SOMBRAS Y CORAZAS

Capítulo 11: Días de nieve

"Quédate conmigo hoy,

vive conmigo un día y una noche

y te mostraré el origen de todos los poemas".

Walt Whitman.

Hermione volvió a observar el paisaje, sin lugar a dudas, el traslador la había conducido a un lugar hermoso, al grado que sintió que formaba parte de una postal de Navidad.

Se encontraba en medio de un lugar donde absolutamente todo lo que la rodeaba estaba cubierto de nieve, desde las copas de los árboles hasta las montañas que se alzaban a lo lejos, al fondo había una cabaña enorme de arquitectura moderna con una hermosa fachada de madera y piedra. Al lado de la cabaña, había un lago de agua celeste con un muelle de madera, increíblemente y gracias a que se encontraba en algún lugar del mundo mágico, sus aguas no estaban congeladas.

Hermione se dirigió a la cabaña abriéndose paso entre la nieve, tenía que hablar con Harry antes de que el sol se ocultara.

La chica se paró enfrente de la puerta e intentó arreglar su facha lo mejor posible con la ayuda de su varita mágica. Llamó a la puerta con el puño, esperando ansiosa a que Harry apareciera de un momento a otro, pero nadie abrió.

¡Qué raro! Las luces estaban prendidas. Evidentemente Harry estaba en casa. Volvió a tocar y esperó un par de minutos, pero el resultado fue el mismo.

¿Y si Harry ya se había asomado por la ventana y no quería abrir la puerta? A lo mejor, él estaba enojado con ella por todos sus desplantes, y en esos momentos, no quería ni verla. Bien merecido se lo tenía, pero eso dolía mucho.

—Harry, por favor escúchame –dijo Hermione, llamando a la puerta-. Ginny me hizo creer que tenías un hijo con ella… Fui una tonta por creerle. Tú no eres el padre de ese niño. Perdóname

Ni siquiera un ruido se escuchó desde el interior de la cabaña.

-Hoy en la mañana vi las pruebas de ADN y corrí a buscarte en cuanto supe la verdad... Lo siento tanto, Harry.

Nadie respondió, ella volvió a tocar con más insistencia.

-Harry James Potter si no abres, me voy a quedar parada en medio de la nieve, gritando hasta que me congele y entiendas que estoy aquí por ti... Te juro que te voy a torturar con mi voz toda la noche. No me voy a cansar de gritar que "te amo". ¿Lo escuchaste? ¡Te amo!

-¿Estás segura, Hermione? —preguntó una voz masculina detrás de la chica.

-¡Harry! —exclamó Hermione mientras su corazón le daba un vuelco y ella se giraba para ver al ojiverde parado en medio de la nieve.

Evidentemente, Harry venía llegando a casa y por eso no había abierto la puerta, pero había escuchado absolutamente todo lo que ella había dicho porque su mirada tenía un nuevo brillo en sus ojos.

-¿Qué haces aquí, eh? –exclamó Harry, acercándose a ella.

-Sólo viene a decirte que te amo —dijo Hermione mirándolo a los ojos.

Harry sonrió ampliamente, llevaba mucho tiempo deseando escuchar esas palabras. Sin dudarlo un segundo, rompió la distancia que los separaba, la abrazó con todas sus fuerzas y la besó con tal pasión que parecía que su vida dependía de ello.

-Te amo tanto -murmuró Hermione.

-Y yo te amo desde siempre -dijo Harry, fundiéndose con ella en repetidos besos llenos de ternura y pasión.


Hermione observó el interior de la cabaña. Todo era tan moderno y lujoso que se quedó parada en la entrada, totalmente impresionada. Había una chimenea labrada en piedra, sillones de piel, una mesa de centro sobre un fino tapete persa, lámparas con candelabros y un comedor de madera de cedro.

-¡Qué bonita cabaña! –murmuró Hermione.

Harry sonrió y la invitó a pasar.

-¿Dónde estamos? –preguntó Hermione mientras desabrochaba los botones de su abrigo, sintiendo que ya no era necesario, la estancia era muy cálida -. ¿Por qué viniste aquí? ¿Cuál es tu misión secreta? ¿Cuánto tiempo te quedarás?

Harry se volvió hacia ella y le ayudó a retirar su abrigo, colgando éste en un perchero.

-¿Acaso crees que tengo una respuesta para todo? –murmuró Harry frunciendo el entrecejo y tratando de fingir disgusto.

Ella negó con la cabeza, sus mejillas se pusieron rojas. Harry rio divertido.

-¿Tienes hambre? –le preguntó.

Hermione asintió, no había probado bocado desde esa mañana.

-¿Te apetece una baguette rellena de queso y carnes frías, acompañada de una copa con ron de grosella? -ofreció Harry

-Suena bien.

-Siéntate, enseguida regreso.

Hermione tomó asiento. Su vista se clavó en el hermoso paisaje nevado que se dibujaba a través de la ventana, pequeños copos de nieve comenzaban a caer sobre los pinos.

Harry entró a la cocina y regresó un par de minutos después con todo lo que había prometido.

-¿Cómo supiste que estaba aquí? –preguntó Harry, mientras colocaba los alimentos en la mesita de centro.

-Fui a buscarte al Ministerio, tuve que convencer a Kingsley para que me dijera dónde estabas.

-¿Y Kingsley te lo dijo?

-Lo chantajeé un poco –admitió la chica sin pizca de arrepentimiento.

Harry negó con la cabeza riendo.

-Tenía que verte –dijo Hermione, haciendo contacto visual con esos hermosos ojos verdes-. Lamento mucho haberte juzgado sin escuchar. Ginny fue a verme cuando estaba a punto de dar a luz, me dijo que su bebé era hijo tuyo. Yo estaba demasiado afligida porque acababa de recibir la noticia de la muerte de mis padres y le creí ciegamente.

-Yo no tuve nada que ver con Ginny –dijo Harry, sentándose junto a ella-. Lo que una vez hubo entre ella y yo terminó hace mucho tiempo.

-Perdóname, rompí contigo sin siquiera escuchar tu versión de la historia.

-No hay nada que contar, ella fue a verme a Rumania hace siete meses cuando ya estaba embarazada. Quiso darme vino de saúco para alterar mis recuerdos, pero yo no lo bebí. Yo no soy el padre de ese niño, Hermione.

-¿Por qué no bebiste el vino?

-De alguna forma presentí que algo andaba mal con Ginny.

-Hoy en la mañana vi las pruebas de ADN.

-Hermione Granger, ¿qué hubiera pasado si el sanador Smethwyck no accede a realizar las pruebas a ese bebé? ¿Seguirías creyendo en Ginny? ¿Seguirías negándome la oportunidad de hablar contigo?

-Lo siento mucho, Harry. Pensé que debía alejarme de ti. Creí que tu lugar estaba con Ginny y su hijo.

-Hermione, no vuelvas a decidir por mí.

Ella negó con la cabeza.

-Y la próxima vez, querida sabelotodo, tendrás que explicarme por qué estás enojada conmigo, en lugar de hablar entre líneas y después me darás la oportunidad de aclarar las cosas.

-Te lo prometo, Harry.

Él se inclinó y la besó en los labios, aprisionando su cara entre las manos.

-Todo el fin de semana estuve muy preocupado por ti –murmuró Harry-. Quería acompañarte en tu tristeza por la pérdida de tus padres y quería decirte que yo no tenía ningún hijo… Por otro lado, estaba muy enojado contigo por todos tus desplantes, tenía ganas de darte un buen jalón de orejas. Creo que realmente pensaba hacerlo hasta que llegaste con las dos palabras que más deseaba escuchar, y es increíble cómo lograste que en un segundo te perdonara todo.

-Quizás esta experiencia era necesaria para que yo aceptara lo mucho que te amo –dijo Hermione-. Estoy enamorada de ti como una loca, y te amo con esa misma locura. Por si no lo sabes, hechicé a Ginny, amenacé a tu secretaria y hubiera sido capaz de golpear a Kingsley si no me decía dónde estabas.

-¿Hermione, corazón de piedra, está enamorada y hablando de amor?

Ella asintió, Harry sonrió ampliamente.

-Te amo –dijo Hermione, viéndolo a los ojos.

-No te escuché –murmuró el ojiverde.

-Te amo –repitió la castaña.

Harry sonrió antes de acercar sus labios a los de ella, besándola como si su vida dependiera de ello.

-¿Soy correspondida? –preguntó Hermione alzando sus cejas en un gesto de total coquetería.

-¿Y todavía lo preguntas? –exclamó Harry antes de besarla de nuevo.

Los dos cenaron intercambiando risas y besos, disfrutando de la alegría de volver a estar juntos. Después se recostaron frente al fuego de la chimenea. Hermione recargó su cabeza en el hombro de Harry y él la recibió entre sus brazos, meciéndola suavemente.

Hermione comenzó a hablar de sus padres, recordando con cariño y nostalgia los días más felices de su infancia. Harry la escuchó con atención, rio con ella en las anécdotas divertidas y enjugó sus lágrimas, consolándola por su irreparable pérdida. La noche se hizo vieja, el cansancio propio del día les ganó la batalla y los dos jóvenes se quedaron dormidos abrazados.


A la mañana siguiente, Harry fue el primero en despertar, recordó las palabras de Hermione diciéndole que lo amaba y sonrió al verla dormida junto a él. Con mucha delicadeza, acarició la mejilla de la chica con su dedo índice y se inclinó para darle un beso en la frente.

Ella dormía tranquilamente y no se despertó ante el suave contacto.

Harry tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantarse y meterse a bañar, a diferencia de Hermione, él no tenía vacaciones.

-Hermione –murmuró Harry, acercándose a ella con cautela y estrechándola contra su pecho.

-Harry ¿te has levantado?

-Saldré a trabajar –susurró Harry, acomodando las cobijas-. Duerme, yo regresaré más tarde.

Hermione sintió la nariz del chico contra su pelo, inspirando hondo.

-Ten cuidado –murmuró Hermione.

Harry asintió antes de darle un beso en la mejilla en señal de despedida.

Hermione descansó una hora más y cuando se levantó se dio cuenta de lo bien que había pasado la noche. Se preparó un café y comió un poco de pan con jalea. Ignoraba a qué hora del día regresaría Harry, pero de algo estaba segura, los minutos pasaban muy lentos sin él.

Fue a la cocina y preparó la comida, pues quería sorprenderlo a su regreso. Afortunadamente la alacena estaba llena de despensa y ella pudo preparar algo especial. A diferencia del fin de semana, la comida no se le quemó, y la chica pronto descubrió que cocinar era una excelente terapia, casi tan efectiva como leer. Después fue a tomar un baño de tina en una de las muchas recámaras de la cabaña, se relajó con el vapor y las burbujas de jabón, se vistió y se pasó el resto de la mañana con la nariz metida en uno de sus libros.

A las dos de la tarde, Harry abrió la puerta de la cabaña, adentro olía muy bien.

Hermione salió corriendo a su encuentro, echándole los brazos al cuello en cuanto estuvo cerca. Harry observó a su novia, se veía muy bonita con un vestido de algodón azul de mangas largas, mallas y tacones.

-¡Harry, por fin has vuelto!–exclamó la chica, antes de plantarle un beso en los labios.

-Con esta bienvenida, cualquiera pensaría que me fui un mes al fin del mundo -dijo el ojiverde riendo, al tiempo que rodeada su estrecha cintura con sus brazos.

-Creo que estamos en el fin del mundo

-Este lugar es maravilloso, dista mucho de ser el fin del mundo.

-¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? ¿Cuál es tu trabajo? –preguntó ella, levantado la ceja.

-¿Olvidas que soy auror? Aunque no lo creas cerca de aquí hay una comunidad de gnomos. Tengo que cuidar y vigilar que no haya fuerzas oscuras atentando su integridad.

-¿Por qué viniste tú siendo el Jefe del Cuartel?

-Porque creí que necesitabas un tiempo lejos de mí.

-Tú tampoco deberías decidir por mí –dijo ella frunciendo el entrecejo.

-Te prometo que de ahora en adelante, siempre hablaré contigo antes de algún arrebato

Ella sonrió.

-¿Ya comiste? -preguntó Hermione-. Preparé una pasta con ensalada y carne.

-Con razón huele tan bien.

-También hice una tarta de chocolate.

-¡Y yo que pensaba llevarte a comer! –dijo Harry, besando su frente-. Tendrá que ser otro día porque no podemos perdernos este banquete.

Los dos caminaron hacia el comedor, Harry abrió una silla para Hermione y después él tomó asiento. Un encantamiento fue suficiente para tener las manos limpias y después Hermione sirvió dos platos y ofreció uno al moreno. Él dio el primer bocado, la comida estaba exquisita.

-¿Te gustó? –preguntó Hermione atenta a su reacción.

-¡Delicioso, chef Granger!

-¿Quieres un poco de vino de saúco? –preguntó Hermione sosteniendo una botella. Harry por poco se atraganta.

Hermione soltó una carcajada y Harry le dirigió una mirada severa.

-Si Ginny Weasley no lo ha tocado, sí –dijo Harry.

-Lo hechicé yo –murmuró Hermione.

-Creo que podré fiarme –dijo el moreno, tomando la botella entre sus manos para ayudar a abrirla.

Una hora después cuando terminaron de comer, Hermione pensó que pasarían el resto de la tarde juntos, en realidad se le antojaba salir a caminar con él, pero antes de que ella pudiera sugerirlo, Harry le informó que tenía que salir nuevamente.

-Volveré lo antes posible –dijo Harry, tomando la mano de la chica y llevándola hasta sus labios, besando sus nudillos con ternura, sin apartar sus ojos verdes de los de ella.

Ella sonrió desilusionada, pero eso no impidió que Harry volviera a salir. Sin más remedio, Hermione se sentó en la sala frente al fuego de la chimenea, abrió otra vez su libro y comenzó a leer.

No había pasado ni media hora, cuando una lechuza interrumpió su lectura, dando picotazos en el cristal de la ventana.

La chica sorprendida abandonó su libro y abrió el cristal. La lechuza traía un pergamino de Harry.

"Querida Hermione:

Tienes que seguir todas las pistas para encontrar el premio.

Mucha suerte"

La chica frunció el ceño sin entender el mensaje. ¿No se suponía que Harry estaba muy ocupado trabajando? ¿Por qué enviaba esa lechuza? ¿De qué premio estaba hablando?

Volteó el pergamino buscando alguna pista, en vez de eso, encontró una adivinanza.

Aunque parecen un producto de limpieza muggle,

son un medio de transporte muy útil y divertido,

las hay de muchos modelos y velocidades

y el Quidditch no sería lo mismo sin ellas.

Hermione rio, la respuesta era muy sencilla: una escoba. Finalmente, entendió el mensaje de Harry, "tienes que seguir todas las pistas para encontrar el premio".

Sonrió pensando que su tarde no sería tan aburrida como había previsto. Cerró su libro y fue a buscar una escoba en el interior de la cabaña.

No fue tarea fácil, pero encontró una vieja Cometa 280 en una bodega y junto a la escoba, un nuevo pergamino. Emocionada, Hermione lo tomó y leyó rápidamente:

Puedes encontrarlas en Zonko y también en sortilegios Weasley,

a los niños les fascinan, pero tienes que ser muy valiente para probarlas

pues nunca sabrás la suerte que tendrás, ni el sabor que te tocará.

"Grageas de todos los sabores" –gritó Hermione entusiasmada, mientras salía corriendo en busca de su nueva pista.

La chica llegó a la cocina respirando agitadamente, abrió la puerta de la alacena y ahí encontró un paquete de grageas. No fue necesario abrir la bolsa para encontrar otro pergamino.

Es una vasija con runas y símbolos en el borde,

su luz plateada se mueve sin cesar y como diría el viejo Dumbledore:

"Es muy útil para aquellos magos que tienen mucha información en su mente"

-¡Un pensadero! –dijo Hermione-. La adivinanza era sencilla, el problema era adónde iba encontrar dicho artefacto, pues la cabaña era enorme.

¿En qué momento Harry había armado todo eso? A esas alturas de la tarde, Hermione estaba segura de que Harry ni siquiera había salido a trabajar después de comer y había usado su capa invisible para armar ese juego mientras ella leía.

Seguramente en esos momentos, él se estaba riendo de ella al verla buscar como una niña, pero eso no le importaba, ella iba a ganar ese premio, fuera lo que fuera. Subió corriendo las escaleras, tenía que encontrar el pensadero.

Lo encontró en la biblioteca, era un pensadero tan magnífico como el de Dumbledore. Y junto a él, su nuevo pergamino flotaba en el aire.

¿Te crees muy lista, Hermione?

Pues responde esta adivinanza muggle:

Un hombre muy blanco en medio del frío

que cuando sale el sol se convierte en río.

¿Un muñeco de nieve? -se preguntó Hermione. Tomó aire, bajó las escaleras, atravesó la sala y abrió la puerta de la cabaña. Divisó las montañas, el lago y el muelle, justo ahí había un muñeco de nieve del tamaño de un elfo doméstico.

Hermione se abrió paso entre la nieve para dirigirse hacia él. Era un muñeco bastante divertido, traía el sombrero, la bufanda y los lentes de Harry, tenía un par de ramas que simulaban ser los brazos, un botón rojo era su nariz, en el lugar de boca había una pipa y envuelto en la bufanda estaba otro pergamino.

Pertenecí a los Ryddle y por muchos años estuve escondido en la cabaña de los Gaunt,

sin embargo, mi origen se remonta desde la antigüedad a una familia con apellido Peverell.

Hermione leyó dos veces el acertijo y su mente recordó el horrocrux de Voldemort, el anillo con la piedra de la resurrección.

"El anillo" –dijo Hermione en voz alta, sin saber dónde más buscar.

Harry apareció en ese momento, venía del otro extremo de la cabaña, la miraba con una enorme sonrisa y caminaba hacia ella sosteniendo entre sus manos un pequeño estuche de terciopelo.

El corazón de Hermione comenzó a latir a una velocidad insospechada conforme veía a Harry acercarse. El viento jugó con sus rizos, alborotándolos un poco, pero Hermione no despegó la vista de Harry, y se quedó tan quieta y callada como el muñeco de nieve.

-Has ganado el premio –dijo Harry parándose junto a ella antes de inclinarse para darle un beso en los labios.

-¿Qué es? –preguntó ella con un hilo de voz.

Harry depositó el estuche de terciopelo en sus manos.

-Ábrelo –pidió Harry.

Hermione obedeció porque por primera vez no sabía qué decir. Sus ojos no tardaron en descubrir un hermoso anillo con un diamante azul y varios diamantes claros en cada extremo. Era algo tan inesperado y tan maravilloso que, por un instante, Hermione sintió que se trataba de un sueño.

-¿Te gusta? –preguntó Harry.

-¡Es precioso! –murmuró Hermione con la voz velada por la emoción, observando el anillo y descubriendo unas palabras grabadas en su interior.

"Hoy, mañana y siempre"

La chica se volvió para mirar a Harry, dibujando en su rostro un sinfín de emociones.

-Hermione Jane Granger, ¿quieres casarte conmigo? –preguntó Harry, tomándola de las manos y mirándola a los ojos.

Ella le regaló su sonrisa más dulce, mientras trataba de asimilar la increíble propuesta. Harry la contempló sonriente y expectante.

-¡Sí, Harry! –dijo Hermione con la voz llena de emoción-. ¡Sí quiero!

Harry sonrió ampliamente antes de abrazarla con todas sus fuerzas y elevarla del piso, dando vueltas con ella sobre la nieve.

-¿Estás segura? –preguntó Harry loco de contento.

-Sí –dijo Hermione riendo y echándole los brazos al cuello-, por supuesto que sí.

Harry la bajó únicamente para fundir sus labios con los de ella y sellar así su compromiso. Tomó el anillo entre sus dedos, buscó la mano izquierda de Hermione y deslizo el brillante por su dedo anular.

Ella contempló la luz del diamante sobre su mano, el anillo le quedaba perfecto, Harry la besó en la mano y después en la frente, nunca había visto a Hermione sonreír de esa manera. Lentamente fue bajando por sus mejillas hasta besarla en los labios, primero mordiendo con cuidado su labio superior y al cabo de unos segundos, su labio inferior.

-Gracias por aceptar ser mi esposa –murmuró Harry entre besos.

-Gracias a ti por hacerme tan feliz –contestó ella.


Harry miró su reloj, eran las cinco de la tarde. A pesar de que intentaba hacer los nervios a un lado, no podía evitar sentirse inquieto. En una hora más, iba a casarse con Hermione, en lo que ambos habían llamado su secreta boda relámpago.

Se miró al espejo tratando de alisar su cabello, la misión era una batalla perdida, sin embargo, vestía un sobrio frac negro, acompañado de chaleco y plastón de seda color gris, que le daban un aspecto elegante y varonil.

El jardín de la cabaña resultó ser un magnífico escenario para la boda, pues gracias a una docena de encantamientos lograron adornar con todo tipo de flores frescas, hicieron que la nieve no cubriera un pasto sintético, trazaron un camino de pétalos y decoraron los árboles con curiosas lámparas que parecían luciérnagas. Hicieron aparecer un kiosko blanco que adornaron con flores y tul para que fuera el sitio exacto del enlace. Por último, lanzaron un hechizo para controlar el clima y tener un agradable ambiente templado en vez de congelarse en medio de las montañas nevadas.

Y mandaron llamar al juez Adams para que presidiera la ceremonia, era el mismo mago que había estado presente en el entierro de Dumbledore, y también había casado a Fleur y a Bill.

No invitaron a nadie, ambos acordaron que sería una ceremonia íntima, sólo para ellos. Ambos habían perdido a sus padres y no tenían más familiares cercanos, aunque Hermione sugirió invitar a los Dursley, Harry se negó rotundamente. Tenían amigos, pero estaban a cientos de kilómetros de ahí. Quizás, si otras hubieran sido las circunstancias, hubieran invitado a los Weasley, pero si Ginny seguía empeñada en su mentira, ellos jamás hubieran permitido esa boda. Echarían de menos a Ron, pero algún día, él entendería sus razones. Luna hubiera sido una magnífica dama de honor, pero era imposible pedirle que hiciera un viaje en traslador en su estado. Y el resto del mundo no importaba, el día de su boda era sólo para ellos, sin necesidad de más testigos.

Hermione verificó una vez más su maquillaje y su peinado, la estilista que había contratado había hecho un excelente trabajo. Llevaba el cabello semi recogido, adornado con flores y dejando caer unos rizos bien definidos. El vestido de novia lo había comprado en una tienda muggle, era un strapple de seda adornado con cuencas de cristal, cintura entallada y una falda con caída suave que daba la ilusión de un movimiento flotante. El velo estaba hecho de capas de tul de seda adornado con pedrería, y para completar su atuendo, no podía faltar un hermoso ramo de rosas blancas que caían en cascada.

Al dar las seis de la tarde, Hermione abandonó la habitación donde se había arreglado y bajó al jardín. Por un segundo, imaginó la voz de su madre diciéndole que se veía hermosa y también se imaginó caminando del brazo de su padre. Tuvo que obligarse a dejar de lado esos pensamientos, pues ya bastante había sufrido en los últimos años. Ahora había llegado el momento de ser feliz, tenía que dejar atrás el pasado y comenzar a escribir un nuevo capítulo al lado del hombre que amaba.

Al llegar al jardín, Hermione sonrió al ver el maravilloso espectáculo que habían creado, Harry estaba ya en el kiosko, esperándola junto con el juez Adams. Ella dibujó una sonrisa y caminó con paso seguro a través del camino de pétalos, mientras que varios instrumentos musicales encantados tocaban la marcha nupcial y una cámara hechizada capturaba hasta el más mínimo detalle.

Harry dio unos pasos hacia ella para recibirla, le acomodó el velo hacia atrás y ella, a cambio, le regaló una nueva sonrisa.

-Luces bellísima –murmuró Harry con voz galante.

-Gracias –dijo Hermione con voz dulce-. Tú también te ves muy apuesto.

Ambos entrelazaron sus manos e intercambiaron una sonrisa cómplice por el gran paso que iban a dar. El juez Adams aclaró su garganta y comenzó la ceremonia.

-Damas y caballeros –dijo con voz cantarina, a pesar de que no había un solo mago más presente, a excepción de los novios-. Estamos reunidos hoy aquí para celebrar la unión de dos almas…

En todos sus años, el juez Adams nunca había visto una pareja más enamorada ni más feliz que aquella que estaba junto a él. Ella estaba preciosa con un destello de luz brillando en sus ojos, mientras que el ojiverde con aspecto imponente, no podía despegar su mirada de la hermosa mujer que estaba a su lado.

Harry y Hermione pronunciaron sus votos en aquel jardín encantado y los anillos que intercambiaron fueron testigos de su promesa de amor.

En esa tarde, ambos quedaron unidos de por vida de una manera que ningún otro ser humano podría estarlo jamás. Sus vidas estaban ligadas para siempre, y a partir de ese momento, todos sus proyectos, ambiciones y sueños tendrían un destino en común.

-Entonces los declaro marido y mujer por el resto de sus días, hasta que la muerte los separe –dijo el juez Adams.

La pareja no le dio tiempo de decir más, Harry se lanzó sobre Hermione, entregándose a su esposa en un beso apasionado, mucho antes de que el juez le diera la acostumbrada autorización para besar a la novia.

El juez movió su varita por encima de las cabezas de los novios y un chorro de estrellas cayó sobre ellos, haciendo espirales a su alrededor. Del techo del kiosko cayeron pétalos de flores y varias palomas encantadas volaron alegremente alrededor de ellos.

-Te amo –murmuró Harry.

-Yo también te amo, no sabes cuánto –dijo Hermione.

El juez Adams los felicito, les entregó su acta de matrimonio, les dio un par de consejos a los nuevos esposos y después se despidió de ellos, deseándoles toda la felicidad del mundo.

Al quedarse solos, Harry se inclinó cariñoso y besó a su esposa en el lóbulo de la oreja, Hermione recibió la caricia asombrada por la ternura de Harry.

-Ven -dijo Harry, tomando a Hermione de la mano y conduciéndola hacia un extremo del jardín.

Hermione descubrió la mesa del comedor cubierta por un mantel blanco, una fina vajilla de porcelana, flores, velas y una hielera con champaña.

-¿Creíste que no íbamos a tener banquete de bodas? –preguntó Harry.

Ella sonrió y lo besó.

Los dos cenaron aquel delicioso y sofisticado menú que Harry había mandado pedir y que incluía desde una deliciosa entrada hasta el pastel de bodas.

-¿Estás contento? –preguntó Hermione a su esposo en cuanto terminaron de cenar.

Harry sonrió y la besó en los labios.

-Sí, señora Potter –murmuró el ojiverde-. Estoy feliz.

Ella abrió la boca aún sin poder creer que oficialmente ya era la esposa de Harry.

-¿Quieres bailar? –preguntó Harry, poniéndose de pie y extendiendo su mano para tomar la de ella.

Hermione accedió con una sonrisa. Un piano encantado comenzó a tocar una música suave y romántica.

Los dos caminaron al centro del jardín, en el trayecto Hermione se peleó con la cola de su vestido de novia, provocando las risas de Harry.

¿Cuánto tiempo bailaron abrazados? Ninguno de los dos llevó la cuenta del tiempo, pero no fue hasta ya muy entrada la noche que Harry tomó a Hermione entre sus brazos y la llevó cargando hasta una de las recámaras.

Hermione le echó los brazos al cuello y ocultó la cabeza en el hombro de su esposo descansando tranquilamente, cuando se volvió para mirarlo, ya estaban en la recámara principal.

Harry la acostó con cuidado sobre el suave edredón de seda. Ella apartó los brazos del cuello de Harry y acarició un mechón de cabellos negros que caía sobre su frente.

Harry la besó en el pelo con cautela aspirando su perfume y embriagándose de dicha. El rubor en las mejillas de Hermione le hizo saber que ese momento era su primera vez, y ese descubrimiento lo hizo sentir el más afortunado de todos los hombres.

-Te amo, preciosa –murmuró Harry, levantado la barbilla de su esposa para que ella lo mirara.

Hermione sonrió, los ojos verdes de Harry le hicieron saber que todo estaría bien.

Harry la abrazó estrechando su cintura y dejando que ella descansará su cabeza sobre su hombro. Hermione se relajó mientras su olfato aspiraba el olor de una fina loción masculina. Ella deseaba ese momento tanto como él.

Harry la besó en los labios, decenas de veces, disfrutando de cada beso como si fuera el primero, sin apurar ni forzar el momento, todo el tiempo del mundo era para ellos... Hermione se dejó llevar por él, abandonándose en la suave calidez de su abrazo.

-Te deseo tanto –murmuró Harry al tiempo que hacía llover una infinidad de besos y caricias sobre los hombros desnudos de Hermione gracias al escote de su vestido.

-Yo también te deseo –murmuró Hermione con voz suave sobre su oído.

Harry le sonrió, la tomó de las manos y depositó un par de besos en sus nudillos para después llevar esas delicadas manos hacia uno de los botones de su traje.

-¿Quieres quitarlo por mí? –le dijo con una sonrisa pícara.

Hermione asintió devolviéndole una sonrisa traviesa y con movimientos finos desabrochó uno por uno los botones del sacó de Harry, para después seguir con los botones del chaleco y continuar con los botones de la camisa, dejando al descubierto su pecho y espalda.

Hermione lo contempló y después recorrió su pecho con sus manos, besándolo y acariciándolo como si no existiera un mañana.

Harry volvió a besarla en los labios, totalmente seducido por su inocencia. Hermione respondió a sus besos y caricias con la misma pasión e intensidad, pero agregando su toque de ternura.

La chica sintió las manos de Harry comenzar a bajar el cierre de su vestido de novia. Las manos de Harry recorrieron su espalda sintiendo la suave piel que quedaba expuesta, una piel tan fina como la seda, y aunque Harry estaba encantado contemplando y tocando el cuerpo de la mujer que amaba, no dejo de sentir un pequeño respingo de Hermione cuando sus manos retiraron totalmente su vestido.

-Eres tan hermosa –murmuró Harry, observando las delicadas curvas de su esposa, totalmente fascinado por la visión que tenía enfrente.

Hermione se dejó admirar por él, sintiéndose realmente bella. Harry la rodeó nuevamente con sus brazos mientras sus labios recorrieron con pasión desbordada cada centímetro de su piel.

-¿Qué poder ejerces sobre mí? –preguntó Harry bajando hasta su vientre y acariciando esa figura suave y delicada que tantas noches había soñado-. ¿Cómo es que puedes volverme loco?

-Solamente te amo, Harry.

-¿Quieres que te diga mi secreto? –murmuró Harry, mirándola a los ojos.

Ella asintió, perdiéndose en el verde de sus ojos.

-Hace muchos años en un tren conocí a una niña de cabellos castaños desordenados, tenía la sonrisa más encantadora del mundo y unos hermosos ojos color café, exactamente iguales a los tuyos. Cuando esos ojos grandes y brillantes me miraron, de alguna manera, yo supe que algún día llegaría este momento.

Con esas últimas palabras, ninguno de los dos pudo contenerse más, volvieron a besarse con locura, sintiendo una sed infinita que nada podía calmar. Los dos cayeron sobre la cama, dejándose llevar por el tumulto de emociones que estaban sintiendo.

Afuera la nieve comenzaba a caer sobre el techo de la cabaña, los copos de nieve tiraban las hojas de los árboles y el viento golpeaba las paredes, pero adentro, en la intimidad de alcoba, el fuego del amor que los unía les impedía sentir el frío.

Poco a poco sus cuerpos se fundieron en la penumbra de la noche en una entrega mutua. Cada palabra, cada caricia y cada mirada que compartieron esa noche quedó grababa en sus corazones por el resto de sus días.

Harry no se había equivocado con la inscripción que había mandado grabar en el anillo de compromiso. No había mejor promesa que aquellas palabras.

"Hoy, mañana y siempre"

-Siempre, Hermione –murmuró Harry.

-Siempre –repitió Hermione, sellando su promesa con un beso en los labios.