Capítulo dedicado a todos ustedes que estuvieron esperando, pero para una persona especial que me ha soportado por más de 2 años y que sigue a mi lado... Beld, esto es para ti! Te quiero mucho y espero que este sea un buen regalo de cumpleaños (un poco adelantado). Gracias por aguantar mis excentricidades y mis continuos disgustos xD. Te quiero!

XI

¿Te ha ayudado? –preguntó exhausto Ryoga.

No lo sé. –respondió enigmático Ranma. Desapareció de ese departamento con la historia aún rondándole la cabeza.


¿Qué más le podía decir cuando esa era la verdad?

Caminó a paso rápido, como si así pudiera escapar de esos molestos pensamientos que giraban despiadadamente por su mente.

Más nadie es tan hábil como para engañar a la torpeza o lo suficientemente rápido para olvidarse de la conciencia. Sus mismos pensamientos se obstinaban en no dejarlo en paz en ningún momento, ya que aumentaban en velocidad cada vez que apretaba el paso, con la esperanza de ganarles un poco de ventaja.

Daba la vuelta en la esquina y ahí estaban de nuevo, mucho más furiosos e incomprensibles que antes.

Todos tenemos un pasado que deseamos ocultar. Bien podría ser no haber querido a alguien como merecía, haber hecho algo desagradable a alguien, dicho cosas que no debimos, arruinar la reputación de alguna persona, y aún hasta cosas más graves como creer haber provocado la muerte de un ser amado. Cualquiera de las primeras razones pudo habérselas atribuido a Akane, todas menos la última, la verdadera.

—A buena hora me vine a topar con una mujer así. –reconoció contrariado tallándose el cabello con fuerza.

Era verdad que estar con ella resultaba divertido pero las consecuencias eran demasiado riesgosas por unos días de diversión. Se sentía como el marido que engaña a su esposa con una mujer más joven y que además, sufre por la culpa de hacerlo.

Ranma, obviamente siendo el pecador arrepentido, su engañada esposa era el estilo de vida que acostumbraba, y la joven mujer no era nadie menos que Akane.

Se restregó los ojos, cansado. Los lentes de contacto empezaban a molestarle, más cómo no habría de ser así cuando había tomado una siesta con ellos puestos.

Había sido una estúpida idea aceptar el trabajo; el acercarse a la cafetería; dejar que su curiosidad tomara lo mejor de sí; usar la ruta fácil y verificar el identificador de llamadas; haber marcado ese número y querer cerciorarse de quién era él ó la que llamaba a ese teléfono, destinado solamente para su otro trabajo, y colgaba después de contestado; y por último, por perder el buen juicio.

Toda esa historia había comenzado el 12 de Febrero de ese mismo año. La idea de descubrir quién era le parecía innecesaria, teniendo en cuenta su naturaleza perezosa y desidiosa, sin embargo, la respiración agitada despertó su instinto de búsqueda y persecución. Miró el identificador de llamadas, era una verdadera razón para consultarlo con la guía telefónica, el teléfono de su otro trabajo no era uno que se consiguiera viendo debajo de las piedras, sólo recomendados y ex–clientes conocían ese secreto.

El directorio tenía registrado el número bajo el nombre de la tienda que solía frecuentar cuando decidía visitar a su madre. No había visto nada que captara su atención para que su censor despertara alguna alarma dentro de él una de las pocas veces que había ido.


Tomó su chaqueta del perchero, portándola orgulloso al ser ésta un regalo que él mismo se había hecho por haber terminado exitosamente su último trabajo. Él había sido un perdedor hasta que lo conoció. Ranma había tenido que hacer casi un lavado de cerebro para sacarle las ideas de rechazo que tenía tan gravadas dentro. Un paso a la vez había sido una cosa fácil de hacer, e increíblemente difícil de lograr, teniendo en cuenta que por cada paso hacia adelante, habían siete para atrás.

En toda su carrera de terapeuta amateur, que realmente no había sido larga, siempre tomaba unas pequeñas vacaciones después de terminar cualquier trabajo ya que se encontraba exhausto, mental y físicamente. Esa era su modus vivendi más no por eso no podía echar un pequeño vistazo a qué es lo que se enfrentaría. No estaba de más conocer al enemigo antes de dejarte ver.

La muchacha que corría y se dividía de un lado al otro sirviendo bocadillos y cobraba le parecía de lo más cómica. La manera de sonrojarse cuando la reprendían por tardar demasiado o cobrarles de más, nunca lo hacían cuando les cobraba de menos, vaya cosas, era realmente risible. Se le podía ver cómo es que moría de ganas por contestarles alguna que otra palabra altisonante que tenía muchísimo que ver con la madre de los presentes; se las aguantaba sólo para no perder cara frente a los clientes. Debía de haber toda una tigresa debajo de ese gatito.

No había necesidad de quedarse hasta tarde; ni siquiera de ordenar una segunda taza de café. Sus piernas parecían opinar muy diferente y sus ojos se negaban a seguir otro objeto en movimiento que no fueran esas blancas manos desnudas de cualquier abalorio. Tenía una excelente compañía que bien podría distraerlo, ese libro que había visto sus mejores y peores momentos, en el que buscaba consuelo o una respuesta; incitándole a continuar donde lo había dejado olvidado dejando en pausa a una trama que se sabía de memoria. La página 164, donde Seichiro se daba cuenta de su error, seguía abierta desde hacía dos horas. Simplemente no podía poner a su mente en un estado de complaciente tranquilidad.

—¿A quién crees que engañas? ¿Esperas que corra a tus brazos después de lo que has hecho? Eres un grandísimo estúpido y presuntuoso al creer que con un solo lo siento se puede arreglar todo. Lamento decirte que no todo es así de fácil. –gritó Tamae, exasperada. La furia le salía a borbotones por los poros de la piel.

Seichiro se encogió por dentro ante ese despliegue de ira contra su persona. Su exterior era una muralla impenetrable, su interior estaba lleno de la incertidumbre de que si algún día las cosas seguirían su cause normal.

No había nadie más a quien culpar más que su mayúscula estupidez y falta de decisión lo que lo había llevado a ese estado de culpabilidad sin límites, y además se veía siendo el blanco de una, para nada justificable, lista de reproches. Todo por haber sucumbido a los encantos de cierta cortesana cuyos ojos brillaban bajo los efectos de cierta droga, cuyo nombre era…

Terminó de leer ese párrafo que le parecía, oh, demasiado familiar, y no precisamente por haber leído ese libro cada que tenía tiempo. Ese ya era la cuarta vez que había leído lo mismo desde que había cruzado el umbral de esa cafetería.

—¿Desea ordenar algo más? -preguntó ella, modosa y respetuosa, esperando una respuesta.

Con el dedo índice empujó la taza, que aún mantenía un sorbo de café en el fondo, indicándole qué es lo quería sin usar las palabras, considerándolas un poco más que un formalismo. El plato con moronas también fue empujado con poquísima delicadeza hacia ella diciéndole con mímica con qué es lo que quería acompañar su bebida.

Su libro era un excelente excusa para no mirarla y que sus palabras fueran un pobre intento de conversación que bien podía pasar sin pena ni gloria en lo que a él le importaba. Por quinta vez volvió a leer el mismo párrafo que venía persiguiéndolo. ¿Qué demonios le estaba pasando? Su concentración se estaba yendo al caño y todo por culpa de un autor que postergaba la fecha de entrega por segunda vez.

Las nueve de la noche llegaron justo cuando llegaba a la mitad de la página 207.

Tamae le sonreía feliz después de que Seichiro aceptó su error y se negaba rotundamente a dejar que sus celos tomaran más importante que su queridísima Tamae.

En medio de una ardorosa confesión de esos dos, llegó la mesera/cajera/prospecto de clienta suya ofreciéndole su agradecimiento y que ya era hora de cerrar el establecimiento, estaba más que bienvenido para una próxima visita.

Calculó mentalmente la propina en base a su consumo, encontrándola poca en comparación del arduo trabajo que suponía tener que trabajar en una tienda de ese tipo. Cerró la billetera sin olvidarse de recoger su leal libro antes de marcharse.

—Acepto. –se escuchó decir. No tenía planeado tomar un trabajo justo después de haber terminado uno. Era sólo que la encontraba tan distractoramente entretenida que no podía dejar pasar una persona así de peculiar y sería una verdadera pena declinar semejante oportunidad de insana recreación.

Su reacción había sido justamente como la esperaba. Una mezcla de incredulidad, ligera sospecha y un poco de nerviosismo; todo eso pintado en un rostro redondo de ojos preguntones y nariz presumida. El chocolate amargo de sus ojos, como las chocolatinas detrás de ella, sobresalía del blanco lechoso que las enmarcaba. Tenía los mismos ojos que Nodoka, su madre, que parecían verlo todo y entender mucho más.

Esos tipos de ojos eran a los que más temía.

—Perdón. –dijo ella con cierta precaución.

—Acepto el trabajo. –apuntilló, perdiendo la poca paciencia que le quedaba después de ser mermado por esa mirada amarga, en más de un sentido.

—Lo lamento, no estamos solicitando.

—Creo que no entiende. –dijo ya corto de sutileza, y ni qué decir de la delicadeza. —Me llamo Ranma Saotome. –finalizó deslizando la tarjeta, evadiendo magistralmente una mancha de café. No la miró, solamente sabía que ella no perdía de vista ese pequeño rectangulito de papel. —Terapeuta Sexual . –casi escuchó el chasquido de vértebras, músculos, tendones y nervios cuando ella alzó la cabeza que parecía haber sido accionada por un pistón integrado.

Desapareció en la calle, que iluminada con luces artificiales, le daba la bienvenida a la vida nocturna. Podía sentir la mirada de esa mujer sujeta a su espalda con prendedores. Debía alejarse de ese par de ojos lo más rápido posible.


El local de Konatsu se le cruzó oportunamente. Era mejor pasar el resto del día, o mejor dicho, de la noche, con alguien que no le diera la mínima oportunidad de pensar en algo que relacionado con el estúpido autor y sus aún más estúpidas excusas para retrasar su trabajo. Vamos, que tan difícil podía ser escribir una historia, incluso una continuación, cuando el mundo bullía de fuentes de las cuales tomar ideas en las cuales inspirarse.

¿Necesitaba pureza? Que fueran a una iglesia y hablaran con Dios. ¿Un poco de pasión? Para eso estaban esos bares que con una copa y un intercambio monetario, dependiendo de qué es lo que querías variaba el precio, tenía una buena mujer que conocía muy bien su trabajo. ¿Tragedia? Que se largara a un hospital, donde se veía siempre un montonal de gente que sufría, ya por alguna dolencia que los acosaba o ya por algún familiar que tenía una enfermedad. Para la comedia estaban los políticos, con sus discursos llenos de rebuscadas palabras que sólo confundían al pueblo para que entonces no preguntara por qué las cosas seguían como siempre después de tanta promesa. El amor y el desamor se encontraban en cada esquina, específicamente en las escuelas donde se iniciaba una relación y se terminaba con la misma velocidad de un estornudo.

La vez que un autor le dijo que andaba falto de inspiración para su novela de policías y detectives lo mandó al barrio más pobre y con mayor índice de delincuencia que pudo encontrar. El pobre diablo había regresado con tres suturas, una mejilla magullada, el labio partido, el borrador de lo que sería un Best Seller, y mucho más vivo que nunca.

Le habían asaltado, robándole una Mont Blanc, regalo de su esposa por su primera novela publicada. Sintió en carne propia el dolor y la impotencia, mismos factores que enriquecieron su obra a tal grado que recibió más dinero del que pudo haber pensado tener cuando vendió su libro para una película.

Esa pequeña artimaña suya le había funcionado para ayudarle a olvidarse de su nuevo caso. Entró en el bar manejado por Konatsu y dejó que sus frustraciones hablaran por él, ayudadas obviamente por el primero de muchos tragos de cognac.

La segunda vuelta de sus encuentros fue un poco más fácil. La sola mención de su línea de trabajo era suficiente para mandar los colores de su cara por un torbellino de violetas y rojos. No era vergüenza en sí, sino que encontraba su trabajo insultante para las mujeres, no lo decía textualmente pero se podía ver a leguas cuál era su verdadera opinión.

El tercer encuentro, bastante inoportuno, tomando en cuenta el hecho de que era una hora inusual para hacer visitas sociales. Después de no poder ir el 14, fecha sin demasiada significancia para él, aunque a su madre parecía afectarle el hecho de no recibir chocolates y/o rosas, tenía que aparecerse en algún momento.

Ya había tenido múltiples y peculiares encuentros con ella, todos diferentes al anterior.

Y el cuarto encuentro no fue menos interesante que sus predecesores, al contrario, fue mucho más extraño ya que ese momento fue el que marcó la pauta en su horrorosamente rutinaria vida. Había presenciado cosas que estaba seguro no hubiera visto si ella hubiera estado en sus cinco sentidos, o por lo menos suficientemente despierta. La persona que él había visto se mostraba dependiente y mimada cuando aún creía que él era ese muchacho Ryoga. ¿Qué es lo que había en ese despistado hombre que despertaba esa delicada Akane? ¿Acaso él no era suficiente?

—Tú has visto algo mejor. –le consoló su conciencia que parecía tomar un papel protagónico, o ¿Antagónico?, en su vida.

Era verdad, razonó después de un par de segundos de brevísima meditación. Akane no era de las chicas que explotaban por cualquier cosa frente a una audiencia. Se reservaba la impotencia de una buena contestación para cosas o momentos especiales, y Ranma, para bien o para mal, era una de esas excepcionales ocasiones en la que podía ver a la verdadera Akane. No hubo ni siquiera necesidad de pensar en una respuesta por que se dio cuenta que realmente no importaba; lo único que valía era que él sabía algo que Ryoga no y eso disparaba su ego a niveles estratosféricos.

La verdadera razón para ese orgullo permanecía guardada bajo cal y arena en su subconsciente.

Consideró hacerle una visita a Konatsu, después de todo, estaba por el rumbo.

La idea quedó descartada cuando por su mente pasaron los fatídicos recuerdos de la vez en que había bebido un poco de más y había acabado en la cama con una mujer, presumiblemente pariente de Akane, cuando apenas la había conocido en el bar.

Si creía que con la bebida podría dormir un poco más tranquilo, bien podía descorchar una botella de vino y beberla en su casa sin tener que preocuparse porque una mujer pudiera irrumpir en su casa y obligarlo a acostarse con ella. Bueno, esa había sido una de sus fantasías, pero siempre sucedían con una idol que hubiera visto recientemente.

Apresuró el paso cuando estaba ya cerca de casa.


Aventó los zapatos de una manera que parecía le estuvieron torturando desde el trayecto a su departamento. Se sacó las calcetas dejándolas en algún punto indeterminado de la estancia y anduvo descalzo por todo el lugar sin tomarle importancia a que para ese uso estaban las zapatillas para la casa.

Estaba demasiado inquieto.

Tirándose desmañadamente sobre el sillón dio por terminada su vuelta al mundo en 80 segundos. Estaba demasiado incómodo con los jeans que estaban demasiado apretados y la mezclilla empezaba a rasparle. Su camisa favorita empezaba a dejar de serlo. Para darle la cereza al pastel en toda su incomodidad, se sentía sudoroso y cansado.

Se arrancó la ropa al entrar al cuarto de baño. Había algo en su humor corporal que le molestaba enormemente. Era un olor dulzón, parecido al de las nueces tostadas, que le resultaba demasiado empalagoso para poder quedarse con él. Era tal su afán de deshacerse de ese olor que no le importó saltar a la ducha con el agua fría. Se encogió imperceptiblemente cuando su piel caliente por la larga caminata recibió el torrente helado aunque continuó aguantando, creyendo firmemente que valía la pena para no tener que oler a barra de nueces con miel toda la noche.

El clima se mantuvo fresco, más eso no le desanimó en lo más mínimo a la hora de dejarse solamente los pantalones del pijama verde olivo que su madre le había obsequiado hacía unas cuantas navidades atrás. Se soltó la trenza para dejar descansar y respirar al cabello. Los mechones húmedos de pelo se le pegaban a la frente, los apartó para que a sus lentes no le quedaran esa gotitas de humedad. Era un verdadero fastidio tener que limpiarlos.

—Me voy a volver un ebrio. –dijo para sí al descorchar un Concha y Toro que tenía guardado desde que se lo había ganado en la rifa navideña de la editorial.

No era muy afín al vino tinto; le dejaba en la boca una sensación de papel de lija e inmensa sed. Se escanció en una copa y la bebió de un solo golpe, preparándose para el resto de la noche.

Se llevó la botella hasta la mesa de al lado del sillón de cuero donde acostumbraba leer todos los borradores que le llegaban. Le dio un largo sorbo a su segunda copa de talle alto antes de reiniciar una lectura que había pospuesto por ya varios días.

Fastidiado soltó el libro al darse cuenta de que por más que leía no podía fijarse realmente en lo que estaba haciendo. Él era una persona responsable en cualquier ámbito. Pagaba las facturas y la renta cuando llegaba la fecha, ni un día más; cumplía con sus trabajos sin dejar de hacer de hacer sus demás quehaceres. Si decía que iba a hacer algo lo hacía y no dejaba que las cosas se postergaran hasta que fuera inevitable entregarlas. Así era él, era por eso que le molestaba tanto no poder concentrarse en sus cosas e irlas dejando.

Se restregó los ojos con fuerza hasta que le dolieron y enrojecieron. Los lentes de contacto presentaban una gran ventaja, sin embargo, demasiado pronto se convertían en una molestia y era necesario quitárselos. La sensación a la cual más podía parecerse era la de tener una basura de gran tamaño incrustada en la cornea.

En el reflejo de la ventana vio a un hombre de lentes cuadrados de pasta, cabello negro y liso, el torso desnudo, los ojos enrojecidos y no se pudo reconocer. Era una imagen del pasado, uno al que no quería regresar. Había efectuado ese cambio de apariencia para no parecerse al tonto que habían engañado.

Tenía el talle de la copa tan fuertemente apretado que creía poder romperlo con facilidad si es que así lo deseaba pero sólo conseguiría lastimarse y perder una copa. Estaba más que furioso consigo mismo. Se había dejado llevar por la nariz, ya no lo permitiría. Los errores se cometían una vez para no volver a cometerlos.

Le dio el último sorbo a su tercera copa y cerró los ojos dormitando. Se concentró en el tranquilo y acompasado latir de su corazón, sintió su respiración y relajó todos los músculos de su cuerpo. El alcohol empezaba a darle un poco de sueño, así que no puso resistencia al sentir poco a poco cómo se empezaba a quedarse dormido.

El subconsciente es demasiado tramposo y malvado al enseñarnos cosas que queremos y no podemos tener ó hasta a veces cosas que ni sabíamos que queríamos. Nos da una pequeña probadita para después quitarnos el plato sin misericordia o pena.

Lo mismo le sucedió a Ranma Saotome esa noche pintada de vino tinto.


En qué momento la noche se había tornado día, el clima había enfriado mucho más de la cuenta o el aire recargado con olor a almendras y miel parecían cosas que no eran de mucha importancia.

Se arrebujó en la bata color vino que no recordaba haberse puesto, probablemente había estado siempre con ella y no se acordaba por los efectos del vino que había estado ingiriendo como agua de grifo.

Apretó los cordones de la bata para protegerse un poco más del inclemente frío que parecía colarse por cada esquina de su departamento.

Cerró los ojos, esperando dormir un poco más. Suspiró entre sueños sin imaginar que a sus pies se tendía una fina alfombra de flores de brillantes colores que poco a poco devoraban los muebles, dejando solamente ese solitario sillón en el que descansaba.

Entre sueños escuchó el suave crujir de las flores cuyos tallos se rompían dejando miles de lucecitas que se desperdigaban por el viento dándole una especie de efecto de rocío a las que quedaban aún de pie. Había flores por millares, de colores vibrantes y relucientes. Unas llegaban hasta la altura de sus hombros y otras eran tan pequeñas que sólo parecían motitas de colores. El aroma que todas ellas despedían era el almendrado que ya estaba acostumbrado.

En algún lugar de su mente sabía que no estaba solo.

Escuchaba el susurrar de las flores, la tranquila voz de la hojarasca, el aroma tan diferente igualmente tentador, el sonido de una voz que silenciosamente le decía mil y un simples tonterías que lo hacían sonreír.

Se concetró lo mejor que pudo en un intento de poder identificar la fuente de ese olor a fresas que le llegaba a la nariz. Extendió las manos hacia el infinito tocando algo tan suave y delicado que parecía una nube. Abrió los ojos esperando encontrarse con el objeto de sus ilusiones, abrió las manos y sólo había aire en ellas.

Se sintió de repente muy cansado, como si el imaginar ese lugar consumiera sus energías dejándolo exhausto y meditabundo. La comodidad del sillón en el que estaba aún sentado era una excelente forma de reponer energías. Masajeó el puente de su nariz con cansancio.

Si hubiera tenido los ojos abiertos, hubiera podido ver esas delicadas manos que lo tomaban desde atrás, abrazándolo por el cuello. La respiración tibia chocaba contra el contorno de su oreja mandando pequeños impulsos eléctricos por toda su espina y que llegaba a sus ojos como estallidos multicolores. Sin pensarlo mucho tomó entre sus manos las que lo mantenía abrazado por el cuello. En comparación de las suyas, grandes y nudosas, las de ella, porque tenía que ser una mujer las que las poseyera, parecían torpes. Esas manitas se perdían entre las de él, y de cierta manera le daba un sentimiento agradable ya que sentía que podía mantenerlas dentro, seguras de todo mal.

¿Cansado? –preguntaron, o más bien eso pensó ya que nunca escuchó otra voz más que la suya cuando contestó.

—Un poco. –se llevó esas manitas a la cara y reconoció el olor a fresas que había percibido con anterioridad. Las besó y descubrió que sabían a nata y leche. Ese olor le llevó hasta su infancia en donde su madre le preparaba unas tortitas de nata que le encantaban. —Hueles delicioso. –puntualizó.

Eso lo has decidido tú. Aquí tú eres el dueño de todo. ¿Quieres que sea de noche? Así será. ¿Qué desaparezcan las flores? Dilo. ¿Estar en algún lugar en especial? Hazlo. –alentó esa mujer a la que no podía ponerle un rostro.

—¿Por qué no puedo verte?

No quieres.

—Claro que quiero.

Entonces sólo hazlo. Abre los ojos y mírame. –incitó nuevamente la dueña de esa silenciosa voz. Parecía querer hacerlo entender algo que se negaba a pensar. —Abre los ojos.

Obedeció, dubitativo. Tenía miedo de ver quién estaba con él. Una punzada en el corazón le estaba indicando que de alguna manera tendría que afrontarlo, tarde o temprano. Respiró hondamente, llenándose de un aroma salino que había reemplazado el floral que impregnaba el lugar no hacía mucho. Abrió los ojos y de no haber estado sentado, seguramente se hubiera caído. —¿Qué haces aquí? –preguntó con incredulidad. De las personas que esperaba ver, ella era la que no aparecía en su lista.

Es algo que has decido. Yo no poseo voz o rostro, soy lo que quieres que sea.

—Yo no quería esto. –vocalizó sin misericordia moviendo las manos frente a sus ojos esperando que la aparición desapareciera, o por lo menos cambiara de rostro. —Yo… Oh, a quién trato de engañar. Aquí no hay más nadie que pueda invadir mi pensamiento.

—Me alegra que lo aceptes, Ranma. –por primera vez desde que ella había aparecido habló con todo sensual e inocente. Había dicho su nombre, arrastrando las sílabas con cadencia, casi como si cantara.

—No he hecho tal cosa. –gritó. —Sólo he aceptado el hecho de que estás aquí.

Despegó su vista del rostro tan familiar y se bebió la imagen que estaba delante de él. La parte de arriba de su pijama oliva caía sobre ella, cubriendo una buena parte de su torso dejando al descubierto sus muslos y pies descalzos. Las mangas caían por sus manos dejando ver las puntas de sus manicurados dedos. El escote caía lo suficientemente bajo para dejar ver la corona de sus senos que mostraban en medio de ellos un solo lunar.

—¿Te gusta? –preguntó ella dando una juguetona vuelta mostrando la parte baja de su glúteos por el suficiente tiempo para hacer que se preguntara si es que llevaba ropa interior.

—Mucho. –admitió tragando audiblemente nervioso.

Por mucho que su mente o perversa imaginación le hicieran creer que era ella, él sabía que de ninguna manera la vería como ahora, tan delicada y complaciente. Su temperamento fuerte, la inteligencia reflejada en sus ojos, la manera de morderse el labio cuando estaba concentrada; esas eran las cosas que le había atraído en un principio y una copia de ella no era lo suficiente para engañarlo.

Que supiera que no era ella no era razón para no disfrutar de lo que estaba seguro iba a pasar. Diablos, era su sueño y él podía hacer lo que quisiera, o a quién quisiera.

—Me alegra. –sonrió genuinamente, mostrando los pequeños hoyuelos que se le hacían en la mejilla derecha. Un brillo indistinguible alumbró sus ojos color cacao y se saboreó los labios a sabiendas de lo que iba a venir. —Sé de algo que te va a gustar más. –ronroneó ella estando cerca de su oreja.

No, ella no era así, razonó. Ella no era una come hombres dispuesta a complacer las demandas de un hombre. Cerró los ojos meditando, segundos después los abrió encontrando a una Akane completamente diferente que lo miraba con ojos de soledad e inseguridad mientras se mordía infantilmente el labio superior. Eso sonaba más a ella.

—Ranma. –pronunció con nerviosismo, desviando los ojos para que él no notara el intenso rubor que empezaba a colorearle el rostro y las puntas de las orejas. —Di algo. –mordía sus labios atrapando la vergüenza que sentía de estar en semejante atuendo.

—Te ves muy linda. –admitió, apartó el rostro para que no se notara el carmín de su rostro, no era de hombres estar sonrojados por una cosa como esa. —Siéntate. –le ofreció extendiéndole la mano tomando entre las suyas la pequeña que ella le daba con cierto recelo.

Resopló cuando la tuvo recargada en sus piernas, sus muslos rosaban peligrosamente su masculinidad que estaba más que atenta al ver esas extensiones marmóreas que eran sus piernas. Acomodándose en el sillón para tener mejor soporte. Envolvió sus brazos por ese delicado cuerpo y aspiró fuertemente el aroma fresas que despedía cada poro de su cuerpo.

—¿Peso mucho? –preguntó Akane removiéndose inquieta en sus piernas tratando de balancear el peso de una manera que les resultara cómoda a ambos.

—No te muevas. –siseó peligrosamente. —Sólo no lo hagas.

—Peso demasiado, ¿verdad? –se removía cada vez más fuerte friccionando su piel y la tela contra la sensible semi-erección que tenía.

Ranma estaba seguro de que ella podía sentir ese pedazo de carne rozándole los glúteos, podía ser todo parte de su activa imaginación pero de todos modos no podía evitar sentirse avergonzado.

—Oh. –comentó Akane al sentir esa extensión presionando con cada vez más fuerza.

—Sí, oh. –repitió Ranma esperando poder despertar pronto para evitar esa pena.

—¿Lo he hecho yo? –preguntó Akane inocentemente. Él no sabía muy bien si era su imaginación o si Akane realmente reaccionaría así, sin embargo, disfrutaba esa cara de ingenuidad.

Debajo de los pantalones del pijama podía sentir como es que ella enderezaba la espalda en un ángulo de 90° tratando de mantenerse lo más quieta posible. Apretó los dientes y trató de no gruñir cuando ella se re-acomodaba ligeramente sobre sus piernas.

—Quédate. –dijo, reteniéndola del brazo al ver que estaba dispuesta a levantarse de encima de él. Era una sensación extraña y agradable la que le hacía sentir, y no solamente porque podía sentir la piel caliente de sus muslos y espalda contra su sensible miembro.

—Pero. –quiso protestar Akane, más se calló cuando sintió un par de húmedos y tibios labios colocarse en la base de su cuello, justo donde terminaba su cabello y empezaba su espalda.

Un impulso, un deseo o simplemente curiosidad lo habían llevado a plantar sus labios contra su piel. Era tan tersa como se veía, era fría y limpia al tacto como un pedazo de piedra caliza recién cortado al cual se le podía tocar con la uña y dejarle una permanente marca; y así es como hincó los dientes en su clavícula. Era un instinto primitivo el que lo llevaba a cometer semejante acto de posesividad. Ella estaba en sus brazos, por lo cual, ella le pertenecía.

Hasta sus oídos llegó el ronroneo que ella hizo cuando sintió ese punzante aunque sensual dolor que le había producido. Había sido un sonido tan silencioso que si sus oídos no hubieran estado tan cerca de su boca no hubiera podido escucharlo. Incitado por esa reacción, decidió tomar otra ruta dejando que sus manos descubrieran su camino por las tersas, blancas y frías piernas de Akane. Sentía que estaba acariciando a una de esas antiguas muñecas de porcelana que se rompían al menor movimiento; sabiendo que ella no se rompería, ella era fuerte y no se doblaba ante la adversidad, se atrevió a darle un juguetón pellizco en la pierna izquierda.

—Ranma. –pronunció con pequeños y esporádicos resoplidos que le volaban los flecos.

Creyó que iba a apartarle las manos cuando ella extendió las suyas hacia donde estaban, más sólo lo hizo para llevarlas hasta su estómago y presionarlas fuertemente contra él. Ranma supuso que ella no sabía bien qué era lo que quería al dejarlo en un punto intermedio entre sus montañas y su valle. Le daría una probada de ambas cosas para que entonces decidiera qué era lo que le gustaba más.

Subió la mano, por encima del lino verde que aún la cubría llegando hasta la cumbre de su cuerpo. Su mano cubría sin dificultades su pecho, cosa que lo hizo estar un poco más cerca del mar del éxtasis. Con los labios aún contra su cuello, sintió el reverberante gemido que le había regalado por sus atenciones. La delicadeza del lino, la frialdad de esa piel, su propia calidez, la manera en que sus labios recibían cada gemido que ella hacía, todo contribuía para ahogarlo en las profundidades del placer.

—Ranma. –vocalizó dificultosamente mientras disfrutaba con cada roce que le hacía. Giró la cabeza hasta dejar sus labios cerca de los párpados de Ranma, besándolos. La frialdad de su cuerpo y la manera en que se retorcía en sus brazos le recordaba que a quien estaba sosteniendo no era Akane, sino solo una pobre imitación de ella que su subconsciente había cocinado.

Probablemente si se acostaba con ésta Akane no se sentiría tan culpable por desear a la verdadera. Era un hombre sexualmente activo así que era natural que se diera cuenta que Akane era algo más que una cara bonita a la cual admirar.

La mano que no estaba demasiado ocupaba en sus senos se dirigió al abismo de sus piernas notando la ropa interior ligeramente húmeda. Sonrió complacido contra la piel de su cuello, debía de estar haciendo bien las cosas para tenerla así. Trazó los contornos de la ropa interior, encaje negro era lo que él había escogido que tuviera, con las yemas de los dedos, regocijándose con los temblores que recorrían sus muslos. Mordió ese blanquecino cuello cuando pasó el dedo por ese pequeño montículo de nervios que sabía la haría maullar de gusto.

Las delicadas manos femeninas se aferraron de su cabello tirando de él hasta hacerle daño; tenía el cabello trenzado, como siempre, cosa que no le pareció extraña a pesar de que no recordaba haberlo hecho después de que se le hubiera secado. Las uñas se le enterraron ligeramente en el cráneo cuando su dedo índice tomó un rumbo más directo, por así decirlo, rozando la pequeña perla rosada por debajo del encaje en vez de por encima. La sintió retorcerse en sus piernas mandándolo en picada al orgasmo. Era un joven aún así que bien podía darse el lujo de otro round, más tenía que esperar cierto tiempo, claro que eso era en la vida real, ahora que estaba en su sueño erótico podía hacerlo las veces que quisiera.

En un abrir y cerrar de ojos estaba dentro de ella que lo recibía húmeda y cálidamente. Las paredes de su sexo se habían cerrado protectoramente sobre su henchido miembro haciendo que las penetraciones fueran un poco más forzados, y placenteras.

En alguna parte de su mente sabía que ella no era una virgen de inmaculada pureza, pero su ego le impedía aceptar que alguien más ya hubiera podido probar la miel de su cuerpo. La Akane de sus sueños sufría por haber roto una barrera que había permanecido sellada durante un poco más de una década. Él era su primer hombre y eso le llenaba de orgullo y satisfacción.

Besó las lágrimas que salían de sus ojos diciéndole que todo estaría bien, que no la lastimaría.

¿Lo dices enserio? –creyó que preguntaba. Quiso decirle que era verdad, más no encontraba en su cuerpo ni la voz ni la certidumbre de que así era.

La besó extensamente en el cuello, devorándose las gotitas de sudor que le escurrían, tratándola de distraer para que no pensara que había evitado contestarle. No estaba muy seguro de que si había funcionado, por lo menos ella estaba más complacida con lo que le hacía en las partes más sensibles de su cuerpo, restregando por encima de la ropa y por dentro de sus pantaletas. Las paredes de su intimidad le oprimían con fuerza obligándole a reprimir las ganas de encajarle los dientes con tal fuerza para hacerla sangrar sólo para mantener el control de no descargarse demasiado pronto. Un joven común y corriente tenía que esperar por lo menos unos 15 minutos para lograr una nueva erección, sin embargo, en ese momento creía tener el poder de seguir así todo el día.

Los instintos animales se despertaron en ambos cuando de sus gargantas salían gruñidos, maullidos, aullidos y hasta rugidos con cada estocada que él le daba. ¿Quién iba a pensar que un sueño erótico podía llegar así de placentero? Si hubiera sabido que ella sería así de buena en las relaciones sexuales hubiera aceptado con facilidad esas invitaciones en sus sueños.

Sus movimientos eran sincronizados y acompasados. Cuando él elevaba las caderas para enterrarse de nuevo en ella, ella ya lo estaba esperando encontrándolo a medio camino para poder admitir dentro de ella ese pedazo de carne caliente y palpitante que se oprimía contra la parte baja de su estómago presionando ciertos puntos y nervios que la hacía retorcerse de total placer y abandono. Se incrustó con más fuerza en Ranma sintiendo que poco a poco se acercaba su culminación.

La callosa mano que le estaba masajeando ambos pechos ahora se los estrujaba como arcilla blanda tirando delicadamente de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda, parecía indeciso de cuál era la manera más placentera de ayudarla. El olor de las fresas de su piel se mezcló con el de sus jugos que le daban un olor casi almizcleño y embriagador. Ranma quería beberse cada gota que escapaba de su cuerpo pero eso ya sería en otra ocasión.

Akane tiró la cabeza hacia atrás cuando en sus párpados explotaron fuegos artificiales y un bomba atómica reventaba en la parte baja de su abdomen. ¿Cómo es que Ranma sabía eso? Fácil, porque así él lo había decidido; hacerla llegar a un estado casi catatónico de satisfacción justo antes de que él mismo terminara en un agonizante grito de intacto placer orgásmico.

Con las fuertes respiraciones resoplándole el cabello pudo absorber de nueva cuenta el aroma de fresas que tenía su cuerpo aunque ahora parecía estar alterado por un aroma frutal y embriagador, después de segundos de olerlo descubrió que era su propio aliento que estaba lleno de vino, probablemente el causante de ese alucinante y erótico sueño que acababa de tener.

En el momento en que se dio cuenta de que estaba despertando trató de retenerla por el brazo para que ella no se fuera, por alguna razón creía que ya no la vería otra vez. Pronunció un silencioso "No te vayas!". Si es que ella le había escuchado, o siquiera entendido, era un completo misterio para él, y de no haber sido por esa sombra de sonrisa que le vio de último hubiera pensado que nada de eso había pasado.


Se despertó sudoroso, excitado e impresionantemente avergonzado.

Los latidos del corazón eran erráticos haciéndole pareja a su agitada respiración.

¿Qué demonios había sido eso? Los sueños no solían ser así de vívidos, ¿no es así?

Una turgente y voluminosa erección que apuntaba al cielo le dio la respuesta que tan desesperadamente necesitaba.

—Esto es el puto colmo. –bufó furioso y avergonzado. Se sentía como un joven impúber.

No había de otra. Habría que recurrir a un alivio manual, cuyo significado cabía a la perfección en más de una manera.


Adiós al juego previo y a las caricias incitadoras, lo que él necesitaba era una sesión de sexo, unilateral en este caso, que pudiera ayudarle con su pequeño problemita antes de que explotara por contenerse. El sueño había sido tentador y prometedor pero no se comparaba con la vida real. Claro que tener a Akane, o mejor dicho, sus pliegues rodeándole en vez de su mano, era algo que prefería mil veces.

Tomó entre sus dedos su erguido miembro. Estaba caliente, palpitante, lleno de sangre y goteante. El ritmo al que él estaba acostumbrado cuando se venía, vulgarmente expresado, era uno errático. Necesitaba movimientos suaves de arriba hacia abajo y de vez en cuando el movimiento rápido que le acercaba nuevamente a ese precipicio conocido como el goce orgásmico. Rodeó la punta con el pulgar mojándole con gotas transparentes y pegajosas. Gruñó de frustración cuando se dio cuenta de que no era la mano de Akane el que lo llevaba al orgasmo.

Cerró los ojos, ajeno a todo lo que no fuera sentir en ese preciso momento. Recordó como es que ella lo había montado sin misericordia y su erección se irguió aún más si es que era posible. Podía sentir el peso sobre sus piernas, el tenue olor de la fresa, los casi inaudibles gemidos y ronroneos, las cosquillas en su nariz cuando sus cabellos de un extraño color azul profundo le rozaban, sus labios besándole los párpados.

Si su ritmo había sido rápido cuando había comenzado a fantasear, ahora mismo era casi propulsado por un pistón. Las callosidades de su mano rozaban las venas expuestas que sensibilizadas al extremo temblaban con cada roce. La bolsa que se encontraba debajo de la base empezaba a tensarse mientras se acercaba peligrosamente a una explosiva culminación.

La punta goteó copiosamente un líquido blancuzco, espeso y con un extraño olor a almizcle. Aprovechó esa humedad y la esparció por toda su superficie utilizándolo como lubricante para hacer sus maniobras más fáciles y que el roce sobre su hiper sensible piel no le lastimara. Se mordió los labios hasta dejar marcas para no soltar un animal gruñido que seguramente hubiera resonado por todo el departamento. Podía sentir como es que su piel se tensaba más exponiendo la punta de su miembro que brillaba lustrosa.

Ni el haberse arrancado las cuerdas vocales hubiera sido suficiente para amortiguar ese mitad gruñido salvaje mitad rugido que se le había escapado de entre sus apretados labios cuando sintió la presión acumularse en la parte baja de su estómago, que no pudiendo controlarla por mucho tiempo terminó estallando en un chorreo blanco irregular.


—Maldición. –terminó exhausto. Estiró la mano para alcanzar un pañuelo y limpiarse el pecho, estómago y mano. Cogió un pañuelo nuevo para secarse una que otra gotita de sudor.

Tuvo que cambiarse el pantalón del pijama cuando vio una delatora mancha seguida por unas más pequeñas que oscurecían el verde que era originalmente.

—Eres un adolecente, Ranma-kun. –terminó agriamente.

Aventó los papeles al cesto junto a la botella que se terminó de un solo trago directo de la botella dándole poquísima importancia a los modales; después de todo, lo que acababa de hacer en la sala no se podía considerar de muy buena educación.

—¿Y ahora cómo la voy a ver?

Ahora que lo pensaba mejor, no había concertado ninguna "cita" con Akane para un próximo encuentro.


Lo lamento, lo lamento, lo lamento! Estos últimos meses han estado llenos de eventos extraños que me he olvidado por completo de escribir, pero creo que me he redimido, no? xD

Acabo de leerlo y no sé quién escribió eso o.O Esas escenas son... bueno... no sé, demasiado!

Escribía un poco de vez en cuando pero no era suficiente para adelantar mucho. Prometo no tardar tanto para el capítulo 12.

Gracias por sus comentarios a... Alvebia; Jacke; kary 14 (bienvenida =)); Klaudia-de-Malfoy; Beld (^x^); Youko'Cullen Wolf (¿El Cullen es por el prota de Crepúsculo? Es que acabo de empezar a leer, renuentemente ¬¬, y lo asimilo así); Twinkle star-chan (mánda tu mail, separado con espacios, para que te pueda responder personalmente ^^); Akima-06; usaguitendo-saotome; Ely; Caro; Co-chan; yori (bienvenido/a ^^). Y a toooodas esas personas que leen y no dejan review!

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Muchas gracias por el apoyo! Los quiere, Mussainu! ^x^

Pd. Hay lemon xDDDDD