Pupilas de Gato III

Capítulo 11

Candy despertó con un leve cosquilleo sobre la mejilla. Aún dormida, su mano trató de librarse de la suave molestia, pero sin lograrlo. Una y otra vez, algo muy delicado recorrió su rostro hasta hacerla despertar.

- ¿Qué…?

- Buenos días, Candy…

Una pequeña flor ante sus ojos, y tras ella, la sonrisa alegre de su marido.

- Anoche tú cocinaste, así que esta mañana me encargué yo del desayuno.

- ¿Cómo? - preguntó Candy aún aturdida, recibiendo la pequeña flor que Albert le entregaba.

- Sé que es muy temprano, pero hoy tenemos mucho trabajo en la oficina y debo llegar antes de las ocho… y no quería desayunar solo…

Albert estaba sentado en el borde de la cama, invitándola a incorporarse para que él pudiera depositar en la cama la bandeja del desayuno que tan cuidadosamente había preparado. Con una sonrisa, Candy aceptó.

- Muchas gracias por lo de anoche – comentó Albert sirviéndole un poco de café – De verdad lo necesitaba.

- Yo también – admitió Candy.

- Lamento que últimamente haya estado tan…

- No, no, no – lo interrumpió Candy – Por favor, no te disculpes. No tengo nada que disculparte, ya te lo dije anoche. Sé que esto es momentáneo y que pronto todo volverá a la normalidad. Sólo quería darte fuerzas para seguir adelante.

Albert bajó la vista. ¿Momentáneo? Si Candy aún pensaba que lo que estaba ocurriendo era algo pasajero, entonces él había hecho un muy buen papel ocultándole la verdadera situación. Tal vez era hora de poner las cartas sobre la mesa. Tal vez era hora de prepararla para lo que ya no había forma de evitar.

- ¿Qué pasa?

¿Qué pasa? Pasa todo, pensó Albert. ¿Pero cómo se lo iba a explicar? Ni siquiera él entendía cómo las cosas habían empeorado tanto y tan rápido, como el fuego en la hierba seca. La crisis había golpeado a todos, eso estaba claro, pero la más simple de las lógicas indicaba que los Andrew deberían haber sido capaces de capear el temporal de una u otra manera. ¿Qué era entonces lo que había salido mal? ¿Qué?

- Albert… Ey… mírame.

- ¿Ah? Perdona, Candy, tengo la cabeza en cualquier parte, lo siento.

- Está bien…

A buen entendedor pocas palabras, pensó Candy. No era el momento de preguntar más detalles, ni de actuar como esposa ofendida. Era sólo el momento de recordarle que no estaba solo, que lo amaba y que confiaba en él. Con un gesto ágil, Candy se inclinó sobre la cama y lo besó en los labios.

- Tienes gusto a café – sonrió Albert.

- Mis besos son siempre muy originales, ¿no crees?

- ¡Ja, ja, ja, ja! – sonrió de buena gana Albert – De ahora en adelante, cada vez que tome una taza de café me acordaré de ti.

- ¿Y cuántas tazas de café tomas?

- Varias…

- No deberías tomar tantas.

- ¿No quieres que te recuerde?

- ¡Claro que sí! Pero no quiero que te enfermes.

- Vamos, no exageres, tampoco es para tanto.

- Está bien, está bien – cedió Candy volviendo a acomodarse en la cama - ¿Y esas flores?

- Las corté para ti –contestó Albert, bajando la vista y… ¿sonrojándose?

- ¿En serio hiciste eso? – preguntó su esposa, sorprendida.

- Pues… sí…

- Awww, ¡Albert! ¡Eres maravilloso! ¡Te amo! – exclamó Candy acercándose otra vez para abrazarlo – Hacía años que no me traías flores, ¡gracias!

- ¿Cómo que años? Hace unas semanas también te regalé flores…

- Sí, pero no eran como éstas, cortadas por ti mismo. Eso las hace aún más especiales. Es mucho más romántico.

- Bueno…- dijo Albert encogiéndose de hombros – En el fondo soy un príncipe, ¿no?

Ambos sonrieron. Candy prefirió no volver a preguntarle qué ocurría. Desde luego tenía que ver con los problemas en las empresas. Tras media hora juntos, Albert partió a la oficina con una sonrisa en los labios. Una de las sonrisas más forzadas que había visto en su vida, pensó Candy.

p - p - p - p - p - p -p

Archie había llegado antes que todos a la oficina. Había mucho trabajo pendiente y él, además, tenía muchas decisiones que tomar. Las empresas Andrew estaban tocando fondo, de eso no había dudas. Salvo las inversiones en Florida, el resto era un verdadero caos. Y con Florida no se podía contar. Naranjas y bancos nada tenían que ver. Su experiencia esta en capitales y bienes raíces, no entre frutas y verduras. Cualquier intento por aventurarse en ese terreno sería descabellado.

¿Qué iba a hacer? Su padre hacía lo que podía en la India, pero su fortuna estaba ligada a la de los Andrew; sus problemas le afectaban directamente. Archie había conversado varias veces con su padre, quien le había dado ideas y recomendaciones para que tratara de conciliarse con el consejo mientras encontraban una salida a los problemas más apremiantes. Pero para el consejo Archie era un peón de segundo orden. Siempre se lo habían dejado muy en claro. El padre de Archie no era un Andrew y su madre era sólo prima de los herederos directos, Albert y Rosemary. Además, para nadie era un secreto que Archie era totalmente leal a Albert, lo cual lo ponía en una situación aún más desventajosa ahora que el consejo lo estaba estrangulando poco a poco.

Y si realmente terminaban con Albert… ¿qué pasaría con él? No podían despedirlo, desde luego, porque era miembro de la familia, pero seguro no dudarían ni un minuto de sacarlo de en medio relegándolo a algún punto lejano del país… o del mundo. No sería la primera vez que eso ocurría. El mismo Albert no había dudado hacerlo con los Leagan. Archie dio un pesado suspiro.

En cierta forma, los diarios tenían razón. Él siempre había estado a la sombra de Albert y había llegado al puesto en que estaba, en parte, sólo porque era uno de sus sobrinos, el único al cual soportaba. Pero no, no debía dejarse envenenar por lo que decían los diarios. Desde luego que él también tenía mérito y trabajaba tan duro como el resto en las empresas. Era cierto que el cierre de las sucursales de Boston, de las cuales era presidente, había sido un golpe duro, pero ya no había caso en darle más vueltas. Ahora Albert había decidido vender las propiedades de California. Él pensaba que era una mala idea y no vendería su parte. Tenía que haber alguna forma de sacarle provecho de otra manera y, en todo caso, su instinto comercial le decía que no tenía caso seguir invirtiendo en tratar de salvar el banco.

Archie sintió que se le apretaba el estómago. ¿Qué estaba pensando? Si él mismo no creía que fuera posible salvar ese banco, y de paso la fortuna de la familia, ¿qué estaba haciendo ahí? ¿Dónde estaba su lealtad a la familia y a Albert? Y sus hijas… ¿qué sería de sus hijas? Tal vez el padre de Annie tenía razón… Annie… Annie… Candy no había dejado a Albert ni un momento. Annie, en cambio, vivía hacía unos meses en la casa de sus padres en Lakewood. No era ella, bien lo sabía Archie, eran las ideas arribistas de su madre. ¿Cómo era posible que Annie fuera tan fuerte para algunas cosas y tan débil para otras? Jamás podría llevarle la contra a su madre y Archie estaba cansado de la situación. Era ahora cuando más necesitaba a Annie y, en cambio, debía vivir solo en su casa de Chicago, conformándose con ver a sus hijas los fines de semana.

Pero él tampoco lo hacía mucho mejor. Vivía bajo la sombra de su familia, de lo que Albert hacía y dejaba de hacer, temiendo al consejo, tratando de justificarse ante todos. Annie también le había hecho saber más de una vez que eso la incomodaba. Pero, ¿qué se suponía que debía hacer? Así es cómo estaba estructurada su familia, así es como funcionaban. Juntos habían triunfado... juntos tendrían que hundirse.

Los ruidos en el pasillo lo hicieron salir de sus negros pensamientos. Otro largo día comenzaba. Otro día para correr tras lo imposible, por simular optimismo y ocultar la decepción. Otro día solo y lejos de su familia. Otro día a la sombra de Albert… ¡No! Otra vez esa idea. ¡No! Tenía que sacársela de la cabeza. No iba a dejarlo sólo. No era lo que los Andrew hacían. Sólo las ratas huyen antes de que se hunda el barco. Claro que las ratas sobreviven… los marineros, en cambio, mueren ahogados. ¿Quién sobreviviría al naufragio de este barco?

p - p - p - p - p - p -p

Cuando se enteró por los diarios que los Andrew habían comenzado a vender formalmente parte de su patrimonio, Rose ya no tuvo dudas de que sus días de fortuna estaban contados. No entendía mucho de negocios, pero no era necesario ser un experto para entender que esos eran los movimientos desesperados de un conglomerado que estaba a punto de quebrar. ¿Y qué pasaría entonces con su madre? ¿Dónde iba a trabajar? Tal vez la señora Andrew ya no podría mantener su casa en Lakewood y correría a su madre. ¿Y dónde iría? ¿Qué podía hacer? Ella, con su sueldo de miseria y su vida estancada, no podría hacer nada para ayudarla.

Durante todo el día la acompañó la negra nube de amargos presagios. Se sentía la peor de las hijas. Su madre había hecho todo por darle lo mejor que pudo, un hogar, la mejor educación posible, cariño, mimos… y ella, ¿cómo le pagaba? Aún dependía en parte del dinero que su anciana madre le enviaba de vez en cuando desde Lakewood para comprarse un par de zapatos nuevos cuando los que usaba ya no tenían arreglo. Tanto esfuerzo invertido, ¿para nada?

A las nueve de la noche, cuando por fin terminó su turno, Rose salió con rostro sombrío del café. Al doblar una esquina y entrar a un callejón, una voz familiar la llamó desde las sombras.

- ¡Hola, señorita Rose!

- ¿Rick?

Sólo entonces se dio cuenta de que el muchacho no había aparecido a trabajar en todo el día.

- ¿De vuelta a casa? – preguntó Rick aún desde las sombras.

- ¿Qué te importa? El viejo Wood va a estar furioso cuando vuelvas. ¿Por qué no fuiste hoy a trabajar?

Rick sonrió. Pero no sólo su risa inundó el aire.

- ¿Dónde estás? ¿Por qué te escondes? – preguntó Rose a las sombras. De pronto recordó su última conversación…Y sus amenazas.

- Tu amiga es algo nerviosa, ¿no?

Rose sintió que se le congelaba la sangre en las venas. Ya antes había oído esa voz. Rick no estaba solo. ¿Qué debía hacer? ¿Volver al café? ¿Gritar por ayuda? ¿Hacer como si nada pasara? ¿Correr?

- ¿De verdad dijo que iría a hablar con tus padres, Rick? – preguntó otra voz.

- ¿Qué? Yo no dije nada, yo no…

- Por favor, Frank… - rogó Rick.

¿Por favor? ¿Por favor qué? ¿Qué iban a hacerle? ¿Cuántos eran?

- ¿Qué pasa, Rick? - preguntó Rose con voz entrecortada por el miedo.

- Es bonita tu amiga – dijo una voz ronca justo detrás de ella, haciéndola dar un salto.

- Ey, sí, tienes razón – dijo otro hombre, saliendo de las sombras para quedar justo frente a ella. Rick estaba a su lado.

- ¡Déjeme pasar! – reclamó Rose. Intentó sonar decidida, pero su voz en cambio sonó desesperada.

- ¿Por qué tan apurada, bonita? – preguntó un tercero, bloqueándole el paso.

Ahí estaba. Eso es lo que había conseguido por meterse en lo que no le importaba. ¡Condenado mocoso mal agradecido! Ella preocupada por él y él, en cambio, sólo preocupado por sí mismo. Era un cobarde, un mocoso cobarde, un verdadero mafioso. Rose sintió que odiaba a chiquillo con toda su alma.

- No pienso volver al café, señorita Rose – dijo Rick.

- ¿Y qué me importa lo que hagas? ¡Ojalá te pudras en la cárcel! – le gritó indignada Rose.

- Cuidado, cuidado, Rose – dijo el hombre que estaba a su espalda - ¿Por qué se pone así? ¿No quería hablar con los padres del muchacho? ¿No estaba tan preocupada por él?

- No voy a hacerlo, se lo juro, ¡se lo juro! Sólo déjeme ir, le juro que jamás diré nada – suplicó Rose sin siquiera atreverse a girar para mirarlo.

- Usted debería estar contenta de que el muchacho explore nuevos horizontes. ¿O qué quiere? ¿Qué se quede toda la vida sacando botes de basura? ¡Vamos, Rose!

- No me importa lo que haga Rick. Que haga lo que quiera, le juro que yo no diré nada, por favor…

- Tranquila, tranquila – dijo el hombre girando a su alrededor hasta quedar justo frente a ella, escrutándola descaradamente – Tenías razón, Rick – dijo por fin – Tu amiga es muy bonita.

Lentamente, el hombre se quitó uno de sus finos guantes de cuero. Los dos hombres mayores sonrieron. Rick, en cambio, se puso pálido.

- Frank… por favor…no…

- ¡Cállate! – le gritó el hombre - ¿No querías que solucionáramos el problema?

- Sí, pero no así…

- No eres más que un niñito llorón – rió Frank, volviéndose a Rose.

Si Rick estaba asustado, Rose sabía que no podía esperar nada bueno. El hombre sonrió, disfrutando el miedo reflejado en el rostro de la chica. El poder del miedo: ése era el poder que más disfrutaba. Lentamente, acercó la mano para acariciar el rostro de Rose, pero justo antes de que alcanzara a tocarla, la chica le dio un fuerte manotazo, mirándolo indignada. Un pesado silencio cayó en el grupo. Rose, echa una fiera, enfrentaba al hombre.

- Y también tiene carácter… - rió divertido Frank, alejándose de Rose – Bien, tranquila bonita, nadie va a hacerte nada. Si cooperas, claro. El chico merece una mejor oportunidad en la vida y nosotros se la podemos dar. Es un llorón, pero tiene algo de talento. ¿Qué quieres que hagamos? ¿Dejar que se pierda?

- Creo que hay formas mejores de aprovechar el talento… - dijo Rose llevada por los nervios. Frank se giró para mirarla con ojos indignados. Rose se arrepintió de inmediato de su osadía.

- ¿Eso crees? Ah, sí, es cierto: tú tienes un grado universitario. ¡Ella se cree mejor que nosotros, chicos! ¿Qué opinan?

Los hombres dieron grandes risotadas. Rick los imitó, pero sin dejar de mirar con ojos asustados a Rose.

- No eres nada, mujercita. ¡Nada! ¿De qué te sirve tu cartoncito? ¿Eh? ¡Para servir mesas y atender un café grasiento! – rió de nuevo Frank - ¿Ves este reloj? Vale cien veces más que lo que ganas en un mes en esta porquería de trabajo en el que usas tu talento.

Cabizbaja, Rose guardó silencio.

- ¿Sabes algo? En el fondo, la gente como tú me da lástima… ¿De verdad piensas que vas a llegar a alguna parte así? Rick ya eligió su camino y te aseguro que lo llevará mucho más lejos que a ti. Por favor, ¡sólo mírate! Sales todos los días de tu porquería de departamento con el pelo tomado, llevas siempre los mismos tres vestidos y esos horribles zapatos negros.

Rose lo miró horrorizada.

- Sí, bonita… Tenemos ojos y oídos en todas partes. No te metas con nosotros.

- No… no lo haré – dijo Rose bajando otra vez la mirada.

Frank se la quedó mirando. Rick, en cambio, luchaba por contener las lágrimas. No era eso lo que él quería. Nunca habría querido que la dañaran.

- Vámonos – ordenó tras una larga pausa Frank.

Sin esperar una segunda orden, los tres iniciaron la marcha. Rose alcanzó a levantar levemente la mirada y se encontró con los ojos de Rick, que en silencio le suplicaban perdón. Ella le respondió con el más profundo desprecio.

- Alguien con tus atributos siempre tendría un buen lugar con nosotros – le susurró el hombre acercándosele de nuevo - Las mujeres como tú merecen algo más que lavar platos, bonita. Piénsalo.

Suavemente, Frank tomó la mano temblorosa mano derecha de Rose y depositó un suave, muy suave beso en el dorso de su mano, enviando una sensación de escalofrío por la espalda de la chica.

- No soy lo que usted cree, señorita universitaria. Jamás abusaría de una dama… pero tampoco permitiría que uno de los nuestros corra peligro por culpa de la estupidez de otros, ¿me entiende? – Rose asintió levemente, sin atreverse a mirarlo – Yo también tengo mis principios – concluyó Frank con la mano de la chica aún cerca de sus labios.

Rose levantó la vista y para su sorpresa, se encontró un par de ojos que aún en la oscuridad se adivinaban de un verde profundo. Las sombras le impidieron ver su rostro con claridad, pero Rose intuyó que tenía el cabello claro y facciones bien delineadas. Frank sonrió al ver la sorpresa reflejada en su rostro. Seguro de sí mismo, volvió a depositar un beso en la mano de Rose, para luego soltarla suavemente, acariciando con la punta de sus dedos los de Rose, ásperos y desgastados por el trabajo en el café.

- Una flor como usted merece algo mucho mejor que esto, Rose. Piénselo… y si cambia de opinión, sólo pregunte por Frank en el mismo callejón donde nos vimos por primera vez.

Frank acercó su rostro al de Rose. La chica cerró los ojos asustada y permaneció así por unos instantes, temiendo lo peor. Pero nada pasó. Para cuando por fin se atrevió a abrir los ojos, Rick y sus amigos habían desaparecido. Entonces, Rose sintió que el peso del mundo caía sobre sus hombros y que le faltaba la respiración. Mareada, cayó de rodillas al suelo, pero comprendió que debía salir del callejón cuanto antes. Seguro estaban en las sombras, vigilándola. Seguro intentarían matarla en cuando bajara la guardia. A nadie le importaría.

Como pudo, se puso de pie y emprendió a tropezones el camino a casa. Pero ni siquiera cuando cerró la puerta y la trancó con una silla pudo sentirse segura. Sabían dónde vivía… sabían cuántos vestidos tenía y hasta qué peinado usaba. Seguro siempre la seguían. ¿En qué había estado pensando cuando se metió con Rick? ¿En qué? Desesperada, Rose lloró.


¡Tercero de la semana!

Estoy haciendo méritos con ustedes. ¡Gracias por los últimos comentarios y por seguir la historia! Nuestro querido Albert, sin embargo, tiene aún un camino muy complicado por delante. Pero Candy lo ama, eso está claro. Hoy ha vuelto Archie, quien también tiene sus propios problemas y conflictos. George, en cambio, aún se mantiene en las sombras y no, no va a pedirle dinero a nadie para Albert, porque Albert no lo aceptaría ;-)

Rose ya está comenzando a verse afectada en forma más directa por los problemas de los Andrew. ¡Y los de Rick! Ya veremos qué hace ahora respecto a este lío, Rick, su madre y el par de ojos verdes.

Y no lo olviden: sus comentarios son mi sueldo. ¡Saludos!

PCR