Capítulo 11.

13 de Octubre de 1952.

08:30 horas.

Despertó a su lado en cuanto los cálidos rayos del sol comenzaron a entrar por la ventana de aquella gran y lujosa habitación.

La observó por unos momentos, tratando de asimilar todo lo que había pasado anoche a la vez que recorría con su mirada aquellos bellos ojos cerrados, esas largas pestañas, su cabello revuelto y desordenado con algunos mechones finos recorriendo su blanca tez, y sus labios… esos suaves y rosados labios que tuvo la fortuna de probar hace ya algunas horas atrás, cuando la madrugada se hacía presente y el silencio inundaba la gran mansión Sakata.

Se detuvo allí, pensando en lo hermosa que se veía mientras dormía. Fue entonces que comenzó a delinear la boca de su amada con suma delicadeza, sintiendo cosquilleos en su pulgar al suave tacto de tal majestuosa obra maestra.

— ¿Estoy soñando…? – Sougo musitó lo más despacio posible para no despertar a Kagura.

— No… No estás soñando, Sougo – Le respondió ella. Había despertado ya hace unos segundos atrás cuando sintió el casi imperceptible tacto de los dedos del castaño sobre sus labios, sin embargo, se hacía la dormida. Quizás estaba esperando algún beso mañanero de su parte.

Abrió sus ojos lentamente, haciendo que esos bellos orbes azules chocaran con los intensos carmín de su amado, sintiendo esa penetrante mirada serena sobre ella.

— Bien… demuéstrame que no estoy soñando. – Le dijo despacio y sonrió con coquetería a la vez que acariciaba tiernamente la mejilla de la bermellón, logrando que la joven le correspondiera tal sonrisa y se acercara lentamente a su rostro, plantando un dulce ósculo en los labios de Sougo.

— ¿Es suficiente con eso? – Preguntó tiernamente y sus ojos eran como estrellas en el alba.

— No, Kagura. No es suficiente. – Terminó de decirle de manera alegre para abrazarla con fuerza, llevarla arriba suyo y darle un beso más duradero y pasional que el anterior.

Y entonces, aquella joven de azules orbes reía con sinceridad al recibir esa muestra de cariño de parte del ojicarmín, correspondiéndose mutuamente y asimilando la hermosa realidad que estaban teniendo en esos momentos.

El castaño al fin, después de 15 años, había hecho realidad su más maravilloso sueño.

Estaba con ella y ya nada más importaba.

12:00 horas.

Un poco tarde para ir al trabajo, quizás. ¿Pero qué importaba? Kagura era la dueña de aquella empresa armamentista y por ende la jefa suprema, nadie le diría nada por llegar algunas horas más tarde de lo normal.

— Sougo, ¿tráeme mi abrigo, por favor? – Le preguntó ella mientras arreglaba su cabello frente al espejo de su habitación.

El castaño estaba retirando alguna que otra prenda sucia del cuarto de la bermellón en esos momentos.

— ¿Vas a ir a trabajar? – le preguntó curioso a la vez que dejaba una de las ropas que estaban en el suelo dentro de una canasta.

— Claro, es lunes. Ya voy atrasada, pero voy al fin y al cabo. – Terminó de decir para sonreír satisfecha al mirarse al espejo y comprobar que su peinado se le veía perfecto.

— Pero trabajaste ayer… ¿No puedes tomarte el día libre?

— ¿Quieres que me quede contigo? – le sonrió ella pícaramente desde el espejo. Fue entonces que en el reflejo de este pudo divisar que su empleado se acercaba.

— Quizás… – El ojicarmín se posicionó detrás de ella para acariciar suavemente sus hombros y comenzar a olfatear su cuello – ese peinado se te ve muy lindo… Kagura… – y entonces comenzó a besar con calma aquella blanca piel que poseía la bermellón.

— Sougo… la puerta está abierta… – Kagura sentía los exquisitos labios de Sougo mojando su tez haciendo que soltara leves suspiros y comenzara a acariciar el cabello del castaño.

— Lo se… – Una mordida… una leve mordida en su oreja hizo que la joven suspirara de manera más pesada que en momentos anteriores.

— ¿Y… y los empleados…? – le preguntaba con una respiración agitada mientras su pecho subía y bajaba.

— Están ocupados con el almuerzo… – Sougo comenzó a bajar las manos que tenía en los hombros de la bermellón para llegar a su cintura, a la vez que comenzaba a acorralarla contra el mesón de aquel espejo que servía como escritorio.

Aquellas manos comenzaron a delinear el cuerpo de su amada para detenerse en sus piernas y en sus senos… Las ropas de la bermellón se estaban desordenando y su maravilloso peinado se desmoronaba.

— Sougo… – ladeó su cabeza para encontrarse con los labios de su empleado, haciendo que sus lenguas lograran juntarse dentro y fuera de sus bocas entre aquellas entrecortadas respiraciones. – Cierra la puerta… – le dijo entre besos y jadeos. Y es que, ¿cómo podría cerrarla si la pasión era tal que no querían separarse ni un segundo? Sencillo; Okita dio media vuelta a Kagura para ahora quedar frente a frente y mientras sus cuerpos se aprisionaban, con un poco de dificultad se acercaron a la puerta para cerrarla y terminar con el joven de ojos carmín acorralando a la chica de azules orbes a la vez que seguía besándola de manera pasional.

La joven llevó sus manos a la cabellera castaña de su empleado y comenzó a acariciarla para desordenarla al tiempo que seguían uniendo sus lenguas en un hermoso e intenso baile.

Él llevó una de las piernas de ella a su cintura y levantó su cuerpo ligeramente contra la puerta, haciendo que su vestido se elevara dejando ver un poco su ropa interior.

Agitados, sonrojados… Comenzó a morder suavemente el labio inferior de su amada. Ella mantenía aquellas respiraciones entrecortadas y él comenzó a bajar su mano para llegar a su pierna… un poco más arriba, a la altura de los glúteos y acariciar de manera grácil esa tersa y blanca piel que era tapada en parte por su ropa interior.

Fue entonces que sintieron el timbre sonar en aquella mansión.

— Creo que llaman a la puerta… – manifestó Sougo aun besándola y con la respiración entrecortada.

— No importa, que vayan a ver los empleados… – le respondió Kagura a la vez que aquellos apasionantes besos la acorralaban aún más a la puerta de su habitación.

Nobume había atendido aquel llamado, le extrañaba que el empleado favorito de la señora Sakata no estuviera para recibir a quien sea que fuese la persona que estaba en la entrada.

— ¿Sí? – preguntó ella al abrir la puerta y encontrarse con un hombre rubio de ojos verde oscuro y anteojos.

— Buenas tardes, señorita. ¿Se encuentra en casa la señora Sakata? – Había respondido con leve elegancia.

— Sí, creo que está en su habitación. ¿Cuál es su nombre?

— Itou Kamotarou.

— Señor Kamotarou, si quiere puede pasar a esperarla, la llamaré. – manifestó cordialmente mientras dejaba entrar al hombre a la casa.

— Muchas gracias.

Subió las escaleras y se dirigió al cuarto de la bermellón. Se sorprendió un poco cuando encontró la puerta cerrada. La dama de orbes azules rara vez se encerraba en su habitación.

Tocó dos veces esperando respuesta.

— ¿Señora Kagura?

Si aquellos dos toques en la puerta no habían sido capaces de ser percibidos (o simplemente fueron ignorados), quizás sí escucharían el llamado que Nobume le dedicaba a Kagura desde fuera.

La bermellón seguía acorralada, aunque ahora las manos del castaño, en vez de recorrer sus bien formados glúteos, había comenzado a tocar cierta parte sensible de ella por debajo de su ropa interior mientras le besaba el cuello…

Y es que, sin importar que Nobume estuviera afuera, Sougo seguía tocando el clítoris de su amada, como si de eso tratara su vida. Y, por supuesto, la joven de azules orbes debía aguantarse cada gemido que amenazaba por salir de su boca.

— ¿Señora, está ahí? – seguía insistiendo la pelinegra al no hallar respuesta alguna proveniente de adentro.

Sougo lamía con fogosidad el cuello de Kagura, hundiendo su lengua en su piel y de vez en cuando mordía un poco su blanquecina tez.

El cabello de la joven ya no tenía vuelta atrás y estaba completamente desordenado. Su blusa se encontraba a punto de ser desabotonada para que el castaño llegara a sus senos, y su falda no podía estar más levantada.

Más golpes en la puerta. Kagura ya estaba harta, lo único que pudo atinar a hacer fue contestarle a la molesta empleada.

— ¿Qué quieres, Nobume…? – le dijo, aguantándose los gemidos… él había notado que ella le estaba respondiendo, y con una sonrisa juguetona dejó de jugar con su clítoris para meter sus dedos dentro de la intimidad de la bermellón.

La hacía estremecer… hacía que se sintiera viva, deseosa de más... aguantarse era difícil, más aún con aquel hombre tan apuesto y de buen porte como lo era Sougo Okita.

— La busca un hombre. Está esperándola abajo. – escuchó desde afuera. Fue entonces que el castaño sacó su dedo de la sexualidad de ella netamente para terminar de desabrochar la blusa de la ojiazul. Empezó a bajar los besos que le propinaba en el cuello hacia sus senos. Ya luego comenzó a recorrer su cuerpo con una mano, llegando a su parte más sensible y meter nuevamente los dedos ahí.

— A-Ah… – gimió por lo bajo para que Nobume no la escuchara, era casi imposible poder mantener la compostura en esos momentos. – ¿Q-Quién es…?

— Se llama Itou Kamotarou.

Sougo dejó de tocar a su amada para desabrochar sus pantalones, dejando que su palpitante miembro pudiera notarse por debajo de sus calzoncillos. ¿De verdad iban a hacerlo aun teniendo a Nobume tras la puerta y a un vejestorio de cuarenta y tantos años esperando a Kagura en el primer piso de la mansión Sakata?

— Dile que bajo en media hora… – le comentó la bermellón entendiendo completamente la acción de su empleado al ver que se desnudaba frente a ella. Y con aquel último comentario, sintieron los pasos de retirada de la azabache. – Tenemos 30 minutos…

Sougo, ya sin ropa que lo molestara y solo con sus calzoncillos, tomó a Kagura en brazos como si ella fuera un koala mientras la besaba fogosamente y la llevaba a la cama.

La tenía nuevamente bajo ella, esos cabellos desordenados y esparcidos por las sábanas, y aquella piel blanquecina que podía verse entre medio de la blusa desabrochada de la bermellón…

Kagura comenzó a abrir la camisa de Sougo para encontrarse con sus bien formados pectorales y comenzó a acariciarlos… ya luego le plantaba tiernos besos en su cuerpo.

— Hazlo… Te necesito ya… – le dijo ella dándole a entender la desesperación que estaba sintiendo en esos momentos.

Sougo levantó la falda que ya se había bajado y se dispuso a quitarle esas negras bragas que traía puestas.

— Estás bastante mojada… – la miró con libido al darse cuenta que sus fluidos vaginales habían manchado en su mayor parte aquella prenda negra.

Al fin, se había sacado los calzoncillos para dejar ver su palpitante miembro y comenzó a meterlo de a poco en la cavidad de ella.

Estocadas firmes y suaves eran las que recibía con exquisito agrado.

Aquella penetración la estaba sumiendo nuevamente en esos deseos carnales que nunca había tenido con nadie más que con Sougo Okita. Solo él podía sacar sus más sucios pensamientos a flote y que no se sintiera culpable de aquello.

Para el joven de cabellos castaños era lo mismo. Si bien había perdido la virginidad en un prostíbulo cuando solo tenía la dulce edad de 16 años, estar con ella era como comenzar de nuevo, como si en su vida nunca hubiera tenido sexo, o mejor aún, nunca hubiera hecho el amor, porque, al fin y al cabo, anoche ellos dos habían tenido su primera vez, digan lo que digan.

Las estocadas se volvieron más rápidas y los gemidos no tardaron en aparecer.

— K-Kagura… – gimió un poco para luego llevarla a sentarse arriba suyo y así poder bajarle el sostén que traía puesto y lamerle con calma aquellas puntas de carne rosadas y tan suaves que se iban endureciendo cada vez más debido a la excitación que recorría todo el cuerpo de la bermellón.

Los galopes lujuriosos eran un sonido esplendoroso en aquella habitación. Por suerte las paredes eran gruesas.

— ¡A-Aaah…! – gimió ella al sentir que su amante mordía suavemente uno de sus pezones, causando un placer inigualable. El castaño sabía cómo medir sus mordidas para que su amada no sintiera dolor alguno.

Con sus manos, comenzó a masajear sus glúteos que se movían al son de las estocadas.

¡Qué delicia era aquella! Sentir todo su ser siendo sometido por Sougo la volvía cada vez más loca, haciendo que mordiera su labio inferior para evitar gemir mientras cerraba sus ojos y arqueaba sus cejas.

— N-No te aguantes… me gusta oírte gemir… – le dijo él en entrecortadas respiraciones y con su característica voz ronca que hacía estremecer a Kagura.

Abrazó con fogosidad la cabeza del castaño y trató de esconder su boca en sus cabellos para comenzar a soltar sus desenfrenados suspiros y que no se escucharan desde afuera de la habitación. No había que fiarse de las paredes gruesas.

Siguieron, varios minutos así hasta que al fin lograron venirse, quedando tendidos en la cama y sintiendo la adrenalina de hacerlo mientras todos los empleados estaban despiertos.

— Nunca pensé que lo haríamos en estos momentos… Fue tu culpa, Sougo – aclaró la bermellón mientras reía divertida y miraba de reojo a su amante.

— ¿Mi culpa? Tú me dijiste que cerrara la puerta. – Se levantó levemente para acorralarla con su brazo y que sus rostros quedaran bastante cerca. – También querías hacerlo, Kagura…

— Eso no te lo puedo negar… – la bermellón acarició con delicadeza el rostro del castaño y le plantó un tierno beso en los labios. – deberíamos ducharnos.

— ¿Quieres que lo hagamos juntos…? – la miraba seductoramente y acercaba nuevamente los labios a ella haciendo que se rozaran de manera delicada.

— ¿No le bastó con eso, señor? – Kagura reía tiernamente mientras miraba los intensos ojos de Sougo.

— Solo le estaba haciendo una propuesta, Mi Señora. – y Sougo le siguió aquel juego, que a pesar de que hace unos días atrás ese juego de roles era completamente verdadero, ahora solo era un mero recuerdo.

—Bien, Sougo, iré yo primero y luego irás tú. No hay que dejar esperando a los invitados. – Y entonces ella le plantó otro tierno beso en los labios para luego dirigirse a la ducha.

¿"No hay que dejar esperando a los invitados"? Cualquiera pensaría que con la situación que Sougo Okita estaba viviendo ahora, se sentiría más celoso aún de los hombres que llegaban a casa de Kagura para pedir su mano. Pero ese no era el caso.

Una cosa era que la bermellón estuviera de acuerdo con esto antes, cuando nada había pasado entre ellos dos, pero ¿ahora? ¿Por qué a pesar de todo lo que se habían manifestado, la Señora Sakata seguía siendo cordial con la llegada de sus pretendientes? ¿Acaso esto no molestaba de alguna manera a Sougo? No es como si tuviera mucha importancia, después de todo el castaño se las arreglaría para asesinar a los hijos de puta que llegaban, y así cuidar a su amada de ellos, no obstante, ¿era normal la reacción de los dos? Sougo no se notaba preocupado en los más mínimo de las palabras que había dicho la bermellón… ¿Acaso estaba pasando algo?

12:55 horas.

— Señor Kamotarou. Iré directamente al grano. ¿Qué hace usted aquí? ¿Acaso lo envió mi hermano?

Se encontraba Kagura Sakata en la sala de estar con Itou Kamotarou y en compañía de los dos, obviamente Sougo Okita, quien observaba y escuchaba la conversación que tenía su amada con el malnacido de anteojos.

— No, no. Señora Sakata. Anoche quedé cautivado con tan bella flor de loto. Su hermano no tuvo nada que ver acá. Aunque sí me dijo que estaba buscando marido para que le diera buenos hijos. Si quiere… yo le puedo dar algunos cuantos. – le comentó con cierto libido en su rostro a la vez que posaba su mirada en su curvilíneo cuerpo.

Sougo se notaba enfadado con tal atrevimiento hacia su amada. Sentía ganas de cortarlo en pedacitos por hablarse de esa manera.

— Oh, ¿y a su edad le sigue funcionando? – Sin embargo, la bermellón sabía cómo defenderse, logrando que una vena se hinchara en la frente del rubio y una risilla burlona se escuchara de su empleado.

— Señora Sakata… creo que acaba de faltarme el respeto.

Kagura se puso seria y dirigió una mirada rápida a Sougo la cual fue correspondida al instante, como si se hubieran comunicado algo en ese leve lapso de segundos.

— ¿Va a quedarse a almorzar? – le preguntó ella, mientras lo observaba serena y con la misma cordialidad de siempre.

— Si usted me lo permite, estaría encantado – le respondió, volviendo al tono sinvergüenza que mantenía hace un rato.

— Sougo, ve a preparar la mesa.

— Sí, Mi Señora. – Debía contestarle así, después de todo, su juego de roles seguía siendo real para los presentes en aquella casa.

13:10 horas.

Preparar la mesa y los platillos no llevaba mucho tiempo, a lo más podría demorarse quince minutos en transportar cosas de la cocina al comedor.

Itou ya se encontraba sentado degustando el delicioso vino y el modesto almuerzo que se comía en la mansión Sakata.

— Sougo, ¿les dejaste comida a los empleados? – preguntó ella rompiendo el silencio en aquella mesa.

— Sí, Mi Señora. Y también un poco de vino.

— Está bien. – ¿Desde cuándo la Señora Sakata se interesaba tanto por el bienestar de los empleados que no fueran Sougo? Había dos opciones que podrían explicar esto. La primera es que estaba muy feliz por haber tenido una noche y una mañana bastante movidas, y la segunda opción… ¿Algo pasaba por la cabeza de la bermellón en esos momentos? ¿Acaso preguntarle a Sougo por los empleados tenía algún significado? Sin embargo, seguramente la primera opción era la que más podía validarse en esos momentos.

— Y bien, Señora Sakata. ¿No le gustaría llevar el apellido Kamotauro? Estoy seguro que sonaría muy bien con su nombre… Kagura Kamotarou, ¿qué le parece? – El rubio no podía estar más confiado con aquello. ¿Acaso pensaba que conquistar a la hermosa dama de ojos azules y cabellos bermellón era fácil?

— Señor Kamotarou, harían falta 15 años para que usted pudiera conquistarme, y lamentablemente eso no va a pasar – miró de soslayo a Sougo y este sonrió al entender aquella indirecta a la perfección.

— Señora Sakata… ¿por qué tiene ese anuncio en el periódico si trata de esta manera a sus invitados?

El comedor quedó en completo silencio y ninguno de los presentes emitió palabra alguna.

Nobume se encontraba almorzando junto a sus compañeros de trabajo en aquel comedor especial para los trabajadores de aquella mansión.

Miraba detenidamente la copa de vino que le había dejado Sougo antes de irse a vigilar el almuerzo que Kagura tenía con el señor Kamotarou.

— Sougo nos dio vino. – le decía a Saito quien estaba sentado junto a ella.

— ¿Qué pasa con que nos haya dado vino? – le preguntaba mientras tomaba un sorbo de la sopa que tenía en su plato.

— Él casi nunca nos sirve vino al almuerzo... ¿No crees que es extraño? – Nobume miraba con recelo aquella copa. ¿Qué cosas pasaban por su mente en esos momentos?

— No tiene nada de extraño, a veces nos da vino cuando cenamos en la noche. – le respondió Saito para luego darle un sorbo a esa bebida escarlata. – Y está rico además.

Y con esas palabras, Nobume se dio cuenta de algo.

¿Acaso cuando tomaban vino en la cena no caían rendidos bajo los brazos de Morfeo a los minutos de acabar la comida? A pesar de que anteriormente no tuvieran sueño alguno y siguieran tan despiertos como si fuera pleno día.

Nobume no podía confiar completamente en Sougo Okita, claro que no.

Dejó la copa de vino a un lado y solo se dignó a comer. Después de todo, podía sacar en cualquier momento un vaso de agua de la cocina si le daba sed.

13:40 horas.

— Muchas gracias, estaba delicioso. – Terminó por decir Kamotarou mientras se limpiaba la boca con una servilleta y dejaba ésta cerca del plato vacío en la mesa. – Nunca me respondió, Señora Sakata.

— El asunto del anuncio está estipulado explícitamente ahí mismo, no tengo nada que responderle. – Le aclaró tomando con delicadeza un nuevo sorbo de su vino tinto.

— Sí, lo sé, pero… Con esa actitud nunca podrá…

— ¿Trajo dinero para hospedarse, Señor Kamotarou? – le interrumpió mientras dejaba el tinto a un lado con parsimonia.

— Eh… Sí, sí traje. ¿Me está dando una oportunidad, Señora Sakata? ¿No me diga que dejará que duerma con usted en vez de dormir en la habitación de huéspedes? – le comentó con claro tono lascivo en su hablar y su mirada depravada volvía a posarse en ella. ¿Acaso el vejestorio de mierda no podía aguantarse nada teniendo a una mujer frente a él? ¿Tan desesperado estaba?

— Señor Kamotarou, créame que la oportunidad es nula. – Y se levantó de aquella mesa para dirigirse a su habitación. Tenía trabajo que hacer y las cartas al empleador no se revisaban solas.

Sougo la observó yéndose. De cierto modo estaba feliz con esa actitud altanera que tenía la bermellón en esos momentos.

13:55 horas.

Todos los empleados de aquella mansión tenían unas ganas de dormir increíble. Estaban seguros que si seguían de pie haciendo los deberes en algún momento caerían al suelo como moscas con pesticida encima.

Sougo había notado esto y sonreía de sobremanera por esa reacción tan rápida al somnífero que había dejado en el vino de los empleados.

— Hoy estoy contento, así que pueden ir a dormir si quieren – manifestó el castaño interrumpiendo las labores de los presentes y sorprendiéndolos.

¿Dormir? ¿Acaso habían escuchado bien? Ciertamente la actitud de su jefe era extraña, pero no a muchos les importó. Morían por tomar algún merecido relajo después de todo.

Nobume había quedado estupefacta y se dio cuenta de que las piezas coincidían a la perfección.

El vino, el sueño de sus empleados (el cual ella no tenía) y el anuncio de Sougo sobre tomar una siesta...

Y entonces se dio cuenta al fin que Sougo Okita drogaba a sus empleados de vez en cuando con el vino de la cena que ahora usaba en el almuerzo, pero… ¿Por qué? ¿Para qué?

Agradecía no haber tomado ni siquiera un sorbo de ese tinto… aunque, era mejor no agradecer tanto.

Hicieron caso al consejo del castaño y se dirigieron a sus habitaciones respectivas. Nobume también lo hizo, después de todo, no debía dejar que Sougo sospechara de ella.

14:05 horas.

— Esta es su habitación. – Dijo modestamente el castaño a la vez que le mostraba el cuarto de huéspedes a Kamotarou y este entraba sin dudarlo dándole la espalda a Sougo.

— Sí, creo que es un poco pintores… – Un golpe logró escucharse. Un fuerte golpe que acababa en la nuca del rubio de anteojos.

Sougo había tomado uno de los floreros de piedra de Kagura para noquear a Kamotarou y dejarlo inconsciente.

El malnacido no se merecía el somnífero que le daba a la mayoría de sus víctimas, después de todo, era un hijo de puta que lo único que quería hacer era acostarse con una mujer más joven que él.

Yacía su cuerpo en el suelo, y el castaño lo tomó desde sus piernas para arrastrarlo por el segundo piso, llegando así a las escaleras. De seguro la forma en que lo llevaba le habría dejado varios hematomas en la cabeza. Sougo estaba feliz, estaba silbando. Y… ¿Quién sabe? Quizás silbaba la bella música que bailó la noche anterior con su amada.

Por cada peldaño era un nuevo golpe. Okita se emocionaba al pensar cuántos moretones podrían aparecer en la cabeza de Itou, sumando también los que se manifestarían gracias a la escalera del sótano… ¡Qué maravilla de la naturaleza era causar dolor a los hijos de puta!

Ya había recorrido todo el camino hasta el lugar donde llevaría a cabo uno de sus más bellos asesinatos.

Sentó a Itou en la típica silla frente a la mesa de madera, con la lámpara opaca que iluminaba tenuemente la oscura habitación, que aunque fuera de día, el lugar parecía como entrar a una mismísima boca de lobo.

Había dejado con anterioridad en la mesa la hermosa katana que le habían regalado en la empresa de Kagura. Y a un lado del mueble de cuatro patas; el tocadiscos preparado con un vinilo de su compositor favorito.

Con un libro del corte policiaco se dedicó a esperar el despertar de su víctima. No le gustaba matarlos sin que estuvieran conscientes. ¿Cómo podría divertirse si el mal nacido no estaba despierto?

14:15 horas.

— Agh… Duele… – escuchó que se quejaba y pudo distinguir que abría los ojos con esfuerzo a la vez que se movía un poco sin conseguir levantarse de su asiento.

Cerró el libro que leía tan concentradamente y se dedicó a mirar al mal nacido en la oscuridad de aquel sótano.

— Veo que despertaste – le dijo dejando el libro a un lado de la katana. – ¿Tuviste dulces sueños, depravado hijo de puta?

Itou reaccionó a aquellas palabras y pudo observar tenuemente la figura de Sougo, quién se posicionaba delante de él, alumbrado por la poca luz de la lámpara.

— ¿Qué hago acá? – preguntó un poco asustado, después de todo ya había abierto bien los ojos para poder observar el filo de la espada en la mesa. No había que ser idiota para darse cuenta de que estaba en problemas.

— Nada en especial, tu no harás nada… – Y entonces se separó un poco de aquella posición que había adoptado para al fin encender el tocadiscos, dando a escuchar esa hermosa pieza que era Symphony No. 40 in G minor.

— ¿Mozart?

— Veo que tienes un poco de cultura musical, es una pena que seas un hijo de ramera barata. – Sougo Okita volvió a aquella posición que había adoptado anteriormente y con lentitud tomó en sus manos la hermosa katana. – ¿No crees que el brillo de la hoja es hermoso? – decía mientras caminaba a su alrededor para posicionarse detrás de él.

— ¿De qué estás hablando?

Con suma rapidez, y sin que Kamotarou se diera cuenta, el castaño cortó limpiamente la oreja del rubio, haciendo que la sangre cayera del orificio que había quedado a un costado de su rostro.

— Y tiene buen filo además… Con un poco de suerte te confundirían con Van Gogh – manifestó el ojicarmín con una satisfactoria sonrisa en sus labios a la vez que el de ojos verdosos gritaba a más no poder de dolor.

— ¡¿Q-Qué?! ¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?! – Su desesperación podía notarse en aquel tono de voz y aquellos gritos acompañados de lágrimas que salían de sus ojos llenos de terror.

— Oye, Kamotarou. ¿Estás seguro de que te sigue funcionando la basura que te cuelga entre las piernas? – Sougo se posicionó delante de él y comenzó a apuntar el miembro del rubio con su katana. – Apuesto a que ni siquiera se te para ni con la puta más cara. – Y con una gran sonrisa sádica realizó un pequeño tajo en el pene de su víctima.

Gritaba, gritaba a más no poder… el dolor invadía por completo su ser y sentía como su vida pasaba por su cabeza.

Sougo había tomado una soga que colgaba del techo del sótano. La bajó un poco hasta la altura de la silla donde Kamotarou se encontraba y comenzó a atarla alrededor de la intimidad casi amputada del de ojos verdosos.

— El peso de la silla va a ayudar un poco con esto. – Y tomando el otro extremo de la cuerda, comenzó a tirarla, creando un fuerte dolor lleno de llanto y lágrimas en el rubio.

Sentía como su miembro iba separándose de a poco de su cuerpo debido a ese tajo que el castaño le había hecho anteriormente y que ahora se hacía cada vez más grande.

— ¡PARA! ¡POR FAVOR, PARA! – Gritaba mientras se elevaba junto con la silla e hilos de sangre comenzaban a gotear por las piernas de Kamotarou.

Fue entonces que Okita tiró con mucha más fuerza la cuerda a la vez que su rostro se volvía cada vez más sombrío, más sádico, más terrorífico. ¿Qué era aquella sensación de satisfacción que sentía en esos momentos el castaño? ¿Acaso extrañaba asesinar brutalmente a sus víctimas dado que hace unos días no venían nuevos pretendientes a la mansión Sakata? Sí… eso era. Esa sensación exquisita de escuchar aquellos gritos de terror y desesperación lo llenaban de sobremanera.

Y entonces sucedió.

Su miembro se desprendió completamente de su cuerpo, cayendo al suelo con la silla y quedando en la cuerda aquella desagradable parte de él.

Se desangraba a mares y su consciencia comenzaba a esfumarse.

Sougo se acercó a Itou, un poco desilusionado de todo, se sentó en casi cuclillas, le tomó el cabello con las manos y lo elevó para que pudiera verle directo a los ojos.

— Tsk… ¿Ya se acabó la diversión? No duras nada, Kamotarou. – Y azotó su cabeza contra el suelo para luego pararse.

Entonces, desde las escaleras del sótano, unos ojos carmín lo miraban con terror y confusión. El castaño notó esto y solo pudo articular una palabra… o mejor dicho, un nombre…

— Nobume… – ¿hace cuánto tiempo había llegado? ¿Desde qué momento había podido presenciar aquel bello asesinato que podría compararse con las más preciosas obras de arte del gran DaVinci?

— N-No… N-No puede ser… – llena de terror, y con monumentales ganas de vomitar, comenzó a correr en dirección a la habitación de la dueña de aquella mansión.

En cambio, Sougo, y con la calma de un gato limpiando su rostro, tomó la katana que había dejado tirada en el suelo y comenzó a caminar tras los pasos de la pelinegra.

— ¡Señora Kagura! – el corazón le andaba a mil por hora, sudaba, estaba nerviosa, tenía miedo. ¿Por qué no se tomó el vino que había dejado su superior? Estaba arrepentida, demasiado arrepentida y esperaba hallar refugio en su comprensible jefa.

Abrió la puerta de la habitación de la Señora Sakata de golpe. Ya no le importaba nada, no estaba interesada en tocar ni pedir permiso para entrar. Su vida estaba en juego.

— ¡Señora Kagura! – Y finalmente se detuvo, con la respiración entrecortada y nerviosa. Las manos le temblaban, estaba pálida del susto y su temperatura corporal había descendido a más de 30°.

— ¿Nobume? ¿Qué pasa? Pareciera que hubieras visto un fantasma. – le contestó ella, tranquilamente y dejando de lado las cartas que estaba revisando para mirarla.

— Señora, es… es Sougo… él… ¡él…!

— ¿Qué pasa con Sougo? – Se levantó de su escritorio con notoria preocupación.

— ¡Él acaba de asesinar al Señor Kamotarou! – Y sintió como la punta de una katana se posaba sobre su nuca, haciendo que diera media vuelta su rostro y se encontrara al castaño con una mirada frívola y atemorizante.

— N-No puede ser… Sougo… tú… – Kagura lo miraba incrédula. ¿Acaso era cierto? ¿Acaso su amado había cometido tal falta? – ¿Cómo pudiste dejar que Nobume se enterara de todo…?

La confusión en el rostro de la pelinegra era sublime. ¿Acaso la bermellón sabía sobre ese asesinato? ¿Puede ser que… eran cómplices…?

Sí, porque ellos dos mantenían un secreto. Un secreto que de cierto modo los unía más allá del deseo erótico y sentimental. Esas dos personas que la noche anterior se habían unido para profesar el amor eterno que se tenían, también hace un tiempo atrás, se habían unido de manera cómplice.

— Lo siento, Kagura. Fue un error de cálculo.

— Te dije que tuvieras más cuidado. – La ojiazul tenía una sonrisa macabra en el rostro mientras se acercaba a la azabache. Fue entonces que le tomó la pera con las manos. – Es una lástima, Nobume… No me caías tan mal después de todo. – Al final, Kagura de comprensible no tenía nada.

— ¿S-Señora? – Apenas lograba articular alguna palabra. No podía creer lo que su sentido común le ofrecía.

— ¿No te dije hace algunos días que no husmearas en las cosas de Sougo?

Y entonces ella se dio cuenta de la complicidad entre su superior y su jefa.

El extraño anuncio en el que se estipulaba la búsqueda de marido acompañado con una exuberante cantidad de dinero para el hospedaje, la caída financiera de la empresa Sakata, los extraños comportamientos de Sougo, el somnífero en el vino. La pregunta clave que todas las mañanas la Señora le hacía a Okita siempre y cuando hubiera huéspedes el día anterior… ligado a las causas de "ida" de sus pretendientes, las cuales siempre eran dichas frente a los empleados.

— ¿Ya alimentaste a los cerdos, Sougo? – Le dijo ella en sonrisa cómplice mientras miraba de reojo a Nobume.

— Aún no, Kagura – fue la respuesta del castaño al entender completamente la indirecta.

— Hmmm… me pregunto, ¿cuál será la causa de desaparición de Nobume? – Pausó leves segundos para luego dirigir su palabra a la ojicarmín. – De seguro Saito y mi hermano te van a extrañar, maldita ramera barata.

Y entonces sus sonrisas se hicieron más macabras de lo que ya eran, dando a entender el fatídico final que Nobume Imai iba a tener esa tarde de invierno, en dónde todos los empleados dormían la siesta y la mansión estaba muy alejada de cualquier lugar como para que sus gritos de llanto y desesperación fuera escuchados en algunos momentos más.

Sougo tomó a la azabache de los brazos y con un poco de esfuerzo se la llevó a rastras mientras dejaba atrás a Kagura, quién yacía de pie con sonrisa satisfactoria y se tocaba ligeramente la pera.

— ¡NO, POR FAVOR! ¡NOOOO! – Lograba escucharse ya afuera del cuarto de la bermellón.

— Adiós, Nobume – dijo la joven de azules orbes para sí misma en tono sarcástico mientras escuchaba aquellos gritos de desesperación a la vez que sentía la emoción invadir su cuerpo.

Todo sea por la empresa.