¡YO NO SOY EL DUEÑO DE LOS PERSONAJES DE HOTEL TRANSYLVANIA! A EXCEPCIÓN DE LOS OC'S


Agradecimientos:

Byakko Yugure: gracias por tu review. Lo sé, lo sé, me halagas :v Lo de Grendel, pues, como dije antes, no tiene que serlo :v Y eso es lo bueno. En cuanto a lo de cómo se salva, bueno, debes leer para saber. Gracias por leer.

Daniel Shurtugal: gracias por tu review. Huehuehuehuehue :v Sí lo sé, Alexis es un maldito :v Aquí verás lo que pasará con él, espero que disfrutes cómo Dennis se las cobra :v. Gracias por leer.

algebra12: gracias por tu review. Es que estoy loco, ¿no te has dado cuenta? :v En fin, espero que te guste el capítulo. Gracias por leer.


XI

Mi sacrificio, mi familia, mi futuro

Las voces sonaban lejanas y agitadas. Había sollozos y sorpresas, pero Dennis casi no las oía claramente, era como si hubiera una pared entre él y los demás. Una pared que cada vez se hacía más grande y más gruesa. Casi no veía, solo podía percatarse de manchas borrosas moviéndose de un lado a otro y una mancha marrón chocolate a su lado, sosteniéndole la cabeza. Pequeñas gotitas de agua caían sobre su mejilla, casi haciéndole cosquillas, mas iba perdiendo la sensación muy rápidamente.

De repente, cuando casi dejó de oír, de ver y de sentir, una mancha más alta se detuvo frente a él, se agachó y le colocó una mano en el pecho; acto seguido todo se aclaró. Dennis se reincorporó con una bocanada de aire, sintiéndose como si saliera de lo profundo del mar por busca de aire. Respiró con brusquedad y tosiendo. Jadeaba. La cabeza le daba vueltas, los oídos le pitaban, el cuerpo le temblaba y le dolía respirar, pero al menos estaba consciente y la enorme oscuridad que parecía inminente había desaparecido.

Winnie ahogó un sollozo de sorpresa y lo abrazó; él se encontraba aturdido, y miró el lugar para ubicarse. A su derecha Wilbur estaba arrodillado junto a Clarisse, tomándole la mano, y con lágrimas en los ojos; junto a él, Grendel, quién emitía un tenue brillo verdoso de sus nudosas manos posadas en el vientre de la morena, que parecía aumentar de tamaño muy lentamente. A su izquierda Licaón estaba sentado sobre el cuerpo (al parecer inerte) de Bertrand, y junto a éste, Verdung y Bourgot acostados boca arriba con los ojos en blancos viendo la nada.

Todo le vino de golpe a la mente: la llegada al poblado, la pelea en la plaza, la ayuda de ellos tres en la colina, el ataque a Clarisse, la ira de Wilbur y, lo que más le aterró, Alexis quitándole su sombra y viajando a Transilvania.

Se sorprendió de seguir vivo, porque Grendel le había dicho que le habían quitado parte de su Ren, dejándole la suficiente para que siguiera vivo, sin embargo, si le llegaban a quitar una parte completa, en este caso su sombre, moriría sin remedio, ¿entonces por qué seguía vivo?

Trató de ponerse pie, consiguiéndolo apenas y gracias a que Winnie le ayudó. Miró a Lilito quien estaba a su lado.

—¿Cómo…?

La súcuba sonrió. Dennis aún no dejaba de intimidarse por sus expresiones, le parecía que en cualquier momento saltaría sobre él y lo mataría en revancha por lo sucedido en la cueva.

—¿Sigues vivo? —completó ella, con voz cantarina y aterciopelada, desbordando una alegría casi rozando lo infantil; se estaba divirtiendo—. Gracias a mí. Logré implantarte las Sheut de esos dos lobos. —Señaló a Bourgot y Verdung por sobre su hombro—. Te hice ganar tiempo, pero no mucho. Sus sombras de licántropos no pueden mantener unidas las partes restantes de tu alma de vampiro. —Se llevó un dedo al mentón, pensativa—. Te doy diez minutos.

—¿Diez minutos? ¿De qué me van a servir diez minutos?

Lilito se encogió de hombros con una sonrisa divertida. Dennis recordó la decisión «sacrificio o muerte» que le había sugerido la súcuba y comprendió por qué lo hizo: aún no decidía, y ella estaba esperando ese momento. Él era su entretenimiento.

—Tienes diez minutos para recuperar tu sombra y tus recuerdos antes de que tu cuerpo rechace las sombra de ambos lobos o morirás. Aunque tus posibilidades no es que sean muchas.

—Oh, vaya, que tranquilizador —masculló Dennis.

—¿Y cómo llegamos? —preguntó Winnie, apremiante.

Lilito le lanzó una mirada homicida e indignada.

—¿Yo estoy pintada en la pared? —se ofendió; chasqueó los dedos y la neblina que pululaba a su alrededor se condensó en las manos del vampiro, dejando en las mismas una gruesa daga de plata. Dennis miró a la súcuba—. Debes decidir… —le recordó ella, sonriendo con macabra diversión— y más vale que lo hagas pronto.

Antes de que Dennis pudiera replicar, Lilito chasqueó los dedos y la purpura neblina se ensortijó alrededor de él y la lobuna. Se arremolinó con tal fuerza y velocidad que les impidió moverse. Todo se puso oscuro y, cuando las revoluciones de la neblina disminuyeron, ambos se encontraban en el inicio del puente que conectaba el bosque embrujado con el Hotel Transylvania.

La vista que observó lo llenó de terror, pero la vez de una gran ira.

Alexis estaba en el medio del puente, levitando a unos dos metros del suelo, usando el control de los poderes de Dennis haciendo levitar enormes rocas de la ladera del bosque o del mismo fondo del lago, causando que arremetieran contra el hotel, pero no lograban impactar, se deshacían.

En las puertas del hotel estaba Vlad con los brazos extendidos hacia el hombre lobo, reteniendo su ataque. Los pedruscos iban como misiles hacia el vampiro de piel azulada, pero cuando entraban dentro de su rango, el brillo en las piedras pasaba de verdusco (de las habilidades de Dennis) a un brillo rojizo y se desmoronaban en polvo.

Por su parte Drácula aprovechaba que Alexis estaba concentrado en Vlad y evacuaba a los residentes del hotel llevándoselos volando, monstruos y humanos por igual, solo que estos últimos eran respaldados por Mavis; y Jonathan junto a los padres de Winnie, hacían de protectores, tranquilizando a los que esperaban a que ambos vampiros los sacaran de allí.

Dennis empezó a caminar hacia Alexis dando traspiés, cada paso le causaba un enorme dolor y podía sentir cómo dentro de él algo luchaba por soltarse y lo jalaba en varias direcciones distintas. Recordó que Lilito le había dicho que las sombras de Bourgot y Verdung estaban manteniéndole el alma unida ya que le faltaba su propia sombra; pudiéndole encontrar sentido a la extraña sensación de cómo si tiraran de él.

Sin detenerse, apretó la daga en su mano con las fuerzas que tenía, las cuales, poco a poco estaban dejándolo. Cuando dio el décimo paso casi se desmayó. Sintió una presión horrible en el pecho y se percató de que algo le escurría de la nariz: un líquido espeso y caliente; cuando se llevó la mano al rostro se dio cuenta de que era sangre. El tiempo se le agotaba.

—Winnie —le susurró—, ¿ves a los que están allá? —Apuntó con la cabeza a los monstruos que se agolpaban detrás de la puerta giratoria del hotel—. Quiero que vayas y los ayudes.

Ella arrugó la frente, preocupada.

—¿Y pretendes que te deje así contra Alexis, en el estado en que te encuentras?

—Winnie —insistió, la sensación aumentó, era como si lo jalaran en dos direcciones distintas—, no hay tiempo para discutirlo. No dispongo de tanto.

Ella pareció indecisa, pero acató; con cuidado se quitó el brazo de Dennis de encima del cuello y le dio un rápido beso antes de irse.

—No hagas ninguna locura.

Dennis sonrió, reprimiendo una mueca de dolor al sentir una nueva punzada en el pecho.

—¿Y cómo le llamamos a lo que hemos estado haciendo durante estos días? —rió—. No prometo nada. —Le dio otro beso—. Ahora ve, mi zing.

Winnie sonrió, se dio la vuelta y fue corriendo hacia el hotel.

Dennis suspiró y dio un ahogado gemido de dolor ahora que la loba se fue y no podía oírlo. Sentía como si se estuviera quemando de adentro hacia afuera, pero consiguió regular su respiración y llamar la atención del lobo.

—¡Alexis! —gritó.

Este paró su ataque contra el hotel y volteó, sorprendido, al oír su voz; tanto que no se percató de que la Winnie pasaba fugazmente bajo él.

—¿Cómo…?

—¿Sigo vivo? —completó él, burlón y desafiante—. Necesitas más que eso para matarme.

La expresión de Alexis pasó de sorpresa a una enorme ira.

—¿Qué paso, chucho? ¿No puedes creerlo? —incitó Dennis, dando una risita despectiva—. ¿No puedes creer que hagas lo que hagas no puedes superarme? —La cabeza le palpitaba con el latir de su corazón, era como si le fuera a explotar—. Yo liberé a Winnie, yo disolví ese estúpido consejo y yo mandé al traste todas tus retorcidas ambiciones… y aún así no puedes conmigo.

Alexis soltó un rugido y Dennis rió para sus adentros. Apretó con todas sus fuerzas la daga mientras la escondía tras su espalda, le estaba costando mantenerse de pie, las piernas le flaqueaban y la vista comenzó a ponérsele borrosa. Estaba en las últimas.

—¿Qué esperas? —apremió Dennis, dándose un golpe al pecho con la mano libre, fijando sus ojos en los rojizos del licántropo—. ¡Ven por mí! ¿O tienes miedo?

Alexis se lanzó como un rayo hacia él; Dennis apenas pudo percatarse de esto, lo único que pudo prever fue la trayectoria del lobo. En su arranque de ira, Alexis cargó contra Dennis en línea recta, por lo que él solo debía moverse a un lado y evitar la embestida, pero eso era algo que no podía. No tenía fuerzas.

En su posible última movida, precipitó su peso hacia adelante, con la daga a la altura del pecho.

Las garras de Alexis se le clavaron en el cuerpo y los colmillos pararon en su hombro, haciéndolo lanzar un grito de dolor que perforó la noche; Alexis empezó a reír sin soltarle el hombro.

—¿Te ríes en tus últimos momentos? —preguntó Dennis, con sorna, jadeando—. Memorable.

Alexis ahogó un gemido de sorpresa cuando se percató de que una gruesa daga de plata estaba clavada perfectamente en el centro de su pecho, y Dennis llevó su mano, temblando como si tuviera vida propia, al cuello del lobo, arrancándole las dos esferitas en su cuello: la azul con sus recuerdos y la negra con su sombra.

El hombre lobo dio unos pasos atrás y cayó de espaldas al suelo, dando espasmos mientras trataba de sujetarse la daga que, cuando la tocaba, le quemaba la piel con un siseo.

Las piernas no le dieron para más y Dennis cayó de rodillas al suelo. Podía oír los llamados de todos, sus padres, Winnie, sus suegros, su abuelo y bisabuelo. Alzó la vista al cielo nocturno y vio que la luna estaba en lo más alto, firme e inamovible, con ese brillo plateado.

Se percató que muy, muy alto en el cielo, con sus enormes y membranosas alas de dragón desplegadas y perdiendo su apariencia hermosa, estaba Lilito, rodeada de una niebla purpura, que parecía que trataran de ocultar su aspecto. Le pareció oír la voz de ella en su mente: Sacrificio o muerte.

Al estar al borde de la muerte (otra vez), una calma y serenidad lo dominaron. No. Era algo más fuerte, estaba en paz. Se preguntó qué se sentiría al morir. Imaginó si tal vez vagaría como fantasma en los alrededores del hotel o si todo lo que dicen los humanos sobre otra vida sería posible.

Sacrificio o muerte, le retumbó de nuevo la voz de la súcuba en la mente. Dennis rió casi sin fuerza. Ahora su mente estaba clara y comprendía el significado de esa petición. Por eso tenía esa sensación de separación con las sombras de los lobos, porque sus Sheut, al estar separados de sus dueños originales, destruían al receptor. ¿Acaso Alexis estaba consciente de eso o no lo sabía? ¿Su sed de venganza era tan fuerte que estaba dispuesto a morir con tal de haberlo matado antes?

Para poder unir la parte de su Ren que eran sus recuerdos y la Sheut que era su sombra, necesitaba una magia fuerte, del mismo calibre que la que usaron para separarse, y comprendió que la única que tenía dicha habilidad, era Lilito.

¿Cómo no pudo verlo antes?

—No sé si puedas oírme —musito con las últimas fuerzas que tenía—. Yo elijo… sacrificio.

Pudo ver cómo la súcuba asentía con una sonrisa macabra, mientras poco a poco todo se volvía negro. Las dos esferitas en su mano le quemaron como si fuera lava y de un segundo a otro desaparecieron. Oía pasos. Muchos pasos viniendo hacia él y su nombre ser mencionado desde varias voces, que poco a poco, se fueron ahogando.

Fijó la mirada al hotel y vio que, frente a toda la multitud de monstruos que venía, estaba Winnie, tan hermosa como siempre.

Sonrió…

Y todo se puso negro.


Despertó y se incorporó abruptamente, jadeando, miró a los alrededores y se percató de que estaba en la misma habitación en la que había despertado cuando perdió sus recuerdos, lo que lo alivió. En la mesita de noche junto a la cama había un tazón lleno de vendas con manchas rojas y cuando se movió para levantarse, sintió un dolor proveniente de varias partes del cuerpo; ahí fue cuando se percató de lo grave de su estado.

Tenía vendado el torso en su totalidad, los hombros y parte de sus antebrazos. Se extrañó porque por lo general las heridas se cerraban solas al poco tiempo de causárselas, fuera cual fuera su magnitud. De pronto todo le llegó de golpe. Todo lo ocurrido en los últimos días y a su vez, todos sus recuerdos. Suspiró agradecido de que todo lo hecho haya servido de algo, pero aún había algo que le preocupaba: ¿dónde estaba Winnie? ¿Y qué fue de Clarisse?

Se puso de pie con esfuerzo y con varias muecas de dolor, tenía muchas preguntas en la mente. Empezó a caminar con cuidado, apoyándose de las paredes, cuando la puerta se abrió chirriando. Winnie venía con las orejas caídas y no se percató de que Dennis estaba de pie, casi llegando a la puerta. La lobuna chocó contra él, sacándole un pequeño quejido de dolor.

—¿Por qué esa cara? —preguntó Dennis, divertido.

Winnie alzó la vista y ambos cruzaron miradas, sus orejas se irguieron y una sonrisa empezó a dibujársele en el rostro. Antes de que Dennis pudiera decir algo, ella se le lanzó en un abrazo y le estampó un beso. Lo hizo con tanto entusiasmo que causo que perdiera el equilibrio y se trastabillara hacia atrás; cayendo ambos en la cama.

Se separaron y ella, en su emoción, lo abrazó con todas sus fuerzas, sacándole un quejido.

—Con cariño, mi zing, que estoy frágil —bromeó, acariciándole el cabello.

Ella alzó la vista, apenada, y él se percató de que tenía pequeñas lagrimitas agolpándosele en los ojos. Acto seguido frunció el ceño y le dio un suave golpe en el pecho, a lo que Dennis ahogó un grito y los ojos se le volvían chiribitas del dolor.

—Como vuelvas a hacer esa locura por tercera vez…. ¡Te mataré yo misma! —le reclamó.

Dennis sonrió, le pasó un brazo alrededor de la cintura y le dio un beso. Al separarse levantó una mano y la miró a los ojos con una sonrisa traviesa.

—De locuras está llena nuestra vida, mi zing —dijo él—, pero prometo no volver a tratar de matarme para resolver la situación, siempre y cuando no sea tan mala. Aunque locuras aún faltan por venir. —En un rápido movimiento Winnie quedó sobre la cama y Dennis sobre ella; colocó su frente sobre la de ella—. Si me pongo a sacar la cuenta me faltarían números: que nos fugásemos, que nos quedásemos en un hotel, la noche de la fiesta, lo de Alexis, lo de Bertrand, y esto último.

Winnie sonrió y le pasó los brazos sobre el cuello.

—¿Cuándo recordaste?

—Apenas me desperté.

Ambos rozaron sus narices con cariño.

—Tienes razón, zing-zing —dijo Winnie—. Locuras faltan muchas, pero ahora debemos bajar para que conozcas una sorpresa.

—¿Conocer? —La sonrisa de Dennis se perdió, dejándolo desconcertado—. Las sorpresas no se conocen.

Ella sonrió y le hizo una señal para que se levantaran. Ambos se pusieron de pie y, con ayuda de la loba, Dennis caminó con más facilidad.

—Estas sí —dijo ella, sonriendo.

—¿Estas? ¿Son varias? —quiso saber él.

Winnie emitió una risilla y no le dijo nada más, dejándolo que se ideara mil cosas. Caminaron con lentitud por los pasillos, moviéndose estratégicamente para no tropezar con nadie.

—Esto, zing-zing… —dijo Winnie con vacilación—, con respecto a lo de tus heridas.

—Ya lo sé. —Dennis negó con la cabeza, afable—. Lo descubrí cuando decidí.

—Ah… Lilito me lo contó. —Winnie rodó los ojos, el mencionar a la súcubo la ponía de mal humor.

—Ella me propuso dos opciones: sacrificio o muerte —relató Dennis, sin dejar de caminar—. Al principio pensé que sería sobre uno de ustedes, ya sabes, dejar morir a uno o sacrificar a uno, y luego de que casi murieras, más me aferré a esa idea, pero la cosa no era así.

»Cuando agonizaba por segunda vez lo entendí todo. La decisión no se basaba en ustedes, se basaba en mí. Es decir, en mi alma. Cuando me percaté de que mi Sheut y parte de mi Ren estaban cristalizados en esas esferitas, supe que Lilito jugaba un papel en todo esto. Ella, quien casi me quita la parte de mi alma que representa la personalidad, es decir mi Ba, debía tener alguna fuerza mayor, porque como dijo Grendel, no cualquiera separa un alma.

»Lo demás fue lógica. Si yo elegía que me reinsertara mi sombra y mis recuerdos así tal cual, terminaría muerto. Porque así como las sombras de Bourgot y Verdung se resistían a mí, mi sombra podía haber hecho lo mismo y, como estaba mi cuerpo, era obvio que no lo soportaría. Luego quedaba la otra opción: sacrificio; de esa manera Lilito podría reinsertarme la sombra y los recuerdos, pero sacrificando algo.

—Y sabes qué, ¿cierto?

Asintió.

—Mis poderes, solo que no sé a qué grado los perdí.

Winnie sonrió de manera tranquilizadora.

—De manera básica, es decir, deberás aprenderlos desde cero, aunque siguen estando allí.

Dennis suspiró aliviado, su miedo a perder sus poderes era infundado. Caminaron tanto que llegó a pensar que estaban rodeando el hotel, pero luego de subir varias escaleras que nunca había visto y recorrer los pasadizos de piedra, llegaron a la habitación de Wilbur y Clarisse.

Cuando la loba llamó a la puerta a Dennis lo embargó el temor. ¿Y sí pasó algo con Clarisse? ¿Y si sus pequeños no se salvaron? ¿Y si…?

Calma, zing-zing, dijo Winnie en su mente. No les pasó nada malo.

Dennis pegó un respingo, llevándose una mano al instante al cuello, no recordaba que aún llevaba puesto el collar que les había dado Vlad.

Wilbur abrió la puerta y su aspecto daba mucho que desear. El hombre lobo estaba con unas ojeras que parecían hechas con maquillaje, lo parpados parecían pesarle mil kilos porque no lograba mantener ambos abiertos al mismo tiempo, por lo que parecía que estuviera lanzándole guiños. Cuando vio al vampiro se le dibujó una sonrisa; desde lejos se notaba que el lobo estaba a punto de caerse del agotamiento.

—¿Podemos? —preguntó Winnie.

—Eh… —Wilbur intentó procesar lo que ella dijo, estaba que caía desmayado al suelo— sí, claro, pasen. —Les hizo una señal con la pata y ellos entraron.

Ambos se sentaron en el sofá que había en el cuarto y ahora que Dennis se percataba, la habitación de ellos parecía pequeña comparada con la del lobo y la morena. En primer aspecto era igual que la de ellos, solo que esta tenía ubicada las cosas de manera que se viera espaciosa, y otra cosa distinta era que en uno de los lados, donde debería estar la pared divisoria con la habitación contigua, había era una enorme cortina de seda.

Dennis no comprendía el por qué del estado de Wilbur y estuvo tentado a preguntarle a Winnie sobre qué hacían allí esas cortinas, mas todo eso dejó de importarle cuando oyó un llanto agudo y una enorme alegría y emoción se apoderaron de él.

Volteó a ver a Winnie, sorprendido y contento.

—¿Acaso? —le susurró.

—Sí —sonrió ella.

—¿Cuándo? ¿Cómo? ¿No se supone que tenían un mes? —Movió los ojos como si viera ecuaciones en el aire y luego al enfocó a ella—. Las cuentas no me dan.

—¿Recuerdas que ella se tomó algo cuando peleamos contra los lobos?

—Sí. —Si estaba en lo cierto, era un frasco con un líquido color caramelo.

—Eso era una especie de retardante que le preparó Grendel —explicó Winnie—; evitaba que Walpurgis afectara a los cachorros ralentizando el crecimiento acelerado. Pero cuando Volkov… —Dennis no necesitaba el collar para percibir las emociones de ella, pronunció ese nombre con un enojo casi palpable— cuando ese la atacó, las cosas estuvieron mal. Grendel tuvo que acelerar el crecimiento más de lo esperado para evitarles algún daño a los pequeños, por las heridas en Clarisse.

—Ah… —comprendió—. ¿Pero nacieron bien? ¿Y cuándo?

—Sí, nacieron sanos… y fue hace tres días.

Dennis asintió.

—Un momento, ¿tres días? —se sorprendió—. ¿Cuánto duré en cama?

—Hoy se cumplen quince días.

Se quedó sin palabras, ya iban dos veces que le pasaba eso.

De las cortinas de seda salió Clarisse con dos bultitos envueltos en mantas, uno en cada uno de sus brazos. Wilbur venía cargando un tercero dándole un biberón, que, cómicamente, tenía estampado una huella de pata en el recipiente.

—¡Hey, despertaste! —saludó Clarisse, luego frunció el ceño—. ¿Cuál es tu manía por tratar de matarte?

Winnie y Dennis rieron. Clarisse se sentó a su lado y el bultito de la derecha estiró sus patitas cuando vio a Winnie, la morena sonrió y le dio el pequeño a la loba, mientras Dennis miraba absorto la escena.

—¿Y cómo se llaman? —preguntó este, mirando con fascinación y ternura al que Winnie estaba cargando. Se imaginó así en un futuro y la cara se le puso colorada.

—Este es Akela —dijo Winnie—, es casi un hombre lobo puro, igual que su hermano, solo que son más calmados. Quizá sean los genes humanos.

—Esta es Wanda —dijo Wilbur, señalando con la vista a la pequeña que cargaba—. Es casi una humana, solo que tiene colmillos y garritas.

—Y este… —dijo Clarisse tendiéndole el cachorro a Dennis, era igual a Akela, solo que tenía los ojos azules— es Dennis.

Dennis ahogó una exclamación cuando oyó el nombre, se quedó viendo fijamente a la morena.

—Vamos, cárgalo —lo alentó Winnie.

Él la miró y luego a Clarisse.

—¿Segura? —le preguntó a Clarisse, mirando al pequeño—. Y si se me cae y se rompe y explota.

Winnie y Clarisse rieron.

—Te pareces a Wilbur el primer día, Dennis —le reprochó Clarisse, risueña. El pequeño Dennis estiró sus patitas hacia el vampiro—. Mira, quiere que lo cargues.

Dennis cargó al pequeño Dennis, el lobito lo miraba y ladeaba la cabeza, y el vampiro por su parte parecía hipnotizado con el pequeño.

—Hola —musitó mirando al cachorro. El pequeño Dennis rió divertido enseñando una hilera de dientes puntiagudos, pero cortos. Estiró sus patitas hacia él vampiro y este lo recostó contra su pecho. Dennis pequeño se apretaba fuerte a la camisa de Dennis mayor y mordía suavemente los vendajes del mismo, sacándole muecas de dolor—. Es tan apapachable.

Winnie sonrió.

—¿Estás llorando? —preguntó Clarisse, burlona.

—¿Qué? —Dennis se percató que tenía los ojos aguados—. ¡No! Es solo que… tengo los ojos resecos por tanto tiempo en cama y por eso tengo chiribitas. Sí, eso.

Wilbur y Clarisse sonrieron burlones, mientras Winnie parecía haber entendido el impacto que le causaron los pequeños cachorritos.

Llamaron a la puerta. Wilbur fue a abrir. Dennis miró a la entrada y vio que los padres de Clarisse, el señor y señora Chase, estaban en ella. El padre de ella tenía la tez un poco más oscura que Clarisse, la barba pulcramente recortada en forma de perilla y su cabello caía hasta los hombros con unas trenzas adornadas con piedritas preciosas; vestía un smoking italiano y llevaba un sombrero de copa baja. Dennis sabía que el padre de Clarisse dirigía una empresa, pero con la pinta que llegó, parecía más bien un cantante de jazz.

La madre de Clarisse, por otra parte, parecía más jovial. Era casi la copia de la hija, mismos ojos marrones claros, misma melena castaña y misma sonrisa traviesa. Llevaba una camiseta y unos vaqueros cortos, rematando con una chaqueta de cuero negro.

—Disculpen, señores, creo que se equivocaron de habitación —dijo Wilbur, meciendo a Rebeca.

Winnie le pasó a Akela a Clarisse; ella se levantó.

—Wilbur —dijo—, son mis padres.

Este ahogó un grito.

—Me dijiste que iban a venir mañana —murmuró.

—Se adelantaron. —Se encogió de hombros.

—No estoy preparado, Clari. ¿Qué voy a decir?

—Un hola sería buen inicio —interrumpió el señor Chase.

Wilbur pegó un respingo.

—Lo siento señor Chase, digo suegro, digo…

—Mi pequeña ya es madre —dijo la señora Chase pasando de ambos y centrándose en su hija; la abrazó y reparó en Dennis, viéndolo con una sonrisa pícara a él y a Winnie—. Vaya, veo que ninguno de los dos perdió el tiempo.

—¿Qué? —Dennis recordó que aún tenía en brazos al pequeño Dennis, luego vio a Winnie y de nuevo al pequeño. Podría jurar que la cara le iba a explotar—. ¡Oh, no! ¡No es lo que cree! —aclaró, tendiéndole al cachorro—. Este es su nieto.

La señora Chase tomó al pequeño en brazos y lo meció un rato. Dennis y Winnie tomaron eso como señal para salir de allí. Pasaron al lado del señor Chase y Wilbur, el lobo le lanzó una mirada suplicante como diciéndole que no lo dejara solo, a lo que Dennis se encogió de hombros, divertido.

—Si mañana sigues vivo —le susurró a Wilbur mientras salían—, los invitamos a algo.

Salieron de la habitación y la puerta se cerró. Dennis pudo oír cómo tras la puerta el señor Chase preguntaba: «Y bien, ¿cómo fui abuelo tan rápido?» Él y Winnie se rieron a carcajadas al ver el complicado porvenir de Wilbur.

Decidiendo que quería darles la buena nueva a sus padres de su despertar, ambos caminaron hasta que llegaron al vestíbulo e ingresaron al comedor principal. Cuando lo vieron llegar se abalanzaron sobre él. Mavis, Jonathan, Drácula, Vlad, Wayne y Wanda le reclamaron sobre lo estúpido y peligroso que fue lo que hizo, Dennis se encogió de hombros con impotencia cuando le contó lo sucedido detalle a detalle.

Todos se mostraron algo mejor y dieron paso al desayuno. Dennis apenas se había dado cuenta de la enorme hambre que tenía. En el comedor todos charlaban de lo más normal y con los ánimos renovados por su despertar. Pudo notar que en un lugar de la enorme y larga mesa Licaón y Frank tenían un concurso de vencidas y Waleska era el árbitro; en otro lado Grendel hablaba afable con Murray y Cleopatra, las momias y el trol comparaban sus aptitudes mágicas: Grendel hacía crecer unas plantas sobre su plato mientas Murray arremolinaba arena alrededor del suyo. Y junto a Vlad, hablando como si se conocieran desde siempre, estaba Lilito.

«¿Qué pasó con ellos tres?» —le preguntó Dennis a Winnie por el pensamiento.

Decidieron quedarse, le respondió Winnie. Vlad y los tres eran compañeros de andadas en sus siglos dorados. Lilito decidió pasar un tiempo aquí (aunque me sigue molestando un poco), Grendel viene cada tanto a investigar sobre cómo mejorar su magia; los libros de la biblioteca del hotel le sirven de mucho, tanto así que ha podido rejuvenecer un poco a Licaon. Y éste último decidió seguir nuestro consejo y se vino a quedar en Transilvania, junto a Waleska.

«Vaya, me alegro por ellos» —reconoció.

El desayuno pasó con alegría y de una manera más bulliciosa que de costumbre, y Dennis se sentía bien así. Le daba la sensación de que lo que hizo valió la pena.

—¿Cómo llevas ser abuelo de nuevo? —le preguntó Jonathan a Wayne.

El hombre lobo suspiró mientras esquivaba un brazo que pasó rozándole la oreja. Los hijos de Wally habían salido iguales que cualquier hombre lobo y sumado a la capacidad de separarse, eran un caos que aumentaba exponencialmente cada segundo.

—Ahí; lo mismo de siempre —confesó él—. Aunque me alegro de que Akela, Wanda y Dennis sean mucho más tranquilos que sus primos. —Agachó la cabeza y esquivó una cabeza que por poco le muerde la oreja.

—Chicos —dijo Wally, al extremo de la mesa, concentrado más en su comida que en sus cachorros—, por favor, dejen en paz a su abuelo.

—Ahora te toca sufrir a ti, Wally —dijo Wayne, burlón, mientras daba un bocado a su desayuno.

—¿Conociste al pequeño Dennis? —le preguntó Mavis a su hijo.

—Sí —contestó Denis; hizo una pantomima con la mano—. Es tan… apapachable.

Mavis y Jonathan asintieron sonrientes.

—Me imagino cuando tengas los tuyos —apuntó Mavis, soltando un suspiro risueña.

Wayne, Winnie y Dennis se ahogaron con la comida.

—¡Mamá, por favor! —reclamó Dennis, sonrojado.

El desayuno terminó y Dennis se fue junto a Winnie a la habitación, se quitó la camisa y vio que las heridas aún no cerraban por completo, pero no se veían tan mal como suponía.

El día pasó con rapidez y la noche llegó. Toda la escena en la habitación de Clarisse y en el comedor lo dejó pensativo. No podía sacarse de la mente la carita del pequeño Dennis ni la conversación que tuvo con Winnie cuando subían rumbo a la capilla en aquel pueblo en Francia. Le llegó una idea.

Salió de la habitación rumbo al salón de su abuelo. Entró. Le dio una breve explicación de lo que iba a hacer y éste le dio lo que necesitaba con una sonrisa picarona. Dennis salió del estudio con un consejo de Drácula: «solo imagínalo.»

Llegó al cuarto y le propuso la idea a Winnie.

—¿Quieres ir a cenar?

Winnie arqueó una ceja.

—¿Adónde? —quiso saber.

—Es una sorpresa —dijo Dennis con una risilla—. ¿Aceptas?

Winnie lo analizó con la mirada, como viendo si tenía truco. Suspiró y asintió. Dennis le tomó la pata y la abrazó por la cintura mientras levantaba su mano con una piedra de las que trasportaban en ella.

—Un momento —dijo Winnie, alarmada—. No podemos irnos así, déjame cambiarme al menos…

Dennis lanzó la piedra y todo se volvió de un nubarrón negro. Mientras sentía cómo daba vueltas sobre sí mismo, la presión le taponaba los oídos y el aire se agotaba, se imaginó a ambos vestidos de manera formal y en un lugar especifico y…

Tocaron tierra. Cuando abrió los ojos reparó en que Winnie estaba impresionante: llevaba un vestido blanco sin mangas y de escote bajo, que resaltaba su cabellera suelta. El collar que le había regalado hacía tres años, con los tres dijes, se lucía en su cuello y, bajo éste, el collar que les dio Vlad.

Él recordó que en su quinto cumpleaños, ella usaba un vestido parecido. Sonrió al verla.

Por su parte Dennis llevaba un smoking a la medida y su capa de vampiro a la espalda.

«Amo estas piedritas», pensó.

Cuando se dio cuenta de dónde estaban sonrió triunfante, mientras Winnie ahogó un grito de la sorpresa.

El maître (un duende), les indicó que su mesa estaba lista y los sentó en una terraza en la azotea con vistas a las luces de París y los barcos en el río Sena. El camarero trajo pan recién horneado y queso, una botella de vino y dos copas para ambos. Cenaron un montón de cosas que Dennis ni siquiera podía pronunciar. Hacía casi media hora después, Winnie salió del shock y habló.

—¿Y esto por qué? —preguntó—. Digo, no es que no me guste, me encanta, ¿pero por qué?

Dennis se encogió de hombros.

—No hay ningún motivo en específico. Solo quería verte feliz.

Winnie sonrió.

—Lo hiciste. Estoy impresionada.

—Tengo mis momentos —repuso con falsa modestia.

Terminaron la cena y Dennis palpó el smoking, esperanzado en que la susodicha piedrita le hubiera dado el traje con tarjeta y todo lo necesario. Por fortuna, así fue. Dejó la tarjeta de crédito sobre la mesa y ambos salieron del lugar.

Caminaron por la calles de Paris abrazados, Dennis había pasado su brazo alrededor del cuello de Winnie y la había acercado a él.

—¿Recuerdas lo que te dije en el poblado? —preguntó con vacilación. Se percató de que ella se estaba sonrojando—. ¿Q-qué opinas sobre eso?

—¿Por qué lo dices? —quiso saber ella, ocultando una sonrisa.

—Es que al ver a Clarisse y Wilbur y a los pequeños me preguntaba…

—¿Sí? —dijo Winnie, reprimiendo una sonrisa.

—Bueno que…

—Ajá, continúa.

Dennis se percató de la sonrisa de Winnie.

—¿Te estás riendo?

—¡No, que va! —Dio varios pasos, como si la hubieran atrapado en una travesura, con las patas tomadas a la espalda y luego se volvió a verlo, sonriendo alegre; su pelaje marrón chocolate contrastó con el brillo amarillo suave de las farolas y el blanquecino de la luna en el cielo.

Parecía una diosa que hubiera descendido.

Todo por él.

Recordaba el ahínco con el que durante toda esa travesía, quería recuperar sus recuerdos, más que todo para saber cómo tuvo la suerte de tener a Winnie, y ahora que los tenía de vuelta, le parecía cómico el que los hubiera buscado, porque ahora, en ese preciso instante, teniendo tres años juntos, seguía sin tener ni la más remota idea de cómo tuvo tal suerte. En realidad, ella siempre estuvo allí.

Esbozó una sonrisa, que contenía todas sus emociones, y se acercó a ella, la abrazó por la cintura, apoyando su frente en la de ella, perdiéndose en el azul de sus ojos.

—Lo que quiero decir es que me gustaría… ya sabes, tener una familia. Juntos.

Winnie le rodeó el cuello con los brazos, mientras tenía una sonrisa en los labios.

—¿Sabes algo? —le susurró rozándole la nariz con cariño; Winnie se acercó lo suficiente para que sus labios quedaran a milímetros de separación—.Yo también quiero.

Dennis sonrió y la besó.

Ese beso fue el mejor que le habían dado, cargado de sus sueños y anhelos. Y con el ruido de los transeúntes y los autos de fondo por las nocturnas calles de la ciudad, y al fondo, el brillo de la Torre Eiffel, entendió que toda la travesía que ambos habían pasado solo había servido para fortalecer el amor que se tenían el uno a la otra.

Porque ahora que había recuperado las memorias de su Zing, nada le impedía amarla y quererla como solo él sabía.