Capitulo XII

Tres días, tres días de insoportable dolor y de gritos de desesperación que parecían calmar la angustia y el dolor pero no lo hacían. Todo eso desapareció cuando, aun en mi inconsciencia, lo oí a él, oí esa voz, entonces supe que por mucho dolor que pasara, todo tendría sentido si lo volvía a ver a él. Comencé a oír débilmente pero a la vez a larga distancia, notaba como gente caminaba por distintos sitios de aquel lugar en donde me encontraba, oía leves murmullos sin llegar a entenderlos, oía a alguien respirar al lado mío. Poco a poco recuperé la sensibilidad de mi cuerpo y noté que mi mano derecha estaba en manos de otra persona, que esta le proporcionaba pequeños y dulces besos. Por último pude tomar control de mis ojos y fui abriéndolos despacio. Cuando los abrí del todo y se acostumbraron a la poca luz que había en aquella habitación, se encontraron con los de Cayo quien me sonreía.

—¿Cómo te encuentras?

—Creo que bien… —analicé todo lo que tenía a mi alrededor y llegó hasta mis sentidos un olor indescriptiblemente rico.

Mi cuerpo me pedía que me abalanzara sobre aquel vaso y que bebiera de él, pero algo me decía que no estaba bien, que no lo tenía que hacer.

—¿Athenodora?

—Llévate ese vaso —supliqué— llévatelo.

Me agarré las piernas y me aovillé en la cama.

—Tienes que beber, Athenodora.

—¡No quiero esa sangre! ¡No quiero beber sangre humana!

—Athenodora —dijo más serio.

Mi garganta ardía y me pedía gritos que la bebiera.

—Llévatela —susurré.

Le vi dudar. Segundos más tarde me agarró del brazo, se acercó a la ventana y se lanzó conmigo en brazos.

—¿Cayo? ¿A dónde me llevas?

—A que te alimentes —dijo serio— no pienso perderte de nuevo.

La gran casa estaba al lado de un bosque, un gran bosque. Nos adentramos en él y corrimos durante unos cuantos minutos, en ese tiempo me di cuenta de que no me cansaba y podía seguirle el ritmo con facilidad. Diría que no estábamos corriendo a una velocidad humana, eso seguro.

—¿Qué quieres que haga aquí?

Levantó una ceja como si fuera obvio.

—Si no quieres sangre humana, tendrá que ser de animales, es la única alternativa.

—¿Qué tengo que hacer?

—¿Qué te dice tu instinto que hagas?

Cerré los ojos y me concentré en percibir la presencia de algún animal. Mis instintos invadieron todo mi cuerpo haciéndose cargo de su control. A los pocos segundos ya me había abalanzado sobre un cervatillo que pastaba al lado de un árbol. No tuve suficiente con uno por lo que cacé dos más. Cuando me levantaba de mi última presa vi que Cayo me observaba a poyado en un árbol.

—¿Qué tal lo he hecho?

Me mostró su dulce sonrisa.

—Bien, muy bien para ser una neófita.

—¿Neófita?

Se acercó hasta mi a gran velocidad.

—Si, se les llama así a los vampiros recién nacidos.

—Me tienes que explicar muchas cosas.

—Si —convino— antes quiero pedirte perdón.

Desvié la mirada pero él tomó mi mentón, cariñosamente, con sus manos, obligándome a mirarle.

—No me acuerdo muy bien de mis recuerdos humanos, he estado intentando recordar pero lo veo borroso, difuminado —me sonrió con dulzura.

—Te tuve que decir eso aquel día, te tuve que dejar no quería que tuvieras esta vida, Athenodora yo te amo y me alegraría muchísimo que me perdonaras.

Ahora fui yo quien sonreí.

—Te perdono —dije sin dejar de mirar sus ojos carmesí— yo también te amo y no me quiero separar de ti nunca más.

Sus ojos brillaron como si de estrellas se trataran, enredé mis brazos en su cuello y los dos nos acercamos para fundirnos en un beso. Ahora Cayo ya no se contenía como lo había estado haciendo tanto tiempo sin yo saberlo, ahora me podía besar sin miedo a lastimarme, ahora podíamos estar completamente juntos.

Se separó de mi levemente.

—Athenodora, tenemos que volver.

Asentí sin más. Él tomó mi mano, de nuevo, y comenzamos a caminar.

—¿Voy a conocer a tus hermanos?

—Y a la guardia.

—Gianluca mencionó algo de la realeza, que tu pertenecías a ella —me llevé la mano que tenía libre a la cabeza—. No lo recuerdo con claridad.

—No te preocupes, yo te lo explicaré —hizo una pausa—. Es cierto lo que te dijo: mis hermanos y yo somos los líderes de los vampiros, formamos la realeza junto con la guardia…

—¿Son como los soldados del rey?

—Exacto —me sonrió— ellos hacen cumplir las leyes, son enviados por nosotros.

—Y, dime, ¿qué más puede hacer un vampiro?

—Cómo has observado somos muy rápidos y ágiles, pero también fuertes, fríos…

—¿Por qué yo no te sentía frío? El primer día recuerdo que si pero los demás no, ¿por qué?

—Por que en la guardia tenemos a Dylan, su don es poder cambiar la temperatura corporal. Lo ha desarrollado tanto que puede transferir el calor corporal a otro cuerpo.

—Vaya…, ¿dones?

—Si, no todos los vampiros tienen.

—¿Tú tienes?

—No. Pero Aro y Marco si.

—¿Tus hermanos?

Asintió con una sonrisa antes de hacerse a un lado para dejarme pasar por una puerta de aquel castillo, si: era un castillo pero hasta ese momento no me había dado cuenta.

Me tomó la mano con firmeza y atravesamos una sala para entrar en una salita pequeña, perecía una recepción.

El olor de sangre humana fresca llegó hasta mi olfato, instintivamente agarré más fuerte la mano de Cayo quien me respondió con otro apretón para darme ánimos.

—Señor —dijo aquella mujer de pelo castaño antes de volver a ocupar su sitio.

Atravesamos la puerta que había al otro lado saliendo de la pequeña salita.

El gran habitáculo, rodeado por columnas que formaban su base, parecía ser la sala de las visitas de aquel castillo pues tres tonos se situaban en frente de la puerta, dos de ellos, ocupados por hombres el otro estaba libre.

Varios vampiros rondaban alrededor, supuse que sería la guardia. Pude ver que había tanto mujeres como hombres. No como en la guardia del rey de volterra, que solo estaba constituida por hombres.

El hombre que estaba sentado en el sillón del medio se levantó cuando nos vio entrar.

—Athenodora, querida —se acercó hasta nosotros y tomó mi mano.

Tenía el pelo negro, lacio y largo hasta los hombros, su piel nívea como cualquier otro vampiro, de rasgos delgados, no más de un metro ochenta. Tenía los mismos ojos rojos que Cayo.

—Una descripción adecuada —formuló.

Mis ojos se abrieron como platos [i]¿Me estaba leyendo el pensamiento?[/i]

—Aro puede ver todos los pensamientos que has tenido con solo tocarte —dijo Cayo mientras me acariciaba el hombro con su mano.

—¿Su don?

—Si.

Aro apartó su mano de las mías y se volvió hacia una niña rubia.

—Jane ve a buscar a Suplicia y Didyme.

—Si, amo —hizo una leve inclinación de cabeza y obedeció.

—Este es Marco.

Me indicó Cayo al hombre que se acababa de levantar y se acercaba a nosotros.

—Bienvenida.

Le contesté con una sonrisa pues no sabia como actuar, esto para mi era nuevo, muy nuevo.

Una de las puertas laterales se abrió y entraron dos mujeres más aparte de Jane, caminaron hasta llegar hasta nosotros.

—Damas —saludó Aro con una leve inclinación de cabeza a las que estas respondieron con otra.

Una de ellas iba a hablar cuando la puerta que estaba a nuestras espaldas se abrió.

—Será mejor que os la llevéis, Suplicia. Tenemos un asunto que tratar —Suplicia asintió cuando Aro terminó de hablar.

—Vamos, cielo.

Miré a Cayo instintivamente quien me asintió.

—Cuando termine nos encontraremos.

Asentí y tomé la mano que Suplicia me tendía. A los pocos minutos estábamos fuera de la sala.


Aquí otro! Y ya es vampira como algunas esprábais.

Espero que os guste!

Besos.

¿rr?