Disclamer: ninguno de los personajes me pertenece, todo es de la genialosa S. Meyer... obviamente. Sólo la historia es mía XD


CAPITULO X

Corazones Confusos.

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Lillian observó por enésima vez el arreglo de flores que estaba tirado en el piso de su cocina –hacía menos de dos segundos que su madre lo tenía en las manos y ahora estaba esparcido por todo el lugar-.

Intentó comprender lo que ocurría, pero se sentía realmente confundida. En especial cuando su madre ni siquiera abrió la tarjeta, simplemente vio el nombre afuera y arrojo el montón de orquídeas contra la pared, dejando que las perfectas flores se estrellaran y esparcieran por el suelo.

-¿qué…?- intentó preguntar de nuevo, pero su madre seguía con la mirada clavada en el suelo, en las flores regadas y rotas -¿mamá?

El timbre sonó y su madre se quedó completamente quieta, como si aquel sonido fuese totalmente ajeno a ella. Lillian tuvo que caminar lentamente, mientras alguien aporreaba la puerta a golpes y parecía dispuesto a quedarse pegado a aquel botoncito ruidoso.

-¡ya van!- chilló, moviéndose con cuidado.

Los últimos días el médico había ido a visitarla y a informarle que podía dejar el reposo absoluto, pero todavía tenía que mantenerse lo más descansada posible. Su madre, prácticamente, la obligaba a permanecer sentada o recostada todo el día. De hecho, esta era la primera vez que caminaba más de dos metros en todo el día. Lo que era realmente extraño, tomando en cuenta de que su madre seguía paralizada en mitad de su pequeña cocina.

La puerta volvió a ser aporreada con fuerza y ella no supo si debía fruncir el ceño o sonreír.

Eran las cinco en punto, la hora que Emmett había parecido elegir para visitarla desde hacía una semana.

Suspiró antes de abrirle la puerta y le sonrió a su enorme novio.

-hola, linda- le saludó, besándole la coronilla cubierta por un pañuelo verde.

-hola, Emm.

El sonido de los zapatos de Caroline les llamó la atención a ambos, que giraron para ver como la mujer desaparecía escaleras arriba, dando un portazo a la puerta de su cuarto.

-¿qué le sucede a tu madre?

Lillian suspiró y cerró los ojos.

-no tengo idea.

Emmett la observó y frunció el ceño.

-no deberías estar levantada…

-y tú no deberías ponerte sobre-protector. El médico dijo que podía caminar un poco.

-sí, pero no dijo que exageraras con eso.

Y así, sin más, la tomó en brazos y la llevó hasta el sillón.

-eres tú quien exagera…

-quizá- él sonrió y le besó la mejilla –pero es algo inevitable, no quiero que te ocurra nada…

-no me pasará nada… ya todo está bien- ella sonrió radiante, queriendo trasmitirle toda la fe que ella contenía.

-sí, ahora está todo bien.

Pero Emmett no sólo se refería a la salud de su flamante novia, sino de todo en general. Parecía que todo estaba tomando el lugar que correspondía, en el que encajaban todas las piezas del rompecabezas, cayendo en el sitio indicado.

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Bella suspiró y miró por encima de su vaso, de un lado a otro de la mesa. Nada, de nuevo.

Otra noche de silencio sepulcral en aquella bendita noche. Desde hace días era lo mismo, siendo la hora en que todos se encontraban, era la más incomoda y en la que todos evitaban hablarse, tocarse y mirarse.

Bueno, al menos Carlisle –cuando podía acompañarlos- tenía la decencia de intentar mantener las cosas civilizadas.

-… así que tuve que ir a por el jefe de ese sector- negó con la cabeza, no por lo que estaba diciendo, en realidad, se estaba dando por vencido. Otra vez.

Isabella le sonrió, como venía haciéndolo noche tras noche. Como para decirle: gracias por intentarlo.

Suspiró de nuevo y se llevó el último trozo de cordero a la boca.

-bueno- dijo cuando terminó y sin tener absolutas ganas de quedarse al postre, hizo intento de levantarse –si me disculpan, me siento muy…

-sabes que la encontraré, ¿no?- dijo con voz gélida Esme.

Isabella suspiró y se dejó caer en la silla. Sabía exactamente lo que venía –de nuevo-.

-déjala en paz- murmuró Edward, mirando en cualquier dirección, menos a quien iba dirigida la exigencia –ya te dije que ella no sabe nada.

-no estoy hablando contigo…- Esme bufó –Isabella, ¿lo sabes? Porque ella regresará aquí. Te lo aseguro y no podrá encontrar modo de marcharse así de nuevo. Será duro para todos. Así que… ¿por qué no nos evitamos todo esto?

-Esme…- el nombre de su mujer le salió a Carlisle distorsionado de sus labios –deja ya esto.

-¿te parece que lo que está ocurriendo está bien?

-me parece que estás sobre actuando- Carlisle frunció el seño y suspiro –en el momento en el que mi esposa decida hacer acto de presencia, quizá, pueda ir a buscarme al estudio- arrojó sobre la mesa la servilleta de tela y salió del comedor.

Todos permanecieron quietos, por la sorpresa, por el tono tan cansado y controlado de Carlisle, porque, en realidad, todos estaban un poco agotados de aquella rutina –aunque era la primera vez que terminaba así-. Las muchachas del servicio sólo atinaron a bajar la cabeza cuando el rey salió de ahí completamente furioso.

Esme salió enseguida, con pasos firmes y sin mirar atrás o emitir palabra. Pero era obvio que no iba a seguirlo al estudio. Hacía varios días que ella también se había cansado de muchas cosas, incluyendo ser buena con la gente.

Bella suspiró por enésima vez esa noche y giró su rostro para ver la profunda línea que atravesaba la frente de su esposo.

-estarán bien…- se murmuró a él mismo, como queriendo buscar alguna clase de explicación, de consuelo –eso creo.

Isabella extendió su mano hasta tomar la de Edward entre la suya.

-lo estarán- sonrió un poco –todos.

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Alice bajó la vista a sus ropas. No se parecían en nada –y eran exactamente iguales- a lo que siempre usaba. Eran de telas cálidas y suaves, pero no costaban miles de euros, ni tampoco tuvo que entrar en una de esas tiendas de las que tanto disfrutaba.

Cerró los ojos y apretó los bordes de su suéter de lana, sintió la textura entre sus dedos y se preguntó cuánto tiempo tardaría en acostumbrarse a usar los pantalones de mezclilla que estaba usando.

Sintió la fina lágrima que le recorrió la mejilla.

No hizo afán en quitarse del rostro, necesitaba sacarla. Miles de lágrimas no lloradas le pedían que dejara correr esa, en representación de todas las demás.

Así que respiró hondo y sonrió. Se recargó en la barandilla del barco y observó el mar en calma por el que se abría camino el enorme barco en el que estaban cruzando para llegar hasta su siguiente parada.

Se sentía asombrosamente bien poder externar lo que sentía de ese modo. Dejó que el sol calentara su rostro y no se preocupó de que la gente en el barco pudiese verla.

-¿estás bien?- la voz de Jasper era dulce, tan dulce que le hizo sonreír de inmediato.

-por supuesto… mejor que nunca.

-¿segura?

-¿es tan difícil verme así?- abrió los ojos, para contemplar los hermosos ojos de su casi marido -¿feliz?

-no… es la visión más gloriosa- le sonrió –pero estás llorando…

-no te preocupes de eso, es sólo una pequeña oportunidad de respirar para mí, ¿sabes?

-lo sé- la apretó contra su pecho y pensó que lo mejor era llevarla dentro, la noche caía y era posible que la temperatura también empezara a caer sobre ellos.

-vamos dentro.

Alice afirmó y cerró los ojos, antes de que el sol se perdiera en el horizonte.

Era extraño, sentirse libre de… sentir.

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La puerta sonó por tercera vez ese día y Lillian tuvo que fruncir el ceño ante el recuerdo de la primera visita que habían tenido en su casa esa mañana, cuando su madre se había puesto totalmente irracional por un arreglo de flores.

-yo abro, no te muevas.

Emmett se levantó con gracia y fue hacia la puerta, escuchó como alguien –una mujer- saludaba desde fuera y pedía ver a su madre.

-lo lamento, no está disponible para visitas- dijo Emmett, claramente recordando el modo en que su madre había huido escaleras arriba –un virus…

-oh, querido… su estado de salud es exactamente lo que menos me importa ahora- la voz fría de la mujer le recordaba algo a Emmett… una pose que había visto antes, una cadencia que le recordaba cosas, como sí… estuviese escuchando a alguien más –tengo un asunto demasiado importante que hablar con ella.

Lillian se levantó del sofá, desesperada porque la mujer se fuera de inmediato. Por algún motivo, no tenía ganas de saber qué demonios venía a hablar con su madre.

Caminó con pasos lentos hasta el pasillo que daba a la puerta y se irguió en toda su estatura, cuando logró esquivar a un Emmett un poco molesto –no debería estar levantada según su criterio-.

Cuando logró levantar la vista y enfrentar a la de la mujer –bueno, no pasaba de los 23 años, seguro- se sorprendió al verla retroceder un par de pasos, con los ojos clavados en ella, abiertos de sorpresa y una de sus delgadas y elegantes manos cubriéndole la boca.

Bien, perfecto, se dijo mientras la veía volver a su temple, por lo menos la había visto tambalearse por su sola presencia.

-¿qué quiere?- gruñó, sosteniéndose de la mano que Emmett le tendió.

-tú eres igual… -la mujer frunció el ceño y luego pareció observar por primera vez a Emmett –y tú, estoy segura de que eres hijo de Elizabeth.

-¿y usted es…?- insistió Lillian con la línea del interrogatorio.

La voz de su madre los sobresaltó a todos.

-ella es Margareth, una visita no grata en mi hogar- Caroline frunció el ceño y avanzó, hasta colocarse delante de la pareja –así que espero te vayas, Mag.

-diablos- la aludida murmuró y volvió a clavar la vista en Lillian -¿cómo has podido ocultar esto todo este tiempo?

-en serio Maggie, vete.

-¡rayos!, no- fijó los ojos en Caroline y negó varias veces –él debería haberlo sabido… él querría haberlo…

-ni siquiera te atrevas, Mag.

La pequeña figura que era aquella mujer tembló un poco, quizá por rabia o sorpresa, no estaba cien por ciento segura.

-es idéntica a él…

-¡sal de aquí!- chilló Caroline, sintiendo el miedo, la agonía y la ira atravesándole el cuerpo –no te quiero ver nunca jamás cerca de mi vida o la de mi hija… MI hija, Mag.

Maggie parpadeó y dejó sus ojos vagar de nuevo a la jovencita. Su pecho se aceleró de reconocimiento: sus ojos. Aquellos ojos de color azul cielo que siempre había visto en su espejo –sus malditos ojos- observándola desde el rostro de otra. Sus ojos reflejados en aquel rostro perfecto.

-ella lo sabe- soltó al fin, soltando un largo suspiro y acomodándose el abrigo –quería verlo antes que ella. Pero lo sabe, Carly. Y estoy totalmente segura de que no se lo tomará bien.

-¿y cómo demonios lo sabe?

-no lo sé- se encogió de hombros y caminó hasta el lujoso automóvil que la esperaba –ella siempre se entera de estas cosas.

Cuando el auto partió, Lillian observó la forma en que su madre estaba perdiendo el temple con el que había corrido a esa mujer de su casa. Se estaba viniendo abajo.

-¿qué está pasando?- preguntó cuando Caroline quiso huir de nuevo al piso de arriba.

-nada que deba preocuparte.

-madre, ¿qué está pasando?

Caroline le observó con ojos rojos y llorosos.

-son sólo… personas de mi pasado- explicó en voz baja, controlada –que no deben preocuparte. Probablemente se olviden de mí, como debió haber sido.

Y sin más, se marchó de la sala, dejando a Emmett y a Lillian cuestionándose sobre lo ocurrido.

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Sonrió de nuevo, mientras el médico monitoreaba a su bebé, por medio del ultrasonido, y le dejaba escuchar el dulce sonido de sus rápidos latidos.

Era el momento en que le diría cuánto había crecido y si estaba todo bien o no. Era el momento que esperaba poder compartir con su marido. Pero eso no era posible ahora.

Como él se lo había advertido, al llegar a Londres, miles de asuntos urgentes requirieron su atención y muchas otras situaciones de negocios y simples formalidades volvieron su agenda algo demasiado inaccesible como para que pudiera estar ahí. Así que se aferró al dije de esmeralda que le había obsequiado antes de volver, el recuerdo de que él deseaba estar presente, a su lado.

En su lugar, tenía que conformarse con la compañía de Carmen, quien sonreía a la pantalla desde una silla alejada de todo. Después de todo, era simplemente una trabajadora, no una amiga… y por supuesto, no era Edward. Suspiró e intentó prestarle atención al médico de nuevo.

-bueno, parece estar muy bien- le sonrió el obstetra –en realidad, puedo decir que está más que bien. Pero debo advertirle que por la situación que ocurrió pocas semanas después de concebirse, lo del accidente… es mejor que no se ponga en situaciones estresantes o que la pongan al extremo. ¿Me entiende, alteza? Manténgase tranquila.

-perfectamente- sonrío un poco y el hombre terminó con lo del ultrasonido.

-bueno, la próxima cita será dentro de un mes- el medio sonrió con sinceridad y las arruguitas de sus ojos se pronunciaron más –pero ya sabe que si se presenta algo, deberá llamarme inmediatamente.

-enterada- Bella se levantó de la camilla y Carmen la ayudó a quitarse el gel trasparente del vientre.

-bueno, alteza… debo irme. Una enfermera vendrá para terminar el trámite.

-gracias doctor Foreman.

El médico de mediana edad y cabellos canos, salió por la puerta, para darle paso a una enfermera que le entregó sus ropas y le ayudó con los últimos detalles, para poderla acompañar hasta la puerta del hospital.

El auto ya las esperaba afuera y Sam las llevó hasta el palacio, donde Esme la estaba esperando para hablar con ella.

Bella suspiró. Esto no tenía buena pinta.

-¿qué te ha dicho el médico, Isabella?

La aludida recorrió la habitación, pensando que hubiese sido mejor haber ido a la clínica a ver a Edward… o cualquier otra cosa que la hubiera alejado de ese pequeño espacio cerrado con su suegra.

-ha dicho que ambos estamos bien- trató de sonreír –y que debo evitar las situaciones que me sobresalten o estresen.

-uhm…- Esme afirmó, sentada en aquella pequeña estancia –son buenas noticias.

-las mejores.

-Isabella, debes comprender que esto no es sólo por el bebé, ¿no?

Bella suspiró y dejó la aguja y el caro estambre, con el que estaba tejiendo para su hijo, en la mesa a su lado.

-me imagino a dónde quiere llegar- fijó su mirada en el ventanal que tenía frente a ella, en el jardín de fuera y la poca gente de servicio que caminaba por ahí.

-¿y bien?

-no tengo nada para decirle respecto a eso- se encogió de hombros y se giró para enfrentar a la madre de su marido.

-sabes dónde está mi hija- afirmó, jamás preguntó. Ella lo aseguraba.

-no sé dónde está Alice, majestad- hacía varios días que las formalidades habían vuelto a ser el pan de cada día en el palacio. Al menos con ella. Ya no podía verla como la dulce Esme que había conocido en Italia –y sé que sería ridículo intentar engañarla. Así que no lo intento. Pero no sé dónde está… también estoy preocupada.

Y sin más por decir, se levantó del sillón color avena y salió de la estancia.

Se estaba comenzando a sentir muy agotada con esa situación.

Habían pasado varias semanas, así que en definitiva no conocía el paradero de Alice. De hecho, dudaba que alguien pudiese localizarla ahora. Ni siquiera Charlotte sabía hacía donde se dirigían ella y Jasper. Las noticias escasearon después de los primeros tres días, hasta convertirse en nulas.

Tenía de los nervios a Edward y ella lo comprendía perfectamente. Después de todo, era su única hermana y se estaba exponiendo de forma terrible.

Bella se dejó caer en la cama y, antes de que lo razonara, ya estaba dormida.

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Alice bajó del auto rentado y observó por primera vez la que sería su casa por –ella esperaba- mucho, mucho tiempo.

No era nada comparada con el palacio en el que había crecido, y al mismo tiempo lo era todo. Porque aquí no se sentía atada en lo absoluto, se sentía libre de hacer lo que deseaba y quería. Además, estaba al lado del hombre que amaba y eso era suficiente para hacerla sonreír todo el tiempo.

-bueno… sé que es pequeña- le dijo Jasper, colocándose a su lado –pero estaba en condiciones y el dueño aceptó rentármela sin aval.

Alice le sonrió y besó su mejilla.

-a mi me parece perfecta.

-Jenks me dio los papeles ayer- siguió hablando Jasper –son de muy buena calidad. Creo que pasarían por auténticos a cualquier examen. Aunque no sé mucho de eso.

Ella mantuvo la sonrisa –a pesar de saber que eso era completamente ilegal-, porque sabía que este era el único modo que tenía de iniciar la vida que ella quería vivir.

-empezaré con el trabajo mañana- Jasper suspiró –y…

-estaremos bien.

-al principio será difícil, Alice- él negó un par de veces y bajó la mirada –no estás acostumbrada a nada de esto.

-sólo porque tú hayas vivido por ti mismo por unos años cuando fuiste más joven, no significa que yo no pueda hacerlo igual ahora- le besó de nuevo la mejilla y acarició su mandíbula –todo cuanto podamos darnos será grandioso y lo único que me haga falta. No necesito nada más.

-¿estás segura?

-¿tienes que preguntármelo?- ella hizo un mohín divertido y lo arrastró a la casa, jalándolo de la mano.

El pequeño pueblo la que habían llegado tenía muy pocos habitantes tres mil y tantos –o pocos- y todos ahí se conocían. Ninguno tenía idea de quienes eran gracias, en parte, a que Jasper nunca fue de los predilectos de la prensa y de que se había teñido el cabello de color castaño, además de que siempre portaba un par de anteojos –sin aumento-. Alice tuvo que dejar crecer su cabello –aunque no era suficiente- y usaba, por el momento, una peluca que le caía hasta media espalda de tonos rojizos y lentillas de color café muy oscuro.

Jasper había logrado encontrar un empleo en la tienda de víveres más grande que había como encargado de uno de los departamentos y ella empezaría a buscar en cuanto tuviera oportunidad.

Ambos bajaron las maletas después de haber visto todo el interior y agradecieron que sus vecinos estuviesen a varios pares de cientos de metros, eso les daba la oportunidad de pensar qué más necesitaban, además de una historia que pudieran creer y que ninguno ahí pudiese poner en duda.

En cuanto lograran acomodarse, mandarían las primeras señales de vida a las personas que importaban en la que habían dejado atrás.

Alice, por ejemplo, tenía que hacerle llegar a su hermano la noticia de que estaba feliz y bien.

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Bella bajó las escaleras y observó a las visitas que acababan de entrar por la puerta, acompañadas de su marido.

-buenas tardes, alteza- dijo Kate, sonriéndole desde el recibidor, antes de que Carmen la acompañara con los otros hasta la sala.

-Kate, un placer verte de nuevo- intentó sonreír de regreso, pero no podía olvidar la última vez que la vio.

-Bella- Edward subió el par de escaleras hasta ella y le besó la mejilla, sonriéndole con abierta alegría.

-Edward, que sorpresa que hayas traído a las Denali- soltó a tono de broma, pero bastante en serio –si me hubieses avisado, por lo menos podría haberme vestido mejor.

Mejor como… menos blusa de maternidad y más vestido fino; algo que lograra, al menos –un poquito-, eclipsar el impresionante vestido en color vino que portaba Tanya, quien le sonreía desde la puerta.

-no creo que lograras verte más hermosa que en este momento- le contestó su esposo, sin dejo de broma, totalmente en serio.

-es verdad- Kate sonrió y oprimió la mano de Garret –el embarazo hace que una mujer se vea realmente preciosa, ¿no te parece, Garret? Siempre parece que tienen un brillo muy especial y dan un aire de… no sé, perfección o algo así.

Isabella no tuvo más remedio que agradecer y sonrojarse un poco, antes de salir tras ellos y acompañarlos hasta la sala de estar.

-sonríe un poco- le pidió Edward al oído –parece que te he traído a una par de brujas, en lugar de algunas amigas mías.

Ella se giró para verle. Estaba cansado, se le veía en cada una de sus facciones. Cansado y molido.

-bien, sólo porque te agradan- suspiró –pero tengo que hablarte sobre otras cosas.

-¿qué cosas?

Bella sonrió abiertamente.

-Alice me mandó un correo electrónico.


ok, he tenido retrasos imperdonables con mis fics, pero... wenop, ke les baste saber ke en estos momentos estoy tendida en mi cama sin permiso para moverme T_T no han sido días fáciles, asi ke... perdón x demorar tanto... prometo publikr en mis otros fics durante el día (a kien le interese darse una vuelta ^^).

besos, abrazos y mordidas...jojo

clarisee.