Capitulo 10

El punzante vigor del aire invernal mordió el rostro de Bella cuando salió al parapeto. Se ajustó la capa, escudándo se del frío que arrancaba el heno de los fardos prolijamente api lados contra la pared. Las palabras de Jasper resonaban en sus oìdos como el aullido del viento. "Su amor fue traicionado... "

—Lady Tanya de Denali... —Jasper le había dado un nombre a la belleza de cabello de lino, y lo pronunció casi sin aliento. Mientras Jasper le contaba sobre la enamorada de Edward, sus ojos se oscurecieron hasta tomar un tono gris hu mo—, el cabello le caía sobre la espalda como una cascada dorada. Su voz era más dulce que cualquier néctar tocado por la mano misma de Dios. Todos la amaban. Pero Alexander la de seaba. Todos lo sabíamos. Debimos habérselo dicho a Edward. Tal vez nada hubiera ocurrido. Pero Alex era un soldado leal y un amigo de confianza. Nunca pensamos...

Bella entrecerró los ojos y miró hacia el bosque distante coronado por una miríada de colores de otoño tardío. Un vien to encarnizado chasqueó la capa alrededor de las piernas, arre bató mechones cobrizos de su trenza y los hizo danzar sobre su rostro. Edward trajo el frío consigo, pensó nuevamente. Un frío que reemplazaba la pasión que una vez le había dado vi da. Un frío que protegía su corazón de la angustia y la traición de las personas que había amado, personas en las que había confiado.

—Él grita su nombre durante la noche —le había confesa do Jasper—, puedo escucharlo desde mi habitación. Sin em bargo, no menciona su nombre cuando despierta. Nunca pronuncia su nombre —la pena penetraba la voz de Jasper y Bella pensó que tal vez había olvidado que ella estaba sen tada a su lado mientras hablaba—. Tal vez no debió haberla desterrado —Jasper había susurrado sus pensamientos en voz alta.

—¿Por qué me dice esto? —preguntó, pero no quería escu char más.

Jasper se encogió de hombros como si el peso del dolor de su hermano fuera demasiado para cargarlo solo.

—Tal vez usted puede hacer que la olvide. Quiero que us ted lo comprenda: él vive con las promesas que ha hecho, pe ro que nunca puede cumplir.

Bella tembló y se ajustó la capa. Así que había algo de ver dad en los rumores. Edward había encontrado a Tanya y a su amante juntos. Camino a los establos para ver a su yegua pre ñada, las imágenes de Edward y Tanya volvieron a la vida en la mente de Bella. Trató de apartar todos los recuerdos me nos el de la sonrisa de Edward. Le pertenecía a Tanya de Denali. ¿Cuántas veces había visto esa mujer su sonrisa? ¿Cuántas veces él se la había prodigado al ofrecerle su corazón?

—Buenos días, Peter —saludó al joven mozo dell establo al abrir las pesadas puertas de las caballerizas.

Peter dejó de barrer el heno y levantó la cabeza. Una bri llante sonrisa le cruzó el rostro mientras una ráfaga de viento soplaba hacia el interior del establo desparramando el heno a sus pies.

—Buen día para usted, mi señora. —Peter dejó la escoba y la ayudó a cerrar las puertas. —Falta poco para que llegue el invierno. Por suerte el potrillo nacerá pronto, si no, su tierna carne se congelaría.

Sus ojos de color esmeralda se ajustaron a la tenue luz de las velas y a los delgados rayos de luz que se colaban por los inters ticios de las viejas paredes de madera. La mirada de Bella re cayò en la enorme yegua castaña que estaba en el establo con el vientre hinchado al doble de su tamaño.

—¿Cómo está? —preguntó, caminando hacia la yegua.

—Bueno, no va a parir hoy. Todavía está de pie. —Peter si guió barriendo.

La muchacha pasó la mano por la mancha blanca y atercio pelada en forma de diamante que tenía la yegua entre los ojos.

—Te envidio —le susurró al animal—, dar vida a otro ser es algo maravilloso.

Las puertas crujieron en sus goznes y la brillante luz ma tutina invadió el establo cuando Edward entró con una explo sión de aire frío.

—Mi señor. —La sonrisa de Peter se desvaneció al ver al hombre frente a él.

Edward dio unos pocos pasos en dirección a Bella. Su mi rada era tan resuelta como la de un águila que acababa de vis lumbrar a su presa.

—Déjanos —había una cruda exigencia en su voz que hi zo que Peter dejara caer la escoba de inmediato y saliera a pri sa del establo cerrando la puerta a su paso.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó Edward. Su sola presencia la mareaba. Por amor de Dios, él era tan crudo co mo el invierno más cruel, y tan hermoso como un negro lobo solitario sobre un campo recién nevado. Casi no podía respi rar cuando él se acercó otro paso.

Él grita su nombre durante la noche... —oyó Bella por sobre el tranquilo tono de su voz—. Mi yegua... está pre ñada. Yo v-vine a v-verla —tartamudeó a medida que Edward se acercaba mirándole los labios y el cuello mientras ella hablaba.

Por suerte su poderosa mirada la abandonó antes de que se derritiera por completo. Él levantó la mano para acariciar el suave pelaje de la yegua.

—Ssh... todo está bien —la calmó cuando la yegua resopló y apartó la cabeza ante el contacto del extraño. Su voz era tran quila, su respiración tan suave como un susurro. Halagó la be lleza de la yegua, sus finas líneas y la redondez del vientre. Es peró pacientemente mientras el animal resoplaba y pateaba hacia atrás, pero no pasó mucho tiempo hasta que la yegua le acercara su cabeza, calmada por su voz gentil, ansiosa del con tacto de una mano tan tierna.

Bella lo observó emocionada por el modo casi conmove dor en el que le hablaba a la yegua, como si comprendiera el temor de la bestia. ¿Pero cómo podía? Sabía que este hombre no le temía a nada.

—Usted calma muy bien el miedo, mi señor.

Edward volvió la vista hacia ella mientras acariciaba la ca beza de la yegua.

—Pero no el tuyo —señaló él con dulzura.

Bella rió. El sonido era fuerte y forzado.

—No le tengo miedo, mi señor.

Él levantó una ceja perezosa, estudiándola.

—Soy un guerrero poseído por demonios, no lo olvides.

Aun en la tenue luz del establo, Bella podía sentir la fuerza de su mirada. Su mandíbula era agresiva, su boca sensual cuan do le ofreció una sonrisa franca, masculina. Ella bajó la vista.

—Yo... yo no quise decir...

—Quisiste decir lo que dijiste —se acercó más a ella, de masiado cerca, en realidad. La observó con ojos que sondea ban su alma. —Soy un bastardo sin corazón y despiadado que ve lo que quiere y lo toma. ¿No es así, Bella? —Su aliento le rozó el rostro. Su voz se hizo más profunda, ya sin un dejo de ternura.

—No, mi señor, yo... —las palabras de la joven quedaron atrapadas en su garganta a medio camino entre un suspiro y una exclamación mientras él le rozaba el suave contorno del rostro con la punta del dedo.

—Y crees que no te deseo. —Estaba tan cerca que podía sentir el aroma de su cabello, pero se movió más cerca aún has ta que su pecho firme rozó los senos jadeantes. Apoyó los la bios suavemente contra la sien de Bella—. Pero sí te deseo.

Cerrando los ojos, ella dejó que su cálido aliento la inunda ra. Él había encendido un fuego abrasador en algún lugar de bajo de su cintura, un fuego que explotaba hacia arriba direc to hasta su corazón. Los labios de Edward enviaron una llama ardiente que bajó por el costado de su rostro hacia el cuello, donde él besó el leve aleteo de su pulso.

—Crees que no puedo ser gentil. —Su boca volvió a subir encontrando la de ella en un beso ávido que buscó y ansió has ta que le quitó el aliento. Deslizó la mano alrededor de su cin tura, para acercarla hacia la firmeza de su virilidad, la acerca ba más y más... hasta que ella pensó que se fundiría con él. Asoló su boca con cruel pericia. Su lengua pasó sobre la de ella suavemente, confirmando que podía ser gentil. Cuando pasó las palmas calientes de las manos por sus costados y sobre el latido en su garganta, Bella gimió. Él se apartó tan lenta mente que ella casi se cae en sus brazos poderosos. La respi ración de Edward se había vuelto pesada y entrecortada.

—Eres tan hermosa —le susurró. Levantó una mano y sus piró ante la suavidad de su cabello mientras lo alisaba sobre su frente. Había olvidado lo bien que se sentía sostener a una mu jer en sus brazos, y el cuerpo de Bella se entregó a sus cari cias sin resistencia, mientras dejaba que ardientes flechas de fuego recorrieran sus venas. Quería cubrir su tersa piel con el duro, ávido calor de su cuerpo.

El deseo de Edward la devoró, su contacto era tan tierno so bre su piel que quería llorar. Quería ser amada por este hombre sensual. Incapaz de mirarlo a esos hermosos ojos y no ver la emoción que ansiaba, Bella bajó la vista dejándole ver el ter ciopelo oscuro de sus pestañas. Él susurró su nombre, incli nando la cabeza para besar la comisura de sus labios.

—Entrégate a mí ahora.

Que Dios se apiadara de ella, pero lo deseaba. Lo había de seado desde el primer momento en que lo vio. Una pasión cruda se aferró de ella, sorprendiéndola. Nunca había estado con un hombre, pero el recuerdo del éxtasis de Edward mien tras nadaba había encendido partes de su cuerpo que envia ban rastros ardientes a sus mejillas. ¿Cómo podría sobrevivir a sus caricias, a su pasión? Su fuerza la consumía, la volvía completamente débil en sus brazos, sin embargo, estaba se gura de que la tomaría tiernamente, calmando el dolor tran sitorio de su pasión con su voz de miel. Ella lo deseaba, an siosa de sentir su fuerza cubriéndola... pero quería más. Quería que la mirara como había mirado a su ángel. Quería hacerlo sonreír como Lady Tanya lo había hecho. Quería ser todo para él, y quería verlo en sus ojos, sentirlo cuando la acariciaba.

Y entonces, con toda la fuerza que Bella pudo reunir, y todo el dolor que podía soportar se resistió, y se apartó de él.

—No.

—Bella... —Él la acercó nuevamente.

—¡No! —ella dio un paso atrás—, no seré lo que Alice fue para ti anoche.

Edward se detuvo, la sorpresa y un cierto enfado llenaron sus ojos.

—¡No me acosté con Alice! Yo sólo le dije a Jacob...

Pero la voz de Bella tapó la suya.

—Seré más que una doncella para ti, Lord Edward —ella in sistió... exigió.

Los ojos de Edward se endurecieron. Su sonrisa era una es pada desenvainada lista para atacar, su voz bajó a un ronroneo provocativo.

Oui, tú serás más, señora —le prometió con un borde filoso en el tono—. Serás mi esposa, y entonces ya no pedi ré. Sólo tomaré. —Deslizó la punta del dedo sobre la boca Bella, secando la humedad que había quedado allí cuan do se mojó los labios nerviosamente. Ella lo observó sin po der hacer nada mientras él se llevada el dedo a su propia bo ca. Sus ojos azules se nublaron con sensualidad al saborearla, sus labios esculpidos tan peligrosamente incitantes. — Toma ré lo que quiero como el salvaje poseído por los demonios que soy.

Un aire helado penetró en los pulmones de Edward cuando sa lió del establo. Aspiró profundamente, dejando que el frío pun zante le atravesara el corazón. Bella ya tenía una opinión for mada sobre él. Era un bastardo desalmado que se acostaría con sus doncellas una noche y con ella la siguiente. Apretó los dien tes. Oui, tenía razón. Nunca volvería a cegarlo el amor. Esta vez mantendría los ojos al frente y no caería jamás del borde de ese precipicio. Sabía que tenía que tener cuidado con esta mujer. Po día perderse en su temperamento incitante y en la ternura que veía en sus ojos. A diferencia del calculado control que se escon día tras las tímidas sonrisas de Tanya, la sonrisa de Bella era tan franca como su encanto. No era difícil caer víctima de la calidez de su mirada y la inocente pasión de sus besos. Tenía que resguardarse, prepararse para este matrimonio como se pre paraba para la batalla, vistiendo una armadura resistente a las flechas de Cupido. Lady Bella Swan era un rival peligroso.

Al salir de las caballerizas, Peter vio a Edward acercarse, e instantáneamente sintió la urgencia de regresar al interior. Pero era demasiado tarde para correr. El lobo lo había avis tado. Unos ojos agudos lo miraban fijamente como si fuera un tierno bocado.

—¡Tú! —ladró Edward, apuntando a Peter con el dedo—. ¿Cómo te llamas?

El mozo del establo dio un respingo y se detuvo en seco.

—P-Peter, mi señor.

—Peter, cuida a la yegua. Si hay algún cambio en su condi ción quiero que se me informe de inmediato —Edward no ami noró la marcha mientras hablaba y continuó caminando ha cia el castillo como si estuviera en una misión.

¿Eso es todo? pensó Peter, todavía temblando. ¿No se lo co mería crudo?

—¡Sí, mi señor! —gritó el mozo. La oscura capa que fluía del cuerpo de Edward parecía un par de alas de halcón a punto de bajar sobre el castillo de Forks y devorarse a todos sus habitantes.

La imagen de un pájaro no fue lo primero que le vino a la mente a Jacob cuando Edward entró con prisa por las puer tas del frente unos segundos mas tarde. Pero habría acordado crin Peter en que el nuevo señor de Forks parecía estar a punto de clavarle los dientes a alguien. El duque normando descansaba cómodamente frente al enorme hogar en el gran salón, con una pierna envuelta en cuero apoyada con pereza sobre el brazo de la silla, una copa de cerveza en la mano y una doncella de cabello oscuro en la falda.

Edward caminó rápidamente hacia él con ojos severos y la mandíbula tensa.

—Cuándo te vas? —le preguntó, desprendiéndose el bro che de plata del cuello.

Jacob murmuró algo al oído de la muchacha, luego la despidió con una sonrisa tierna y un guiño libidinoso.

—¿Por qué? ¿Estás muy ansioso de verme partir? —El du que observó el suave vaivén de las caderas de la doncella mien tras abandonaba el salón.

Non. —Edward lanzó su capa sobre el respaldo de la si lla y comenzó a caminar de un lado a otro. — De hecho, quie ro que pospongas tu partida por unos días sin decirle nada al rey.

Ahora Jacob giró para prestarle toda su atención a Edward. Un aire severo dominaba su semblante.

—¿Por qué?

—Estás invitado a mi boda.

Jacob se rió.

—¡Tu boda! Primero no te quieres casar con la muchacha y ahora te estás apurando como un hombre que tiene fuego en los pantalones. —Edward permaneció en silencio mientras su amigo reía hasta que la comprensión inundó el rostro del du que. Su sonrisa se desvaneció. — Ah, tus pantalones sí están en cendidos —Jacob suspiró con pesadez— ¿y por qué no la tomas ahora? Para asegurarte de que sea digna de tu lecho ma trimonial.

Edward pensó en el modo en que los dedos de Bella se habían aferrado a su capa y el modo en que sus ojos se cerra ron con lánguido deseo cuando él la besó.

—Es digna —dijo.

Se arrojó en una silla y le hizo señas a un criado.

—Algo caliente para beber —dijo, y observó mientras el hom bre desaparecía para cumplir con su deber—. Cree que me acos té con su doncella Alice —dijo secamente sin mirar a Jacob.

—¡Ah! Está celosa y te niega su afecto.

Edward lanzó una mirada de acero hacia el fuego y las llamas danzaron crepitantes sobre la superficie de sus ojos.

—No es su afecto lo que quiero.

El duque encogió sus macizos hombros.

—¿Crees que sólo porque te casarás con ella estará más dis puesta?

—Dispuesta o no, tendré lo que quiero —la voz de Edward sonó tan vacía como una promesa rota.

Los ojos oscuros, de acero, lo estudiaron atentamente.

—¿Y qué es lo que quieres, Edward..., además de su carne bajo la tuya, por supuesto?

Silencio, luego:

—No espero nada de este matrimonio.

Jacob se rió suavemente y bebió su cerveza de un trago.

—A veces las cosas que menos esperamos nos sorprenden placenteramente.

Suspirando con impaciencia, Edward se relajó en su silla y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Ahórrame tus vaticinios, Jacob, y di lo que estás pen sando.

El duque eructó sonoramente y le lanzó a Edward una alegre sonrisa.

—Eres un bastardo refrescante, ¿sabías eso? Todos se la pasan corriendo de aquí para allá, ansiosos de besar mi tra sero, pero tú no... y ella no. Lady Bella Swan hará de tu vida muchas cosas, mon ami. Feliz, espero. Desgraciada, es toy seguro. —Jacob levantó su copa vacía en dirección a un escudero que pasaba y sólo tuvo que esperar el tiempo gire lleva un suspiro para que el escudero corriera hacia él y llenara su copa.

—¿Ves lo que quiero decir? —Jacob mostró una sonri sa lobuna y bebió su trago—, tú todavía estás esperando tu bebida.

Edward no pudo más que reír, y cuando lo hizo, fue como si el sol iluminara el gran salón y brillara especialmente sobre él. Los años se esfumaron con la luz. Unos ojos grandes y lumi nosos como los de un niño danzaron con despreocupado abandono y jubiloso entusiasmo. Observándolo, Jacob se dio cuenta con el corazón apesadumbrado de cuánto había ex trañado disfrutar de la vida con su amigo más querido, Lord Edward el Apasionado.

—Ella te devolverá a la vida —dijo Jacob en voz baja mientras lo envolvía una ola de dolor por todo lo que su ami go había perdido. Rápido, aspiró un fuerte aliento que repu so su espíritu naturalmente alegre—. Es un ángel fogoso tu Lady Bella. Si sólo tuviera veinte años menos, pelearía con tigo por ella.

—Perderías.

Más risas. El sonido era rico y lleno de jovialidad; los que pasaban por el salón sonreían al escucharlos.

—¿Te quedarás entonces? —le preguntó Edward.

—Por supuesto —una vez más, la calidez fluyó del tosco duque cuando le sonrió a Edward-. Esperaba que me lo pi dieras. Me gusta este lugar y no me entusiasma el largo viaje a casa con este tiempo.

—Pero tienes sangre vikinga, seguro que unas pocas olas tempestuosas no te asustan —bromeó Edward.

—No me asustan —respondió con un gesto brusco—, me revuelven el estómago.

—Entonces quédate hasta la primavera.

Non. Pero me quedaré un tiempo —de repente, su rostro se ensombreció: — debo preparar a mis hombres para la batalla.

Edward notó que su bebida todavía no había llegado y miró a su alrededor buscando a un criado.

—¿De quién es la tierra que sueñas con gobernar ahora? —preguntó impasible, sabiendo que no pasaba un día en el que un duque normando no estuviera peleando o pensando en ello.

—La de Dimitri.

Edward se dio vuelta para mirarlo sorprendido.

—¿Inglaterra?

Jacob sonrió, se examinaba una uña. Edward se sentía con mocionado, como tantas otras veces, ante la ferocidad de los ojos del guerrero. Jacob parecía un león excitado por la matanza, contrapuesto a la suave luz del hogar.

—Has bromeado muchas veces con eso, pero nunca pensé que era en serio.

—¿Por qué no? —levantó la vista—. Dimitri me ha pro metido el trono. Aro de Wessex me desafiará, estoy segu ro. Ya está tomando decisiones por Inglaterra y Dimitri no ha ce nada porque le teme al pequeño bastardo. Pero tendré la cabeza de Aro. Y luego tendré toda Inglaterra.

—¿Me alegra no ser el rey —suspiró Edward, recostándose en la silla—. Con tantos planeando mi funeral antes de estar muerto siquiera.

—Dimitri no es un hombre joven y no está bien, por si no lo has notado.

—No lo noté —murmuró Edward secamente, y Jacob le lanzó una mirada astuta antes de continuar.

—Debo planear mi futuro.

—Seguro te quedan un par de meses antes de que el hom bre estire la pata —sugirió con frialdad.

—Si me quedo significa que Lord Charlie se queda tam bién.

Edward asintió.

—Lo sé. Creo que debería estar aquí para la boda de su hija. Cuando no está siguiéndome de cerca tratando de asegu rarse de que no maltrato a Bella, es un hombre bastante agradable. —Sus ojos se entrecerraron sobre las ardientes lla mas del hogar. — Me pregunto cuánto tiempo le llevará a Dimitri enviar a alguien a luchar conmigo como lo hizo con Lord Charlie.

—¿Estás preocupado?

La sonrisa que le ofreció Edward hizo reír de nuevo al duque. Jacob se puso de pie y palmeó al muchacho en la espalda con fuerza.

—¿Eso significa que el rey no está invitado a tu boda?

Edward echó la cabeza hacia atrás y rió, Jacob estaba com placido. Porque aunque su caballero preferido era tan despia dado como él en el campo de batalla, su risa podía encantar hasta a su más odiado enemigo.

El duque dejó a Edward unos momentos más tarde y buscó por los corredores a su bien dispuesta doncella, luego explotó en una sonora carcajada al escuchar el fuerte y casi suplicante alarido proveniente del gran salón.

—Muy bien, ¡por el amor de Dios!, ¡dónde está mi maldi ta bebida?