CAPÍTULO 11: SENTIMIENTOS
Quizá si la besaba otra vez…
«No me mires así, Kara… por favor…», rogaba Lena en su interior sin poder apartar sus ojos de los orbes azules de la comandante.
Pero Kara tampoco apartaba la mirada, parecía embelesada, y en ese estado empezó a hablar.
―Si pudiera llevarte a esos bosques de los que escribo, muy lejos de todo este mundo de horror, Lena…
―¿Qué? ―susurró la joven Luthor sin comprender.
―Allí cuidaría de ti con mi vida, no nos encontrarían ―continuó diciendo Overgirl como hipnotizada―, y nadie nos haría daño jamás.
Entonces Lena lo comprendió. Kara estaba hablando como si hubieran vuelto al pasado, doce años atrás, a la tarde de su cumpleaños. Como si el tiempo no hubiera transcurrido y la realidad no hubiera seguido el terrible sendero que siguió.
―Temía que no sintieras lo mismo que yo… ―confesaba la rubia a escasos centímetros de sus labios― Sé que es una locura, pero no se puede mandar sobre el corazón, ¿verdad?…
Lena se dejó llevar por el extraño embrujo que tenía atrapada a Kara y apartó a un lado la razón, regresando a sus catorce años, junto a Kara Danvers, su mejor amiga y su primer amor. Negó con la cabeza ligeramente.
―No, no se puede… yo tenía miedo de que nunca te fijaras en mí, Kara…
Kara enmarcó el rostro de Lena con las manos y unió sus frentes. Ambas cerraron los ojos.
―¿Cómo no iba a fijarme en la chica más increíble que he conocido? ―susurró Kara haciendo sonreír a Lena, al mismo tiempo que sus mejillas enrojecían.
La rubia se echó hacia atrás y la contempló con devoción mientras acariciaba sus mejillas con los dedos.
―¿Puedo besarte otra vez? ―musitó Kara con la sonrisa más bonita que había visto nunca.
―Hazlo, por favor ―demandó Lena con necesidad.
Ya no sabía dónde estaba ni en qué tiempo, lo único de lo que tenía certeza era Kara, y el torbellino de emociones que le hacía sentir.
Kara rozó los labios de Lena con delicadeza. La joven Luthor se abrazó a su cuello, enredando los dedos en sus cabellos rubios. El beso compartido empezó a prolongarse, acompañado de dulces caricias, pero en ningún momento se tornó demasiado profundo. Lena se sentía como aquella niña de catorce años que besaba por primera vez a su primer amor, y la ternura e inocencia la dominaban, al igual que a Kara. Tal vez aquella tarde habría continuado así, de no aparecer Sam tan pronto… Sam, su otra gran amiga, Sam, a quien pudo rescatar de las garras de los nazis, Sam, su amante…
Lena reaccionó y rompió el beso, separándose del cálido cuerpo de Kara, apoyando las manos sobre sus hombros. No era aquella tarde, habían pasado muchos años y demasiadas cosas.
―No es mi cumpleaños… ya no somos niñas… ―pronunció Lena con tristeza.
Kara la miró frunciendo el ceño, tratando de procesar la información recibida. Y de pronto, sobre el rostro aniñado de Lena, empezó a superponerse de manera intermitente el rostro adulto de la Lena de veintiséis años. La rubia abrió más los ojos.
―¿Lena? ―murmuró con asombro―, ¿eres tú?
―Kara… ¿has vuelto conmigo? ―preguntó la joven Luthor emocionada.
―Lena, yo…
Entonces emitió un alarido al sentir un repentino e intenso dolor de cabeza que la hizo soltar el rostro de Lena y caer de rodillas, llevándose las manos a las sienes con gesto atormentado.
―No, Kara, otra vez no, por favor, quédate conmigo ―suplicaba Lena mientras se agachaba junto a la rubia, tratando de abrazarla por los hombros―, estabas aquí hace un momento, no me dejes de nuevo, por favor… ―rogaba entre lágrimas.
Pero Kara ya no era capaz de contestar, sólo gruñía y se revolvía por el terrible dolor que estaba experimentando. Acabó en el suelo, encogida, sin que Lena pudiera hacer nada para ayudarla, hasta que perdió la consciencia.
La joven Luthor la abrazó y la acomodó en su regazo, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Cuando escuchó la voz de Eve se sobresaltó.
―¡Señorita Luthor, ¿qué ha pasado?! ―exclamó Eve al verla asistiendo a Overgirl de una forma tan afectuosa.
―Eve, ayúdame, la comandante Danvers se empezó a encontrar mal y se ha desmayado ―explicó Lena. Eve se acercó a ellas y la ayudó a levantarla―, mira, ya parece que vuelve en sí.
Overgirl abrió los ojos con dificultad, descubriendo a las dos mujeres que la sostenían en pie. ¿Otra vez se había quedado inconsciente en presencia de Lena Luthor?
―¿Qué… qué ha pasado?
Se volvía a repetir el mismo extraño suceso, pero ahora Lena sabía por qué. El bloqueador de recuerdos se había accionado en cuanto Kara la había reconocido. Perdería la memoria de los últimos minutos, olvidaría el beso que acababan de compartir y ella tendría que mentirle.
―Empezaste a marearte y perdiste el conocimiento unos instantes ―dijo Lena.
―¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? ―quiso saber Overgirl.
―No más de un minuto, tranquila ―aseguró Lena, tratando de calmarla.
Overgirl se liberó del agarre de ambas mujeres y sacudió la cabeza para centrarse.
―¿Quería algo de mí, señorita Luthor? ―preguntó Overgirl―, lamento mi desvanecimiento, quizá no es buena idea que yo sea su guardaespaldas, quizá estaría más segura con Mon-El o incluso con Psi.
―¡De eso nada! ―exclamó Lena de inmediato, haciendo que tanto Eve como Overgirl la mirasen sorprendidas―, ha sido algo puntual, yo confío plenamente en tus capacidades, comandante.
«Pues yo no sé cuánto tiempo aguantaré esta situación, dolores de cabeza, desmayos y una atracción irracional hacia ti», se lamentaba Kara.
―Eve, no le cuentes esto a nadie, ¿de acuerdo? ―pidió Lena a su doncella―, no quiero que Morgan me ponga otro guardaespaldas.
―Sí, señorita Luthor.
Eve no entendía nada. Overgirl era el soldado más temible y cruel del imperio alemán. Escuchar su nombre ya causaba terror. Y sin embargo, su señorita la había atendido con un cariño incomprensible, como si aquella asesina le importase. Si no fuera porque le debía mucho a Lena y confiaba en ella, jamás habría aceptado callar aquel suceso.
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Lena comió sin mucho apetito, lo que acababa de vivir con Kara no se apartaba de su mente. Overgirl parecía estar como siempre, y dadas las circunstancias, eso era lo mejor. Notaba las miradas que Eve les lanzaba a las dos desde su posición. Tendría que hablar con ella pronto acerca de Overgirl y Kara Danvers. Eve era mucho más que su doncella y no quería ocultarle aquella información. Afortunadamente, Edge no volvió a casa para la comida, se excusó con Lena por teléfono, pues se vio obligado a permanecer en el cuartel militar, así que la joven Luthor pudo retirarse a sus habitaciones enseguida, tenía mucho en lo que pensar. Overgirl caminaba unos pasos detrás de ella.
―¿Es necesario que me sigas a todas partes? ―se quejó Lena.
―Sólo hasta asegurarme de que está a salvo ―afirmó Overgirl.
―Hemos llegado a mi habitación, ¿estoy a salvo?
―Sí, creo que sí.
Lena le dedicó una sonrisa desganada y cruzó la puerta, dejando a Kara al otro lado de la misma.
«Dios, la he besado otra vez ―Lena se llevó los dedos a los labios―, la primera vez fue un impulso, estaba ciega por la rabia de verla convertida en Overgirl, pero esta mañana… la besé porque quería hacerlo, porque no resisto sus ojos azules, su sonrisa... Cuando se porta bien conmigo, como lo haría Kara Danvers, no puedo resistirme a ella... »
Las lágrimas afloraron en sus hermosos ojos verdes. La peligrosa atracción que Kara ejercía sobre ella la asustaba, y acababa de comprobar lo fácil que le resultaba dejarse llevar. Nada le garantizaba que Overgirl no acabara recordando, y si lo hacía, ¿cómo reaccionaría ante el hecho de que ella la hubiera besado? Podía denunciarla y condenarla a muerte.
Pero no sólo le angustiaba esa posibilidad, también le dolía la situación con Sam. No importaba que sus locos sentimientos hacia Kara fuesen finalmente correspondidos o no, o que la arrastrasen a su perdición. Lo que importaba era que estaban ahí, que eran reales, tan reales como el latido de su corazón, que se aceleraba sólo con imaginarse en brazos de Kara.
«Lo siento, Sam…»
Overgirl permanecía de pie junto a la puerta de las habitaciones de Lena Luthor. Tenía los brazos cruzados delante del pecho y mostraba un gesto imperturbable, pero su interior no tenía nada que ver, su mente agitada la llevaba una y otra vez de vuelta al momento en que había estado a punto de besar a su protegida.
―¿Me lo prometes?
Sus palabras y la forma en que la estaba mirando la hicieron perder el control sobre sí misma.
«¿Pero qué demonios pasa conmigo?, quería besar a Lena Luthor, ¡iba a besarla!... ¿cómo se lo habría tomado ella?, no puedo permitir que esas absurdas fantasías degeneradas se apoderen de mí y dominen mi voluntad así.»
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El último mensaje de texto de Edge convenció a Lena de hacer todo lo posible por salir de aquella casa ese mismo día, o realmente podría pasar cualquier cosa si pretendía tomarla por la fuerza y Kara intervenía para defenderla. Así que hizo uso de su último recurso, sus padres, a los que visitó sin perder tiempo. Eve y Overgirl la acompañaron, pero se quedaron fuera del salón.
―Morgan está empeñado en acostarse conmigo antes de casarnos ―exclamó Lena indignada― y yo no tengo ninguna intención de pasar por ahí.
Overgirl sonrió ligeramente al escucharla, le encantaba su carácter fuerte y decidido. Eve la miró extrañada, y la comandante carraspeó y recuperó su pose hierática.
―Ya sabes cómo son los hombres, cariño ―decía Lillian―, el sexo es para ellos una necesidad vital.
―¿Y para las mujeres no lo es? ―Lena se indignó aún más.
―Pregúntale a tu madre ―intervino de pronto Lionel Luthor. Su esposa lo miró con cara de pocos amigos.
―Lena, lo que quiero decir es que… ―Su hija la interrumpió.
―Que es lo normal y debo aceptarlo y entregarme a él, ¿no? ―preguntó Lena―, lo que sea necesario para no malograr el matrimonio con el capitán Morgan Edge.
―Es el mejor marido al que cualquier mujer del imperio podría aspirar, después del emperador, claro ―se defendió Lillian.
Overgirl frunció el ceño, la cosa no iba bien. Los Luthor parecían aprobar la conducta de su capitán, incluso aunque fuese en contra de las buenas costumbres que tanto proclamaba el régimen nazi. Su hipocresía le disgustó. Sin embargo, Lena se guardaba un as en la manga, algo que sabía que afectaría a su madre.
―¿Y si Morgan rompe el compromiso después de acostarse conmigo? ―sugirió la joven Luthor―, nada le obligaría a cumplir conmigo.
―El honor ―dijo Lionel―, cumplirá, Morgan Edge es un hombre de palabra.
―Querido, Morgan Edge es un hombre, puede hacer lo que quiera, nadie le juzgará, pero la reputación de tu hija quedará manchada para siempre, nadie la querrá tomar por esposa.
«Gracias, mamá», pensó Lena con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
«Bien jugado, Lena Luthor», se dijo internamente Overgirl, que seguía la conversación con atención.
En realidad, a Lillian Luthor no le importaba demasiado que Lena se convirtiese en una solterona, salvo por el hecho de que perjudicaría a ambas que se malograse el matrimonio con el capitán Edge. Las mujeres de las altas esferas sociales de Berlín eran tan estrictas en las buenas costumbres como pérfidas con sus semejantes, y cualquier mácula en la vida familiar podía provocar un rotundo rechazo. Lillian no estaba dispuesta a perder la elevada posición social que ocupaba y acabar convirtiéndose en una paria. Había logrado mantener oculta la traición de su marido y el secreto del nacimiento de Lena, no echaría a perder todo su esfuerzo por el deseo carnal de Morgan Edge.
―Ahora mismo te acompaño a la mansión Edge, hablaré con el capitán ―aseguró Lillian―, tiene que entender que las cosas han de hacerse bien, en el orden correcto, primero el matrimonio, y después saciar su apetito.
Lena tuvo que esforzarse para disimular el asco que sintió al escuchar sus últimas palabras.
Cuando Lena y Lillian salieron del salón para dirigirse al vestíbulo, Overgirl caminó hasta ellas.
―Me alegra que haya logrado convencer a su madre ―afirmó con sinceridad.
―A mí también, es mejor así para todos ―replicó Lena. Overgirl la miró sin entender―, no quería que tuvieras que enfrentarte a tu capitán por proteger mi dignidad.
La comandante se quedó traspuesta un instante. ¿Qué acababa de pasar?, ¿Lena Luthor se preocupaba de su bienestar? Una inesperada calidez invadió su pecho. ¿Por qué aquella mujer no dejaba de afectarla de mil maneras distintas?
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Dos días de indiferencia habían sido suficientes. Gayle necesitaba hablar con Imra, no podía seguir soportando que la morena ignorase sus llamadas y sus mensajes. Necesitaba aclarar con ella lo que había pasado la noche del "Wired", necesitaba seguir viéndola, y no sólo por el deseo que Imra despertaba en ella. La mañana en que la sorprendió en la cama mirándola y acariciando su rostro no era la primera vez que Gayle hacía eso. Una noche, Gayle se desveló y se despertó junto a Imra. Algo la impulsó a contemplarla y acariciarla suavemente para no despertarla. Aquella noche comprendió que no era sólo sexo lo que compartía con aquella chica, y eso la asustó.
―¿Qué haces aquí, Gayle? ―exclamó Imra al abrir la puerta de su habitación.
―Estaba preocupada, llevas dos días sin contestarme a nada ―admitió la rubia.
―¿Y no has captado que igual es porque no quiero hablar contigo? ―replicó Imra con frialdad.
―Me gustaría saber por qué, ¿puedo pasar? ―insistió Gayle, acercándose a ella y poniéndola un poco nerviosa. Sonrió al ver que todavía le afectaba su cercanía.
―Supongo que si te digo que no, seguirás en mi puerta hasta que cambie de opinión.
―Supones bien.
Imra la dejó entrar y Gayle avanzó unos pasos hacia el interior de la estancia. La morena cerró la puerta y la miró, vestía vaqueros y una cazadora negra, estaba realmente guapa y se reprendió internamente por pensarlo.
―¿Por qué no quieres hablar conmigo, Imra? ―preguntó con genuina preocupación.
―Porque me aburrí de nuestras citas.
―No hablas en serio… ―afirmó Gayle― no te creo.
―Ése es tu problema, y ahora me gustaría que te fueras, tengo mucho que estudiar.
―Veo cómo me miras, no te soy indiferente ―dijo Gayle mientras caminaba hacia ella.
―Eres atractiva, es un hecho objetivo, pero no hay nada más que eso, y el sexo acaba aburriendo, ¿no lo sabías, Gayle?
Imra hablaba más para convencerse a sí misma que porque fuese cierto. Muy a su pesar, la rubia había despertado en ella sentimientos que creía dormidos para siempre después de su triste divorcio.
―Estás mintiendo, Imra, lo veo en tus preciosos ojos ―aseguró Gayle acercándose un poco más.
―Eres una maldita vanidosa, Gayle, ¿te crees que todas las chicas que follan contigo están locas por ti? ―exclamó Imra.
―A mí sólo me importa lo que sientes tú, Imra ―dijo al tiempo que posaba su mano en su mejilla. La morena hizo el amago de apartarse, pero finalmente no se movió.
―Pues ya te lo he dicho, no siento nada ―aseguró con la voz, pero su mirada decía lo contrario, Gayle podía leerla perfectamente, era experta en eso.
―Perdóname, por favor… por mi reacción de la otra noche en el "Wired" ―empezó a hablar Gayle, sorprendiendo a Imra―, perdóname por haberte dado una impresión equivocada. Que aquella chica nos interrumpiera y te sacara a bailar me molestó, pero lo disimulé.
―¿Por qué? ―preguntó Imra desconcertada―, ¿por qué disimulaste, Gayle?, ¿por qué me hiciste pensar que no significo nada para ti?
―Porque no entraba en mis planes sentir algo por ti… porque alguien como yo no puede albergar sentimientos por una mujer ―añadió la rubia.
―¿Alguien como tú? ―exclamó Imra, igual de perdida que antes.
Gayle le sonrió con tristeza y tomó una de sus manos, después cerró los ojos y de pronto Imra sintió que la cabeza le daba vueltas, y se aferró con fuerza al brazo de la rubia. Gayle había activado su poder psíquico, estaba leyendo la mente de Imra y no podía dejar de sonreír. Sintió el profundo cariño que la morena le profesaba, la rabia al pensar que sus sentimientos no eran correspondidos, la emoción de volver a estar con ella… No quiso invadir por más tiempo su intimidad y la liberó de su mano y de su poder.
―¿Qué… qué me has hecho? ―dijo Imra temblando―, era como si te hubieses metido en mi cabeza…
―Tranquila, lo que acabo de hacer no tiene efectos secundarios, y el mareo se te pasará enseguida ―La ayudó a caminar hasta el sofá―, siéntate, por favor, y te lo contaré todo.
Imra había comprobado en su propia piel que Gayle poseía poderes, que no era una mujer humana normal, y sólo sabía de unos seres que en aquel tiempo tenían poderes sobrehumanos, los súper soldados del imperio. El temor se apoderó de ella y Gayle lo notó.
―No tengas miedo de mí, Imra, jamás te haría daño ―prometió arrodillándose ante ella y besando sus manos―, pero no soy una buena persona, y mereces conocerme por completo.
―¿Quién eres?
―Me conocen como Psi… soy la teniente Gayle Marsh de las SS y trabajo como escolta personal del emperador alemán gracias a los poderes que poseo, adquiridos por la experimentación genética a la que fui sometida siendo adolescente.
―Eres nazi… ―dijo Imra con horror. No temía por su integridad física, se veía capaz de defenderse, sino por lo que podría pasar si los nazis acababan descubriendo que ella era realmente una exploradora del siglo XXXI.
―Lo soy, pero sólo para sobrevivir en este mundo en el que ellos gobiernan ―explicó Gayle―. Debido a mis poderes, ocupo un puesto que me permite evitar matar, salvo en caso de necesidad protegiendo al emperador. Y tampoco han logrado lavarme el cerebro como a Overgirl o Mon-El, debido a mi gran poder mental, así que sigo siendo la mujer que era antes de toda esta mierda.
―Elegiste la opción más segura para ti… ―Imra entendió lo que Gayle quería decirle.
―Sí… después de la muerte de mi abuela, no me quedaban motivos para intentar volver a mi vida anterior, así que opté por ser una de ellos para salir adelante, no me siento orgullosa, pero es lo que hago ―confesó la rubia apartando la mirada. Imra le tomó la barbilla para que la mirase de nuevo.
―Ellos no saben que visitas el "Wired" por las noches, ¿verdad?
―No, si lo descubrieran, me acusarían de alta traición, y me condenarían a… muerte.
―Y a pesar del riesgo, sigues haciéndolo… ―afirmó Imra con cierta admiración.
―Es el único lugar donde puedo ser yo misma ―admitió Gayle.
―Verme también es un gran riesgo para ti ―exclamó Imra con preocupación.
―Merece totalmente la pena ―aseguró la rubia dedicándole una tierna sonrisa.
Imra se sonrojó, sonrió con timidez y acarició las mejillas de Gayle con intenso afecto. Ahora que sabía la verdad sobre Gayle, y que entendía por qué se había comportado de esa forma en el "Wired", sólo quería besarla y recuperar los dos días en que no se habían visto. Había sido una tonta por desconfiar de sus sentimientos, pero es que no era fácil para ella confiar.
―Hace dos años me casé con un hombre que me aseguraba quererme por encima de todas las cosas ―relataba Imra, Gayle la observaba con toda su atención, todavía arrodillada ante ella―, meses después descubrí que se había casado conmigo cuando perdió a su novia anterior… nunca me quiso de verdad, y después de un año, me dejó para volver con su ex novia porque ella había regresado inesperadamente a su vida.
―Qué desgraciado ―exclamó Gayle muy enfadada.
―Me hizo sentir como un premio de consolación, como el segundo plato, y me prometí a mí misma que nadie me haría sentir así de nuevo.
―Ese hombre era un imbécil, y yo también por haberte hecho sentir igual cuando aquella chica te invitó a bailar.
―No digas eso, tenías motivos para actuar así, y te agradezco mucho que me los hayas contado, Gayle ―confesó la morena―, ahora te veo de otra manera.
―Espero que sea una manera sexy e interesante ―bromeó la rubia. Imra se rio.
―Me encanta que me hagas reír ―dijo mientras la abrazaba con fuerza por el cuello, haciendo que ambas cayeran al suelo―, gracias por todo, Gayle.
―Gracias a ti, Imra, por elegir Berlín para estudiar ingeniería, eso me permitió conocerte.
Imra la besó y volvió a abrazarla, pero su gesto había cambiado, un halo de tristeza empañaba sus ojos. Gayle la había hecho muy feliz confesándole sus sentimientos y su verdadera identidad, pero ella no había correspondido a su sinceridad. Había permitido que Gayle siguiera pensando que era una estudiante noruega, y no una viajera del tiempo, procedente del siglo XXXI. Su temor no había desaparecido. Aunque Gayle la quisiera y arriesgara su vida para verla, Imra temía que si le contaba la verdad, los nazis pudieran acabar descubriéndola interrogando a Gayle. Y si daban con su nave y lograban repararla, podrían llevar su horrendo régimen mucho más lejos. El destino de la Tierra en todos los tiempos estaba en juego.
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La visita de Lillian Luthor a Morgan Edge fue todo un éxito, y esa misma noche, Lena regresaba a la mansión familiar, eso sí, acompañada de su escolta, Overgirl. Los Luthor la recibieron con cordialidad y admiración, a excepción de Lex, que no se molestaba en ocultar su disgusto al tener a una extraña en su casa. En realidad, le irritaba que fuese una mujer la protectora de su hermana y no un hombre, su machismo no tenía límites.
―Eve ya ha terminado de preparar tu habitación, comandante, ¿quieres que James te suba el equipaje?
―No es necesario, sólo llevo esto ―dijo señalando una pequeña bolsa de deporte.
―De acuerdo, sígueme, te mostraré cuál es ―invitó Lena y comenzó a subir las escaleras delante de ella.
Overgirl la seguía de cerca. Se miró las botas y después alzó la cabeza sin pensar en lo que iba a encontrarse. Primero fueron sus zapatos negros de tacón, después sus piernas envueltas en unas medias oscuras. Su corazón empezó a bombear con más fuerza, y sus ojos se quedaron fijos en el trasero de Lena Luthor, el sensual contoneo de sus caderas al subir los escalones, las tentadoras curvas… El ruido de la madera partiéndose asustó a Lena, que detuvo sus pasos y se volvió hacia Overgirl.
―Lo siento, quizá haya termitas ―dijo lo primero que se le ocurrió para justificar el haber roto un trozo de pasamanos de la escalera. La joven Luthor la notó muy afectada y quiso quitarle importancia enseguida.
―No te preocupes, mañana mandaré que lo arreglen ―dijo con una sonrisa que Overgirl le devolvió con torpeza.
Estaba muy afectada, pero no por el percance del pasamanos, sino por ese cuerpo endemoniadamente atractivo que caminaba pocos pasos delante de ella.
«Estoy perdida…», se lamentó.
―Y ésta será tu habitación ―anunció Lena abriendo una puerta―, espero que te sientas cómoda en ella.
―¿Dónde está la suya? ―preguntó Overgirl con seriedad.
―Oh, está allá ―Le dio la espalda para señalar.
―Bien, pues…
―¡Claro, debería darte una habitación más cercana a la mía! ―exclamó Lena―, ahora mismo le digo a Eve que traslade las cosas a aquella de allí.
―No es necesario, soy muy rápida, ya lo vio en la mansión del capitán, cuando atrapé la figura… y la atrapé a usted.
Ahora fue Lena la que se puso nerviosa, sintiendo calor en sus mejillas. Recordar la cercanía de su cuerpo no era precisamente lo mejor para mantener la calma.
―Está bien, entonces te quedas en esta habitación ―dijo apartando la mirada.
―Sí, aquí estaré bien ―aseguró con alivio. Lo último que deseaba era dormir pared con pared con Lena, escucharla respirar cada noche, imaginarla con el mismo camisón que llevaba en la mansión del capitán…
―Buenas noches, comandante Danvers ―Lena le ofreció la mano y Overgirl titubeó un poco antes de tomarla.
―Buenas noches, señorita Luthor.
Cuando sus manos entraron en contacto, una sensación electrizante recorrió sus cuerpos por completo. Era imposible evitarlo. Se afectaban, se alteraban mutuamente, pero en aquel momento, todavía desconocían el efecto que causaban en la otra.
CONTINUARÁ…
