Apreciados lectores, Hetalia no me pertenece a mí, sino a su autor, Hidekaz Himaruya.
Advertencias: Capítulo denso, Lovino. Nada más. Melosidad injustificada, quizás.
Ella
La primera carta de amor que recibió Feliciano fue cuando aún éramos unos niños pequeños, con más o menos diez años. Yo tenía sólo un año más que él. En la pequeña escuela primaria en Italia, había una linda muchachita de cabellos rubios que siempre jugaba con mi idiota hermano menor. Habían sido amigos desde el jardín de niños, pasaron juntos el trauma que les generó dejar las siestas por la tarde y la leche con chocolate por las tardes. De la mano, habían hecho una y mil travesuras. Acostumbraban tomarse de las manos para volver a casa luego de un día entero en el parque cerca de nuestra casa. Esa carta de aquella niña había llegado a poner nuestra niñez de cabeza.
–¿Qué debería hacer, fratello?- me preguntó, sosteniendo con cuidado el delicado sobre que contenía aquellas palabras puestas en un papel con una deliciosa fragancia a fresas. Por primera vez, el idiota de Feli se veía preocupado, algo serio.
–¿Qué sé yo? No es mi problema, ve y dile que también te gusta o algo por el estilo.- Le espeté con cierto resentimiento palpable. Realmente no me gustaba nada cómo iba aquello; pronto, Feliciano sólo pensaría en aquella chica y suspiraría como un idiota enamorado. Atrás quedarían nuestras bromas pesadas, el compañerismo entre hermano, las horas comentando nuestros programas favoritos. Incluso llegaría a extrañar sus lloriqueos sin sentido.
–Pero ella no me gusta de esa forma…- reconoció con un deje de amargura. Me giré a verlo y le quité la carta de las manos, bastante enojado. La rompí por la mitad descargando toda la frustración y la rabia contra el pedazo de papel. Él no dijo una sola palabra.
–Problema resuelto. De todas formas no te dejaría tener novia, ¡soy tu hermano mayor y puedo prohibírtelo!- con las manitos temblando, me acerqué y le di unas palmadas en la espalda, sin querer ser demasiado empalagoso a la hora de animarlo.
–Gracias, hermanito…De todas formas creo que ya me gusta alguien- dijo con un poco más de ánimo. Luego se dio cuenta de que lo miraba con el ceño fruncido nuevamente por su última declaración. –Pero es un secreto, no diré nada hasta dentro de varios años. ¡Te lo prometo!- de esta forma comenzó a reír inocentemente. Por un momento había pensado que mi hermano, tonto hermano, sería arrebatado de mi lado. Después de todo…era mi único hermanito pequeño. Hice una mueca para no sonreír.
De igual manera me sentí al estar contemplando aquella escena. Habíamos retomado los ensayos del curso de música con el torpe de Antonio, e incluso había logrado cantar un poco con las composiciones que tenían como banda. De alguna forma comenzaba a sentirme un poco más cómodo con el pervertido y el idiota cerca. Feliciano se mantenía siempre muy cerca, embelesando mientras observaba a Ludwig, con una serenidad envidiable. El punto, es que aquella tarde, Emma nos había acompañado durante el ensayo, apoyando incluso con un poco de baile y los coros de las canciones. Se le veía más animada que de costumbre.
Se mostraba genuinamente alegre de compartir, con Antonio sobretodo. Francis tenía esa mirada un tanto lasciva que se le quedaba al ver una chica linda, y Gilbert insistía en saber cómo estaba Elizaveta. Yo me encontraba en medio de un dilema, pues, muy por el contrario a aquel bastardo, comenzaba a notar ciertos cambios, como el ligero rubor en las mejillas de la pequeña rubiecita, las inflexiones breves de su voz y el temblor de sus manitos al acercarse al español. Me temí lo peor. Se me revolvió el estómago al pensar en aquella posibilidad. ¿Cómo no lo había visto antes?
–¿Recuerdas la primera vez que nos vimos?- preguntaba el español con una sonrisa, mientras guardaba su guitarra en el estuche con sumo cuidado. Los demás habían partido despidiéndose con una complicidad implícita dirigida a Antonio. Yo me hallaba de agregado en aquella conversación. Apartado en un rincón, como siempre.
–¿Cómo olvidarlo, Toni? Estabas coqueteándome descaradamente con tu vieja guitarra. Las demás chicas que te devoraban con la mirada parecieron odiarme ¡todo por tu culpa!- se rió de esa forma especial, de la cual solo me percataba ahora. Aparté la mirada.
–Lo siento, por milésima vez, Bel.- dijo con cariño en la voz. Se dio media vuelta y me guiñó el ojo. –Ya es hora de que Lovi y yo vayamos al trabajo. Podrías pasarte más días por aquí mientras ensayamos, Emma, es divertido estar contigo, además de que los chicos se comportan cuando hay una dama. Bueno, controlar a Francis es algo más difícil cuando tú estás.- reconoció.
La pequeña titubeó y clavó su mirada en sus zapatos, avergonzada. –Toni…yo quisiera hablar contigo un momento.- habló atropelladamente, a la vez sus mejillas se tornaron color rosa. –A solas, si es posible.- Me sentí totalmente aludido con esa frase. Refunfuñando y trastrabillando, salí del salón lentamente, arrastrando los pies. Comenzaba a sentirme de mal humor.
Que pudiese oír la conversación era solamente cuestión del azar, no es como que dejase la puerta entreabierta sólo para espiar ¿acaso alguien le veía el sentido a eso? Igualmente, la ansiedad hizo que mis manos sudaran al escuchar murmullos muy bajitos de parte de la chica. De súbito, y dándome el susto de mi vida, apareció Feliciano delante de mí e hizo el ademán de saludarme con aquella efusividad que le caracterizaba. Le fruncí el ceño y le indiqué que se callase un momento.
–…Ya veo.- alcancé a escuchar después de la interrupción de mi fratello. Lo maldije mentalmente. –No sé qué podría decirte, Bel.- declaró Antonio. Pude notar en su voz cierto nerviosismo extraño a su voz calma y suave. Esa estúpida voz.
–Realmente no te pido nada, Toni.- respondió ella, pude escuchar cómo soltó todo el aire que parecía haber retenido en un suspiro que duró varios segundos. –Pero me siento mucho mejor después de decírtelo por fin. Me gustas, y mucho. Creo que estoy enamorada de ti. Ya sabes, todo eso, cosas cursis como "Antonio" escrito con corazones en mis cuadernos y cosas así.
Ambos rieron ante aquello. ¡Se reían!
–Emma, eres una buena chica.- casi pude percibir su sonrisa, aquella sonrisa tierna que ocultaba algo; esa sonrisita que me dejaba helado por su nivel de perfección. Era una muy buena careta cuando quería convencer con palabras dulces. –Pero…- por alguna razón, se calló abruptamente. El silencio me carcomió las entrañas. Se me revolvió el estomago y no pude evitar abrir la puerta de par en par. Di un respingo y me quedé helado ante esa escena.
Emma se encontraba a unos escasos centímetros de los labios de Antonio, con ese aire ligero tan característico en ella. Me sorprendió ver al bastardo descolocado, con la boca entreabierta dejando escapar un sonido seco y su rostro de desconcierto total. Al percatarse del intruso, ambos se volvieron para reconocerlo. Abrí los ojos desmesuradamente al contemplarlos, primero a ella y luego a él, alternadamente. –¡Lo siento!- chillé de alguna forma, di un nuevo portazo y salí corriendo, queriendo gritar y patalear un poco.
En su vida un "el" y una "ella" no congeniaban. Era el uno o el otro, y siendo Antonio un "el" no estaba permitido estar con otro "el". No podía siquiera pensar en la posibilidad de lo que comenzaba a sentir, ¿de qué diablos estaba hablando ya? Quise patearme por estar pensando ridiculeces tan imposibles. Bien, que el muchacho me había ayudado a descubrir nuevos caminos, nuevas razones, pero de ahí a pensar en una supuesta homosexualidad era mucho trecho. ¡Ni pensarlo!, pero aún así, no pude evitar que mis ojos se aguaran.
Salí presuroso del instituto con rumbo a ninguna parte. Aminorando el paso a sabiendas que nadie me seguía, pude dejarme descansar en un apartado lugar de la playa, cerca de algunas rocas sobresalientes que no había visto antes, me parecía estar en un lugar completamente extraño. Me encogí un poco, cerca de las piedras que me escondían bastante bien. No muy lejos de allí, las olas estaban tranquilas, lamiendo la arena.
–No debiste salir corriendo así, hermanito.- me regañó suavemente Feliciano, dentro de las pequeñas oleadas de agua marina que se adentraba hasta casi llegar a mis zapatos. No me atreví a alzar la mirada.
–Emma es una buena chica, ¿no? Estará muy bien con el bastardo ese…- mi voz sonaba trémula. –¡Cómo la haga llorar le arranco los cojones a ese idiota!- exclamé con cierta locura incontrolable. Estaba sonriendo, pero los borbotones de lágrimas salieron inesperadamente.
–No tienes por qué sentirte mal por…ya sabes, Antonio es un chico.- Feli siempre fue bastante torpe para animarme, sobretodo porque nunca demostraba mi debilidad ante él. No hasta que estuvo muerto, y descubrí que habíamos perdida esa complicidad irrevocablemente. ¿Acaso importaba ahora ser débil? Sus brazos invisibles cosquillearon mi cabeza, revolviendo mi cabello con su brisa.
Solté una risita forzada. –No digas tonterías, stupido fratello. Que a ti te gustase el rarito ese del macho patatas no significa que a mí también me guste de esa forma el bastardo de Antonio.- Puse una mueca de asco forzada. Seguía llorando sin desearlo.
–¡Siempre fuiste tan cabezota!- me regañó una vez más.
Miré hacia atrás un momento. Desde hace un buen tiempo no había rememorado el dolor del primer día, de las primeras semanas, llenas de basura en el corazón. Desde luego, no me había detenido a pensar en qué forma había sido limpiado poco a poco mi alma de culpas, con las canciones de todos los días, confidencias que no eran necesariamente importantes, dulces y no cigarrillos, un par de insultos. Mi corazón se había sentido tan alivianado entonces, mi cuerpo tan frágil, que en el momento en que había visto esa escena, había perdido cierto soporte que me mantenía a flote.
Quizá por ello pude permitirme realmente llorar un poco más por mí que por los demás. El dolor dimitido había sido reemplazado por un sentimiento que no comprendía, que me mareaba y me tenía así. Quizá realmente sí me había acabado enamorando del imbécil que me había ayudado en todo momento, sin ninguna condición, sin ninguna pregunta, sin juzgarme. Y ahora, se me estaba yendo de las manos, pues para él yo no era más que "Lovi", un chico. Al igual que él. No pude evitar sentirme triste por ello.
Feliciano no se había ido de mi lado en ningún momento, al tanto del proceso de perdón que había atravesado por varias semanas, dando pequeños pasitos de tortuga para sanear mi maltrecha vida. Lo entendí de pronto. –Tú lo sabías.- le miré directamente a los ojos.
Me sonrió. –Siempre. Esperaba que estuvieras bien para irme, pero creo que he olvidado dónde debería estar.- Su risita inundó mis oídos como un tranquilizante, cual morfina en mi confundida razón. –Quiero que seas feliz.
No pude realmente responderle con un "sí". Puse mi cabeza sobre mis rodillas, descansando de una forma que no creí posible sino hasta hace muy poco. Mi corazón, dividido entre el dolor y el océano, había olvidado parte importante, y esa era que mis sentimientos estaban sellados, escondidos más lejos que mil mares. Ni el marinero más experto podría conseguir zarpar en sus costas. Contemplando su sonrisilla tierna, y su brisita jugueteando con la espuma del mar, lo decidí. Antonio debía estar fuera de mí lo más pronto posible. Probablemente recuperaría la culpa y el dolor de antes, mas estaba dispuesto a ese sacrificio.
Prefería llorar lo sabido, a arriesgarme de nuevo por aquellos nuevos horizontes en los que quería un abrazo de ese idiota. Esos besos bajo la lluvia quedarían olvidados, mi canto, mi voz. Acabado el año escolar, me volvería a Italia, estaba decidido.
–No pensé que aparecería alguien a hacerte sonreír de esa forma. Por una parte me sentí muy celoso, pero también alegre por ti, hermanito.- Me tomó la mano. –No puedo hacer demasiado por ti, eso me frustra un poco. Aunque amenazaras a Lud con una escoba, yo sabía que me apoyabas.
–No sé a qué te refieres.- aparté la mirada, bastante azorado. –Además no compares al bastardo de mi jefe con ese macho patatas, ¡que él no tiene esa cabeza cuadrada! Quizá sea algo tonto, pero no es para tanto.- bajé los ojos y sonreí lacónicamente. –Estará muy bien con Emma, ella es una chica muy dulce. Lo soportará.
Una pequeña piedrecita me dio de lleno en la cabeza. –¿Qué mierda?- le grité, levantándome. Sus mejillas estaban siendo surcadas por lágrimas que creí que no volver a ver nunca. Eran de esas veces en que Feliciano lloraba, no por las típicas tonterías como golpes o heridas, sino por una verdadera causa.
–¡Fratello eres un…un…- su voz sonaba iracunda y trémula a la vez. –¡…un tonto!- me lanzó otra piedra pequeña, y un par de conchas de caracol que había encontrado por allí. –¡Un tonto, un gran tonto!- seguía chillando, con las lágrimas cada vez más copiosas.
Algo saltó en mi corazón, con las heridas de antes. Pude verme a mí, demasiado delgado y con una quietud que incluso me asustaba a mí mismo, con las ojeras del insomnio constante, con el rostro apagado de cualquier luz existente y la creencia firme de mi culpa en la muerte de Feliciano. Pude ver reflejado mi odio y mi dolor en sus lágrimas, en sus pequeños gestos mientras me seguía lanzando objetos poco contundentes. –Te envidio, tonto hermano, puedes amar, puedes sentir ¡puedes besar a la persona que quieres! ¿Cómo es que no lo ves?
–Feliciano…- titubeé.
–¡Nada de Feliciano!- entre el llanto que se había desatado, encontró el modo de darme una sonrisa. –Vete, vete. Piensa en todo lo que quieres perder por voluntad propia. ¿Crees que fue al azar que Antonio llegase? Quería que fueras feliz ¡Vete a aprovechar la oportunidad!- Se hizo con una piedra de mayor tamaño, con la cual me amenazó directamente. Sin miedo, pero respetando su decisión, deshice el camino andando hasta casa, con una caminata apresurada y escondiéndome como pude para no ser visto por el psicópata del español.
Sabes que algo anda mal cuando haces llorar a un fantasma, más aún si se dedica a arrojarte piedras y pequeños objetos contundentes. Me volví a casa del abuelo lentamente, con el anhelo de toparme en alguna esquina al idiota español y explicarle que sentía haber interrumpido su momento. Gruñí por lo bajo y maldije al mundo ¿por qué se sentía tan mal pensar en eso?
Cuando la noche hubo llegado nuevamente, pude entenderlo: había logrado superar ciertos miedos, pero a la vez había desarrollado otros, con más fuerza que nunca. Me envolví con las frazadas todavía si no hacía frío. Feliciano había dejado planteada una duda que comenzaría a carcomerme. ¿Era feliz desde que el bastardo llegó? Las sonrisas se me hacían incontables, aunque los insultos y las rabietas también. Pero el dolor que de a poco había despejado mi corazón y las culpas expiadas no se habían ido para dejar un vacío en su lugar, sino una cálida y mullida sensación de liviandad.
La tristeza constante (me di una vuelta tras otra) ahora era algo diferente, algo que no quería reconocer por el temor absoluto que le tenía a aquello. Quizá me agradara el idiota un poquito más de lo normal. Vale, (otra vuelta más y luego una voltereta mortal que me dejaría de cabeza en el suelo) sólo quizá, ínfimamente, Antonio me gustase. Con el cabello corto, con lágrimas con sonrisas (cerré los ojos por primera vez en aquella noche) Qué va, (bostecé) me encantaba. Me había robado mi melancolía encubierta en el océano para reemplazarlo por un tipo de amor muy extraño. Porque tal vez si lo amaba (con el rostro rojo, me dormí).
La semana volvió a pasar ante mis ojos sin sobresalto alguno, como en los primeros días sin Feliciano. Varios días me había saltado el instituto y me había ido a arrojar piedras por la mañana al mar, gastando las mañanas y las tardes deambulando por las calles. Quizá dibujaría un poco en la arena, mientras las olas lamerían las palabras escritas, muchas de ellas inconscientemente dedicadas a Antonio. En el fondo de mi corazón, quería que ese idiota me encontrase de una buena vez.
Por las noches dormía con los remordimientos subiendo por las sábanas en forma de sombras y los movimientos de la cortina por el viento, con el miedo trepando por cada recoveco. Era realmente estúpido. Lo único que el bastardo español me había dado era una amistad, un hombro amigo, y yo lo había confundido totalmente por un desliz, unos simples besos cuando él estaba débil. Yo lo había malentendido todo.
Era patético.
Más aún, comenzaba a pensar que mis sentimientos traicionaban la confianza que Emma había depositado en mí, mis sentimientos estaban haciendo todo más complicado de costumbre. Ni siquiera Feliciano había vuelto a aparecer para animarme, o regañarme, cualquiera fuera el caso. Y no me había dado cuenta cuándo la sala de música era ahora mi escondite predilecto, podía fruncir el ceño y maldecir a mis fantasmas sin reprimirlo en un pensamiento fugaz.
Con lo que no había contado, es que el patatero fuera a desahogar sus frustraciones allí también. Ambos compartíamos cierta tristeza que no nos volvía amigos, sólo nos entendíamos, lo que no me impedía insultarlo cuando lo sintiera necesario. Eso era parte de lo que yo era.
No me había detenido a observar que el fortachón alemán sonreía de una forma sincera, casi lo hacía parecer humano. No es como si lo considerara un amigo ni nada por el estilo, pero decidí que quizá confiar un poco en él no estaría mal. Después de todos los alemanes bebedores de cerveza tenían algo en común, pensaban las cosas fríamente. –Oye, Ludwig.- ¡Cuánto costaba ser cordial! Hice una mueca. –¿Cómo supiste que te…-dudé un momento y me temblaron las manos. –…te gustaba Feliciano? ¿Cuándo aceptaste que estaba bien eso de….tú sabes, chico con chico…eso?- Para esos instantes, mi traicionero rostro se había tornado rojo. Suspiré y fruncí el ceño para controlarme.
Él no pareció sorprendido, mucho menos puso un rostro como si lo hubiera tomado desprevenido. Era como si hubiese estado esperando esa pregunta todos los descansos entre horas que habíamos pasado en silencio en aquella sala. Me contempló un momento. –Lo supe cuando su sonrisa era lo único que realmente me hacía feliz. Lo demás vino lentamente; Feliciano era demasiado demostrativo y se colgaba de mi cuello mucho antes de que realmente llegara a comprender sus sentimientos.
No contesté a ello, sólo me quedé pasmado. ¿Su sola sonrisa le bastó para saberlo? Era mucho más simple de lo que yo creía o quizá, mucho más complicado.
–Antonio.- Abrí los ojos como platos y pegué un salto ante aquel nombre. –Te ha estado buscando.- declaró. ¿Era cosa mía o tenía una expresión malvada en su rostro? ¿Quizá cómplice? Fuera lo que fuera, di un salto y salí trastabillando por la puerta, más que nada huyendo, ¿acaso era tan evidente? ¡No es como si yo fuera de esas chicas enamoradizas que lanzan corazones por los ojos! Sentí un poco de asco ante ese pensamiento. Emma tampoco era de esas chicas. Seguramente lo había pensado muy bien antes de llegar a decirlo. Me fui del salón sin ganas de entrar a las clases de literatura. Me quedé en el pasillo saltándome las clases hasta que sonó el timbre, anunciando el prometedor fin de semana.
El abuelo Roma se había ido hace un rato quién sabe dónde (probablemente con su amigo, pero no era algo en lo que quisiera pensar), así que no tenía demasiado qué hacer además de comer lo primero que encontrase en la alacena. Luego me pasé la tarde esperando un rastro de Feliciano, sintiendo un pequeño hueco al no saber dónde se había ido; con una lágrima, me planteé el que no volviese más por mis acciones, quizá nunca más lo volvería a ver. Pasé la angustia cantando para mí mismo aquellas canciones de infancia, las de la abuela, en español, y algunas canciones de cuna que había aprendido para cantarle a mi fratello para tranquilizarlo por las noches.
De a poco, fui descubriendo que mi corazón se había sanado de algunos pequeños miedos, y sin darme cuenta, me quedé dormido luego de llorar un poco y enjuagar heridas. Y claro, con el estómago lleno.
Desperté con un ruido en mi ventana, era casi un rumor suave, como si sólo fuera el viento que de pronto hubiese querido jugar, sin embargo luego de otro par de golpecitos, escuché una melodía mullida y lenta que me trajo de vuelta a la realidad. Estaba totalmente a oscuras, por lo que tuve que haces un gran esfuerzo por no caer por la ropa en el suelo, algunos libros y otros objetos extraños, mientras me acercaba a la ventana y me asomaba ligeramente. Afuera sólo se distinguía una silueta difusa, de la cual provenía la melodía de un par de cuerdas. Y no me fue necesario mirar su rostro para convencerme de mis vagas ideas. Era Antonio, y recién ahora lo notaba.
Miré la hora, las cuatro de la madrugada.
¿Cuánto tiempo había estado tocando? Casi podía sentir sus dedos magullados y sensibles con más de alguna herida, debido al esfuerzo, con la carne rosa, abierta. Quise lanzarme nuevamente desde el segundo piso, pero, una vez más, sentí un miedo irracional de verlo a la cara. De verlo y sentir el irresistible deseo de que no mirase a Emma, que pudiese verme realmente a mí, sólo a mí. Que interpretase sus canciones y compartiera sus penas conmigo, poder insultarlo una y mil veces para verlo sonreír de nuevo de esa forma cautivadoramente tonta, usual en él.
Con esos pensamientos, con el miedo, la incertidumbre, la molestia y el sueño, ni siquiera fui consciente del momento en que tomé un abrigo y abrí la puerta de entrada silenciosamente, mientras daba pequeños pasitos hasta la silueta que se hacía más nítida a medida de que avanzaba. Con sus ojos verdes de mirada cansada y sus manos tan lastimadas como lo creí, me acuclillé para estar a su altura, pues éste se había sentado. Se limitó a sonreír y dejar la guitarra a un lado.
–Pensé que no saldrías.- declaró con una sonrisa aplacando su demacrado rostro. Se le veía cansado.
–Si no lo hubiera bajado ¿qué habrías hecho?- le cuestioné suavemente, como si tuviese pavor a romperlo. Parecía un poco más frágil de lo común, sin esconderse tras esa imagen sonriente y deslumbrante que solía tener ante los demás.
–Me hubiera quedado aquí toda la noche.- Levantó los hombros, con una expresión ligera e hizo un esfuerzo por levantarse, el cual resultó penoso. Su camisa estaba sucia y su cabello despeinado. –Pero eso no importa. Quiero que me acompañes a un lugar.-
No preguntó nada, lo que hizo que el alivio recorriera todo mi cuerpo y lo caldeara de forma inesperada. Degusté el breve momento en que me ofreció su mano para levantarme también; luego, me sorprendí al ver que no me soltó, y en cambio entrelazó sus manos en un firme agarre, a la vez era un poco tosco y áspero. No hablamos más durante el camino que recorríamos, sólo veía pasar las casas, alejarse el mar de mi vista, desaparecer el instituto a lo lejos, la imagen de Emma acabó por difuminarse y lo único que quedó en el aire, fueron los pasos firmes que dábamos, adentrándonos en la oscuridad, sin ese halo tenebroso que se le adjudicaba. Era más, era una tela que nos cubría de miradas de reproche. El sueño y el aturdimiento me impidieron seguir el camino, reconocerlo. Era llevado.
Hasta que aparecimos frente al cementerio. Me sobresalté de la sonrisa tan triste que decoró en ese momento sus labios, fue hasta un rincón y arrancó un par de florcitas silvestres bastantes sencillas. No me atreví a decir nada, mientras lo vi forzar el portón de entrada y abrirlo sin esforzarse demasiado en ello. Mantenía esa expresión triste y decidida. Me condujo entre las grises lápidas de grabaciones exageradas, con letras gigantes, otras más sobrias, algunas abandonadas, un par de pequeños remolinos. Me estremecí al ver una pequeña tumba con globos alrededor.
Hasta que se detuvo paulatinamente. La lápida era de cemento, con unas sencillas y pequeñas letras que rezaban "Isabel Fernández Carriedo". Dejó las flores reposar en la tierra húmeda y cerró los ojos un momento mientras murmuraba una oración en silencio. Contemplé fascinado cada movimiento perfecto, esa sensación de intimidad que de pronto me invadió. Quise tocar su rostro y pedirle que me dijese algo, por idiota que fuese, que me abrazara, que huyéramos, pero me mantuve impávido en mi lugar. Con un hilo de voz dijo –Feliz cumpleaños, mamá.- y se dio la vuelta para hablarme a mí, con la misma expresión cálida y fría a la vez.
–Ella fue la única mujer de mi vida.- Dijo aquello con una sinceridad apabullante. Me quedé más quieto aun, digiriendo cada palabra con recelo. –Creo que será la única siempre. Y…Emma es sólo una buena amiga.
Entonces me fue imposible callar. –¿Qué tiene que ver Emma conmigo?- inflé las mejillas y miré hacia otro lugar. Clavé los ojos nuevamente en la lápida, con una atracción irrefrenable, sintiéndome brevemente tan idiota como el tipo que me acompañaba.
–Que te desapareciste toda una semana, Lovi.- Alzó la voz ligeramente mientras decía aquellas palabras como si fuera un suceso incomprensible. –¿Tanto te gusta Emma?- preguntó asombrado. Clavé mi mirada en su rostro sonriente y sus ojos aguados. La voz parecía temblarle de terror. Lo contemplé sin responder.
No sabía exactamente si debía reír o llorar, o dar gracias a su mamá por dejarlo existir, o a Feliciano, que a lo lejos espiaba, con una nueva expresión aliviada en el rostro. Le propiné un leve golpe en el estomago y me reí. Me acompañó en una regular carcajada que sonó perfecta, en un lugar totalmente equivocado. Acompañado de lágrimas que se propulsaron sin cesar por sus ojos, no pude evitar envolverlo en un abrazo a la vez lo llamaba. –Idiota.- y él se dejaba acariciar sin pronunciar palabra. Nos habíamos extrañado, pude sentirlo una vez más.
Quizá, sólo quizá, él también me quería…La felicidad hizo que mi corazón saltara.
Caminamos de vuelta, esta vez a su casa a por un café que me había ofrecido, y ¡era lo mínimo luego de haberme sacado de la cama!, así que no pude evitar aceptar de forma renuente (no es que haya saltado y gritado: ¡si! a su invitación). Me sentía arrullado por una especie de calor proveniente del corazón, con el leve roce de sus brazos desnudos con mi mano, la que casualmente se enredó en su cabello (para luego jalarlo) antes de entrar a su hogar.
Bastante desierto, todo se veía un poco descuidado, aunque bien puesto. Había flores frescas en la mesa, y una hilera de fotos de cuando Antonio era pequeño, con una mujer de hombros delicados y párpados árabes, de mirada profunda y cariñosa. No me hacía falta preguntar nada para saber que ella era Isabel, la mujer de la vida del bastardo. Era muy guapa. Su hijo, era el mismo sonriente de siempre, pero en miniatura, alzando una espada de juguete y con un loro en su hombro. Le sonreí a la fotografía y me fui a sentar al sofá, sintiéndome desplomarse un peso de mi espalda. Ligero, pensé que podría volar si hubiera querido.
Posé la cabeza en el respaldo a la vez sentía el agua hervir en el viejo trasto de tetera que tenía el español. El aroma a café en granos me inundó la nariz, y concentrado en ello cerré los ojos. Entonces lo oí conjeturar para sí mismo. –Si no estabas celoso de Emma, eso quiere decir que…- agarró mucho rato después lo que verdaderamente había pasado. Yo mantuve los ojos cerrados y pretendí dormir para no encontrarme son su sonrisa deslumbrante, con su estúpido encanto que me atraía irremediablemente.
Sus pasos resonaron en la sala de estar, las tazas chocaron contra la mesa suavemente. El aroma a café ahora era más fuerte aún, además del ligero toque de menta y de dulce miel que se disolvía en el líquido caliente. Antonio se acercó lentamente, por lo que evité un estremecimiento roncando ligeramente. Apartó el mechón de cabello que me caía en los ojos y besó mi mejilla. Recé por no colorearme en ese momento.
–Te ves muy tierno cuando duermes…- Otro beso, en la otra mejilla, en la frente. Yo luchando con el impulso de alejarlo a empujones por todos los estragos que estaba causando un leve acercamiento. Ni aunque me quemase con el café hirviendo reconocería la necesidad que sentía de él.
Otro beso en la punta de la nariz. –…No sabes cuánto te amo, Lovino.
Entonces el sueño se esfumó. La adrenalina se disparó en mis venas. Y Feliciano correteaba de nuevo en una brisa juguetona que hizo que las puntas del cabello de Antonio rozaran mis labios, y un nuevo estremecimiento. Volví a roncar fingidamente y difícilmente pude seguir conteniendo el sonrojo.
Aquel hombre (el pirata bastardo) me amaba. Solamente atiné a seguir con los ojos cerrados, sintiendo sus caricias en mi rostro y cuerpo, hasta que él mismo cayó rendido producto del sueño. Quizá fuera sólo un bello sueño para ambos, sin embargo, me permití seguir divagando entre ellos hasta que el verdadero dormir llegó hasta mí.
N/A: Bien, me retrasé, mi culpa xD Estoy de vacaciones y enferma, por el repollo malvado, además de estresada. ¿Quién se estresa en vacaciones? Pauly, está claro. En fin, odio editar, lo diré cuantas veces haga falta, soy un asco haciéndolo.
Ya nos vamos acercando poco a poco al final, mis queridos~ Primero quiero que pasen un buen susto. El drama no acaba aquí, señores~ queda mucho más espamano~
Eso, pedir reviews is too mainstream. Au revoir~
