Debo disculparme con todos por el tiempo tardado, desde luego, pero sobre todo por éste capítulo: es un poco chato, y falto de emociones fuertes como el anterior, pero es esencial para muchos detalles importantes de la futura trama. Si tuviera que metaforizarlo, diría que es, efectivamente, EL capítulo bisagra. El antes y el después. (Éste y el próximo capítulo, que en principio eran uno sólo pero se me hiso DEMASIADO largo para compactarlo todo en uno, mil perdones ^^')
Pregunta random: ¿Les gusta cuando el relato tiene más narración, o cuando tiene más diálogo? Siempre es un drama para mí porque no puedo evitar imaginarme la situación como "una película mental", y como toda película, los personajes dialogan. Como siempre lo he dicho, esto es mi fuerte. Pero no significa que no me guste narrar, adoro narrar, solo que siento que si en medio de la narración le meto dialogo, todo se esclarece más, y la escena se termina volviendo más amena.
¿Ustedes que han preferido siempre?
En el presente capítulo Rivaille tiene 11 años aún, sólo lo aclaro como siempre. (Bueno, es fácil deducir, ya que no ha pasado ni un mes desde la boda, nee?)
Llamadas no perdidas
Lunes primaveral, a la hora de la salida de la escuela, los arboles florecidos regaban flores por doquier tornando el suelo de un agradable color rosa, y la masa imparable de chicos y chicas salían en estampida por la puerta habiendo terminado su agotador primer día de la semana.
Rivaille terminó de colocarse los zapatos de calle y salió, sin llegar mucho más allá, cuando fue alcanzado por Petra quien lo seguía desde que lo vio salir de su salón.
—¡Hola amor!
—Ah, hola— se volteó sorprendido cuando sintió dos manos frenándolo por los hombros.
—¿Me esperas y vamos juntos a casa? —preguntó cariñosa y enseguida lo volteó para abrazarlo por el cuello colgándose de él.
—Ehhh… hoy…
Antes de darle tiempo a contestar, lo besó de la nada imposibilitándolo a decir cualquier otra cosa.
Rivaille cerró los ojos cediendo, y algo incomodado por la mochila que aún no se había cargado al hombro, usó su brazo libre para abrazarla por la cintura.
De repente escuchó unos murmullos de vocecitas femeninas que reían y hablaban en voz baja, y buscó con la mirada el origen sin ser soltado.
Unas niñas se ocultaban tras los pilares de la entrada, aparentemente observándolos. No es que le molestara que lo hicieran, la noticia de que estaban saliendo ya había llegado hasta los niveles secundarios, pero reubicándose en tiempo y lugar, soltó la cintura de Petra y la apartó delicadamente.
—Oye, seguimos dentro de la escuela. Las chicas esas no me preocupan pero ¿y los profesores?
—Hay, ¿Qué nos pueden decir?— volvió a arremeter contra el yendo a sus labios en busca de descargar su necesitad.
Ahora pudo agitar su mochila y cargarlo sobre un hombro rápidamente, obteniendo sus dos manos libres para tomarla con más facilidad y hacerla girar sobre su eje; al momento en que cambió de lugar con ella, quien aún no abría los ojos, ocupada en su boca, él quedó de frente a la puerta exterior de salida, donde pudo ver a algunas personas que esperaban a sus chicos.
En el momento en que concibió el definitivo contacto visual con Mikasa, se inquietó de veraz.
Aunque no era muy propio de él, tu cara se volvió roja, cayendo en la cuenta de que estaban montando un show para la parda de padres y madres que aguardaban en la entrada, aunque a esa distancia no alcanzara a escrutar sus rostros uno por uno.
De golpe se separó de Petra y la apartó nuevamente, siendo esta vez más brusco, y se impuso a hablar antes de ser interrumpido.
—Hay mucha gente ahí afuera, incluso Mikasa. Escucha, perdóname de enserio pero hoy no te puedo acompañar a tu casa. Tengo algo que hacer con ella, casi urgente.
La pequeña hizo un puchero y aminoró su buena vibra. Giró la cabeza muy disimuladamente para ver a la entrada y comprobar que realmente su "suegra" estaba allí, y al verla se volvió a Rivaille.
—Como quieras, pero me debes una cita otro día, como pago— le sonrió pícara y lo cruzó volviendo por sus zapatos y su bolso que dejó adentro. Ya desde ahí lo saludó con la mano y el chico dio su pie para retirarse.
Con las manos en los bolsillos llegó a la entrada, aparentando estar distraído con la multitud y obviar la descolocada cara de Mikasa viéndolo llegar.
—¿Cómo estás? —la saludó.
—Que cariñosa es, se nota que te quiere mucho, pero oye… me sigue pareciendo un poco descarado hacer eso… bueno, siguen estando en primaria ¿no?
La mujer pretendió ignorar calificadamente a la multitud de padres a su alrededor, teniendo en cuenta que por lo menos la mitad de ellos la estarían observando como "la irresponsable progenitora de ese atrevido púber que se besuquea con la novia en plena entrada".
De solo pensarlo se sonrojó ella misma y evadió el seguir hablando con él para alejarse de ahí.
Mientras él la seguía por la acera fue con los ojos donde su mano y preguntó:
—¿Te ha dolido durante el día?
Mikasa levantó su mano vendada y se la miró ella misma.
—No mucho, pero aún me arden las uñas, o lo que queda de ellas.
—¿A qué hora teníamos la cita?
—Nos quedan treinta minutos, tranquilo.
Luego de una no muy larga espera en la sala del hospital, el doctor los invitó a pasar a ambos a su despacho, asomándose por la puerta.
—¡Ackerman! —anunció para todos los presentes.
El dúo inmediatamente se puso de pie frente a él.
—¿Para quién de los dos es la cita?
—Para mí— aclaró Mikasa—, pero él me acompaña.
—Bien entonces, pueden pasar.
Tras tomar asiento, el profesional empezó preguntando por el estado de la mano de Mikasa, quien argumentó una leve mejoría en su dolor e inflamación, enseñándosela para que el hombre quitara los vendajes.
—¿Se lava frecuentemente con desinfectante como le indicaron?
—Sí señor.
—Entonces sólo le indicaré unos calmantes que podrá tomar los próximos días hasta que la herida mayor cicatrice por completo— dijo el doctor apuntando unas indicaciones en una ficha médica. —¿Cómo dijo exactamente que se lo había hecho? —alzó la mirada sin mover la cabeza, sobre el marco de los anteojos.
La mujer tragó saliva y se removió sobre su silla, sintiendo la punzante mirada inquisidora de Rivaille junto a ella.
—Bajé de noche a cerrar una ventana que recordé que había dejado abierta, y me detuve en la puerta de la habitación con la mano sobre el marco, porque escuché algo en la cocina, pero con esa distracción no noté que una ráfaga de viento entró de golpe y me serró la puerta sobre los dedos— explicó rápidamente.
—Comprendo, esas cosas pasan… mi niño de seis años jugaba con su amigo y éste le cerró la puerta en la cara, jugando a las traes. Estuvo casi tres meses para recuperar la movilidad en su dedo mayor. Lo que debo advertirle señorita, es que las uñas de esa mano— la señalo con la pluma— se le caerán pronto. Luego volverán a crecer, pero no se asuste ¿de acuerdo?
Ella asintió con los ojos cerrados. Luego se despidieron del doctor y salieron del despacho dando paso al siguiente paciente.
Tras salir de la farmacia, un rato después, habiendo comprado los comprimidos calmantes, ambos caminaron por una peatonal rodeados de gente paseando a la que observaban desinteresados.
El ambiente se volvía frio y hostil a pesar de lo fervoroso de la multitud circulante, así que Mikasa decidió romper el hielo:
—No te hubieras molestado en acompañarme.
Rivaille guardó silencio, debatiéndose entre insistir en que no le molestaba, o ir al grano donde, de una u otra forma iba a llegar.
—Yo quisiera saber realmente, ¿qué fue lo que le hiciste a tu mano?
Ella se frenó en seco al escuchar la pregunta dejando que el siguiera caminando unos metros más antes de fijarse en que no lo acompañaba. Volvió donde ella y la miró de frente.
—¿Y bien?
—Ya le expliqué al doctor lo que pasó.
El puso cara de desentendido irónico, con un gesto sobreactuado de rareza.
—Pues simple: no te creo.
—Rivaille— lo amenazó usando su tono serio.
—¿Mmm? —no mostró intimidación.
—Esto me duele mucho.
—Sí ya lo creo. El dolor debe ser atroz.
—Me duele que no me creas. Pensé que podíamos confiarnos todo, ya lo habíamos acordado hace tiempo— la flanqueó para seguir el camino.
Lanzándose a un a todo o nada, y creyendo fervientemente en su intuición, él la frenó agarrándola por la muñeca opuesta a la venda y volviéndola hacia él para inspeccionarla.
No le dio tiempo en lo que arremangó la camiseta roja para acceder a su femenina mano, y dar en el blanco.
Mikasa se quedó callada en lo que Rivaille, luego de inspeccionar con los ojos unas marcas feroces de mordidas sobre su mano, regresó sus ojos a ella para fusilarla indirectamente.
Mikasa apretó los labios, suprimió el temblor que se adueño de sus extremidades y sudó frio; la había atrapado.
—¿Y esto qué es?
—Me mordí— admitió pero con altanería.
—Oh, ¿te dolía tanto que te mordiste para emparejar?— se burló.
Ella se zafó del agarre molesta y enfiló para alejarse sin palabras, cuando él la siguió insistente.
—Había gotitas de sangre sobre el cajón de los candados, Mikasa. ¡Dime que mierda estuviste haciendo! ¡¿Por qué mientes?!
—No estoy mintiendo— siguió caminando sin mirarlo.
—¡Sí lo haces!
—¿Y a ti que te importa eso?
—¡¿Es enserio?! ¡Dime un solo motivo por el cual NO debería importarme!
—Tú te fuiste con Petra esa noche. Lo que haga o deje de hacer en mi soled… ¡en mi intimidad, no debería importarte!
—Oh, ¿Y es parte de tu intimidad machacarte los dedos?
—¡No! ¡No me machaqué los dedos! ¡Y deja de hablarme así porque de veras me enojaré!
—Me tengo que tragar tus mentiras pero aún así eres tú la que se enoja… ¿Y cómo es eso de que tu "sole-intimidad" no me importa? ¿Si te suicidas en intimidad tampoco me debería importar?
Mikasa frenó y giró sobre sus talones, sin dejarle tiempo a pensar cuando su mano buena tomó envión e impactó de lleno contra la cara de Rivaille.
Éste aturdido se tomó la mejilla y parte de la mandíbula por el sorpresivo y punzante dolor del bofetón. La miró incrédulo, sin concebir lo que la mujer acababa de hacer.
Mikasa quedó con la mano estática tras el golpe y su flequillo cubrió sus ojos impidiendo que luciera su encabronado gesto.
Muchos de los transeúntes se habían detenido a ver la escena, y sobre todo su desenlace, con caras de sorpresa, otras de risa, otros con gestos contraídos como si hubieran sentido el dolor de la bofetada en carne propia, y algunos otros observadores, más curiosos, extrañados por el tipo de situación estilo "rotura de pareja en la vía pública", pero con un niño y una mujer que le sacaba dos cabezas.
Poco a poco la tensión se fue desvaneciendo, ambos quedaron viéndose frente a frente sin decir nada, mientras su metiche público seguía con lo suyo.
El desvió la mirada entre enojado y abochornado por lo ocurrido, logrando divisar a poco menos de una cuadra de distancia, a cierta rubia mirándolos tras una buzón de cartas.
Petra estaba ahí, había visto esa vergonzosa escena. "Qué horror."
Pero, ¿Qué hacía ahí?
"¿Nos habrá seguido?"
Mikasa no tardó en voltearse percatándose de su presencia al instante, pero antes siquiera de llegar a preguntarse qué hacía esa chica ahí, Rivaille ya había tomado parte en la situación.
—Cuando llegues a casa desinféctate y cámbiate las vendas como te dijeron, y no te olvides del calmante— le indicó sin absolutamente ningún atisbo de emoción ni preocupación siquiera en sus palabras, y le pasó por al lado en dirección a su novia.
—¿A dónde vas?
—Con Petra. Nos vemos en casa a las ocho.
—Rivaille, no puedes andar solo tan tarde— ahora era ella la preocupada.
—No estaré solo— le dijo sin voltearse, alejándose paulatinamente y dejándole inmóvil y pensativa en su soledad.
Días más pasaron, hasta otro glorioso fin de semana, de esos a los que todos llegan arrastrándose.
Mikasa había invitado a Erwin y Hanji a pasar la tarde tomando el té, a raíz de que su endemoniado simulacro de hijo ya había invitado a su novia a quedarse a dormir.
Las primeras horas fue todo viento en popa, en tanto el par de púberes se mantuvo tranquilo y sin hacer escándalo en la sala de televisión. La segunda mitad de la tarde se vio rotundamente cortada a la mitad por una imprevista llamada entrante que requería a Hanji de inmediato en la agencia de seguros donde trabajaba. Con las debidas disculpas saludó y se retiró dejando atrás a su esposo.
Fue entonces cuando Erwin detectó un momento propicio para intercalar algunos temas de conversación de índole privada y más discreta —de esos que no era conveniente hablar frente a la boca floja de su mujer—.
—¿Tu mano ha estado mejor, Mikasa?
—Sí— afirmó ella con una sonrisa, y se la enseñó en alto.
A continuación el rubio se paró y fue hasta la entrada de la sala de televisión para espiar sutilmente a los otros dos, volviendo rápidamente.
—¿Rivaille se lleva bien con esa niña, no?
Ella puso los ojos en blanco.
—Pues debería. Es la novia ¿o no?
—¿Es buena?
—Lo intenta…
Hizo a Erwin reír por lo bajo.
—Bueno, lo noto un poco más relajado, últimamente— comentó.
—¿A Rivaille?— preguntó desconcertada Mikasa.
—Sí. Es como si sus "relaciones" con el resto del mundo se hubieran limado poco a poco (por decirlo de alguna manera).
—Ah, pues… maravilloso— dijo un poco sarcástica.
El hombre provocó un inducido largo silencio y miró a Mikasa revisar la pantalla de su celular mientras masticaba un pedazo de tarta; entonces su luz verde se iluminó.
—¿Has hablado alguna vez con Rivaille, sobre su familia?
Llamó la atención de Mikasa que se lo quedó mirando con la boca llena, algo desorientada.
—Me refiero… a los difuntos padres de Rivaille. Es que me parece raro que en tantos años, no se haya atrevido a preguntarte por ellos.
La morena tragó y pensó como responder.
—Pues cuando hablamos, sólo le he dejado claro que sus padre murieron asesinados por "tipos malos", que seguro lo hubieran querido mucho, pero que desafortunadamente a no los podrá volver a ver.
—¿No le has contado nada más?
—No. Él no se interesó en mucho más.
Erwin apretó los labios entendiendo la situación.
—Pues de seguro intuirá que la historia de su familia es una no muy agradable de saber.
Mikasa masticó otro pedazo de tarta pensativa. Miraba su teléfono pero no le prestaba atención.
—¿Sabes bien a qué se dedicaban, no?
—Si lo sé.
—Narcotraficantes.
—Es lo primero que Hannah me contó el día que lo traje a vivir conmigo— sentenció.
—No me imagino la cantidad de dinero que esos negocios sucios traerían aparejados. Apuesto que ahora mismo, Ackerman junior debe de ser el heredero de una pequeña gran fortuna, intuyo.
La mujer lo fulminó con la mirada, inevitablemente extrañada por el tipo de tema que el hombre intentaba sacar. Supo de inmediato que se sentía interesado.
Pero claro, ¿quién no lo estaría?
Suspiró largo.
—Hay un familiar en Rusia que se encargó de los "asuntos legales": llamó el día después del asesinato y lo arregló todo por teléfono. Nadie del orfanato sabe a ciencia cierta quién es, pero el "acuerdo" al que llegamos resultó rápido, me convenía, y me aseguraría de quedar despegada totalmente del asunto junto con Rivaille.
—¿Qué acuerdo? ¿Hablaste con ese familiar?
—Sí, solo dos palabras, pero durante ese charla me advirtió que si no cerrábamos el trato en menos de doce horas, yo ya no podría volver a hallarlo por ese teléfono.
Erwin cruzó los dedos, tratando de concentrarse al recibir esa rara información.
—Le dije que me haría cargo del niño, que era lo único que me importaba. Él me dijo que no habría problema, y arregló todo con el registro civil en un santiamén para que así fuera, pero que a cambio de eso, Rivaille debía mantenerse permanentemente alejado de él, no reaparecer cerca de la familia nunca, o reclamar alguna parte de la herencia que le correspondía, y yo debía asegurarme de que el acuerdo se cumpliera a pie de contrato.
—Un niño por una herencia millonaria…
—Así es— y tomó un largo sorbo de té.
—¿Alguien más aparte de ti habló con él?
—Hannah, pero sólo lo atendió el día que se contactó y le dijo que yo era la "interesada" en el acuerdo, así que básicamente, sí. Solo yo sé sobre su existencia, y ahora tú. Pero no puedo volver a contactar con él. Seguro se encargó minuciosamente de borrarse. Esa familia… es realmente oscura.
—Haber, en conclusión, no puedes hablar seriamente con Rivaille sobre su familia, porque ni tu misma estas del todo segura de quienes eran.
—Algo así.
—¿Algo así?
El teléfono de Mikasa empezó a sonar recibiendo una llamada de número desconocido. Ella le hizo un gesto a Erwin con la mano pidiendo tiempo y atendió.
—¿Hola?
Del otro lado nadie respondió.
—¿Hola? Hable…
Se notaba algo del otro lado de la línea, raro…
Parecía un extraño ruido de ambiente, y muy bajito, una respiración apenas audible.
—¿Quién es? —se cansó Mikasa.
Después de esa pregunta, el pitido de llamada acabada se oyó. Le había cortado sin hablar.
—Mmm… idiotas. ¿No tienen mejores cosas que hacer que gastar bromas telefónicas?
—¿Podemos seguir? —preguntó Erwin.
—Ehh, sí, ¿Dónde estaba? Ah claro… —se levantó y llevó las asas hasta el fregadero para refrescar el ambiente, y el tipo alto enseguida se puso junto a ella para ayudarla— bueno, se podría decir que, tengo una información no del todo fidedigna, pero la tengo.
—¿Una como cuál?
—A la semana de haber traído a Rivaille a casa, me llegó por correo privado una caja con papeles. Se supone que era todo lo que necesitaba para… "reiniciar" la vida de Rivaille. Había documentos, certificados, historiales, mucho papelerío burocrático que necesitaría después. Y también, entre todos ellos… —dudó antes de seguir.
—¿Qué había?
—No lo sé con exactitud. Una especie de dirección. Nunca he tenido el valor de comprobar hasta donde me llevaría, no es relativamente lejana. Pero nunca quise siquiera averiguarlo.
Erwin pensó.
—La única pista para dar con él, te la dio a ti. Seguramente por alguna emergencia o eventualidad excepcional.
—Sí, lo más probable. Pero no quiero saber nada con todo eso. Es cosa del pasado. Y al pasado se lo entierra, sobre todo si es tan turbio y tenebroso— se estremeció— Rivaille y yo vivimos en perfecta armonía. No creo necesitarlo, o más bien… espero jamás tener que necesitarlo.
—Me parece bien. Te lo recomiendo. Yo tuve a mi cargo ese caso cuando todavía era cadete de la policía, y por lo que pude ver superficialmente, era una pseudo mafia con la que nadie debería meterse— la alentó.
—Es cierto— aprobó ella su noción.
Nuevamente el silencioso ambiente fue perturbado por la música del teléfono de Mikasa recibiendo una llamada.
Ella se secó rápidamente las manos y acudió a atenderlo.
—¿Hola?
Otra vez el silencio. Ya la estaba incomodando.
—¿Oye me escuchas? ¿Quién eres? ¿Qué quieres?
El silencio era ahora más profundo. Esto la puso nerviosa.
—Deja de molestar— cortó enojada.
—¿De nuevo el bromista? —preguntó Erwin.
—Sí, solo ignóralo.
—Sí. Me decías…?
—¿Qué cosa?
—¿Qué donde tenías los documentos que recibiste?
—¿Te lo dije?
—No, por eso.
—Ah, ehhh… están seguros. Sí, muy seguros. No te preocupes por eso— le prometió.
—¿Eso es verdad?
—Absolutamente. Erwin, si hay algo de lo que me he encargado específicamente desde hace quince años, es de mantener alejado a Rivaille de cualquier cosa que pudiera dañarlo— le sonrió decidida.
El rubio arqueó sus enormes y tupidas cejas.
—Si tú lo dices… —y continuó secando tazas.
La misma tarde, y apenas a una habitación de distancia, Ackerman junior pulsaba los botones de su joystick desesperadamente, embelesado con su juego de coordinación de teclas y música, mientras Petra a su lado, desorientada y nerviosa, intentaba en vano de seguirle el rito como segundo jugador rival.
Todo era inútil.
Ya por la quinta vez consecutiva en que el chico le había ganado, ella arrojó el mando sobre la alfombra encolerizada para enseguida hacerse a un lado del sillón y cruzarse de brazos en un puchero escandaloso.
—¡Renuncio! ¡No quiero seguir jugando a este estúpido juego!
—¿Qué te pasa?
—¡¿Qué me pasa?! ¿Qué te crees, que estás en la liga mundial? ¡Yo no juego con estas niñerías! ¡Vamos a tu cuarto a hacer otra cosa!
—Hay vamos, no hagas un escándalo por nada. ¿Qué te gustaría, que te deje ganar? ¿Te sentirías conforme sabiendo eso?
—Por lo menos sería más entretenido que verte jugando en solitario.
Rivaille bufó largo y pesado.
—Ok, ok, déjame pasar un nivel más y luego haremos lo que tú quieras— le prometió un poco hastiado.
Se acomodó en el lugar y le dio play para una nueva partida en lo que la chica se acercaba a él y se aferraba a su brazo queriendo acurrucarse sobre su hombro, generando únicamente que su posición y concentración en las teclas se hiciera más difícil.
Cuando se detuvo finalmente, unas luces de colores con ruidos chillones le anunciaron en la pantalla que su nivel estaba superado.
Petra supuso que sería la hora de largarse y a otra cosa, pero no fue así.
Tras eso vio como el chico le ponía pausa al juego y se levantaba para estirar los brazos y crujirse los dedos.
—¿Ya terminaste?
—¿Qué? Ah, no. Pasé la primera etapa, faltan dos más. Ahora me da una pausa para prepararme. Voy al baño. Vuelvo en un momento— anunció Retirándose hacia el cuarto de la planta baja.
Petra se hizo un ovillo sobre el sillón y su cólera subió hasta las nubes; por un momento estuvo cerca de desconectar los cables de la consola y apagar todo sin guardar partida para que se despegara de lo que ella denominaba "el chupete electrónico", pero descartó su idea pensando en el revuelo que armaría, teniendo en cuenta lo mala leche que podía ser Rivaille algunas veces. Prefirió ahorrarse la bronca.
Miró el techo pensando en las muchas cosas que tenía ganas de hacer, y que no podía por culpa del videojuego. Pensó otro rato en las alternativas que podría intentar para entretenerse, muchas que podrían enojar a su lindo pequito. Al final se dio cuenta de que estaba definitivamente fastidiada por estar ahí, cuando podría estar afuera en una cita, y no atada en el sillón de su casa mirándolo jugar mientras su cerebro se hacía puré, y cargando sobre su conciencia que bajo el mismo tacho que la madre, no podría besarlo libremente como él se lo había pedido hacía poco.
Ofuscada, bajó los pies del sillón y escrutó la mesita frente a ella llena de juegos desperdigados, cables conectados y sueltos, la consola y los controles de la tele y otros aparatos momentáneamente en desuso, cuando de repente reparó en uno que le interesó en particular.
Allí, justo frente a ella, y sin ninguna barrera, estaba el celular de Rivaille.
Lo tomó despacito mirando en todas direcciones como buscando testigos de su atrevimiento, y comprobando que estaba efectivamente sola en la habitación, lo destrabó sin problemas y miró a la pantalla de linda definición, con botones de aplicaciones y un fondo colorido con alguna serie animé conocida.
Sin perder tiempo y mirando en dirección al baño ocasionalmente, entró en su lista de contactos para echarles una mirada:
-Alex
-Armin (psicopedagogo)
-Arthur
-Bellet Hunter
-Jean (hogar)
-Jean (celular)
-Lola
Nada interesante o llamativo, hasta bajar algunos más y llegar hasta un contacto sospechoso:
-Mi. Amor
Puso cara desconcertada. Tumbó sin querer la cabeza a un lado al leer el nombre. En ese momento no supo si alertarse, o enternecerse.
¡Había anotado su número con un "mi amor" en lugar de su nombre! Se regodeó por un momento y volteó hacia el baño. Aún no volvía. Sonrió en esa dirección y regresó la vista a la pantalla con cara de boba, para aprovechar el tiempo que le quedaba y seguir revisando los contactos, pero grande fue su sorpresa, cuando alcanzó las de más abajo en la lista y se encontró a sí misma:
-Paul
-Petta Green
-Petra
-Polo
-Sasha (celular)
Su semblante se congeló totalmente y sus manos apretaron el teléfono con fuerza. Releyó su propio nombre una y otra vez, dándole vueltas. Entró y se fijó el número, que sí era el suyo.
Se quemó la cabeza tratando de sacarle agua a las piedras hasta caer en la conclusión de que, no podía pensar por adelantado. Como su padre siempre le decía: recién con las pruebas en mano, uno puede comenzar el juicio.
Y así lo hizo.
Volvió hasta el contracto "Mi. Amor" y entró en él. Lógicamente desconoció el número, pero su indagatoria no terminaría ahí. Se atrevió a ir más allá, y con mucho nerviosismo, tanto que le temblaban los dedos, pulsó el mando de "llamar" y llevó el aparato a su oreja tragando saliva.
El número llamó varias veces y se escuchó a la operadora diciendo que la conexión era imposible y bla bla bla.
No se rindió y remarcó el número, pidiendo a algún santo patrón que el estúpido teléfono de la generación anterior que Rivaille tenía, funcionara bien al menos una vez.
De nuevo llamó varias veces, hasta que, como un baldazo de agua fría, trayendo a confirmación sus peores miedos, y arrastrando con ella una tormenta de ira contenida, se escuchó en la habitación contigua un sonido de llamado con melodía.
Se quedó momentáneamente paralizada.
En el living la voz de Mikasa se oyó decir claramente: "¿Hola?"
Estaba anonadada, ensimismada y hasta podía jurar que sudaba frio. Esto estaba mal. Todo estaba mal. La boca se le había sellado como si tuviera los labios pegados. En el auricular del teléfono podía escuchar la femenina voz de Mikasa diciendo exactamente lo mismo: "¿Hola?"
Pensaba a mil por hora, pero su cuerpo endurecido no acompañaba a su mente.
"¿Hola? Hable…"
Respiraba fuerte y con dificultad, hasta poder por fin abrir la boca como para decir algo, pero las palabras no salían.
"¿Quién es?" Preguntaba la voz de Mikasa del otro lado.
Fuera de sí, cortó la llamada a velocidad luz y soltó el teléfono sobre los almohadones del sillón.
Infló su pecho de aire mirando al condenado aparatito como una posesa.
Intentó calmarse. Pensó con claridad. Le dio muchos giros argumentales pero no encontró absolutamente ninguna explicación racional para lo que acababa de vivir.
Mandó a la mierda el hecho de estar invadiendo la privacidad de su novio o no, o que el mismo estuviera a menos de die metros de ella separado solo por una puerta y agarró otra vez el teléfono.
Esto simplemente no podía estar pasando. Tenía que haber sido alguna terrible coincidencia. Tenía que haber oído mal.
Volvió donde los contactos y llamó nuevamente el interrogante desconocido (por lo menos para ella).
Sonó tres veces, y como se lo esperaba en su fuero más interno, la voz de Mikasa seguida de su espantoso tono de llamada se oyeron, tanto en la habitación de al lado como en la línea:
"¿Hola?"
Sí, era ella. No podía ser ningún tipo de coincidencia. No había más explicaciones.
"¿Oye me escuchas? ¿Quién eres? ¿Qué quieres?"
Ahora se escuchaba molesta. Pero era lógico: recibía llamadas de alguien que sólo se limitaba a respirar en el parlante y oírla preguntar quién era.
"Deja de molestar."
Fue Mikasa la que cortó esta vez. Petra dejó el teléfono a un lado y se tumbó sobre el respaldo mullido y cómodo del sillón a mirar la nada.
De lo que estaba completamente segura ahora, es de que Rivaille no la tenía agendada con ningún alias, ni en ningún grupo de favoritos, ni nada por el estilo, y que en cambio de eso, había un contacto que decía "mi amor", que se dirigía específicamente a su madre y eso legos de parecerle raro, le resultaba aterradoramente repulsivo.
Había advertido desde hacía tiempo, que Rivaille sufría uno de esos tan comunes complejos psicológicos de loa que eran víctimas tantos niños, pero nunca se habría imaginado una cosa así. Hasta cierto punto llegaba a asustarla —o enojarla, mejor dicho—.
Se le revolvía el estómago solo de pensar en el trato que esa mujer debía tener con Rivaille para que el quedara así.
Notó que estaba apretando los cojines del sillón con las uñas y los soltó.
Ahora, su novio volvía del baño luego de haberse ausentado una exagerada cantidad de tiempo.
—¿Por qué tardaste tanto?
—Perdón, es que el espejo tenía muchas manchas. Tenía que limpiarlo.
—Pfff… Que lo limpie tu madre— comentó en voz muy baja para no ser oída.
—En esta casa nos repartimos las tareas— sentenció él que no omitió su desagradable sugerencia.
Petra puso los ojos en blanco. Pero no todo terminó ahí. Descaradamente y sin escrúpulos, se decidió a ir a la carga por lo que más le interesaba en ese momento, aprovechando la desconcentración de su novio con ese jueguito del demonio.
—¿Sabes amor? Vi que en tus contactos tenías a alguien que decía "mi amor"—le sonrió como una falsa— pensé que era mi número, pero los desconocí por completo.
Rivaille puso pausa al juego casi por instinto al oler el peligro. Enmudeció medio minuto antes de procesar la interrogación que le acababan de hacer.
—Tú, ¿revisaste mi celular?— la miró acusante.
—Sí, sólo buscaba el número de un amigo que borré accidentalmente, y sabía que tú tenías— seguía sosteniéndole la sonrisa forzada, y prosiguió: —pero no viene al caso. Rivaille— se acercó peligrosamente a su cara sin quitar esa expresión maquiavélica de alegre locura —¿me estás engañando con otra? —preguntó con un tono tan dulce que el chico se le erizaron los cabellos de la nuca.
—¡Por supuesto que no!— sentenció apurado.
—¿Y de quién es ese contacto entonces?
Él pensó rápido:
—Mi. Amore. Eso debiste leer. Es el contacto de Miranda Amore, una amiga.
Petra guardó silencio masticando su propia furia, pero con la misma cara de niña buena.
—¿A sí? Pero ahí decía "mi amor".
Él se fijó en los números y al encontrarlo sentenció dramático:
—Pero que idiota, lo escribí mal— tecleó en su pantalla para cambiarlo— Perdóname Petra, fue solo un error de tipiado. Siento haberte generado esa inseguridad— le dedicó una sonrisa discreta.
—No, está bien, no importa… —concluyó ella sombría, pero conservando siempre el mismo semblante angelical.
La noche cayó. Erwin partió a su casa donde su esposa ya lo esperaba. Los tres restantes cenaron algo que Petra insistió una y otra vez en preparar ella misma con cosas traídas desde su casa: fideos fritos con salsa de dos sabores y champiñones.
Estaba tan asquerosamente delicioso, que Mikasa no sabía si retorcerse más del deleite en su paladar, que resignarse a que ninguno de sus platillos, desde el más simple hasta el más elaborado, sería ni la mitad de bueno de lo que ese manjar era.
Era penosamente lógico, en su puta vida podría cocinar tan rico como Petra, por muchas horas que perdiera practicando. Era frustrante.
Como era ya algo normal, no recibió ni la más mínima señal de atención del parcito, ni durante la cena ni después de ella.
Al terminar, ellos sólo se retiraron tas el "buen provecho" y no volvieron a aparecer por allí en lo que restaba de la noche.
Cansada y tan desanimada que ni ganas tenía de ponerse a pensar en todo lo ocurrido durante la tarde, Mikasa subió hasta su alcoba y ahí se tumbó sobre la mullida cama, a mirar el techo hasta dormirse. Pensó que tal vez, al menos por cortesía, podría a la habitación de Rivaille a preguntar si necesitaban algo; pero habiendo escuchado en el camino unas risitas histéricas del otro lado de la puerta de éste, le desanimó completamente de intentar algo más; seguramente no sería bienvenida a entrar y entrometerse en cualquier divertida o interesante cosa que estuvieran haciendo.
Así y todo, divagando en sus propios problemas, pudo al fin descansar los ojos y su mente.
Bellos días, horribles noches.
Pájaros cantando sobre arboles brotados y flores resplandecientes en colores, sobre un parque verdoso donde niños jugaban, madres paseaban cochecitos y perros corrían. Y ella de la mano de esa mujer idéntica a ella, pero mucho más alta, que cada dos por tres le decía que no se alejara, que hiciera casa, que no tendría una chupaleta porque provocaba caries, que si perdía su globo no tendría otro por tonta. Una mujer muy bonita pero ciertamente aterradora.
Cuando subió la vista, encandilada por el hermoso sol del día la vio mirándola, con el ceño fruncido, sin soltar su mano, apretándosela. La cara de la mujer alta estaba machucada, y tenía pequeñas vendas por aquí y por allá.
Esa sería la última vez que la vería entera.
Momentos luego, caminaba por entre una multitud de negro, todos con caras grises y neutrales. Se adentraba hasta un altar, subía por las escalinatas y observaba las montañas de flores blancas y rosas y las velas de cera amarillas rondando todo el escenario.
¿Qué espectáculo sería tan digno de contemplarse que llamara la atención de tanta genta desanimada al pie de las escaleras?
Por entre las flores nadó, y en el centro de estas estaba su madre, retozando dormida, pálida, y con cadenas de oro rodeándole el cuello casi a punto de rompérselo.
Más allá de impresionarse, se alegró. Ver a su madre muerta le dio un aire de libertad inexplicable. Continuó mirando la escena que se desvanecía como su conciencia cuerda, cuando una mano la tomó fuertemente del hombro. Esa mano que le dolía.
Y luego la noche. Una tras otra, largas, interminables, sombrías. Noches que mostraban las bambalinas de ese show de máscaras que era su vida, donde de día el mundo la veía como una hermosa criatura, desdichada y huérfana, pero con coraje y dignidad; y donde de noche, él, quien era su ultimo salvavidas, la conocía más que nadie, la había sometido al control absoluto.
Esa mujer muerta le había dado miedo en vida, pasados las años, cada vez un poco más; pero mal que por bien no venga, ella era la única que impedía que él tomara posesión sobre su persona.
Sí. Durante esas noches escapaba, de una casa de los sustos, húmeda y lúgubre, con un olor a alcohol impresionante, buscando la salida. Tras hallar la salida corría y abría la puerta al mundo, pero lo único que se encontraba al otro lado era al mismo monstruo, tumbado sobre su propio charco de inmundicia, que la miraba queriendo descuartizarla. Así que entonces corría, a otra parte, y ahora buscaba una ventana por donde saltar, pero cuando llegaba de nuevo veía a través de ella al hombre, que lloraba sangre y se arrancaba costras de las manos.
Ella solo gritaba, y una y otra vez trataba de salir de la casa, entrando de nuevo una y otra vez por la misma puerta. Al mirar para atrás, siempre era el mismo pasillo infinito por el que ese hombre se acercaba caminando. Lento, rápido, qué importa, algún día llegaría, y ere día su vida también llegaría al final. Por eso no paraba de correr. Correr a pesar de que sus piernas ya no concebían hacer otra cosa que temblar.
A eso de las tres de la madrugada, Petra y Rivaille, sentados uno a la par del otro frente a la pantalla de la computadora chequeaban mensajes de Facebook en silencio y haciendo alguno que otro comentario aislado ante cualquier cosa interesante.
Mirando el reloj de su buró el chico dio crédito de la hora y sugirió ir aprontando todo para dormirse. Ella lo cayó mientras escuchaba la sugerencia poniéndole un dedo en los labios, cuando percibió un quejido amortiguado proveniente de la siguiente habitación.
—¿Oyes eso? —preguntó Petra susurrando.
Rivaille agudizó los oídos y se percató también: eran de Mikasa.
Obedeciendo totalmente a su instinto, quien lo obligaba permanentemente a abandonar cualquier cosa, en cualquier momento y con cualquier consecuencia, lo que sea que estuviera haciendo con tal de velar por la seguridad de Mikasa, se levantó para correr hasta el cuarto de al lado y entrar atropelladamente seguido de su novia.
La mujer, sin convulsionar como se lo esperaba, pero dormida, se retorcía sobre su colchón enredándose en sabanas que parecían estar ahogándola dormida, durante el trascurso de lo quizás, era una desagradable pesadilla.
Sin pensarlo dos veces se arrojó a quitarle las sábanas enrolladas del cuello y la cadera, para luego sujetar su cabeza por ambos lados con las manos, lo que provocó que despertara abruptamente abriendo los ojos como platos.
Los dos se quedaron quietos durante minutos enteros sin decir nada. Sus ojos estaban conectados por alguna fuerza sobrenatural inexplicable.
—Rivaille…
—Sí estoy aquí. Todo está bien Mikasa— habló para tranquilizarla.
La mujer se calmó lentamente y su respiración se regularizó, cuando tomó las muñecas del chico y desprendió las manos de su cara.
—Estoy bien, no te preocupes.
Fue entonces cuando Petra apareció detrás de él, con la cara contraída en una mueca de susto, mezclado con algo más indescifrable. Mikasa la miró descolocada, cuando calló a la realidad post-sueño, recordando que esa noche la niña se quedaría en su casa.
—¿Estás bien, Mikasa? —Preguntó de nuevo ella— ¿Estabas soñando?
Mikasa soltó el aire que contenía en los pulmones.
—Sí, eso creo. Ya no lo recuerdo— se lamentó enderezándose.
Rivaille se plantó al lado de su cama, ahora acusándola disimuladamente sin quitarse de ahí ni hacer amagues de irse.
—Hay, pequito, me asustaste demasiado. De repente saliste corriendo… —Petra volvió hasta la puerta y se recargó en el marco cubriéndose los ojos con una mano.
—Lo siento. Es que… pensé que podía ser algo peor… uno nunca sabe.
—¿Algo peor? ¿Cómo qué?
—Mikasa es epiléptica— sentenció él, sin darle tiempo a la aludida de hablar primero.
—¿Epiléptica?
—Desde los veinte años, más o menos— dijo él, como si diera parte médico, impidiéndole a Mikasa de nuevo hablar por sí misma.
—¿Por qué no me habías contado nunca?
—Es que hace mucho que no ha tenido ataques, por un tiempo, creo que lo pasé por alto.
—¿Lo olvidaste?
—Oigan— llamó la atención Mikasa— es muy interesante sin duda, sobre todo para ti Petra, una futura aspirante a doctora, peeeero… les recuerdo que son más de las tres, y están hablando como si tomaran un café amistosamente en mi cuarto. ¿Les molestaría ir al suyo y terminar la plática ahí, para poder retomar mi sueño en paz, queridos?
—Sí, perdón, ya nos íbamos— dijo Petra yéndose de inmediato— que descanses— volvió a asomarse desde el pasillo y se esfumó enseguida.
—¿Estarás bien? Mikasa…
—No te preocupes amor, las pesadillas me dan más sueño aún— le sonrió.
—Bien, pero si necesitas algo me… nos llamas ¿okey?
—Ya, ve.
Sábado otra vez. Afortunadamente agradable de pocas nubes y buen clima. Perfecto para dar un paseo, uno en el que Mikasa, desde ya, se anticipaba que no participaría.
Rivaille salió tomado de la mano con Petra caminando de la casa, rumbo al distrito comercial, mientras la solitaria solterona optó por descargarse por internet una serie de videos instructivos con técnicas de crochet.
Conclusión: otra aburrida tarde de fin de semana, con Rivaille pasándola bien con su novia, Sasha y Jean de luna de miel en alguna parte de Filipinas, Erwin y Hanji disfrutando de un fin de semana caluroso en su casa en la playa, Armin con trabajo extra de fin de semana, Christa igual, y sólo quedaba ella y los nombres de sus contactos en el celular.
Había llamado a Hannah y a Mina, quienes curiosamente se encontraban en la otra punta de la ciudad, en algún centro comercial recientemente inaugurado, con Loe hacía meses que no mordía ni cortaba, aunque no se explicaba porque aún no había borrado su número de los contactos.
Desistió de intentar hacer de algo su tarde, y buscó refugio en sus artesanías en crochet con música suave de fondo, hasta caer finalmente dormida. Las noches de pesadillas suelen dejarlo a uno muy mal descansado.
El celular sonando la despertó de un salto, miró en todas direcciones aún en la luna, cayendo finalmente a la realidad para refregarse los ojos. El reloj de pared marcaba las cinco y media.
"¡Joder! Dormí demasiado tiempo." Se incorporó de los puff y fue donde su teléfono para ver de quién era la llamada que no llegó a atender: Eren.
Una piedra se le atravesó en la garganta al leer el nombre.
¿Qué quería? ¿Para qué la había llamado? ¿Sería importante acaso? Claro, ¿por qué si no? No la llamaría por cualquier cosa menor teniendo en cuenta su altercado de hacía mucho tiempo ya.
Torció los labios razonando despacio. Devolverle la llamada, al menos para quitarse la duda, o sólo mandarle un mensaje…
En mitad de sus cavilaciones el aparatito volvió a sonar en su mano mientras lo miraba, y lo escuchó con su chillón tono varios segundos pensando si atender o no.
Bueno, le verdad no perdía nada haciéndolo.
—¿Hola?
—¡Hola Mikasa!—la saludó efusivo el muchacho.
—Eren, eh… ¿cómo estás?
—Muy bien. ¿Cómo estás tú?— se oía de buen humor.
—Mmm, mejor ni preguntes. ¿Necesitas algo?
—Yo, yo solo… es que estaba pensando en invitarte a salir hoy en la noche. Si quieres…
"¿Qué?" ¿Había oído bien?
—¿Salir?
—¡Sí! La verdad creo que lo nuestro quedó en el aire sin siquiera darle la oportunidad de blanquearlo, y lo hablé con mi psicólogo, que me dijo que necesitaba hacerlo para estar bien conmigo mismo de nuevo. Así que pensé ¿por qué no hablar directamente con Mikasa? Ya sabes… sobre el accidente.
"¿Accidente? ¿Dices accidente? ¿Esa es tu forma de pedir disculpas?"
—¿Ves al psicólogo?
—Sí. Mikasa, te seré sincero: no he estado nada bien desde que cortamos. Yo, quisiera saber si podemos sentarnos a hablar sobre lo que pasó. De en serio quisiera una oportunidad.
Ella se mordió el labio incomodada. La verdad no tenía ni milésima de ganas de volver a verle la cara, ya de por sí le costaba tener que hablarle, aunque sea por teléfono. Así que pensó lo más rápido que pudo alguna excusa barata para no seguir con eso.
—Eh… no te ofendas, pero la verdad hoy estoy muy ocupada, y lo estaré hasta tarde.
—Pero si Rivaille salió con la novia y tú no haces más que buscar algo que hacer…
Se maldijo por la fallida excusa; su cerebro reinició la búsqueda de una nueva por instinto, mucho antes de percatarse de una incoherencia en la conversación, que por supuesto, no dejó pasar:
—¿Tú como sabes eso?
—¿Cómo sé qué?
—Que estoy sola y aburrida, y que Rivaille salió, o mejor: ¿quién te dijo que estaba con su novia?
El silencio del otro lado de la línea provocó una inseguridad interna en Mikasa que hizo que sus cabellos se erizaran. Por algún motivo detectó el peligro.
—¡Es que…! Me los crucé en la… en… ¡por ahí! ¡Ya sabes! En la zona comercial. No importa eso, sólo dime si podemos juntarnos y dónde.
Tragó duro. Esto cada vez le olía peor: ¿Rivaille cruzándose con Eren, sin peleas de por medio, y contándole sobre su nueva novia? Casi de pensarlo le daba risa. Pero no en ese momento. Ahora solo podía sentir su estómago contraerse del temblor.
Eren sabía por un medio u otro que estaba sola en la casa. ¿Cómo? ¿La estaba espiando? ¿Desde cuándo? ¿Y para qué?
A tiempo record cientos de preguntas pasaron por su boca antes de decidir cuál decir primero, cuando escuchó que él habló primero:
—¡OYE! ¿Sabes? Mejor no, —habló ahora nervioso— acabo de recordar que tenía algo que hacer, un amigo me está llamando para avisarme. Lo siento, olvídalo de juntarnos hoy, no te molestaré si quieres estar sola. Pero hablaremos otro día ¿sí?— y cortó tras esa frase.
Mikasa se quedó callada, inquieta y paranoica. ¿La estaba espiando en verdad? Pero había cambiado de opinión demasiado rápido. ¿Por qué?
Justo en ese momento, había escuchado un par de voces afuera de la casa, que identificó de inmediato que eran de Rivaille y Petra. Caminó hasta quedar relativamente cerca de la puerta de entrada, pero no se paró ante ella, sino que se asomó a una ventana que daba a la calle para confirmar que habían vuelto.
Cuando los divisó tras la cerca del patio delantero, respiró hondo y se calmó, con un alivio que recorrió todo su cuerpo. Ya estaban ahí, ya no estaba sola, al menos.
Cuando volvió a la realidad, prestó más atención a lo que esos dos hablaban, disimulada tras una cortina: parecía que discutían, porque estaban gritándose cosas, que no llegaba a entender, pero lo hacían.
Su sentido de la responsabilidad interno le dio un tirón de oreja replicando que no debía estar haciendo eso. Espiar estaba mal, sobre todo a las parejas con sus propios problemas. Obedeciendo al super yo, como lo denominaba Freud, se apartó de la ventana y recargó la espalda contra la pared continua.
Sin esperárselo, el mal cruce de palabras terminó repentinamente con algo sonoro que a lo lejos pareció como un golpe o algo así, y apenas segundos después la puerta de la entrada —que desde su posición y con una pared de por medio, no veía— se abrió y cerró con un portazo tal que todas las paredes de la casa temblaron. Solo pudo ver pasar por el arco que daba al hall, a Rivaille encolerizado caminando con pasos que retumbaban en el suelo directo a las escaleras, y obviamente, a su habitación.
Volvió a la ventana y Petra se iba casi de la misma forma por su propio camino, desapareciendo al instante.
"De acuerdo… algo malo pasó."
Respaldada en la pared como estaba, echó cartas sobre la mesa de la situación: Rivaille y su novia había discutido por x tema y ésta le dio una bofetada que se escuchó hasta la otra cuadra. Ella se fue enojada, y él entró a la casa como una locomotora a vapor.
Fin. ¿Eso era todo?
Pensó cinco minutos en qué hacer. ¿Debía ir a preguntarle qué pasó? Quizá no correspondía. No era asunto suyo, y tal vez estaría tan enojado que no gustaría de ver a nadie.
La verdad no era una metiche por naturaleza, como siempre se dijo a sí misma: el histeriqueo y la buscaroña parecía ser algo que le apasionaba a las mujeres (o por lo menos a las que ella conocía), pero no le fascinaba saber lo último de los chismes. Si podía obviarlos, mejor.
Pero, consciente de que se trataba de su pequeño, y su primera novia —una que por cierto no le caía nada bien—, su "ello" irracional y osado le gritaba, que se arrojara de cabeza en el asunto, y se empapara de información.
Pensando en todo esto, reaccionó al fin cuando sus pies la habían llevado y depositado sin darse cuenta frente a la puerta de la alcoba de Rivaille. La miró de frente más tiempo de que hubiera querido, pensando si pegar la vuelta o entrar.
Pero era más fuerte que ella; entró a pesar de todos los contras que se dictó uno por uno.
Rivaille estaba sentado en el suelo recostado contra la pared, exactamente detrás de la puerta. Por suerte no lo golpeó al abrirla, pero cuando lo divisó, éste ni si quiera se dignó a mirarla a la cara. Tenía toda la mejilla derecha enrojecida.
Mikasa se acercó despacito hasta quedar en cuclillas frente a él.
—¿Estás bien?
Típica pregunta estúpida, antes de internarse en una selva de emociones violentas, como una barrera anti-furia. Era obvio que no estaba bien. Ella misma negó con la cabeza y volvió a la carga:
—¿Necesitas un oído que te escuche?
Él la miró, sin mutar su típica cara de día de perros. Volvió la vista al piso sin contestar, y asintió con la cabeza muy lentamente.
Tal como si lo hubiera criado durante once años, le leyó la mente sin el menor esfuerzo, y se sentó al igual que él, pero del otro lado de la puerta, para escucharlo, sin mirarlo.
Él empezó a hablar:
—No fui yo quien empezó.
—¿…? Yo no te acusé de nada todavía— le respondió casi en broma.
—Por si acaso.
—¿Por qué se estaban gritando?
—…
El silencio delataba que no estaba decidido a contarle, y no sabía por qué.
Mikasa suspiró largo y cansado, pensado que decir. Optó por lo primero y más fácil: manual inicial básico para "madres" solteras (si ese fuera su caso) con hijos varones púberes. "¿Existirá un libro así? Nos salvaría la vida a más de una."
—Mira Rivaille: yo soy una mujer. No sé mucho sobre lo que piensan y sienten los hombres. Fui adolescente alguna vez, es verdad, pero una muy atípica. Tuve mis amoríos, en los que no me fue muy bien, pero más o menos recuerdo lo que se sentía. Sobre todo contigo, que eres un niño, y de mi género opuesto, es con quien el problema se potencia. La verdad, y puramente la verdad: no tengo ni la menor idea de qué decirte en éste momento, aparte de "lo lamento mucho", y escucharte un rato. Porque, siendo más sincera aún: no se ni mierda de "los corazones de los jovencitos como tú". Y, no te ofendas, pero: de haber sido más comunicativo conmigo, en temas relacionados con Petra, tal vez tendría una base para orientarme en los problemas. Pero ya vez: no sé nada de nada. Lo siento. ¿Tú, quieres contarme algo en particular?
El silencio reinó en el lugar.
Rivaille se hizo esperar, pero al final declaró firme y rotundo:
—No necesitar entender demasiado. Petra… ella, estaba hablando sobre ti.
—¡¿…?!
—Y también sobre mí. Dijo cosas no muy desagradables de "tu forma de criarme" y "sobre-protegerme". Dijo que no eras un buen ejemplo en muchos aspectos, y que yo debería replantearme mi relación contigo.
Mikasa no sabía que responder. La verdad no se esperaba eso.
—Cuando traté de defenderte, empezó a acusarme de cosas, como que estaba "acomplejado", o algo así, y que me habías lavado el cerebro de alguna manera. Dijo un montón de incoherencias y yo me enojé. Le dije la cantidad de cosas molestas que ella tenía y que no se daba cuenta, y que no era el único que opinaba así. Entonces empezamos a pelear, te acusó de hablar mal de ella, de que tú eras siempre el problema, de que tú me hacías daño sin que yo me dé cuenta… —hizo una pausa— y entonces creo que se me fue la lengua, y le grité que era una niña pretenciosa que esperaba que todo el mundo hiciera lo que ella quería, que no paraba de joderme, y que era más pegajosa que una ventosa, pero cursi, y me golpeó.
Rivaille paró de hablar, y Mikasa creyó que ahí se quedaría, pero siguió, sorprendiéndola aún más:
—Al final, me parece que lo que Armin y el director me dijeron era cierto.
—¿Qué te dijeron? —preguntó desconcertada.
—Que tú eres el principio y el fin de mis problemas. Yo los mande a la mierda, pero ahora que lo pienso mejor, lo entiendo: mis peleas, mi falta de amigos, es todo por lo mismo.
La chica cayó en un pozo frío de angustia al instante. Algo se derrumbó dentro de ella al percatarlo. Rivaille estaba admitiendo que ella le hacía daño, aún sin querer. No la quería, sólo le daba problemas, y en última instancia, se los generaba de la nada.
—Me lo estuve pensando más tiempo del que crees— continuó él sacándola de sus cavilaciones— lo que dijeron no estaba tan errado, pero yo no utilizaría un término tan duro como "problemas", sino uno más amable.
—¿Problemas? ¿Más amable? ¿Qué cosa?
—Todo lo que me pasa gira en torno tuyo, y es lógico, porque eres lo más cercano que existe a mí. Tú eres el principio y el fin de mi vida. Y créeme que no estoy disconforme con eso.
Mikasa no contestó. Rivaille no la escuchaba tras la puerta. ¿Se fue sin escucharlo?
Por primera vez se movió del lugar para gatear hasta el otro lado de la puerta y descubrir que ella seguía ahí.
La vio llorar.
Estaba llorando, con los ojos brillándole estrepitosamente y la cara un poco enrojecida.
Abrió los ojos como platos. ¿La había hecho llorar?
Mikasa se tapó la cara como pudo con los puños, y repitió una vez:
—Gracias.
Y otra vez:
—Perdón.
Y entonces él quiso abrazarla, fue su instinto quien le dijo que lo hiciera, pero su cuerpo no quiso. Sin entender por qué, estaba paralizado mirándola. Su corazón latía desbocado, ha de ser por culpa, o emoción, o que sus manos se sentían como gelatina. Pero no podía moverse y ya.
Lo único que hizo fue rozarle la mejilla con el dorso de un dedo, y enjugarle una lágrima, para que ella se lo quedara mirando como idiota.
Otra vez lo mismo, se suponía que no debía ser así: ¿quién estaba ahí para consolar a quién?
Para cuando todo terminó, Mikasa se quedó con una conclusión ajena a lo que esperaba rescatar de todo eso: Rivaille no estaba madurando, ya había madurado. Antes se le habría arrojado encima a abrazarla y consolarla, o pedirme disculpas, o esas cosas que hacía de niño cuando algo la ponía mal; pero ésta vez había entendido lo que ella esperaba, que no debía consolarla, porque necesitaba, por una vez, hacerlo sola, y necesitaba, por una vez, consolarlo ella a él, que era en definitiva, el motivo por el cual se había hecho cargo de él desde el principio.
Que Rivaille tuviera a alguien que lo abrace en momentos así. Para eso, ella debía ser la primera en la lista, ahí plantada y dispuesta a escucharlo y apoyarlo, por más mala que fuera haciéndolo.
Cuando los dos se hubieron levantado del suelo, Mikasa le preguntó:
—¿Quieres que te haga un jugo exprimido a mano? —con una sonrisa.
—Claro.
Amagó para irse, pero se frenó al salir de la habitación.
—Rivaille…
—¿Si?
—Tú también eres… mi principio… y mi… bueno, todo. Lo eres todo.
Y bueeeeeno, hasta aquí este capítulo, que me quedó mucho más largo de que creía, joder!
Y eso que ESTO planeaba que fuera solo la mitad del capítulo, pero dejaremos el resto para la próxima vez, nee?
Les tengo que admitir que pensaba publicar cerca del viernes, pero me entusiasmé y lo terminé antes.
*El "yo", el "super yo", y el "ello", son conceptos de Freud básicos (un psicólogo muy importante para la historia). Explicarlos es una mata de conceptos tediosos, así que xD busquen en Wikipedia jajaja! Perdón ^^' pero de en serio me torturaron en la escuela para saberlos, y no tengo ganas de explicarlos de nuevo :'D
Última cosita, importante: no sé qué tan largo sea al cap que sigue (porque con los detalles que le pongo a veces sin querer, es impredecible), pero 99% seguro, que el que viene, será (como ya dije arriba) el final de éste arco, de la primera parte, "el final del principio" xDDD ya no sé qué otro título ponerle jajaja!
Pero mejor cuéntenme que les pareció este? Y esa trama? Me creen ahora cuando les digo que esto es Rated M? Bueno, porque si mierda! Ok, no es para tanto, pero siempre me gusta aclararlo, por la dudas ^^'
Un besote y nos leemos luego.
YUI~
