Capítulo 11

La espera del Dragón.

La barandilla del barco crujió ante la carga, sin embargo, ninguno de los presentes prestó oído al lamento de la madera. Una veintena de ojos estaba fija en un solo punto en el agua, uno que los tenía a todos en vilo, uno que no terminaba nunca de ceder. El agua se arremolinaba a medida que la cadena se sumergía en ella, el oleaje del mar dominaba la situación, imponiendo con su rítmico pasar una sombra de tranquilidad a una situación que no la ameritaba. La tripulación completa se asomaba por la barandilla derecha, observando impresionados como el ancla no terminaba de tocar fondo. El ruido de la cadena deslizándose por la cubierta fue la constante del barco, habían lanzado la más larga, la más gruesa, la más confiable. Ahora, ante la incredulidad de los presentes, el fin del mar no parecía empezar, a pesar de encontrarse a menos de veinte metros de la isla, de la tierra. Natsuki sintió como sus manos se clavaban al maltrecho pedazo de madera de lo que antes fue la barandilla de su barco, marcando un recorrido irregular con las uñas. Desvió la mirada hacia la cadena restante. Calculó con rapidez y supuso que quedaban alrededor veinte metros, los que les daba un par de segundos más antes de que el ancla alcanzara su máxima extensión, y por consiguiente, el golpe de latigazo que le daría al barco si no encontraba suelo firme. El peso de la nave no era suficiente para contrarrestar el impulso del ancla, por lo que serían azotados como aves en la tormenta en cuanto diera su cadena al máximo. Sostuvo a Shizuru disimuladamente por la cintura, rogando, como la mayoría, que el metal tocara suelo.

El ruido del metal incrustándose en la madera de cubierta tronó, cortando el suspenso y el aire que sostenían todos a bordo. El barco se inclinó peligrosamente sobre su flanco derecho, acercándose de forma vertiginosa al mar. La pirata se sostuvo al pilar de la barandilla con piernas y su brazo derecho, mientras que con el izquierdo sostenía a una Shizuru que por poco cae de lleno, como algunos tripulantes, al mar, engañosamente turquesa, bajo ellas. La cadena astilló la madera, marcando un profundo surco en la cubierta que hizo crujir a la nave entera, antes de relajarse y ceder. El barco inmediatamente intentó recobrar su eje de equilibrio, bamboleándose con igual fuerza hacia la izquierda, lanzando a quienes no tenían buen agarre al extremo contrario. Natsuki se vió despedida con madera, pilar y Shizuru hacía atrás, y su recorrido habría terminado en el profundo océano de no ser por las manos oportunas de Mai y Mikoto, quienes sostuvieron la larga chaqueta de la capitana en medio de su vuelo y, usando uso de toda su fuerza, las pegaron a ambas a las cuerdas de las velas, dónde ellas tenían buen agarre. La morena pudo sentir como un par de lágrimas saltaban de sus ojos al sentir la presión y la violencia del pequeño vuelo sobre la herida de su estómago. Shizuru se abrazó a ella, sosteniendo las cuerdas y pasando sus brazos por el alrededor de su cuerpo, la pirata se abandonó ese momento a los brazos cálidos que cuidaban de ella, librándola de la pesada tarea de realizar demasiada fuerza.

El barco bamboleo como un péndulo perdido, azotando erráticamente la superficie de las olas, agitadas ante el extraño comportamiento de la nave, hasta que, finalmente, recuperó el equilibrio y se dejó llevar por el subir y bajar pausado del océano. Rápidamente se deshicieron los nudos humanos en los que se habían transformado los tripulantes y se procedió con rapidez a ofrecer rescate a los caídos. Natsuki gritó un par de órdenes extrañas, que fueron repetidas y decodificadas por Mai, antes de darse vuelta en busca de Mikoto. La niña sacaba su espada negra, a la que había enterrado con fuerza en la cubierta para tener un punto de apoyo más seguro que las cuerdas temblorosas que sostenían las velas. La morena decidió pasar por alto el daño que había sufrido su preciosa nave y le hizo una rápida indicación con la vista. La pelinegra asintió, antes de quitarse las botas, dejar con cuidado su preciada espada en el suelo y, tomando prestado uno de los hilos de Nao, quién se bajaba de la cofia dónde la había sorprendido el bamboleo, se lanzó al mar de un salto limpio. Natsuki, Shizuru y Nao se lanzaron hacia los restos de cubierta, observando con ansiedad la espuma brillante por dónde había entrado la niña al agua. Los gritos de los hombres que clamaban por ser rescatados se acallaron al sentir el golpe del agua. Todos desviaron la vista, temerosos de lo que seguía, de lo que la pequeña traería. El haber llegado hasta la cascada del inicio era un privilegio que ahora se arrepentían de tener.

-¡A trabajar, perros!- Gritó Mai, sacándolos a todos de sus cavilaciones. Pronto el ruido del las sogas cruzando el aire y el agua invadió nuevamente el espacio, aliviando levemente la atmósfera tensa que se sentía alrededor de la nave. La pelirroja se esforzó por no mirar hacia las tres mujeres, ni pensar en la pequeña que se sumergía cada vez más en las extrañas aguas que las rodeaban. Con un esfuerzo sobre humano se tragó el nudo en el pecho, disimuló la puntada que le surcaba el corazón y siguió comandando órdenes de rescate, diez tripulantes dependían de ella para ser sacados del agua, y, aunque no le gustara, diez era un número bastante superior a uno. Observó por el rabillo del ojo, parecían estar pescando, las tres sosteniendo un único hilo, esperando por el momento justo en que se tensara en sus manos, como lo haría al ser mordido el anzuelo por un gran pez. Pero no estaban imbuidas en la paciencia del pescador, sino que una silenciosa excitación las dominaba, ella deseaba unírseles. Sacudió la cabeza y les dio la espada, debía poner, muy a su pesar, sus prioridades en su lugar, los sentimentalismos llegarían después.

Las tres mujeres sintieron el primer tirón al unísono y, bajo el comando de la misma prodigiosa coordinación, el hilo se tensó bajo un solo impulso. Brillantes gotas que refulgían al sol del medio día evidenciaba el delgado hilo transparente. Rápidamente subieron el largo hilo que surgía de las profundidades. La morena sintió que su piso se hundía lentamente al observar que el hilo no terminaba de surgir, sin muestras de la niña atada a él. Finalmente, apareció una sombra oscura en el agua que rápidamente tomó la forma de la pelinegra. Mikoto hizo emerger su cabeza violentamente, boqueando por aire. Shizuru, Nao y Natsuki siguieron tirando, esta vez con más lentitud, del amarre. Mikoto, ya oxigenada, aprovechó el impulso que les brindaban las tres para balancearse en el aire y asirse del flanco derecho del barco. Escaló por la nave velozmente y, cuando saltó sobre la cubierta con una expresión de asombro, los ojos de todos a bordo la observaban.

-Nada- Susurró, antes de juntar aire y subir la mirada –Nada- Repitió, esta vez lo suficientemente fuerte como para que todos la escucharan, desencadenando una ola de murmullos.

-¿Cómo que nada?- Inquirió la capitana, acercándose y elevando el tono de voz para imponerse. Mai detrás de ella llegó solicita con una toalla para la niña.

-El ancla está flotando en el agua, sostenida por la cadena, bajo ella sólo hay oscuridad, todo el mar que nos rodea es oscuridad…- Respondió, recibiendo la toalla para secarse el cabello que escurría agua por su rostro. Un mareo invadió a todos en distintos grados. El barco flotaba sobre la oscura boca del mar, un pozo sin fondo donde los marineros jamás serían encontrados para contar su historia. Una entrada al inframundo, un océano de muertos por el cual navegar pesadamente los aguardaba abajo. El vértigo de imaginar a Dhuran, hundirse lentamente en las aguas desconocidas, los embargó, silenciando el barullo. De pronto, todos desearon estar en tierra.

Silenciosamente miraron anhelantes la isla, a unos escasos metros de distancia.

-¿Y la isla?, debe tener algún punto de apoyo…- Preguntó nuevamente la capitana, tan desconcertada como sus hombres. Un escalofrío le recorrió la espina al ver como la niña negaba lentamente la cabeza.

-Tampoco, al parecer flota sobre el agua… la fuerza de la cascada de alguna manera debe mantenerla estática- Repuso, ante el silencio sepulcral que reinaba en la cubierta.

De pronto la tierra tampoco parecía segura.

Natsuki suspiró, necesitaba pensar, necesitaba conversar, necesitaba una reunión con las jefas. Carraspeó para obtener la atención general, debía mantener a la tripulación entretenida. -¡Todos!, ¡Reparen la nave dentro de lo posible, quiero este barco impecable!- Ordenó, marcando su frase con un golpe de su bota para darle autoridad, debía distraer a sus hombres, debía evitar un motín. -¡En cuanto terminen se les servirá un buen banquete!- Respiró aliviada al ver la luz en los rostros hambrientos -¡A trabajar!- Despidió a los hombres, dándoles la espalda mientras la tropa se ponía en movimiento. La capitana se dirigió a su camarote, seguida de cerca por Shizuru, Nao, Mikoto y Mai, era hora de decidir.

-Bien, Shizuru, ¿Qué carajos hay en la maldita isla?, ¿Puedes hacer un plano de ella?- Preguntó en cuanto se cerró la puerta. La castaña la miró indecisa, recordaba algunos planos vagos que había revisado con su padre sobre la isla, pero pensó que exponerlos ante las mujeres sería algo hasta risible. La apremiante mirada de todas la hizo decidirse. Tomó la daga de Natsuki, que aún guardaba colgando de su cinto, para empezar a hacer muescas en la mesa desnuda de la capitana ante la mirada atónita de todas.

-Hay algunos planos, o había, en la biblioteca personal de mi padre. Parecerán extraños pero…- Habló, indecisa, mientras marcaba la madera con finos surcos. –Eran algo así- Susurró, mientras se retiraba para que pudieran observar el dibujo que se extendía sobre la mesa. Cada una de las presentes giró la cabeza en un sentido contrario, buscando algún punto de referencia en la mesa para intentar darle sentido al dibujo. Las muescas delineaban una serie de líneas curvas, que vistas desde cierto ángulo, mostraban al dragón escupiendo fuego con dos figuras flanqueando su derecha e izquierda. Rodeando el dibujo unas runas rezaban "Bajo la sombra del Faro" –La isla tiene su propia lógica, cada cual puede ver algo distinto en la isla del origen, no hay verdad, tampoco hay mentira, solo existe el poder, la sangre, y el dragón dormido en el centro de ella. Es como estar a la sombra del faro…- Repitió en una letanía, mascando las palabras que su padre con tanta convicción alguna vez afirmó. Las mujeres a su alrededor fruncieron el entrecejo, intentando cuadrar una imagen mental de la isla descrita, armando un rompecabezas en las que sus piezas, voluntariamente, no encajaban. El silencio fue roto por la voz de Mai, firme a pesar de sus dudas.

-Llegados a este punto parece ser innecesario, pero… ¿Es necesario encontrarse con el dichoso dragón?, después de todo, la más interesada en esto era Midori…- Inquirió, cristalizando el deseo oculto en cada una de ellas, desistir, abandonar el lugar maldito y volver por donde llegaron. La capitana acarició en silencio la posibilidad, ella también la había considerado, y seguramente habría tomado la decisión hacía mucho de no ser por dos obstáculos que le impedían tomar cualquier resolución. La primera era Midori, tenía un trato con ella y si bien no pudo llevarla hasta la isla, el sólo llevarle algo que confirmara su visita a la porquería de tierra que tenían delante serviría para calmar sus ansias de saber por un buen tiempo. Natsuki tamborileó con los dedos sobre la mesa, inconsciente de la atención que recaía sobre ella, todas esperando la decisión que tomara, la única que realmente importaba cuando estaban arriba de ese barco. El segundo problema, y lejos el que más molestaba a la mujer, era Tate. Su sangre hirvió al recordarlo, mientras su herida punzaba deseosa de sangre para la venganza. Midori era un problema que podía salvar sin complicaciones, a lo mucho terminarían dándose una golpiza, pero Tate, no Tate no. Él no las dejaría en paz, las buscaría y finalmente terminarían en la misma situación, huyendo del imbécil que lo único que desea es el poder del Dragón. Chirrió los dientes y golpeó la mesa en signo de desaprobación, sin percatarse, nuevamente, del sobresalto que provocó en su audiencia. Estaba decidida.

-Hay que cerrar esta porquería. Midori me importa un carajo, podemos ajustar cuentas con ella, pero si estamos aquí un tiempo más… tendremos a Tate en nuestras manos y esta vez lo haré tragar arena por los ojos antes de cortarle la piel en hilachas- Sentenció. Mai se revolvió un poco indecisa, la idea de permanecer más tiempo sobre esas aguas sin fondo no le agradaba, pero comprendía la situación. Carraspeó para llamar la atención de las mujeres a su alrededor. Nao se deshizo de la invitación con un encogimiento de hombros y salió casi inadvertidamente por la puerta, sabía lo que deseaba saber y los otros asuntos sobre el mando de la nave la llevaban sin cuidado. En el fondo era mejor, Mai necesitaba hablar de asuntos prácticos, como la alimentación y el arreglo del barco. Shizuru suspiró, saliendo también disimuladamente junto a Mikoto, debía aprender sobre esos asuntos, lo sabía, pero ahora mismo lo único que deseaba era sentarse a mirar el mar e intentar recordar lo que fuera de posible utilidad para la situación. Observó como Nao subía hacia la cofia, acompañada de la pelinegra. Honestamente no sentía deseos de subir, por no decir lo poco que confiaba en su habilidad física para escalar hasta arriba por la madera pulida como una araña. Caminó perezosamente hasta la popa del barco, justo detrás del timón abandonado de la nave. Desde ahí miró la agitación de cubierta, todos encontraban algo que hacer en medio del desastre y el desierto. Sus ojos rojos divagaron, siguiendo brevemente las acciones de las distintas personas que se movían sobre la madera, parecía un jugador, analizando su siguiente movimiento en una partida de ajedrez.

La castaña se recargó sobre la baranda, molesta. Ella no pensaba o analizaba durante tanto tiempo una situación, acostumbrada a esperar o enfrentar lo peor, sus reacciones eran afiladas y rápidas, no dudaba, no temía, no erraba. La mordedura de una cobra se asemejaba a su manera de actuar, podía debatirse mentalmente sobre un tema durante mucho tiempo, un tema que mereciera un análisis profundo, no una situación en que las decisiones debían ser tomadas sobre la marcha, basadas en la experiencia, la inteligencia, el olfato y el instinto de quién asumía la responsabilidad. Respingó levemente la nariz al aire marino, el estar sola le permitía sacar a relucir sus disgustos, examinando su manera de actuar. Natsuki no había dudado, había actuado. Cansada, molesta, exhausta. Shizuru se sentía incompetente, rodeada de un mar que no podía predecir. La única situación sobre la que tenía poder en esos momentos era la situación de la isla, y tampoco se encontraba segura de lo que podría hacer sobre ello. Suspiró, parecía ser una persona totalmente distinta a la que abandonó su hogar. Pensó en la morena, justo bajo ella en esos momentos, decidiendo su suerte y la de todos en el pequeño cuarto ahogado en penumbras. Un cálido sentimiento le abrazó el corazón, pero no sintió la necesidad imperiosa de estar cerca de ella. Encontrarse de golpe con la practicidad de la capitana la habría hecho deprimirse un poco más, no era lo que necesitaban, considerando la situación. Observó en silencio como Mikoto se descolgaba por las velas rasgadas, siguiendo las indicaciones de la pelirroja, y enganchaba algunos hilos con agujas de hueso a los cortes. Lentamente fue poniéndole más atención, no lograba adivinar cuál era el fin de su actuar. La pelinegra saltó y desapareció de su vista por un momento, mientras aseguraba algo al otro lado de la vela. Finalmente la niña regresó junto a la joven, entregándole un manojo de hilos. Nao aseguró algunos a su cintura y entonces la castaña comprendió. Una chispa carmesí corrió por sus ojos, divertida y asombrada, al ver como Nao se descolgaba en el andamio, que la niña había preparado, para zurcir la tela rasgada. Sintió una puntada de envidia, parecía que sus facultades mentales para resolver problemas se habían oxidado por el aire marino, aunque sabía perfectamente que era culpa de la agitación y su total inexperiencia ante las situaciones que enfrentaban. Apretó las manos contra la baranda, incrustando las uñas sobre la madera, lo sabía, sabía que no era su culpa y que mejoraría con el tiempo, pero, a pesar de todo, dolía.

Un golpe seco se escuchó bajo sus pies, pronto la capitana y su mayor aparecieron en su campo visual, agitadas seguramente luego de una reunión improvisada. Observó cómo Natsuki giró la cabeza, y tuvo la certeza de que la buscaba a ella. Clavó sus rubíes sobre la nuca azulada de la morena y espero, hasta que luego de unos momentos, sus ojos rojos se encontraron con esa mirada verde que tanto la anhelaban. Sonrió al sentir, no aún sin sorpresa ni un escalofría de placer, la calidez y el amor que le transmitían esos ojos, fríos en ocasiones, pero siempre cálidos para ella. Natsuki se alejó de Mai con un gesto de la mano, dejándole el resto a ella. Seguramente ya habían arreglado los asuntos más importantes y quería desprenderse de su responsabilidad unos momentos. Shizuru miró hacia los lados, buscando algún lugar oculto o más resguardado del barco, uno en el que pudieran estar a solas, a salvo de las miradas indiscretas. Un bufido de frustración se ahogó en su garganta al observar que la nave no le ofrecía ningún lugar que las alejarán de los curiosos. Resignada esperó a la morena, que se acercó con una sonrisa mal disimulada y los brazos tras la nuca, incapaz de contener su propia excitación, buscando esconderla de alguna manera. La castaña la recibió con una sonrisa abierta, le resultaba sencillo leer los gestos de Natsuki, desde que la mujer se había revelado como tal el comportamiento de esta se había vuelto más claro y directo. Shizuru sonrió, la capitana era una mujer práctica, que no pensaba más que lo justo para decidir. Una sombra le cruzó por el rostro, recordando el objeto de sus meditaciones, sumiéndola nuevamente en esa sorda molestia que no la dejaba tranquila. La morena advirtió el cambio en el rostro de la mujer y se acercó más rápido, bajando los brazos en un gesto de preocupación.

-¿Mucho que hacer?- Inquirió la castaña cuando su pareja la alcanzó. Sonrió nuevamente, intentando sonar libre de preocupaciones, liviana como una pluma, como una persona que no es afectada en lo más mínimo por la tormenta que se abate a su alrededor.

-Mmhh- Contestó Natsuki, sin ánimos de hablar de ello. Un dolor palpitante se asentaba en uno de los costados de su cabeza, sólo quería descansar y pasar un buen rato con la castaña, un buen rato que quizá era el último. Se recargó a su lado, observando el cielo detenidamente. Sí, tal vez también sería una de las pocas veces que le quedaban para mirarlo a su antojo. Suspiró, el dolor disminuía poco a poco, fijó la vista en su acompañante, Shizuru estaba silenciosa, con la mirada perdida en un punto del cielo parecido al suyo. Sin embargo, Natsuki la sintió distante, algo pasaba, los rasgos de la castaña se oscurecían y revelaban su verdadero sentir sólo cuando creía que estaba a salvo de las miradas ajenas que pudieran desnudar sus sentimientos. La pirata meditó seriamente si deseaba inmiscuirse en lo que pasaba por la mente de la castaña. Analizó los momentos pasados, a riesgo de terminar en unas de esas conversaciones que le subían la sangre a la cabeza y en las que terminaba diciendo cosas de las que se avergonzaba enormemente, buscando algo que pudiera molestarle. Sin embargo, para Natsuki, la vida seguía un ritmo bastante normal "Claro, las posibilidades de morir aplastada por una pata de dragón o carbonizada hasta los huesos se pegaron un jalón hasta las nubes, pero…" pensó, posando la mano derecha sobre su mentón sin darse cuenta. "Pero no es nada que me sorprenda o a lo que no esté acostumbrada. Y Shizuru sabía perfectamente a que mierda nos estábamos metiendo cuando arreglamos el trato" Examinó las pequeñas muescas en el piso, las dudas empezaron a asaltarla. Su silencio llamó la atención de la castaña, Natsuki distaba mucho de ser una persona comunicativa, sin embargo ese silencio que mantenía parecía cargado de dudas. Borró las propias y armando una sonrisa sincera se interpuso en su campo visual.

-Ara, ara, ¿Acaso mi Natsuki está asustada por el dragón?- Preguntó, en tono divertido. Natsuki respingó al notar lo cerca que estaba, sumida en sus propios pensamientos no había advertido el movimiento de la castaña hacia ella. Sonrió de lado, retrocediendo un poco para poder encontrar espacio donde maniobrar. Shizuru sonrió maliciosamente al notar la jugada de la peliazul, se acercó otro poco, jugando con la proximidad entre las dos, desafiando a la capitana a no perder ante su presencia. Natsuki intentó recuperar la compostura, nunca había sido buena manejando los espacios personales, y a pesar de que disfrutaba mucho de la presencia de la castaña en su círculo, no podía dejar de sentirse nerviosa cuando la abarcaba tan abiertamente. Distinguió la sonrisa maliciosa en sus labios y una gota de cólera sumada a otra de diversión le corrió por la espina. Sonrió con suficiencia, enderezando el torso y acercándose a la mujer con una mueca de superioridad en el rostro. La castaña se acercó, delineando algunas figuras vagas en los brazos cruzados de la mujer frente a ella. Quería hacerla abrir los brazos, dejar al descubierto su torso sería su victoria. Sonrió, juguetona esta vez, al observar como las gotas de sudor empezaban a formarse en la frente de la morena. Tal vez necesitaba un pequeño incentivo más. Olvidando por completo donde estaba pegó su cuerpo al de ella, besándole suavemente el cuello, se sorprendió a sí misma al notar cuanto la deseaba. Natsuki fue presa de un ataque de escalofríos, las manos empezaron a picarle y los brazos a estorbarle, deseaba llevar a esa mujer inmediatamente a su cama, quedar sin aliento mientras le hacía el amor hasta la extenuación. Agitó cabeza, intentando borrar esos pensamientos, demasiado vívidos, de su pobre y trastornado cerebro. Shizuru sintió el calor proveniente de ella, una ola de lujuria que la sorprendió, de pronto se sintió presa de un animal salvaje, uno al que se le alargaban los colmillos de solo verla. La mujer, sin embargo, no se sintió desagradada por la situación. Colocó su cabeza entre el cuello y el hombro de la capitana, oliendo lentamente su cuerpo caliente. Aún no había ganado, y no se daría por vencida hasta que lograra su victoria. Natsuki sintió la piel cálida de Shizuru en su hombro, observó atónita como parecía disfrutar del recorrido que hacia sobre su cuello. Un escalofrío mezclado con un ligero gemido se le escapó cuando la castaña posó sus labios sobre su clavícula, el estremecimiento hizo que sus piernas parecieran mantequilla, aflojó ligeramente los brazos, la respiración se le agitaba por momentos. La morena tuvo un destello de cordura entre el mar de excitación que se la llevaba, tomó conciencia de donde estaba y levantó la vista, buscando indicios de algún curioso. Todos seguían ocupados en algo, suspiró de alivio al notar que nadie había visto la escena anterior. Decidida, tomó a Shizuru en brazos bruscamente, sin hacer caso al pequeño grito de sorpresa de su castaña al ser arrancada tan cruelmente de su diversión. Se descolgó de la baranda y saltó, según la vista atónita de Shizuru, al mar turquesa bajo ellas. La castaña cerró los ojos, esperando el golpe contra el océano helado. Sin embargo se detuvieron en medio de vuelo. Natsuki usaba una de sus manos para sostener el peso de ambas y la otra para sostenerla a ella. Una vena se marcó en su frente al intentar levantar el peso de ambas.

-Shizuru, por favor, sujétate de mí, necesito mis dos brazos- Resopló, haciendo fuerza para levantarlas a ambas y quedar en una de las barandillas de la popa del barco, ocultas de cualquiera que intentara buscarlas desde la cubierta. La morena soltó un par de insultos mientras soltaba los brazos, protestando contra sí misma por la fuerza tan repentina que hizo. Su pareja seguía abrazada a ella, incapaz de entender cómo fue que llegaron ahí desde cubierta sin una escalera, una cuerda, o si quiera un poco de sentido común. De pronto se percató de que sus brazos rodeaban el torso de la capitana. Sonrió con satisfacción, había obtenido su pequeña victoria. Se acurrucó en sus brazos, descansando la cabeza en su hombro y aspirando tranquila su aroma, esta vez sin el aire de sensualidad que había usado hacía momentos antes. Natsuki se acomodó contra la pared con ella en brazos. Así se estaba bien, pensó, mientras recorría las hebras castañas de cabellos con unas manos algo torpes. Recordó la preocupación en el rostro de la castaña antes de que empezaran todo ese juego y se aventuró a preguntarle, rogándole a los cielos porque no fuera un embrollón sentimental que no fuera capaz de entender.

-¿Tienes miedo?- Preguntó al fin, luego de un rato de meditarlo.

-¿Ara?- Shizuru, sumergida en su novia, había olvidado momentáneamente sus molestias.

-Por lo que viene, parecías preocupada allá arriba- Comentó la morena, señalando hacia la cubierta. -¿Tienes miedo de lo que encontraremos en la isla?-

-No, Natsuki, no es eso…- Shizuru levantó la vista, buscando los ojos verdes de la mujer. –Es sólo que…- Se debatió mentalmente de cómo podría explicarlo. Pensó que un "Me jode la vida no saber que mierda hacer cuando tenemos la porquería hasta el cuello" habría sido bastante razonable y entendible para la pirata, pero que se hubiera unido a un grupo de mujeres marginales fuera de la ley no significaba perder sus modales. –No tengo miedo, no lo sé, morir no me asusta… estoy molesta- Pronunció al fin, fijando la vista en el océano.

-¿Molesta?- Natsuki se sorprendió, de todo lo que esperaba escuchar, estar molesta no encajaba dentro de sus posibilidades.

-Mmhh- Afirmó la castaña. Su mujer decidió esperarla, no estaba segura de cómo proceder en esos casos, pero prefería que Shizuru le contara sin presión lo que le molestaba, después de todo aún tenían algo de tiempo. La castaña se acomodó más en sus brazos, buscando el punto más confortable para poder hablar sin sentir dolor. –Todos saben que hacer, todos son una máquina funcional aquí, me siento inútil y eso me molesta- Resumió, luego de un momento, hablando rápido y sin cortes. Natsuki no respondió, la abrazó por detrás intentando reconfortarla. Sin embargo las siguientes palabras de Shizuru la dejaron helada. –No quiero sentir que soy un peso, una persona que llevan sólo porque es… la mujer de la capitana- Susurró, bajando la vista avergonzada, a pesar de que la morena no podía verla. La pirata sintió cómo su sangre hervía, estaba segura de que nadie le había dicho algo a Shizuru, pero no podía descartar que rumores como ese se extendieran por el barco si las cosas seguían así. Meditó la situación, Shizuru no estaba siendo de ayuda, era cierto, y ahora la tripulación pensaba que sólo sus conocimientos sobre la isla la hacían merecedora de un puesto en la nave, pero en cuanto salieran, si es que salían, de ese lío los rumores empezarían a extenderse por la tripulación, sin importar lo que ella pudiera hacer para detenerlos.

-Si eso pasara…- Susurró la castaña, escondiendo el significado oculto tras esas palabras. Natsuki lo comprendió de igual manera. Tragó duro, si Shizuru no se sentía a gusto ella sabía que intentaría aguantar, su naturaleza así lo dictaba, pero ella se sentía incapaz de provocarle una mala vida a su mujer. La abrazó más fuerte, considerando remotamente la oportunidad de perderla y, pegando su cuerpo al de ella, le susurró: No pasará, yo te enseñaré.

Shizuru se dejó querer. No podía evitar sentirse molesta, pero si Natsuki estaba con ella el dolor se volvía un lamento sordo al que podía ignorar. Suspiró pesadamente, después de todo no valía la pena preocuparse por eso todavía. Se giró para estar frente a su mujer y robarle un beso, sonriendo nuevamente.

-¿Me enseñarás?- Preguntó juguetona, levantando la ceja izquierda. La morena apreció cómo el corte que se había hecho rápidamente se curaba en forma de una fina cicatriz. Le acarició la frente, sin percatarse del tono que cargaban esas palabras. Shizuru volvió a besarla, lentamente esta vez. Natsuki cayó en cuanto la lengua de la castaña se deslizó por la suya, de las intenciones de su mujer. Acomodó mejor su cuerpo al suyo, describiendo círculos suaves por su espalda. Shizuru no estaba segura de lo buena que era su amante en la cama, sin embargo a ella le parecía estar muy cerca del cielo cada vez que Natsuki la besaba. –Aún no tenemos nuestra noche de bodas- Susurró, intentado desamarrar los nudos de cuero que aseguraban la chaqueta de su pareja. La morena no respondió, buscó con dedos diligentes los botones de su camisa, sin dejar de besar a su mujer. El ambiente se caldeó, pronto las palabras estuvieron de más. Shizuru se sorprendió un poco al sentir el aire marino sobre su espalda desnuda, tenía miedo y curiosidad, pero confiaba en su mujer, confiaba en que le daría lo que deseaba. Natsuki terminó de sacarse su camisa, buscó el broche del sujetador, sin embargó un grito las detuvo a ambas en seco. El grito de una mujer que conocía, que conocía muy bien y que apreciaba, pero que en ese mismo momento odiaba.

-¡Natsuki!, ¡Ven acá hija de la grande!, ¡Hay cosas que hacer!- Gritaba Mai, paseándose por la cubierta en busca de su capitana.

-¡Carajo!, perra mal parida que te c…- Malluscó la capitana, vistiéndose con rapidez. Shizuru la siguió, algo decepcionada. Observó el semblante molesto de su mujer, antes de reír suavemente. Natsuki de alguna manera u otra siempre le subía el ánimo. "Y vaya que manera" pensó, aún acalorada, mientras abrochaba sus últimos botones. La morena le indicó que subiera a su espalda, la castaña se aferró a su cuerpo con brazos y piernas, mientras Natsuki subía discretamente hacia la cubierta de popa. Miró desde el piso de la embarcación, la vía estaba lo suficientemente libre como para subir sin ser vista y puesta en evidencia tan groseramente. Le indicó a Shizuru que subiera primero, usando su cuerpo como escalera para llegar hasta la cubierta. La castaña subió con rapidez, limpiando sus pantalones de polvo en cuanto sus pies tocaron suavemente el suelo. Natsuki la siguió de un salto, haciendo resonar sus botas gruesas contra la madera del barco. Se adelantó con rapidez hasta el timón, desde donde llamó a su segunda con cara de pocos amigos.

-¡Mai!- Gritó, elevando uno de los brazos para que la mujer la viera. -¡Aquí estoy pedazo de animal!, ¿Qué pasa?- Inquirió, saltando hasta la altura en la que se encontraba la pelirroja. La mujer solo le señalo hacia uno de los costados con la cabeza. Cerca de donde se recogía el ancla, uno de los pequeños botes de exploración estaba listo para ser lanzado al agua. Natsuki tragó, mientras inspiraba una enorme bocanada de aire para calmar la enorme excitación que la había embargado ese último segundo.

-Es hora… La isla no ah dejado de humear, si no vamos por el dragón creo que él vendrá por nosotros…- La segunda se debatió un momento al ver a su capitana tan exaltada, pero siguió firme según el plan -¿Quiénes irán?-

-Tú, Mikoto, yo y Shizuru, quiero que Nao se quede aquí en caso de emergencia… ya la hemos cargado con esto lo suficiente- Decidió, segura. Pasó la mano por su cinturón, tocando su espada y sus pistolas de hierro fundido, sólidas. –Avísales y que se preparen, quiero ver la isla antes de que caiga el sol- Ordenó, antes de darle la espalda para ir a su despacho a cerciorarse de que todo lo que necesitaba estuviera a punto. La pelirroja contestó con una rápida afirmación, antes de mirar hacia la cofia y suspirar. Después de eso esperaba tener unas largas vacaciones, ojalá en las playas soleadas del este, del lugar donde Natsuki y ella provenían –Takumi…- susurró, antes de poner sus manos a modo de bocina y llamar a las jóvenes arriba del mástil.

Shizuru cerró suavemente la puerta tras ella, había observado la conversación entre la capitana y su segunda y dedujo de qué se trataba al ver el pequeño bote a la altura de la cubierta. La había seguido hasta su cabina y ahora miraba su espalda, mientras revisaba una de sus pistolas y la otra estaba totalmente desmontada sobre la mesa llena de muescas. Se acercó en silencio, fijando su atención en cada una de las pequeñas piezas que la morena dejaba sobre la superficie de madera. Natsuki la observó por el rabillo del ojo y, sin desviar la mirada de sus pistolas, empezó a hablar, describiendo el funcionamiento de cada una de las pequeñas piezas que conformaban el mecanismo del arma. Shizuru se inclinó hacia delante, interesada, la morena no dejaba pasar el tiempo, le estaba enseñando. Terminó de ensamblar, limpiar y cargar el arma. Dejándola con cuidado junto a su cinturón de armas, luego se volvió hacia uno de los cofres que tenía la habitación y que milagrosamente habían resultado ilesos de la tormenta anterior. Registró su interior concienzudamente, buscando mientras murmuraba algo incomprensible para los oídos de la castaña.

-Aquí está- Exclamó por fin, sacando un cinturón oscuro de aspecto bastante extraño. Se acercó a Shizuru, colgándoselo por el cuello y cruzándolo por su cuello.

-¿Natsuki?- Preguntó, sorprendida de que le entregara algo así a ella.

-¿No piensas ir desarmada cierto?, no sabemos con lo que nos encontraremos… y honestamente sería mejor para la seguridad del grupo que todas fueran armadas apropiadamente- Evaluó con una mirada a su mujer, sonriendo por lo bajo, con orgullo en los ojos –A pesar de que algunas no sepan cómo usarlas- Sonrió, mientras escapaba de lo que fuera que Shizuru le lanzó. Rió, rió muy fuerte, cosa que sorprendió a la castaña, pronto su risa la contagió, y terminaron ambas en el suelo, sujetando sus estómagos para contener el ataque de risa que las dominaba, liberando las tensiones de ambas. Finalmente la joven Kuga se levantó, limpiándose las lágrimas que le corrían por las mejillas, y siguió inspeccionando el cofre. Le entregó una pistola pequeña a Shizuru y una espada pequeña, algo más larga que la daga colgada a su cinto. –Ven acá, esto va así- Susurró Natsuki, ayudándole a acomodar las armas en el cinturón que corría por su pecho. –No tengo otro de cintura, así que este debería funcionar pero…- La castaña se sorprendió al ver como la morena ordenaba las armas en posiciones contrarias, el mago de la espada hacia la derecha desde su cadera izquierda, la daga mirando hacia la izquierda desde su axila derecha, y así con todas las armas que le preparó. -¿No es incómodo?, perfecto- Palmoteó sus hombros, al ver como la joven asentía y se daba vueltas para probar su nueva adquisición. –Así tendrás rápido acceso a lo que desees… aunque debería pasarte un arma larga también… por si acaso…-

-No creo que sea necesario…- Comentó Shizuru, observando la cantidad de hierro y acero que llevaba sobre ella, no era incómodo, tal vez un poco pesado mientras se acostumbraba, pero de una manera bastante intuitiva la hacía sentirse poderosa. Levantó la vista y distinguió un reflejo caoba al final de la habitación, avanzó, forzando la vista, hasta la pared en la que se encontraba el arma dueña de dicho brillo. Natsuki le sonrió, al ver como Shizuru tocaba casi con reverencia el mango de madera rojiza que sostenía la hoja.

-¿Bonita, no?- Comentó, acercándose. La castaña solo asintió. -¿La quieres?- Shizuru se volvió hacia ella indecisa, era hermosa, pero no sabía si era un arma que sería capaz de manejar. Unos golpes en la puerta las sacaron a ambas de sus meditaciones. Mai llamaba, ya era hora de alistarse y salir hacia lo que fuera. Natsuki descolgó el arma de la pared y rápidamente se la colgó a la espalda de Shizuru. –Ya te enseñaré a usarla- Susurró, antes de tomarle la mano y salir hacia la cubierta, donde el resto de la tripulación esperaba. Ambas tragaron duro, la cascada no mitigaba la luz del sol, la luz que lentamente se tornaba carmesí. En el océano el azul de la cascada y el rojo del sol peleaban por el liderazgo, anticipando los eventos que se desencadenarían esa noche, los eventos que guiarían las vidas de quienes habían logrado llegar hasta el fin del mundo, hasta la cuerda floja de la misma evolución.


El humo había subido desde la isla durante horas, mientras la enorme criatura salía de su letargo, pero ahora, por primera vez, luego de milenios, la voz surgió desde la entraña de la cueva. Sólo un rugido, un rugido que lentamente tomaba los caracteres de un idioma antiguo, un idioma perdido y, sin embargo, un idioma comprensible a los oídos de cualquier criatura.

-El escenario está listo, ¿Debería ir a atender a mis invitados?- Susurró la enorme montaña, expulsando una bocanada de humo. Las dos guardianas se miraron indecisas, no era su deber interferir en ese momento, el Dragón estaba despierto y ya sólo de su voluntad dependían sus acciones. Observaron el pequeño bote que desembarcaba en la orilla. Aún era de día y el sol se escondía a la derecha de la gran cascada, pero todo el océano se bañaba de esa luz. Ese engañoso mar color turquesa, capaz de hacer pensar que sus aguas sin fondo eran en realidad solo lagunas en las que la arena reflejaba la luz solar. A lo lejos otro gran barco se acercaba. Suspiraron, otra pequeña escaramuza en la gran guerra del poder se avecinaba y su trabajo era sólo ser espectadoras. De la gran boca de la cueva retumbaron pasos, enormes y pesados pasos al principio, seguidos del rasgar de la piedra contra el cuerpo duro del Dragón, para dar paso luego al suave resonar de una suela contra las piedras sueltas que se convertían en arena a medida de que la boca se ensanchaba. Kagutsuchi esperaba a sus invitados con una gran sonrisa. La cascada volvería a teñirse de carmesí esa noche.

NdA: Demoré más de lo que pensé, pero bueno... la vida no es tan desocupada en ocasiones como me gustaría. Agradezco mucho la paciencia de quienes leen este fic y aquí, por fin, les traigo el capítulo once. Honestamente, pensaba hacerlo más largo, pero cuando me di cuenta, tenía un capítulo demasiado largo para mi gusto, por lo que lo partí en dos... Como sea, ya estamos llegando al final de esta historia. Espero poder terminarla con un resultado satisfactorio. Como siempre las opiniones son bienvenidas y, esperando que lo disfruten, me despido. Hasta la siguiente actualización, saludos.