CAPITULO 11

–Sí –murmuró Sakura, bajando la vista, azorada.

Una nueva ola de deseo lo invadió, y otra vez tuvo que hacer un esfuerzo para controlar aquella ansia abrumadora de besarla hasta dejarla sin aliento, de poseer tanto a la sensual vampiresa y Sakura desconocida que lo tenía fascinado.

¿Sería esa ternura lo que había hecho que su hermano Itachi se sintiera atraído hacia ella? Era indudable que tampoco debía de haber sido inmune a sus encantos. Itachi...

Sasuke dejó caer la mano, sintiendo asco de sí mismo. ¿Cómo podía desear de aquel modo a una mujer que se había entregado a tantos hombres? Su hermano, Kakashi y todos esos tipos que aseguraban haber compartido con ella una noche de pasión y decían que era increíble en la cama.

–Vámonos –dijo con aspereza–; Naruto estará ansioso por verte.

Sakura lo miró, confundida, pero lo siguió cuando echó a andar de nuevo.

Sasuke se metió las manos en los bolsillos malhumorado. Era estúpido por su parte reaccionar así. Sakura era una mujer libre y estaban en el siglo veintiuno. Además, ¿qué le importaba a él que se hubiese acostado con media docena de hombres o una docena? No iba a casarse con ella.

Dios, pero iba a hacerla suya, antes o después, se prometió mientras se dirigían hacia el coche. Ya iba siendo hora de que afrontase la atracción que sentía hacia ella. Quizá cuando hubiese saciado su ansia de ella pudiese por fin sacársela de la cabeza y dejar atrás el pasado.

Sakura dejó escapar un gemido de frustración, sintiendo deseos de darse de cabezazos contra el volante cuando volvió a girar la llave en el contacto y el motor volvió a emitir el mismo sonido lastimero. Qué manera de empezar la mañana...

Durante los dos días previos había logrado evitar con éxito a Sasuke en todo momento, aunque en buena medida había estado tan ocupada con la organización de la boda, que apenas lo había visto. Había aceptado el amable ofrecimiento de Ino de ocuparse de Naruto, y había aprovechado para ir dejando resueltos el mayor número de detalles posibles.

Había vuelto al hospital para repasar con Mikoto la lista de invitados, y luego había hablado con Ino por si hubiese otros que quisiese añadir. Un buen número de ellos viajarían hasta allí desde Grecia, y ya había consultado las tarifas por noche de distintos hoteles. También había ido a distintas imprentas, donde había pedido modelos de diferentes tipos de tarjetas para las invitaciones, y ese día había quedado con los gerentes de distintos hoteles para ver los salones de bodas.

Sin embargo, el día anterior no había cerrado bien el maletero del coche que Sasuke había alquilado para ella, la luz de éste se había quedado encendida toda la noche, consumiendo la batería, y el vehículo no arrancaba.

Se bajó maldiciendo entre dientes su mala suerte, y estaba deseando pegarle un puntapié a la rueda, cuando una voz detrás de ella le preguntó:

– ¿Algún problema?

Sasuke... El corazón le palpitó con fuerza, pero se volvió e inspiró profundamente, tratando de mantener la calma. Le echó un vistazo a su reloj de pulsera y vio que todavía podría llegar a tiempo al primer hotel que iba a visitar, así que decidió decirle lo que había ocurrido. Probablemente aprovecharía su descuido para criticarla, pero tal vez lograse convencerlo de que la dejase llevarse el coche de su madre.

Para su sorpresa, sin embargo, Sasuke no hizo comentario alguno, sino que respondió con un abrupto:

–Yo te llevaré.

Se sacó del bolsillo un pequeño mando electrónico con el que apuntó hacia el garaje, y la puerta de éste comenzó a elevarse, dejando al descubierto su Mercedes plateado.

–Oh, no; no es necesario, de verdad, Sasuke–se apresuró a decir Sakura

–. Yo sólo quería que...

–No es momento de charlar; si no salimos ya, llegarás tarde –la cortó él.

Sakura iba a replicar, pero Sasuke ya había echado a andar hacia el garaje y estaba dando instrucciones por su teléfono móvil a su secretaria para que anulase las citas que tenía y se encargara de hacer que llevasen el coche alquilado a que le recargara la batería.

Cuando estuvieron dentro del vehículo, Sasuke le preguntó a qué hotel tenían que ir primero, y Sakura le contestó en un hilo de voz que al Hotel San Lorenzo.

Sasuke apretó la mandíbula, pero no dijo nada y se pusieron en camino.

Sakura había creído que la esperaría en el coche, pero se bajó y entró con ella. De todos los sitios de Auckland aquél era el que albergaba los recuerdos más dolorosos del tiempo que había estado viviendo allí, pero tenía unos salones impresionantes y no había podido excluirlo en la lista que había hecho.

Kiba, el gerente, un francés de mediana edad, salió de detrás del mostrador de recepción con una amplia sonrisa en cuanto la vio aparecer.

– ¿Has vuelto al negocio, Sakura?

Ella esbozó una sonrisa forzada y le contestó que sólo estaba haciéndoles un favor a unos amigos.

Oyó a Sasuke mascullar entre dientes algo acerca de lo caro que podía salirle a uno un favor suyo, y al girar la cabeza y ver su expresión ceñuda y los labios apretados supo que iba a ponerle las cosas difíciles.

Kiba dio un ligero respingo al reconocer a su acompañante.

–Monsieur Uchiha, es un honor que nos visite –le dijo en un tono de lo más empalagoso.

Sakura contrajo el rostro. Siempre le había parecido absurdo que fuese donde fuese lo tratasen con tanta deferencia. Por favor, no era un dios, sino un hombre como cualquier otro... aunque endiabladamente atractivo y sexy, eso sí.

Además, aparte del servilismo de Kiba, el hecho de que la última vez que había estado en aquel hotel hubiera sido precisamente con motivo de la boda de Sasuke y Hina no hacía sino que la situación resultase aún más tensa.

– ¿No estarás considerando en serio este sitio, verdad? –le siseó Sasuke irritado cuando Kiba fue a por la carta de vinos.

Sus ojos negros se habían tornado rojos, como un cielo cubierto por nubes de tormenta, y Sakura supo en ese momento que él tampoco había olvidado lo que había sucedido aquella noche. Ella desde luego seguía recordando, como si hubiese ocurrido el día anterior, lo profundamente dolida que se había sentido.

Sin embargo, por nada del mundo permitiría que Sasuke se diera cuenta de hasta qué punto seguía afectándole aquello. Por eso, en un tono lo más calmado posible, le contestó:

–Es el hotel más importante de Auckland; en este salón pueden sentarse cómodamente mil invitados. No podía dejarlo fuera de la lista que he hecho.

–El banquete no se celebrará aquí.

A pesar de que sabía muy bien por qué no quería que se celebrase allí, Sakura no pudo resistir un impulso cruel de preguntarle por qué.

–Porque por cómodos que estuvieran los invitados, yo no lo estaría –le contestó Sasuke.

A Sakura le había parecido ver un destello de angustia en sus ojos. ¿Podría ser que hubiese estado equivocada todos esos años, que Sasuke hubiese amado de verdad a Hina?

Si hubiese sido así... Sasuke jamás creería que lo que había hecho la noche anterior al día de la boda lo había hecho convencida de que era lo correcto.

–Supongo que tienes razón –claudicó, sintiéndose mal por estar haciéndole sufrir–. Es tan grande, que quizá a Ino le parezca algo abrumador. Después de todo me dijo que no quería nada que fuera demasiado rimbombante.

–Entonces salgamos de aquí –masculló él.

El segundo lugar al que se dirigieron fue un club náutico en el puerto de Waitemata. Sus salones eran bastante más modestos que los del hotel San Lorenzo, pero la vista que podía contemplarse a través de los ventanales era preciosa.

Mientras el gerente del club les mostraba las instalaciones, Sasuke se fue relajando poco a poco. No había podido evitar que los dolorosos recuerdos de su boda y la muerte de Hinata acudieran en tropel a atormentarlo cuando entraron en el hotel.

Se preguntó por qué había insistido Sakura en desafiarlo en aquel entonces, diciéndole que no podía casarse con Hinata, flirteando con él para provocarlo, pidiéndole que la besara y que fuera incluso más allá. ¿Y por qué había respondido él a cada una de sus provocaciones? ¿Por qué no las había ignorado?

Y Hinata... ¿Cuánto daño le había hecho a Hinata? Él le había fallado y ella lo había abandonado. ¿Habría sabido que la había traicionado la noche anterior al día de su boda, antes siquiera de que pronunciaran sus votos?

Había pensado que Sakura no daría su brazo a torcer fácilmente respecto a celebrar el banquete en San Lorenzo, pero para su sorpresa había cedido. Lo cierto era que no podía sino sentirse agradecido.

Cuando se había ofrecido a llevarla se había dicho que lo hacía por su madre, pero sabía que no era la verdad. La había visto intentando sin éxito poner en marcha el coche, y había pensado que aquélla sería una buena oportunidad para saciar su curiosidad, para conocer un poco más de cerca a aquella Sakura que apenas estaba empezando a descubrir: Sakura la madre, Sakura la amiga que animaba a una mujer enferma y anciana...

Y esa mañana, mientras la acompañaba de un lugar a otro, tuvo que reconocer que Sakura estaba hecha para aquel trabajo. Tenía en cuenta hasta el más mínimo detalle, se desenvolvía con soltura en el trato con la gente y tenía dotes de negociadora.

Sakura estaba absorta en sus pensamientos cuando regresaron al coche tras salir del último restaurante que habían visitado. Estaba segura de que había algo que se había olvidado de preguntarle al gerente, pero no conseguía recordar qué era.

– ¿Te parece que paremos en algún sitio a almorzar? –le preguntó Sasuke.

–Oh, no querría quitarte más tiempo.

–De todos modos tengo que comer –apuntó él–. Además, hace ya dos días que vengo queriendo hablar contigo, pero no ha habido manera. Cualquiera diría que has estado evitándome.

– ¿Por qué iba a hacer eso? –Inquirió ella, sin poder disimular una nota de nerviosismo en su voz–. De todos modos no creo que sea una buena idea, Sasuke, yo...

–Vamos, Sakura, no seas así; sólo vamos a almorzar y a charlar un rato. Estaba pensando en llevarte a uno de mis sitios favoritos. No está lejos de aquí, y estoy seguro de que la comida te encantará –le insistió él.

Acompañó sus palabras de una sonrisa seductora, y Sakura, aunque sabía que no debería aceptar, no fue capaz de resistirse, y finalmente accedió.

No lejos de allí resultó ser un lugar llamado Lakeland Lodge, a casi media hora de distancia de la ciudad, al que se accedía por una carretera comarcal.

Cuando se bajaron del coche, Sakura se quedó prendada al instante del restaurante, construido al estilo rural de la zona, rodeado de jardines y a orillas de un lago.

–Oh, Sasuke, es precioso –murmuró.

–Ya sabía que te gustaría –respondió él con una sonrisa.

Cuando entraron, el maître saludó a Sasuke efusivamente, y los condujo a una mesa cerca del ventanal que se asomaba al lago.

– ¿Cómo descubriste este sitio? –le preguntó Sakura cuando un camarero les hubo tomado nota de lo que iban a tomar.

–Por un matrimonio que conozco. Celebraron aquí sus bodas de plata y me invitaron.

–Yo ni siquiera sabía que existía.