Disculpen no tengo perdon por no actualizar solo les digo que tengo mudanza en frente y no e tenido tiempo perdon y les agradeceria a todas el saber si comtinuo o no la historia saben q yo quiero mucho esta historia pero si no les gusta diganlo
Capítulo 11
¡Fuego!
El urgente grito de alarma despertó a Edward del sopor en que estaba y lo impulsó a ponerse de pie con todos sus sentidos instantáneamente alerta. Algunas veces había oído el grito en el castillo en que transcurrió su infancia, mientras crecía, y había sido entrenado para responder con rapidez. Sus compañeros de armas luchaban contra la amenaza de las llamas con la misma energía con que rechazaban a cualquier atacante.
El fuego era un enemigo odiado por todos los hombres. La parte trasera de la tienda-prisión de Edward brillaba ligeramente con la luz anaranjada de las llamas. ¡El fuego estaba cerca! El humo entraba por la rendija que había entre la carpa de la tienda y el Suelo, y lentamente se elevaba hasta el techo.
En el exterior de la tienda podía oír los gritos de los hombres que pedían más agua. Un caballo relinchó asustado y luego se alejó al galope.
De repente, un amenazante destello de luz brilló en la pared de la tienda. Se acercaban a ella las llamas del incendio. Edward sintió que la temperatura se elevaba dramáticamente en su prisión. Gotas de sudor surgían de su frente para después caer al Suelo, mientras que un velo de humedad aparecía en sus brazos y en sus piernas. El grillete de su pie izquierdo se deslizó sobre su tobillo. Edward se agachó y comenzó a tratar de deshacerse de él: tiró de él, lo retorció, hizo todo lo posible por abrirlo como fuera.
Detrás de él la pared se iluminó. Detuvo su lucha con el grillete el tiempo suficiente para ver que una lengua de fuego serpenteaba por debajo de la tienda y comenzaba a escalar por la pared de tela.
Volvió su atención hacia el tobillo. Cuando los guardias desistieron de encadenarlo a la estaca del Suelo, comprendió que eso le daba una oportunidad. Había conseguido quitarse una de las botas y algo había progresado antes con las argollas. Ahora, cuando el sudor le lubricaba los grilletes, estaba seguro de que podía quitárselos. Tenía que hacerlo. Nadie parecía preocuparse por sacarlo del lugar en que se hallaba. Era el momento.
Fuera, los gritos crecieron en intensidad, en competencia con la furia de las llamas. Más y más hombres pedían agua a voz en cuello, corriendo en todas las direcciones, y más y más caballos relinchaban llenos de terror.
Edward se esforzó por librarse de los grilletes de sus tobillos, hablando consigo mismo para darse ánimo. «Voy a escapar. Todo lo que necesito es quitarme las cadenas y escapar. La noche será mi aliada, mi manto encubridor. Ella sabrá esconderme, como tantas veces lo ha hecho en el pasado».
El calor que se sentía dentro de la tienda creció. El sudor salía cada vez más libremente por todos los poros de su cuerpo. El grillete se deslizó aún más hacia abajo, cortándole la piel y haciéndole sangrar por las heridas. Tiró de las argollas con toda la fuerza que pudo reunir, ignorando el dolor que se causaba. Al fin y al cabo, ese dolor no era nada comparado con lo que sucedería si no podía escapar de aquella tienda, que se estaba convirtiendo en un llameante infierno.
De pronto, para su sorpresa, su pie quedó libre. Se levantó de inmediato y cojeó hasta la cortina de entrada, haciendo sonar las cadenas que aún tenía sujetas al pie derecho. Detrás de él, las paredes de la tienda desaparecían en las fauces del infierno, devoradas por el fuego que lo rodeaba sin tregua. Al correr hacia fuera alcanzó a oír el rugido ensordecedor de las llamas.
Los guardias habían abandonado sus puestos de vigilancia para ir a combatir el fuego. Vio que al menos quince tiendas ardían en la oscuridad, y que muchas otras estaban ya convertidas en cenizas negras. Se escondió detrás de una tienda vecina, miró hacia la izquierda y vio que en la distancia se abría un camino hacia el bosque. Comenzó a moverse hacia los árboles, pero con el rabillo del ojo notó el movimiento de una pequeña sombra en un rincón, que lo hizo volverse hacia su antigua prisión.
El humo ocultaba parcialmente la figura del muchacho que corría hacia la tienda en llamas. ¡No! ¡No podía ser! Edward se lanzó detrás de él.
Se detuvo en seco al entrar. El fuego estaba en todas partes y el calor era insoportable. Edward entornó los ojos para resistir la agresión del humo. Sus finos oídos escucharon el crepitar de las llamas e instintivamente saltó hacia su izquierda cuando uno de los soportes incendiados de la tienda se derrumbó. Sintió los ardientes latigazos de las llamas alrededor de sus piernas, y al levantarse giró hacia el lado opuesto, buscando escapar de aquel calor infernal.
Vio que el muchacho yacía en un rincón de la tienda, con las piernas recogidas sobre el pecho y los brazos protegiéndole la cara.
—¡Aquí! —gritó Edward, pero el fuego aulló a su alrededor, ahogando su voz, exigiendo carne humana para alimentar su apetito insaciable.
El muchacho yacía inmóvil tras un manto de llamas.
Edward sintió que sus entrañas se encogían de miedo y, protegiéndose la cara con sus manos encadenadas, saltó sobre la cortina de fuego. El dolor le quemó la espalda, pero lo resistió. Se agachó y levantó al muchacho en sus brazos, apretándolo contra el pecho, procurando protegerlo del fuego.
Edward logró salir por un lateral de la tienda, pasando por encima de los restos de lona incendiada y dirigiéndose hacia el campo abierto. Se alejó de las llamas, del intenso calor, y luego se puso de rodillas, manteniendo al chico aferrado a su pecho. No podía permitir que muriera. Estaba asustado, asustado de lo que encontraría si miraba los ojos del muchacho. Seth parecía tan blando y tranquilo en sus brazos… Las lágrimas asomaron a los ojos de Edward cuando abrazó al muchacho, dispuesto a cambiar su vida por la del pequeño. Después lo retiró de su pecho, sintiendo como si se arrancara un pedazo de la piel de su propio cuerpo.
—Te dije que te fueras —habló con desesperación al muchacho, que no podía oírle—. ¿Por qué estás todavía aquí?
Finalmente, lo colocó con suavidad en el Suelo y miró sus ojos abiertos. No había vida en ellos, sólo el reflejo de la luna llena. Hizo el intento de sacudirle los hombros, pero se detuvo al ver que sus manos temblaban.
Apretó los puños durante un momento, temeroso de que, al tocarlo, el muchacho no se moviera.
—Levántate, Seth —le dijo con la voz ronca.
Nada.
Le acarició cautelosamente los hombros, y cuando vio que el joven no se movía, sintió que una honda desesperación surgía dentro de él. Volvió a tocar los hombros del muchacho y los sacudió con fuerza, con salvajismo casi. «No», pensó, con los ojos llenos de lágrimas.
—Vamos, Seth —le ordenó Edward—. Levántate.
Pero el muchacho no se movía, ni sus ojos parpadeaban.
—¡Te he dicho que te levantes! —gritó.
Pasó un momento, y luego otro. Y como Seth no se movía, Edward se sentó a su lado y lo miró con cara de estúpido. «No puede ser», pensó. «No puedo creerlo. No puede ser Seth. Le dije que se fuera. Se lo ordené. Él nunca me ha desobedecido».
Y luego lo vio: el mechón de pelo rojizo que siempre le cubría los ojos descansaba limpiamente a un lado de su cabeza, durmiendo para toda la eternidad.
Edward comenzó a temblar. Abrazó a Seth, manteniéndolo apretado contra su corazón, y hundió la cara en el cuello del muchacho.
—¡Oh, Dios, Seth! —suspiró, incapaz de hablar, de hacer pasar una sola palabra a través de su garganta cerrada—. ¿Por qué no me escuchaste? ¿Por qué no pudiste…?
Acarició la cabeza cobriza de Seth, apretándolo contra su pecho y con la visión nublada por las lágrimas. Finalmente, se sintió sobrecogido por la pena, por la agonía y por el dolor. Echó la cabeza hacia atrás.
—¡Nooooo! —rugió, y el eco de su angustia se perdió en la noche.
En el bosque cercano, los lobos comenzaron a aullar.
