Esa tarde, Annie no encontró Jack por ningún lado. Observó el árbol que es Espíritu le había enseñado y que debía brotar cuando fuera tiempo de marcharse, pero seguía cubierto de nieve y sin rastro de florecimiento alguno. Todavía quedaba invierno por delante.
Buscó en el claro, en la laguna que usaba como refugio, en el bosque y en los caminos colindantes, pero Jack no estaba. Le pareció extraño ya que, por lo general, era él quien la buscaba, y solía sorprenderla apenas tomaba el sendero. Luego de un rato, se dio por vencida y se sentó en una roca junto al sauce que descansaba sus cansadas ramas sobre el agua. Sacó una manzana y con su navaja cortó unos pedazos para merendar.
La verdad es que no le molestaba mucho encontrarse sola. Tenía mucho que pensar. La noche anterior había sido emocionante, y aún se estremecía cuando recordaba a Hipo recorriéndola con sus manos. A pesar de que no habían llegado más allá, la sola idea de sentir que el muchacho la deseaba de esa forma le hacía sentir como si hubiesen llevado la relación hasta un nuevo punto, en donde todo indicaba que estarían juntos por siempre. Sonrió.
A veces hasta ella misma se sorprendía de lo ingenua que podía ser. Eso no garantizaba nada. Su concepto del mundo y de las relaciones se parecía mucho a los de los cuentos de hadas que tanto amaba, con un inicio trémulo, una aventura apasionante y un final feliz. Pero la vida real no siempre era así. Era extraño pensar en que una chica como Annie fuera tan candorosa y aguerrida a la vez, sobre todo si se recordaba cómo había acabado con la vida de Craso hacía ya unos meses atrás en aquel barco.
Se sintió satisfecha de haber podido controlarse con Hipo. No había sido fácil, pero habría sido más difícil lidiar con su consciencia intranquila si hubiera hecho el amor con él cuando no sentía que era el momento. ¿Pensaría el resto de las chicas como ella, o había dejado escapar su oportunidad? ¿Qué habrían hecho Astrid o Brutilda en su lugar? No importaba en verdad. Estaba tranquila y eso era lo que importaba.
Luego de un rato se convenció de que ese día no vería a Jack y se marchó. Ya comenzaba a caer la noche y pensó que Hipo debía estar preparándose para montar la primera guardia con Heather. Pensó en sorprenderle llevándole alguna botana a mitad de la noche, y se dirigió rápidamente a casa para prepararla.
Hacía una tarde muy hermosa. Fría, pero bella. El sol se posaba sobre el horizonte y pintaba las últimas nubes visibles de un anaranjado encantador.
Ajax la esperaba en la entrada de su casa, agitando su cola en señal de alegría.
¡Hola muchacho! – Le dijo abrazándose a su cuello y golpeándole el costado del cuello con cariño.- ¿quieres ir adentro por unos deliciosos salmones?-
El dragón se relamió impaciente. Dio unos pequeños saltos y entró a la casa de Annie de una carrera.
¡Vaya con este lagarto crecido! En realidad no me estaba esperando a mí. Sólo quería su comida…- Y rio mientras cruzaba el portal.
Hipo preparó sus cosas para la noche. Metió en su alforja una manta, un par de piedras de chispas para el fuego y salió al encuentro de Heather. Se reunirían dentro de un rato en el acantilado para iniciar la guardia.
No había visto a Annie durante todo el día, pero eso resultaba tranquilizador. Sabía lo que debía hacer apenas la viera y agradecía cada minuto que pasaba sin tener que enfrentarlo.
Había vuelto al mismo punto en el que había quedado hacía unos días.
Lo que resultaba más doloroso era haber llegado hasta dónde lo habían hecho la noche anterior y saber que nunca más estaría así de cerca de ella otra vez. Pero su padre tenía razón y debía hacer lo correcto.
Subió por la colina y encontró a Heather encendiendo una fogata. Al verlo, la chica lo saludó animadamente.
¿Listo para una noche en vela? Traje algunos bocadillos para amenizar la jornada. ¿Qué prefieres, pescado seco o… pastelillos de calabaza?- Preguntó escarbando en su bolsa.
Estoy bien por ahora, gracias.- Le dijo sentándose pesadamente junto a la lumbre.
Wow, no te vez bien, Hipo. Estás algo pálido… luces…enfermo. ¿Seguro te sientes bien?-
No pasa nada, Heather. Eso sólo que tengo algunas ideas algo molestas en mi cabeza.-
Pues si te sirve de algo, nos queda una larga noche por delante para que tratemos de sacarlas de ahí. Soy buena escuchando.-
Hipo sonrió con pesar.
No creo que debas saberlas tú primero, pero agradezco la intención.-
La muchacha escrutó su mirada, guardó silencio unos instantes y luego sonrió como lo haría una madre a un hijo apesadumbrado por haber visto cómo se le escapaba el pez de su anzuelo.
Es por Annie, ¿no es cierto?-
Hipo se limitó a mirar hacia otro lado. Habría querido decir algo, pero no tuvo palabras para explicarlo.
Bien, Hipo, no me entrometeré en tus asuntos. Pero sería bueno que supieras que las chicas entendemos las cosas de manera diferente a como lo hacen los chicos. Si les decimos que no, es porque en realidad es un sí. Y un sí puede ser un tal vez o un rotundo no. Todo depende de la situación y del lenguaje corporal. Cuando aprendas a leer lo que las chicas decimos con el rostro y no con las palabras, serás un dios. Esa es la clave de todo.-
Claro, como si se tratara de un asunto hormonal. Hipo no dijo nada y siguió mirando lontananza.
Al fin Heather se dio por vencida y cambió el tema.
¿Qué te parece si montamos guardias por turnos? Nos alternaremos para vigilar mientras el otro duerme un rato. Comamos algo y cuando nos entre el sueño, comenzamos.-
Sí…sí…- dijo Hipo ausente- …buena idea.-
Vaya, sería una noche larga. No era que Hipo fuera un conversador imparable, pero siempre tenía algo interesante que contar. Ahora más bien parecía un ermitaño mirando cómo pastaban sus ovejas. Sin quererle dar más importancia, Heather se acomodó en el que sería su lugar por el resto de la guardia y dejó que su vista se perdiera en el horizonte. Comenzó a cantar una melodía muy alegre que narraba las historias de los piratas que escondían sus tesoros en las islas desiertas de alta mar.
Hipo sonrió al escucharla. Al poco rato se unió a la canción.
Eso era un avance.
La noche transcurrió tranquila, y Heather descubrió que cantar era la mejor manera de sacarle la voz a Hipo. Recordaron antiguas romanzas vikingas que solían entonarse en las festividades, y que habían pasado de generación en generación casi sin modificar una sola palabra. Muchas de ellas contaban sobre los héroes que habían enfrentado a dragones voraces y gigantescos; otras, sobre las valkirias que esperaban a los muertos a las puertas del Valhala con exquisitos banquetes y relucientes espadas y escudos nuevos.
Ya pasada la medianoche, vieron una figura acercándose por la colina que conducía al acantilado. Heather e Hipo se miraron preocupados. ¿Quién podría ser a esas horas?
Era Annie.
En el preciso instante en el que Hipo reconoció a la muchacha, se le paralizó el cuerpo.
¡Annie, por poco nos matas del susto! Creíamos que era un espíritu o algo por el estilo.- Dijo Heather levantándose para recibirla.
Con este frío, ni los espíritus asomarían sus narices por Berk. Les traje chocolate caliente, chicos.- Dijo la muchacha dejando en el suelo un cántaro de barro y dos tazas.- ¿Qué tal la guaria, eh? ¿Alguna novedad en el horizonte?-
Pues la verdad, no mucho. Un par de gaviotas perdidas, sí. Pero de los Marginados, nada, gracias a Thor.-
Annie buscó la mirada de Hipo. Se notaba cansado y preocupado. Le dedicó una sonrisa compasiva y le acarició el cabello. El chico hacía un gran esfuerzo por sostener la vista en la suya.
De pronto Heather recordó la lacónica conversación que había tenido con Hipo al comenzar la guardia y supuso que sería un buen momento para dejarles solos y así pudieran charlar.
Annie, ¿podrías hacerme un gran favor? Tengo un fuerte dolor de cabeza y realmente quisiera volver a casa de Astrid para descansar los ojos. Volveré apenas me sienta mejor.-
Hipo la miró extrañada. No le había dicho nada sobre su dolor de cabeza. Tardó un poco en comprender que Heather estaba tratando de dejarlos solos para que pudieran arreglar sus asuntos. Menudo favor que le hacía.
Por… por supuesto, Heather.- Le respondió Annie algo confundida.- No es necesario que regreses. Descansa y recupérate. Yo me quedaré con Hipo.-
Te lo agradezco.- Y diciendo esto, cogió sus cosas y enfiló por el sendero de vuelta a la aldea. Al llegar a los pies de la colina, se volteó y le gritó: - ¡Ya sabes qué hacer, Hipo!-
Annie volteó y miró al muchacho sin entender lo que la chica había dicho.
¿Qué es lo que debes hacer, Haddock?-
No lo sé. Esa chica está loca.-
No pareció estar muy convencida. Pero daba igual. Ahora estaban a solas y tendrían tiempo para charlar sobre la noche anterior. Annie sirvió el chocolate caliente y se sentó junto a Hipo. Se inquietó un poco al notarlo muy parecido a como había estado los días anteriores.
Estuve con Astrid hace un rato atrás. Me pidió que te dijera que ella y Brutilda tomarán el segundo turno. Estaba bastante enojada, le costó mucho trabajo convencerla. Todos tienes excusas insólitas. –Notó que, una vez más, Hipo no le estaba prestando atención.- "Tengo que cuidar de las ovejas". "La curandera dijo que debía dormir al menos ocho horas durante la noche para hacerme más fuerte". "Mañana tendré dolor de panza". Ese fue Brutacio. Es increíble como todos tienen tanto que hacer en una aldea tan aburrida, sin mencionar que no sucederá nada interesante hasta mi boda con Marcus...-
Con eso esperaba despabilarlo, pero no dio resultado alguno. Finalmente, Annie perdió la paciencia.
¿Se puede saber qué narices te sucede, Hipo Haddock? Llevas esa expresión de perezoso desde ya bastante tiempo y verdaderamente me estás volviendo loca.-
Hipo se puso de pie repentinamente y la miró con gesto impaciente.
Estoy cansado, ¿de acuerdo? Sólo quiero que me dejen en paz un minuto. ¿Es mucho pedir, acaso? –Respondió molesto.
Annie se sobresaltó. Nunca le había hablado de esa manera. Sintió deseos de echarse a llorar, pero en vez de eso, se levantó y se plantó furiosa frente a él.
¡¿Qué demonios pasa contigo, por todos los dioses del Olimpo?!¡No vuelvas a hablarme en ese tono, grandísimo bobo! ¡He soportado tus cambios de humor por suficiente tiempo y ya es hora de que seas sincero conmigo! ¡Ayer en mi casa no estabas tan malhumorado! ¡¿no es cierto?! –
Hipo recobró el sentido común y se arrepintió de su explosiva respuesta. Se había sentido tan presionado durante los últimos días que necesitaba darle un escape a todas sus emociones. Muy a su pesar, lo había hecho con la última persona con la que habría deseado hacerlo.
Ann… perdóname…no quise…-
¡Pero lo hiciste!- Le respondió ofendida. – No quiero tus disculpas, Hipo. Sólo quiero entender qué te está sucediendo.-
Era el momento.
Titubeó por unos instantes, tratando de buscar las palabras adecuadas. Bajó la vista y apretó los labios.
Está bien. Tienes razón. Sentémonos un momento.-
Annie se acomodó de mala gana junto a Hipo, que se había apostado junto al fuego. Estaba tan enfadada que no quiso volver a mirarlo a la cara. Tomó una rama comenzó a juguetear con los troncos carbonizados de la fogata.
Sólo quiero que me escuches y me dejes terminar, ¿de acuerdo? Lo que tengo que decirte… no es fácil.-
Se inquietó, pero no tenía deseos de demostrarle a Hipo lo vulnerable que se sentía en ese momento.
Annie, en este minuto tengo tanto sobre mis hombros…- Apretó sus sienes tratando de ordenar sus ideas.- …Cuando entrené a Chimuelo, jamás me imaginé que eso se convertiría en un arma de doble filo. Ahora toda la aldea está amenazada por la ambición de Alvin, y sólo Odín sabe de qué es capaz. –
La muchacha suponía que se trataba de algo así, y bajó un poco la guardia al sentir que el problema no era ella.
Los Marginados han atacado a las islas aliadas y han matado a la gente a sangre fría, y no voy a permitir que haga lo mismo en Berk. Tengo que concentrar cada esfuerzo, cada pensamiento, cada minuto en buscar la forma de parar todo esto… - Hizo una dolorosa pausa y prosiguió:- …es por eso que, por ahora, Annie, no podemos estar juntos.-
La muchacha no entendió lo que Hipo le estaba diciendo. O tal vez, se negaba a entender.
¿Disculpa?-
No puedo dedicarte el tiempo que querría, y no sería sensato distraerme en nada que no fuera hallar el modo de que esto termine de manera pacífica.- Apenas finalizó la frase, supo que, después de tanto pensarlo, no había escogido las palabras adecuadas.
¿Quién era este chico que tenía sentado a su lado? No, no podía ser Hipo. No era el mismo Hipo de la noche anterior. No era el de la semana pasada ni el del otoño anterior. Ni siquiera era el mismo que con el que había crecido.
¿Me… me estás...? ¿Estás rompiendo conmigo?-
Annie, no es lo que yo quisiera, y tú lo sabes, pero tienes que entenderme. Harías lo mismo si estuvieras en mi situación.-
Espera, espera… -le dijo tratando de entender la situación- … ¿me estás diciendo que no podemos seguir juntos porque te distraigo de tus deberes? ¿Qué te quito tiempo?-
No es como crees, Annie, es bastante más complejo… si pudiera encontrar otra forma…-
Eres un maldito mentiroso.- Le interrumpió, levantándose con ira.
No, pequeña…-
¡No me llames así!- Gritó- ¿Es que de verdad crees que soy tan estúpida como para creerme algo así? ¡¿Desde cuándo he sido una carga… una distracción para ti, eh?! ¿¡Acaso no hemos enfrentado juntos todas las dificultades que se nos han cruzado por delante!? ¡No tiene sentido!-
Y de pronto, todas las piezas encajaron a la perfección en su cabeza. Tenía la expresión de alguien que se había dado cuenta de algo demasiado obvio. Se acercó un poco más hacia él y escrutó su mirada.
¿Por qué no eres lo suficientemente hombre y me dices lo que realmente está pasando?-
Hipo sentía como el alma lo abandonaba.
Te estoy diciendo la verdad.-
Es Heather, ¿verdad?-
¿Cómo?- Preguntó extrañado.
Por supuesto… -Reflexionó.- … has estado así desde que Heather llegó a Berk.-
¿Heather? No, Annie…-
¡¿Cómo pude ser tan estúpida?!- Dijo dando la vuelta y tomándose la cabeza con las manos. – ¡A eso se refería con "Ya sabes qué hacer"! ¡Tenías que romper conmigo para estar con ella!-
¿De qué rayos estás hablando? ¿Acaso no escuchaste nada de lo que te dije?-
Ya escuché suficiente- Dijo guardando las cosas en su bolsa.
No, Ann, espera... –la cogió por el brazo para evitar que se marchara- …hablemos-
¡Suéltame!- Le gritó, zafándose. -¿De qué quieres hablar, Hipo? ¿Quieres que siga escuchando tus excusas? ¿Que siga escuchando tus mentiras? No te voy a dar la oportunidad de humillarme así. ¡Vete con ella! ¡Anda, ve! ¡Aun puedes alcanzarla! ¡Tal vez puedas terminar con ella lo que no pudiste hacer conmigo anoche!-
Hipo se retiró dolido. No pensaba que Annie lo creyera capaz de una cosa así. Aun así, sabía que tenía razón en algo. Como fuera, por Alvin o por protegerla, por Heather o por cualquier otra estúpida mentira que pudiera haber inventado, la estaba botando justo después de haber llegado más lejos que nunca con ella. Por supuesto que debía sentirse humillada y ofendida, y él era el único culpable. No soportaba verla así.
Por última vez, Heather no tiene nada que ver en esto.-
Sí claro. Sigue diciéndote eso.- Tomó sus cosas y se dispuso a volver a casa.
Hipo se quedó ahí, de pie junto al fuego, sin poder creer lo que acababa de hacer. Había alejado al amor de su vida, la había herido profundamente, y las cosas ya nunca volverían a ser como antes. Tuvo la sensación de estar cayendo muy profundo en un agujero sin fin, y junto a él, todos los sueños que alguna vez había construido con Annie.
Al menos debía tratar de que no se marchara con una idea equivocada sobre todo el asunto… si de algo servía a esas alturas.
Jamás quise hacer algo que te hiciera daño, y creo que en el fondo de tu corazón sabes que digo la verdad… Eres la única chica a la que he amado en toda mi vida, y estoy muy seguro que lo seguirás siendo... -le dijo antes de que siguiera alejándose.- …no tienes idea de lo difícil que ha sido todo esto para mí. Por última vez, Annie, Heather no tiene nada que ver en esto.-
Annie se detuvo y se volvió hacia Hipo. Lo miró con los ojos empañados.
Si es así, júramelo Hipo. Júrame por la memoria de tu madre que me estás dejando por la razón que me diste.-
No pudo seguir mintiéndole.
Guardó silencio y bajó la vista, avergonzado.
Por supuesto que no lo harás. – Dijo ella, secándose las lágrimas. – Hazme un favor, Hipo. Esta es una aldea muy pequeña y tendremos que vernos las caras a menudo. Si algo de decencia te queda, no vuelvas a hablarme. En tu vida vuelvas a dirigirme la palabra. No me hables, no me mires, no vuelvas a tocarme jamás. Haz como si no existiera. Porque a partir de este momento, tú ya no existes para mí. –
Y diciendo esto, bajo por la colina en medio de la más profunda oscuridad.
La siguió con la vista hasta que ya no pudo distinguirla. Se desplomó frente a las últimas brazas encendidas de la fogata y se quedó allí por el resto de la velada.
Estaba hecho. No había vuelta atrás.
Y ya nada volvería a tener sentido.
