Bueeeno, aquí estoy de nuevo, por petición expresa de Ellie77 esta vez. De verdad que no tenía ningunas ganas de escribir este capítulo, pero si me lo pide alguien, ni lo dudo. Es lo mínimo que puedo hacer :)
¡En fin! Que no os retraso más la acción. Aquí el penúltimo capítulo de la temporada "orfanato". Disfrútalo...
Había muchas cosas que veía, pero nunca decía nada. Había dejado de decir palabra desde que se vio en aquella nueva vida, a la cual ya se había acostumbrado. Y veía muchas cosas en ella, y en la gente que la componía. Cosas que, suponía, los demás eran incapaces de ver. Miradas, respiraciones, gestos, movimientos de manos y muecas. Todas aquellas cosas que escapan al ojo cuando se está pendiente de lo que dicen las palabras. Pequeñas cosas que lo dicen todo.
Era su hermana mayor la que atendía al verbo. Ella, en cambio, solo miraba; llevaba contemplando a su gente desde pequeña, desde que se topó con el orfanato. Había tantas cosas que se podían aprender de alguien tan solo observando... En la mayoría de los casos, con ese lenguaje al margen del idioma se podía llegar a conocer las emociones más profundas de alguien sin esfuerzo. Era, en cierto modo, otra forma de hablar. Pero, ¿no se necesitan dos personas para que haya comunicación?
A ella se le daba muy bien leer a través de los demás, pero nunca había obtenido una respuesta a ello. Confiaba en que alguna vez, alguien llegara a entenderla tan bien como ella comprendía a los demás, utilizando tan solo esa capacidad de percepción tan especial. Hasta entonces, solamente miraría. Continuaría observando, leyendo en los ojos del resto, esperando una respuesta algún día.
Algún día...
Si es que ese día no hubo llegado meses atrás, cuando mantuvo esa "conversación" con Gary sobre su madre, en la enfermería. Pero, ¿fue eso de verdad la comunicación que ella esperaba? Hubo palabras de por medio, y apenas podía comprenderla mediante sus acciones... Pero algo en sus ojos se lo había dicho. Que la entendía y que quería hacérselo saber. Y aun así... no lo sentía como si hubiera habido algo especial.
Quizá, al fin y al cabo, no existiera semejante persona con la que compartir su bella lengua. Claro que, ¿cómo iba ella a saber que había todo un mundo lleno de personas un poco más allá, y que no todo era ese chico rubio de la sonrisa eterna?
Algún día lo sabría. Y ese día estaba más que a la vuelta de la esquina.
—...Vamos, Patti, que ya hemos llegado...
La niña (o ya no tan niña) retiró la vista de la ventana y abrió la puerta del coche. Ya era el séptimo domingo que se presentaban en el hospital de Brooklyn. Y, desde el fatídico día en el que se anunció la nueva enfermedad de Gary, habían pasado muchas cosas. Como era obvio, su pelo había vuelto a desaparecer, pero no con ello su sonrisa, ni sus ganas de vivir, ni su amor por aquellas dos niñitas indefensas a las cuales defendió su primer día en el orfanato. Él seguía luchando.
O, al menos, cuando ellas estaban delante.
Patti se encontró con Liz al entrar por el gran portón del hospital, y caminaron juntas hasta la habitación 103. Como habían estado haciendo los últimos dos meses.
Liz había cambiado, y su hermana lo sabía. Ya no veía a Gary con esos ojos bondadosos y llenos de luz. Ahora, las pocas veces que lo enfrentaba sin temor, sus pupilas reflejaban tristeza, una tristeza camuflada bajo una capa de sonrisas que de poco servían para ocultar sus sentimientos a la capacidad de Patti. Liz se había transformado en una persona temerosa y débil a sus ojos. Claro que, para el resto, continuaba siendo la chica risueña y luchadora que había sido durante todo aquel tiempo.
Pero las personas cambian con las circunstancias. Patti lo sabía desde hacía mucho.
Ella caminaba pasando el dedo índice por la pared, tropezando con las juntas de las baldosas blancas y haciéndose cosquillas en la yema del dedo. Liz, por su parte, solo avanzaba, ni con prisa ni sin ella. Mirando al frente con una media sonrisa que no decía nada.
La mayor fue a abrir la puerta, pero alguien se le adelantó desde dentro. Era la enfermera Rain, que acababa de informar a Gary sobre su estado. Las niñas no llegaron a verle bien el rostro, pero su paso era acelerado y, al menos para Patti, precipitado, alterado.
La pequeña permaneció un momento mirándola alejarse, mientras su hermana ya había entrado y saludado a su amigo, y la instaba a pasar.
—Hola, chicas. Qué bien que habéis podido venir esta semana también —sonreía Gary, incorporado sobre las sábanas blancas.
—Bueno, cuéntanos —dijo Liz, impaciente por tener nuevas de su enfermedad.
Gary mantuvo un instante de silencio casi imperceptible, en el que mil cosas pasaron por su cabeza. Entre ellas, la conversación que llegó a escuchar, a ese otro lado de la puerta contigua a su cama, en la que solía pasar la mayor parte del tiempo el director Strasser cuando estaba en el hospital.
En aquella ocasión de hace seis escasas semanas atrás, la puerta no había sido cerrada del todo, y todos creían que Gary ya dormía profundamente. Pero no era así. Y, pese a que susurraban en lugar de hablar, las palabras que allí fueron dichas quedaron clavadas en Gary como astillas.
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—...Verá, señor Strasser, lo que tengo que decirle es algo que debe tomar con tranquilidad. Le agradecería que se sentase —el médico de Gary había sacado unos documentos, y los cristales de sus gafas brillaban, impidiendo distinguir sus ojos a través de ellos.
Strasser obedeció, con el ceño fruncido. Entonces, el doctor declaró aquella fatídica noticia:
—El cáncer de Gary está muy desarrollado. Pese al tratamiento, las células malignas han seguido extendiéndose. En pocas semanas han alcanzado el corazón —la expresión del director estaba desencajada, frente al gesto impertérrito del doctor—. Ya no se puede hacer nada.
—No me tome el pelo, se lo ruego —se levantó—. Ese niño ya ha pasado por una leucemia. No pueden hacerle esto ahora. ¿Acaso no hay otra clase de tratamiento? —El tono del hombre se había vuelto casi de amenaza.
—Lo lamento, señor Strasser, pero en este caso se ha comenzado a tratar la enfermedad demasiado tarde...
—¡No me joda usted a mí! —Saltó, prácticamente agarrando del cuello de la bata al médico—. ¡Tiene que haber algo! ¡Ese crío es responsabilidad mía, y mientras yo viva, recibirá cualquier medicina que pueda curarlo! ¿Me oye?
El médico le pidió por favor que se clamase, tal y como se lo había advertido al principio de la conversación. Así, se tranquilizó un poco y se volvió a sentar, pese a que aún le palpitaba con impotencia el corazón.
En ese momento, el otro hombre ojeó los documentos, y sacó una conclusión.
—Podría haber una solución, pero la cifra de gastos ascendería hasta más del doble...
A Strasser le palideció el rostro, pero momentos después volvió a componerse para concluir:
—Pagaremos hasta donde lleguen nuestros fondos. ¿De cuánto dinero al mes estaríamos hablando?
El médico se colocó la gafas, con la mirada gacha.
—Estaríamos hablando de unos quince mil dólares al mes.
(N de la A: La cifra me la he inventado. Al no tener conocimiento alguno del coste de una quimioterapia ordinaria, y no haber encontrado información en internet, he tenido que hacerlo. Si tú lo conoces, perdón por mi ignorancia.)
A Strasser se le oscureció el rostro. Tras un silencio en el que se barajaron todas las opciones que tenía sobre la mesa, se decidió por la que veía más conveniente.
—Puedo pagar medio mes. Siete mil quinientos dólares sí que tenemos disponibles para ello.
Su mirada era de decisión."Tu hijo no puede acabar así, Frank", se dijo, apretando los puños hasta clavarse las uñas en la carne. "Si me convertí en su tutor, fue para lograr sacarlo hacia delante. Esa es mi deuda para contigo".
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por las juiciosas palabras del doctor:
—Pero, con el debido respeto, eso no daría ni para que comenzara a hacer efecto...
Unos pasos descalzos los hicieron enmudecer de inmediato. Cuando giraron los rostros hacia la puerta, vieron cómo asomaba la figura del chico, firme. Los ojos casi se les salían de las órbitas. Entonces comprendieron que había escuchado toda aquella discusión.
—Gary... —quiso comenzar a explicarse el director del orfanato, pero el joven lo mandó callar con un gesto.
—No te preocupes, Alfonse. No vas a tener que hacer ningún sacrificio.
Las exclamaciones silenciosas comenzaron a florecer en los rostros de los presentes.
—Pero, Gary, no puedes rendirte ahora... —El director prácticamente rogaba. Pero él ya lo había decidido. No había hueco para las dudas a esas alturas.
Así que sonrió, no sin tristeza, y dijo:
—No quiero recibir más quimioterapia. Se acabó.
La sentencia había sido dictada. ni una sola palabra podría haber sido capaz de contradecir la postura de Gary. Además, se veía en sus ojos que ya no le importaba aquello. Se había visto a las puertas de la muerte en dos ocasiones atrás, ¿por qué no dejar que la vida tomara su curso de una vez por todas?
—Gary..., ¿de verdad quieres morir? —La pregunta del médico le hizo estremecer. ¿Que si... quería? Nadie quiere perder la vida, perderlo todo. Pero tampoco se puede doblegar a la naturaleza. Él ya había pasado por muchas cosas. Quizá era lo que debía hacer. Quizá el destino quería regalarle lo que más había deseado en esos años: volver a ver los rostros de sus padres.
Aunque no fuera de la forma en que él lo hubiera deseado.
Alzó de nuevo la mirada y la fijó en el hombre de la bata, respondiendo a su pregunta de la forma más inesperada:
—Solo prométeme que no se lo dirás a ellas.
Silencio, otra vez. Eran muchas las cosas que volaban por las cabezas de aquellos tres hombres, muchas cosas que meditar, juzgar y calibrar. Pero, para Gary, ya estaba todo pensado. No quería continuar con aquella farsa en la que se había convertido su existencia.
—Eso, ¿y por qué no piensas en ellas? —Strasser lo hizo entrar en dudas durante un momento. Tenía razón: si las quería, ¿por qué iba a hacerles aquello? Él sabía lo que se sentía al perder a las personas más allegadas a ti. Pero entonces sonrió y le contestó, con resignación:
—Tendrían que afrontarlo antes o después, ¿no?
No podía tener más razón. al fin y al cabo, el tratamiento que estaba recibiendo ahora ya no le serviría de nada, y la medicina alternativa se salía de sus capacidades financieras. Al fin y al cabo, era verdad que el destino lo reclamaba para él mismo.
—...De acuerdo. Si es así como lo quieres, así se hará.
Gary relajó los hombros. Sabía que causaría mucho dolor a su alrededor, pero ¿qué podía él hacer para evitarlo?
Por su parte, unas palabras se repetían en la cabeza de su tutor. "Te he fallado, Frank".
Una lágrima se escurrió de los párpados de este.
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—...Bien, todo va bien. Según lo planeado —sonrió el chico, de vuelta en la conversación.
—No sabes cómo me alegro —le respondió Liz, con la más agradecida de las sonrisas en el rostro.
En ese momento, Patti llamó a su hermana al hombro, y le pasó una bolsa de plástico blanca en la que ponía "Hollie's Place" con letras recargadas que discurrían dentro de un marco ornamentado con pequeñas flores. Ésta la agarró y sacó un enorme helado de chocolate de ella.
—Chicas —comenzó Gary, sonriente a más no poder—, no sabéis cuánto os quiero —se metió la primera cucharada en la boca, y se deleitó con el dulzor del chocolate de Hollie. En ese momento, contempló la tarrina y dijo—. Echo de menos a Hollie y a Sam...
Mientras el chico comía en silencio, Liz solo podía contemplar su cabeza calva. Se había vuelto una manía suya. Pero lo hacía porque de verdad extrañaba su cabello rubio y brillante a la luz del sol.
Y lo que más extrañaba del todo era a él en el orfanato, esperándolas cada mañana apoyado con naturalidad en el quicio de la puerta de clase.
Una idea pasó fugaz por su mente, y Liz la escupió con la alegría de una niña pequeña.
—¡Eh!, ¿Y si nos quedamos a dormir? ¡Sería genial!
Patti apoyó la idea de su hermana chocando los cinco con ella. El joven rió, pero iba a ser imposible. El director les tenía terminantemente prohibido pasar la noche fuera del orfanato. Suficiente que las dejaba un poco más tarde de la hora que al resto de los niños.
—Lo siento, babies, pero sabéis que es imposible.
Liz pensó en silencio, y le dijo a su hermana:
—En ese caso, le convenceremos para que nos deje hasta la noche.
Ambas asintieron, y desaparecieron por la puerta contigua a la cama.
Ahora que Gary estaba solo, tenía tiempo para reflexionar sobre cómo se las apañaría para que su verdadero estado no se dejara traslucir a través de él. No sería fácil.
Nunca es fácil mentir a los que amas.
Se metió otra cucharada de helado en la boca, y el frío caló en sus dientes. Se estremeció, con una mueca de grima. Al menos, aquello le certificaba que aún estaba vivo.
Aunque, si se profundizaba un poco en lo que significaba estar vivo para él, llevaba bastante tiempo sin estarlo.
Las chicas volvieron a aparecer por el umbral de la puerta, sobresaltándolo. La sonrisa que portaban las delataba.
—Ha dicho que sí —declaró, victoriosa, la mayor.
Gary sonrió con ellas. pero ahora, había un problema.
—¿Y qué vais a hacer toda la tarde aquí metidas?
Pero, antes de que se diera cuenta, tenía una Game Boy Color delante de las narices.
—Ah, ya veo —la picardía volvió a su rostro por primera vez en mucho tiempo. Ahora mismo, los tres parecían haber vuelto a cuando se conocieron.
Las dos rodearon a Gary subiéndose a la cama; él iba a empezar la primera partida, y luego irían rotando la consola. Y así transcurrieron los minutos muertos, de carrera en carrera de coches, con Patti batiendo los récords de los otros dos y ellos, picados, repitiendo una y otra vez los circuitos.
Y una hora de la tarde menos. Acabaron riendo a más no poder, por las caras de asesina que ponía Patti cada vez que el CPU la adelantaba. La verdad, se lo habían pasado muy bien.
Pero aún quedaba mucha tarde por delante.
—Hey, chicas, creo que me está entrando un poco de sueño... —La cara de desilusión de Patti ya no sorprendía a nadie. Pero la prioridad era la mejora de Gary. Además, era verdad que, aunque eran solo las siete de la tarde, ya había anochecido al completo.
—Está bien... ¿volvemos en un par de horas? —Propuso Liz.
—Me parece bien.
Antes de que las hermanas salieran al pasillo en busca de la señorita Dawn, Gary llamó a Liz para que se acercara un momento.
—Tengo algo para ti.
—Pero, ¿por qué no me lo das cuando vuelv-
El chico plantó un beso potente sobre los labios de Liz. Ella, al principio confundida, terminó respondiendo al chico. Fue un beso largo, deseado, en el cual se demostraron como nunca lo que sentían el uno por el otro.
Cuando se separaron, Liz estaba toda roja. Gary soltó una risilla.
—Hasta ahora —concluyeron casi a la vez.
Cuando la puerta se hubo cerrado tras la mayor de las hermanas, Gary se recostó despacio en la cama. Pudo oír cómo se reía Patti de la cara de su hermana ahí fuera.
Respiró hondo. Estaba pasando. Ya se lo había advertido el médico aquel día. Cuando fuera a llegar su hora, sentiría como si tuviera un sueño increíble, por la falta de oxígeno en la sangre y, por tanto, en el cerebro. Después, notaría las extremidades mucho más pesadas de lo normal, y la presión arterial bajaría por el cese de trabajo del corazón, ya muy enfermo.
Se estaba muriendo.
Ya sentía cómo la respiración se le ralentizaba. Antes de que no pudiera con sus brazos, los levantó y se acarició la cabeza calva, o no tan calva; el pelo había comenzado a asomar casi imperceptiblemente. Tan solo pinchaba un poquito al tacto. Sonrió ante aquello. Se ve que le había dado tiempo a crecer un poco desde el mes que llevaba sin quimio.
Se llevó una mano al pecho, costosamente, y sintió por última vez el latir de su corazón. No le importaba estar solo; había pasado sus últimos momentos con sus personas favoritas, aquellas que le habían dado vida durante esos cinco años de salud. Y habían sido los más felices de su vida. De una vida que se le escurría de los dedos.
Ahora tocaba marcharse. Quiso derramar una última lágrima para su tutor, para sus compañeros, para las gemelas. Pero, en su lugar, una sonrisa de agradecimiento apareció tímida en sus labios.
—Padre, madre... ya voy.
Y sus ojos se cerraron muy despacio, dejando marchar el último hálito de su corazón.
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Estoy llorando. Dadme un momento para recomponerme.
Uf, vale. A ver, tengo muchas cosas que decir... Lo primero, ha sido un honor para mí la de buenas críticas que ha recibido mi OC Gary Maslow. No siempre se crean buenos personajes propios. Otra cosa que he de decir es que, en cierto modo, esto está basado en hechos reales. Hace apenas unas semanas, una antigua amiga mía fue víctima de un extraño cáncer en el pulmón, que también derivó en el corazón. Así que, solo decir que la realidad no siempre dista de los dramones como este.
Ahora, pedir perdón a nimbusmind, Lytha Shinigami, Bell Star, Criis-nyah, Ellie77 y tantos otros por haber tenido que concluir así con la vida de Gary. Sé que no queríais.
Ah, y una última cosa. No sé si será uno de mis mejores capítulos, pero me he sentido muy inspirada por la música de Philip Glass. Si os interesa saber cómo suenan las escenas de este capítulo, echadle un ojo a sus más conocidas canciones.
Y un tema destacable podría ser el que he escuchado al escribir la parte final. No es de Glass, pero también es de un muy reconocido pianista. Se llama Michael Nyman, y el tema Debbie, de la película Wonderland. Os aconsejo escucharlo; os identificaréis con ella.
Creo que no me dejo nada en el tintero. Siento haberos puesto esta biblia al final del todo, pero tenía muchas cosas que decir.
Con todo el cariño del mundo:
-NoBreathe-
