Hello! Aquí va el siguiente capítulo. Esta vez la espera ha sido muy breve. Que lo disfrutéis! :)))
Gracias por leer y por los comentarios! Sois los mejores! :)))))
"La guarida del mal"
Escrito por Rikku Burnside
Capítulo 10: Túre (Poder)
INSTALACIONES DEL FUERTE PRINCIPAL, 12:10.
/-/
Por fin había llegado. El pasillo B7 de celdas del fuerte Principal. Ahí estaba lo que había venido a buscar…
Albert Wesker observó el llavero. Nada menos que 25 llaves, una para cada celda de ese pasillo. Cada una con un color y un número. Separó la 15 roja.
¡Click, clack!
La puerta estaba abierta. Podía ver perfectamente en el interior totalmente oscuro de la celda, y pensó lo útil que era aquella habilidad que el G-virus le había ayudado a poseer…
En una esquina de la celda se encontraba una persona, la traidora… Estaba apoyada contra la pared hecha un ovillo, aparentemente sedada o inconsciente. Eso facilitaría las cosas…
Se acercó y arrodilló junto a ella, mirándola con una lástima fingida.
- Si hubieras seguido de mi lado… Ahora serías muy poderosa; igual que yo… - dijo mientras le levantaba la cara del mentón.
Ada Wong no contestó ni se movió.
Wesker debía reconocer que la traidora tenía una belleza incomparable, aunque no era algo que le interesase demasiado. Los sentimientos y las relaciones interpersonales no eran lo suyo. Sólo había mantenido una relación sentimental con una mujer una vez en su vida, por la que podría decir que había llegado a sentir aquello que el resto de los mortales denominaba amor, pero pronto comprobó que lo que realmente anhelaba en la vida no era eso. No era el amor, ni tener una bonita casa en el campo, con una mujer, dos niños y un perro corriendo en el jardín. No, sus aspiraciones eran más elevadas.
- Bueno, como supongo que estas palabras son en vano – continuó diciéndole a Ada-, cogeré lo que hace tiempo debió pertenecerme. Si no te importa…
Wesker comenzó a registrar el cuerpo de Ada, en busca del pequeño vial que sabía que debía de esconder en algún lugar de su refinada figura.
- ¿Qué es lo que crees que estás haciendo? – dijo de pronto Ada.
Wesker sonrió, aún más satisfecho ahora que sabía que Ada iba a presenciar cómo le arrebataba la muestra. Sería la primera persona en enterarse de su glorioso plan antes de terminar con su vida.
- No se toca a una dama sin su permiso – continuó Ada, con toda la frialdad que pudo. No podía ver con claridad dónde estaba Wesker, y eso era claramente una desventaja para ella. Instintivamente, cerró los ojos y se concentró en lo que oía. Parecía que su sentido del oído había aumentado por mil su sensibilidad. Quizá al fin y al cabo el G-Virus tenía algo positivo, pensó irónicamente.
- No tenía la menor intención de hacerlo. Vuestros placeres mortales me son innecesarios – contestó Albert Wesker sonriendo e incorporándose-. Y ahora, ¡dame la muestra!
- Ya te dije que no la tengo – le contestó Ada con desprecio. Se levantó y se colocó contra la pared, concentrándose en detectar cada sonido proveniente de su enemigo.
- No juegues conmigo, guapa – le espetó Wesker.
Ada sintió que una ola de aire y un silbido se acercaban a la velocidad del rayo hacia ella y, siguiendo sus instintos, se apartó instantáneamente del lugar de impacto. Wesker hundió el puño en la pared de la celda, y sonrió de nuevo mientras se giraba para buscar a su presa.
- Veo que el virus está dando sus frutos en tu organismo. ¿Qué ha hecho en ti? ¿Mejorar tu concentración, tus sentidos…? ¿Quizá te ha otorgado el poder de la premonición? – preguntó retóricamente Albert Wesker-. Esto se va a poner interesante… Por fin un rival digno de enfrentar.
- Todo gracias a ti – contestó Ada irónicamente, mientras lanzaba una patada hacia el pecho de Wesker, quién no pareció sentir dolor alguno por el impacto. En cambio, agarró su pierna y la lanzó violentamente contra una de las paredes laterales de la celda.
- De nada. Fue un placer salvarte la vida para podértela volver a quitar ahora con mis propias manos – le contestó tranquilamente, como si el comentario no tuviera nada de maldad, mientras Ada se retorcía de dolor en el suelo, aturdida-. Pero antes, recuperaré lo que es mío, si no te importa.
/-/
El cabo Brave no había dejado de meditar melancólicamente sobre su pasado en las últimas horas, y no sabía muy bien por qué. Mientras patrullaba los pasillos del fuerte Principal, se preguntó si lo que ocurría es que lo echaba de menos. Aquellas misiones de locura liderando el equipo Omega, sus compañeros… ¿Cómo podía echar de menos todos los peligros a los que habían estado expuestos?
Como si estar en una isla remota en la que se realizan experimentos secretos no fuera arriesgado también…, le dijo instantáneamente su conciencia.
Desconocía lo que realmente se llevaba a cabo en las instalaciones científicas de la isla, pero sabía que no era nada bueno ni honorable. Les ocultaban la mayor parte de la información, quién sabe si por su propia seguridad o por la de los jefazos que estaban por encima de ellos. Existía un enorme ocultismo sobre cada acción que se llevaba a cabo en la pequeña superficie de la isla de Rockfort, incluida la identidad de la mayoría de los prisioneros que llegaban a las celdas de los fuertes que él mismo había patrullado en innumerables ocasiones. Sin ir más lejos, los últimos cuatro individuos que habían traído. Tan sólo sabía que eran un hombre y tres mujeres, y que la que había intentado escapar se llamaba Claire Redfield, un nombre que no le decía nada.
Se preguntó de pronto qué demonios hacía ahí si él mismo era consciente que lo que se tramaba en la isla no era nada bondadoso. A veces trabajar como militar exigía llevar a cabo trabajos que no terminaban de coincidir con los principios morales de cada uno. Y menos cuando se era miembro del pequeño ejército personal de una multinacional farmacéutica. Nunca había llegado a entender por qué una empresa de ese tipo habría necesitado militares para respaldar sus acciones, pero años atrás le habían ofrecido lo que en la Academia Militar no había conseguido obtener: liderar un grupo de fuerzas especiales y poder demostrar sus habilidades. Quizá ahora era lo que tocaba: realizar un trabajo no tan agradable. Todo tenía un precio.
Suspiró y se apoyó contra una de las paredes del pasillo. Ya estaba harto de dar vueltas por aquellos pasillos en penumbra. Resultaba irónico pensar que siendo mediodía tuviese que estar soportando horas de oscuridad en aquellas naves.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando escuchó algo que nunca hubiera esperado. Los sonidos de un forcejeo. ¿Cómo podía ser posible, si todos los prisioneros estaban alojados individualmente?
Alarmado, corrió hacia el lugar del que provenía el sonido. Al llegar allí, los ruidos cesaron de repente, y alguien salió de la celda número 15 del pasillo B7. Ya le había visto antes. Era Albert Wesker. Nunca llegó a saber qué rango militar tenía, porque era un tipo muy peculiar, si es que se le podía llamar así, y siempre rechazaba llevar ninguna clase de atuendo militar, y mucho menos un distintivo que mostrase el rango que poseía. Parecía que iba por libre, y un aura muy extraña rodeaba su ser. Lo podía sentir cada vez que se cruzaba con él, como hacía unas horas.
Ray se acercó a Wesker con cautela.
- Perdón, señor – dijo tras cuadrarse frente a él-. ¿Le ha pasado algo?
Albert Wesker se volvió violentamente hacia él y entonces pudo ver sus magulladuras. Parecía que le habían golpeado por todas partes, pero no mostraba mueca alguna de dolor ni cansancio, sólo podía ver odio en su cara. Ray se quedó atónito, pero no se movió ni articuló palabra, esperando su contestación.
- Retírese, cabo – espetó Wesker.
- Como usted mande, señor – acató Ray, aunque en contra de su voluntad. Saludó y se retiró de nuevo hacia el lugar del que había venido, caminando con toda la normalidad de que fue capaz. Sintió la mirada helada de Wesker observarle mientras se alejaba de él, y no se detuvo hasta que estuvo seguro de que había dejado de seguirle con la mirada. Se quedó en una esquina apostado, intentando averiguar qué era lo que tramaba ese tipo tan extraño. Sabía que era su superior, pero sospechaba que lo que estaba haciendo estaba mal. Algo no andaba bien.
Vio cómo Wesker levantaba un pequeño tubo y lo observaba con detenimiento. Después, miró durante un segundo al interior de la celda abierta, sonrió, y se alejó, dejándola completamente abierta.
¿Qué demonios…?, pensó Ray alarmado.
Cuando Albert Wesker desapareció por completo entre las sombras, Ray se acercó cautelosamente hacia la puerta abierta de la celda. Escuchó un gemido proveniente del interior, y un murmullo ininteligible. Sacó el arma que llevaba enfundada en su cinturón y se asomó por el borde de la puerta.
Dentro de la celda estaba uno de los prisioneros que habían traído a la isla esa misma mañana. Quizá era peligroso. No podía distinguir si se trataba del hombre o de una de las mujeres, ya que la persona parecía estar apoyada contra la pared, en la esquina oscura de la celda.
Encendió la pequeña linterna que llevaba consigo y apuntó en la dirección en la que se oían los gemidos, revelando a una mujer. Estaba apoyada contra la pared, agarrándose el abdomen en un claro gesto de dolor, con magulladuras por los brazos y un hilo de sangre recorriéndole la barbilla. La mujer se limpió la sangre con el puño, y levantó la vista en dirección a la fuente de luz, con mirada desafiante.
- ¿Quién eres tú? – comenzó a decir en tono elevado-. ¿También quieres el virus? Pues creo que te has equivocado de persona.
Y tras decir eso, se incorporó por completo, adoptando una aptitud todavía más ofensiva, haciendo caso omiso al arma que todavía le apuntaba.
Ray no entendía nada. ¿Virus? Intuía que Albert Wesker se llevaba algo entre manos, pero tampoco sabía qué podía esperar ni creer de una de las prisioneras. ¿Y por qué demonios traían a esa gente a las instalaciones? ¿Acaso de repente se habían convertido en una especie de beneficencia para presos? Había escuchado comentarios horripilantes sobre el uso que se le daba a las personas que llegaban a la isla, que así como aparecían, no volvía a saberse nada más de ellas. Pero eso no eran más que leyendas urbanas… ¿No? ¿Por qué de repente se hacía esas preguntas?
Un segundo después, se arrepintió de haber bajado la guardia durante un momento, ya que la joven se abalanzó contra él. En el intento por arrebatarle el arma, ambos cayeron al suelo, y rodaron forcejeando por hacerse con el control de la misma. Finalmente, el cabo Brave inmovilizó a la mujer, y fue cuando la sorpresa lo dejó sin palabras. Mientras la joven intentaba liberarse de la llave a la que estaba sometida, sin percatarse de quién era su ejecutor, Ray reconoció a la perfección a la prisionera.
- ¿Ada?
Ray sintió que Ada disminuía la fuerza con la que sujetaba sus brazos, y vio cómo suavizaba los rasgos de su cara y abría los ojos, mirándole con perplejidad.
- ¿Quién eres tú? – le preguntó con tono sereno, sintiéndose como si acabase de ver a un fantasma. El fantasma de una persona que había desaparecido hacía años de su vida.
- Soy Ray. ¿Te acuerdas de mí? – le preguntó todavía con gesto serio. Realmente no podía creer tener a la persona que tenía frente a él, y menos en aquel lugar y en aquellas circunstancias.
Ada se quedó mirándole sin decir ni una palabra, escudriñando cada centímetro de su cara. Quería creerle. Quería creer que el hombre fornido, con barba de tres días y mirada cansada era el mismo Ray Brave con el que había compartido tantos momentos hacía años, pero le costaba aceptar que el azar hubiese hecho que sus caminos se cruzaran fortuitamente de aquella manera, sobre todo teniendo en cuenta que no había sabido nada de su paradero en años.
- "Allá vamos, la dama y el vagamundos…" - dijo de pronto Ray.
Ada salió repentinamente de su trance al escuchar aquella frase. Era algo que solía repetir una y otra vez Ray, mientras sonreía, cuando iban a salir en una misión, haciendo alusión a que todos los hombres que conocían a Ada Wong, quedaban maravillados al conocer en qué trabajaba – y eso que sólo conocían lo justo- , ya que sus delicados y bellos rasgos, y su esbelta figura nunca lo habrían delatado. Sin embargo, todo el mundo en la corporación sabía que Ada era una mujer de armas tomar, y que su aspecto angelical la hacía todavía más perfecta en su trabajo como espía. Ray en cambio era un tipo rudo, robusto, que vagaba por la vida sin rumbo, obligado a no poder establecerse en ningún lugar, ni mucho menos pensar en sentar cabeza y formar una familia. De ahí el término de "vagamundos". No es que la vida de Ada Wong fuese mucho más tranquila que la de él, pero desde luego su físico parecía transmitir algo claramente distinto al mundo externo que el suyo.
- Ray… - dijo Ada medio susurrando, como si hablase para sí misma.
El joven sonrió levemente y se levantó de la posición de bloqueo sobre Ada, ofreciéndole una mano para ayudarla a levantarse. Ambos se incorporaron. Ada seguía perpleja, mirando hipnotizada la mano alrededor de la suya. Sin mediar ni una palabra más, se acercó a Ray y pasó su brazo libre por encima de sus hombros, abrazándole. Ray le devolvió el abrazo. Ninguno de los dos sabía muy bien qué decir ni cómo sentirse, pero supusieron que ese abrazo ya era algo.
- Creo que tienes mucho que explicarme – le dijo Ray sin romper el abrazo.
- Lo mismo digo… - contestó suavemente Ada, con la voz ahogada por el hombro de su viejo amigo. De pronto se sentía muy cansada, pero a la vez aliviada, como si hubiese encontrado un pequeño oasis del cielo en medio del desierto del infierno.
/-/
Albert Wesker se sentía pletórico. Su misión estaba prácticamente cumplida. Tenía la muestra del G-Virus. Ahora sólo tenía que conseguir una del reciente virus T-Verónica, y destruir toda la base.
Pensó que desatar el caos en las instalaciones sería la oportunidad perfecta para conseguir la otra muestra sin ni siquiera despeinarse, y tampoco le desagradaba la idea de ver unas cuantas de esas criaturillas correteando y haciendo de las suyas por la isla. Todas le parecían igual de repugnantes e inútiles, aunque no podía negar el posible potencial de alguna de ellas. Sin embargo, estaba seguro de que el verdadero heredero del poder que podían otorgar los virus desarrollados hasta el momento por Umbrella era el ser humano, concretamente, él.
El laboratorio de la superficie estaba totalmente desierto, algo normal considerando que todo el equipo científico estaba centrando sus esfuerzos en monitorizar a Alexia Ashford y a aquella niña, Sherry Birkin, en los laboratorios subterráneos de la isla.
Olía terriblemente fuerte a productos químicos de toda clase, y frunció la nariz en un gesto de disgusto. Se sorprendió al darse cuenta de que, pese a su reciente pasado como brillante científico, ya había olvidado lo que era el ambiente en un laboratorio. O quizá el virus había aumentado tanto su sentido del olfato que aquellos aromas se le antojaban inaguantables.
Avanzó rápidamente por el pasillo que formaban las dos hileras de mesas de pruebas y experimentación, y se acercó a una enorme puerta blindada al fondo del laboratorio. A su derecha figuraba un cartel en el que podía leerse "B.O.W", junto con el símbolo de peligro biológico, y una advertencia de que sólo el personal autorizado podía acceder a esa sala.
Pasó su tarjeta por el lector, y la puerta emitió un sonido electrónico antes de comenzar a abrirse. Frente a él aparecieron seis filas de cápsulas de criogenización, cada una de ellas manteniendo en latencia a una de las creaciones de la compañía. Cerberus, Bandersnatches, Albinoids, Tyrants, e incluso un nuevo Nemesis mejorado, figuraban entre el ejército de armas biológicas criogenizadas de la sala.
Albert Wesker se alejó de las enormes cápsulas, y se dirigió al panel principal de control de la sala. Accedió al ordenador y dio la orden de descongelar y reanimar a las criaturas. Tras ello, comenzó a caminar hacia la puerta de salida, ajustándose las gafas de sol a la cara, y dejando en la pantalla del ordenador un cartel parpadeante.
"Atención. Peligro crítico"
Wesker, y su forma elegante de ser el malo! XDDD. Al próximo capi vuelvo con Chris y el resto de la banda! R&R! Gracias! :))))))).
