Aria había vuelto su mirada al fuego, frunciendo el ceño, haciendo un esfuerzo mental y casi físico por no echarse de nuevo a llorar. Mientras, Misha continuaba mirándola al tiempo que trataba de asimilar aquella historia. Jamás se hubiera esperado una reacción tan violenta de la madre de la muchacha, sobre todo teniendo en cuenta que, a pesar de que su marido y antiguo señor de aquella pequeña ciudad había fallecido varios años atrás, a ella se la seguía conociendo como "la Dama" y se le seguía procesando un respeto propio de un alto cargo político. Lo único que había oído sobre ella en las calles eran halagos sobre su elegancia, su bondad y su saber estar, y a él mismo le había causado una muy buena impresión desde un primer momento.

- ¿Por qué no le explicas que no pensabas hacerlo, que solo lo mandaste para olvidarte de una vez del tema? Si quieres puedo acompañarte y…

- ¡No!- lo cortó la chica, ocultando ahora el rostro entre sus rodillas.- No… Ya no… Ahora… No sé qué hacer.

- ¿Estás diciendo que quieres ir?- el corazón de Misha se aceleró: nunca había oído hablar del archipiélago Nexo, y eso parecía señalar que no estaba precisamente cerca de allí.

- ¡Claro que quiero ir!- gimió la chica, levantando al fin el rostro.- Pero tengo miedo. Nunca he estado fuera de esta isla, ni sola, y mucho menos ambas cosas a la vez. Pero no quiero renunciar a esto. Y no quiero volver a ver a mi madre.- añadió casi para sí misma, frunciendo aún más el ceño.

El muchacho sentía el corazón martilleando contra sus sienes, el estómago algo revuelto y un asfixiante nudo en la garganta. No quería decir lo que iba a decir, pero sabía que tenía que decirlo. Aunque le explotara la cabeza. Aunque le rompiera el corazón.

- Yo tampoco había estado nunca fuera de mi isla, ni solo. Pero aquí estoy. Y estoy agradecido de haber tomado el riesgo.- apartó un mechón de pelo del rostro de la chica con ternura.- Si hay algo por lo que vale la pena aceptar desafíos, es sin duda por los sueños. Así que dime…- tomó rostro entre ambas manos, mirándola a los ojos con intensidad.- ¿Es tu sueño?

A la chica se le anegaron los ojos de lágrimas, pero no dudó un instante en asentir en silencio. Misha tragó saliva, para luego besarla casi con rabia. No quería que se fuera, no quería tener que decirle adiós. Pero sentía que debía impulsarla a seguir adelante con aquello, aunque al final pudiera ser el mayor error que cometiera en su vida.

Aria no tardó en reaccionar a aquel beso. Poco a poco, los recuerdos de aquella tarde fueron quedando a un lado.

Acababa de amanecer, y Misha ya estaba vestido y preparado para hacer lo que creía que debía hacer. Se volvió hacia la cama para ver la espalda de Aria en la penumbra. La espalda desnuda de Aria, convendría añadir. Los recuerdos de lo que había ocurrido la noche anterior hicieron que sus labios se curvaran en una sonrisa, a pesar de que un sentimiento agridulce continuaba atenazando su interior. Recogió el montón de partituras y las guardó en su carpeta: la chica tenía un sueño tan profundo que le había permitido terminar con sus correcciones sin temor a despertarla. A pesar de no haber dormido lo más mínimo se sentía lleno de energía. ¿Sería aquello un efecto secundario de… bueno, de "eso"? Ni idea.

Cuando Aria despertó, el sol ya comenzaba a brillar con más fuerza. Se irguió en la cama y de pronto se dio cuenta de su desnudez y recordó la noche anterior; podía sentir como se ruborizaba hasta la raíz del pelo, al tiempo que se tapaba instintivamente con las mantas. Enseguida se dio cuenta de que no había nadie en la casa.

Se levantó sin hacer ruido, recogiendo la ropa que Misha le había prestado la tarde anterior y poniéndosela; al acercarse al piano, encontró una nota del chico: "Volveré enseguida. Estás en tu casa". No pudo evitar sonreír ante la mala caligrafía del joven. Volvió a dejar el papel donde estaba y se dirigió a la cocina. Aunque no tenía hambre, se obligó a sí misma a coger una manzana de la encimera. El obligarse a comer era algo que ya tenía por costumbre, pues literalmente nunca tenía hambre, o por lo menos no recordaba la última vez que la había sentido. De igual forma, tampoco recordaba haberse sentido llena.

Se sentó en el pequeño y viejo sofá, sin saber qué hacer, mientras se comía la manzana. Y cuando la terminó, tras unos minutos de búsqueda exhaustiva de la papelera, volvió a encontrase sentada en el sofá mirando a la nada y preguntándose cuánto tardaría Misha en volver. Tras casi una hora de espera, entró en el baño para comprobar si su ropa estaba seca; unos instantes después, oyó la puerta de la casa abrirse y luego cerrarse, así que se asomó al umbral del baño.

- ¡Oh, ya estás despierta!- sonrió Misha, dejando tres maletas muy familiares para ella en el suelo.

- ¿Qué es todo esto?- preguntó Aria, acercándose.

El chico rió entre dientes, recordándole una vez más a un niño que acaba de hacer una trastada.

- Son tus cosas. Me he colado en tu casa después de asegurarme de que tu madre había salido. Por eso he tardado tanto. Hay que ver lo presumida que es la Dama.

- ¿Qué te has colado en mi casa?- exclamó incrédula la chica.- ¿Estás loco? Si mi madre llega a pillarte, o algún vecino te ve…

- Pero no ha pasado nada, ¿no?- rió, pellizcándole la mejilla que no estaba amoratada. Se dirigió a la cocina para servirse un vaso de agua.- Por cierto…-rebuscó en el bolsillo interior de su abrigo.- ¿Esto es tuyo?

- ¡Mi cuaderno!- Aria lo tomó en sus manos casi con devoción.

- He echado un vistazo y no he entendido nada, así que supuse que era física.- sonrió él, sintiéndose contento por haberla alegrado.

La muchacha rió, sentándose nuevamente en el raído sofá y ojeando con ilusión las últimas páginas de su cuaderno.

- Hace bastante tiempo que no escribo nada. – murmuró al llegar a la última página. Misha se sentó a su lado, mirando de reojo todos aquellos garabatos incomprensibles para él.- Mi madre me ha tenido demasiado ocupada con la academia.

- Pues eso se acabó.- sentenció con seriedad Misha, con la mirada clavada ahora en el vaso de agua que sostenía entre sus manos.

- ¿De qué hablas?

El pelinegro se irguió, mirándola al fin.

- Esta mañana, antes de ir a tu casa, he pasado un momento por tu escuela.

- ¿Qué? – susurró con voz ronca la chica, confusa.

- Y luego me he dado cuenta de que no sé quién es tu profesor de física, así que he escrito una nota y le he pedido a la mujer de administración que se la haga llegar.

- ¿Al profesor Kravomov? ¿Por qué? ¿Qué le has dicho?

- Le he invitado a venir aquí cuando acabe sus clases de la mañana. Y también le he dicho que ya ha llegado la respuesta del IFEAN…

- IEFAN.- corrigió Aria con un hilo de voz, sin creerse lo que estaba oyendo.

- Lo que sea. Ahora sólo hay que esperar a que venga y podremos…

- Espera, espera.- le cortó la morena.- ¿Cómo era la mujer a la que le diste la nota?

- Pues, no sé… Era vieja. Gorda. Bastante baja. Parecía una bruja.

- Oh, bien… Entonces el profesor no vendrá.- repuso la chica, recostándose contra el respaldo con los ojos cerrados, tratando de calmarse.

- ¿¡Cómo!? ¿¡Por qué no va a venir!? ¡Le he puesto la dirección bien, estoy seguro!

- La señora a la que le diste la nota es Justyna, la antigua secretaria. Lleva sin trabajar en la escuela al menos 9 años, pero sigue yendo todos los días. No está muy bien de la cabeza, que digamos. Ya sabes, la edad…

- Entonces, ¿¡qué vamos a hacer!?

- ¿Pero qué quieres hacer? No hay que hacer nada.

- ¡Claro que hay que hacer algo!- Misha se puso en pie, llevando el vaso al fregadero.

- ¿Algo sobre qué?

- ¡Sobre ti!

- ¿De qué hablas?- la chica abrió los ojos, mirándolo con el ceño fruncido.

- Tenemos que encontrar la manera de que puedas salir de la isla sin que tu madre se entrometa.- explicó el muchacho, como si fuera obvio.

Aria se quedó boquiabierta ante la respuesta del chico. ¿Salir de la isla? ¿Dejar atrás todo lo que conocía para intentar cumplir su sueño? ¿De verdad estaba dispuesta a arriesgarlo todo por algo en lo que no estaba segura?

- Estás loco…- murmuró.

- No.- Misha volvió a sentarse a su lado, tomando sus manos.- La loca eres tú si de verdad piensas desperdiciar esta oportunidad. Así que puedes decir lo que quieras, pero vamos a ir a ver a Kokravoc…

- Kravocov.- corrigió casi inconscientemente la muchacha, sin dejar de mirarlo con incredulidad.

- Lo que sea. Vamos a ir a verlo y te ayudará. Y no quiero ni que se te pase por la cabeza la idea de quedarte en este pueblucho.- sentenció Misha, dando por terminada la conversación y levantándose.- Y ahora, ¿quieres que vaya a comprar algo para…?

Antes de que terminara la frase, Aria consiguió salir de su estado de shock. Tiró de su camisa, obligándolo a quedar a su altura, y devoró los labios del atónito muchacho con una fiereza que incluso a ella le era desconocida.

Amparándose en la oscuridad de la noche, Aria guió a hurtadillas a Misha hasta la casa de su profesor. Era una vivienda más bien humilde, muy parecida a la del Maestro; las luces estaban apagadas y las puertas cerradas, pero tras tantas ocasiones de mentir a su madre para encontrarse con el profesor Kravocov para desarrollar algún nuevo teorema en lugar de asistir a la Academia, la chica sabía perfectamente dónde encontrar la llave oculta de repuesto: pegada al fondo del buzón.

Entraron con sigilo en la casa, asegurándose de que nadie los había visto, y una vez la puerta quedó nuevamente cerrada, Aria encendió la luz de la habitación que hacía las veces de cocina, comedor, sala de estar y estudio, para luego dirigirse a una de las dos puertas que había al final de la estancia y que conectaba con la habitación del profesor.

- Profesor, despierte.- murmuró Aria al tiempo que abría la puerta del dormitorio. La luz que entró repentinamente desde el salón dio de lleno en la cara del pobre hombre, que dio un respingo, abriendo los ojos desmesuradamente.

- ¿Aria?- dijo con voz ronca, incorporándose y estirando su ajada espalda.- ¿Qué haces aquí? ¿Ha ocurrido algo?

- Nada grave, pero mi acompañante insiste en que debo hablar con usted al respecto.- suspiró ella, ayudándolo a levantarse de la cama.

- ¿Acompañante?- murmuró Kravocov, saliendo de la habitación del brazo de la chica, arrastrando los pies.

- Sentimos haberte despertado, viejo… Profesor.- se corrigió Misha, ante la mirada de advertencia de su amiga.- Mi nombre…

- Sé quien eres, jovencito. El sobrino del Maestro.- aquello salió de sus labios cargado de algo que sonaba a desprecio.- Si no fuera por tu tío, la ciencia tendría el respeto que merece en este maldito pueblo…

- Siéntese, profesor.- interrumpió Aria acercando al anciano a una de las butacas, tratando de cortar el hilo de sus pensamientos.- ¿Quiere agua?

- No, hija, estoy bien.- sonrió el viejo profesor, llenándose su rostro de profundas arrugas.- Cuéntame, ¿de qué tienes que hablarme?

La chica suspiró, sentándose en la otra butaca.

- Su amigo del IEFAN ha respondido, y me ha ofrecido una plaza para que continúe mis estudios allí.- explicó, sin levantar la mirada de sus manos.

- Y a tu madre no le ha hecho ninguna gracia, ¿es eso?

- ¿Cómo lo has…?- murmuró sorprendido Misha, apoyándose en el respaldo del asiento de Aria.

- Muy fácil.- cortó nuevamente el anciano, esta vez de manera más afable.- El maquillaje no es tu punto fuerte, hija mía.

Aria agachó aún más la cabeza, avergonzada, a punto de echarse a llorar. Había tratado de ocultar la marca morada de su mejilla izquierda y la de su labio roto con el maquillaje que había encontrado entre todas las cosas que Misha había sacado a escondidas de su casa, pero no había conseguido que pasaran desapercibidas ante la aguda mirada del profesor.

- Además, la Dama ha pasado hoy por la escuela preguntando por ti. A estas alturas, ya casi todo el pueblo debe saber que has "desaparecido".

- Tal vez lo mejor sería que regresara a casa…- murmuró, aún con la cabeza gacha.

- ¡De ninguna manera!- intervino Misha, asombrando al profesor.- Viejo, tienes que ayudarme a convencerla de que debe ir al IFAEN.

- IEFAN.- corrigieron la chica y el anciano al unísono.

- Ya, ya, lo que sea.- dando la vuelta alrededor de la butaca de la chica, el joven se acuclilló ante ella, tratando de ver su cara.- Aria, no puedes desaprovechar esta oportunidad. No porque tengas miedo de estar sola, o lejos, o sola y lejos…

Kravocov observó la escena, sorprendido por la actitud del muchacho. Siendo sobrino de quien era, había esperado que tratara de convencer a Aria de que debía quedarse y continuar con la música: la muchacha era una de las estudiantes más avanzadas de la Academia, razón de sobra para que el Maestro tratara de evitar por cualquier medio que abandonara su equipo.

- Ayúdame un poco, viejo.- dijo Misha mirándolo por encima del hombro, sacándolo de sus pensamientos.

- Jovencito, te aseguro que no hay nada que yo pueda o deba hacer.- replicó, poniéndose en pie y estirando la espalda.- La decisión final está solamente en manos de Aria, y nosotros debemos quedarnos al margen.

- ¡Yo no puedo quedarme al margen!- exclamó el chico, poniéndose en pie.- No quiero que cometa un error del que luego se arrepienta.- se acercó al profesor, que se había situado en la cocina, al otro lado de la sala.- Por mucho que duela…- añadió, con una voz apenas audible.

El anciano lo vio entonces todo con claridad, y tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse en la cara del muchacho, cuyas mejillas se habían teñido ligeramente de rojo, tal vez al darse cuenta de que aquellas últimas palabras las había dicho en voz alta. Con un suspiro, el profesor se acercó nuevamente a su pupila.

- Hija, mírame.- casi ordenó, una vez se situó ante Aria; ella levantó la mirada, mordiéndose el interior de la mejilla que no tenía magullada.- No todo el mundo tiene el talento que tienes tú, y de los que tienen ese mismo talento, son muy pocos los que se encuentran como una oportunidad como esta. Si decides no aceptarla, se habrá acabado: yo ya estoy mayor, y pienso retirarme pronto, tal vez antes de que acabe el curso. Al fin y al cabo, apenas tengo 5 alumnos en mi clase, y tú eres la única que se interesa. Tendrás que obedecer a tu madre, y ser como ella siempre ha querido que seas: una señorita educada en la feminidad que dejará de cultivar su inteligencia para, algún día, casarse y darle unos nietos adorables, que crecerán con las mismas ideas con las que tuviste que crecer tú.- el anciano lanzó entonces una mirada fugaz a Misha, que tragó saliva y agachó la cabeza.

Pero si la aceptas, el mundo entero se abrirá ante ti. Saldrás de este pueblo de descerebrados, podrás dejar de fingir y ser quién eres de verdad: una chica brillante, un poco obstinada a veces, algo sarcástica otras. Sí, estarás sola y lejos de todo lo que siempre has conocido, pero nadie alcanza sus sueños sin arriesgar algo. Además, en Nexo hay muchísima gente que comparte tu pasión, gente de tu edad con la mente fresca y abierta de la juventud; no como la de este pobre viejo al que ya comienza a fallarle la sesera.- rió roncamente.- Además, siempre podrás volver. No es como si esta isla fuera a hundirse en el océano si te fueras, no seas tan egocéntrica.- esta vez fue la chica quien rió levemente.- Así que… ¿qué piensas hacer?