Capítulo 11
El peregrino gris
Bilbo Bolsón apenas había tenido tiempo para otra cosa que no fuera sorprenderse y tratar de comprender la razón por la que su estimado Gandalf se hallara allí, en la puerta de Bolsón Cerrado, a aquellas tardías horas sin haberle avisado con anterioridad de que pretendía visitarle; no obstante, el hobbit pronto abandonó esas conjeturas, dejando que su amigo pasara al interior de la vivienda, cerrando la puerta tras de sí: Gandalf el Gris nunca había sido de los que daban avisos de sus intenciones relativas a cualquier asunto, nunca lo había hecho y lo más probable es que no lo hiciera nunca.
En vez de hacerle toda la cadena de preguntas que estaban peleando en su mente por ser pronunciados, Bilbo se dedicó a corretear a través de los largos pasillos de Bolsón Cerrado, mientras no paraba de disculparse frenéticamente por su falta de hospitalidad, en dirección a las bodegas. Como siempre, Gandalf no le reprochaba nada, sino que se limitaba a pasear la mirada por la entrada principal y el salón intentando comprobar si algo había cambiado desde la última vez que se encontró en la casa de Bilbo Bolsón.
Por su parte, el hobbit había prendido una vela que había en un pequeño candil nada más entrar en la bodega y lo sostenía con cuidado, moviéndolo de aquí a allá, alejando la penumbra de la bodega principal de Bolsón Cerrado. Debéis saber ya que los hobbits sienten una gran pasión por la comida y para ellos una buena merienda es lo que define en gran medida a un buen anfitrión. Por todo ello, a pesar de tener la bodega repleta de comida prácticamente lista para servir, Bilbo no pudo sino lamentarse de que no habría bastante para lo que le hubiera gustado ofrecer al mago gris. Si tan sólo le hubiera avisado de que iba a visitarle...
- ¡Mermelada de frambuesa y tarta de manzana! - exclamó Bilbo hacia la entrada del agujero hobbit, intentando que Gandalf pudiera oírle para saber qué quería mientras hacía marabalismos con los platos que iba tomando y con el candil que aún tenía en una mano. - ¡Y seguro que queda algo de vainilla en algún sitio!
Los buñuelos de vainilla eran uno de los postres predilectos del viejo peregrino gris y Bilbo lamentaba ahora haberse comido los dos que le quedaban aquella tarde a modo de merienda, acompañado de un buen vaso de leche recién ordeñada de la granja de los Bolger. Aún así, el hobbit esperaba que el mago encontrara el resto de comida a su gusto. Así pues, Bilbo Bolsón apareció en la cocina de Bolsón Cerrado portando en la mano izquierda el pequeño candil e intentando sostener una pila de no menos de cinco platos con la mano derecha, la cual se mantenía en un precario equilibrio.
- ¡No pasa nada, lo tengo todo bajo control! - siguió diciendo Bilbo en voz alta, ya que Gandalf no se encontraba en la cocina. Fue colocando uno a uno todos los platos que había traído encima de la mesa, de modo que quedaran bien presentados. Una vez que se hubo quitado de encima aquella pequeña carga, observó el repertorio de comida rascándole levemente el mentón y frunciendo el ceño. Entonces se dio una leve palmada en la frente con la mano que le quedaba libre. - ¡Fresas, es temporada de fresas! ¿Cómo no he podido sacar las fresas?
Gandalf esbozó una pequeña sonrisa mientras escuchaba los lamentos de su amigo y sus nuevas pisadas que le indicaban que se hallaba de camino a las bodegas. Otra vez. Hacía mucho tiempo que se había hecho familiar de las peculiares costumbres de la gente pequeña, pero éstos nunca dejarían de asombrarle nunca, y mucho menos si éstos traían en su nombre el apellido Bolsón. Hacía ya unos cuantos años que se había presentado por primera vez en la puerta de Bolsón Cerrado buscando a un saqueador para la aventura que se disponía a vivir con Thorin y su compañía de enanos. Recordaba a la perfección cómo Bilbo, en aquel primer encuentro, prácticamente le había cerrado la puerta redonda y verde en las narices, repitiendo nerviosamente que no quería aventuras por allí y que sería más acertado buscar en el otro lado de la colina. Todo ello sin parar de repetir un "buenos días" que había terminado por perder su significado tras haber sido pronunciado más de diez veces en la misma conversación.
Mientras Bilbo seguía peleando con los platos de víveres que intentaba sacar de las bodegas y el candil que le ayudara a iluminar las mismas, Gandalf se dio un pequeño paseo por el comedor principal de Bolsón Cerrado. El desorden no había cambiado desde la última vez que estuvo allí: pergaminos, tinteros, pequeñas notas aquí y allá demostraban que ciertamente la aventura del tesoro de Smaug había cambiado algo en el interior de Bilbo Bolsón, un hobbit al que le gustaba más que nada el orden, la rutina y mantener todo bajo control. De aquello hacían ya unos años pero, sin embargo, aquella aventura permanecía muy viva tanto en el hobbit Bilbo Bolsón como en el propio Gandalf el Gris.
Finalmente, Bilbo hizo aparición cargado de más platos de los que podía colocar de forma ordenada en la mesa, por lo que el hobbit tuvo que resignarse a dejar algunos – los que él creía que el mago tendría en menos estima – en alguna encimera cercana. Dejó el viejo candil, aún encendido, en el centro de la mesa, pero tan pronto como Gandalf puso la mano encima de la titilante llama, el resto de velas de la estancia prendieron a la misma vez, dando mayor luminosidad a la estancia. Bilbo miró a su alrededor desconcertado – incluso puede que algo asustado -, pero finalmente esbozó una sonrisa y se volvió hacia su viejo amigo:
- Realmente nunca dejarás de sorprenderme, Gandalf... - dijo Bilbo tomando asiento frente a él en la mesa de la cocina de Bolsón Cerrado. - Ni tú, ni tus curiosas costumbres de aparecer como por arte de...
- Magia – musitó con una sonrisa el anciano, mientras alargaba la mano hacia un plato cercano con racimos de uva.
- Sí, precisamente eso – contestó Bilbo a su vez. - Como por arte de magia... ¡Oh, el té! ¿Quieres té?
Pero antes de que el anciano tuviera oportunidad de siquiera separar los labios, Bilbo ya se había incorporado precipitadamente de la mesa y se estaba rebuscando en los armaritos que había en la estancia, intentando recordar en voz alta las preferencias del mago en cuanto a la preparación del té.
- ¡Bilbo, cálmate! - habló Gandalf, llamando la atención de Bilbo y haciendo que éste sacara su rizada cabeza de un armarito lleno de tazas de té. - Estaré bien sin un té, creo que no me hace ningún bien consentirme ese capricho una vez pasada la hora de la cena...
Bilbo frunció el cejo, extrañado: no sabía qué motivo podía hacer que el té sentara mal al viejo Gandalf una vez pasada la hora de la cena, pero se dijo a sí mismo que era mejor no intentar comprender la totalidad de las extrañas costumbres de los magos. Gandalf contempló al hobbit volver a tomar asiento frente a él con una sonrisa esbozada en sus labios: no había sido honesto del todo con su viejo amigo, no tenía ningún problema en tomar el té a cualquier hora del día, pero sabía que el sentido de la hospitalidad de Bilbo más el factor sorpresa de su visita harían prácticamente imposible que el hobbit Bolsón tomara asiento en los próximos treinta o cuarenta minutos.
Por su parte, el hobbit se limitaba a estudiar a Gandalf con la mirada, como si aún no pudiera creer que estuviera ahí sentado frente a él a esas horas de la noche: en algún que otro momento incluso estuvo tentado de alargar la mano y pellizcar levemente la mano del peregrino gris para convencerse de que no estaba soñando ni nada parecido, pero su buen sentido Bolsón le advirtió que no era una buena idea. No recordaba en qué momento había sido exactamente la última vez que había visto a Gandalf, pero debió de ser unos días después de que él regresara de nuevo a La Comarca: el peregrino gris le había visitado para ver cómo el hobbit retomaba su vida tras la increíble aventura que habían vivido buscando el tesoro del dragón Smaug.
- Vamos, viejo amigo... - rió Gandalf, rompiendo el silencio que se había formado entre el mago y el hobbit. - Compartamos uno de tus buñuelos de vainilla y ponme al día de todo cuanto sucede en La Comarca... Hace mucho tiempo que no tenemos la ocasión de vernos y estoy muy interesado en todo cuanto tengas que decirme...
- Bueno... - contestó Bilbo, inclinando la cabeza a un lado y haciendo llegar una bandeja de pastelillos al mago. - Más bien te tendría que contar cómo van las cosas en el País de los Gamos, mi viejo amigo; hace tan sólo unos días que me hallo de regreso en Hobbiton... - dijo el hobbit antes de volver la vista hacia Gandalf. - Pero tú, Mithrandir, ¡oh, tú seguro que tienes tantas cosas que contarme! Dime, ¿has vuelto a ver al maestro Elrond, a Bardo o alguno de nuestros amigos los enanos? ¿Cómo se encuentran todos ellos?
Gandalf volvió a reír ante la impaciencia y las ansias de noticias de Bilbo Bolsón: nunca había conocido a un hobbit como él, con una mente tan inquieta y tan deseoso de noticias del mundo exterior... Bueno, aunque mentiría si dijera que, antes de la empresa que llevaron a cabo junto a los enanos, el señor Bolsón de Bolsón Cerrado no era un hobbit como todos los demás la primera vez que le vio: acomodado, poco interesado en lo que ocurría más allá de los límites de La Comarca y menos interesado aún en vivir cualquier tipo de aventura. Aquel viaje le había cambiado y Bilbo Bolsón era muy distinto al hobbit que había sido anteriormente.
- Bien, bien, todos se encuentran muy bien, mi viejo amigo – dijo el mago, provocando una sonrisa de alivio en el rostro emocionado del hobbit. - De hecho, uno de ellos, Balin, está muy interesado en hacerte una visita aquí en Bolsón Cerrado... Yo le acompañaría, por supuesto, para recordar tiempos más viejos que yo mismo, si no te supone una molestia, claro está...
- ¿Molestia? No, en absoluto, las visitas nunca me molestan... - contestó Bilbo, entusiasmado ante la idea de volver a ver a Balin, aunque lo que había dicho no era del todo cierto: las visitas nunca le molestaban, eso era verdad, a no ser que fueran imprevistas o que se trataran de los Sacovilla-Bolsón. Estas dos excepciones siempre solían ir unidas.
- El Bilbo que conocí hace un tiempo sentado en un pequeño banco en su jardín no hubiera sido de la misma opinión... - mención el peregrino gris, recordando ese día en el que a Bilbo sólo le faltó cerrarle la puerta de Bolsón Cerrado en las narices.
Bilbo se encogió de hombros mientras tomaba un pequeño pedazo de un pastel de semillas y se lo llevaba a la boca: hubiera contestado a Gandalf que una aparición de un viejo ermitaño todo vestido de gris en su puerta, prácticamente obligándole a partir hacia lugares desconocidos y peligrosos era más que suficiente para que cualquier hobbit de La Comarca olvidara sus buenos modales y buscara refugio en el calor de su hogar. No obstante no lo dijo, porque apreciaba realmente la amistad del viejo mago y se sentía afortunado de poder contar con su persona.
- ¿Has mencionado el País de los Gamos? - quiso saber Gandalf, haciendo referencia a algo que le había comentado el hobbit muy por encima al principio de su conversación. - Nunca he tenido la oportunidad de visitarlos y eso que tengo en muy buena estima la hierba que se produce allí...
- Hm – asintió el hobbit aún con la boca llena, mientras intentaba tragar deprisa para contestar al mago, llenando su camisa de pequeñas migajas cada vez que abría mínimamente la boca. - Pasé... - Bilbo carraspeó e hizo un esfuerzo por tragar la comida que aún le quedaba en la boca. - Ya, discúlpame Gandalf: pasé unas dos semanas en Casa Brandi, el hogar de mis parientes Brandigamo...
Gandalf estudió a Bilbo con la mirada, lo que hizo sentirse a éste algo incómodo: no sabía con certeza si el peregrino podía leer los pensamientos, pero había veces que con sólo mirarle a los ojos podía adivinar si había algo que le preocupaba o algo que le estaba ocultando. Una virtud que de seguro le había sido de mucha utilidad en sus largos años de vida. El mago dejó la copa de agua que estaba bebiendo a un lado:
- Creía que no tenías mucha relación con tus parientes de Los Gamos... - dijo Gandalf, prestando toda su atención al hobbit. - Excepto con una de tus primas...
- Sí, Prímula... - habló Bilbo antes de que Gandalf pudiera siquiera pronunciar su nombre, mientras estiraba la mano, mirándose los dedos, intentando no mencionar lo que no podía ocultarle al mago. - Prímula Brandigamo, casada con un primo segundo mío, Drogo Bolsón... Buenas personas...
El mago asintió a las palabras de su amigo, aún sin conocer personalmente ni a Drogo ni a Prímula, pero les conocía... Al menos por lo que Bilbo les había hablado de uno y otro: aquel matrimonio parecían componer los únicos parientes con los que Bilbo mantenía una relación mínimamente cordial. En el caso de la hobbit Brandigamo, Gandalf sabía más sobre ella por lo que había leído en las palabras no dichas de Bilbo, que por las que hubiera podido confesar en un momento de nostalgia y anhelo lejos del hogar. Estaba seguro que no errara al aventurar que quizás él comprendía los sentimientos de Bilbo hacia Prímula mejor de lo que lo hacía el mismo Bolsón. Pero la sombra de tristeza en la mirada del hobbit le hizo ver que Bilbo no tenía buenas noticias al respecto.
- Yo... - comenzó a murmurar Bilbo, agachando la mirada, fingiendo prestar atención a la servilleta de tela que había colocado sobre su regazo. - Verás, Gandalf, Drogo y Prímula tuvieron un accidente en el río... - el hobbit alzó de nuevo la mirada hacia el mago. - Acudí a Los Gamos para decirles adiós...
Gandalf cerró pesadamente los ojos, asimilando el pesar que su amigo sentía por la pérdida de dos de sus mejores amigos: una pérdida que aún era lo bastante reciente como para impedirle poder hablar de ella sin emocionarse. Bilbo no dijo nada, sino que volvió a agachar la mirada, parpadeando un par de veces para aliviar la irritación de sus ojos e intentando hacer desaparecer la presión sobre su pecho. Drogo y Prímula no habían sido únicamente los únicos miembros de su familia que no le habían dado la espalda tras su regreso a Hobbiton, sino que habían sido también los únicos para los que Bilbo seguía siendo el mismo de siempre, viajara a lugares extraños o permaneciendo en su hogar. Siempre el mismo Bilbo Bolsón, en cualquier circunstancia.
- Lamento oírte decir eso, querido amigo – habló Gandalf, abriendo de nuevo los ojos y mirando compasivamente al hobbit, quien se limitó a asentir con la cabeza. - Son noticias terribles que uno nunca quisiera tener que recibir nunca, y menos aún en el caso de tus estimados parientes, Bilbo...
El hobbit no contestó a las palabras de condolencias de Gandalf, sino que se quedó perdido en sus propios pensamientos un momento más, recordando todo lo que había vivido en Casa Brandi, con sus parientes, con los Sacovilla-Bolsón y con el joven huérfano que Drogo y Prímula habían dejado atrás. Gandalf percibió el ánimo de Bilbo y se incorporó de la mesa, haciendo que el hobbit volviera a la realidad.
- ¿Ya te marchas? - se sorprendió Bilbo, incorporándose de inmediato. - ¡Pero si acabas de llegar!
- Oh, querido Bilbo, en absoluto te haría una visita tan corta... Otra vez – añadió el anciano al ver la expresión de Bilbo, que mezclaba reproche e incredulidad, al recordar una de las últimas visitas de Gandalf que no superó la media hora de duración. - He decidido aprovechar este viaje a La Comarca y abusar de tu hospitalidad un poco más, si no es molestia para tí, señor Bolsón...
- ¡En absoluto! - exclamó el hobbit con una luminosa sonrisa, a la vez que se apresuraba a salir de la cocina, dirigiéndose hacia la entrada del agujero hobbit para guardar la capa que había traído consigo en un armario, donde estaría mejor cuidada. - Sabes que adoro las visitas, aunque sean del todo inesperadas, como las tuyas, querido Gandalf... - Bilbo volvió a aparecer tras hacer su cometido y se quedó en medio de la sala principal, que conectaba con la cocina desde le observaba el viejo mago, como paralizado por una cuestión en la que no había reparado. - ¿Dónde vas a dormir?
- Estaré bien, Bilbo... - rió Gandalf saliendo de la cocina, agachando con cuidado la cabeza para no golpearse con los bajos techos de la morada hobbit. - Con todas las aventuras que hemos vivido juntos, mi querido hobbit, deberías saber a estas alturas que un mago nunca revela todos sus secretos...
El mago continuó su camino por Bolsón Cerrado, dejando a Bilbo atrás, quien puso los ojos en blanco y se apresuró a seguir al anciano.
- Deja de hacerte el misterioso, Gandalf – continuó diciendo el hobbit mientras seguía los pasos del mago por los largos pasillos de Bolsón Cerrado. Gandalf se había detenido frente a una puerta, pero Bilbo estaba demasiado enfrascado en lo que tenía que decirle al mago que ni siquiera percibió ese detalle. - Puede que esas frases llenas de enigmas con las que te entusiasma hablar funcionen con los pequeñuelos de La Comarca y algún que otro hombre de poco seso, pero debes recordar que soy un Bolsón, de Bolsón Cerrado, y nosotros nunca...
Bilbo tuvo que detener sus palabras cuando el mago abrió la puerta de una de las habitaciones que el hobbit destinaba a sus invitados que pernoctaban en Bolsón Cerrado – pues las casas de la gente pequeña tienden a tener muchos más dormitorios de los que necesitaban, pero no tardaban demasiado en encontrarles un uso apropiado – y ver que había cambiado. Bastante.
Originalmente, aquella habitación era como el resto de las que había a lo largo y ancho de Bolsón Cerrado: una pequeña cama de madera con dosel tamaño hobbit, cómoda y lo suficientemente amplia para que un hobbit con el sueño inquieto pudiera dar vueltas durante toda la noche; una alfombra de lana de oveja sobre el suelo, más un armario de madera y una pequeña cómoda donde los hobbits guardaban sus trajes.
La habitación que Bilbo tenía ante sí no era la de un hobbit, sino la de una persona con la estatura de un humano. Los muebles seguían siendo los mismos, incluso la colcha de la cama que la madre de Bilbo había tejido seguía siendo la misma, únicamente adaptados a las necesidades de una persona de más altura. Incluso la propia habitación en sí parecía haber cambiado en proporciones. Al ver la cara de desolación del hobbit, Gandalf esbozó una media sonrisa:
- No te preocupes, Bilbo Bolsón... - dijo a la vez que entraba en la alcoba y tomaba asiento sobre el lecho. - Te prometo que esta habitación volverá a ser tal y como tú la conoces cuando yo me vaya, lamento que el cambio que ves ahora en ella te perturbe...
Perturbar no era la palabra que Bilbo habría utilizado. Se había quedado totalmente sorprendido y ligeramente devastado al ver el cambio de la estancia, pero saber que volvería a ser como antes cuando él ya no la necesitara llenó al hobbit de alivio.
- Eso espero, viejo amigo – sonrió Bilbo, apoyándose en el quicio de la puerta y señalando ligeramente hacia el interior de la habitación. - Es una de las mejores alcobas de Bolsón Cerrado y por nada del mundo quisiera verla de otro modo que no fuera tamaño hobbit
- Lo es – rió el mago, mirando a su alrededor: había una ventana redonda con cortinas que daba al exterior, a través de la que se podía ver el cielo azul oscuro de la noche y unas briznas del césped que rodeaba Bolsón Cerrado moviéndose al suave compás de la brisa nocturna. - Éste solía ser tu dormitorio si mal no recuerdo, Bilbo... Recuerdo que cuando te desmayaste al leer el contrato de Thorin los enanos tuvieron que traerte aquí para que volvieras en tí...
Bilbo rió al recordar aquella anécdota que, en el momento en el que sucedió, no le había hecho nada de gracia, pero habían cambiado muchas cosas desde aquella primera visita de los enanos a Bolsón Cerrado.
- He decidido trasladar mi dormitorio a la alcoba que está contigua a la sala de escribir de mi padre... - se encogió de hombros levemente – Supongo que es cosa de hacerse mayor que vuelva la nostalgia de los días pasados...
Esta vez sí que Gandalf no pudo reprimir una sonora carcajada.
- Mi querido Bilbo, mírate... Han pasado algunos años desde el viaje a la Montaña Solitaria pero sigues siendo un hobbit joven, ni siquiera el tono de tus claros rizos castaños ha variado en lo más mínimo... La vejez ya llegará, querido amigo, pero no la invoques antes de que te alcance...
El hobbit esbozó una media sonrisa y suspiró, pasándose los dedos por los párpados y estirándose un poco.
- Lamento tener que posponer esta conversación, Gandalf, pero la verdad es que me muero por irme a dormir... Ha sido un día largo y tu visita me ha pillado totalmente por sorpresa, aunque me alegro mucho de tenerte aquí...
- Lo entiendo, amigo, y no te entretengo más – habló el mago. - Ve a descansar, yo estaré bien aquí, podemos retomar nuestra conversación cuando amanezca un nuevo día...
Bilbo sonrió y se despidió una última vez de Gandalf. El mago cerró la puerta de la habitación, escuchando cómo los pasos del hobbit se alejaban cada vez más.
- Hablaremos, amigo mío... - murmuró Gandalf casi para sí mismo. - Incluso de aquellas preocupaciones que aún no quieres contarme...
Los rayos del sol bañaron de nuevo Hobbiton mucho antes de lo que a Bilbo le hubiera gustado, pero todo el cansancio y el sueño habitual que solía sentir nada más despertar por la mañana se marchó de golpe al recordar que Gandalf se encontraba allí. Animado por la idea de compartir un buen desayuno y una larga conversación con su viejo amigo, Bilbo prácticamente salió de la cama de un salto para apresurarse a cambiar la ropa de dormir por la de día y ponerse manos a la obra con el desayuno.
Todos estos eran pequeños placeres de la vida hobbit con los que Bilbo Bolsón se hallaba muy cómodo, pero eran también esos pequeños detalles los que tendría que abandonar cuando siguiera adelante con su plan inicial de realizar una última aventura hacia la casa de Elrond, en Rivendel. Una vez allí no pensaba volver a La Comarca nunca más, de hecho, ya prácticamente la mitad de su mente se encontraba en aquella encantada región donde la belleza de la naturaleza era tal que rozaba lo sobrenatural. Por no hablar de sus misteriosos habitantes, los elfos, siempre susurrando canciones y poemas en su lengua nativa a través de las ramas de los bosques... Casi podía oír el agua fresca y cristalina fluir por debajo de aquel puente que atravesó la primera vez que visitó esa ciudad...
El hobbit tuvo que abandonar sus sueños diurnos de golpe cuando un leve olor a quemado comenzó a llegar a su nariz. Bilbo se apresuró a acudir al fuego a retirar la barra de pan que había dispuesto allí: por suerte, el daño no había sido muy grave y, tras raspar un poco la parte más tostada con un cuchillo, se podría comer perfectamente. Y eso que el señor Bolsón era muy estricto en cuanto a comida se refería y muy especialmente si sus platos iban a ser degustados por invitados a los que tenía en tal estima como a Gandalf el Gris.
Se encontraba colocando los diferentes platos sobre la mesa cuando oyó el golpeteo de unos nudillos sobre la madera de la puerta principal de Bolsón Cerrado. Bilbo dio un leve respingo y asomó con cuidado el rostro por el umbral de la cocina: no esperaba visitas y aquel día era el día de descanso de Hamfast, no esperaba a nadie aquella mañana... La imagen de los Sacovilla-Bolsón acudió a su mente prácticamente al instante, haciendo que el hobbit se ocultara aún más en el refugio de su hogar. No tenía ni idea de para qué podrían querer verle los Sacovilla-Bolsón, pero también era cierto que nunca la tenía y estos parientes parecían visitar a Bilbo únicamente para recordarle que, algún día, ellos heredarían Bolsón Cerrado.
Volvieron a oírse golpes en la puerta, esta vez algo más insistentes.
- ¡Señor Bolsón! - oyó Bilbo llamar a una voz en el exterior. - ¿Está en casa? Soy Boffin Tallabuena, ¡tiene una carta!
Bilbo se relajó de inmediato, dejando escapar un suspiro de alivio: no conocía a hobbit que gustara más de la conversación y de la rutina diaria que el primogénito de los Tallabuena. Era un hobbit que apenas había cumplido la mayoría de edad, pero que hacía bastante tiempo que echaba una mano a su padre con el reparto del correo en La Comarca. Se dirigió hacia la puerta, limpiándose las manos rápidamente en los pantalones y la abrió, topándose con el pelirrojo hobbit al que nunca parecía soltarle ánimo para una sonrisa.
- ¡Buenos días, señor Bolsón! - saludó nuevamente el hobbit, quien llevaba una gran bolsa llena de sobres blancos y direcciones escritas colgando del hombro y cruzándole el pecho. Bilbo ni siquiera tuvo tiempo de contestarle con algo más que una sonrisa pues, nada más terminar su saludo, Boffin le tendió el sobre que le correspondía, aún sin perder la sonrisa del rostro. - No tiene más, señor, le deseo que pase un día excelente
El hobbit acertó a asentir con la cabeza y devolverle la sonrisa al jovial muchacho, quien se tocó levemente la gorra que llevaba sobre sus rizos pelirrojos antes de dar media vuelta y salir del jardín de Bolsón Cerrado, con destino al próximo agujero hobbit que tuviera correspondencia aquel día. Aunque nunca lo diría en voz alta, Bilbo admiraba el carácter siempre alegre del joven Boffin Tallabuena: por lo general, los Tallabuena no era una familia que fuera famosa por su riqueza o por cotilleos locales, pero eran sin duda una familia con la que siempre gustaba cruzarse a un miembro de la misma. Poseían una rara cualidad de levantarte el ánimo sin siquiera proponérselo.
Algo parecido al efecto que Prímula Brandigamo solía tener sobre él.
Bilbo sacudió la cabeza, en un mero intento de apartar la imagen de la hobbit de su mente, y se centró en la carta que ahora tenía en sus manos, cuyo nombre y dirección estaba escrita con cuidada caligrafía en la parte central del sobre. El hobbit se apartó un par de rizos castaños que habían caído sobre sus ojos, dificultándole la visión, y giró el sobre para poder leer el nombre del remitente de la misiva. Lo que leyó no hizo que Prímula desapareciera de su mente, sino que volviera aún con más fuerza.
El remitente de la carta firmaba como Frodo Bolsón y Brandigamo.
El hobbit apenas pudo sentir cómo se le secaba la garganta al instante y tampoco cómo sus ojos comenzaban a producir una leve irritación. Murmuró una palabra de agradecimiento al joven Boffin Tallabuena, a pesar de que hacía ya unos instantes que el muchacho se había marchado, y volvió a entrar apresuradamente en Bolsón Cerrado, cerrando la puerta principal tras de sí. Gandalf ya se había levantado y estaba examinando con detenimiento uno de los viejos mapas que Bilbo había esparcido sobre la mesa del comedor principal, pero Bilbo no pareció siquiera percatarse de su presencia, ya que atravesó el pasillo a paso ligero hasta llegar a la habitación que tenía dedicada a su estudio, donde examinaba mapas y trazaba rutas que seguir en su futuro viaje.
No esperaba una carta de Frodo y, mientras buscaba por el escritorio su fino abrecartas, por la mente de Bilbo comenzaron a pasar todo tipo de malos presentamientos: quizás se hubiera puesto enfermo, o se hubiera caído jugando con sus primos... Peor aún, puede que algo malo le hubiera sucedido a su abuela o que sus tías ya no querían seguir haciéndose cargo de él. Al ver que el dichoso abrecartas no aparecía, Bilbo tomó asiento y abrió la carta lo más cuidadosamente que pudo, dentro de la prisa que tenía por leer aquella carta. Extrajo los finos papeles que había en su interior, tres exactamente, escritos por ambas caras, y Bilbo tomó aire ante de empezar a leerlos con suma atención.
Gandalf permanecía sentado junto a la chimenea de Bolsón Cerrado, que él mismo se había encargado de encender, dado que el anfitrión de la morada llevaba recluido en su estudio cerca de una hora. Podría haber llamado a su puerta, pero Gandalf, en esa sabiduría infinita que sólo dan los largos años de vida – y en el caso del mago, eran más que muchos -, sabía que era mejor dejarle solo por aquel momento y dejar que su amigo acudiera a él si sentía que necesitaba hacerlo. Éste no se hizo esperar mucho, ya que se escuchó el ruido de una puerta abrirse y cerrarse tras de sí: a Gandalf sólo le bastaba echar una leve mirada por encima de su hombro para ver al hobbit Bilbo Bolsón.
- ¿Y bien, viejo amigo? - habló el mago con voz cálida y amable. - ¿Marcha todo bien?
A Bilbo le costó un par de segundos volver a poner los pies en la tierra y asintió torpemente a las preguntas del mago.
- Todo bien... - contestó Bilbo, tomando una silla y colocándola junto al fuego, enfrente de la de Gandalf. - Al menos, todo lo bien que pueden ir dadas las circunstancias...
Una vez más, Gandalf no le exigió ningún tipo de explicaciones a sus vagas respuestas, pero, con la mirada perdida en el fuego que hacía crepitar la leña en la chimenea, Bilbo empezó a hablar, poco a poco, a contar todo lo que había sucedido desde aquel día de primavera en el que nada parecía que pudiera ir mal hasta esa última mirada de ese muchacho del que parecían huir todos sus familiares. Incluso él mismo. Habló durante mucho tiempo, desahogándose de todo lo que había pensado, sentido o vivido las últimas semanas. Cuando hubo terminado, se produjo una pausa.
- ¿Alguna vez te he mencionado, Bilbo Bolsón, cuál creo que es tu mejor virtud? - habló el viejo mago, haciendo que el hobbit volviera el rostro hacia él.
El hobbit esbozó una media sonrisa: no tenía ni idea de lo que podía pasar por la cabeza del mago, pero le confortaba saber que tenía ante él al anciano que había visto en él, años atrás, algo más que un hobbit acomodado en su vida rutinaria y atemorizado de lo que pudiera existiera más allá de los límites de La Comarca. En aquella ocasión, el mago había visto su corazón y en esos instantes parecía estar haciendo lo mismo.
- ...¿Que no hay quien iguale mis buñuelos de vainilla? - bromeó Bilbo con una triste sonrisa.
Gandalf rió y asintió con la cabeza, como dando la razón al buen hobbit, pero pasados unos instantes volvió a hablarle, de modo amable pero firme al mismo tiempo.
- Tu compasión, querido amigo, tu corazón. - dijo el mago, bajo la atenta mirada del hobbit, quien negó con la cabeza en señal de modestia. - Sí, Bilbo, siempre he creído, y créeme que no me equivoco, que tu caridad ha determinado el destino de muchos... ¿Recuerdas a la criatura Gollum? Muchos en tu lugar hubieran acabado con su vida sin apenas pensarlo dos veces: es un ser ruin y miserable, pero terriblemente desdichado... Tú le mostraste piedad y es por eso que aún vive... No subestimes lo que eres, Bilbo Bolsón, no subestimes nunca a tu corazón...
- ¿Qué intentas decirme con todo esto? - quiso saber el hobbit, algo confundido por las palabras del anciano.
- Lo que le ha ocurrido al muchacho es horrible, terrible... - siguió hablando Gandalf, mientras sostenía su pipa de fumar. - Como también lo es el abandono que está viviendo ahora, pero no es tu responsabilidad, querido amigo, no es algo que te concierna...
El hobbit se irguió ante las palabras del mago: ¿cómo podía decir algo así? Claro que Bilbo no era uno de los familiares más directos de Frodo, que no tenía ni voz ni voto en el presente ni tampoco en el futuro del huérfano de Drogo y Prímula, pero... ¿Eso era todo? Si alguien no estaba haciendo lo que era su deber, si alguien estaba abandonando a aquel chiquillo sin esperanzas... ¿Sólo debían aceptarlo sin más, debían cerrar los ojos y hacer como si no ocurriera nada? Bilbo no pudo evitar pensar que el mundo sería un lugar muy cruel si todos sus habitantes pensaran así.
- ¿No lo es? - preguntó Bilbo retóricamente, como reproche a las palabras del mago.
- A menos que tú sientas que así lo es... - respondió el mago. - Pero recuerda lo que he dicho de tu compasión, querido Bilbo: ésa es una virtud inherente en tí y que te convierte en el hobbit que tú eres y del que me alegro de poder llamar amigo desde hace muchos años, pero no confundas la compasión con el verdadero afecto. Ambos sentimientos suelen ir parejos pero en ocasiones es necesario saber discernirlos bien: bastante lástima debe de haber inspirado ya el niño en su entorno y lo que necesita para poder empezar a vivir de nuevo no es la compasión de la gente, sino una familia y un lugar al que pueda llamar su hogar...
El hobbit no respondió a las palabras del mago, sino que le sostuvo la mirada durante unos instantes más antes de girar el rostro hacia la lumbre del hogar, visiblemente desanimado. No sentía que desentenderse del asunto fuera el mejor modo de actuar – eso ya lo estaban haciendo muy bien el resto de la familia -, pero también sabía que no era una decisión que se debiera tomar a la ligera. Las palabras de Gandalf habían sido muy acertadas: lo que Frodo Bolsón necesitaba era una familia, el único problema es que su familia parecía demasiado ocupada en otros menesteres como para atender al niño como era debido.
En esos terrenos, Bilbo se sentía realmente torpe e inexperto: nunca se había casado ni había sentido necesidad de hacerlo tras volver de la Montaña Solitaria y el trato que tenía con los niños podía reducirse muy bien a su papel de cuentacuentos en sus fiestas de cumpleaños y las lecciones que daba al pequeño Sam Gamyi. Además, él llevaba muchos meses planeando su último viaje hacia las tierras de los elfos, lo único que había logrado motivar su corazón en medio de la vida cómoda pero rutinaria de un hobbit... Pero mentiría si dijera que, desde que regresó de Casa Brandi, había dedicado más tiempo a reflexionar sobre su viaje que sobre la situación precaria de Frodo Bolsón.
- Nadie dijo que fuera una decisión de fácil resolución, amigo mío... - murmuró Gandalf. - Es más, en tu caso, si todo fuera como debiera ser, no debía ni existir tal dilema... Pero te mueve el corazón y es él quien debe tener la última palabra. Pero no dejes que sea una decisión tomada de la noche a la mañana, evalúa todo lo que te ronda por la cabeza... Me temo que no voy a poder ayudarte más en este asunto, Bilbo Bolsón, después de todo, no es tan sencillo como traer a trece enanos para convencerte de que te embarques en una peligrosa aventura de la que es muy probable que no regreses jamás...
Bilbo esbozó una sonrisa y volvió el rostro hacia el mago, quien tenía en la mirada ese brillo de picardía que solía tener cada vez que gastaba una broma de las suyas. Agradecía haber podido hablar con Gandalf de aquello: le había preocupado durante mucho tiempo y el no poder hablarlo con nadie – salvo muy por encima con Hamfast Gamyi – le había hecho más mal que bien.
