató de explicarle.
— Él no es peligroso…
— ¿Cómo puedes estar tan segura? — no podía — Además, ¿te recuerdo que unos lobos estuvieron a punto de matarte? Si no es a ti, un día de estos podría atacarme a mí o a nuestro hijo.
— ¡Kouga no haría eso!
Su marido se quedó callado unos instantes al escucharla, como si no pudiera dar crédito a lo que estaba escuchando.
— ¿Le has puesto nombre al lobo?
— Tenía que llamarlo de alguna forma… — se justificó.
— ¡Si le pones un nombre, le cogerás cariño! — le advirtió.
— Ya le he cogido cariño…
Esa era una discusión que Inuyasha tenía perdida y lo sabía. Terminó metiéndose las manos en los bolsillos, enfadado, y le lanzó una mirada furtiva al lobo a través del cristal de la ventana.
— Dale de comer y ve a la cama.
No se le ocurriría desobedecerle. Se puso de puntillas y tiró de él para obligarlo a agacharse y le dio un beso en la mejilla. Después, corrió a la cocina para recoger la ollita con los restos de comida del día anterior que siempre guardaba para él. Salió de la casa y se fue directa hacia el cobertizo, tras el cual guardaba su plato. El lobo la siguió obedientemente y pasó la cabeza bajo su mano para que lo acariciara.
Se inclinó para dejar caer la comida en el plato. El lobo metió el hocico y devoró la comida con la misma devoción que cuando le dejaba carne cruda. Le gustaba saber que no era un animal melindroso. Le acarició detrás de las orejas mientras comía y sonrió.
— Tú e Inuyasha sois maravillosos…
Escuchó el sonido de los cascos de unos caballos acercándose y lo que parecían las ruedas de una calesa. ¿Quién se acercaba a la casa de Inuyasha con una calesa? No le comentó que hubiera encargado nada nuevo. O a lo mejor se trataba de una sorpresa… Últimamente, le daba muchas sorpresas y se molestaba en ser original en cada ocasión. ¿Qué sería esa vez? Sonrió ilusionada y se levantó para acercarse a la entrada de la cabaña. ¿Qué podía haber encargado Inuyasha que trajeran en calesa? Muebles no porque los hacía él mismo en el cobertizo.
No dejaba de pensar en eso cuando dobló la esquina de la cabaña y vio la figura de Naraku Tatewaki bajando de la calesa. Sin duda alguna, esa era toda una sorpresa. Inuyasha estaba apostado en la puerta con los brazos cruzados y la mirada excesivamente agresiva. No sería capaz de golpearle, ¿no? Naraku llevaba tanto tiempo sin hacer ningún movimiento que confiaba que se hubiera olvidado de ellos. Definitivamente, se equivocó al ser tan ingenua.
Corrió hacia Inuyasha y tomó su brazo. Él le pasó el brazo protector sobre los hombros y la acercó para pedirle que entrara y no saliera bajo ningún concepto. No obedeció. Lo desafió con la mirada y le demostró que de allí no podría echarla hasta que Naraku se fuera, dejándolos en paz. Ojalá eso fuera posible. No le gustaba en absoluto esa sonrisa socarrona suya, planeaba algo. Lo vio ir hacia la parte trasera de la calesa, sin volverse, y bajó un baúl que cargó hasta encontrarse a unos pocos metros de ellos. Lo abrió ante sus miradas de sospecha. Lo primero que vio fue un vestido de novia sobre otro montón de vestidos. Era el vestido para el que la midieron.
— Pensé en traértelo todo. — se explicó — A mí no me sirve de nada ya.
Notó que Inuyasha se tensaba a su lado. Rezó para que no perdiera la compostura ante alguien como Naraku Tatewaki.
— ¿No vas a presentarme a tu marido?
Sin saber por qué, le dio la sensación de que ellos ya se conocían. ¡Claro que se conocían! Inuyasha había construido unas cuantas vías para el ferrocarril y Naraku era accionista. Seguro que se vieron en alguna ocasión. Deseó que no perdiera ese buen trabajo por su culpa.
— Creo que ya se conocen… — musitó sorprendida por cómo la miraron los dos hombres al decir eso — Inuyasha Mattews es uno de los arquitectos del ferrocarril…
Le dio la sensación de que los dos estaban aliviados de oír su explicación.
— Sí, me suena.
Inuyasha no le dio la mano cuando se la ofreció. Si solo fuera eso, podría haberlo pasado. El problema era que le escupió en la palma de la mano al alcalde y le lanzó una mirada desafiante. ¿Qué demonios le pasaba a Inuyasha?
— Lárgate y llévate contigo tus sucias baratijas.
— No has cambiado nada.
¿De qué se conocían? Tenía la sensación de que las vías del ferrocarril y ella no eran su único lazo de unión. El pueblo natal de Inuyasha era el mismo que el suyo, ¿sería posible que conociera a Naraku de antes de marcharse? ¿Por eso trató de evitarlo? ¿Naraku lo había reconocido? Si lo denunciaba, meterían a Inuyasha en la cárcel injustamente. ¿Qué debía hacer?
Inuyasha fue más rápido que ella. Entró en la casa ante las miradas expectante de Naraku y de ella. Al regresar en unos segundos, fue directo hacia el baúl abierto que había dejado Naraku. Comprendió sus intenciones cuando lo vio encender una cerilla, pero no tuvo tiempo de detenerlo antes de que la dejara, prendiendo fuego así a toda la ropa que se suponía que ella iba a vestir como esposa de Naraku.
— Aquí no queremos nada tuyo.
— ¿Sabe ella que asesinaste a tu madre?
¡Sí que lo reconocía! El pánico la embargó, más aún cuando Inuyasha agarró a Naraku de las solapas de su traje y lo empujó contra la sólida pared de madera de la cabaña. Sabía que debiera intervenir, pero estaba aterrada. Aterrada por Inuyasha, por su hijo y por lo que podría suceder si le hacía daño a Naraku o si lo dejaba marchar después de lo sucedido.
— Podría matarte aquí mismo, pero no me conformo con eso.
Inuyasha al fin lo soltó y lo lanzó hacia su calesa.
— Quiero que pagues por lo que hiciste. No pararé hasta encontrar la forma de que caiga sobre ti todo el peso de la ley.
¿Podría ser que Naraku se tratara del verdadero asesino de la madre de Inuyasha? Esa idea le provocó nauseas. Se llevó las manos al vientre y corrió dentro de la casa para vomitar en la fregadera toda su merienda. Ese hombre era un asesino, no se equivocó ni un poquito con él, y estuvo a punto de casarse con él. Lo peor era que su padre estaba al alcance de su mano y ahora ellos también. ¿Cómo iban a poder estar seguros a partir de entonces?
Sintió las manos de Inuyasha acariciándole los hombros. A través de la ventana, vio que la calesa ya estaba alejándose. Ni siquiera lo había escuchado partir de lo sumida que estaba en sus pensamientos.
— Habría preferido que nunca lo supieras. — dijo a su espalda — Estuviste muy cerca de acabar como mi madre. Intenté protegerte de la verdad…
— ¿Él la mató?
Sabía la respuesta, pero, por alguna razón, necesitaba que se lo confirmara.
— Sí. — confirmó — Mi madre era muy hermosa, siempre la quiso para él. Ella lo rechazaba y, como yo no me fiaba de ese hombre, siempre trataba de protegerla. Tenía dieciséis años cuando se presentó en casa tras un viaje y me dio un café. En realidad, me drogó. Cuando desperté, mi madre estaba muerta...
Había tanto dolor reflejado en la mirada de Inuyasha que sintió como si se le estuviera partiendo el corazón en pequeños pedazos. Inuyasha lo estaba diciendo con tanta serenidad que pudo comprender lo duró que fue asimilar el asesinato de su madre en los últimos años.
— Creo que la violó. No pude comprobarlo, no fui capaz, y no estaba preparado para saberlo. — apartó la mirada — Después, llamó a la policía y me acusó a mí de todo. Nadie me creyó, así que tuve que decidir entre quedarme y morir o huir y sobrevivir.
Inuyasha eligió la vida. Extendió los brazos para que la abrazara y se hundió entre sus brazos, sobrecogida por la nueva información. Sentía que ya lo sabía absolutamente todo de él y le apenaba lo mucho que debió sufrir solo en los últimos años. No pensaba abandonarlo nunca por más que Naraku o Kikio trataran de interponerse entre ellos.
— Ya no estás solo, Inuyasha. — musitó contra su hombro — Yo te creo y te amo.
Continuará…
