Giros del Destino
*ATENCION*
* ROJO DE ROJO. SE DESCRIBEN ESCENAS DEMASIADO SUBIDAS DE TONO. PUBLICAMENTE PIDO DISCULPAS A RIYOKO IKEDA POR PERVERTIR A SUS PERSONAJES.
INTENTÉ REPRIMIRLOS, PERO ELLOS NO ME DEJARON*.
Capítulo 11
De como dar un paseo en la ciudad del amor.
Ella se había escapado por los pasillos a punta de pies, pero al llegar a la puerta de su habitación, se dio cuenta de que iba descalza.
Comenzó a analizar sobre los rumores que se iban a esparcir si alguna criada notaba una prenda suya en el cuarto del "Señorito " de la casa. Ya bastante estrago causaría dejar a cargo de André que explicara la aparición repentina de cuatro botellas de vino más si todos fueron testigos de que en dos oportunidades se rehusó a compartir cena o brindis con la familia. "Especialmente los demás criados" "Charles". Esos zapatos la comprometían…
Estaba sentada en su cama pensando y procesando todo lo que les había sucedido. Se llevó los dedos a los labios como para imitar el tacto de André. Se acostó de lleno en su cama e intentó dormir.
"Te confieso que pensé que podía repetir contigo la hazaña de mi padre: besar a la chica e inmediatamente hacerle el amor " y su respuesta torpe "No estoy preparada para escuchar esto".
Pero en realidad, se sentía especial. Se sentía única y hasta halagada por esa confesión tan íntima. Luego volverían sus complejos… aquello de ser solo una diversión para André, aquello de que al ser una criada su deber era el de calentar la cama de su amo, entre otras cosas. No ser noble, no tener derecho a imaginar nada más allá de una amistad con André. Todo eso volvería en la mañana. Esa noche ella disfrutó de su primer beso y de cómo se correspondieron ambos.
André confesó que quería avanzar más…¿y ella?
Ciertamente que si. Él ofreció ir a su cama. No iban a hacerlo en el suelo "como ganado"…
-¡Maldición Oscar! Siempre arruinándolo todo. Tal vez esta si era una buena oportunidad… tal vez.
Se decidió entonces ir a tomar sus zapatos… y algo más.
Avanzó sobre sus pasos y llegó hasta la puerta de André. Esta vez la misma estaba sin trancar. La abrió sin hacer ruido y se introdujo silenciosa en la salita contigua a la habitación. Ahí donde todo había pasado. Se acercó hacia el rincón donde había dejado el par de zapatos.
Los tocó con los pies. Ahí estaban. Un suspiro en la habitación llamó su atención. Ya sabía de quien provenía.
Entonces avanzó hacia la habitación donde André dormía. La luz de la luna alcanzaba a definir aquella silueta. Sonrió para sí misma. André seguía con el cuerpo bien tonificado. Fue una broma hacerle sentir fofo un rato antes. Sin duda alguna, André estaba en su mejor forma.
Como magnetizada Oscar ingresó y se puso al lado. Luego se sentó en la cama y pasó suavemente a acariciar la espalda y los brazos con sus dedos finos.
De pronto, André se giró y la vio ahí. Sentada a su lado.
-Oscar…
-André, yo…
El chico en la oscuridad la tomó de los brazos y la jaló para que quede debajo de su torso desnudo. De nuevo Oscar se embriagó con su perfume esta vez mezclado con vino. Acarició su pecho con un poco de temor.
Iba a decir alguna tontería, pero André la calló con un beso. Profundo. Hundió su cabeza entre las almohadas. Sintió invadir su lengua de nuevo. Lo dejó a sus anchas No hubo pausa ni prisa. La besó hasta quedar sin respiración.
-Andr….. -Otra vez solo se oyó el sonido de sus labios besándose. Ella comprendió que él no estaba despierto ni consciente del todo.
Pronto ella sintió que una mano descendía desde el cuello y se introdujo en el escote. Lo amplió más para tener acceso a más piel. Los labios urgentes comenzaron a seguir el mismo trazo de aquellos dedos agiles. Tenía puesto un frágil mamillare, pero sabía que aquella lencería tan poco provocativa acabaría desgarrada en breve a medida que la urgencia de André se hacía manifiesta en sus besos apretados a la piel de su clavícula y su esternón. Abrazada como estaba a él, sin querer, arañó su espalda en un arrebato de pasión que ella no pudo controlar. Luego, André más atrevido, introdujo una mano desde su cintura y se posó ansioso sobre un seno masajeándolo.
Una oleada de calor se apoderó de ella y comenzó a dejarse llevar. Esa mano pronto comenzó a juguetear a tientas en su cintura buscando desabrochar el pantalón de forma delicada. Ella sentía que se consumiría en esa cama y que André terminaría besando solo sus cenizas. Estaba ardiendo ante esa nueva perspectiva.
La Oscar de todos los días quería huir dando una patada en la ingle a André y dejarlo adolorido, chillando de dolor… pero la Oscar que estaba ahí… esa Oscar dudaba… dudaba mucho, más con el André que estaba ahí a punto de recorrerla toda.
-Oscar. Estoy harto de tanto juego.
Ella iba a hablar, pero un largo suspiro precedió a sentir de golpe como se tumbaba a su lado y comenzaba a respirar de forma delicada y pausada.
"Se quedó dormido, estaba muy cansado. Bebimos tanto".
-André. -Ella besó delicadamente su hombro desnudo.
Entonces con un gran esfuerzo zafó de su agarre y se escurrió entre las sábanas para marcharse.
Le dio una ultima mirada a André. Nunca se despertó. Tomó sus zapatos del suelo y emprendió su ruta rumbo a su dormitorio.
-o-
Al día siguiente, André se despertó algo mareado. Recordó un hermoso sueño donde Oscar se entregaba a él por completo en su cama. Llevó una mano a su entrepierna y estaba húmeda. "Otra vez, solo lo soñé". Con la otra mano se frotó el cuello. Extrañamente sintió unos rasguños en su espalda.
Se levantó a tratar de recoger las botellas, cuando notó que los zapatos que iba a entregar a su "amiga" ya no estaban donde los vio la noche anterior. Se miró al espejo y notó el rastro de unas uñas ahí donde le picaba en la espalda. "No recuerdo que anoche llegáramos a eso… pero mi sueño...?"
Se aseó y bajó al comedor para desayunar. En el pasillo se encontró a Oscar charlando con su abuela.
Ella lo miró y un rubor se asomó a sus mejillas e iluminó sus ojos azules.
-Buenos días, Oscar.
-Buenos días, André. -inmediatamente bajó la mirada y le dejó ver una hilera de dientes blancos bordeados de un par de labios algo inflamados.
-Buenos días mi niño -Saludó la abuela. -con su afecto de siempre
-Quieres desayunar en la cocina o en el comedor?
Y antes de responder, tomó a la anciana de la cintura y la hizo girar sobre sus talones para darle un sonoro beso en la mejilla.
-Donde sea y lo que sea que quiera desayunar mi hermanita, Nanny…
-Oh jojojo… estás de muy buen humor muchachito!
-Estoy de excelente humor. He dormido muy bien.
-Iba a desayunar en la cocina -Dijo Oscar – Tu padre, tu madre y Charles ya han desayunado casi al amanecer. No seria justo disponer de nuevo todo el servicio solo por dos personas. -Se acomodó el pañuelo que ceñía su cuello. Una marca de un tono rojo oscuro aparecía debajo de la tela. André la vio y sonrió.
-Te sigo entonces Lady Oscar. -Dijo haciendo una reverencia y la siguió apenas ella echó a andar con su abuela.
Al seguirla, se detuvo a mirar su figura, se emocionó al recordar que hacían horas la había besado como loco. Soñó que la tuvo en su cama y que la amó con pasión desbordada. Y… llamaron su atención el par de zapatos que llevaba puestos y recordó las marcas en su espalda y lo que ocultaba ella en su cuello.
Se sintió confundido. -¿ Acaso? – su rostro se iluminó por completo. Oscar lo miró de nuevo y sonrió.
-Siéntate, o te quedarás ahí mirando?
André obedeció sonriente.
-o-
Desayunaron uno frente al otro. No se decían palabra alguna pero a la vez se contaban mucho. Oscar echó accidentalmente al suelo sus cubiertos tres veces durante el desayuno.
-Estás nerviosa?
-No -Dijo apenas
-¿Por qué susurras?
-No lo sé.
-Es que estás arrepentida de lo de anoche?
-Shhhh cállate!
-Oscar…. ¿Tú volviste por tus zapatos verdad? Te metiste en mi cama. ¿Lo hicimos?
-Shhhh!!!! Que te calles!!!
- ¡Bueno! -¿Hasta cuando susurraremos?
-Ejem… Señorito André -mencionó solemnemente ella – ¿Me podríais acompañar en la mañana a la ciudad de Paris a retirar unos libros?
André no entendió bien, pero decidió seguirle la corriente.
-Por supuesto Lady Oscar… cómo no he de acompañar a mi querida "hermanita"
-Gracias -Le dijo.
-Hoy Paris será más romántica que nunca, a pesar del invierno, al menos hay un gran sol en el cielo, -y en un susurro dijo – pero un rayo especial ilumina mi corazón.
Oscar se sonrojó de nuevo sin emitir sonido alguno, pero ahí estaba quebrando esos dulces silencios que le regalaba André, echando un tenedor de plata al suelo por accidente.
-Nos -Nos vemos en los establos en cuanto termines de desayunar.
Ella se levantó y se retiró corriendo de la mesa. Su corazón latía desbocado. André siguió desayunando y pidió a una de las criadas que envolviera algunos panecillos en una servilleta de tela. "Prácticamente no ha probado bocado en el desayuno.
Más tarde ella tendrá hambre"
Se dirigió al establo y ya Oscar había ensillado su caballo y estaba aguardándolo pensativa sobre la grupa del suyo.
Se acercó a ella y acarició el cuello del animal. -A donde quieres ir?
-Sé que me llegarán libros en la oficina postal que está frente a la Plaza de Abbesses. Mejor ir hoy que hay sol y espero que no haya tanta gente.
-Sabes que será un trayecto algo largo. Ya no llegamos para almorzar aquí. No habrá comida de Nanny por ahí .
-Vamos que tengo prisa. Siempre podrás pagar la comida en algún lugar en Paris.
André la siguió con la vista mientras ella se alejaba.
Guardó en sus alforjas los panecillos y montó para seguirla.
Una vez que le dio alcance ella aminoró la marcha.
-¿Me tendrás así todo el día?
-¿Así como?
-Persiguiéndote como un bobo.
-Es que si alguien nos descubre, será mi fin.
André le extendió la mano y ella la tomó. Él besó su mano y le dijo que no habría de preocuparse. En algún momento podria saltar la verdad y ellos debían asumirla juntos, pero que él la protegería.
-o-
En Versalles, una princesa moría de aburrimiento.
Con apenas unas horas de sueño, después de un baile, María Antonieta estaba de muy mal humor. Otra vez la Du Barry había lucido un vestido mucho más elegante que el suyo a pesar que Rose Bertin habia pasado con sus costureras dos días con sus cuarenta y ocho horas terminando los detalles del mismo.
Pidió audiencia privada con el Príncipe a efectos de solicitar un inventario y un cotejo histórico de las joyas que tuvieron las demás reinas de Francia durante el delfinado.
Cuando los notarios concluyeron que las joyas de la princesa superaban con creces a cualquier cofre de las demás reinas francesas, quiso también conocer la evaluación de las joyas de las princesas de otras potencias de Europa.
Luis Augusto trataba de calmarla, pues ante su propuesta, no encontró un solo rostro que la aliente en semejante petición. Se le explicó que un acto así no solo carecería de un eco favorable en las demás cortes europeas sino que enojaría al mismísimo Rey.
-Mi querida María…dime qué es lo que necesitas y se te concederá.
Ella miró a su esposo y con lágrimas mal disimuladas echó a correr huyendo del salón.
Escapando de la mirada reprobadora de todos.
Luis Augusto la siguió sin tanto séquito alrededor y le dio alcance en una habitación privada. La encontró sentada en un sillón sollozando.
-Mi querida María. -Dijo sentándose a su lado. -Dime qué necesitas exactamente.
-Su Majestad! -la miró con sus ojos claros desbordantes de lagrimas.
Él tomó sus manos para alentarla a hablar.
-¿Qué más puedo hacer para llamar vuestra atención? Es que no os atrae mi persona?
-Oh Princesa… -Respondió muy sereno Luis.
-Qué puedo pensar si no, si preferís la compañía de cerrajeros y herreros todas las noches… y durante el día sólo estáis entre libros, mapas e instructores que acaparan toda vuestra atención.
-Es mi deber como Delfín de Francia, mi Señora. Todo eso es una "Cuestión de Estado"
-Ni los candados ni el ajedrez son "Cuestión de Estado" Señor. -dijo resoplando ella.
-Ya veo que se trata de atención.
-Se trata – dijo levantándose del sillón- de que me siento muy sola y no me siento querida por mi marido. Se trata, de que me casé para dar herederos al trono francés y perpetuar la dinastía de los Borbones. Se trata, que a menos que a vuestro pueblo le guste sentar en ese trono a algún candado con cerradura en forma de corazón, os pido que no abandonéis más nuestro lecho nupcial para ir a los hornos de los cerrajeros! Con vuestro permiso.
Luis Augusto tuvo sentimientos encontrados porque se sentía halagado por aquel pedido velado de compañía intima de su esposa, y a la vez, apesadumbrado por no poder vencer su timidez y su problema físico. El placer de estar con la mujer más hermosa de Francia, a él le causaba mucho dolor.
Intentaría, se prometió, ir a visitarla en la noche después de la ceremonia del "coucher".
-o-
El "Pont Neuf" decoraba al rio Sena cortando con sus piedras blancas el color oscuro de las aguas. Las máscaras que dicen fueron talladas para conmemorar alguna fiesta estrambótica de Enrique II lejos de asustar a quienes pasaban por ahí, servían de inspiración a leyendas que alimentaban el morbo de los parisinos, y eran mudos testigos de los transeúntes que todos los días transcurrían uniendo sus pasos por el puente a una ciudad encantadora pero a la vez sucia y descuidada.
Finales de enero de 1774, una temporada invernal más y Paris sobrevivía a las nevadas y lluvias, pero disfrutaba de la calidez ocasional del sol. Era época en que los turistas de menos recursos visitaban la ciudad aprovechando las ventajas económicas de las pensiones y hoteles. Estudiantes extranjeros aprovechaban el tiempo libre para conocer museos, cafés y bibliotecas, gente escasa y extraña que, tal vez, podría no reparar en un par de jóvenes enamorados.
Oscar y André hicieron descansar a sus caballos en una casa de postas decidiendo cruzar el "Puente Nuevo " a pie.
André quería tomar su mano, tomar su brazo y caminar así con ella, como una de esas parejas que caminaba por su pasarela mirando las aguas oscuras, pero hacer ese pequeño gesto de cariño mutuo, sin embargo, ay! sabía que significaría algún insulto homofóbico de los pocos transeúntes. Eso era algo que no quería que ocurra por Oscar.
-Sabes que me gustaría caminar abrazándote como cualquiera de estas personas, pero… ya imaginas lo que dirán de dos hombres abrazados. -Dijo André rozando apenas la punta de los dedos de Oscar.
-Me pregunto si mi aspecto es definitivamente el de un varón. -Paró y se quedó recostada a la baranda del puente mirando las aguas del rio que sobrevivían al invierno. André la imitó.
-¿Qué quieres decir? Tu aspecto, seguramente que sí, pero sé que eres una mujer. Una rosa es una rosa, nunca podría ser un clavel.
-Pero me refiero a que si no me conocieras, si no hubiera crecido contigo, y me vieras en este puente, ¿sentirías alguna atracción por mí, vestida como hombre?
-Creo que…. -agachó la cabeza y se iba sonrojando a medida que hablaba- creo que tendría un grave conflicto conmigo mismo tratando de admitir o negar mi homosexualidad.
Oscar acabó riéndose.
-Pero por qué te preocupa eso. Si me preguntas cómo prefiero verte vestida, te puedo decir mejor cómo prefiero no verte vestida: No quiero verte ataviada con un vestido que debajo lleve un miriñaque tal que no me permita acercar mi cuerpo al tuyo tanto como yo quisiera. Ni quisiera ver tu piel ceñida y atrapada en un corsé que demarque una cintura falsa y haga estallar tus senos hacia el aire a la vista de otros hombres... Y menos ver tu hermoso cabello rubio con peinados extravagantes oliendo a pomada y talco. Déjame decirte que si eso es femineidad, prefiero verte vestida de hombre. Me atraes mucho más con pantalones y botas.
Oscar sonrió y guardó esas palabras en su corazón.
Se quedaron unos minutos más contemplando las apacibles aguas que pasaban debajo de ellos y en un momento en que André notó que no había gente circulando sobre el puente, tomó a Oscar en sus brazos y le plantó un beso rápido en los labios.
-Dicen que las parejas que se besan aquí, siempre vuelven a Paris. Siempre voy a querer volver aquí contigo.
-Vivimos aquí cerca, tonto. Siempre vamos a volver a Paris.
-Si pero quiero que siempre que cruces este puente recuerdes que te di un beso.(1)
-Recordaré este beso especialmente porque me lo diste confesando que evaluarías la posibilidad de ser un sodomita.
-Si claro. Me tomaste con la guardia baja. No me gustan los hombres. Me gustan las mujeres, mejor dicho me gustas tú… Por cierto, Oscar… anoche tú y yo…
-No. Te quedaste dormido antes de comenzar la batalla.
-Pero recuerdo que estabas en mi cama .
-Si. Fui a …
-¿A buscar tus zapatos?
-Si. Fui a buscar mis zapatos, pero yo… también… pensé, que… es que, tal vez, podíamos, tu sabes, nosotros…
-Deja de hablar como tonta. Es lo último que eres. Siempre hemos sido honestos el uno con el otro. Deja de avergonzarte. Si quieres decirme que querías algo más que besos y caricias, lo dices y ya.
Oscar escondía la cabeza cada vez más entre los brazos.
-Dijiste que querías hacerme el amor y reconsideré esa propuesta, por eso fui. Ahí está, ya lo tienes y no me molestes ni me vuelvas a hablar de eso. Y si. Me avergüenzo mucho todavía.
-¿Y me quedé dormido? Definitivamente…no hablaremos de esto. Fui una vergüenza. Solo a mí me pasa esto de desperdiciar semejante momento. Discúlpame Oscar. Seguro piensas que todavia soy un niño.
-Ambos lo somos… - Oscar dejó que la brisa fría golpee sus mejillas y despeine su pelo. -Vamos a cruzar. Me gustaría ir a comer algo mas que los panecillos.
Caminaron unos minutos y se decidieron entrar a un restaurant fino que ofrecía como parte del atractivo para franceses y extranjeros pequeños conciertos al aire libre, a cargo de músicos que ejecutaban lo mejor de obras de la época, en especial las partituras de aquel nuevo prodigio austriaco que sorprendía a Europa por aquellos años.
-Mademoiselle, bienvenue! Entré s'il vous plait. -André se sentía galante y la quería cortejar aun con las limitaciones que tenía de expresarlo en público.
-¿Tienes dinero suficiente, verdad? -Dijo ella cortando como siempre el momento de cortesía.
-Si, Oscar. Creo que tengo lo suficiente para invitarte a un lugar así. Vamos. Pasa.
Un maître los recibió dándoles la bienvenida como "Caballeros" y les cedió una mesa. En su amabilidad les preguntó si esperarían a algunas damas o si preferirían que les acercara la carta. Ambos sonrieron y aceptaron la carta.
Al abrirla los ojos de André comenzaron a dar vueltas.
-Te dije que este lugar me parece caro. También traje dinero si los precios son muy altos.
-Es que no son los precios… sino los nombres que le dan a cada plato. Con tantos nombres raros te imaginas a la carne en el plato a punto de bailar con las legumbres.
Oscar no pudo evitar sonreír con el mozo que iba a tomar nota del pedido.
-Garçon, ordenaremos foie grass au citron, cotelet de Avignon avec pomme de terre au beurre des amandes.
-Algún vino, Monsieur?
-Vino de la casa. No somos exigentes. -Y sonrió con picardía a André.
-Y os gustaría algún postre?
-Oh, si, por favor un trozo de gateau au chocolate para los dos.
-Excelente elección, Monsieur, vuelvo en seguida con algunos panecillos y la entrée.
-Gracias.
Oscar cerró su carta y se la entregó. André la miró consternado.
-Primero quiero saber qué es lo que pediste, y luego dónde aprendiste todo eso.
Oscar acomodó las flores que estaban frente a ellos en el centro de la mesa.
-Solo pedí paté con pan, carne con papas y de postre una torta de chocolate. Tampoco me gusta cuando ponen nombres absurdos, pero hay que saberlos. Ah… Charles me ha enseñado algunas cosas.
Pronto una mujer dio unas carcajadas en otra mesa, detrás de su abanico de finas plumas. Sentado frente a ella se encontraba el Duque de Orleans, célebre por frecuentar los más finos y famosos restaurantes de su amada Paris.
André instintivamente miró a la dama muy agraciada de busto y el Duque notó a André a quien saludó con una copa en alto. Este solo se limitó a asentir y llevarse una mano como reverencia.
-A vuestra salud, Comandante Jarjayes!
-Eminencia -Respondió André.
-Seguro que os sentarían muy bien unas vacaciones alejado de aquel carnaval en que se ha convertido Versalles.
-Duque. Sólo estaré fuera de servicio por unos días.
Todos notaron la escena y voltearon a mirar a André.
-En fin, mi querido amigo. Espero que encontréis maravillosa a mi ciudad con sus luces y sus sombras.
-Asi lo haré.
Todos los clientes dejaron de comer o charlar para mirar la escena. Desde una mesa cercana, un joven con rasgos alemanes, que parecía diplomático por su traje, y su valet entrado en años se voltearon a mirar.
En otra mesa había un grupo de italianos que comían y reían muy efusivamente, y que también se llamó a un súbito silencio, una pareja de ingleses que frios y cautos también suspendieron su charla mirando todo desde las punta de sus narices. Los demás comensales franceses estaban acostumbrados a escenas similares de parte del Duque. Bien sabidas eran las criticas ácidas contra Versalles desde el Palais Royale.
-Bon Appétit, mes amis! -Levantó el Duque a modo de cortar el silencio, dando por terminada la escena.
-A votre santé! -Respondieron algunos y todo el jolgorio siguió como si nada, comenzando con los músicos que retomaron su interpretación.
-Sí que fue incómodo para vosotros ese comentario – le dijo el joven alemán a André en un francés fluido pero aún con un toque extranjero. –
-Es normal por aquí dicen. -Respondió parcamente André.
-Con vuestro permiso -Dijo el hombre y se volvió a su mesa.
El ambiente durante el almuerzo fue de mucha tensión mientras el Duque permaneció en el lugar. Recién al retirarse se volvió a respirar (y comer) de forma tranquila.
-¿Te gustó la torta? -preguntó Oscar.
-Exquisita. Tú tampoco puedes ocultar que te encanta el chocolate. -Le acercó una servilleta a la comisura de los labios para limpiarle los restos de torta que se habian escapado al comer el postre. Ella se incendió de vergüenza. El valet del alemán los miraba durante todo el tiempo sospechando de ambos.
-Seguro piensa que somos sodomitas.- Dijo Oscar en un susurro casi imperceptible, señalando con la cabeza hacia la mesa vecina. André miró con disimulo y notó que también el joven estaba mirándolos.
Pidieron la cuenta y cuando vino el maître les indicó que podían pasar a una de las cámaras de la planta superior a contar las monedas. Era de muy mal gusto pagar frente a los demás clientes, además de que la ineficiencia histórica de la guardia de Paris no lograba mantener a raya a los pilluelos y ladronzuelos que solían irrumpir en el restaurant aprovechándose de clientes incautos.
-Es parte de nuestra política -Dijo el hombre sonriendo. – Nuestros salones privados son apreciados por los clientes, pues también pueden descansar por un largo rato para digerir. Les servimos té, cortesía de la casa.
Aceptaron sin conocer mucho, eso de no tocar dinero frente a otros comensales, les pareció muy extravagante, además de hacer criticas a la guardia de la ciudad.
-Si yo estuviera a cargo… -Dijo Oscar…
Subieron y se encontraron en una pequeña salita con amplios ventanales que daban al patio. El mozo les entregó la cuenta y les indicó que hicieran sonar la campanilla cuando tuvieran listo el dinero.
Los dejó solos. Oscar tomó la cuenta y dejó salir un leve chiflido al ver el monto.
-Con razón te pasan a estas salitas. ¡Es que serán tantas monedas! Si no tienes suficientes, yo también puedo pagar.
-Te invité y me hago cargo. ¿Desde cuando una dama debe pagar la cuenta de su almuerzo?
-Desde que… tengo un sueldo que no gasto y ahora tendré una renta mensual. -Respondió pícara, y se tiró de espaldas a una de las varias "chaise longe" que estaba en el lugar.
André seguía contando sus monedas. Ella se acercó a la ventana y observó que los italianos seguían comiendo y bebiendo, y los alemanes estaban charlando aceleradamente. El más joven miró el ventanal donde ella estaba y volvió a su plática. Volvió a mirar hacia ella y luego al ventanal de la sala contigua con algo de insistencia. Notó ella que el par de ingleses ya no estaban.
Le cayó simpática aquella mujer a pesar de su aire altivo. El inglés no le causaba gran impresión.
Volvió a sentarse aburrida frente a la mesita de las cuentas. -¿Todavía? ¿Estás seguro que tienes suficiente? Hazme caso. Toma mi bolsa.
André solo la miró y siguió contando.
Entonces Oscar se levantó y se quitó el pesado saco que llevaba, luego recorrió la sala hasta llegar frente a un gran espejo. Notó que en el vidrio habian algunos garabatos. Se extrañó y pasó sus dedos sobre esas líneas. Pronto cambió de opinión. No eran garabatos. Eran firmas… -¿Con qué se puede escribir sin cortar el vidrio? -preguntó a André.
-No lo sé… supongo que con diamantes. -Al fin estiró los brazos.
Ella seguía embelesada tratando de descifrar aquellas firmas.
-Quién podría traer sus diamantes solo para firmar estos espejos?
André la tomó por la espalda y la abrazó mirando ambos el gran espejo.
-Son las amantes del Duque, de los Príncipes o los aristócratas con mejores rentas que mi familia. Les pagan aquí con diamantes y ellas firman esos espejos para probar la autenticidad de sus piedras preciosas.
-Ah. No lo sabía.
-Me encanta cuando no tienes una respuesta para todo. -La volteó hacia él – Desde hace rato quería probar más chocolate -Dijo y la besó contra el espejo.
Pronto la llevó a uno de los sillones alargados y la acostó delicadamente. Comenzaron a besarse primero con ternura pero luego ambos iban profundizando más sus besos y caricias.
André de repente estaba sin su saco ni el chalequín. La camisa que quedaba como única prenda superior estaba completamente abierta y Oscar nuevamente dibujaba figuras imaginarias sobre su pecho.
-Oscar… yo… quisiera…
Ella solo le contestó con un beso. Un dulce beso. Entonces la atrajo hacia sí y en lo que duró ese beso, la despojó de todo aquello que le molestaba.
Antes de seguir, se levantó del lugar, se arregló la camisa como pudo, y se acercó a cerrar las pesadas cortinas. La habitación quedó casi a oscuras. Oscar cruzada de brazos se lo agradeció. Él de nuevo se posicionó sobre ella en la "chaise longe".
-Donde estábamos? Ah, si… ya recuerdo… en la parte en que te besaba el cuello.
Oscar temblaba ante cada contacto pero valientemente se dejaba llevar.
-André ¿y si nos vienen a buscar?
-¿Tú para qué crees que hacen estas habitaciones? ¿Sólo para contar dinero? No te preocupes que ya eché llave a la puerta. Nadie nos molestará.
Oscar lo miraba anhelante. André hablaba con cierta seguridad, haciéndose cargo de la situación. Se prometió a sí misma dejar de decir tonterías para no arruinar el momento.
Entre besos y caricias ambos quedaron absolutamente sin ropa. André creyó enloquecer al acariciar por fin la piel que alguna vez vio tras un biombo, que imagina cada noche entre sus sábanas. Su anatomía lo delataba en extremo. La deseaba desde comienzos de su adolescencia y ahora por fin la tenía ahí, recostada, fragil pero a la vez sensual y dispuesta.
-Te prometo que esto ya no será algo que dude de que fue un sueño. Es nuestra hermosa realidad. Te amo.
-Yo…también te amo.
André paseó primero unos dedos tratando de suavizar el contacto con su piel. Andar a caballo o los ejercicios con la espada habían encallecido algo sus manos. Llegó a los senos y midió la reacción de Oscar. Su respiración se agitaba pero le sostenía la mirada. Era la aprobación que necesitaba para avanzar, pero por si fuera poco, ella tomó esa mano y la hizo posarse sobre el seno. Le sonrió para darle ánimos. Él comenzó a masajearlos con cuidado y a la vez con deleite.
Con la tenue luz que se colaba, cómplice desde la ventana. Oscar entretenía sus dedos enredándolos en su pelo, intentando deshacer el moño que sostenía su cabellera negra. Vio delineados sus hombros anchos y sus brazos torneados y le pareció ver la imagen más masculina que pudo imaginarse de él. Notó sus ojos llenos de deseo y sus labios entreabiertos invitándola a seguir con los besos. En un momento los vio cerrarse y sintió su apoyo sobre sus muslos abiertos.
Perfecta cuenta se dio de que por la firmeza y rigidez de su miembro, André la deseaba y gustaba de ella.
Vio una mirada atrevida y fugaz de él y luego desapareció. Oscar sintió de pronto los labios de André sobre un seno. Un suspiro y sus manos en la nuca de André fueron suficientes indicadores para él de que a ella le agradaba esa sensación.
-André, no sé qué hacer.
Él inmediatamente paró y la miró a los ojos. -¿Te molesta algo? Realmente lo estoy disfrutando, pero no quiero hacerte sentir mal.
-No quiero parecer una niña frente a ti, pero no sé qué hacer para retribuir lo que haces conmigo.
-No te vas a acordar de nuestra infancia y que yo era tu héroe y esas cosas.
-Mmmm… me refiero a ahora mismo. A que quiero saber qué vale o que no vale que haga.
-Lo que quieras -Y volvió a besar sus senos con un poco más de ímpetu.
Ella tenia erizada la piel. Una sensación rara recorría su espina dorsal, lo que la hacia arquearse de placer.
-André… André…. -Repetía su nombre cada vez que desfallecía entre sus brazos.
Oscar se atrevió a posar sus manos en los glúteos de André y los acariciaba suavemente. El la miró y sonrió. Tomó una de sus manos y la atrajo hacia su miembro. Al principio ella retiró la mano asustada. André solo la miró un tanto divertido… y más bien porque la conocía. Sabía que su curiosidad no permitiría obviar "ese detalle".
Así que pronto sintió unos dedos curiosos explorando su entrepierna. André entrecerró los ojos y su respiración se volvió entrecortada. La besó dulcemente en los labios y sostuvo la mano de Oscar alrededor de su virilidad.
-Así. -Le dijo a duras penas.
Ella se afanó en procurarle sensaciones que ella misma experimentó anteriormente. Se sentía conforme con dominar desde esa parte, todo el cuerpo de su amante.
Entonces André quiso más. Si seguía desoyendo el llamado de la naturaleza, sentía que su cabeza explotaría.
-¿Me permitirías? – Quebró su propio momento y sus dedos se atrevieron a ingresar en el objeto de todos sus deseos y sueños nocturnos. Oscar gimió y ambos se sorprendieron de esa expresión nueva.
-No es dolor, ¿cierto?
-No.
André siguió jugando y sentía que era el momento. El cuerpo de ella también delataba su deseo en lo que recogían a su paso sus dedos ya húmedos. Estaba enamorado de los gestos en el rostro de ella ante esas caricias muy intimas. Amaba en verdad su carita sonrojada y llena de deseo, curiosidad e intensidad.
-Ahora, mi amor… voy a introducir esto aquí. También es mi primera vez, tengo miedo de hacerlo mal y lastimarte. ¡Pero cómo te deseo Oscar!
Cuando ella sintió que André la penetraría con aquél miembro, tuvo miedo. Instintivamente cerró las piernas.
-¿Qué pasa?
-Tengo miedo. Me va a doler.
-Tal vez. Pero trataré de ser delicado. ¿Si?
Se relajó y volvió a abrir las piernas. Asintió.
André hizo un segundo intento. -No cierres los ojos. Mírame. No te pierdas este momento.
Ella lo miró fijo… pero al sentir de vuelta al miembro de André tratando de irrumpir en su carne volvió a cerrar sus piernas.
-Tengo miedo. Quiero hacerlo pero tengo demasiado miedo.
André se armó de muchísima paciencia y volvió al ejercicio de sus dedos, primero posaba sus yemas de forma muy tierna y conforme los gemidos de ella iba acelerando el movimiento.
-Debes imaginar que es esto mismo es lo que quiero hacerte con mi órgano. ¿Entiendes? -Susurró en su oído.
-Si. Pero lo que tienes en la ingle no mide igual que tu dedo.
Sumó un segundo dedo. Oscar arqueaba mas la espalda. Intentó por tercera vez penetrarla…
Y ahí estaba ella de vuelta cerrando su entrada.
-Perdóname por favor, André. Quiero ser tuya, pero a la vez tengo miedo. Es que me va a doler.
-Tengo toda la paciencia que necesites.
Entonces, se le cruzó una idea que también formaba parte de sus sueños de adolescente pervertido, tras escuchar a sus oficiales hacer comentarios sobre qué es lo que volvía locas a las mujeres que les hacía pedir a gritos la invasión masculina.
Volvió a comenzar su rito de besos. La besó en los labios, el cuello, los hombros, los senos. Oscar lo acompañaba acariciándole la espalda y la nuca. Besó su ombligo y comenzó a descender más allá de la línea de su cintura. Abrió sus piernas y las sostuvo con firmeza.
Oscar quiso zafarse, pero él no la dejó. -No irás a …-No terminó de pronunciar su protesta y ahí estaba André besando lo más íntimo de su ser. Se tapó los ojos con una mano. Sintió súbitamente mucha vergüenza… pero a los pocos segundos, oleadas de calor invadían su abdomen. Sus caderas comenzaron a adquirir cierto ritmo a medida que André la seguía besando en esa dulce tortura. Se llevó una mano a la boca para ahogar sus gemidos y con la otra mano enredaba sus dedos en el pelo de André.
-Estoy lista. Si no lo haces, siento que voy a morirme.
André volvió junto a ella y lo intentó por una vez mas.
Oscar todavía temblaba.
-Guíame. Guía con tu mano dónde quieres -Susurró en su cuello.
Oscar tomó entre sus manos la virilidad palpitante del joven y comenzó a guiarle.
De pronto, unos golpes fuertes comenzaron a sonar en la pared. No era la puerta. Era la pared y el sonido era de golpes secos, un mueble o algo que chocaba rítmicamente contra esa divisoria.
Oscar por instinto volvió a cerrar sus piernas. André suspiró una vez más resignado.
-Perdón… - dijo ella bajo los hombros de André. -No puedo.
-Ya veo. Pero ¿por qué esta vez?
-El ruido… no puedo concentrarme.
Y luego vinieron voces desde el otro lado.
-Keep going! -Era la voz de una mujer.
-Oh, Yeah, rigth there! Oh Darling -Ahora la de un hombre.
-Harder! Baby! -De nuevo la mujer.
-Oh My God! Oh My God!
- Oh yeah! Baby! -Suspiró el hombre.
Y se repitieron por varios minutos. La pared se iba a venir abajo… y los ingleses ajenos a los sonidos que producían, seguían haciendo el amor de manera dura y salvaje.
-Si quieres podemos intentarlo de nuevo André.
-No, por hoy creo que ya no. Voy a enfermar si voy a tenerte así y tu no me ayudas. -Se sentó en la silla.
-Me siento mal André. -Ella lo siguió y lo abrazó fuerte -No te enojes por favor.
-No, no estoy enojado. Solo que pensé que iba a ser de otra forma. – la gravedad hizo su efecto y al separar su cuerpo del de Oscar notó las formas redondeadas de los senos y la emoción volvió a manifestarse en él.
Y la cuestión se volvió de nuevo vergonzosa cuando la pareja de al lado comenzaba una siguiente ronda.
-Oh my God! Oh my God!
-¡Británicos del infierno! -Profirió molesto André. Su pulso comenzó a acelerarse y su espada emergía de vuelta entre sus piernas.
-¡Mon Dieu! -Dijo Oscar. -Eso es ESO…? -Abrió sorprendida los ojos.
-Si. No me mires así.
-Puedo …¿ to -car- te?
-¿No te im- por- tan los rui- dos?
-Creo que sobreviviré a esto.
Entonces Oscar empujó levemente a André quien se recostó sobre sus codos, para mirar lo que ella haría.
Los gritos de la vecina inglesa iban aumentando, los gemidos del hombre se hacían más potentes.
-Harder baby, harder!
Ese mueble debió haberse roto hacía varios minutos, y André se transportaba imaginariamente con Oscar a esa misma escena, mientras ella sostenía a André desde… desde donde el centro de sus emociones se estaban manifestando.
-¿Te gusta? -Le dijo mientras se afanaba en subir y bajar su mano, como ya le había mostrado antes.
Entonces, sin previo aviso y con una mezcla de sentimientos encontrados, descaro y vergüenza a la vez, Oscar se postró ante el tótem y pasó su lengua por la punta. Ella lo miró a los ojos y André abrió la boca del asombro.
-Oscar, no. Por favor. No.
-¿Te apiadaste acaso de mí hace rato?
-Es que, no… no es lo mismo. Por favor no...
Pero ella siguió con otro rápido beso en su pubis y luego otro en la punta enrojecida de su virilidad.
-Por favor detente.
Y ella continuaba con sus besos inocentemente osados.
-Oscar… detente. Voy en serio. Detén tus manos. Detén tus besos… para… basta…. Detent…e…
Y ahí mismo, un fugaz y espeso liquido salpicó el rostro de Oscar.
-¿Y esto es? -Dijo sonriente.
-Ya. Por favor. Alcánzame aquel pañuelo. Esto es demasiado vergonzoso para mí.
-Perdóname. A mi no me pareció vergonzoso. Fue hasta tierno.
-Siento que te estás burlando de mí.
André comenzó a vestirse. Oscar venciendo todo su pudor, se levantó y tanteó acercarle sus prendas.
-¿No te vistes también?
-Si. Pero te quiero ayudar.
-Desnuda mi amor, no me ayudas precisamente.
Se miró a si misma y estiró su camisa para ponérsela de inmediato, presa de un ataque de vergüenza.
-Perdón. Es que… siento que todo lo hice mal hoy.
-Te prometo que nos irá mejor la próxima vez. Toma, lávate las manos. -Le acercó una jofaina con agua y también ayudó a vestirla.
-La próxima vez… trataré de responderte.
-Al fin se callaron ese par. Quién diría tan fríos y serios que parecían… -André se llevó una mano a la nuca y comenzó a reír.
-Te hubiera gustado que fuera así, tan enérgica y entusiasta como ella?
-Mi dulce Oscar. Te prefiero así. Nunca te compares.
Hicieron sonar la campanilla y un joven de uniforme se acercó a cobrarles.
-Esperamos vuestra visita de vuelta al Lapérouse (2). -Los despidió el maître.
Asintieron y se retiraron.
-¡Caro! Pero a mí me valió cada moneda. -Lo miraba encendido de amor a ella.
Oscar solo se sonrojó y tomaron el camino hacia la oficina postal.
-o-
En el Pont Neuf iban caminando de lo más tranquilos, susurrando sobre la experiencia. André le confesó nuevamente que antes ya estaba volviéndose loco, pensando todas las noches en ella y en sus labios correspondiéndole cada beso y cada caricia.
Iban hablando de lo más natural, cuando una mano tocó un hombro de Oscar.
-No sé cómo pudisteis hacer cuentas con semejante espectáculo. – Pronunció el joven alemán del restaurante.
Ambos lo miraron con sorpresa.
-¿Espectáculo Monsieur? -Dijo André.
-Si. Aquella mujer comenzó a desvestirse en la ventana… y cuando pensamos que el marido se acercaría a correr las cortinas para cerrarlas, fue todo lo contrario. Fue un tanto grotesco seguir comiendo con semejante exhibición.
-Oh – exclamó Oscar, con el gesto tan femenino de llevarse las manos a la boca.
-Que paséis buena tarde -Se despidió al fin.
-Sigo sorprendida con esos dos ingleses. Parecían tan recatados.
-o-
Llegaron a la Plaza de Abbesses.
-¿Podemos sentarnos en algún banco por aquí? Es que tengo sed.
-Oscar le mostró que dentro del saco llevaba una botella de vino escondida.
-¿Cómo? ¿Cómo lo hiciste? ¡Bah! ¡No quiero saberlo! Ya te dije que lo tuyo con el vino es serio.
-No me regañes, por favor. No iba a dejarle el resto de nuestro vino. ¡Con lo caro que te costó todo! ¡Vamos.!
En la entrada de la Plaza habían algunas personas que paseaban y vendedores ambulantes. Sin embargo ellos se adentraron en la misma y llegaron hasta un rincón tranquilo y silencioso en el fondo.
Se sentían tan íntimos pero sabían que no podían exhibirse como dos enamorados por ahí.
Tomaron asiento en el pasto, dando vuelta cada quien su saco para apoyar la parte interna al pasto aún humedecido y comenzaron a beber del pico de la botella.
-André…
-Si?
-¿Por qué no me forzaste a que te dejara entrar en mi?
-Porque no puedo hacerte el amor en contra de tu voluntad. Hacer eso contigo o violarte, cual seria la diferencia? Recuerda eso siempre.
-Nadie, ni siquiera yo que estoy enamorado de ti, nadie debe forzarte si no lo quieres hacer o no te sientes segura.
-Me gusta cuando hablas así
-Oscar, te amo -Lo dijo en voz alta y lo siguiente que oyeron fue ese "te amo" repetidas veces en un eco muy particular.
-Te amo – lo repitió de nuevo -¿Oíste eso?
-Si. Te amo -Dijo ella también y el efecto fue el mismo – Es eco….
-I love you!
-Ti amo
-Ich liebe dich
-S'Ayapó
-Ego te amo.
-Je t'aime.
Por cada te amo que mencionaban en los idiomas que conocían iban bebiendo de la botella alternadamente.
-Con tanto eco, es como si de este muro salieran las voces -Dijo Oscar extendiendo la mano para tocar una pared vieja cubierta con una tupida mata de plantas.
-Pues que esas voces repitan al mundo, en todos los idiomas cuanto te amo. (3)
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Fin del capitulo 11
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Notas:
1.El "Pont Neuf"(Puente Nuevo, en francés) paradójicamente es uno de los puentes más viejos que une la ciudad de Paris cruzada por el Sena. Antes del "Pont des arts" que es el más famoso hoy en día por el ritual de los enamorados de enganchar los candados y tirar las llaves al Sena, (a Luis XVI le hubiera gustado hacer una galería para Antonieta de haber sobrevivido a la Revolución jeje) En aquellos años había una leyenda de que si los enamorados se besaban en el Pont Neuf, volverían juntos a Paris.
2.El restaurante Lapérouse es un restaurante que hasta hoy sigue abierto al público. Uno de los más caros de Paris (ayer, hoy y ¡siempre!). Fue célebre porque tenía en la planta superior estos cuartos para que los clientes sacaran cuentas de forma discreta, debido a la alta delincuencia de la época. De ahí surgieron los famosos "reservados del Lapérouse". Recién poco antes de la "Belle Époque" y durante ésta, era costumbre que las "cocottes" firmaran en los espejos de esos cuartos con sus diamantes otorgados por sus clientes-amantes, de manera a probar que eran verdaderos. No pude resistir tomar prestado este lugar para el intento de primera vez de estos jóvenes.
3.El muro de los "te amo" actualmente es un atractivo turístico situado al fondo de la estación Abbesses (otro lugar cuya célebre estación es recordada en la película Amelie) Tiene la particularidad de llevar escrito "Te amo" en algo así como 300 idiomas. Este muro se inauguró en 1992, pero Oscar y André ya estuvieron ahí antes jejeje ;)
Gracias por esperar la actualización y terminar de leer!!! Y… de vuelta, mil disculpas si ofendí a lectores susceptibles. De premio por la espera, en brevísimo tiempo el siguiente capítulo.
