Aviso: Cuando salga el icono (#) poned la canción: Hello de Evanescence. He hecho esa parte con la canción, cuando veáis el segundo icono, quiere decir que es el final. Espero que os guste. Nos leemos más abajo.
CAPÍTULO XI:
Quería golpearse hasta que perdiera el conocimiento, amputarse las dos manos y si pudiera, los pies también. Le decían que su bondad era una virtud, ¡y una mierda! Más claro que el agua. La gente se aprovecha de eso, de su inocencia y afabilidad. Pocas veces decía un no, y cuando lo decía era porque la idea era muy descabellada. Entonces, ¿por qué no rechazó la propuesta? Ah sí, porque Ginny lo miró poniéndole ojitos, y él sabía que no podía negarse. ¡Malditas hormonas! ¡Puto amor!
Lo que él decía, todos se aprovechaban, lo trataban como un títere; ahora aquí, ahora ahí. De nada servía ser El Elegido, el único que podía destruir a Voldemort. Cuando se trataba de un grupo de mujeres con el instinto maternal disparado por las nubes, nadie podía oponerse. Apostaba el cuello más su colección completa de cromos que ni el mismísimo Voldemort podría.
Harry caminó por la vieja casa de los Black sin rumbo fijo, tan solo iba de un lado a otro tratando de entrar en la cocina, por lo que subía y baja las escaleras continuamente. Ginny se en la misma casa que él, al contrario le gustaba. Pero le dolía profundamente el no poder acercarse a ella, besarla y decirle cuanto la quería, no podía. Él sabía que tarde o temprano tendría que partir a buscar el resto de horrocruxes, y eso equivaldría a pasar largos meses fuera, sin saber a ciencia cierta si volvería algún día, si sobreviviría. No. No quería darle esa vida de sufrimiento a ella. Ron y Hermione se ofrecieron a acompañarle, mejor dicho, le comunicaron que iban a ir con él
Pero ahora los planes estaban aparcados, con el problema que tenían encima, no podían prestar la suficiente atención y por lo tanto no efectuarlos.
Cansado de vagar por la casa, decidió enfrentarse a su destino, se acercó a la puerta de la cocina, donde se apoyó en el marco. Cruzó los brazos y las piernas, observando al pequeño individuo que se encontraba en el interior. Por mucho que quisiera reiterar su decisión, no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa al ver la cómica escena.
-Anda por favor cómete la carne –suplicó Ron con tenedor en mano y cubierto de restos de crema de patata.
Dicen que las apariencias engañan y nunca mejor dicho. Cuando le presentaron a la pequeña Diana, ésta permanecía quieta, tímida, no hablaba con nadie, exceptuando alguna respuesta o petición de ella. En ese momento podría decirse que era una muñequita de porcelana, frágil y preciosa. Sin embargo cuando se pasó más de 2 horas en aquella casa, la niña mutó a un diablo, el mismo diablo en persona, pero en cuerpo de una mocosa.
Era demasiado exigente para su corta edad, nada más aceptar en que se quedara, había exigido un cuarto para ella, pero no solo eso, sino que estuviera pintado con diferentes tonalidades de rosa. Que también estuviera equipado con al menos tres juguetes y una mesita con accesorios de té.
No le importaba que todos los de su alrededor fueran magos y ella la única muggle. Al contrario estaba de lo más encantada, entusiasmada y contenta. Por un lado era un alivio, pero por el otro era un fastidio el estar mostrándole algunos hechizos para tenerla contenta. Porque esa era otra…
Era muy egocéntrica, entendía que era pequeña y quisiera atención, pero de ahí a que quisiera que todos estuvieran pendientes de ella, darle todos los caprichos y no hacer caso, era una raya muy fina a la que iba a cruzar.
Posiblemente fuera hija única, por eso era tan consentida, quizás sus padres le daban todo, absolutamente todo lo que pedía. Y ahora… no tenía padres. Estaba sola en un mundo del cual no tenía plena conciencia.
Rió sonoramente cuando vio a Ron intentar darle de nuevo un trozo de carne y ella le aventó el tenedor con el entrecejo fruncido. Se cruzó de brazos y giró la cabeza para no ver al pelirrojo. Si no supiera de donde venía, podría decir que era familia de Malfoy. La misma pose de arrogancia, la forma en la que miraba con sus ojos azules claro y las muecas de asco que ponía cuando veía la comida que no le gustaba.
-Podría ser su hermana –murmuró Harry para sí mismo.
Un grito de exasperación llegó a sus oídos. Pasó su vista de Diana a Ron, que se tapaba la cara con las manos, tratando de no verla y así calmarse.
-Harry –lo llamó sin dejar de taparse- Repíteme el por qué estamos haciendo esto. Por qué hemos aceptado.
Él se rascó la coronilla buscando la manera de explicárselo sin que su amigo se abalanzara a matarlo. Ya lo había intentado y gracias a Molly no cumplió con su cometido.
-Bueno… Tonks no podía encargarse de ella hoy… tenía que investigar unas cosillas para la orden… y… sus padres tampoco podían…. ¿Tú qué habrías hecho? –le acusó, al verse falto de argumentos convincentes.
Ron levantó la cabeza y clavó sus ojos azules en los verde de Harry, lo escrutó con la mirada y se encogió de hombros.
-¡Fácil! –Expresó- Yo habría hecho lo de Kingsley, un obliviate y a un orfanato.
-¡Eres un monstruo Ronald Weasley! –gritó Ginny entrando por la puerta. Se acercó a la pequeña y se sentó a su lado. Le arrebató el tenedor a su hermano y con delicadeza consiguió meter el trozo de carne en la boca de ella.- Hay que ser dulce, no pretendas darle de comer metiéndole el tenedor a la fuerza –le regañó a su hermano.
Harry se acercó a la mesa, se sentó en una de las sillas libres y miró a Ginny embelesado. Parecía un ángel caído del cielo. El cabello lacio y rojo cayéndole por la espalda. Sus ojos achocolatados brillantes por la emoción. Su expresión dulce al cuidar de Diana, sí, ella sería muy buena madre.
Ron rodó los ojos al ver la escena tan empalagosa que tenía delante. A veces le costaba entender como Harry podía ser tan pasteloso cuando se trataba de su hermana. También debía de decir que pocas veces los veía juntos, podía decirse que Harry evitaba a Ginny y Ginny trataba por todos los medios encontrar a Harry. Pero cuando se encontraban no hacían nada, simplemente apartaban la vista y volvían a su cosas. Extraño. Sin embargo para Ron, perfecto. Ya no tenía que estar en el papel de hermano guardián. Ya tenía bastante con lo suyo, que no era poco.
Llevaba una semana esperando la carta de Lavender, nunca se solía retrasar en las contestaciones y aquello era muy raro. Recordó cuando se dieron una segunda oportunidad, no lo tenía planeado, desde luego que no, pero ante la insistencia de ella, acabó aceptando. Todavía guardaba un poco de amor en su corazón por ella. No era intenso, ni mucho, pero lo bastante como para tener una relación a distancia. Patético pensó.
Honestamente todo lo estaba haciendo por un poco de despecho. Sí, esa sería la palabra perfecta. Hermione lo ignoraba a los cuatro vientos desde que él salió por primera vez con Brown. Harry estaba siempre apegado a ella, por lo que pocas veces podían hablar. Dedujo con pocos argumentos y escasos detalles, de que ella tenía en mente a otra persona. No hacía falta ser muy inteligente como para saberlo. Pues siempre la encontraba ausente, como si su mente divagara por otros mundos fuera de este. Suspiraba de vez en cuando, de la misma forma que una enamorada. Un escalofrió recorrió su espina dorsal al pensarlo. Le dolía el pensarlo, ella en otros brazos que no eran los suyos… Vale que nunca se han llevado tan bien como con Harry, ella le contaba todo, absolutamente todo. A él una tercera parte y entera si era importante. Tampoco podía protestar, puesto que él hacía lo mismo. Su relación amorosa solo la sabía su amigo, los demás conocían una pequeñísima parte; la de enviar cartas, pero nada más.
Si Hermione se enterara de la relación de Lavender, lo próximo que vería, un puño contra su nariz. Tipo lo que pasó en tercero con Malfoy. Cerró los ojos recordando aquél genial momento. Esbozó una sonrisa infantil y juró que nunca lo olvidaría, puesto que ahí demostró su amiga que tenía un par de ovarios.
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El repiqueteo de unos pasos era lo único que se oía en los oscuros pasillos. Todo estaba desierto, no había ni un alma. El frío cada vez aumentaba más, y era extraño, faltaba poco para Septiembre. El hedor se hacía más fuerte conforme avanzaba. Era de día, fuera hacía calor. Pero allí todo era sombrío y frio. No se podía respirar, ni sentir calor. Los pasos cada vez se escuchaban más cerca, por una de las esquinas apareció una persona encapuchada. La tela lo tapaba completamente, sin dejar un detalle a la vista. Caminaba con paso firme y seguro, sin vacilar ante lo que iba a presenciar en cuanto doblara la siguiente saliente.
Se tapó el rostro al llegar a una pequeña puerta de madera desgastada. El olor era más fuerte, era asqueroso para todo aquél que estuviera ahí. Con su mano libre giró el pomo, la puerta chirrió por las bisagras viejas. Al entrar cerró con un hechizo, así nadie entraría al menos que él quisiese.
Esperaba que los rumores no fueran ciertos, que todo fuera una mentira y él se la creyera. La habitación donde se encontraba era la más amplia de toda la casa. Había sido un salón de baile hace muchos años, ahora solo era la sala de torturas. No era normal tener prisioneros ahí, todos estaban en las mazmorras provisionales que colocaron debajo de la casa. Sin embargo al menos cinco personas estaban delante de él. Cinco prisioneros en lamentables condiciones. Uno lo tenía en una especie de camilla con agujas clavadas en su cuerpo. Otro colgaba de los pies en el aire, su cara estaba llena de sangre y por lo que pudo ver su cráneo estaba casi roto. Dos más estaban atados con grilletes en una de las paredes, al parecer dormidos, o desmayados, que más daba ya.
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Y el quinto… el último fue el peor de todos, por el único que el corazón comenzó a estrujarse sin piedad. No había sido una mentira, era real. No podía apartar sus ojos de aquél menudo cuerpo que yacía en el suelo, sucio, la cara tapada y con heridas de las cuales la sangre continuaba saliendo, llenando el piso de líquido rojo. Se acercó con miedo, las piernas comenzaban a temblarle, no quería ver quien se escondía tras el trozo de tela. Las manos temblaban inconscientemente, nunca se había sentido así, tan indefenso y asustado. Armándose de toda la fuerza que tenía apartó la tela de su rostro, lo más lento que podía. Trató de no derrumbarse cuando asomó unos labios finos, morados y con cortes. No había sido una mentira, era real. Continuó apartándola, hasta que se detuvo cuando unos ojos azules aparecieron ante él. No tenían brillo, por lo que supo en ese momento que vida tampoco. Estaban vacíos.
Su progenitora, su madre, su amiga, la autora de su vida, estaba muerta. La mujer que lo cuidaba, lo protegía de las amenazas de su padre. Trataba que su vida fuera perfecta y lo ayudaba en sus malos momentos… se había ido. Los ojos comenzaron a picarle amargamente, enrojecieron en cuestión de segundos y luego volvieron a ser blancos. La pupila aumentó, dejando por completo el color negro como único color y el metal casi oculto. En un caso normal, habría sido que comenzara a llorar, pero las lágrimas nunca llegaron. Pocas veces lloraba, la última vez fue cuando tenía delante a Dumbledore, pero tampoco llegó a hacerlo.
Recogió el cuerpo de su madre, con las manos todavía temblorosas, la abrazó con tan intensidad, como si su vida dependiera de ello. Pequeños flashes cargados con imágenes de su vida llegaron a su cabeza. Los cuales su madre siempre estaba presente, protegiéndolo.
-¡Es solo un crío, no entiendo cómo le haces eso a tu hijo! ¿Prepararlo para ser mortífago? ¡Antes muerta! –gritaba su madre enfurecida, mientras colocaba a su hijo detrás suya para protegerlo.
Aquellas palabras… tan lejanas ya. Recordaba bien ese momento, cuando su padre le comunicó que El Señor quería de sus servicios. Lucius aceptó honroso, sin si quiera preguntar a su hijo o a su mujer. Su madre se negó en rotundo… pero había fallado.
-Hola madre –le dijo serio, cuando entró a la mansión. Ella como siempre lo recibía con una sonrisa. Al verlo, esa mueca desapareció.
-Dime que no, por favor –rogó, cogiéndose la cabeza con las manos y negando.
-Soy un mortífago –anunció sin titubear, ignorando la súplica de su madre.
Se arrepentía, mucho. Había días, en los que deseaba morir en manos de su Señor. Que llegara el momento donde él le anunciaba que se había cansado de sus servicios y su final era la muerte.
Sí… un desenlace de su apestosa y triste vida.
-Te quiero hijo.
Palabras cargadas de sentimientos, amor. Era una frase corta, cualquier persona no sentiría la misma emoción que sentía él. Es normal escuchar eso de una madre, algunos incluso estarían cansados, pero él no. Esa frase fue la última que le dijo, antes de que se la llevaran. Al principio no prestó atención, tampoco podía darle importancia al tener a sus compañeros observándole. Pero ahora al pensarlo, se dio cuenta que era de despedida. Porque sabía cuál iba a ser su futuro. Y ahí la tenía. Entre sus brazos, acurrucándola como si fuera una niña pequeña. Todo por culpa de los malditos bastardos que tenía como compañeros, lo mismos que invadían su privacidad y lo tachaban de cobarde. Eso se terminó. ¿Querían a un verdadero Malfoy? Lo tendrían.
Armándose de todo el valor que disponía, se levantó del suelo con su madre, la dejó con suavidad en una de las mesas que encontró cerca. La admiró por una última vez, analizándola por completo. Grababa en su memoria cada detalle de su rostro. Era tan bella… y ahora por esos bastardos estaba casi irreconocible. Alzó su mano derecha -ahora firme- y bajó los parpados de su madre. Tapando finalmente el color azul de sus preciosos ojos. Ahora sí podía descansar en paz.
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Hermione sonreía, feliz, emocionada. Por fin salía del hospital, tras dos días aburridos y pesados. Bueno… uno un poco movidito. Ensanchó más su sonrisa al recodar a Malfoy y su forma de despedirse. Sintió como sus mejillas adquirían color y se calentaban. Rezaba para que Harry no se diera cuenta de su cambio. La había recogido ese día, quería estar cerca de ella y asegurar de que volviera a salvo. Muy protector pensó ella al observarlo; intranquilo y mirando a ambos lados mientras caminaban.
Se extrañó que Ron no fuera, siempre iba con Harry a todos los lugares y creyó que también lo acompañaría a por ella. Se equivocó. Y le dolió mucho.
Paró de golpe al chocar con la espalda de Harry. Le observó varios minutos sin entender que ocurría. Cuando se disponía a preguntarle, la cogió de la muñeca y la llevó a un callejón oscuro casi corriendo.
-¿Qué ocurre? –atinó a preguntar, todavía agitada por la carrera. Harry colocó un dedo en sus labios pidiéndole silencio. A lo que ella acató sin reproche.
Escudriñó la calle, al igual que él. Esperando encontrar lo que había conseguido alertar a su amigo. Sin embargo no había nada. Ni un gato corriendo, ni un sonido fuera de su lugar.
Harry la miró y negó con la cabeza, confirmándole que estaba todo bien.
-He sentido que alguien nos observaba –le explicó más calmado- Como si nos siguiera. No sé, ha sido extraño, posiblemente el cansancio.
-¿Cansancio? –preguntó con burla- Harry por Merlín, si de seguro que has estado haciendo el vago estos días.
Vio cómo su amigo se tensaba y comenzaba a evitar mirarla. Se rascó la coronilla, buscando las palabras correctas. Algo iba mal. No por algo lo conocía siete años y era como su hermano.
-Porque no habéis hecho nada, ¿verdad? Todo está en su sitio…
-Bueno, en su sitio, en su sitio, está todo –confirmó dudoso. Hermione lo miró fijamente y enarcó una ceja. Gesto que le parecía muy al estilo, ¿Malfoy? Negó esa idea, era imposible.
-¿Qué ocur…
-Mejor nos desaparecemos –sugirió, cortándola, no podía responderle.
-Está bien –aceptó ella sin darse por vencida. Ya dispondría de tiempo en casa para sonsacarle información.
Agarró la mano de Harry y sacó su varita. Con un movimiento se desaparecieron y aparecieron en el umbral de la casa.
Todo parecía correcto allí. Nada fuera de lo normal y parecía estar tranquilo. Colgó su bolso en el perchero de la entrada, Harry se lo llevó el anterior día para que se cambiara. No dio ni dos pasos cuando se quedó estupefacta al ver a una niña delante de ella sonriéndole.
Diana llevaba la cara llena de chocolate, al igual que su camiseta y por consiguiente sus manos. Miraba a Hermione con atención. Se sentía contenta de que hubiera otra chica en la casa. Dos chicos para ella, era muy pesado, se sentía poco femenina.
- Hola –le dijo con tono infantil y jovial.
La chica reaccionó al oírla. Parpadeó varias veces, asegurándose de que una ilusión y ella estaba ahí realmente.
-Harry –llamó a su amigo en un susurro. Él se acercó colocándose a su lado para escucharla.- ¿Q-u-é h-a-c-e u-n-a –n-i-ñ-a e-n c-a-s-a? –preguntó pausadamente.
-Eso era lo que te quería contar antes –confesó, rezando para que ella no lo matara.- Se quedará con nosotros.
-¿Nosotros? ¿Quedarse? ¿Por qué?
-Me llamo Diana –intervino la niña, llevó un dedo a su camiseta y quitó un trozo de chocolate que había, lo miró y se lo mostró a Hermione- ¿Quieres? Está muy rico.
Iba a desmayarse en ese instante, los objetos de la casa se movían, le faltaba el aire. Y justo cuando pensaba que lo haría, una voz la despertó.
-Didi, ¿qué te he dicho? Que no salgas fuera de la cocina –le dijo Ron saliendo por una puerta, al igual que la niña, él también iba en las mismas condiciones. Se paró de golpe al ver a sus amigos, una en estado de shock y el otro mirándole de reojo, esperando cualquier ataque por parte de ella.
-Te haré caso cuando dejes de llamarme Didi –protestó la niña cruzándose de brazos.
-Es mucho mejor que Diana, además te queda bien –argumentó Ron, al verla se le escapó una pequeña risa.
Pero Diana no estaba dispuesta a que se rieran de ella. No señor.
-¿Eres el hijo de Pipi Langstrump? –Ron frunció el ceño, desconcertado.
No –respondió en acto- ¿Quién es esa o ese?
-Es una niña que tiene pecas y el pelo rojo. Pensé que eras su hijo, ya sabes, porque tienes más pecas que pelos en la cabeza. Podría llamarte pecoso –comentó mirando de reojo el techo –Sí, te llamaré pecoso, además, te queda bien –lo imitó con una sonrisa ladeada.
Harry comenzó a reírse, al igual que Hermione. Esa niña era una caja de sorpresas, no era tan inocente como parecía y era de armas tomar.
-No me llames pecoso, mocosa –le dijo entrecerrando los ojos.
-No me llames Didi, pecoso –paladeó la última palabra con deleite y finalizando con una sonrisa inocentona.
Se volteó para mirar a su nueva compañera. La analizó de arriba abajo. Arrugó la boca, como si algo no le gustara. Hermione la miraba suspicaz. Se sentía incomoda por conforme la miraba.
-Eres muy bonita –dijo finalmente la niña- Me alegra saber que hay otro chica guapa en esta casa como yo. Podremos ser muy buenas amigas. ¿Cómo te llamas?
-Her-Hermione –contestó confusa y sorprendida por el comentario. Diana acariciaba su cabello negro, manchándolo de chocolate. No pareció importarle.
-Gracias –se dio media y vuelta y regresó a la entrada de la cocina. Antes de entrar miró a los tres.- Hermione, ¿te apetece tarta?
-No gracias –respondió con dulzura. Al fin y al cabo era una niña pequeña.
Diana entró en la cocina, dejándolos solos. Cada uno se miraba sin saber que decir. Todas las palabras y preguntas que tenían en su mente volaron con la intervención de la niña.
-Ya te explicaré todo después de cenar –le dijo Harry tomándola del brazo.
-Esta niña traerá problemas –comentó Ron volviendo también a la cocina.
Y nunca se imaginó que ciertas podían llegar a ser sus palabras. Ninguno se lo imaginó y de seguro que más de una sorpresa se llevarían.
۰۪۪۫۫●۪۫۰ ۰۪۪۫۫●۪۫۰
¿Qué os ha parecido? ¿Merezco unos bueno tomatazos y crucios? He intentado hacer lo mejor posible, mi mente últimamente no está en lo que debe de estar. No seáis muy crueles. Por cierto, adoro a la pequeñaja, ¿Vosotros, no? ¿Queréis que tenga más protagonismo o lo olvido?
Gracias por los comentarios del anterior capítulo. Espero veros por este tambien.
En especial a; AnaBrest15; Serena Princesita Hale; parislights44; Saki
Y a todos lo que pusieron alertas y agregaron a favoritos la historia.
Giisel!
