AKARIN!
Hái! Yuru Yuri ha acabado por fin...

Una figura solitaria entró al viejo cementerio militar y tras pedir las indicaciones al cadete, que la reconoció de la tragedia de hacía dos años, llegó a donde quería: una tumba solitaria sobre un montículo destacándose así del resto de las tumbas. Una inscripción:

AQUÍ REPOSA AKAZA AKARI
(Que su sacrificio nos haga aprender de nuestros errores)

Kyoko puso sobre la tumba un ramillete de rosas color violeta, casi negro, y unos libros de manga. Se dejó caer de rodillas sobre la tumba y sonrió con tristeza.

—¿Sabes cuánto te odio, verdad? Te odio, te odio de verdad. Todo lo que hiciste, todas las vidas que silenciaste con el único fin de cumplir tu venganza contra mí... pero no puedo enojarme contigo; no de verdad porque la culpa es de esos malditos que te convirtieron en esto. Y claro, mía también. Nunca supe cuánto te dañaba con mis chistes de poca presencia y claro; nunca pensé que eso terminaría por atraerlos a ellos. Te odio, pero a la vez siento que no debería, pues el cincuenta por ciento de la culpa es mía. Pero con todo y todo, y si te sirve de consuelo, lograste tu objetivo. Dejaste una marca en mi mente que el tiempo no logrará borrar. Te has convertido en el rostro de mis peores pesadillas y miedos. Incluso llegaste a robarte mi imaginación. ¿Sabes? Antes que comenzaras a cazarnos una a una yo era la autora de un exitoso y divertidísimo manga que a todos alegraba; pero después de todas esas muertes, incluida la tuya, ya nunca pude volver a imaginarme nada. Le dejé el resto de la producción de aquel manga a mis asistentes y yo me dediqué a una publicación en solitario. Es nuestra historia, de cómo una niña sin presencia, pero buena y linda con todos terminó por convertirse en una asesina psicópata por culpa de la negligencia de sus amigas; sobre todo a la de la chica más dinámica del grupo. No te confundas, me limito a contar nuestra historia, no imaginé nada nuevo. Y eso es lo que vengo a dejarte, ya que siento que a pesar de todo te debo al menos eso. Al fin eres la protagonista, ¿estamos a mano ahora?

Kyoko se levantó y se enjuagó sus lágrimas.

—Las extraño a todas, ¿sabes? Tenías que llevártelo todo, hasta lo más valioso que tenía. Pero por suerte no te llevaste a Ayano; sin ella hubiera perdido por completo la razón. Esta es la última vez que vengo aquí; dentro de poco Ayano y yo nos mudaremos al campo con la pensión que nos da el gobierno por los daños emocionales. Intenté quedarme, pero todo lo que me rodea me vuelve a llevar a aquel día en que declaraste tu odio en forma de un enfermo juego que puso nuestro miedo al límite. Mañana mismo nos iremos, pero antes tenía que venir a despedirme y decirte que lo siento. Te sigo odiando, pero lo siento de verdad. Adiós Akari, y quién sabe, tal vez nos veamos en el infierno.

Dicho esto, Kyoko regresó a su casa. Había pasado tanto desde el día en que Akari había muerto. Al principio al Coronel no le hizo gracia y gritó como nunca al ver que perdió a su mejor asesina; y el hecho que la responsable de su muerte ya hubiera muerto no le hizo bien, pues no tenía a nadie en quién descargar su ira.

Ayano no dijo nada, pero no tenía qué; desde que acabó todo se mostró fuerte como nunca y ayudó a Kyoko a superar lo sucedido. Llegó al extremo de esconder sus propias lágrimas para no preocupar a su mujer; y esa vez fue Kyoko la que tuvo que intervenir para que lo soltara y llorara su pérdida. Ayano lloró, por Chitose más que nadie. Desde entonces ambas esposas se ayudaban mutuamente a seguir adelante esperando que el trauma ocasionado por Akari se desvaneciera con el tiempo.

Las víctimas de Akari fueron enterradas en un precioso mausoleo en las afueras de la ciudad para que sus familias pudieran ir a visitarlas; aunque nadie se enteró jamás de la verdad. Las únicas que lo sabían fueron las tres sobrevivientes, pero se negaron a hablar de lo sucedido.

Durante el funeral Chizuru atacó a Kyoko, al extremo que dos militares bien entrenados tuvieron que agarrarla fuertemente. Kyoko no se defendió.

Y ahora, dos años después, Chizuru y Ayano se encontraron en la entrada del cementerio, ambas llevándole flores a la misma persona. Al igual que el matrimonio Sugiura, la vida en la ciudad se le hacía imposible a Chizuru y pensaba irse lejos, de regreso a Kansai, para no volver más. Pero claro, antes tenía que presentarle sus respetos a su hermana gemela. Ambas se saludaron con una inclinación de cabeza y depositaron con suavidad las flores en la tumba de Chitose.

—Escuché que ella las salvó —dijo Chizuru.

Ayano asintió.

—Entonces ya somos tres —dijo Chizuru tristemente. —El día que Akaza vino por nosotras, ella aseguró que yo no formaba parte en sus planes. Estoy segura que mentía, pero aun así le preguntó a Nee-san si quería morir junto a mí o si me dejaba vivir. Dijo que quería dejarme vivir, así que ella no me tocó. Imagino que apreciaba demasiado a Nee-san.

Ayano dejó escapar unas lágrimas.

—Chitose nunca pensó en salvarse, sólo quería salvar a las demás. Aún si ustedes hubieran sido las primeras en la lista de Akaza-san y ella las hubiera matado primero, Chitose sabía que si quería salvarnos tenía que sacrificarse. La admiro de verdad, eso es ser una excelente amiga.

Ambas se levantaron y dejaron el cementerio.

—Por cierto, —dijo Chizuru, —¿Cómo está tu mujer?

—Recuperándose —dijo Ayano con tristeza. —Todavía se culpa de lo sucedido. No comprende que la culpa fue de los uniformados.

Chizuru le dio la razón.

Así, se despidieron en silencio sabiendo que era la última vez que se verían.

FIN