Disclaimer: Nada es mío. Sólo tomo prestado. Y no cobro nadita por ello
Capítulo 9: Europa
En una habitación vestida de impoluto blanco, de un hospital privado en algún lugar de Europa, un hombre se encontraba postrado en una cama de sábanas de seda. Tubos se conectaban a su cuerpo para ayudarle a seguir viviendo en este mundo.
Al otro lado de la estancia, en una esquina apartada, un hombre con sombrero y gabardina negra se encontraba de pie, esperando que despertase de su inducido sueño.
De vez en cuando se rascaba la zona de su poblado bigote, antaño negro como la noche y sus ropajes, ahora de un tono grisáceo por el pasar de los años.
Una brisa de montaña traspasaba la ventana entreabierta, moviendo las finas cortinas de un lado a otro, único vestigio que tenía el hombre del sombrero negro que el tiempo a su alrededor no se había detenido.
Un leve gruñido se escuchó en la silenciosa estancia, haciendo que el visitante se tensase de inmediato. No sabía cómo iba a reaccionar, pero estaba seguro de que no muy bien. Sin embargo, debía despertarlo y narrarle los últimos acontecimientos.
El hombre de gran barriga, bigote pequeño y un claro en la cabeza, mucho tiempo sin cabellos en ella, se removía pausadamente en su despertar obligatorio.
En cuanto abrió los ojos, tuvo que cerrarlos de nuevo al molestarle la claridad, clavándosele en las pupilas dolorosamente y haciendo que soltase un quejido. - ¿Cuánto tiempo ha pasado? – La boca la tenía pastosa, y su voz estaba ronca al no usarse en un tiempo.
- Nueve años. – Respondió el único que podía.
El paciente abrió de nuevo los ojos, adaptándose de nuevo. – Snake. – Pronunció su nombre en cuanto le divisó. O por el nombre con el que era conocido. Cerró los ojos de nuevo, intentando reponerse lo antes posible. - ¿La habéis encontrado?
Snake se tomó su tiempo para responder, sabiendo que a su jefe no le gustará su respuesta. – Estamos cerca. Más que antes.
Hirota le miró con ojos heladores. - ¿Cómo que cerca? – Se recolocó en la cama para mirarlo más directamente y poder estar lo más cómodo posible mientras seguía conectado a las vías. – Di instrucciones precisas de que no se me despertase hasta que lo hicieseis. Cada día que me mantenga despierto…
- El asunto por el que le he despertado es bastante importante. – Se acercó a los pies de la cama y sacó un periódico de dentro de la gabardina, entregándoselo.
Tomó el periódico sin apartar la vista de su empleado, hasta que se vio en la necesidad de hacerlo.
Su semblante se volvió rosado, casi rojo si tuviese más fuerzas, al ver la portada. - ¿¡Cómo!? – Gritó con las fuerzas que le volvían de a poco. - ¡Esto es… es… Imposible! ¿Lo habéis comprobado? – Vio el asentimiento de su interlocutor. – No. Debe de ser un imitador. – Arrugó el periódico entre sus dedos.
- No le hubiera despertado si fuese un imitador. Es el original. Bueno… Es el mismo de hace diez años.
- No puede ser. Está muerto. Nos encargamos de ello. – Lanzando el periódico a los pies de la cama.
- Nunca encontraron el cuerpo. Pudo haber sobrevivido al accidente y mantenerse escondido todo este tiempo.
- Lo buscamos para asegurarnos, y no apareció.
- Alguien le encontraría antes. – Refutó. – Nos confiamos demasiado.
Hirota se mantuvo en silencio, asimilando la noticia. - ¿Por qué estás tan seguro de que es él?
- En cuanto apareció, comenzamos a vigilar a la chica de nuevo. – Le miró a los ojos. – Ha ido a visitarla como Kid.
- ¿Y ella lo sabe? – Cuestionó ansioso. - ¿Sabe quién es? – Demandó. - ¿Habéis visto a Kuroba?
Snake negó con la cabeza. – No ha dado señales de que lo sepa. Desde que Kuroba desapareció, ella no ha vuelto a ser la misma. Si lo supiera, cambiaría.
- Así que ha vuelto como Kid, no como Kuroba. – Dijo pensativo.
- Se está escondiendo de nosotros. Debió averiguar que el accidente fue provocado. No hay otra explicación.
- Y había salido tan bien… - Apretó la mandíbula. – Al no emerger del río, nos ahorramos el tener que matarlo en el hospital, evitándonos más problemas. Pero ahora… - Miró furibundo a Snake. – No paren de vigilar a Nakamori. Tarde o temprano cometerá un error, y allí estaremos.
- No será tan sencillo. – Dijo quejumbroso. – Nakamori heredó el puesto de su padre. Es la inspectora jefe de la división de robos, en especial, el caso de Kaito Kid. Es imposible mantenerla vigilada las veinticuatro horas. Sólo hemos podido vigilar su casa a lo lejos.
- No podemos dejar que se acerque a Pandora antes que nosotros. Si lo hace…
- Le cogeremos. – Aseguró. – Siempre lo he dicho. Podemos utilizarlo. Lo propuse en su momento. Que consiga a Pandora, que haga el trabajo, y nosotros luego la cogemos.
- ¿Y cómo piensas hacer eso? Ya lo intentamos y no funcionó.
- Por eso yo no era partidario de matar al chico en cuanto descubrimos su identidad. Kaito Kid es inexpugnable, pero Kaito Kuroba tiene un punto débil.
- ¿Y cuál es? ¿Cuál crees tú que es? – Le miró a los ojos, furibundo, pero Snake no apartó la mirada. Hirota se percató sólo de la respuesta. – La chica.
- Y tenía razón desde el principio. El reporte audio-visual del accidente lo afirmó. Él se quedó para salvarla.
- Cualquier chico estúpido con aires de héroe lo hubiera hecho. – Comentó soez.
- ¿Y lo primero que hace al hacer su triunfal aparición es ir a verla? – Se burló con una mueca. – Han pasado diez años, pero el primer amor siempre perdura.
- Lo dices como si tuvieses experiencia.
Snake se aclaró la garganta, algo incómodo, pero no lo demostró. – A donde quiero llegar es, que cuando llegue el momento, le tendremos bien agarrado por las pelotas. Aunque hace diez años hubiese sido mejor, cuando la chica no había sido entrenada.
Una sonrisa irónica salió de los labios del paciente. - ¿Le tienes miedo a una mujer?
- No es que le tenga miedo. Es que el trabajo será más difícil de lo que hubiera supuesto cuando aún estaba en la preparatoria.
- Cualquiera diría que no te gusta un buen desafío.
- Me gustan los desafíos. Cuanto más difíciles, más divertidos. – Afirmó. – Pero uno envejece, y el paso del tiempo no se detiene.
- Con nosotros lo hará. – Suspiró cansado y se recostó de nuevo. – Veo que lo tienes todo cubierto. En cuanto me den el alta, volveremos a Tokio y por fin encontraremos esa joya. Kid lo hará, ¿verdad?
- Conociéndolo como lo conocemos, no dejará de buscarla para detenernos. – Hizo un gesto de burla, haciendo comillas con los dedos. – No descansará hasta vengar la muerte de su papi.
- No debemos subestimarlo. No esta vez. Cuando tengamos a Pandora, quiero asegurarme personalmente que esté muerto.
Se llevó una mano al sombrero y se lo bajó mientras se volvía hacia la puerta. – Muy bien. No fallaremos esta vez.
Hirota cerró los ojos. – Más os vale. No queda mucho más para que el cometa pase.
Cuando Snake cerró la puerta tras de sí, un enfermero muy bajo, con joroba, orejas y boca algo deformes, empujaba un carro lleno de medicamentos por el pasillo.
Dejó atrás al hombre de la gabardina oscura y giró un pasillo a la derecha. Abandonó el carro en medio del pasillo y se metió en una habitación vacía, cerrando con seguro tras él.
Se dirigió a las ventanas y las cerró, cubriéndolas con las cortinas y dejando la habitación lo más en penumbra posible.
Sacó un medallón dorado con un cristal rojo en el centro y lo extendió ante él, pronunciando unas palabras irreconocibles para cualquier oído. Al hacerlo, el cristal comenzó a brillar, proyectando una luz rojiza en la pared. – Mi señora. – Dijo en un idioma entendible. – Su más leal siervo solicita su presencia. – La silueta de una mujer se formó con las diferentes tonalidades que desprendía el cristal. – Lion ha despertado.
En una oscura mazmorra en la mística Rumanía, una mujer de suave piel blanca y largos cabellos negros con tonalidades rojizas según le proyectase la luz, miraba la imagen que salía desde el cristal madre del talismán.
Apretó los puños, pero su bello rostro no mostró ningún cambio. Cerró los ojos y se giró para subir las escaleras de piedra. – Volvemos a Tokio. – Fueron las únicas palabras que pronunció.
La imagen del hombre asintió. – Como desee. – Y desapareció, dejando en la más absoluta oscuridad a la estancia.
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- ¿Cuándo me ibas a decir que tienes un nuevo compañero? – Fue el saludo que recibió nada más entrar en su, creía su ilusa mente, solitaria oficina.
- Saguru… - Suspiró cansada. – No tengo las ganas ni la paciencia para esta conversación. – Dijo acercándose a su mesa y poniendo los informes frente a su silla. Miró de reojo al detective, con sus ojos diciéndole que no se iría de allí sin una respuesta. – Pensaba que esto terminaría antes de que te enterases.
- Pero los planes no van según lo previsto, ¿no? Las noticias vuelan, sobre todo de este tipo. – Arqueó una ceja al ver la furia en su amiga, sorprendiéndole. Hacía mucho tiempo que no la veía mostrar sus sentimientos. Tanto que casi lo había olvidado. - ¿Y quién es? ¿Puedo conocerle?
- Si el destino estuviese de mi lado por lo menos una vez, nunca lo conocerías. – Dijo con las manos apoyadas en el escritorio, con todo su peso sobre él. Al escuchar la puerta abrirse, apretó los dientes y se sentó, rendida. – Pero no tendré esa suerte. – Susurró, dejando que su amigo la escuchase.
- ¿Por qué me dejaste atrás, inspectora? – El detective se giró para ver al recién llegado. - ¿Y si te pasa algo?
- ¿Qué me va a pasar en una comisaría llena de policías? – Se llevó una mano a la cabeza, sentía que una espantosa jaqueca iba a comenzar en cualquier momento. Ya tenía suficiente con sus aires de grandeza al resolver el robo del banco. No necesitaba más de Akira Mino por el resto del día. Peo no sabía cómo quitárselo de encima de una vez.
- Espías, agentes dobles… - Comenzó a enumerar. – Agentes triples…
- No estamos en una película o algún libro. Esto es la vida real. – Le miró furibunda.
- Te sorprenderías de lo que se puede acercar una película a la realidad.
Saguru no apartaba la vista del escritor, sin podérselo creer. Era el amigo del comisario, el que salvó la vida a su mejor amiga, y el que estaba el 99% seguro que era más de lo que aparentaba ser.
Mino por fin se dio cuenta de que no estaban solos. - ¡Detective! – Se acercó a estrecharle la mano, el susodicho se levantó de su silla y recibió el gesto. – Encantado de verle de nuevo. – Dijo con una sonrisa. – Lamento que haya presenciado esta pelea de casados.
Una carcajada irónica surgió de la mujer. – Tú y yo no estamos casados. – Se apoyó en la mesa sin levantarse y le señaló con el dedo. – Nunca. Jamás. Ni en tus sueños más húmedos.
El escritor levantó una ceja, sonriendo divertido. – En mis sueños, tú y yo no estamos casados. – Hacemos cosas que normalmente se hace después de casados.
Aoko le miraba furibunda. Se planteaba seriamente asesinarlo allí mismo, y que Saguru le ayudase con el cadáver.
El inglés se aclaró la garganta al notar el aire asesino que se acumulaba a su alrededor. – Así que, es el nuevo compañero de Aoko.
- Así es. Haré un reportaje con el que el cuerpo de policía se convertirá en un héroe otra vez. Pero para ello debo convertirme en uno. Y con convertirme, me refiero a seguir al mejor. Y esa es la belleza de aquí delante. – Dijo señalando a Aoko con la mano despreocupadamente. – Aunque es un poco huraña. – Terminó en un susurro, pero todos los presentes pudieron escucharle.
- Si no te gusta, ahí está la puerta.
- ¿Y qué quieres que haga con la puerta? ¿Pintarla? No estoy para esas cosas.
Saguru sonreía recordando su adolescencia. Rememorando a su amiga con diecisiete años, y después de diez años, pudo ver un atisbo de esa joven que hacía tanto no aparecía. – Señor Mino, he venido a recoger a Aoko para una cena familiar. ¿Le gustaría acompañarnos?
La mujer abrió los ojos como platos. ¿Cómo se le ocurría a Hakuba hacer esa invitación?
- ¡Oh! ¡Lo siento mucho! Pero tengo una cita con una despampanante rubia. Modelo de Victoria's Secret. Noventa, sesenta, noventa, ¿entiende? – Sugirió con un brillo en los ojos. – Puede que en otra ocasión. ¡Hasta mañana, inspectora! – Dijo saliendo por la puerta.
- ¿Cómo se te ocurre invitarlo? – Demandó en cuanto se perdió de vista. – Es como una sanguijuela. Una vez que se te pega, no puedes quitártelo de encima.
- No te preocupes. Tenía el pálpito de que lo rechazaría. – Dijo sonriendo. – Pero lo de la rubia sobraba. – Suspiró. – Venga, vamos.
La mujer le miraba con las cejas arqueadas. - ¿Pero era en serio?
El inglés rió. - ¡Por supuesto! Prometiste que vendrías para la próxima. Y ya es la próxima. Además… - Añadió al ver que iba a protestar. – Akemi está deseando verte.
Aoko soltó el aire que mantenía y se echó hacia atrás en la silla, rindiéndose. – No hay quien pueda con los europeos.
Saguru seguía sonriendo mientras se acercaba a ella y le ofrecía una mano para que se levantase. – Los japoneses también tienen sus momentos de cabezonería.
CONTINUARÁ
