Capítulo XI:

"Un cigarrillo, un día de vida"


Las razones y lo que podemos creer antes de abrir los ojos muchas veces pierden sentido, o se muestran faltos de significado; poco precisos. La luz de la verdad muchas veces puede ser abrumadora, puede cegar brevemente ante su propia fuerza.

Cambia por completo la manera en la que sentimos el mundo, la forma en la que reaccionamos al experimentar todo tipo de estímulos. Las perspectivas cambian, los ideales evolucionan, la voluntad se transforma, y nuestros instintos colapsan.


Su mente se concentraba únicamente en la figura imaginaria que recorría su mente. Las suaves olas que siempre había sido causa de su fascinación; su mente recreaba aquellos fugaces recuerdos de su infancia, la única vez en su vida que había visto el Gran Mar. Aquella sensación de inmensidad, la belleza de aquellos colores en la noche; la fuerza de la marea avivada por la luna siempre le había infundido un respeto tan profundo como las misma anchura de aquellas aguas. Temor, y fascinación; un dúo excitante de sensaciones que al parecer siempre iban tomados de la mano.

Zelda se cuestionó a sí misma el estado inmediato de su psique en ese preciso instante. En un inicio había seguido las muy claras especificaciones de Impa para el ejercicio de meditación; el propósito de todo era controlar aquel fenómeno con el que surgía la conjuración de la energía interior, los procesos que los versados llamaban biológicos, del cual surgía la vida misma; la respiración. Acatando los dictámenes de aquellos ejercicios que la llevarían a dominar lo que existía dentro de ella, Zelda comenzó formando aquella figura del Gran Mar inspirado por sus propios recuerdos infantiles, para así tratar de controlar el ritmo propio de su respiración, usando como diapasón al constante, intenso pero al mismo tiempo rítmico movimiento de las olas acariciando la superficie blanca de las arenas. Debía adentrar su respiración en aquel estado rítmico con tal de tener un dominio sobre él, y en consecuencia regular otros de sus signos vitales, tales como el latido de su corazón.

Una vez que lograra mantener su respiración bajo control, aquella acción debía convertirse en algo instantáneo, inherente de sí. Debía desarraigar de su mente todo pensamiento, todo estimulo, cualquier orden a su sistema nervioso, y permitir que fuera su propio cuerpo el que se sostuviera con vida, que su respiración se convirtiera en algo más que una simple contracción de su diafragma de forma instantánea e inconsciente. Debía convertirse en la mismísima fuente de su propia existencia, y el alimento de su alma.

Estaba logrando aquello, había alcanzado aquel abstracto estado mental que se caracterizaba por una calma interior, no una paz obstinada, sino una disposición a no permitir que lo que la rodeaba no alterara su propio estado de quietud. Era difícil mantener su inquieta mente bajo la mesura de su nueva disposición, y aun así lo había logrado tras muchos intentos, sesiones cortas, recomendaciones escuetas de Impa, y de mucho esfuerzo para lograr domar su propia impaciencia y sed de respuestas inmediatas.

Tras días de sesiones paulatinamente más prolongadas entre recesos de calma, el dominio de Zelda sobre su propia respiración iba progresando, logrando también regular el ritmo de sus latidos cardiacos, acercándose poco a poco a la meta de controlar en primera estancia su cuerpo físico a través de los procesos naturales que lo conectaban con su existencia astral.

Aquel día el propósito de la sesión era entrar a aquel estado de calma, y mantenerse durante al menos cuatro horas, y así conectar con cada vez más lucidez con ese umbral entre lo material y espiritual. Impa había encendido una vela en el centro, en donde Zelda, Ravio, Hilda y Lana se encontraban tendidos con la espalda contra el suelo, indicándoles que debían iniciar con la meditación marcando el ritmo de su respiración con el suave danzar de la diminuta lengua de fuego.

Ahí en el suelo, en la frialdad de la superficie de piedra lisa en la que estaba acostada, sus ojos abrazados por sus parpados cerrados apuntaban directamente hacia la claridad del cielo, la fuente de la luz matutina, aquella fuerza con la que tendría que lidiar, para así controlar aquel intenso dolor que sentía en sus ojos de forma recurrente. La luz iluminaba sus rubias pestañas, pero tras días de lento progreso había alcanzado ese estado de auto-control necesario para mantenerse abstraída de lo que la rodeaba, incluso de algo tras etéreo y presente en cada aspecto de la existencia como la luz.

Luego de cerca de la segunda hora fue cuando su inquieta menta no pudo resistirse a ceder al menos a aquellos gratificantes recuerdos, camuflando ese ruido de su mente con la tranquilidad que le inspiraba. Resignada abrió el jade de sus ojos al descubrirse a sí misma indagando en el pasado e interrumpiendo esa armonía y silencio de su interior que tanto le había costado mantener durante ese extenso tiempo, notando que había fallado en el intento.

—Comienza de nuevo—estipuló la firme voz de Impa, haciendo que Zelda se regañara a sí misma por lo difícil que se le hacía concentrarse sencillamente en el efecto de su respiración, el nexo de entre lo material e inmaterial, entre lo que conocía y desconocía.


Todo era totalmente nuevo para ella, y fue en ese momento cuando se puso a meditar en un hecho que le generaba una sensación agria, pero no precisamente dolorosa; simplemente la hacía sentir en cierta forma hueca, diminuta y también con una ausencia de visión propia. Prácticamente lo había perdido todo, lo poco que se había llevado consigo al dejar aquella vida como monarca. En su huida del palacio la alforja que había llevado consigo cargaba con sus escasas posesiones, pero las suficientes para que una parte de su identidad estuviera ahí dentro. Aquellos objetos, aunque pocos, eran las únicas que siempre le habían pertenecido, y de las cuales jamás se podría despegar. El libro preferido de Zylia, su block de bocetos y aquel maltrecho álbum de luminografías de ambas; las plumas de fuente caligráficas que usaban, un peluche de zorro hyliano que había tejido en crochet para su hermana, y los anteojos de lectura que Zelda siempre necesitaría para descansar su débil enfoque visual.

Según Impa, todo aquello, lo poco que había quedado dentro de la casita en la que se hospedaba Zelda en Lanayru se había consumido en el fuego del incendio, y barrido por completo con la avalancha ocasionada por el ataque de los demonios. Aquella respuesta inmediata aunque ligeramente apenada de la sheikah causó una sensación de melancolía en Zelda, agachando el semblante al darse cuenta que todo lo que alguna vez la conectaba con su pasado ya no existía.

Sonrió con amargura en la soledad de aquella alcoba que estaba tan vacío como ella. Se acercó al único reflejo que había en el lugar para verse a sí misma luego de tanto tiempo, luego de tantos días y de tantas vivencias que marcarían un antes y un después en su propia existencia. Tenía miedo de contemplarse, pero debía hacerlo; debía enfrentarlo. Fue abrumador contemplar un rostro y una expresión que era casi irreconocible para ella misma; su semblante tenía un brillo atenuante, y sus ojos de jade se observaban más profundos. Suspiró con un gimoteo contenido al observar con mayor detenimiento su cabello corto, con mechones desproporcionados y de puntas deshechas por el corte abrasivo de aquella arma que cercenó mechón por mechón la caballera que había cuidado con dedicación durante toda su vida, y que por tradición, jamás había tocado el filo de una tijera más que para renovar las puntas partidas.

Frunció el ceño de forma marcada, sintiéndose en cierto sentido humillada por aquel acto que quisiera o no admitirlo, le había salvado la vida. Se convenció con aquel razonamiento objetivo; las circunstancias que precedían a ese presente carecían de relevancia, y si estaba con vida, si había salido de los brazos de la muerte antes de entrar en ese infinito foso, era por algo.

De nuevo se sintió así, sin identidad, ni nombre. No solo había perdido todo lo que la enlazaba con su identidad como Zelda Harkinian; su rostro, su esencia y su manera de percibir cada factor que estimulaban sus sentidos parecía también haber cambiado por completo. Su cuerpo se encontraba ahora marcado. Deslizar la tela del batín que vestía para desnudar su torso fue sencillo, liberando la nívea piel de sus tórax moldeada por curvas, de esternón marcado por su delgadez, sus pechos de aureolas prácticamente tan blancas como el resto de su piel. Su atención se desvió en un detalle en particular; mirando por milésima vez lo que había quedado como indicio de la grave lesión que ya había sanado por completo. Observarlo desde el ángulo de un reflejo le permitía detallar con un ojo crítico y experimentado aquella marca que no dejaba de causarle fascinación al no poder entender aún del todo cómo había sido posible esa restauración que solo se le podía considerar como milagro; y aunque le daba fascinación observarla, también le generaba grima, al haber experimentado por primera vez en su vida una herida de tal gravedad. Ese era uno de los tantos detalles que cambiaban por completo su cuerpo, aquel que creía conocer hasta ese momento.

Desvió la mirada de su reflejo para observar con mayor detenimiento el dorso de sus manos en donde resaltaban aquellos diseños impregnados en su piel, que al igual que mucho de lo que la había marcado en ese corto trayecto de acontecimientos, aquello la acompañaría durante lo que quedaba de vida. El diseño del dragón se veía ligeramente traslúcido, como si fuera un invierno perdiendo poco a poco las fuerzas; el delineado se veía difuso y frágil.

No obstante, el que le generaba más recelo era el de la Trifuerza de la Sabiduría en el dorso de su mano derecha. Pensar en la implicación de aquello le generaba una sensación de vacío en su estómago, al conocer por encima la leyenda de la creación de Hyrule. O eso era lo que quería hacerse creer a sí misma, porque en realidad conocía a la perfección aquel conjunto de versos que era considerado la leyenda de las leyendas; su memoria eidética era en muchas ocasiones una cruel maldición, en esos momentos en los que deseaba desconocer aquellas cosas que podían esclavizarla.

Aquello era lo que inundaba su mente al momento en el que tomó la delgada tela de gaza que le había dado Impa, y con lentitud comenzó a envolver sus antebrazos y manos hasta sus nudillos, cubriendo ambas marcas. Eran cambios, circunstancias a los que no tenía más opción que adaptarse a la fuerza, pero hasta entonces, prefería tapar aquello mientras que paulatinamente se acostumbraba al hecho de que su cuerpo ahora completamente diferente a lo que siempre había estado acostumbrada a observar en el reflejo de los espejos. Recostada de lleno en el único mueble del lugar, comenzó a mirar sin prestar atención, concentrada en lo que sus dedos sentían mientras que rozaba su cuerpo, buscando las demás cicatrices que se había hecho en el incidente. Lo peor es que cada vez que curioseaba su piel con la yema de sus dedos, efectivamente encontraba una nueva marca. Pequeños bultos ásperos, y protuberancias alargadas e irregulares en su anatomía.

El tiempo parecía pasar con una lentitud ligeramente exasperante. Se sentía contrariada; durante cerca de dos años había estado rehuyendo de todo ser vivo, y ahora sentía cómo ese espíritu curioso resurgía dentro de ella. Quienes la hospedaban no solo eran personas excepcionales; eran misteriosas para ella, enigmas andantes que se encargaban de responder las preguntas inmediatas de la regente, cuando ella en realidad quería saber cosas que se le venía a su mente hiperactiva, y por cortesía callaba. Por primera vez en muchísimo tiempo, quería acercarse a alguien más que no fuera la profundidad densa de su subconsciente que la había mantenido con vida, pero que poco a poco había drenado su estabilidad mental.

En un impulso temerario, se levantó de casi un salto con una energía que no había experimentado en mucho tiempo, avivando esa débil llama que creía extinta dentro de ella. Volvió a acomodar su batín con tal de cubrir su busto, ajustando la cinta de su cintura para asegurarse que todo estuviera en su lugar. Con pasos ligeros casi como los de una liebre en la nieve, saltarines y silenciosos, Zelda llegó a la puerta de su habitación, donde se frenó en seco con la mano puesta en la manilla, reuniendo un poco más de coraje para abrirla por primera vez, sin que nadie estuviera llamándola desde el otro lado. Eran las preguntas sin respuestas –o respuestas sumamente ambiguas– las que la habían llevado hasta ahí, hasta ese lugar y momento.

Sí, le habían dicho que estaban en Neburia, la que las leyendas conocían como la cuna de la raza más pura de los Hylianos, el lugar en el que la Diosa Hylia había pisado por última vez el plano material antes de entregar su inmortal divinidad y dejar de existir como deidad el resto de la eternidad. Pero eso no respondía sus otras preguntas ¿Cómo era posible que aquel lugar aún existiera? ¿Qué posible explicación había tras el hecho de que una isla flotara en los cielos con un ecosistema y gravedad propia?

Sí, le habían dicho que estaba en una antiguo Monasterio en el que desde tiempos inmemoriales, de generación en generación, los siervos de la causa de Hylia seguían con su dictado de proteger la vida misma. ¿Pero desde cuándo existían? ¿Por qué todo aquello permanecía oculto del conocimiento de las personas comunes? ¿Por qué habían surgido dos mundos en uno mismo? Un lado con el conocimiento de la verdad, y el otro dormido en la oscuridad de la ignorancia en la que ella a duras penas estaba tratando de salir.

Esas eran unas de las pocas interrogantes que surgían a montones en su mente, y que finalmente la llevó a abrir esa puerta, para así encontrarse con el silencio de los pasillos.

Con el instinto de una presa, miró a cada lado asomando la cabeza, antes de comenzar a avanzar cruzada de brazos para entregarse a sí misma confort y calma. El camino era amplio, y la quietud era un poco misteriosa. Las armaduras que decoraban la cálida mansión abrieron sus bisagras con fuerza, cosa que hizo que Zelda sufriera un respingo. Ligeramente a la defensiva comenzó a caminar hacia el trayecto que ya conocía hacia los jardines, sin dejar de mirar aquellas armaduras poseídas, las cuales giraban sus yelmos para observarla alejarse de forma ligeramente tétrica, pero inofensiva. Solo eran almas de fallecidos que seguían andando por ahí, velando lo que conocían y creían suyo.

Acelerando ligeramente el paso de forma graciosa, Zelda cruzó por el pasillo a la derecha para así encontrarse con un segundo camino, de paredes carmín decorado con tallados de robles en las pares, y cuadros a cada lado. Hasta el techo era una obra de arte, alzándose a decenas de metros sobre su cabeza, decorado con obras de arte realista que lucían extremadamente antiguos, pero insufribles al pasar del tiempo. Los cuadros también estaban poseídos por pequeños espíritus que le daban movimientos a las escenas que las obras retrataban, simulando la situación con tal de bromear entre ellos. Ese era el espacio que más complacía a Zelda en su gusto artístico; las obras que se caracterizaban por esos colores exquisitos se veían bellamente iluminados por la luz natural que ingresaba por los inmensos ventanales que había a lo largo y ancho de lo poco que conocía de ese templo. En realidad, le daba curiosidad cuán grande podía ser ese lugar que la abrumaba con su tamaño, y sorprender a Zelda con la amplitud de una edificación era sumamente difícil, considerando que se había criado entre palacios arcaicos de Hyrule, los antiguos alcázares de Labrynna y los palacetes de lo que alguna vez fue el Reino de Cobble.

No podía salir de su asombro, ya que había podido reconocer algunas de las obras que eran descritas en muchos textos arcaicos como obras maestras perdidos o tal vez destruidos entre las guerras, pero en realidad estuvieron todo ese tiempo ahí, bien guardado en el cielo. Literalmente.

— ¿Está todo bien?—

La voz serena y vibrante de Izak interrumpió los pensamientos de Zelda, haciendo que la misma se sobresaltara ligeramente al no haber sentido en qué instante él se había acercado, pero ahí estaba a su lado. Desde el primer momento en el que tuvieron contacto como desconocidos en Lanayru, Izak le había parecido un individuo muy curioso para Zelda, y más en esos momentos que lo podía detallar con más detenimiento. En especial aquella apariencia jovial contemporánea con ella; tal vez un poco más joven que Zelda. Un poco.

Su mentón ovalado enmarcaba un rostro de piel tersa, nariz respingona, ojos ligeramente separados y pequeños, y un sedoso cabello azabache tan liso que se batía al más mínimo movimiento o corriente de aire. Sus orejas punteagudas eran tan afiladas como la punta de una flecha, al igual que sus pómulos sobresalían ligeramente. Era más alto de lo que lo recordaba, le sacaba al menos dos cabezas de alto. Aquello se sumaba el hecho de que sus escleróticas eran negras y sus irises resaltaban por el tono celeste claro; ese gesto gentil y dulce que siempre expresaba su rostro era el que evitaba que aquellos detalles fueran tétricos. Tenía casi todas las características físicas de un hyliano puro, si no fuera por el hecho de que su cabello era negro, y su estatura tan alta.

Zelda suspiró en silencio mientras que lo miraba a los ojos, con el semblante hacia arriba. No se había dado cuenta que estuvo conteniendo la respiración.

—Todo bien—aseguró ella por inercia con un asentimiento, apretando los labios mientras que jugueteaba con sus dedos detrás de la espalda, antes de bajar el rostro para seguir con su camino. Al momento en el que le pasó a un lado a Izak pudo notar que este venía con las manos llenas de varios libros de carátula gruesa y lomos envejecidos.

—Si buscas a la Maestra Impa, no está en estos momentos, surgió algo y tuvo que irse de inmediato con todos los demás…—dijo el guerrero que al igual que Zelda estaba vestido con un simple batín, sin nada en los pies. Aquellas palabras detuvieron a la rubia ya que precisamente era a la Sheikah a la que iba a buscar en los jardines. Se dio media vuelta, mirando a Izak con algo similar a un puchero que le hizo sonreír.

— ¿Te gustaría acompañarme? Quiero devolver estos libros a su lugar, y no quisiera estar sólo—

La petición casi suplicante de Izak la dejó en blanco, sin saber realmente cómo responder a aquello. Rara vez se quedaba en esa situación, sin nada que refutar, responder o argumentar. Pero en ese momento aquellas palabras lograron dejarla notablemente perpleja, titubeando sin dejar claro si le apetecía más rechazar que acceder.

La sonrisa gentil de Izak y su mirada inocente despejó sus dudas. Al parecer sencillamente estaba fastidiado del silencio, tal como ella. Aun así, siguió callada, mirándolo a los ojos como si siguiera decidiéndose.

—Tenemos una biblioteca ancestral… No te aburrirás ahí, lo prometo. Por favor—Izak insistió con una expresión similar a la de un niño pequeño. Aquello terminó por derrumbar el recelo de Zelda, ladeando ligeramente la comisura de su labio en una pequeña sonrisa. ¿Una biblioteca, de las personas que al parecer conocían los misterios de la existencia misma? Definitivamente ese era el cielo para Zelda.

Arrastrada por su propia curiosidad de la clase de libros que podría esconderse en esos estantes, e imaginando lo monumental que sería aquel espacio de códex, Zelda volvió con cautela sobre sus pasos para acercarse a Izak, dispuesta a acompañarlo.

—Le sigo, Maestro—respondió Zelda, sorprendiéndose a sí misma con el timbre tan fino que había salido de su garganta.

—Oh, no, ya… creo que no seré Maestro por un buen tiempo. Puedes llamarme simplemente Izak—corrigió a su acompañante sin molestia alguna, sabiendo que Impa le había especificado que él también le enseñaría en su camino de redescubrimiento. Izak regresó su mirada al frente para reanudar sus pasos que fueron seguidos a la par por Zelda, alegrándose de que al menos no estaría solo lo que quedaba de tarde; la soledad lo deprimía, y más aún el no tener a nadie con quien hablar de lo que fuera. Aquello captó la atención de la noble, quien lo miró de soslayo con algo de sorpresa, tratando de analizar en la medida de lo posible su lenguaje corporal. Parecía triste.

— ¿Por qué?—Las palabras estaban saliendo de su boca cuando se regañó a si misma por su impulsividad, pero ya estaba hecho; ya había dado el primer paso para indagar esa nueva situación. De todos los que había conocido en ese corto espacio de tiempo, solo Izak era quien le inspiraba de cierta forma un poco más de confianza sin entender por qué. Tal vez simplemente porque era con quien más había interactuado, contando el momento que se habían conocido en el altar de la Diosa Hylia del riachuelo cerca en la aldea de Lanayru.

Las risillas de los juguetones espíritus que poseían las estatuas de mármol y los suaves pasos descalzos del par eran los únicos sonidos apreciables en la tranquilidad de aquellos amplios pasillos del recinto sagrado. Izak meditó unos instantes al oír la respuesta, como si estuviera decidiendo si era prudente hablar del tema con Zelda. Fue ahí cuando cayó en cuentas de que en ese momento daba igual.

—Cometí insubordinación. Yo en realidad recibí órdenes directas, y las desobedecí—respondió Izak, titubeando entre las frases justo en el momento en el que llegaron al gran umbral de la biblioteca, la cual se abrió de par en par por sí sola. Aquello la sorprendió levemente, aunque inmediatamente cayó en cuentas de que aquello era mínimo comparado a los fenómenos que había presenciado. Iba a seguir explorando un poco más al respecto, pero lo que vio la interrumpió.

Ambos entraron directamente a la habitación, la cual se vio iluminada por las velas que se prendieron inmediatamente con un sencillo ademán de Izak, siendo la principal fuente de luz el candelabro arcaico que coronaba el centro de aquella biblioteca, con estantes tan altos que rozaban al techo, todos apuntando a la zona central de lugar. Pisos de mármol blanco, mesas y sillas de madera llenaban el vacío de ese espacio. Se oían una que otras voces de espíritus, ya que no estaba Lana para cumplir su función de bibliotecaria y mantener el lugar en silencio. No obstante con la presencia de Izak, los espectros guardaron silencio, escondiéndose todos en libros, estatuas, o algunas de las pinturas que estaban en el lugar.

Zelda miraba obnubilada aquella milenaria colección, que sobrepasaba por completo la expectativa que había tenido de aquel sitio. Literalmente, se sentía en un paraíso. Pero también estaba abrumada; como una niña que no sabía si tenía permiso de hacer lo que gustara.

—Siéntete en casa—Le dijo Izak con una sonrisa al ver esa mirada de súplica muda, como si pidiera aprobación. La respuesta produjo un extraño revoltijo de emociones en el interior de Zelda… Pero hizo a un lado aquello, fijándose en ese momento en la maravilla que tenía en frente. Caminando por reflejo involuntaria y con la mirada poco enfocada. De cierto modo, se sentía en otro mundo.

Podía observar desde los lomos los diferentes títulos que existían, tomos completos, colecciones, escritos antiguos, cantares en papel, registros. Había de todo, como si literalmente esa biblioteca guardara los secretos del mundo desde su origen; y efectivamente, así parecía ser.

El sitio era colosal, los estantes de decenas de metros de alto, repletos –ordenadamente– de una cantidad incalculable de libros desde un vistazo solo superficial.

Tenía tanto a su alcance que al mismo tiempo no tenía idea de dónde comenzar.

El sonido de Izak deslizando uno de los tomos para colocarlo en su lugar la alertó, notando que la carátula de ese en particular tenía un recubrimiento de cuero. Verlo de perfil le hizo recordar un instante de la persecución de los centaleones que aun la estaba atormentado, recuerdos momentáneos, una serie de imágenes que venían a ella como una ráfaga, inundándola de ansiedad y chocando directamente con su consciencia. Los recuerdos anteriores a ese día que despertó en el Monasterio estaban difusos, pero esos dejavus que estaba experimentado repentinamente hacía que recobrara de forma abrputa retazos de esas vivencias. Y fue en ese momento que pudo jurar que oía de nuevo los gritos de terror de los pueblerinos inocentes durante el ataque de los Centaleones, sintiéndose inundada de una fuerte migraña.

¿Los aldeanos…? —

La pregunta tomó desprevenido a Izak, quien desvió su mirada del libro que tenía en mano para observar a su acompañante con tal de entender a qué se refería. La observar los ojos ligeramente enrojecidos de Zelda le bastó para deducir lo que ella quería decir; su expresión era urgida, como si necesitara oír la respuesta, el cómo estaban aquellas personas tan nobles que huyeron por su vida. Aunque la repuesta que oiría fuera la que más temía, necesitaba saberlo sin importar qué.

—Todos están sanos y salvos, no hubo ningún herido de gravedad—respondió el azabache con la intensión de tranquilizar a Zelda, con una expresión conciliadora y calmada, mostrando que también él se había sentido aliviado por ese hecho.

La noble suspiró con un profundo bienestar, sintiéndose liberada de una carga en su consciencia; era liberador saber que no había muerto ninguna de esas hospitalarias personas que la habían acogido como parte de su familia. Aunque la respuesta le tranquilizaba, aun se sentía perturbada con los recuerdos breves e intensos de esas vivencias traumáticas, apoyándose en uno de los estantes para tratar de respirar con mayor normalidad. Sentía que sufriría otro de esos ataques de ansiedad, pero poco a poco lo pudo controlar con una respiración pausada, y la mente clara. Aun así, seguía con un tono de piel anémico.

—Menos mal…—

Aquello fue lo único que ella pudo murmurar más tranquila, costándole mantener la respiración en sus pulmones.

—Todo está bien. Ellos están a salvo. Tú estás a salvo—Izak se esforzaba con tal de ayudarla a estabilizarse; la tomó con cuidado del antebrazo, para que se apoyara en él en vez del estante, y orientarla con lentitud a una de las sillas que estaban rodeando la mesa de estudio. La ayudó a sentarse, notando que Zelda recuperaba ligeramente color en su rostro, y su respiración se normalizaba poco a poco. Preocupado por ella, Izak comenzó a batir con magia un poco el aire que los rodeaba al ver que la rubia sudaba frío.

—Esto… es como si hubiera alguien en mi interior…—dijo Zelda, apoyándose en la superficie de la mesa, refiriéndose a la sensación que experimentaba cuando su cuerpo no podía asimilar la cantidad de energía que la recorría, aquella que aún no podía controlar de forma voluntaria. Izak asintió completamente comprensivo, sabiendo lo que ella estaba experimentando. Todo ser con don mágico atravesaba esa complicada etapa de adaptación física.

—Es justo así, en cierto sentido. Los antiguos Maestros de las artes místicas lo llaman el Éter, la llama de la vida. Surge cuando un cuerpo físico es capaz manifestar la energía espiritual, pudiendo proyectarla a voluntad; ese fuego se alimenta de tu vitalidad física y de las fuerzas naturales que nos rodean. Tu cuerpo aún no asimila la inmensa capacidad que tienes… podrás dominarlo poco a poco—Le explicó Izak de la manera más sencilla que podía a Zelda, sabiendo que ella a duras penas comenzaba a dominar los conceptos de ese mundo que nunca había conocido en esa vida.

Zelda escuchó con atención, tratando de meditar sobre aquello y tomando como cierto las palabras de Izak, ya que no tenía conocimiento alguno para refutar algo sobre eso. Se mantuvo callada y quieta, terminando por volver a sentirse bien. Aquello que Izak le decía era compatible con los preceptos de Impa. Ella le había dicho que la conexión que existía entre su cuerpo y aquella esencia que le causaba dolor era la respiración. Ese poder que recorría su interior era como un fuego, justo como decía Izak, que era avivado por su respiración, pero que en ciertos momentos se salía de control, invadiendo todo su cuerpo físico. Era ahí cuando experimentaba esas breves crisis de ansiedad y de profundo dolor, en esos momentos en el que la llama de su interior amenazaba con devorarla por completo, alimentado sin control por las emociones intensas de miedo. Ahora entendía con un poco más de claridad lo que habitaba en su interior. Pero de todo aquello, solo surgía una pregunta.

— ¿Por qué a mí?—

Esa era una pregunta perfectamente comprensible, e Izak no pudo darle una respuesta rápida, ni mucho menos clara.

—El don mágico es hereditario… Desde tiempos inmemoriales han existido linajes con una conexión intensa con la fuerza de las deidades. Aunque desde milenios hasta ahora los hechiceros nos hemos ido extinguiendo, hasta el punto de que somos solo leyendas para la mayoría—dijo Izak con un poco de pesar, bajando la mirada con una pena profunda al decir aquello. —Esta Orden se encarga de proteger a los pocos gremios de hechiceros que aún quedan por designio de las Diosas, y los linajes que aún existen. Tú provienes del más antiguo de todos. No importa qué tan pequeña sea esa parte de ti, tienes sangre de la Diosa Hylia en tus venas—

Esas últimas palabras de Izak la dejaron de nuevo en un estado abstraído en la profundidad de sus propios pensamientos, intentando de forma inútil de asimilarlo con rapidez. Ella tenía cierto conocimiento de aquello, una ligera sospecha; desde niña había conocido esos designios por la influencia religiosa que aún existía en Hyrule. Pero era en esos momentos cuando se daba cuenta de lo real que era todo. Se había estado engañando todo ese corto espacio de tiempo por temor. Pero en esos momentos, era inútil de huir de la verdad, Impa tenía razón.

—Ésta es la Trifuerza de la Sabiduría… Es la marca de Nayru—dijo abstraída desvendando temblorosa su mano derecha para observar de nuevo la marca triangular, el símbolo sagrado de su reino y de las creencias de sus tierras. No recordaba cuantos años llevaba sin decir el nombre de una de las Diosas, ni mucho menos cuando fue la última vez que había meditado en los relatos que había oído desde niña. No debía pensar demasiado para lograr hacer la conjetura de todos los hechos y de las profecías que toda su vida había considerado falacias, hasta ese día.

La mirada de Izak fue la respuesta que necesitaba, sintiendo como una parte que aún tenía de escepticismo se derrumbaban. Había vivido todo ese tiempo en una ilusión, en un mundo que había surgido de la ignorancia, y también de la incredulidad. Todos los hylianos se habían desconectado casi por completo de su propia esencia divina, del mismísimo significado de aquellas orejas puntiagudas que seguía siendo la marca distintiva de esa antigua raza que había gobernado todo el continente.

Zelda quería reír al negarse a sí misma el llorar; se sentía desubicada, con un peso encima que no creía merecer, que no le correspondía.

Paradójicamente, lo que sentía también era en cierto sentido una respuesta determinante a muchos cuestionamientos, una explicación inesperada que la iluminaba de forma abrumadora; tal vez en esos momentos estaba cegada al haber recibida tanta iluminación de forma abrupta, pero poco a poco podría observar el mundo que la rodeaba, libre de muchas mentiras, que siendo ahora esclava de las verdades que ahora conocía. Toda iluminación tenía un precio; eso lo había probado Zelda de primera mano.

Desvió la mirada con desgano, tratando de digerir con lentitud lo que pasaba por sus pensamientos frenéticos. Se estaba esforzando por aclarar su mente lo suficiente para calmar la marea dentro de su psique, aquel ruido que ella misma generaba, producto de su propia personalidad.

— ¿Y él está bien? —preguntó Zelda con un tono débil de voz, mirando hacia la madera de la mesa luego de haber ladeado la cabeza un poco, como si quisiera señalar algo con aquello pese a su desgano. Ese detalle no pasó desapercibido por Izak, quien miró hacia donde la dama le había señalado, notando que un poco a la distancia estaba un cuadro de acuarela de poco menos de cinco mil años, por el diseño del marco, en el cual se veía la figura del Elegido de Farore, atravesando la espesura de los bosques perdidos de las Arboladas sagradas. Izak volvió a mirar a Zelda, quien seguía con el semblante gacho y atención perdida, notando que la noble había logrado relacionar a su maestro con las ilustraciones de forma casi inmediata.

—Recuerdo la marca de su mano… era como la que tengo ahora. Él es el elegido de Farore ¿No? —Izak escuchó con mucho cuidado las palabras de Zelda, dándose cuenta que en teoría cada una de ellas era totalmente acertadas. Fue finalmente en ese momento en la que los ojos de jade de la noble enfocaron directamente a los celestes de Izak, con una expresión de mortificación.

—Él también salió herido… ¿Él está bien? —

La pregunta quedó en el aire, ya que Izak tuvo que permanecer unos pocos segundos en silencio intentando descifrar esa insólita expresión de auto recriminación que podía visualizarse en la regente. No sabía a ciencia cierta si lo que ella estaba demostrando era su inmensa empatía y compasión que siempre la había movido a aliviar el dolor de otros por simple vocación sin esperar nada a cambio, incluso inundada en su amargura o depresión, o si realmente algo de sus vidas pasadas estaba volviendo a ella. Era imposible de saberlo en esos momentos.

Tragando saliva levemente, Izak suavizó su tensa expresión para sonreír con esa ternura que parecía ser algo típico en su persona.

—Él está bien. Estaría aquí, pero se encuentra ocupado atendiendo otras situaciones de riesgo en Lanayru…—


Mientras tanto…

Afueras de la Ciudadela Zora. Región de Lanayru…

— ¡FONDO! ¡FONDO! ¡FONDOOO! —

Link miraba de soslayo a todos los guerreros que lo elogiaban con intensos gritos; sonrió ladino con el tarro de cristal de un litro pegado a la boca, bebiendo a ritmo lento pero constante ese costoso pero potente trago de malta de cebada negra mezclado con aguardiente de agave. La razón de la sorpresa de todos es que el Elegido de Farore estuviera cumpliendo con el más estúpido de los retos que habían inventado los militantes en esas pocas ocasiones de ocio y libertad de embriagarse; Link tenía enredado en el brazo con el que alzaba el tarro una serpiente de río extremadamente venenosa, y era evidente se sentía amenazada con el más mínimo movimiento del brazo del Hyliano. El rubio miraba directamente al reptil que habían sacado de las fuentes precisamente para eso, rotando muy suavemente su muñeca para seguir deslizando todo el líquido oscuro dentro de su boca mientras que la serpiente alzaba la cabeza preparándose para morder a Link al primer movimiento en falso.

La criatura reveló sus delgados y supurantes dientes en señal de amenaza, cosa que hizo que todos los Zoras que rodeaban a Link para ver el reto, incluido Sidon, se quedaran completamente callados notando como Link guardaba la calma, deteniendo el ritmo para esperar que la serpiente se relajara lo suficiente para proseguir. Era desafiante mantenerse tranquilo, con el pulso de su brazo derecho sereno que el efecto progresivo del denso alcohol, y a la vez tener paciencia con las descarga de adrenalina que sus órganos estaban segregando a su sistema. Aun no se recuperaba del todo de la mordida del Lizalfo, y ya estaba metiéndose de nuevo en eso.

Quedaba muy poco para acabar, y sonriendo victorioso Link terminó por rotar su mano para vaciar el tarro en su boca, para inmediatamente soltar aquel inmenso de cristal que irremediablemente fue a para al piso para destrozarse, para seguidamente agarrar con su mano izquierda la cabeza de la serpiente y apretarla con fuerza con tal de que no abriera la boca. Sacando una de sus navajas del cinturón con su otra mano, cortó la cabeza de la criatura de un tajo limpio, liberando su brazo que había perdido un poco de color por la fuerte presión que le había ejercido el reptil venenoso.

Los gritos eufóricos de los Zoras al unísono se mezclaban con las risotadas abruptas y las frases poco coherentes bajo la influencia de diferentes tipos de bebidas espirituosas con la que los dueños de aquel bistró agasajaba a los soldados de élite bajo las órdenes de Sidon, todo aquello por el éxito de la extracción de los civiles circundantes al primer anillo de defensa antes de que el Reino entero fuera cerrada por aquel hechizo que duraría exactamente siete días, ni más ni menos.

Al ver que habían perdido la apuesta, un pequeño trío de los soldados se insultaban entre ellos mientras que reunían en un solo zurrón las rupias necesarias para pagar la deuda con la que se la habían jugado con Link apostando que la serpiente lo mordería en pocos segundos.

—Oye… ¿Seguro que esa cosa no te dejará ciego? —preguntó Sidon con su típica preocupación, refiriéndose al hecho de que Link había bebido una sustancia que podía ser gravemente nociva para el metabolismo de un hyliano promedio.

Link solo dio una carcajada burlona que no salió de su garganta, mirando al príncipe Zora antes de responder.

—Mañana lo sabremos—


Aquello había sido lo único que se le había ocurrido para despejar la mente; los últimos cuatro días después de que la barrera se cerró de había dedicado única y exclusivamente a la movilización de los civiles a las ciudades de refugio, convocatorias de prevención, y la evacuación de los militantes que no estuvieran aptos para el inminente combate. Lo que se planeaba era una Guerra relámpago con tal de repeler a las fuerzas demoniacas que comenzaban a rodear a Vah Ruta y también a la totalidad del Reino. La reorganización de las legiones y centurias fue inmediata, dando amplio uso de la exquisita disciplina que caracterizaba a la armada Zora; constantes, rápidos e indetenibles como el agua de un poderoso cauce.

Link volvió de nuevo al palacio, dirigiéndose discretamente a la zona trasera del mismo para entrar a la porción privada que le habían asignado como aposentos. Una habitación construida con una estructura de piedra luminosa, muebles y cristalería de la más fina artesanía de la raza, y una cama de agua que Link no había destendido ni una vez. No se había acercado siquiera a posar la cabeza.

Volvió a acercarse a la mesa que se le había dispuesto en ese espacio de huéspedes, en donde había dejado un auténtico desastre de libros que flotaban con levitación, y la tableta sheikah con un holograma de Vah Ruta abierto, como si hubiera salido huyendo del trabajo en un momento de demasiado estrés. Y efectivamente, así había sido.

Estaban en un punto de estancamiento de la estrategia; la eficiencia de los Zoras había sido el principal causante de que todos los soldados ya estuvieran en su posición a la espera de instrucciones. Técnicamente no había nada que hacer, más que esperar alertas. Para muchos eso era un alivio, pese a que debían estar vigilantes tenían unos pocos días para descansar; sin embargo, para Link el ocio era un infierno en esos casos.

Se sentía un poco más relajado y desinhibido gracias al alcohol que había consumido, observando de nuevo el problema que había dejado en su mesa y el que lo había hecho irse harto al no conseguir una respuesta. Esas horas en el bistró le había aclarado la mente lo suficiente para notar la respuesta a su problema para entrar a la Bestia Divina. Se burló de sí mismo al notar lo obvio que era.

Tecleando glifos en la tableta, con su mano libre buscó en la alforja que tenía a un lado, buscando algo en particular para poder seguir trabajando. Sacó una cajetilla de metal, abriéndola con el pulgar para sacar los cigarrillos que siempre llevaba consigo. Lo atrapó con la punta de los labios, suspirando para proceder a encenderlo, cuando el toqueteo de la puerta lo interrumpió.

—No estoy—dijo Wolf a la puerta con una media sonrisa socarrona, sabiendo perfectamente de quién se trataba. Al oír esa respuesta, la puerta se abrió suavemente en el silencio de la noche, revelando que se trataba de Mipha.

La princesa se acercó a paso lento y cauteloso al lugar, observando el desorden que ya había dejado Link en apenas media semana de estar hospedado. Eso tal vez era una de las pocas cosas que no habían cambiado en el guerrero desde que era un niño.

La Zora suspiró con timidez, sintiéndose ligeramente intimidada por la soledad que tenían para ambos, y cierta libertad para hablar sin temor al "Qué dirán". Mipha se sentía ciertamente contrariada, ya que cuando Link era pequeño él le contaba hasta lo más nimio y mundano que experimentaba, mostrando la completa confianza que le tenía. Pero en esos momentos, podía ver cuánto se había cerrado Link del mundo, y de cierto sentido, de él mismo. Era un cuenco vacío que había surgido de los restos de ese dulce niño que al parecer había muerto por completo el día que tuvo lugar la batalla final con Cya, tres años atrás. Nada volvería a ser igual, y era algo que a Mipha le costaba aceptar por su naturaleza esperanzadora.

—Un cigarrillo, un día de vida—

La voz de Mipha resonó con la dulzura de su tono soltando esas palabras, con un tinte de súplica en las mismas, preocupándose por el hábito que había desarrollado el guerrero por el tabaco desde que había cumplido los quince. Aquello lo dijo justo cuando Link estaba acercando un pulgar para encender el cigarro con una simple chispa de fuego que podía generar chasqueando los dedos. Pero se detuvo en seco, mirando a Mipha a los ojos. Inmediatamente giró la cabeza con una expresión de fastidio, mostrándole que en realidad tenía dos cigarrillos en la boca.

La Zora suspiró, extendiendo lentamente los dedos para quitar ambos cigarrillos de la boca del hyliano; una vez en sus dedos procedió a congelarlos y pulverizarlos entre sus dígitos. Lo único que recibió fueron los ojos en blanco de Link, y ningún vocablo, para continuar trabajando en lo suyo. Cuando ella se fuera encendería a gusto los que quisiera, porque sabía que Mipha le desintegraría uno a uno los que fuera sacando; ya lo había hecho antes. Tal vez era tímida, pero no por eso flaqueaba en su voluntad de cuidar a los suyos. Irónicamente, Link no deseaba sus cuidados. Ya no.

— ¿Se te ofrece algo? —cuestionó ligeramente exasperado deseoso de soledad para continuar finalmente con lo suyo.

—Vengo a terminar de atender el daño nervioso de tu hombro; no quiero que sigas consumiendo los opioides de Hilda—determinó la futura regente, con la postura de una amorosa pero firme tal como el de una madre, que de vez en cuando debía sacar a relucir con algo de dureza por el bien de quien quería. En este caso, la terquedad de Link requería mucho más que palabras firmes. El chasquido de la lengua de Link fue una clara señal de "Haz lo que quieras", pero colaborando con al menos con levantar la túnica que vestía para sacar su brazo izquierdo, mostrando la profunda cicatriz que aún tenía del combate con el Centaleón, que había atravesado por completo su hombro.

En silencio Mipha movió sus dedos para relajarlos y comenzar a rodear con un aura turquesa sus manos, acariciando con decisión pero lentitud la cicatriz, iluminando toda la zona de la piel mientras que sentía en sí misma el dolor de Link; era el costo de aquel conjuro que había heredado de su linaje como campeona.

Movida por la empatía que sentía y también ese amor que siempre la había inclinado a acudir a proteger a Link, la princesa siguió deslizando sus cálidos y delgados dedos a través de su piel marcada con heridas viejas y recientes, tatuajes pálidos y algunos más recientes e invasivos en su espalda. Link se mantuvo quieto mientras que sentía una sensación gélida no exactamente dolorosa, tal vez molesta, aunque no inaguantable. Paulatinamente se sentía cada vez más placentero y refrescante, desapareciendo el dolor inmediato y colateral. Finalmente el destello celeste que emanaban las manos de Mipha se desvaneció por completo, habiendo terminado con su labor. Link la miró de reojo, asintiendo a modo de agradecimiento ligeramente cohibido de hablar, desviando la mirada tan rápido como pudo al notar una penosa sonrisa de parte de la princesa.

—Al fin—murmuró Link, poniéndose bien la túnica a la par que observaba su logro, el objetivo de lo que fuera que estuviera haciendo con la pieza de tecnología sheikah.

— ¿Descubriste algo de la infección al sistema? —preguntó la Zora dando por fin atención al trabajo de Link en las últimas horas, tratando de deducir de qué se trataba con una mirada superficial a sus apuntes en Hyliano arcaico.

—Mejor. Encontré la manera de que podamos entrar seis al interior de Vah Ruta para destruir el Barinade mientras que reiniciamos la Unidad Central—explicó Link inmediatamente para cerciorarse de que efectivamente había logrado acceder a esa función que estaba en las profundidades de las líneas de código de la bestia divina. La expresión de Mipha por sí sola mostró lo confundida que estaba, ya que a primeras aquello parecía imposible; solo los del linaje de los Campeones podían acceder al interior de las Bestias Divinas, y esos solo eran ella, Sidon y Link. Solo tres para esa titánica misión, así que la posibilidad de que pudiera acceder un equipo de seis sonaba excelente, tal vez demasiado para ser cierto.

—Si el Barinade está desenterrado del sistema un protocolo más viejo que el mismo Gran Mar ¿Por qué no podemos hacer lo mismo? Hay una función que solo se utilizó una vez hace milenios, y luego fue desechado. Pero ya que la infección está inhabilitando la seguridad, pude encontrar ese viejo protocolo y reactivarlo con la Llave Maestra de la tableta. Con él cada miembro del linaje de los campeones pueden dar autorización de acceso a otro individuo al interior de Vah Ruta—dijo Link, mostrándole que efectivamente, era posible que ellos tres le dieran permiso de acceso al interior de la deidad mecánica a otro trío de guerreros Zoras como refuerzos. Eso disminuía las posibilidades contratiempos que a la larga causaran una inaceptable falla en la misión.

La idea no entusiasmó demasiado a Mipha, causándole cierto repelús la idea de dar tal voto, pero como guerrera impuso la prioridad y su disposición de aceptar esas inevitables circunstancias, concentrándose en la idea de que debía liberar a Ruta; en cierta forma, podía sentir el dolor de la deidad en ella misma. Tal vez era una máquina, pero dentro de aquella criatura aun habitaban las almas de las nobles Zoras que habían cumplido la función de pilotas de la Bestia, y de alimentar con su propia existencia el mecanismo que daba vida al ente protector de los Zoras.

—No deja de preocuparme—

Eso fue lo único que pudo admitir Mipha estando a espaldas de Link, aun de pie, sintiéndose tan cerca pero tan lejos de él.

— ¿El Barinade? Lo neutralizaré antes de que pueda llegar a la Unidad Central—Link giró la cabeza mientras que decía esas palabras dispuesto de mirar a la cara Mipha.

—No. Tú me preocupas—respondió Mipha mientras negaba suavemente con la cabeza para solo recibir un ceño fruncido en el rostro del Hyliano, descendiendo su semblante mientras que sus palabras salían quebradas de su garganta. La respuesta de Link fue levantarse y apartarse de ella para cortar el contacto visual entre ambos.

—Link, por favor. Apenas duermes; estás en pie por los estimulantes y consumes la magia del Lobo crepuscular para no caer ahora mismo por el cansancio… En mi posición, no puedo hacer nada si la persona que es mi paciente no desea seguir las indicaciones para su mejoría… Pero a ti te lo suplico. Detente—

Link suspiró cerrando los ojos, como si estuviera reuniendo dentro de sí algo de la inexistente paciencia que le quedaba, por el aprecio que aún le tenía a Mipha, uno que siempre le tendría, aunque muchas veces no lo pareciera. Abrió los ojos para verla directamente con aquellos de emociones que rara vez lo expresa con palabras.

—Por el bien de tu pueblo, no puedo hacerlo—respondió Wolf, lo más simple que pudo, lo más frío y objetivo que fue capaz de expresarlo.

—No lo vale—Esa fue la única objeción que pudo darle Mipha, siendo cada vez más emocional y frágil con sus palabras, con un raciocinio cada vez más subjetivo y poco definido al no poder controlar el dolor de ver a Link en ese círculo auto destructivo.

—Mi vida vale menos que la tuya, y que la de cualquiera. Vale mucho menos que la de millones de tus súbditos. Y menos que la de miles de millones que dependen de nosotros; de que logremos detener el Gran Diluvio. Es un sacrificio que siempre he estado dispuesto a pagar—dijo Wolf con aquella máscara de hielo que siempre tenía, la que protegía su verdadera expresión moribunda y decaída.

Mipha negó mirándolo a los ojos.

—Tú tienes derecho…—

— ¿A qué? No tengo derecho a nada. He intentado huir de todo esto, de ustedes. Perderme y jamás volver… Pero no logro descansar, no puedo dejar de sentir desesperación al saber que se pueden estar perdiendo vidas sin razón, solo porque no estuve ahí para salvarlas. Tal vez Urbosa tiene razón; no puedo vivir sin una guerra. Pero tampoco puedo huir lejos de esto, sabiendo que ninguno de ustedes será capaz de hacer lo necesario—

Las palabras surgían de sus labios con una cruda desilusión, una rabia desmedida a la nada, porque nadie era realmente culpable de su exponencial impotencia, y de aquel sentido de responsabilidad que siempre lo había amarrado a ese designio por el que había nacido. Las circunstancia lo habían convertido en un estratega maquiavélico, que estaba dispuesto a usar los medios necesarios con tal de retener las desgracias que traía Ganon con su presencia al mundo. Lo que fuera; ningún costo era demasiado para Link si eso significaba mantener a su némesis alejado de todo un mundo inestable y frágil que jamás podría sostenerse por sus propios medios de las influencias demoníacas del Rey de los Demonios.

—Ni tú, ni Urbosa, Revali o Daruk serán capaces de despegarse de todo lo que aman por el bien de este mundo. Izak jamás podrá arrancar una vida por salvar otra, e Impa siempre tendrá la ilógica filosofía de que una vida es tan sagrada como la de miles. Si yo no hubiera sido capaz de asesinar a Cya aunque fuera mi maestra, no habría hoy un mundo por salvar. No se puede detener a la oscuridad sin mancharte de ella—

Link terminó sus palabras con ese último comentario, comenzando a alejarse.

—Si hiciéramos eso… ¿Qué nos diferenciaría de los súbditos de la oscuridad? —preguntó Mipha con la suavidad de su voz con un tono anormalmente vacío para ella, como si estuviera hablando para sí misma, y no para Link.

El guerrero se detuvo luego de dar dos pasos a espaldas de Mipha, girando su cuello para observarla sobre su hombro.

—Simple. Nosotros terminamos con lo que ellos empiezan. Si ustedes no están dispuestos a hacer lo necesario, se perderán vidas. Esa sangre también estará en sus manos porque pudieron salvarlas, pero no lo hicieron—Aquella fue una cínica sentencia del guerrero, palabras de las que estaba más que seguro; era casi una advertencia, o más bien el aviso de una amenaza latente para los guerreros que sobreponían los ideales por encima de la realidad. Link se encogió de brazo luego de decir esas palabras, disponiéndose a alejarse de esa habitación y de Mipha. Como siempre, simplemente deseaba estar sólo.


Antigua Neburia. Biblioteca del Monasterio de la Orden de Hylia…

Luego de llevar más de unas tres horas ahí juntos en el silencio del recinto, Izak miró de reojo a Zelda luego de despegar brevemente la mirada de su lectura. La joven hyliana se encontraba dormida apoyando su cabeza y brazos sobre la mesa, con una pila de libros que había sacado de los estantes al haber recibido obvio permiso de Izak de explorar la colección milenaria a sus anchas y con completa libertad, al menos la secciones que estaban disponibles para ella.

Se le veía extrañamente tranquila; exhausta y con leves ojeras en su pálido semblante. Aunque estaba consumida por el agotamiento y por la inestabilidad sus intermitentes descansos en los que apenas pegaba los ojos, por primera vez en todo ese tiempo el azabache pudo contemplar una sonrisa serena en su expresión. Aquello le dio un poco de alegría; la satisfacción de que al menos, entre esas situaciones turbulentas, Zelda pudiera tener un destello fugaz de tranquilidad.

No obstante su obnubilada observación del apacible descanso de su compañera se vio interrumpida cuando las alargadas orejas de Izak se agitaron levemente, escuchando el potente ruido de la lluvia en el techo del recinto, y en la totalidad de la isla de los cielos. Observó por unos de los ventanales con una expresión confusa al saber que aquella tormenta torrencial era sobrenatural.

Y escuchar el rugido de Vah Ruta, desde el otro punto del mundo, fue la clara señal de que aquella crisis apenas estaba comenzando.

Continuará…


Comentarios finales:

Buenas tardes estimados Lectores.

Como ya se había estado presagiando, el capítulo se dedicó un poco más a lo que es la nueva cotidianidad de Zelda en ese nuevo mundo para ella, uno al que tendrá que adaptarse pronto. Como se irá notando, haré hincapié en su progresivo y lento entrenamiento que a duras penas está comenzando. También, pude tomarme el momento de profundizar un poco más en las motivaciones de Link y su manera de ver el mundo, una forma que deberá ir evolucionando y obviamente, madurando.

El próximo capítulo como ya se puede deducir se dedicará principalmente a lo que es el inicio del contra ataque de las tropas Zoras para deshacer el asedio de los seres oscuros. Acción pura XD Lo mío.

Un cordial agradecimiento a:

Sheika 360

Dark Cat

Escasito

NayruleenDeLaerers

También aprovechaba la ocasión para decirles que hace unos días me tomé el momento de limpiar mis respaldos de fics, borrar basura e ideas que nunca verán la luz, y me encontré con unos archivos que creo vale la pena utilizar XD Así que estoy planeando publicar muy pronto un one-shot y un two-shot, ambos en colaboración. Se los dejo de sorpresa.

Además, tengo en proceso otros dos one-shots de mi autoría, uno que será secuela directa de uno de mis escritos más populares, "Hasta un ¡HYAAAWK! vale más que mil palabras", ya que varias lectores me estuvieron pidiendo hasta hace poco una continuación de ese fic que realmente yo imaginaba que terminaría ahí, pero si es lo que quieren, y lo que yo también quiero ¿Por qué no? XD Y el otro escrito individual será secuela de mi fic "¿Noche de perros o de lobos?", ya que como saben eso es una precuela de otro fic AU de estilo detectivesco que será uno de mis próximos proyectos como Long-fic.

Con esto me despido, nos vemos el 08/10/2018 aproximadamente con el siguiente capítulo, y espero ya en ese punto haber publicado uno de mis oneshots, así que atentos.

Hasta pronto.