La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling
(Una pequeña nota adicional, la parte den cursiva es cuando los personajes están recordando algún momento en particular)
CAPÍTULO 11
"¿Cuándo dejes de desvestir a mi prima mentalmente, podrías pasarme la jarra de zumo?" Le preguntó Albus contrariado, mirándole de reojo con la mandíbula apretada en un gesto que iba a caballo entre el enfado y el aburrimiento.
Scorpius dio un respingo hacía atrás en su asiento y desvió los ojos rápidamente, intentado suavizar la situación con una amplia sonrisa. Una sonrisa que llevaba persiguiéndole sin descanso durante varios días, implacable, indestructible. "No sé de qué me estás hablando". Contestó fingiendo una inocencia casi infantil mientras le pasaba el zumo a su amigo. La verdad era que no estaba desvistiendo mentalmente a Rose, al menos no del todo, solo estaba rememorando un momento particularmente intenso que habían vivido la noche anterior. Aunque si era plenamente sincero, si que llevaba todo el desayuno comiéndosela con los ojos. Lo que Albus no sabía era que ella había estado haciendo exactamente lo mismo desde su mesa al otro lado del Gran Comedor.
Llevaban semanas viéndose a escondidas. Atrapados entre aquellas miradas tímidas y escurridizas y los besos secretos en la oscuridad de algún armario escobero. Scorpius no pedía más. No era de esas personas que necesitaban proclamar su amor a los cuatro vientos, entreteniendo a aquellos demasiado cotillas con un espectáculo de ostentosas muestras en público de cariño y afecto; ni siquiera necesitaba que ninguno de los muchos parientes de Rose que aun habitaban el castillo se enterasen de lo que estaba ocurriendo entre ellos. Si ella no estaba preparada para contarlo, si seguía temerosa de que todos los demás Weasleys la tacharan de traidora y renegada como habían hecho con Albus, no sería él quién desvelara el pastel, arriesgándose a destruir aquella cosa secreta pero igualmente maravillosa que había construido con Rose. A él no le importaba lo más mínimo ni lo que pensaban, ni lo que sabían los demás. Quizás, lo único que sí le molestaba ligeramente era tener que mentirle a su mejor amigo. Aunque en la mayoría de ocasiones era simplemente pecado de omisión, no le gustaba no poder compartir con Albus la causa de aquella felicidad insólita y que le ahogaba ahora sin remedio.
Tampoco le gustaba andar siempre inventándose escusas y mentiras piadosas para poder escabullirse de su amigo y estar con Rose un rato. Sin embargo, las muchas horas que tanto él como ella pasaban en la biblioteca estudiando, y las rondas de prefectos, que como por arte de magia, habían conseguido amañar para que les tocasen juntos, conseguían prologar esos maravillosos momentos que pasaban a solas, con el tiempo y el espacio, su tiempo y su espacio, solo para ellos. Completamente seguros, protegidos, alejados de toda sospecha. Como la noche anterior, cuando después de dos horas patrullando por los pasillos del colegio, Scorpius había tirado de Rose para resguardarlos a ambos entre las sombras confidentes de un armario escobero.
"¡ Scorp!" Había gritado ella alarmada por el repentino cambio de escenario mientras el chico cerraba la puerta vieja del armario detrás de ellos. "¿Qué se supone que estás haciendo?" Pero Scorpius la calló con un beso mientras la agarraba suavemente por la cintura y la atraía hacía él con dulzura. No había podido evitarlo, por mucho que le gustase simplemente hablar con ella, reír con ella, algo dentro de él, unas ansias que le nacían del corazón y de un punto más abajo, a la altura de la entrepierna, le obligaba a abalanzarse sobre ella, a besarla apasionadamente, a cerrar la mínima distancia que les separase y envolverla con más y más caricias. "Scorpius para... Sabes perfectamente que no deberíamos estar haciendo esto...aquí no..." Rose intentaba sin éxito escabullirse de él, recordando el sin fin de ocasiones en las que ella había tenido que sacar a James o Dominique, con sus respectivas parejas, de alguno de aquellos rincones ocultos del castillo. "Somos prefectos... deberíamos estar dando ejemplo..." Musitaba entrecortadamente tratando de pensar, sobreponiéndose a las caricias y los roces atentos que le prodigaba el chico. "¿Qué pasará si alguien nos encuentra aquí metidos...?" Sin embargo, ni Scorpius la dejaba ir, entretenido como estaba en dibujar un reguero de tiernos besos desde su mejilla, por la línea de la mandíbula, por su cuello; ni Rose parecía esforzarse demasiado por oponer ningún tipo de resistencia, dejando escapar un leve gemido de placer casi inaudible por sus labios entreabiertos.
"No sé a quién quieres engañar, Weasley. No puedes resistirte a mis encantos" Musitó él en su oreja con aquel tono socarrón en la voz tan característico. Deleitándose en el sonido de aquel gemido, disfrutando del aliento cálido de Rose en la curva de su cuello, de sus dedos enredándose en el pelo de su nuca, acariciándolo.
Rose se apartó de él repentinamente, con una mueca indignada aunque juguetona. "Claro que puedo resis-" Pero no pudo terminar de hablar porque Scorpius la volvió a interrumpir con otro beso. Un beso más profundo, su lengua colándose indiscreta en la cavidad templada de su boca. Acercándose más a ella, deslizando las manos por la parte baja de su espalda hasta llegar a sus caderas, bajando un poco más de ese límite fronterizo de lo que está socialmente aceptado. Rose se dejó hacer, curvando su espalda para sentirle aun más cerca, mientras otro gemido, más fuerte que el anterior, más vibrante, volvía a huir por su garganta.
"¿Ves?" Dijo Scorpius con la ceja levantada en una media sonrisa, separándose unos milímetros de ella para mirarla divertido, echándole el aire templado de aquella leve carcajada sobre la superficie rosada y húmeda de sus labios. Era verdad que Rose sencillamente no podía más que intentaba que su razón doblegara a sus instintos, estos siempre conseguían escabullirse y derretirse sobre aquel chico de apuestas facciones marcadas. No sabía por qué, pero igual que aquellos meses previos Scorpius había logrado que Rose perdiera por completo la cabeza; ahora, ahora que era lícito tocarse, mirarse, sentirse, Sorpius conseguía que Rose perdiera además todo el poco control que le había quedado aun dentro. Cuando estaban juntos, Rose se sentía mareada. Pero no de ese mareo enfermizo que da la vuelta al estómago y te produce náusea y malestar; sino ese mareo que envuelve tu cabeza y tu alma y asesina al raciocinio, dejándote solo a merced de los impulsos del corazón. Cuando estaban juntos, Rose, simplemente, dejaba de pensar, derrochándose en él, en las ansias de tocar más superficie de piel, de sentir el sabor dulce y delicioso de su saliva, de embriagarse más en su fragancia, hasta ahogarse, hasta no poder respirar nada más que su aroma.
Scorpius, aunque pudiese sostener más firmemente aquella fachada de falso control y dominio de sí mismo, también necesitaba todo el esfuerzo y la voluntad que pudiese rescatar de su interior para no dejarse llevar por completo por sus instintos casi animales. La deseaba. La había deseado desde siempre, suspirando por poder estar cerca de ella, por poder acariciar sus mejillas, sus manos, por poder acariciar con la mirada las olas azul oscuro de sus ojos. Pero ahora que le era legítimo tener todo eso, ahora que era real, la deseaba de una forma incluso más desesperada. Otros podían pensar que todo aquel deseo, que toda aquella urgencia necesitada no era más que la revolución de hormonas adolescentes que se alborotaban en su interior, pero había también un algo más. Un amor infinito, puro por ser el primero, limpio de experiencias del pasado, de tristezas y decepciones. Un amor que sabía mejor que cualquier cosa que hubiesen probado antes.
Rose sintió las manos de Scorpius aventurándose osadas por debajo de la tela de su camisa. Sus dedos explorando, ligeramente temerosos, por la piel de la parte baja de su espalda, presionando delicadamente sobre la carne de sus caderas. Un escalofrío de nervios y gozo le recorrió la espina dorsal, de abajo a arriba, alcanzado cada poro de su piel con una suave descarga eléctrica y la chica tubo el impulso de hacer lo mismo, de desabrochar los botones de la camisa de él y lanzarse arriesgada a recorrer la piel prohibida de su torso desnudo. No lo hizo. No se atrevía. Con un último empujón de su moribunda racionalidad le apartó dándole un golpe inocente en el hombro. En parte contrariada porque él fuera tan consciente del poder que tenía sobre ella; en parte asustada por aquella frontera escurridiza e invisible que la separaba de dejarse llevar completa e irremediablemente, una frontera que cada vez le costaba más no cruzar.
"Sí que puedo resistirme, listillo" Dijo la chica tajante, mirándole severamente pero incapaz de contener del todo una sonrisilla pícara que amenazaba con asomarse involuntaria a la comisura de su boca.
Scorpius la miró contrariado por aquella repentina interrupción en sus arriesgadas aventuras de explorador. "Eso ha dolido" Dijo frotándose teatralmente y dramáticamente el punto dónde Rose le había propinado aquel intento de puñetazo.
"Me alegro" Contestó ella con una mueca satisfecha, girándose con la barbilla alta y digna hacía la puerta de aquel armario cochambroso en el que se escondían. En realidad no se alegraba en absoluto. En realidad solo deseaba seguir acurrucada junto a él. Solo deseaba deslizar su camisa hasta que desapareciera, besar ese punto que ella supuestamente había lastimado, seguir besando en los alrededores, más abajo, por todo su torso desnudo... Pero no debía, así que sacudiendo la cabeza para intentar espantar aquellos pensamientos indecentes, levantó una mano accionando la manivela de hierro forjado de la puerta.
Scorpius no la dejó, sino que la abrazó de nuevo por detrás. "Solo un poquito más..." Susurró él escondiendo la boca y la nariz entre sus rizos, aspirándola, besándola otra vez en la curva donde el cuello se une a los hombros, estrechándola firmemente, sintiéndola relajarse, destensarse entre sus brazos, sintiendo el leve gemido que volvía a salir resbaladizo por su garganta.
De repente, Albus le propinó un codazo en las costillas a Scorpius, acompañándolo de una especie de gruñido. Acostumbraba a hacer eso cada vez que tenía que sacar al chico de sus reiterativas ensoñaciones. "¿Sabes?" Le dijo mirándole seriamente. " No estoy seguro de si reírme de ti por esa cara de lerdo que tienes o mosquearme porque tengas esa clase de pensamientos obscenos con mi prima" Añadió con una mueca a medias entre el disgusto y el asco, seguro de que su amigo llevaba una larga media hora intentando imaginarse a su prima sin las capas de tela del uniforme. Y aunque normalmente le divertía bastante esa fijación casi obsesiva que Scorpius tenía con Rose, de vez en cuando no podía evitar esos ataques repentinos a lo hermano mayor. Aquella fachada protectora y casi paternalista no le pegaba demasiado, nunca la había necesitado con Lilly, la cual sabía cuidar de sí misma ella solita, por lo que le sabía y extraña y casi extranjera cuando aparecía así, de repente. Siempre referida a Rose, la cual solía despertar en él un instinto de intentar guardarla de todo mal. Eso, o el instinto de pegarle un buen bofetón, dependiendo de la circunstancia. Pero es que esa clase de sentimientos encontrados pegaban muy bien con el carácter de por sí cambiante e impulsivo de la chica. A Rose Weasley se la amaba locamente a aratos y a otros se la deseaba asesinar. Así era siempre con ella. "¿Habéis vuelto a hablar... ya sabes, desde que os besarais y todo eso?" Preguntó Albus después de un rato. Había formulado ya aquella pregunta de un sin fin de maneras posibles a lo largo de las semanas que habían pasado, pero Scorpius no paraba de evitarla constantemente; y aunque Albus empezaba a olerse que algo extraño estaba pasando, no conseguía imaginarse del todo lo que podría ser.
"No..." Contestó Scorpius evasivo. "Bueno,... sí y no. Nada relevante" Odiaba tener que mentirle a Albus y de hecho, no estaba muy seguro de porque exactamente tenía que mentirle a él. Do todos, Albus era el único miembro del clan Weasley-Potter que posiblemente se alegraría por él y por Rose. Sin embargo, Scorpius siguió evitándole, con los ojos clavados en el plato del desayuno, rumiando aquella sensación que le decía que Albus odiaría enterarse de que sus dos mejores amigos le habían estado mintiendo así, pero la apartó e intentó cambiar de tema, tratando de distraer a su amigo con alguna tontería de clase. Casi habría dado resultado si aquello que se estaba temiendo no estuviera a punto de descargar sobre ellos como una tormenta huracanada, breve, rápida, pero totalmente impredecible. Rose se acercaba a ellos cruzando el Gran Comedor ante alguna mirada curiosa. Todo el mundo suponía que la chica Weasley iría a reunirse con su primo, pero nunca dejaba de sorprender del todo que una Gryffindor se acercase a la mesa de la casa antagonista. "Scorpius, te dejaste este libro ayer en mi mochi-" Empezó a decir Rose cuando llegó hasta los chicos, pero se interrumpió alarmada, consciente de que aquella frase, que le había salido tan natural, había sido decir demasiado. "¡Digo en la biblioteca!" Terminó casi atropellándose con las palabras y soltando el libro que sostenía sobre la mesa, como si fuese el arma del crimen y si se dejaba de tocarla rápidamente, Albus fuera a ignorar lo que acababa de salir por si incontinente bocaza. Pero el daño ya estaba hecho, antes de terminar, desde el principio, desde que la chica se refiriera a Scorpius con su nombre y no con su apellido como de costumbre.
"¿Qué hacía tu libro en su mochila, Scorp?" Preguntó extrañado Albus, con un dedo acusatorio pasando lentamente de su amigo a su prima. La chica no pudo evitar compartir una mirada con Scorpius, la culpabilidad asomándose a través de las aguas embravecidas de sus ojos. Y entonces, un interruptor pareció accionarse dentro de la mente de Albus. Un interruptor que encendía todo un circuito de incógnitas y respuestas, y por fin, todo cobró un insólito sentido claro. Un sentido que explicaba porque su amigo no le había vuelto a mencionar a Rose y tampoco les había visto pelearse como de costumbre, o porque su amigo no paraba de escabullirse de él constantemente, con las más vagas escusas."Vosotros dos..." musitó una vez aquella vorágine de compresión y pensamientos rápidos pudo atarse lo suficiente como para convertirse en palabras. Aunque solo fueran aquellas dos palabras. "Vosotros dos..." El dedo acusatorio siguió desplazándose pegajoso por el aire, de Scropius a Rose, de Rose a Scorpius.
"Albus, por favor..." Suplicó Rose agachándose hacia su primo. Pero ni ella misma sabía por qué suplicaba. No sabía si era para que Albus les perdonase el haber estado tanto tiempo mintiéndole, o para que el chico no clamase aquella revelación repentina en voz alta, gritándolo por todo el Gran Comedor. Ni si quiera sabía si aquella súplica estúpida seguía teniendo la esperanza de convencer a Albus de que ahí no había nada que entender.
Sin embargo, de nada sirvió aquel ruego. Albus no iba a ignorar lo que acaba de descubrir, tampoco iba a callárselo, no podía; y mucho menos iba a perdonarles a sus dos mejores amigos tantas sucias mentiras. Notaba la ira subirle por momentos por la boca del estómago. ¿Cómo había sido tan estúpido de no haberlo visto antes? ¿Cómo no había atado cabos antes? ¿Cómo no había entendido que necesariamente había una extraña relación entre el inusitado buen humor de su amigo y las sorprendente paz que parecía existir ahora entre él y Rose? Estaba indignado, mucho más que indignado. Estaba realmente cabreado. Una cosa era que él no se hubiese dado cuenta solo, pero otra muy distinta era que ninguno de esos dos, que se hacían llamar sus amigos, se hubiese molestado en contarle aquello. "¡Esto tiene que ser una maldita broma!" Gritó al final, levantándose con ímpetu. Si seguía viéndoles ahí parados, con aquellas caras suplicantes y avergonzadas, estaba seguro de que acabaría arrancándoles la cabeza, o peor, gritando aquello en medio de aquella muchedumbre. ¿Cómo habían sido tan desgraciados de mentirle a la cara de esa forma?
Rose y Scorpius siguieron a Albus corriendo fuera del Gran Comedor. "¡Albus espera!" Gritó ella, azorada por lo que acaba de pasar, desesperada casi. No podía perder a su primo, simplemente no podía, no a él. Sabía que habían sido unos necios al mantener su relación al margen de él, pero ahora no estaba dispuesta a pagar el precio de aquella estupidez, porque cuando se enteraran los demás, que seguro que acabarían enterándose, Rose necesitaría a Albus más que nunca.
Scorpius, con sus largas piernas, alcanzó a su amigo antes que Rose, cogiéndole por el hombro para evitar que siguiera huyendo de ellos. "Al tío, espera, por favor" Le pidió gestando un perdón miedoso en el gris de su mirada. No podía ser que por la misma causa por la que Scorpius se sentía más feliz de lo que jamás había llegado a ser, también fuera a ocasionar que su amistad se rompiera por primera vez y para siempre.
"¡Suéltame!" Gritó Albus, dándose la vuelta para encararles pero deshaciéndose del contacto sobre su hombro. "¡Me habéis mentido! ¡Los dos!" Bramó mirando itinerante entre los dos, aunque un poco más a Scorpius, porque él y Rose nunca habían tenido la típica charla sobre chicos, pero él y Scorpius sí, sí la habían tenido, muchísimas veces. "¡Llevo toda la maldita vida escuchándote hablar y hablar sobre mi prima! ¡Sin parar!" Empezó a echarle en cara a su amigo. "¡Qué si Rose esto, qué si Rose lo otro!" Scorpius dibujó una mueca en su rostro, hubiese preferido que Rose no estuviera oyendo eso. Le había dicho a la chica que estaba enamorado de ella, sí, pero prefería que su ya longeva y patética obsesión con ella quedara mejor entre Albus y él. "¡Y me he pasado toda la maldita vida intentando poner paz entre vosotros! ¡Intentando que dejarais de gritaros cada vez que estabais en la misma habitación, mejor dicho, que dejaras de gritarle!" Espetó mirando ahora a Rose, la cual se miró los cordones de los zapatos profundamente avergonzada, todavía le dolía pensar en lo fatal que había tratado a Scorpius aquellos años de atrás sin ninguna razón aparente. "¿¡Tenéis una idea de cuánto me ha costado estar entre medias de vosotros dos!?" Albus se dio cuenta de repente de lo mucho que llevaba guardando aquello dentro de sí, de lo mucho que le dolía en realidad tantos años de encontrarse a sí mismo siempre en medio de la tierra de nadie de aquella eterna batalla. "¡Y ahora resulta que os habéis estado enrollando a mis espaldas! ¡A MIS ESPALDAS!" Albus respiraba con dificultad, jadeando. Estaba realmente cabreado. Se sentía estúpido y traicionado y más estúpido aun. "Sois unos..." Pero no pudo terminar la frase porque todos los insultos imaginables se le atropellaban en la boca a la vez, y al final no conseguía salir ninguno.
Después de una larga pausa en la que solo se oía el sonido de su agitada respiración y las súplicas mudas con las que le miraban sus dos amigos, Albus les atravesó una última vez, con los ojos llenos de ira y decepción, y se marchó camino del Bosque Proibido donde tendría lugar su próxima clase. Rose dio un involuntario paso hacia delante con otra súplica atascada en su boca, temerosa de salir. Se preguntaba si la vida sería esto, siempre esperar a que se levante el próximo vendaval, siempre sabiendo que la paz solo está ahí para preceder a la tormenta. Scorpius se inclinó ligeramente hacia ella y le susurró. "No te preocupes. Yo lo arreglaré" Y se fue por el tortuoso camino que descendía la colina siguiendo los pasos de su amigo. Lo había dicho por aquella leve esperanza que siempre se niega a abandonarnos; y también, por Rose, para tranquilizar esa desidia que se veía reflejada en sus ojos húmedos a punto de descargar. Pero ni siquiera él mismo estaba seguro de que no hubiese nada de lo que preocuparse. Albus y Scorpius no se habían enfadado nunca. No más que esas típicas refriegas masculinas que suben como la espuma, creciendo súbitas alimentadas por el fulgor hormonal de la testosterona adolescente, pero tan imprevistas como llegan, vuelven a bajar hasta desaparecer y todo acaba con un movimiento de cabeza o un apretón de manos demasiado solemne. Aquello, sin embargo, se avecinaba diferente. ¿Cómo iba su amigo a perdonarle semejante traición? Una traición que además venía cargada de rencores gestado a lo largo de seis años. "¡Al! ¡Al, tío, espera!" Gritó Scorpius corriendo detrás de él, mientras volvía a agarrarle del hombro. Quería explicarle todo aquello, no sabía cómo ni por dónde empezar, pero quería explicárselo.
Albus volvió a deshacerse de aquel contacto tan pronto como lo sintió en su espalda. Le quemaba, le quemaba por la ira y la dolorosa ingratitud, que le borboteaban dentro como un veneno cocinándose en su interior. "¡NO! ¡No me toques!" Le espetó a gritos sin mirarle siquiera. No quería hablar con él, no quería ni sentir la presencia de Scorpius junto a él, y desde luego, no quería que le tocase. Si iban a mantener algún contacto en esos momentos sería el de su puño contra su nariz, porque esa era la única forma que se le ocurría de descargar la furia que le llenaba las entrañas, la furia que crecía y crecía contra su mejor amigo. "¡Eres un imbécil, Scorpius! ¡ Eres un auténtico capullo!" Siguió bramando sin parar de andar, bajando hacía la cabaña del guardabosques. " ¡Y sobre todo, eres un amigo de mierda!" Concluyó a modo de sentencia, dispuesto a que eso fuera lo último que se dijeran en ese momento, porque ahora no quería ni verle la cara.
Scropius se quedó clavado en el suelo, como si sus pies fueran de repente demasiado pesados, como si su alma se hubiese vuelto demasiado como sólida para poder arrastrarla dentro de su cuerpo. Le había dolido aquello más de lo que le había dolido cualquier cosa en su vida, y le había dejado tan aturdido como si una bludger especialmente violenta acabase de golpearle de lleno en la cara. 'Eres un amigo de mierda' volvió a oír retumbando en su cabeza, y el peso muerto de aquella sentencia volvió de nuevo a caer sobre él, más fuerte, más sólido, haciendo que todo su mundo se tambaleara estremeciéndose. No podía perder a Albus. No podía perder la fuerte amistad que les unía, ese extraño vínculo que se había forjado entre ellos casi desde el primer momento en el que se vieron ese uno de Septiembre de hacía seis años.
Nadie había entendido nunca como Albus Potter se había hecho tan amigo de Scorpius Malfoy desde aquel primer viaje en el Expreso de Hogwarts, y muchos estaban seguros de que había sido simplemente el influjo de sus respectivos apellidos. Y sí, al principio quizás fue eso. Scorpius Malfoy significaba para Albus la primera oportunidad que había tenido en su vida de desembarazarse de todas las expectativas y admiraciones que traía ser un Potter, había sido la ocasión perfecta para hacer algo que nadie esperaba de él, algo que su padre nunca había hecho, algo que rompía radicalmente con la imagen heroica, perfecta de su padre. También, significaba una buena ocasión de intentar cabrearle, ya que en aquella época, Albus y su padre pasaban por una extraña pelea continua y callada que les separaba. Quizás porque a medida que crecía, el mediano de los Potter se parecía más y más a su progenitor, pero no de una manera absoluta, sino con un deje diferente, una especie de determinación, de seguridad en el carácter que Harry Potter jamás había tenido. Era esa pequeña diferencia, minúscula para los desconocidos pero perfectamente patente para los que estaban cerca de ellos, lo que se interponía entre ellos con un muro que cada vez crecía más alto. Sin embargo, a pesar de lo que Albus había esperado, ser amigo de Scorpius Malfoy no había terminado de construir aquella enorme frontera, sino al revés, la había derrumbado por completo. Los, gritos, las peleas que aquella amistad inesperada trajo, actuaron en ellos más hirientes de lo que hubiesen querido, y golpearon contra los ladrillos de aquella valla invisible, haciéndola temblar. Ahora ya no existía ese conflicto entre ellos, esos roces, porque por fin, Harry había entendido que su hijo no era él, que su hijo era mucho más que él, mucho más maravilloso; y Albus había entendido que en el fondo, a pesar del parecido tanto físico como emocional, su padre nunca había esperado que él tuviera la misma vida que él, porque ni siquiera la había querido para sí mismo.
Para Scorpius, Albus Potter significaba una mano tendida en la oscuridad, un puente construido entre él y el resto del mundo, un puente que nunca había estado ahí, o había estado escondido entre los reparos de un lado y los prejuicios del otro. Significaba sentirse seguro de sí mismo por primera vez, y no de manera fingida, de fachada, como solía ser su familia, siempre con la cabeza más alta y más digna cuanto más se la intentaban agachar los demás. Sino de verdad, sintiéndose de verdad seguro, digno, como un ser humano. Sin embargo, con el tiempo, los chicos descubrirían que había mucho más en su amistad que ese mero interés casi egoísta del principio. Descubrirían que era muy fácil, muy sencillo divertirse juntos, hablar, compartir, compartir sus vidas. Descubrirían que si no se hubiesen encontrado en aquel vagón de tren, se habrían acabado encontrando de todas maneras. Se habrían encontrado en los numerosos gustos que ambos compartían, en ese sentido del humor tan parecido, en esa misma forma de entender el mundo.
"¡Venga, venga. Seguidme todos!" Gritó Hagrid el guardabosques cuando todos sus alumnos de sexto se hubieron concentrado frente a él. Su mente se posó un segundo en Albus Potter, uno de sus estudiantes favoritos, notando los aires furibundos con los que había llegado y sus facciones contrahechas, al esconderse detrás del grupito de alumnos de Hufflepuff, en vez de ponerse en el frente de la clase como hacía siempre. También notó extrañado como Scorpius, el otro de sus alumnos favoritos, no había llegado con él como de costumbre, sino unos pasos por detrás, colocándose también tras los demás, justo al lado contrario que Albus, con el rostro serio, muy serio, demasiado incluso para él, mientras miraba a su amigo de soslayo entre las cabezas del resto de estudiantes. "¡Por aquí!" Indicó Hagrid, señalando a la apertura de un sinuoso camino de tierra entre los grandes troncos que marcaban el linde del bosque. Una vez tuvo la atención de todos, encabezó la marcha adentrándose en la espesura, cargando sobre su espalda lo que parecía un enorme saco de carne cruda que goteaba sangre fresca sobre la tierra del camino dejando un macabro sendero detrás de él. Después de diez largos minutos caminando, llegaron a una especie de claro donde los árboles se abrían mucho menos densos. Señaló a los alumnos que se coloran en círculo a lo largo de las orillas de la luz, que ahí si podía atravesar las espesas copas, y se dispuso a distribuir por el claro los trozos de carne que, en efecto, llevaba en el saco. "Tranquilos, vendrán enseguida. El olor de la sangre les atraerá" Aquello no tranquilizó a nadie y los alumnos se quedaron mirando hacia la profundidad del bosque casi sujetando la respiración. Al cabo de unos instantes, se oyeron unos sigilosos pasos y los pedazos de carne muerta del suelo se elevaron del suelo, desapareciendo como si algo los estuviera desgarrando. A lo largo de la fila de callados estudiantes se empezó a oír un murmullo que iba entre el asombro y la total repugnancia mientras más de esas criaturas invisibles iban apareciendo ante ellos.
"¡Son thresdals!" Gritaron a la vez Albus y Scorpius asombrados, incluso antes de que el profesor formulara la pregunta e incluso, aunque ni siquiera pudieran ver a las criaturas. Por un segundo, se miraron a través de la barrera de alumnos que les separaba con una mirada cómplice llena de entusiasmo. Habían esperado estudiar aquellas criaturas durante todo el año. Pero Albus cortó el contacto visual enseguida, volviendo a contraer los músculos de la cara en una mueca enfadada. Hagrid les observó disgustado por aquel comportamiento tan poco usual entre los chicos, pero al escudriñarles bien, sus pensamientos viajaron lejos, muy lejos de ellos, en el tiempo. No había podido evitarlo, los dos muchachos se parecían tanto a sus respectivos padres que el guardabosques no había sido capaz de frenar el recuerdo de un clase muy similar a aquella, hacía más de veinte años, en la que había mostrado aquellas criaturas a Harry Potter y sus compañeros. Unas gruesas lágrimas nacieron en sus cansados ojos al pensar que seguramente, aquellos antiguos alumnos podrían ahora ver a los Thresdals, después de los acontecimientos de la batalla de Hogwarts.
"¿Quién puede verlos?" Preguntó al cabo de un rato, después de enjuagarse aquellas lágrimas que nunca le abandonaban del todo con uno de sus inmenso pañuelos de lunares. Uno de los estudiantes de Hufflepuff, tímido y callado, levantó la mano lentamente, el único. Hagrid asintió con la cabeza solemnemente mientras sus compañeros le miraban curiosos. Todos menos Albus y Scorpius que seguían con los ojos vivos de emoción fijos en el punto dónde los pedazos de carne indicaban que estaban las cabezas de los animales. "Eso es porque has debido de ver morir a alguien" Continuó Hagrid. El chico asintió temeroso y los estudiantes que estaban más cerca de él pudieron oírle musitar algo sobre su abuelo. Pero Hagrid no hizo más preguntas y se limitó a hablar sobre aquellas criaturas, sin ocultar ese deje cariñoso que siempre le teñía la voz en las clases, más patente cuanto más incomprendidas y monstruosas eran los animales que les mostraba a los alumnos. "Los thresdals son criaturas asombrosas, extremadamente rápidos volando, muy buenos con la orientación, jamás se pierden y realmente bondadosos. Sin embargo, infringen cierto temor en los humanos dado la naturaleza de su invisibilidad y su relación con la muerte. Aunque no entiendo muy bien porqué..." El silencio se hizo sobre los alumnos, hueco, mientras algunos seguían mirando a su alrededor sin poder localizar muy bien el punto donde realmente se encontraban los thresdals. "Bien, ¿quién quiere acercarse a tocarlos?" Preguntó el guardabosques. La mayoría de la clase reculó ligeramente hacia atrás, rápidamente, pero Albus y Scorpius, al contrario, dieron un firme paso hacia delante. Hagrid sonrió ampliamente, complacido, mientras los dos chicos volvían a intercambiar una mirada. Estuvieron solo a un segundo de sonreírse también esta vez, el uno al otro, pero Albus desvió el gesto contrariado. Aquello le cabreaba aun más. Le quemaba por dentro tener que estar enfadado con su mejor amigo, con su estúpido mejor amigo. Hagrid hizo un ademán con la mano para que se acercaran y les indicó como acariciar a los animales. Era una sensación profundamente extraña, extraña y extravagante, sentir la áspera piel de réptil de la criatura, invisible bajo los dedos.
Después de aquello, Hagrid continuó un rato más explicándoles cosas a los alumnos sobre los thresdals y con la ayuda del muchacho de Hufflepuff que podía verlos, se los describieron a los demás para que tomaran notas e hicieran un dibujo de ellos que completarían como deberes para la semana. Las dos horas de la clase estaban a punto de terminar cuando el guardabosques les pidió que recogieran sus cosas. Había reservado lo mejor, o lo que él consideraba lo mejor, para el final. "Muy bien, y ahora..." Dijo con un deje rimbombante de expectación. "¡Vamos a montarlos!" Y acompañó la exclamación con una sonora palmada en el aire que espantó a una bandada de pájaros que reposaban tranquilos en las copas de los árboles cercanos. Los alumnos también se espantaron igualmente y volvieron a recular hacía atrás, esta vez casi escondiéndose en las sombras de los troncos que bordeaban el claro.
"¿Vamos a montar esas cosas invisibles, Hagrid?" Preguntó claramente asustada Alice Longbottom, la única alumna de Griffyndor que aun atendía a esa clase, poblada en su mayoría por Hufflepuffs, ningún Ravenclaw y por supuesto, los dos Slytherins.
Hagrid les miró atónito, incapaz de entender porque no estaban todos su alumnos igual de entusiasmados que él. "Bueno.. Solo quiénes queráis..." Nadie se movió de sus escondrijos entre las sombras de la espesura. Nadie menos Scorpius y Albus, claro, que corrieron al frente de la clase. La bonachona y afable cara redonda del anciano guardabosques se ensanchó en una enorme sonrisa. "¡No esperaba menos de vosotros dos!" Canturreó contento mientras los chicos se iban acercando despacio hacia donde antes habían estado acariciando a las criaturas y dejaban que Hagrid les cogiera por las axilas y les subiera con ímpetu a la grupa de dos de los animales. Una vez sobre ellos, con aquella extraña sensación de estar notando algo que es invisible a la vista, Albus y Scorpius se miraron a los ojos, a la insólita alegría que empapaba sus ojos, por primera vez desde que hubiesen discutido aquella mañana. olvidándose por completo del porqué del altercado o de cualquier trazo del enfado. Dispuestos a no empañar con nada el momento con el que llevaban años soñando.
De repente, Hagrid dio una especie de azote a los animales y estos empezaron a correr por el claro hasta emprender el vuelo. Los chicos no pudieron contener un grito al sentir ese característico vuelco en el estómago cuando los pies se elevan del suelo. Los thresdals salieron de entre las copas frondosas de los árboles del gran bosque y planearon sobre ellos unos minutos antes de ascender un poco más y recorrer sobrevolando la explanada de hierba de los terrenos, el castillo, rodeando las altas torres y planeando sobre la extensión de agua oscura del Lago Negro. Scorpius no había sentido nada como aquello, ni siquiera era como volar sobre una escoba. Era veloz, ligero, con la única noción de un cuerpo firme cuando el animal batía las alas y le chocaban en las rodillas. La adrenalina de ver el mundo alejándose bajo él, haciéndose más y más pequeño al elevarse, le subía por el estómago, por la garganta, dejando un sabor dulce en la boca; un sabor a libertad. Ya no existía nada. No existía el colegio, ni sus padres, ni su vida; no existía su maldito apellido, ni los problemas, ni el sufrimiento. No existía nada más que él. Él y el horizonte del mundo que se extendía lejano a su alrededor. Él y los gritos de asombro, de emoción pura, que compartía con su mejor amigo, que volaba a su lado con las piernas firmemente sujetas a la grupa del animal y los brazos extendidos en alto. Y es que, a esa altura, con el viento desordenándoles el pelo y la velocidad agarrándose a sus corazones, estrujándolos, tampoco podía existir ningún rencor pasado. Sin embargo, aquello no duró demasiado, cuando sonó el silbido retumbante de Hagrid y los animales volvieron a aterrizar en el claro, entre el vitoreo de sus compañeros; cuando sus pies volvieron a tocar tierra firme, la vida real cayó de nuevo sobre ellos, pesada, y el semblante de Albus volvió a ensombrecerse airado.
"¿Os pasa algo a vosotros dos?" Inquirió el guardabosques por lo bajini cuando ayudaba a Albus a desmontar el animal, señalando hacia Scorpius. El chico simplemente negó con la cabeza, evitando los enormes ojos marrones de Hagrid, antes de que este pudiera leer la mentira en su mirada. Cuando la clase finalizó oficialmente, corrió a recoger sus cosas y se encaminó rápidamente por el sendero que conducía de vuelta fuera del Bosque Prohibido. Scorpius tardó un poco más, ordenando sus papeles y sus libros con mucho más cuidado que su amigo, pero cuando se dio cuenta que Albus ya había desaparecido, corrió detrás de él esquivando a los demás que le lanzaban preguntas y admiraciones sobre su hazaña que quedaban sin respuesta.
Casi a la altura de las grandes puertas de entrada al castillo, consiguió alcanzarle. "¡Albus!" Gritó. "¡Albus tío, espérame!" Pero el chico no solo no paró, sino que aceleró la marcha con sus largos pasos. "'¡Albus, amigo, háblame!"
Aquello superó el límite de tolerancia que a Albus le quedaba dentro. ¿Qué le hablase? ¿Quién demonios se creía él para pedir eso? Debería haber hablado él primero si luego iba a pedirle aquello tan descaradamente. Al fin se giró y encaró a su amigo, acercándose hacia él violentamente con un dedo acusatorio apuntándole como si fuese un arma. "¡Eres un mierdas tío!" Bramó Albus "¡Dices que eres mi mejor amigo, pero has estado mitien-"
"¿Qué tal la clase?" Le interrumpió Rose. Se había acercado a ellos corriendo desde su última clase, y en el mismo instante de estar frente a los chicos, frente a los alaridos de su primo, no se le había ocurrido nada más que aquella tonta pregunta, inmiscuyéndose sin más entre ellos con aquel tono casi infantil.
"Tú..." Empezó a decirle Albus, apuntándola ahora a ella con su dedo y la mueca de su cara que irradiaba rabia, una profunda e inmensa rabia. Pero entonces, lo vio. Vio a Scorpius dando un rápido paso y colocándose entre él y su prima, utilizando su propio cuerpo como un escudo entre la furia que lanzaba Albus como dagas y la cara inocente y terriblemente asustada de Rose. Y sobre todo, vio a Rose dando otro paso casi involuntario hacia Scorpius. La vio medio escondiéndose detrás de él, dejándose proteger. Vio la cercanía que parecía ahora rodearles de una forma, nueva, inconcebible. Como una especie de magia, una sincronía maravillosa que flotaba entre ellos, que les empujaba silenciosa el uno en el otro, que les acercaba sin remedio siguiendo una fuerza centrífuga con dos centros, que solo les afectaba a ellos. Y lo supo. Supo que, de repente, enfadarse ya no tenía ningún sentido, porque aunque sus dos mejores amigos le hubieran estado mintiendo, lo habían hecho por eso, por esa magia que les embrujaba tan inaudita y preciosa al mismo tiempo; y aquello, simplemente, tenía que pasar. Sus dos mejores amigos, juntos, cuidándose el uno al otro, ahora parecía tan condenadamente necesario, tan natural, como el aire que respiraban todos, como el sol que les alumbraba, tan cotidiano como el sonido de sus voces. ¿Cómo iba a enfadarse por algo como eso? ¿Cómo iba a cabrearse con ellos por algo que era tan... obvio? Así que, sin más, cambió de tema radicalmente. Porque así era como Albus siempre resolvía sus problemas y sus trifulcas. Sin necesidad de disculpas azucaradas ni ninguna mierda de esas. Simplemente ignorando aquello en lo que ya no tenía sentido pensar. "La clase ha sido genial" Dijo cambiando con el tema su voz y el rictus de su cara. "Hagrid nos ha enseñado a los thresdals" Al cabo de unos instantes de denso silencio, Albus se dio cuenta que de que seguía con el dedo levantado hacia Rose y lo bajo de repente.
Rose no entendía nada. Hacia tan solo un segundo, estaba segura de que, o la oleada de bramidos de Albus le golpeaba en la cara de lleno, o él mismo iba a abalanzarse sobre su pescuezo. Sin embargo, repentinamente, con tan solo un parpadeo, su primo le estaba hablando como si nada, como si fuese un día normal, una conversación normal, y él nunca hubiese descubierto su secreto. Scorpius, gratamente sorprendido por aquel cambio de rumbo, le siguió el royo, deshaciendo aquella postura protectora que había adoptado incosnciente. "Sí. Ha sido alucinante" Dijo con una radiante sonrisa que le subía hasta la mirada y teñía sus ojos grises poco a poco de ese azul claro suave que aparecía insólito cuando su corazón también se teñía de ese mismo color. "Nos ha dejado montar en ellos al final de la clase. Y Albus y yo hemos sobrevolado todo el castillo y el lago"
Rose les miraba atónita, de uno al otro, ignorando totalmente de que estaban hablando los chicos, solo tratando de comprender aquel repentino cambio de humor . Albus la tomó por los hombros y la chica se dejo empujar muda hacia el interior del castillo mientras los chicos hablaban y hablaban sin parar, interrumpiéndose con exclamaciones y asombros, fluidos, fáciles, contentos; como si no hubiese ningún motivo para que fuera de otra manera. "Ha sido flipante..." Seguía repitiendo Albus de vez en cuando. "Casi como si estuviéramos volando nosotros solos"
"Suben a alturas increíbles" Añadió Scorpius.
"Sí, y son las criaturas más veloces del mundo mágico" Apostilló de nuevo Albus. "Más que los hipogrifos, e incluso, que los dragones"
"Los dragones son demasiado pesados como para alcanzar tanta rapidez..." Informó el otro chico. Rose seguía caminando como arrastrada entre medias de ellos dos, callada, solo desviando la cabeza de uno a otro pero sin llegar a escuchar nada, sus palabras sonando lejanas, muy lejanas. ¿Cómo podían olvidarse tan rápido de todo lo que se habían gritado hacía menos de cinco minutos? ¿Cómo podían ignorar el hecho de que seguramente habían estado a punto de enzarzarse en una pelea al más puro estilo muggle? Definitivamente así no era como las chicas resolvían sus conflictos, las cuales, necesitan siempre una larga sesión de disculpas, llantos y más disculpas para poder llegar a la catarsis y dejar de lado una refriega como aquella.
"Creo que estaban investigando para hacer nuevas escobas con pelo de thresdal" Le contó Albus a su amigo con otro ataque de entusiasmo.
Scorpius se paró de sopetón, contagiándose de aquel ímpetu. "¡Eso sería alucinante!" Gritó con la mirada en el infinito, seguramente imaginándose la sensación que se sentiría al volar con aquel nuevo artilugio. Habían llegado al Hall principal, justo donde arrancaban las escaleras que bajaban a la sala común de Slytherin. "Por cierto Rose." Dijo Scorpius, de repente, como si acabase de ser consciente de la presencia de la chica entre ellos. "¿Tú no tienes clase de Aritmancia ahora?"
Rose, cuya mente seguía paralizada y admirada a partes iguales por el extraño comportamiento de los chicos, se quedó pensativa un momento antes de llegar a escuchar realmente lo que le habían dicho. "¡Mierda!" Gritó alarmada. "¡Llego tarde!" Y salió corriendo por el pasillo sin despedirse.
Albus y Scorpius se quedaron mirando como la cabellera roja incandescente de la chica se precipitaba por el corredor como una tormenta huracanada, apartando a los pequeños estudiantes de primero, ates de desaparecer al doblar la esquina. Ambos negando con la cabeza en un gesto divertido con una amplia sonrisa en la cara. "Al.. Lo siento mucho" Musitó Scorpius al cabo de unos instantes, volviendo a enfrentarse a ese color verde intenso de los ojos de su mejor amigo, temiendo que Rose hubiese actuado como catalizador, y al irse la chica, la tensión volviera a hacer mella entre ellos dos.
Albus le miró también, sin una pizca de ira o rabia ya en su cuerpo. Con Scorpius era mucho más sencillo, mucho más cómodo simplemente no estar enfadado. "Olvídalo tío. No pasa nada" Le dijo mientras le daba unas palmaditas masculinas en la espalda. "Pero te lo advierto" amenazó poniéndose serio de nuevo, atravesando a su amigo severamente. "Si le haces daño a Rose, te mataré" Scorpius rompió en una carcajada sonora ante aquel comentario pero Albus no parpadeó y extendió su silencio un poco más hasta que volvió asomarle una media sonrisa. "Tranquilo, tendré esa misma charla con ella" Scorpius volvió a reír divertido y esta vez Albus le acompañó, a gusto, como siempre, mientras reanudaban la marcha bajando hacia sus dormitorios. Scorpius no pudo evitar respirar profundamente, aliviado, muy aliviado, sintiendo como si llevase horas sin hacerlo, notando el aire llegar fresco a sus pulmones secos. Durante aquellas escasas horas después del desayuno, había sentido su mundo tambalearse bajo un terremoto, bajo una tormenta voraz, violenta; pero todo se había calmado tan súbitamente como había llegado. Casi como una peonza que se agita en el suelo al encontrarse una grieta pero se estabiliza y sigue girando. Ahora, sencillamente, todo estaba bien.
El tiempo voló como vuela el polen en primavera, atascando corazones y enturbiando las mentes; tiñendo las copas de los árboles de un verde más esponjoso y más cálido que la nieve, y el cielo de un sol más luminoso, más vibrante. Albus disfrutaba del apacible clima estival como de costumbre, los ratos libres entre clases gastados a la luz de unos días cada vez más largos, pero con la insólita presencia de su prima acompañándole a él y a su mejor amigo. Tenía que admitir que las cosas nunca habían estado mejor. Y la verdad era que tener a Rose entre ellos casi todo el tiempo ni siquiera se sentía extraño, era como si siempre hubiese tenido que ser así, pero por alguna razón que ahora ninguno de los tres conseguía recordar, no lo había sido. Albus a veces hacía memoria y su cabeza volvía a rememorar temerosa aquellas eternas peleas entre Scorpius y su prima, aquellas en las que él siempre se había encontrado atrapado entre los dos fuegos cruzados. Pero solo era a veces, porque por más que le asustase levantarse un día y comprobar que aquella estabilidad pacífica, tranquila volvía a consumirse con las llamas de los prejuicios de los que antes se alimentaba Rose, el incendio nunca volvía a prenderse. Rose había aprendido de una vez y para siempre esa verdad que estaba dentro de ella pero que no había querido escuchar. La verdad que le recordaba que Scorpius Malfoy no era el villano de la historia, porque no había ninguna historia, no para ellos, porque solo eran tres muchachos normales que acaban su sexto curso en el colegio, y vivían como podían y sabían, sus vidas normales.
También había otra verdad que su querida prima había aprendido sobre Scorpius Malfoy, que estaba locamente enamorada de él. Y esa verdad, a Albus, le gustaba un poco menos, porque se había temido que se volvería insoportable estar delante de aquellos dos, entre su vorágine de amor y hormonas revolucionadas, y que lo agradable de por fin poder pasar el tiempo los tres juntos, desaparecería por completo cuando los chicos empezaran a darse cuenta que Albus no era más que la pieza sobrante. Pero no. A pesar de lo que se podía esperar de dos adolescentes enamorados, a pesar de ese característico comportamiento fastidioso que obligaba a los jóvenes a perderse en sus miradas, en sus caricias, pegajosos, ajenos al mundo que les rodeaba como si les rodease una burbuja de querubines dorados y cantos celestiales, Scorpius y Rose no eran para nada así. Albus descubrió gratamente, que al margen de lo que sus dos amigos hicieran en privado, cosa que él, no iba a imaginarse voluntariamente, cuando estaban los tres juntos, la parejita no era para nada incómoda, ni azucarada, ni nada por el estilo, y él no se sentía como la tercera rueda. Al menos no siempre.
"¿Vais a dejar de miraros así de una maldita vez?" Preguntó Albus a sus dos amigos levemente contrariado. Llevaban un par de horas los tres sentados debajo de aquel olmo a orillas del Lago Negro, fingiendo que hacían los deberes. Bueno, los dos chicos fingían, con sus pergaminos y libros desperdigados sobre la hierba verde, pero sin prestarles demasiada atención. Rose, sin embargo, sí que los estaba haciendo de verdad. La chica parecía disfrutar de abandonarse en las palabras de su redacción de pociones que aparecían rápidas, fluidas, manchando la superficie impoluta del papel a medida que se deslizaba su pluma sobre él.
Al oír aquello, Rose giró la cara azorada. "No nos estábamos mirando" musitó. La verdad era que sí que llevaba un rato con los ojos ahogados en el gris de los de Scorpius, aprendiéndose de memoria los brillos azules que el sol reflejaba en aquellos páramos. Inexplicablemente, aquel muchacho era lo único que había conseguido que Rose Weasley perdiera su intensa capacidad de concentración, esa que le permitía pasar horas y horas con la cara metida de lleno en un libro sin sentir la necesidad de salir a tomar ni una bocanada de oxígeno.
Albus, con una mueca socarrona en la cara que seguramente se le había impregnado de tanto pasar tiempo con Scorpius, dijo sin levantar la vista de su propia redacción a medio hacer. "Claro que lo estabais haciendo. Mirándoos como si os fueseis a devorar el uno al otro" Roso notó la incandescencia ruborizada que le bañó las orejas y la nuca y se acomodó el pelo un poco tratando de esconderla. Scorpius, al contrario, se limitó a seguir sonriendo sin molestarse en apartar los ojos de la chica. En el fondo, la chica admiraba su capacidad para mantener siempre aquella media sonrisa impasible, sin temblar, sin dejarse influir por lo que pensaran o dijeran el resto de personas de su alrededor. Quizás, eso era parte de su atractivo, que pasara lo que pasara él siempre parecía seguro, firme, una roca ante las envestidas del mar. Rose, sin embargo, era más el reflejo de la arena de la playa, que iba y venía al gusto de las olas. "No me entendáis mal" Continuó Albus. "Me parece genial que hagáis esas cosas, pero no en mi presencia" Terminó con una ligera mueca de asco cuando la escena imprevista de Rose y Scorpius enrollándose apasionadamente, le golpeó en la imaginación. Lo había hablado demasiado deprisa.
Después de otros cinco minutos en los que Albus escudriñó su pergamino medio en blanco, al final se decidió a abandonar lo inevitable y se levantó recogiendo todas sus cosas y haciéndole un leve movimiento con la cabeza a Scorpius para que le imitara. "¿A dónde vais?" Preguntó Rose extrañada.
"Entrenamiento de Quidditch" Contestó Scorpius escuetamente, metiendo cuidadoso los libros en su cartera.
"¿Qué?" Volvió a preguntar Rose intentando sonar casual y relajada, lo más que pudo, pero incapaz de esconder del todo su tono de alarma. "Pero si no habéis acabado los deberes" Scorpius y Albus intercambiaron una mirada cómplice que parecía decir que ellos sabían algo que la chica ignoraba por completo y soltando una sonora carcajada, se despidieron de ella con la mano y se marcharon arrastrando los pies por la amplia explanada verde brillante, camino del campo. Daba igual de cuántos jugadores de Quidditch se rodeara Rose, cuántos de sus amigos y familiares jugaran a aquella cosa, nunca conseguiría comprender la importancia del deporte mágico.
La chica se quedó observando cómo las dos figuras se alejaban poco a poco, sus sombras largas proyectadas en el suelo por el sol templado de media tarde. Se reclinó en el tronco, ligeramente disgustada, volviendo a atender a sus deberes, más o menos. Nunca lo admitiría en voz alta, pero su imaginación revolucionada, por el buen tiempo estival y su reciente amorío, había guardado la esperanza de poder revivir con Scorpius otra tarde como la que habían pasado hacía unos días, escondidos tras los matorrales que adornaban las orillas del lago, un poco más allá de dónde ahora estaba sentada.
Rose había estado en esa misma posición, la espalda recostada sobre el tronco de un olmo muy parecido a aquel, solo que esta vez, estaba terminando unos ejercicios de aritmacia en vez de aquella redacción de pociones. Albus se había marchado hacia unos minutos y Scorpius se había quedado junto a ella, tirado en la yerba, ladeado con su peso sobre un codo y la mirada y la sonrisa fijas en ella. Aburrido, el chico trazaba juguetón un camino con sus dedos sobre las piernas estiradas de Rose, intentando despistar a su punzante atención y conseguir que abandonara su tarea y se dedicara enteramente a él.
"Para quieto, Scorpius..." Musitó la chica sin levantar apenas la vista del papel. "¿Es qué no piensas hacer tus deberes?" Le preguntó incisiva, señalando con la punta de su pluma el libro de aquella misma asignatura que el muchacho había esparcido perezoso por la hierba sin llegar a abrirle si quiera. Scorpius se limitó a negar con la cabeza en una mueca autosuficiente y continuó como si nada jugueteando con el borde de su falda. "Sabes qué no pienso dejar que me copies ¿verdad?" Volvió a musitar Rose, sonriendo satisfecha al terminar el penúltimo cálculo que le quedaba en su hoja cuadriculada de cuentas.
Scorpius soltó una carcajada sarcástica. "Tranquila, solo te los pediría si quisiera que mis deberes estuvieran mal hechos" Rose abandonó el siguiente calculo a mitad y le echó una de sus miradas de basilisco. Rose Weasley nunca hace mal sus deberes. Scorpius le sonrió aun más intensamente, complacido de haber conseguido la atención que quería. "No te preocupes, Weasley. Pronto dejará de dolerte el admitir que soy mucho mejor que tú en aritmacia..." Posiblemente esa era la única asignatura en la que Scorpius conseguía ser mejor que Rose. El chico era brillante, pero nadie había conseguido batir las notas de Rose Weasley en los seis años que llevaba la chica en el colegio, de hecho, podía decirse que Rose tenía el mejor expediente de todo Hogwarts, junto al de su madre, claro. Sin embargo, nada de aquello iba a reconocérselo en voz alta.
"Imbécil..." Susurró Rose acentuando aquella mirada asesina, tratando de ignorar como sus entrañas se agitaban al ver otra de las sonrisas ladeadas del chico, tan encantadora, tan increíblemente atractiva.
Scorpius, que con el tiempo había aprendido a leer todos los temblores de su cuerpo, intuyó como vacilaba ligeramente el fingido enfado de la chica y rio sarcástico una vez más, como siempre hacía, abalanzándose sobre ella para cogerla por la cintura mientras apartaba los pergaminos y los libros que estaban en su camino y que hacía un rato que se encontraban interrumpiendo sus verdaderas intenciones. "Qué guapa te pones cuando te enfadas" Le susurró en la oreja. Rose intentó zafarse de su abrazo, resistiéndose casi violentamente, pero tras unos minutos de fingida pelea se dejó por fin abrazar. Después, se dejó también besar, besándole ella de vuelta, tranquilos, escondidos tras el abrigo de los matorrales y el calor de la luz y el olor a primavera de los apacibles terrenos del colegio. Porque así eran ellos, así era como siempre ocurría todo entre ellos. Peleándose divertidos, con sarcasmos mordaces e insultos varios; para luego volver a estrecharse entre los brazos, volver a quererse de nuevo entre besos mojados y caricias tiernas, en un eterno tira y afloja de ironías y miradas amorosas. Y así es como debía ser. Jamás serían una de esas parejas que iban por ahí dadas de la mano y que quedaba para besuquearse empalagosos entre los querubines y el aire viciado de inciensos que adornaba el salón de té de Madam Pundipié. Y no porque tuvieran que evitar los murmullos cotillas típicos del colegio o esconderse para que el resto de Weasleys, que aun habitaban el castillo, no les descubrieran; sino porque lo natural entre ellos, lo que realmente les salía del alma y del corazón era eso, chincharse, hacerse de rabiar, casi rozando de nuevo el odio, solucionándolo después otra vez con más besos, con más caricias enamoradas, más miradas cómplices que se decían tantas cosas. Porque esos años anteriores de burlas, de gritos y batallas verbales de ingenio y mordacidad, no habían sido una completa farsa que solo intentaba tapar sus verdaderos sentimientos, no, había sido la primera parte de una ecuación que estaba a medias, y que por fin, habían aprendido a resolver.
Rose suspiró hondo para sus adentros, su redacción de pociones olvidada en medio de una frase. Aun le costaba acostumbrarse a esa clase de comportamientos, soñadores, adolescentes, más típicos de sus amigas que de ella. Pero es que Scorpius había conseguido dar la vuelta a su corazón, y a todo su mundo. Y de todas formas, no le importaba, no le importaba lo más mínimo caminar sin saber donde estaba ya el suelo de debajo de sus pies. No le importaba porque, por primera vez en toda su vida, alguien le había enseñado a volar, sin tener que ir siempre arrastrada sobre la tierra firme, sino flotando unos centímetros por encima de ella. Al final, consciente de que no estaba lo suficientemente concentrada para terminar su ensayo, Rose decidió ignorarlo y dejarlo apartado en el rincón de las cosas pendientes, un rincón que estaba insólitamente lleno últimamente. Después de recoger todas sus cosas, se encaminó ella también hacía el campo de Quidditch y se sentó en una de las gradas de madera, apartada, pero no muy alejada, para poder ver al equipo de Slytherin terminar de entrenar.
Nadie se inmutó por su presencia. Hace años, los jugadores de Slytherin, se habían mosqueado bastante al ver que algunos de sus rivales de Gryffindor parecían estar siempre husmeando en sus entrenamientos, sospechando, que aunque no pudiesen oír lo que hablaban, estaban intentando robarles algunas de sus tácticas de juego. Sin embargo, al final se habían acostumbrado a aquella extraña presencia, porque no eran cualquier miembro de Gryffindor los que se pasaban de vez en cuando por sus entrenamientos, sino los miembros del inmenso clan Weasley-Potter; y no lo hacía para husmear tampoco, sino para ver volar a Albus. Antes, solían ser Lilly y James los que interrumpían las prácticas con aplausos ruidosos y gritos cada vez que su hermano marcaba un tanto o hacía un buen recorte con la escoba. Y por mucho que a los demás chicos del equipo les pudiese molestar, simplemente no habrían podido evitarlo. Los hermanos Potter se querían. Con un vínculo fraternal enorme, absoluto, tan fuerte que iba mucho más allá que las casas del colegio o los equipos de Quidditch, que simplemente permanecía impasible, indestructible, ajeno al exterior o a cualquier frontera impuesta.
Sin embargo, la llegada de la primavera había traído las flores, a la hierba de la pradera y al campo de Quidditch también, porque ahora era Rose la que solía pasarse por allí de vez en cuando; extrañamente, porque todo el mundo sabía que aquel deporte mágico no iba demasiado con Rose Weasley. A veces, Lilly la acompañaba también, continuando aquella especie de tradición aunque James ya no estuviera rondando por el colegio. Pero los demás miembros del equipo casi preferían cuando estaba Rose sola, ya que esta no gritaba ni vitoreaba. Solo se limitaba a observarles volar callada y la única distracción posible era cuando el sol se reflejaba demasiado intenso en su pelo rojo incandescente y Scorpius volvía siempre la cabeza hacia ella pensando que era el brillo dorado de la snitch, o al menos, por eso creían sus compañeros que Scorpius se pasaba el entrenamiento mirándola. De todas formas, el buscador volaba mucho mejor que nunca aquellos días, así que nadie tuvo ninguna queja.
Una vez acabó el entrenamiento, Rose volvió a bajar de las gradas y espero a Scorpius y a Albus a la salida de los vestuarios, seguramente, donde Flint les estaría dando una de sus charlas motivacionales. "¿No tenías deberes que hacer?" Le preguntó socarrón Albus una vez salió por fin y se despidió de sus compañeros para andar hacía el castillo con la chica.
Rose suspiró hondo, tratando de ignorar la amistosa puya de su primo. "Anda, callate..." Le dijo poniendo los ojos en blanco.
Scorpius, que había salido del vestuario unos minutos después que su amigo, se acercó por detrás a la chica y le susurró en la oreja, aunque lo suficientemente alto como para que Albus también lo oyera. "La gente va a empezar a sospechar si te pasas el día viniendo a verme entrenar"
Rose frunció el ceño. "Para tu información, he venido a ver entrenar a mi querido primo" Contestó la chica colgándose cariñosa de los hombros de Albus, mientras le sacaba una lengua burlona a Scorpius.
"¡SÍ, CLARO!" Bramaron los dos chicos a la vez, estallando en una carcajada cómplice. "¡SEGURO!" Volvieron a gritar al unísono mientras agarraban a la chica por ambos lados y la estrechaban en un abrazo aparatoso y agobiante.
Rose les golpeó con los puños para intentar zafarse de la cárcel en la que había quedado atrapada, aunque no resultaba nada fácil ya que los chicos era mucho más altos que ella, y por supuesto, considerablemente más fuertes. "¡Quitaros de encima!" Intentó decir la chica aunque le sonido de su voz quedó ahogado en aquel lio de brazos y túnicas. "Estáis sucios y sudados..." Musitó con una mueca de asco una vez quedó libre, colocándose el cabello que se le había quedado más desorganizado y salvaje que de costumbre por aquel ataque repentino.
Continuaron el camino de vuelta al castillo hablando animadamente de las jugadas que habían practicado, de sus escobas, de sus opciones en el último partido de la temporada contra el equipo de Gryffindor, aunque Rose no entendía demasiado de lo que hablaban y simplemente seguía su conversación sin demasiado interés. Los tres, sintiendo una paz insólita. Como si algo se hubiese colocado en su lugar, algo que no sabían que había estado desordenado por tanto tiempo. Albus miraba a sus dos amigos andar uno al lado del otro, sin tocarse, pero con esa especie de energía mágica que parecía rodearles manteniéndoles siempre girando en la misma órbita como un planeta y su satélite, como un cometa y su sol; y pensó, que en esos momentos, de verdad, todo estaba perfectamente bien. Cuando llegaron frente a las escaleras que bajaban hacía las mazmorras y comunicaban con los dormitorios de Slytherin, Albus se despidió de ellos. Scorpius iba a acompañar a Rose a su sala común, aunque no fuese necesario, pero aprovechando esas horas tardías del día en las que los pasillos dormían desiertos y podían acurrucarse en alguna esquina solitaria sin miedo a ser descubiertos por los demás habitantes del castillo. Aunque la gente había empezado a cotillear al ver a Rose Weasley pasando tanto tiempo con Scorpius Malfoy últimamente, todos habían dado por sentado que la chica solamente estaba con él por su primo, así que los rumores habían fluido durante unos cuantos días pero luego habían muerto por sí mismos, de aburrimiento. Su romance seguía existiendo por lo bajini, ajeno al mundo, ajeno a los juicios o a las miradas entrometidas. Albus les echó un último vistazo desde el primer escalón, observando sus espaldas alejarse, observando cómo sus cuerpos iban acercándose cada vez un poquito más, de forma natural, necesaria. A Rose no parecía importarle ahora que Scorpius estuviese sucio y sudado tras el entrenamiento de Quidditch.
Antes de llegar al retrato de la Dama Gorda, justo antes de doblar la esquina del pasillo del tercer piso, Rose se abalanzó sobre Scorpius, tirando del cuello de su túnica para besarle apasionadamente en los labios. Con el tiempo, había perdido totalmente la vergüenza de hacer aquello, había aprendido a dejar de sentirse vulnerable, desprotegida, cuando mostraba los deseos de estar entre sus brazos. Ya no hacía falta esa barrera. Ya no hacía falta el miedo. Porque, aunque Scorpius siguiera sonriendo con aquella arrogancia y altanera soberbia tan suya, cuando la notaba derretirse sobre él, la chica sabía a ciencia cierta que detrás de esa fachada controlada y estudiada, el chico también se estaba derritiendo en ella, mezclándose con ella, abandonándose totalmente en ella. La temperatura del momento empezó a subir poco a poco, como últimamente venía ocurriendo siempre que estaban solos, y del aquel beso intenso pasaron a las caricias, también intensas. Scorpius se giró para arrinconar a Rose contra la pared, jugando al juego fingido del cazador y su presa. Lentamente, metió las manos por debajo de la camisa de la chica, acariciando suavemente con la yema de sus dedos la piel sedosa de la parte baja de su espalda, mientras iba caminando a besos el sendero de su cuello. Rose se dejó hacer, apretándose más contra él. Con Scorpius, había conocido de repente lo que la gente llama el deseo, y había comprendido a la fuerza que intentar pararle los pies a ese deseo resultaba tan agotador y tan rematadamente imposible como intentar frenar tu propia respiración; porque justo un instante antes de conseguirlo, el cuerpo perdía el conocimiento y tu voluntad dejaba de tener el control de los movimientos. Cuando sus bocas volvieron a encontrarse, aun sintiendo la quemazón en los trozos de piel desnuda que Scorpius había rozado con sus labios, Rose se aupó sobre los hombros del chico para profundizar aun más el beso, su lengua aventurera por aquel territorio cálido y húmedo, por aquella batalla ciega de caricias mojadas. Scorpius musitó un gruñido placentero a mitad de una exhalación cuando la chica bajó una mano de su nuca y fue arrastrándola por su pecho, aferrándose a la tela de su camisa para tirar más de él. Podría pasarse la vida entera entre aquel abrazo apasionado. Podría morir y vivir el resto de su eternidad atrapado en el aroma que desprendía su pelo. Podría perfectamente porque en aquellos momentos, el mundo desaparecía de su alrededor. Ya no era consciente de la piedra fría de la pared, o de la dureza del mármol bajo sus pies; ya no se oían los suspiros del castillo dormido, ni el viento silbando entre las hojas recién nacidas de los árboles, ni la gente, ya no se oía absolutamente a nadie, como si vivieran en un lugar desierto y no existiese nadie más, solo ella. Solo el mapa estelar de pecas en sus mejillas, solo el rojo ensalivado de sus labios, solo el mar azul oscuro de sus ojos. Como si solo existiera el barco a la deriva de su propio corazón que naufragaba en aquel mar.
"¿Rosie?" Preguntó de repente una voz alarmada detrás de ellos. Rose rompió el contacto inmediatamente y asomó la cabeza por detrás de la espalda de Scorpius. Su primo Lois, el hermano pequeño de Dominique y Victorie, se había quedado estupefacto al ver aquella escena y miraba, con los ojos grandes como dos enormes platos redondos, yendo y viniendo de su prima a Scorpius Malfoy y de Scorpius Malfoy otra vez a su prima. Si le hubiesen dicho hace unos segundos que iba a estar a punto de presenciar algo como aquello, pesaría que alguien le había echado un hechizo aturdidor. ¿Cómo podía estar su prima Rose besando a ese Malfoy? Pero no, nadie le había lanzado ningún hechizo, ni le habían golpeado la cabeza con nada; aquello era totalmente real. Su prima estaba enrollándose en medio de las sombras de aquel corredor con el indeseable de Scorpius Malfoy. No sabía que decir, su mente estaba totalmente paralizada y con ella, sus palabras, así que, sin borrar ni un ápice aquella cara de susto, Lois corrió por el pasillo hacia la sala común de Gryffindor, debatiéndose entre la vergüenza de haber interrumpido aquel momento, y el asco y la ira que nacía en su interior cuando su cabeza comprendía más y más a quién había interrumpido.
Rose se separó de Scorpius del todo y dio un par de pasos hacia el chico. "¡LOIS!" Gritó aterrada. "¡Lois espera!" Pero su primo ya se había ido y ahora no quedaba más que la estela que su pelo plateado había dejado al pasar. La estela que anunciaba el próximo vendaval.
Siento mucho la tardanza con este capítulo
entre que me ha salido más largo de lo que pensaba
y que acabo de empezar a trabajar, me ha sido imposible tenerlo antes
Prometo no tardar tanto para el próximo
Un saludo a todos y no olvidéis dejarme un review, quiero saber vuestras opiniones.
