Capítulo 11
La sospecha de McGonagall
Harry se quedó tumbado de costado sobre el charco lodoso, completamente sobrecogido… se llevó la mano izquierda a su mejilla, que sentía caliente y adolorida. Por un momento su mente se quedó en blanco… no supo ni lo que estaba haciendo ahí, mojado y con un golpe en la cara.
De pronto, su cerebro empezó a procesar todo con una rapidez sorprendente: el beso de Ginny… Hemione corriendo… ella en el mismo charco donde ahora él estaba… Draco diciendo cosas que no entendía… los Slytherins burlándose de ellos… Hermione golpeándolo…
Harry reaccionó de nuevo a su medio ambiente y escuchó las estridentes carcajadas del grupo que lo rodeaba, algunos hasta se doblaban del ataque de risa que parecían estar sufriendo. Draco, en particular, estaba gozando de lo lindo: tenía el pálido rostro completamente colorado de tanto reír y se le veían lágrimas en los ojos.
Después del aturdimiento, el siguiente sentimiento que invadió a Harry fue una inmensa rabia… apretando dientes y puños, se puso de pie de un salto al mismo tiempo que sacaba su varita. No le importaba en absoluto que se estuvieran riendo de él… lo que le enervaba el corazón era lo que le habían hecho a Hermione y lo que Draco había dicho.
Draco sustituyó su risa escandalosa por una mirada fría cuando Harry le apuntó con su varita en la cara. No le tenía miedo, solo parecía estar tremendamente satisfecho de él mismo. Los demás Slytherins dejaron de reír poco a poco al ver a Harry levantado y dispuesto a hechizarlos.
Por unos largos segundos, se quedaron ambos viéndose a los ojos: Harry jadeaba de furia mientras su ropa escurría, Draco tranquilamente lo retaba con la mirada.
-No sé a que juegas, Malfoy –le dijo Harry lentamente y casi en un susurro. –Pero los dos sabemos que lo que dijiste es mentira…
Draco levantó las cejas y sonrió maliciosamente.
-Ya lo sé… -dijo en tono burlón. –Pero el propósito está logrado. ¿o no? Creo que la sangre sucia no está muy feliz contigo…
-¡NO LA LLAMES ASÍ! –rugió Harry al tiempo que su varita despedía chispas rojas. –¡Te equivocaste al meterte con ella!. ¿Qué DEMONIOS le estaban haciendo?
Draco soltó una risita breve y se encogió de hombros al decir:
-Absolutamente nada. Ella solita decidió que era tiempo de volver a de dónde salió: de la inmun…
-¡CALLATE! –le gritó Harry completamente fuera de sí, y pensando que Malfoy estaba yendo demasiado lejos, dijo apuntándole: -¡Palalingua!
Malfoy se llevó las manos a la garganta mientras abría los ojos como platos y se quedaba mudo de repente. Harry le había pegado la lengua al paladar. Draco sacó su varita pero no pudo decir ningún hechizo… Al verlo en apuros, sus dos amigotes Crabbe y Goyle se arrojaron sobre Harry, pero antes que pudieran tocarlo, él les apuntó y gritó, primero a uno e inmediatamente al otro:
-¡DESMAIUS!. ¡DESMAIUS!
Crabbe y Goyle salieron disparados hacia atrás en medio de un estallido de luces rojas, llevándose a varios Slytherins con ellos. Cayeron en el pasto mojado aplastando a los demás.
Draco, totalmente rojo pero ahora de ira, aparentemente intentaba hechizar a Harry porque agitaba frenético su varita ante él pero no pasaba nada.
Ahora le tocaba a Harry reír.
-No eres muy bueno en los hechizos no verbales. ¿Eh, Malfoy? –se burló. –Espero que eso te enseñe a respetar a mis…
-¡Por Merlín!. ¿Qué pasa aquí?... ¡HARRY POTTER!
La profesora McGonagall pasaba por ahí en ese momento. Harry escondió su varita pero sabía que ya era demasiado tarde. No se libraría de una detención, a la profesora no le importaría saber que lo habían provocado.
La profesora lo miró furiosa, y sin decirle otra palabra, sacó su propia varita y revirtió el hechizo que le había hecho a Draco, al tiempo que con sendos hechizos despertaba a Crabbe y Goyle.
-Acompáñame a mi despacho, Potter –le dijo visiblemente muy molesta.
Harry siguió a su profesora en silencio, escuchando a sus espaldas las burlas de los Slytherin, quienes gozaban de antemano por su ineludible castigo.
La profesora y él no hablaron palabra hasta que llegaron a su oficina. Ella lo invitó a sentarse con un gesto, pero al verlo mojado y sucio, le dijo:
-Espera, Potter. Tergeo.
Harry se sintió seco y limpio otra vez, por lo menos por fuera. Por dentro se sentía terriblemente frío y vacío… deseaba fervientemente poder hablar pronto con Hermione. Suspiró resignado y se sentó.
-¿Y bien? –preguntó la profesora muy seria. -¿Qué ocurría ahí?
Harry levantó la mirada hacia ella y empezó a hablar calmadamente. Le narró que al parecer Hermione había resbalado y caído en el lodo, que los de Slytherin la habían rodeado y se estaban burlando de ella a lo grande. Que Malfoy la llamó hasta el cansancio "sangre sucia" y otras sandeces del estilo y… Y eso era todo.
La profesora se quedó en silencio un minuto acomodándose las gafas. Suspiró profundamente y le dijo a Harry:
-Bien, Potter. Entiendo tu postura. La señorita Granger es tu amiga y simplemente la defendiste de graves insultos. Me imagino además que estarás aún nervioso por lo que le sucedió al Sr. Weasley… Pero no logro comprender porque te dejas alterar tanto como para responder lanzando hechizos a diestra y siniestra.
Harry no respondió. ¿Cómo decirle a la profesora que estaba enamorado hasta la locura de Hermione y cualquier cosa que la ofendiera a ella era una afrenta también para él?. ¿Cómo entendería ella que había perdido el control porque Malfoy había dicho algo que podía arruinar su relación con Hermione?
-Sabrás que tengo que castigarte, además de restarle diez puntos a Gryffindor –dijo ella, pero su tono no parecía severo. Harry asintió con la cabeza sin decir palabra.
-¿Me podría retirar ya, profesora? –sentía la terrible urgencia de salir a buscar a Hermione.
-De hecho, no. Me gustaría hablar contigo de otro asunto, que por cierto también atañe a la señorita Granger.
Harry la miró directamente a la cara preguntándose de que se trataría ahora. Notó que la profesora le rehuía mirarle a los ojos y que lucía un poco ruborizada, algo bastante extraño en ella.
-Siento una responsabilidad moral al respecto… quiero decir, me gustaría saber… en realidad, necesito que me digas… si entre tú y la señorita Granger ha habido… -en este punto la profesora McGonagall definitivamente estaba sonrojada. Parecía no poder articular la pregunta. –…Me es imperioso saber si has mantenido… una relación… con ella… -movió sus manos nerviosamente. –tú sabes… del tipo sexual –dijo rápidamente.
Harry abrió la boca tanto que después le dolió la quijada. Estaba seguro de haber oído mal, de que entendió algo que no era. No era posible, de ninguna manera, que la profesora le estuviera preguntado aquello. Sacudió ligeramente la cabeza… debió haberle entrado lodo por las orejas y por eso estaba escuchando cosas que la profesora realmente no decía.
Pero realmente McGonagall lucía tan abochornada que cabía la posibilidad que sí hubiera preguntado aquello. Pero Harry se negó a creerlo.
-¿Cómo dijo profesora? Creo que no escuché bien.
-¡Potter, por favor! –exclamó ella exasperada. –No me hagas repetirlo. Sé bien que sí me entendiste.
Por supuesto, el primer impulso de Harry fue negarlo. Por todos los dioses... ¿la profesora realmente pensaba que Harry aceptaría confesar algo así a la primera?. ¿Y sobre todo, a ella?
-¡Claro que no, profesora!. ¿Cómo puede pensar eso? –dijo Harry completamente ruborizado, pero tratando de parecer indiferente. –Ella y yo sólo somos amigos. De veras.
La profesora clavó su felina mirada en Harry, quien intentó no parpadear para no delatar sus nervios. Su mente trabajaba a mil por hora tratando de descubrir el porqué de la pregunta de la maestra… y el porqué la sospecha de que ellos tuvieran una relación que iba más allá de la amistad, y que por obvias razones estaba prohibida entre estudiantes de colegio.
De seguro alguien nos vio y nos delató, pensaba Harry. Pero no, nunca nos ha visto nadie. Nadie lo sabe, ni siquiera Ron… Entonces…
-¿Estás completamente seguro, Potter? –le preguntó perspicaz.
-Profesora, con todo respeto, creo que si hubiera pasado algo así, me hubiera enterado... ¿no cree? –dijo Harry haciéndose el tonto.
-Y, debo suponer entonces –continúo ella sin reírse de su comentario, -¿Qué no tienes ningún interés romántico con ella?
-Profesora, recuerde que ella le dijo que éramos como hermanos. Nada más… -mintió Harry descaradamente.
La profesora McGonagall pareció quedar satisfecha con las respuestas de Harry, quien notó que la mujer lucía más relajada.
-Profesora -dijo Harry con la boca repentinamente seca. -¿Puedo preguntarle por qué usted cree que Hermione y yo… pues… eso que dice?
La mirada de la profesora cambió. Parecía que estaba realmente preocupada por algo.
-No tiene caso que te lo diga… si ustedes sólo son amigos… no importa.
Harry salió de su despacho cinco minutos después, al terminar la profesora de decirle cuál sería su castigo por lo que había pasado en los jardines. El chico iba pensando en la buena suerte de que las sospechas de la maestra se quedaran sólo en eso, y que no hubiera descubierto que su relación con Hermione era algo más que simple amistad, ya que las consecuencias pudieron haber sido terribles.
Mientras caminaba de regreso a la torre de Gryffindor, Harry sintió escalofríos de tan sólo pensar en la reacción de Hermione si un profesor se enterara de lo que ellos hacían cuando nadie los veía. Posiblemente le quiten su puesto de prefecta, pensó. ¡Y a mí, la capitanía del equipo!. se aterrorizó. Y eso si no nos expulsan primero…
Meneó la cabeza con incredulidad al pensar en la ingenuidad de la profesora. ¿Cómo puede ella haber creído que Harry le diría: "oh sí, profesora, Hermione y yo hacemos el amor una o dos veces a la semana desde hace dos meses"…? Se rió ante esta posibilidad. Tendría que haber estado loco o tonto para confesar algo así.
Pero la risa le duró poco. Llegando a la sala común no vio a Hermione por ningún lado. Y en cuanto miró que Ginny se acercaba rauda y veloz hacia él desde un sillón, corrió hasta la seguridad de su dormitorio.
Se acostó en su cama deprimido por no haber podido hablar con Hermione esa noche. Tendría que esperar hasta la mañana. Y para colmo de su soledad, Ron tampoco estaba, ya que aún se recuperaba en la enfermería y por lo que madame Pomfrey había dicho, tardaría una semana más o menos en salir.
Se quedó dormido después de un rato, mientras le rondaba en la cabeza la pregunta de porqué la profesora McGonagall sospechó que él y Hermione mantenían una relación… del tipo sexual, como había dicho ella misma.
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Los siguientes días fueron casi de pesadilla para Harry. El chico se la vivía buscando una oportunidad para hablar con Hermione, pero ésta parecía haberse vuelto una experta en el arte del escapismo. Nunca la pillaba sola, simplemente desaparecía antes de que Harry la alcanzara.
Desesperado y extrañándola como condenado, Harry se atrevió a intentar explicarse ante ella en una clase de Pociones, en medio de un azorado Enrie MacMillan que estaba sentado entre los dos y miraba extrañado, a Harry primero y luego a Hermione.
-¡Psssss!. ¡Hermione! –susurró Harry, pero la aludida ni siquiera volteó. –Por favor, escúchame… tienes que creerme que lo que dijo ese caradura de Malfoy no es verdad. Jamás hice ni haría algo así.
Hermione lo miró como quien observa a un bicho asquerosamente desagradable.
-Por favor… -le pidió Harry en voz baja, intentando que el profesor Slughorn no escuchara. –Dame la oportunidad de hablar contigo… Yo sé que parece mucha casualidad… que primero Ginny… y luego Malfoy diga aquello… pero te aseguro que no es lo que parece…
Enrie levantó las cejas asombrado y miró también a Hermione esperando su respuesta al igual que Harry. Pero ella no dijo nada. Sólo suspiró profundamente y siguió agregando ingredientes a su caldero.
Harry se sintió derrotado ante su actitud. Miró de soslayo a Malfoy que estaba en el otro extremo de la mazmorra, y con creciente odio vio que éste se había dado cuenta del intento y fracaso de Harry por hacer las paces con Hermione, y por lo visto estaba disfrutando de su obra ya que se reía por lo bajito. Harry deseó fervientemente haber aprovechado aquella oportunidad que tuvo para hechizarlo y haberle hecho algo mucho peor que sólo pegarle la lengua al paladar.
Y como si no fuera poco que Harry tuviera que pasar esos días en soledad, sin Hermione y sin Ron; tenía que estar todo el tiempo huyendo de tres personas que parecían dispuestas a utilizar cualquier momento para acosarlo. Se trataban de McLaggen, de Lavender y, por supuesto, de Ginny.
McLaggen estaba más que entusiasmado porque jugaría en lugar de Ron en el siguiente partido de quidditch, por lo que se la pasaba importunando a Harry con tácticas y mejoras para el equipo. Lavender, en cambio, molestaba a Harry hasta hacerlo sentir repugnancia contándole detalles de su relación con Ron y quejándose que cuando lo iba a visitar, éste siempre estaba dormido.
Pero lo peor, definitivamente, era el acoso de Ginny. Ésta parecía buscar oportunidades para tomar a Harry desprevenido y pegar su cuerpo al de él, tratar de platicar usando un tono de voz demasiado sugerente y lo peor de todo, era que siempre que lo hacía, Hermione estaba cerca.
Harry tenía tanto miedo de que Ginny intentara abrazarlo y besarlo otra vez, que siempre salía huyendo. Si se iba a algún lugar donde estuviera Dean, y como Ginny seguía siendo su novia, delante de él se comportaba de manera más normal.
El único lugar donde sentía una paz momentánea era en la enfermería, cuando visitaba a Ron. Se quedaba en silencio mientras su amigo le contaba de las personas que lo visitaban, y le hacía preguntas sobre los entrenamientos de quidditch y el desempeño de McLaggen.
Harry deseaba poder sincerarse con su amigo y platicar con él sobre su relación con Hermione y el problema que tenía con ella, pero sabía que era imposible. Implicaba muchas cosas que sabía no le agradarían a Ron, como el comportamiento extraño de Ginny y, por supuesto, el que Harry y Hermione sostuvieran un noviazgo a escondidas de él.
-Hermione me visita a diario, igual que tú –le dijo Ron un día. Harry lo miró sintiendo algo doloroso en su corazón al oír el nombre de ella. -¿Por qué no vienen los dos juntos?
-Pues… ya ves como es ella –titubeó Harry. –Supongo que viene cuando tiene horas libres, y yo… los entrenamientos de quidditch… no coincidimos, ya sabes.
-Ya veo –concluyó Ron quedamente, mirando de manera extraña a Harry.
Llegó el sábado y el partido de quidditch contra Hufflepuff se llevó a cabo en medio de una interesante narración de Luna Lovegood y con un Harry nunca menos interesado en jugar quidditch que ese día. Tenía tantas cosas en la cabeza que le parecía imposible concentrarse en el partido. Había estado a punto de no asistir al juego para poder seguir a Malfoy y tratar de averiguar que diablos hacía en el castillo mientras todos estaban en el estadio.
Estaba determinado a atraparlo con las manos en la masa, podía apostar lo que fuera a que estaba llevando a cabo un plan ordenado quizá por el mismo Voldemort. Harry estaba seguro de que Draco ya era un mortífago como su padre. Lo descubriría y aparte se vengaría de lo que les había hecho a Hermione y él.
Sintió unas esperanzas renovadas al ver a Hermione entre la multitud del estadio. Sabía que ella aún lo quería, sólo era cuestión de tiempo para que le diera oportunidad de hablar y todo volvería a ser como antes. Jugó con más ímpetu al saber que ella estaba mirándolo.
Pero los problemas empezaron pronto. McLaggen le estaba dando bastantes dolores de cabeza… no cumplía con su puesto de guardián y daba órdenes a gritos a los otros jugadores, incluido Harry. Y cuándo éste le exigió que le devolviera el garrote que le había arrebatado a uno de los golpeadores, McLaggen se encargó que esto fuera lo último que Harry viera del partido, ya que lo golpeó con una bludger en la cabeza.
Harry despertó horas después en la enfermería y en compañía de Ron, y tuvo oportunidad de enterarse de que habían perdido el partido y de que Ginny había ido a verlo mientras estaba inconsciente con el cráneo facturado.
Después de hablar por un par de horas, los dos amigos por fin se quedaron dormidos. Harry lo hizo con el corazón bastante acongojado de saber que había sido Ginny la que lo fue a ver y no Hermione. Se estaba preguntando si algún día podría tener la oportunidad de hablar con ella y aclarar todo… claro, mientras ella todavía quisiera seguir con él.
Quizá por dormirse pensando en ella (como lo venía haciendo todas las noches desde hace tanto tiempo), creyó que estaba soñando cuando, aún antes de abrir los ojos sintió sus labios sobre los suyos.
Supo que ya era de día porque distinguía la luz solar aún con los párpados cerrados, aunque todavía oía los ronquidos de Ron en la cama contigua. Sonrió y suspiró… había sido tan real el sueño. Podía jurar haber sentido aquel beso.
Reuniendo fuerzas, se estiró cuan largo era en la cama y abrió los ojos. Pegó un respingo y se sentó de un tirón al darse cuenta de que alguien estaba a su lado. Aún sin sus anteojos y cegado por la luz de la mañana pudo distinguir esa silueta. Era quien lo había besado.
