¡Al fin! Es lo único que puedo decir.
EL AMOR... NO SE ALEGRA POR LA INJUSTICIA
I- Todos los malvados, registrados por la historia y amplificados por las leyendas populares como Herodes, Nerón, Iván el Terrible, Pedro el Cruel, etc., encabezan una repugnante lista a la que se agregan los Tiranos, los verdugos, los secuestradores, los atormentadores de las prisiones, los capataces en campos de concentración y muy vergonzantemente la completan en nuestros tiempos que ya reconocen y defienden los Derechos Humanos, los que aplican la tortura despiadada, los que atropellan y golpean a los indefensos, los machistas que subyugan a las mujeres, los mayores (peor si son los propios padres) que maltratan y ultrajan a los niños, etc. Todos ellos que parecen no tener alma, ni corazón, sino solo sentimientos para "gozarse en la desgracia ajena..." son precisamente lo opuesto a lo recomendado por S. Pablo.
II- Es duro pensar que en esa lista entran todas esas personas, que por atender solo a su "conveniencia", no advierten o aceptan el mal necesario que se sigue a otras personas. Por ejemplo, todos los que cometen el aborto: se alegran de encontrarlo como remedio propio, aunque se siga para otros una tremenda injusticia: los legisladores, resultan opresores; los doctores, destructores, y las propias madres, cuyo cuerpo es destinado a ser cuna de vida, es convertido en sepulcro de muerte. Caso parecido el de los maestros o malos amigos, quienes con su enseñanza se alegran de "abrirles los ojos" a los que por su edad o condición más bien escandalizan, con un trauma o daño irreparable para toda la vida. 0 los buenos para pedir prestado y malos para pagar. 0 prestamistas implacables, con sus deudores imposibilitados. Unico remedio, el amor... que no se alegre con la injusticia.
Justicia divina, justicia poética, la mano de Dios. Wiiliam Albert Andley podría aplicarse cualquiera de estos títulos, si dejaba llenar por el enojo que le producía la última treta de los Leagan y de la tía Aloy. Si no fuese por Candy, quien se mostró inquieta esos tres días que pasó con él en Lakewood, habría tomado medidas muy enérgicas, rayanas en la crueldad, para poner las cosas en su lugar. ¿Acaso los Leagan creían en serio que él permitiría semejante abuso sobre Candy? Ahora se daba cuenta que como daño colateral por no tomar su posición como patriarca, Candy no era considerada como miembro de renombre del clan. Ni por los Leagan ni por la tía Aloy. Y siendo ella hasta la fecha el rostro ante el clan, como matriarca y representante del patriarca, tenía muchas posibilidades de salirse con la suya con respecto a esa decisión sobre la vida de Candy. Bien se lo había advertido George, si no dejaba de tontear, jugando al vagabundo, Candy, quien se había convertido en lo más importante para él en la vida, podría salir lastimada. Gracias al cielo, Candy no era una pusilánime, sino una persona capaz de plantar cara ante quien tratase de forzarla a algo que no quería hacer. Aunque se tratase del importante tío abuelo William, patriarca del clan Andley a quien nadie debía oponerse.
Los días que pasó con Candy fueron la mejor forma de prepararse para su presentación ante la sociedad. La chica rubia de ojos verdes supo tranquilizarlo y llenarle de paz, para enfrentar a quienes se atrevieron a mal utilizar su nombre.
-Gracias, Johnson -fue de las pocas frases que pronunció cuando George acudió a recoger a la joven para regresarla a Chicago.
El caballero francés solo sonrió ante el rostro juvenil y satisfecho del joven patriarca; tenía motivos para sonreír, mirando los ojos azules llenos de felicidad de su, hasta hace algunos meses, pupilo.
-¿Albert siempre viste de negro, George?
Candy se mantenía tranquila al lado de George, mientras el hombre vestido también de negro, manejaba con su acostumbrada seguridad.
-Cuando atiende asuntos relacionados al clan viste de manera formal, señorita Candy.
- Se ve muy bien -agregó Candy en tono más suave.
George encontró el mismo fervor en la voz de la chica como en aquel viaje a Londres, cuando creyó ver a Anthony Brown en la cubierta del Mauritania. Eso le dijo al francés que la joven dama estaba ya enamorada de William.
Candy venía plenamente confiada en la palabra de William, quien le pidió volver a Chicago, sin agregar nada más a su promesa de que no permitiría que Neal se saliese con la suya. George podía felicitarse de su agudeza y percepción respecto a los sentimientos de los dos rubios personajes, pues esos pocos días pasados juntos, habían obrado un gran milagro. Y conociéndolos, ¡pobre de quien se atreviese a tratar de separarlos!
-Gracias, George -dijo Candy, con un dejo de ternura.
-Me alegra que todo esté bien para ustedes, señorita.
Albert hizo los arreglos necesarios para regresar a Chicago, prácticamente de incógnito, pensando en hablar con la tía Aloy antes de que la santa mujer diese seguimiento a un paso que acarrearía una mayor vergüenza a su status social cuando el patriarca interviniese.
oOoOo
Neal se sintió profundamente ultrajado cuando se enteró de la huida de su prometida. ¿Qué acaso Candy no se daba cuenta que casarse con él era la mejor solución para su situación? El se encargaría que su lugar en la familia fuese el mejor. Como su esposa, Candy sería respetada y estimada por todo el clan; incluso se apersonó en el Hogar de Pony, sin resultado alguno; por horas, estuvo seguro que Candy había sido capaz de huir de Chicago, sin saber dónde más buscarla. Neal podía amarla, o más bien, sentir una pasión arrebatadora por ella, pero no la conocía; siendo tan joven, inmaduro y siempre habiéndose salido con la suya, el joven Leagan estaba seguro de que con solo desearlo, Candy se casaría con él y lo amaría. Ya casados, él le demostraría que podía ser cariñoso, amable y que la amaba con locura. Sarah Leagan apostó a uno de sus mozos, leal a la familia por más de dos décadas, a la puerta del sencillo edificio del Magnolia, a fin de monitorear la vuelta de Candy. Si bien no acaba de digerir la idea de que Neal se casara con Candy, esa hospiciana no se burlaría de su familia. En cuanto pusiese un pie en su departamento, ella se presentaría para obligarla a cumplir con el compromiso matrimonial con su hijo.
Y tuvo razón, a la media hora de la vuelta de Candy, quien llegó sola a su hogar, Sarah Leagan había sido informada del hecho, aunque también le avisaron de la presencia del joven Archie Cornwell, acompañado por las damas Annie Britter y Patricia O'Brien, quienes permanecieron un buen rato en el pequeño departamento, para salir sin Candy. Sarah se apresuró a apersonarse en el hogar de Candy.
-Si acaso piensas escapar de tu compromiso con mi hijo no... -comenzó en tono amenazante.
-Descuide, señora Leagan -interrumpió una decidida Candy, con fuego verde en la mirada-, estaré presente, para que escuchen mi respuesta. Le doy mi palabra.
Sarah no tuvo más remedio que esperar al día siguiente, confabulada con su hija y con madame Aloy; temerosa de una nueva escapada de Candy, envió a su chofer desde temprano, con órdenes de recogerla y no permitirle ir a ningún sitio que no fuese la mansión.
oOoOo
William llegó durante la mañana del famoso día del compromiso, informado por George y por el asistente del francés, quien pudo moverse más fácilmente en la mansión para recabar información que el mismo vocero del patriarca. Ducho en esos menesteres, el joven rubio se escabulló con facilidad a una de las habitaciones del piso superior, situada en el ala que había ocupado desde que regresó a fin de preparar su próxima presentación ante la sociedad. Un elegante traje de etiqueta le esperaba, junto con todos los accesorios, a fin de intervenir en el próximo anuncio. George no se encontraba presente, sino que fue David Knight el encargado de informarle sobre los movimientos de la familia. Supo por él, que Candy había sido trasladada a una de las habitaciones del segundo piso y puesta en manos de un par de doncellas, a fin de prepararla para la ceremonia; igual se enteró de que Neal se había encerrado en la biblioteca, donde se dedicó a beber, molesto porque su madre no le había dejado ver a Candy. Un par de horas más tarde, William se sentía como en una olla de presión. Cada vez se acercaba más la hora de anunciar el famoso compromiso, escuchaba ya el bullicio que algunos invitados, venidos de lejos, armaban al entrar a la mansión y siendo instalados en las habitaciones para huéspedes con las que la enorme casa contaba. Volvió el rostro a la puerta, por donde ingresaba David Knight, acompañado por un George Johnson, que había logrado entrar a hurtadillas, lejos de los ojos de los principales intrigantes del plan.
-William -llamó a modo de saludo, inclinando la cabeza.
-George, bienvenido -el rubio sonrió de manera automática, con la inquietud pintada en el rostro y posó sus ojos en David-. ¿Candy no ha aparecido? -preguntó.
-No, señor Andley -respondió el joven asistente con prontitud-, Mary, una de las doncellas, me dijo que tienen orden de no dejarla salir de la habitación, hasta que la señora Leagan o madame Aloy vayan a buscarla.
Para el ojo entrenado de George, con la experiencia de conocer de toda la vida a Albert, no pasó desapercibido el gran esfuerzo para controlar la ira que le embargó. David, menos ducho, observó a su jefe inmediato y volvió la vista al patriarca. Un contrato de confidencialidad, la explicación sobre la verdadera identidad del joven que se presentó hacía unos pocos meses, buscando al señor Johnson en el Banco de Chicago, aunado a la sagacidad del muchacho, dieron como resultado que se enterara, por boca de George Johnson, del gran secreto del clan Andley: la identidad del patriarca. Ese evento tuvo lugar apenas un par de días antes, y había sido desencadenado por ese compromiso forzado entre Candy y Neal.
-¿Y Neal? -continuó William.
-Sigue en la biblioteca -continuó David-, la señorita Eliza entró hace unos momentos con él.
-¿Hay alguien cerca de la biblioteca? -siguió William.
-No, prácticamente todos los sirvientes están o en el gran salón, preparándolo para la celebración, o en los pisos de los dormitorios, ayudando a los invitados que ya han llegado.
-Bien.
El tono de William alertó a George y a David, el francés se movió al mismo tiempo que el rubio, cuando éste se encaminó a la puerta de su habitación, con toda la intención de salir, y por lo visto, buscar a Neal.
-¿A dónde vas? -preguntó con serenidad y firmeza.
-Supongo que ya te lo imaginas, déjame pasar - respondió con acritud el rubio.
-Lo sé ¿qué piensas hacer? -replicó con tono severo George, sin quitarse del camino.
-Mañana lo lees en los periódicos -replicó enojado William, haciendo el intento de abrir la puerta.
La rauda mano derecha de George se cerró en su antebrazo izquierdo.
-No puedes cometer una tontería, presidente -le regañó.
-Lo sé, créeme que lo sé -William no hizo ademán alguno para zafarse del agarre de su mentor.
-William... -el tono cambió a advertencia.
-No haré nada ni siquiera parecido a una tontería, George, te lo aseguro -los ojos azules mostraban la fuerza de su linaje-. Déjame pasar, por favor.
El tono, exageradamente cortés, le dijo al francés que su jefe se saldría con la suya. George acabó por soltar a William y retirarse de su paso.
-Vuelvo en un momento, espérenme aquí -ordenó, cerrando la puerta tras él.
No había pasado un minuto, ni el rumor de los pasos del muchacho se había esfumado, cuando Johnson abrió la puerta y salió tras él.
-Ven conmigo, David -pidió.
El joven asistente se apresuró a obedecer, sin preguntar nada. En muchos aspectos, el joven le recordaba al mismo George; era muy avezado, inteligente y sabía leer entre líneas las intenciones de quienes interactuaban con él, no emitía palabras inútiles y era independiente y sabía tomar decisiones, asumiendo responsabilidades por ello.
William esperó unos momentos a que Eliza saliera de la biblioteca, abrió la puerta con suavidad y encontró a Neal vuelto de espaldas a él, respiró profundamente, a fin de no perder la compostura y saltar sobre el muchacho castaño, como deseaba desde que Candy le informó de la treta para lograr que se casara con él. Por unos momentos, albergó la esperanza de que hablando con el joven Leagan, pudiese llegar a un buen arreglo, sin necesidad de invocar el patriarcado. Neal acabó por darse la vuelta, pensando que Eliza había regresado, a fin de seguir peleando con él. La sorpresa se pintó en su rostro, que palideció y los ojos color avellana se abrieron profundamente, con las pupilas dilatadas.
-¿Tú? -preguntó en voz crispada-. ¿Qué haces aquí, vagabundo?
-¿Qué crees que hago? -devolvió William-. Detener tus arteras intenciones.
Envalentonado por la bebida, Neal sonrió, apurando el último trago de su copa.
-Tiene gracia -respondió con arrogancia-. ¿Cómo crees que lo harás? Bastará una palabra mía y saldrás a puntapiés de esta casa -lo estudió de arriba abajo-. Por muy bien vestido que estés.
William sintió como la furia crecía en su interior, su casta escocesa salió a flote y se lanzó sobre el joven de ojos color avellana, sujetándole de las solapas del caro saco, con el impulso, Neal trastabilló hacia atrás, hasta chocar contra el escritorio de la biblioteca.
-¡Suéltame, vagabundo! -exigió Neal, furioso y asustado a partes iguales.
-¡No te saldrás con la tuya!
Qué frase tan trillada, pero en el caso de William, se convertiría en un mantra, en su misión, Neal y Candy no se casarían. Sentía ganas de estrangular a Neal, yendo más allá de su deber como tutor de Candy, de su función como patriarca, como pilar del clan, hombre en cuyas manos descansaba no sólo el futuro bienestar y apogeo de la familia, sino su deber de hombre justo. Pero, en esos momentos, William era solo un hombre al que un rival amenazaba con arrebatarle a la mujer amada. "¡Ella es mía"!, hubiese querido gritarle.
George y David escucharon el ruido que se produjo en el altercado, el francés tensó los músculos del cuerpo, preparándose para intervenir, de ser necesario, David también se puso alerta, mirando a su jefe. Pero George no se movió hacia la biblioteca, sino que aguzó al oído, siguiendo el intercambio de los dos rivales.
William sujetaba a Neal firmemente, temblando por el enorme esfuerzo que le implicaba no estrangular o apalear al imberbe que se atrevía a jugar al niño grande.
-Candy y yo nos casaremos -declaró Neal, dándose cuenta que el rubio no lo golpearía.
-Eso crees, pero te equivocas, Neal -replicó el patriarca.
-Lo sé -el tono alteremos regresó cuando William soltó las solapas, permitiendo al muchacho recuperar su postura.
Algo leyó en los ojos azules, tomando un tono burlón, le espetó:
-¿Acaso la amas? Si es así, no debiste largarte y dejarla sola, yo me ocupé de acompañarla desde tu huida.
-Que bien eufemismo, llamar acompañamiento a tu acoso -replicó mordaz William-. Me das pena, eres un patético niño de mamá, mereces una buena paliza-el tono amenazador del rubio alertó al moreno, quien intentó controlar su miedo cuando el rubio le volvió a sujetar por las solapas.
Neal no era amigo de peleas y prefería dejar en otras manos la tarea de resolver sus problemas; sin embargo, se trataba de un hombre enamorado, aunque los medios elegidos por él para ganar a Candy fuesen erróneos. Hasta ese día, pocos de sus deseos no se habían visto satisfechos, pero por lo que se refería a Candy, nadie podría apartarlo de ella, contando como contaba, con su madre y la matriarca Andley de su lado.
-Como sea, vagabundo, ella será mi esposa.
Forcejeó para zafarse de su agresor, William acabó por soltarlo.
-No lo lograrás, Neal, y no sólo tendrás que dejarla en paz, si no que tendrás que marcharte de Chicago.
La ira llevaba a William a revelar más información de la adecuada, así que procuró calmase.
-Déjala en paz, Neal, Candy no te ama.
-Acabará amándome, ya lo verás -declaró Neal-. Es más, para que veas lo seguro que estoy de ese hecho, quédate a mi fiesta de esponsales, serás mi invitado de honor, vagabundo -la sonrisa del moreno se tornó malévola-. Si la amas, debiste quedarte junto a ella.
-Acepto, Neal - la sonrisa de William se tornó perversa.
El rubio se alejó hacia la puerta de la biblioteca, hizo una inclinación de cabeza como venia a Neal, y salió con tranquilidad manifiesta. Solo George y David, quienes se encontraban a la salida, advirtieron el ligero temblor de su jefe.
-Me invitó a la fiesta -declaró William-. Vamos, debo recomponerme para asistir.
Inútil preguntar, George le conocía muy bien para saber que el patriarca ya tenía decidido el destino del joven Leagan.
oOoOo
Candy, a pesar de lo que se avecinaba, procuraba mantenerse lo más tranquila posible, sentía el corazón retumbarle contra el corsé, lo cual le impedía respirar profundamente, sentía las manos resbalosas de sudor. Si seguía así, se arruinaría el maquillaje que las doncellas de madame Aloy le habían puesto; ya vestida en un caro traje en color rosa, peinada con el cabello recogido en alto, a fin de lucir los pendientes de diamante y el colgante de zafiro en su cuello, la habían dejado a solas. Tendiente al drama como era, Candy sentía unas inmensas ganas de llorar, llenándose de funestos pensamientos, ¿Albert estaría presente en la famosa fiesta de compromiso? ¿O le tocaría salir del atolladero a ella sola? No sería la primera vez que le plantaba cara a Neal, así que no sería algo nuevo; por el contrario, sería algo con lo que ella podría cargar.
-Ya es hora, señorita Candy -avisó Bertha, la doncella personal de la tía abuela.
La rubia tragó saliva y salió tras la mujer, caminando con sumo cuidado, temiendo tropezar y hacer un papelón desde el primer momento de la famosa celebración. El rumor del gentío que ocupaba el enorme salón de fiestas de la mansión de Chicago le llegó, voces distorsionadas que no entendía. A lo que su acelerado corazón se sumaba; respiró lo más profundo que el odioso corsé le permitía, a fin de controlar sus emociones. El repiqueteo de los tacones la agobiaba, hasta que llegó a la inmensa escalera, pulida ex profeso para la ocasión. Neal se encontraba al pie de la misma, con un gesto de suficiencia y aire de propietario insufrible. La sonrisa sardónica que le dirigió, anticipando su triunfo, la llenó de ira, la cual se transformó en furia cuando escuchó las palabras de la tía abuela, quien se encontraba junto a Neal.
-Queridos parientes y amigos de los Andley, es un placer anunciar el compromiso matrimonial entre mi sobrino Neal Leagan y Candice White Andley...
-¡NO!
Candy vio su oportunidad, si en ese momento no actuaba, no habría otro más. Su grito retumbó por todo el salón, sobresaltando a todos los asistentes. La chica bajó las escaleras con la mayor rapidez posible, levantando sus amplias faldas con una mano y sujetando él barandal de la escalera para no caer.
-¡No! - repitió, atropellando las palabras siguientes, continuó-. ¡Jamás me casaré con Neal!
Los ojos avellana de Neal y los negros de la tía abuela la asetearon.
-¡Calla, Candy! -exigió la anciana, procurando mantener su talante serio-. Es deseo del patriarca de nuestro clan, sir William Andley -continuó.
Sabía que invocar el nombre del patriarca acallaría las más de las habladurías.
-¡No me casaré con Neal!
Repitió Candy, empuñando sus manos.
Neal, molesto por el atrevimiento de la chica, que implicaba una humillación, la trató de sujetar por el antebrazo, pero Candy lo rechazó. El joven Leagan comenzó a decir algo, cuando una modulada y grave voz, que no dejaba vislumbrar la ira que sentía su dueño, se dejó escuchar.
-No es deseo del patriarca este matrimonio.
-¿Te atreves a hablar?
La voz de Neal, al contrario de la de William Albert Andley, mostraba toda la rabia que sentía. La tía abuela Aloy se quedó sin respiración por unos momentos, mientras su mente intentaba buscar los argumentos necesarios para justificar la presente situación: el abuso del nombre del patriarca.
-¡No tienes derecho a opinar!
El grito de Neal sacó de su estupefacción a la dama. Se dio cuenta que Neal había tenido contacto con William, sin siquiera imaginar su identidad.
-¡Cállate, Neal! -exigió, viendo peligrar la posición de su querida familia Leagan.
-¡Tía abuela! -la voz estridente de Eliza, quien se encontraba junto a sus padres intervino-. ¡Ese es el vagabundo con el que Candy vivía!
Su hermano le había hecho una descripción muy ajustada sobre el "novio" dela huérfana.
-No saben lo que dicen- la voz de Aloy Andley intentaba mantener el orden en lo que se estaba convirtiendo un circo de escándalo -. Este hombre no es...
-Permíteme presentarme yo mismo, tía Aloy -la interrumpió el rubio hombre, con el rostro pétreo.
Candy, por su parte, guardaba silencio, por el alivio que sentía ante la presencia de su amado. William se acercó a ella y le sonrió, para infundirle valor. George y David se encontraban prudentemente tras su jefe.
-Mi nombre es William Albert Andley, hijo de William C. Andley y, por lo tanto, el patriarca del clan.
Los rumores que habían poblado el inmenso salón de baile, desde la escena del rechazo de Neal, ahora quedaron cortados por un par de minutos, mientras que los más allegados de la familia digerían la noticia del joven hombre que tengan frente a sí. Sin embargo, la naturaleza humana siguió su curso normal, siendo voces femeninas las que comenzaron a escucharse.
-¿El es William Albert Andley?
-Es muy joven…
-Y muy guapo...
La tía abuela vio perdida su oportunidad de meter en cintura a la revoltosa rubia, el capricho de William. La anciana respiraba profundamente, tratando de controlar su desbocado corazón y no perder el talante digno y su posición ante la crema y nata de la sociedad. Ante todo, la matriarca del clan debía serlo sin importar lo que sucediera.
-Sé que esto es intempestivo, y prometo una mejor ocasión para presentarme ante la familia y la sociedad debidamente -interrumpió William-. Sin embargo, hoy he tenido que apresurar mi revelación ante este suceso que es resultado de un grave malentendido -miró a la tía abuela-. Durante una breve ausencia mía, mi tía Aloy recibió indicaciones falsas que le decían que yo ordenaba este matrimonio, así que ella, siempre fiel al patriarca del clan, se apresuró a cumplirlas -paseó la mirada hasta posarla ante los Leagan-. Gracias a una afortunada ocasión, me pude enterar de lo que sucedía, aunque no pude llegar antes para desenredar este entuerto. Lo siento, Neal -William le miró directamente-, no autorizo este matrimonio. Candy es libre de elegir marido cuando ella lo desee.
Neal temblaba y respiraba entrecortadamente, furioso por perder a Candy a manos de su rival y temeroso de lo que sucedería ahora que el patriarca había aparecido.
-Creo que mi tía no se siente bien -continuó William-, les ruego continúen disfrutando de nuestra hospitalidad, mientras ella se retira a descansar. Candy -la chica se apresuró a acercarse-. Acompáñame a la alcoba de mi tía, por favor.
La anciana dama no se atrevió a protestar, apoyada en el brazo de William, se dirigió escaleras arriba, seguida de la joven rubia y de su propia doncella. La anciana levantó el mentón, dejándolo horizontal al avanzar y entrar, con paso majestuoso, por la puerta que su sobrino le abrió.
-Candy, Bertha, retírense -ordenó con frialdad, lo que hablaría con William quería hacerlo a solas.
Candy, todavía aturdida por el giro dado, feliz por el apoyo de su Albert, se apresuró a salir, pero William la detuvo por el brazo.
-Candy se queda, tía, ella tiene derecho a la explicación que yo te pido. Ante el clan, he dicho que recibiste órdenes que eran falsas, pero sé muy bien que tú, junto con los Leagan, urdieron este plan. Quiero conocer tus razones.
-Neal amenazó con ingresar a las filas para la guerra en Europa, como Stear. No puedo permitir que otro joven con la sangre de los Andley muera.
-Sé cuánto quieres a los Leagan, tía, pero he de recordarte que ellos no llevan sangre Andley. Otra cosa sería si se casaran con algún miembro de mi familia -la interrumpió William-. Tú sabes el poderío que el marido de mi pupila tendría en la familia. Incluso, podría optar por el patriarcado. Y no, tía abuela, no digo que Neal busque la mano de Candy por interés.
La anciana apretó los labios enojada por lo que conllevaban las palabras del rubio patriarca. Madame Aloy podía ser sumamente sagaz con respecto a negocios y al honor del clan. Pudo ser la mujer tras el patriarca no sólo para William su sobrino, sino para William su hermano, ayudando a consolidar la posición tan sólida que la familia de origen escocés tenía en el mundo entero. Pero respecto a su familia cercana, podía llegar a enceguecerse, dando pie a errores tan terribles como el presente. Sobre todo, con los Leagan, tomando en cuenta el lazo afectivo que tenía con Sarah, su hijastra, a quien verdaderamente amaba como su hija, sobre todo tras la muerte de Rosemary Andley. Simplemente, no podía concebir alguna bajeza de su parte. Aunque sabía muy bien que las mujeres Leagan eran ambiciosas, el cariño hacia ellas no le permitía concebir que conspiraran contra su sobrino, heredero indiscutible del clan.
-No creo que Neal aprovechará su posición, William -refutó.
-Neal es un joven irresponsable e inmaduro, tía Aloy. Por eso, mi decisión de enviarlo a Florida, pienso que si entra a la universidad y vive por su cuenta, claro, bajo la supervisión de su padre, quien pienso creo es el único que actúa de forma honesta, puede cambiar y volverse un hombre de provecho, de quien tú puedas estar orgullosa, tía. En cuanto a Sarah y Eliza Leagan, por lo pronto, las cuentas ilimitadas que usan para sus gastos, como parte del corporativo, serán canceladas. De lo único que dispondrán será de la suya. Creo que también será buena idea retirarlos de Chicago un tiempo.
La tía abuela se sobresaltó, ante el rumbo que las cosas iban tomando.
-William, eso no es justo...
-Bajaré al salón con Candy, despediré a los invitados y te dejaré descansando y a solas para que pienses profundamente en lo sucedido, ya hablaremos de justicia después.
William miró significativamente a Candy.
-Vamos, pequeña -pidió con suavidad.
-Tía abuela -Candy habló por vez primera, desde la aparición de Neal-, siento lo sucedido, pero yo no amo a Neal y no podía casarme con él.
La señora no dijo nada, solo asintió ligeramente.
oOoOo
El tiempo para la matriarca se volvió en su contra, desde el momento en que Candy y William salieran de su dormitorio, hasta el caer de la noche, le parecieron horas y horas. Escuchó como los invitados se retiraban poco a poco, escuchó el sonido tintineante de los muebles y cubiertos, al ser retirados del salón por los sirvientes. Y se imaginó los rumores que corrían entre los mismos sirvientes y los invitados que se retiraron de la señorial mansión Andley. Supo los cotilleos que se susurrarían en los exclusivos círculos de la socialité en la que la familia se movía. Se sintió derrotada, incluso asustada, ante las siguientes acciones del patriarca.
Candy y Albert caminaban con paso mesurado por el pasillo y antes de descender la escalera, el muchacho se volvió a la jovencita.
-¿Deseas descansar, Candy? –le preguntó-. Yo me haré cargo de los invitados.
-Albert –la chica omitió la pregunta y colocó una mano fina y fría en el brazo del patriarca, desencadenando una ligera corriente entre ambos-. ¿Qué le vas a hacer a los Leagan? La tía abuela los quiere mucho, no me gustaría que se sintiese todavía más agraviada por lo que está sucediendo. Sé que como patriarca, tienes la facultad de castigarlos, pero…
-Te equivocas, pequeña –la interrumpió William-. No tengo la facultad de castigar a nadie.
La muchacha se le quedó viendo con los ojos enormemente abiertos. Desde que conoció a los Andley, escuchó decir que la voluntad del patriarca era sagrada, que lo que él ordenaba, se cumplía sin chistar y que contravenir sus órdenes desencadenada sanciones.
-Sé lo que la tía Aloy dice de mi posición –William sonrió afable y con cierta diversión-. Y es cierto que anteriores patriarcas han ejercido un poder completo sobre el clan. Pero tú me conoces, Candy, y seguro sabes que no soy capaz de cometer ninguna injusticia –frunció el entrecejo, reflexionando-. Bueno, no a propósito. Si me molesté tanto, es porque se han atrevido, los Leagan y mi tía, a malutilizar mi nombre para cometer una injusticia contigo –aspiró profundamente-. Tal parece, que desde que conociste a los Leagan y a los Andley, la vida se ha ensañado contigo.
-No, no es así –protestó Candy, pero guardó silencio cuando Albert levantó la mano para pedirle le dejara continuar.
-Eres demasiado buena, pequeña, tanto como para preocuparte por los sentimientos de mi tía en estos momentos, en lugar de pedir un castigo ejemplar para quienes tanto daño te han causado. No te niego que, cuanto llegué hace horas a la casa, y supe de las maquinaciones de la familia, más cuando hablé con Neal, tenía deseos de machacarlo a golpes.
Candy tragó saliva, al mirar los ojos acerados y duros de Albert.
-Pero seguiré tu ejemplo: no deseo castigar, aunque tampoco permitiré que se sigan saliendo con la suya. Alejarlos de Chicago es brindarles una segunda oportunidad a fin de que reflexionen lo que ha sido su vida y que no pueden sobrepasar mi posición, ni mucho menos abusar de quienes les rodean.
-Para los Leagan yo nunca he estado a su altura –se atrevió a comentar Candy, en voz baja, cargada de tristeza.
-Lo sé, pequeña. Y en sus mentes, pueden pensarlo, en su casa, podrán decirlo hasta irritarse la garganta. Pero otra cosa es atentar contra ti, incluso, poniendo a mi tía de su lado, con mentiras o verdades, no me importan sus medios. Yo no soy nadie para rebatir los estúpidos prejuicios con los que han vivido toda su vida. Todo lo hablaré con Maurice Leagan, quien es el más centrado de esta familia, a fin de que tome riendas en este asunto. Si no desean irse de Chicago, tendré que tomar medidas más extremas, a fin de hacer que te respeten y que respeten mis decisiones. La tía no se da cuenta de que el camino que los hermanos Leagan siguen los lleva al fracaso irremediablemente. Neal se contenta con gastar a manos llenas, como un chiquillo irreflexivo; pero ya es hora de que madure, o corre el peligro de perderse e, incluso, caer en bajas acciones que le lleven a deshonrar a los Leagan y a los Andley. Y, sobre todo, a decepcionar a sus padres y a la tía, que tanto lo quiere. En cuanto a Eliza, si lo que desea es casarse con un hombre de sociedad y posición encumbrada, más le vale prepararse para ello, en lugar de intrigar contra quienes la rodean. Estoy seguro que fue ella, junto con su madre, quienes idearon y convencieron a la tía Aloy de usurpar mi nombre, a fin de obligarte a casar con Neal.
William apretó la mandíbula, reavivando la ira sentida hacía una hora, cuando entró a la biblioteca y vio al satisfecho Neal degustando licores como si ya fuese el dueño de la mansión.
-Imagínate, preciosa. El, como tu esposo, contaría con un poder inmenso en la familia. Supongo que las mujeres Leagan pretendían eso.
-¿Entonces no soy tu hija adoptiva?
Candy estuvo a punto de desvanecerse ante esta revelación, sosteniéndose de Albert.
-Claro que no, yo no tengo edad para ser tu padre –sonrió maquiavélico y acarició los brazos de Candy, mientras la sostenía-. Johnson es un magnifico trapichero como abogado, no rompió la ley, pero pudo doblarla de modo que yo figurase como tu tutor y tú fueses una auténtica Andley. Claro que con miras a mantener el secreto de mi identidad, siempre hemos dicho que "el tío abuelo William Andley había adoptado una niña". De que cuentas con una familia y una encumbrada posición ante la sociedad, cuentas con ella, Candy, nunca lo dudes.
Candy no supo qué responder, todo era tan apabullante. Y por ahora, el alivio de verse liberada del compromiso con Neal, le era suficiente, lo demás podía esperar.
-¿Deseas retirarte a tu habitación a descansar? Te prometo que hablaremos más tarde, Candy. Podrás preguntar todo lo que desees y de ahora en adelante, no habrá más secretos.
Candy lo pensó un momento.
-No deseo vera a nadie, pero tampoco quiero encerrarme –soltó a Albert y levantó ligeramente la amplia falda del vestido de gala-. Quiero cambiarme y salir al jardín.
-Anda pues, baja por la escalera trasera, te alcanzaré en cuanto pueda.
Se separaron sonriéndose, con la promesa de que sería un momento muy breve para ambos.
Continuará…
¿Qué les puedo decir? Solamente gracias a todas las que me hacen llegar comentarios y pedirles su comprensión y paciencia para la lentitud de la musa.
AnMonCer1708: Muchas gracias por darle oportunidad al Himno. Paso a pasito, pero aquí sigo.
Becky 10000: Muchísimas gracias por tantas flores que me echas.
Friditas: Bueno, ¿qué le puedo decir a una queridísima amiga? Muchas gracias por los apapachos y por la motivación que eres para mí, gran escritora.
Mercedes: Gracias por tus comentario, lenta pero segura.
Albertfan: Muchísimas gracias por darle una oportunidad a este fic, sé que voy lenta, así que espero y no te decepcione.
Chidamami: Gracias por darle oportunidad a esta historia y por tus halagos.
Sabrina Weasley: Pareja, pues aquí ando todavía, agradezco tu paciencia y tu amistad.
Sayuri1707: Poco a poco iremos descubriendo la relación entre los rubios.
Josie: Solo puedo pedir disculpas por la tardanza, el diablo mete la cola y no he continuado esta historia con la rapidez que yo quiero. Confieso que la historia va dirigida a que Candy y Albert formen pareja. Solo intento integrar a los demás personajes con sus propias historias. No me he planteado si Terry aclarará las cosas con Susanna, ya que para esta historia no es relevante. Me pareció más interesante explotar la relación Eleanor-Terry, como madre e hijo.
Guest (capítulo 10) y Samantha: Me has hecho muy feliz con tu comentario, yo también he quedado decepcionada con los fics donde se explota lo más perverso de la humanidad (ni siquiera de los personajes, que al fin y al son ficticios. Pian pianito, pero aquí estoy.
Candy777: Lo mismo que he dicho una y otra vez: pido disculpas por la tardanza, tengo toda la intención de terminar la historia, aunque cueste trabajo.
Stear's Girl: Querida amiga, lo mismo que a la musa Friditas, son ustedes mi inspiración y mi apoyo, ya sabes por qué. Muchísimas gracias por tu amistad y por compartir tus múltiples talentos, nena.
