Nota de la autora:

Acerca de personas que Edward y Jacob "conocen"
Y acerca de cómo lidian con la tensión


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"I want this
A confusing happiness
Never knowing what comes next"

-Lo-Fang, Confusing Happiness

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Dos días después del nacimiento de Ephraim y Anthony, una noticia particular se publicó en periódicos.

Estaba en grandes letras en la sección Sociedad y la foto del reportaje abarcaba un cuarto de la página.

Sebastian Smythe y Hunter Clarington celebran su (tan esperado) matrimonio

Edward recuerda haberse reído de la foto, que estaba tan obvia y fallidamente tomada en un intento de naturalidad, con Sebastian en su traje oscuro y Hunter en su traje blanco, tomados del brazo y sonriendo, mirando hacia cualquier lado menos al lente de la cámara. Se veían preciosos, casi perfectos, y de no ser porque Edward sabía cosas sobre ambos, quizá les habría creído que su matrimonio era más que un simple acuerdo entre familias para fortalecer sus relaciones de negocios.

—¿Smythe y Clarington? —murmuró Jacob cuando Edward leyó en voz alta el título de la nota—. Pensé que Smythe iba a pasarse los próximos tres o cuatro años posponiendo la ceremonia. Parece que tiene un poco de sentido común.

—O se dio cuenta de que no había forma de huir y decidió hacerlo pronto para acabar con los problemas.

—Smythe no es del tipo que hace las cosas más temprano que tarde, mucho menos cuando se trata de algo tan serio como unir su vida a la de otra persona. Ahora que se casó es sólo cuestión de tiempo para que se vinculen. No creo que quiera su imagen pública manchada por tener a su Omega sin marcar. Sus padres fueron generosos al aceptar sólo el matrimonio temporalmente.

—¿Qué sabes de ellos? —preguntó Edward leyendo a pedazos los detalles de la nota. Estaba siendo más que sólo un poco distraído por la imagen de Jacob dando de comer a sus hijos. Dos pequeños y sanos Alfas que habían hecho a Edward sentirse invencible.

—Sé que no van a funcionar.

—¿Divorcio?

—¿Un divorcio entre los Smythe y los Clarington? —Jacob alzó una ceja y Edward tuvo que aceptar la estupidez de lo que acababa de decir—. Sebastian y Hunter son compatibles, lo que es un maldito milagro, pero esa compatibilidad no va a servirles de nada en el futuro.

—¿Por qué?

Jacob terminó de alimentar a los bebés y los puso a dormir antes de molestarse en contestar la pregunta de Edward.

—Porque Sebastian no lo quiere. Porque Hunter tiene dignidad y nunca permitirá que alguien, sea quien sea, se la quite. Llegar a tener un nombre por sí mismo en la compañía de su padre le ha costado. No fue como a su hermana Margaret, que por ser Alfa tuvo el camino libre y el puesto asegurado desde el momento en que nació. Margaret es excelente en lo que hace, de eso no hay duda, pero si Robert le hubiese dado a él el lugar que ella ocupa...

Hunter se habría apoderado del mercado. Tendría a todos a la espera de un golpe fulminante. Tendría a los Cullen reconstruyendo sus estrategias. Tendría a los rusos volteando con interés. Si hubiese podido obtener las hormonas que quería para hacerse pasar por Beta, Hunter estaría manejando a todos como títeres y Jacob estaría es un lugar distinto, quizá cerca de él, quizá tan lejos que nunca más volverían a verse.

Los caminos que sus vidas tomaron pudieron haber sido diferentes, y si bien Jacob estaba conforme con el lugar que terminó eligiendo, la idea de Hunter (de su boca y sus mejillas, de la curva preciosa de sus hombros y el suave interior entre sus piernas) lo hizo detenerse un momento para pensar. Para pensar y respirar y recordarse cada una de las cosas que había obtenido con Edward. Recordarse que un día (tal vez, tal vez, ¿tal vez?) sus hijos valdrían la pena de todo por lo que decidió no pelear; todo, y eso incluía a Hunter, aunque él fue un caso perdido desde el primer instante, desde la primera y última noche

—Además —continuó Jacob encontrando la mirada de Edward—, Sebastian quiere al hijo menor de los Anderson —. Edward frunció ligeramente el ceño. A Jacob no le sorprendió; pocos se tomaban el tiempo de mirar al joven que vivía bajo la sombra de Cooper Anderson, hijo mayor y Omega heredero, tan hermoso que todos parecían morirse un poco al enterarse de estaba, de hecho, en una feliz relación desde sus años de universidad—. Su nombre es Blaine. Omega, como la mayoría de los Anderson, un poco ingenuo, pero...

Jacob no lo conoció mucho (Blaine seguramente ni lo recordaba), pero Hunter tenía amargura que sacar de su cuerpo y habló y habló sobre ese 'aburrido e insulso pequeño Omega' que estaba quitándole la poca atención que su prometido le ofrecía. Jacob quería a Hunter con un fervor pasional, pero, hasta en su preferencia por Clarington, pudo ver que aquellas palabras fueron puramente dichas desde los celos.

Blaine, a diferencia de Cooper, se parecía a su madre Omega, Alissa Anderson, y no a su madre Alfa, Pan Dunne. Los Anderson eran conocidos por sus tonos cálidos de piel y oscuro cabello rizado, por sus bellos ojos hazel y sonrisas deslumbrantes, por sus temperamentos dulcemente tranquilos y su rápida condescendencia. En pocas palabras: los Anderson eran conocidos por ser los ejemplos del ideal tradicionalista de los Omegas, y eso a Jacob le molestaría un poco si Blaine Anderson no fuese tan increíble y devastadoramente encantador. Porque luego de aquellos 'rasgos Omega' que tantos elogian (imbéciles, imbéciles, imbéciles), Blaine era, sin más, tan hermoso que dolía. Pero, desde luego, Jacob no se refería sólo a su apariencia.

Porque Blaine sin duda era ingenuo (quizá demasiado para el mundo en el que nació, quizá no de la forma que muchos pensarían), pero también era perspicaz y astuto, discreto al hacer observaciones y veloz al conectar los detalles que percibía. Esa clase de inteligencia, la emocional, era menos común de lo que podría esperarse, y en cuanto Jacob la notó en Blaine, en su mirada brillante y aguda, en su abierto lenguaje corporal y entusiástica pasión, le resultó sencillo visualizar a Sebastian Smythe desencantándose de la cuidadosa, fría y metódica personalidad de Hunter Clarington.

—¿Pero? —preguntó Edward con una ceja ligeramente alzada.

—Pero lo justo para tener a Sebastian Smythe detrás de sus pasos —Jacob sonrió—. Hunter lo detesta por eso.

—No es culpa de Anderson que Smythe lo prefiera.

—Oh, no, desde luego que no. Pero Hunter ha sido el prometido de Sebastian prácticamente desde que nacieron. Imagina eso: crecer con la idea de tener a alguien como tu esposo para que de repente alguien aparezca y capture su interés. Alguien que nada más existiendo consiga generar en tu prometido todo lo que tú no pudiste en varios años de convivencia —. Era tan malo como sonaba, y aunque Jacob disfrutó bastante de la furia contenida que Hunter había guardado dentro de sí, lo ideal habría sido Sebastian enamorándose de Hunter, queriéndolo de una forma tal, que la belleza de otros no pudiera capturar su atención por más que un rato.

—Insoportable —Edward asintió cambiando la página del periódico. Jacob pudo ver su rostro cambiar a una seriedad premeditada. Músculo por músculo, la expresión de Edward se cerró por completo y sólo para preguntar: —¿Con quienes de ellos te acostaste?

Jacob guardó silencio unos segundos, su mirada fija en las cunas donde sus bebés dormían con una tranquilidad casi imperturbable.

—Con los tres —dijo Jacob felizmente, sonriéndole a Edward como pocas veces en el pasado—. ¿Quieres que te diga sobre Blaine? Es dulce, muy suave, sus caderas y muslos son el maldito paraíso y, de poder, me lo habría cogido tan duro que hubiese acabado con cuádruples dentro de su bonito cuerpo —. Edward no luce impresionado, pero, para ser justos, en cuanto su máscara de seriedad está puesta, Edward no la dejaba caer en un largo rato—. ¿Qué tal Hunter? Es precioso, uno de los hombres más atractivos que he visto en mi vida, alto y de músculos firmes. Muy diferente a Blaine. Más duro, menos proclive a la ternura y lejos, muy lejos de la timidez —. Jacob no estaba mintiendo. Hunter tenía de tímido lo que él de estúpido—. ¿Y Sebastian? —se rio—. Alfas como él hay muchos. No fue nada nuevo —se alzó de hombros.

Edward estaba muy quieto.

—Me sorprende que los recuerdes —dijo en voz baja, tranquila, firme. ¿Enojo? Jacob esperaba que sí—. Dada la cantidad de personas con las que te has metido, acordarte de esos tres en particular debe incluso sorprenderte a ti, ¿no es cierto?

Tan predecible, pensó Jacob respirando profundo. Pero todavía un jodido imbécil.

—Dilo justo como lo pensaste, Edward.

La mandíbula del Alfa se tensó.

—Promiscuo.

—Ah-ah —Jacob negó con la cabeza—. Esa no es la palabra, ¿o sí, cariño?

Creyéndote por sobre las 'vulgaridades'. Jacob detestaba esa clase de altivez. Idiota. Qué gran, maldito idiota.

—Puta.

Jacob sonrió.

—Justo como tú, Edward, sólo que tú tienes un pene y yo una vagina.

Edward tenía una reputación a su espalda. El heredero Cullen, un guapo Alfa que tenía en la palma de su mano a todos los Omegas y mujeres Beta que pudiese desear, yendo y viniendo con ellas y ellos a donde le diera la gana y después dejándolos tirados por algún otro u otra lo suficientemente estúpido para caer por sus banales encantos.

En eso, Edward y Jacob era muy parecidos.

—Deja tu mierda misógina, ¿quieres? Se está volviendo aburrido.

—Eres Omega, n-

—¿Soy Omega? Ah, entonces es eso por lo que tuve dos bebés creciendo dentro de mí durante meses. Pues mira, gracias por la información, estaba muy confundido.

Anthony y Ephraim se removieron en su sueño, respondiendo inconscientemente a las hormonas de sus padres, en especial las de Jacob. No despertaron, pero estuvieron a punto, y Jacob no habría demorado en mandar a Edward al demonio si el sueño de sus bebés hubiese sido interrumpido por tonterías.

—¿Y tú? ¿Tú puedes recordarlos a todos, hipócrita de mierda?

—Son mayormente prostitutas, ¿tú qué crees?

—Creo todo lo que ya dije: Hipócrita. De. Mierda.

Ninguno de los dos se echó hacia atrás.

—A veces me sacas de quicio —murmuró Edward poniéndose de pie y dejando el periódico en la silla. Comenzó a aflojar su corbata caminando hacia Jacob, que no se movió de su sitio sobre las sábanas.

—Tú a mí la mayoría del tiempo. ¿Cómo lo haces?

La máscara de seriedad comenzó a despedazarse. Edward se alzó de hombros quitándose el cinturón.

—Sé cómo meterme bajo tu piel. Difícil no hacerlo cuando eres mi Omega.

Edward se sentó al borde de la cama, apenas a unos centímetros de Jacob.

—No soy tu Omega —. Acostumbrado a esas palabras, Edward no mostró reacción alguna—. No eres mi Alfa —era otra forma de decir lo mismo, pero esta consiguió que Edward se inclinara un poco hacia adelante, sus pupilas dilatadas con el deseo de cambiar esa idea, de hacer a Jacob quererlo tanto que llamarlo 'suyo' se acoplara a su naturaleza—. Pero también sé cómo meterme debajo de tu piel. ¿Cómo lo hago?

Los labios de Edward formaron una pequeña sonrisa.

—Me lo pregunto desde que te conocí.

Y si bien el sexo no iba a mágicamente arreglar ninguna de sus diferencias, era mejor que discutir hasta llegar a los gritos o los golpes, aunque éstos últimos, siendo sinceros, les venían igual de bien que varias horas de sexo.

Sí.

Eran esa clase de personas.

De hecho, lo siguen siendo.

Y no ha dejado de ser divertido.


Nota de la autora:

No creo que alguien necesite que le diga quiénes son Sebastian Smythe, Blaine Anderson y Hunter Clarington... ¿o si?

Bueno, son de Glee, mis amigos ;)