CAPÍTULO 9
TERRY
Observo a Candice temblar y, maldiciendo, la tapo mejor con su capa y paso la manta por encima de los dos. Noto cómo poco a poco sus temblores cesan mientras sigue durmiendo confiada en mi pecho. Nunca he compartido esto con nadie, esta intimidad más allá de un encuentro rápido. Siempre he mantenido las distancias con las mujeres. Pero con Candice no soy capaz. Con ella me olvido de todas las razones por las que siempre he querido ser así. Con ella dejo de ser Terry para ser yo mismo, ese que olvidé hace tiempo. Y no me gusta, me agobia y me inquieta saber que todo esto no será real.
Y no debería importarme.
No sé en qué diablos estaba pensando cuando la besé. Solo quería darle un beso rápido para borrar esa nostalgia que vi en sus ojos cuando hablaba de que nadie la había besado nunca. Pero cuando probé sus labios, me costó horrores dejarlo en un inocente beso; quería más, no encontraba fuerzas para detener la pasión que me arrastraba. Sé que no solo era deseo, había algo más. Nunca debió pasar. Es mejor actuar como si este beso nunca hubiera tenido lugar, como si nunca hubiera probado la miel de sus labios.
Debo hacer lo posible por mantener las distancias. Tal vez deba aceptar el viaje que me ha propuesto Caine para ir con él a comprar las mejores semillas y el mejor ganado. Así, de paso, me evitaré tener que tratar con el conde Gaspar, que ayer vino para restregarme en la cara lo diferentes que somos y lo poco que encajo en sociedad. Dentro de poco celebraré un baile en mi casa y haré la mayor representación de mi vida. Estos idiotas no saben con quién están jugando. Desde niño me he esforzado por ser el mejor y esta vez también lo conseguiré.
Candice tiembla y la acerco más a mi pecho. Le acaricio la espalda y ella se relaja. Observo la lluvia caer; desde esta tarde aún no ha parado. No debimos haber salido de la casa, he puesto en peligro a Candice con mi deseo de escapar. Noto que el sueño me llama, pero hago lo imposible por mantener los ojos abiertos. No puedo dormir al lado de ella. Si lo hiciera, mis pesadillas la despertarían y no le dejarían descansar. Nunca he dormido con nadie, pero sé de lo que soy capaz si me siento amenazado mientras duermo. Un día Asel trató de despertarme en una pesadilla y casi no lo cuenta: acabó con mi cuchillo en su cuello. Me detuve justo a tiempo. La gente cree que mientras duermes eres vulnerable y lo usan a su favor para poder atacarte cuando bajas la guardia; por eso yo aprendí a usar las pesadillas a mi favor y a estar siempre alerta: al tenerlas, me despierto constantemente y miro a mi alrededor para ver si todo sigue igual. No recuerdo cuándo fue la última vez que dormí más de dos horas seguidas, pero ya estoy acostumbrado.
Curiosamente, me despierto en paz y notándome descansado como nunca antes. Me siento desubicado, no sé dónde estoy, aunque soy muy consciente de Candice, que duerme entre mis brazos. La miro iluminada por la tenue luz del amanecer, sus labios rojos están entreabiertos, su pelo cae en cascada sobre la capa y sus mejillas están sonrosadas y tienen una marca de dormir.
Nunca en toda mi vida he visto a una mujer tan bella. Ahora mismo siento que daría lo que fuera para nunca olvidar este momento... Maldigo mis pensamientos, pero maldigo aún más este deseo de despertarla con un beso. No, esto no es real, ella no es real; mi vida no sigue su mismo camino, ni pertenecemos al mismo siglo. Y debo tenerlo siempre presente.
Me separo de ella y le dejo seguir durmiendo. El hecho de que haya dormido a su lado y no haya tenido pesadillas solo me agobia más. Esto no debería estar pasando. Solo es una joven que viene del futuro y tengo el gusto de conocer, nada más.
Y ya es hora de que alce los muros que ante ella no he sido capaz de cimentar.
CANDICE
Entro a mi cuarto y me cambio de ropa. Desde que desperté sola Terry se comporta de forma extraña o, mejor dicho, como últimamente. Es como si lo de anoche nunca hubiera pasado y solo hubiese sido un sueño. Pero yo sé lo que viví, como sé también que ese beso no significó nada para él.
Hemos regresado con cuidado de no ser vistos y me he escabullido por los pasadizos para bajar a desayunar. Terry va a decir que salió a cabalgar y que lo pilló la lluvia. Me pongo un vestido de terciopelo de color azul oscuro. Aún tengo el frío metido en los huesos y me noto algo de fiebre. Esto me recuerda lo que le dije ayer a Terry y sé que fue la fiebre y el momento los que me hicieron desatar la lengua y decir cosas que de otra forma nunca habría dicho.
Bajo hacia el salón. Cuando abro la puerta Catha se levanta de la mesa y me abraza.
—¡Felicidades! Hoy pensaba entrar en tu estudio sí o sí. No podía dejar de felicitarte.
Sonrío a Catha y me alegra haber estado hoy aquí; si no, a Terry le hubiera
costado que ella se conformara con excusas.
—Ven, sentémonos a desayunar.
Así lo hago. Me tomo un vaso de leche caliente y un trozo de pan con mantequilla. Me duele un poco la garganta al tragar, y sé que he de beber mucho líquido para mantener a los virus lejos de mi cuerpo, así que me tomo un zumo de naranja y un té además de la leche.
—Vaya, los dieciocho te han llegado con mucha hambre —comenta Catha divertida.
—La verdad es que sí.
Catha se levanta y sale del comedor, y regresa con una cajita.
—Ten, esto es para ti —dice tendiéndomela—. Feliz cumpleaños, Candy. La abro y veo dentro un camafeo o, mejor dicho, el camafeo de Catha.
—Sé que te gusta mucho porque siempre te quedas mirándolo. Para mí sería muy importante que lo tuvieras tú.
—No sé si... —Catha me mira ilusionada y sé que no puedo negarme; la lástima es no poder usarlo siempre—. Gracias, es precioso.
—Me alegra mucho que te guste, y ahora, ¿qué quieres que hagamos hoy? Podemos dar una vuelta por la finca ya que ha dejado de llover. Los jardines están preciosos ahora que por fin el jardinero les ha dado vida.
—Sí que lo están. Me parece una gran idea.
Tomo aire cuando aparezco en medio del círculo sagrado. Aunque haya estado poco tiempo en el pasado, es normal que si viajo en mi cumpleaños, regrese antes de que acabe el día, como ahora. Miro a mi alrededor, temiendo lo que pueda encontrarme: el pueblo en llamas o destruido por un terremoto, o algo así. La noche ya ha caído y la luna ilumina el bosque. Reina una gran calma. Nada, todo parece normal. Una vez más, las invenciones que circulan sobre mí han demostrado ser falsas.
Salgo del círculo sagrado y, de golpe, siento un intenso frío. No llevo apenas ropa, estaba en mi habitación haciendo bocetos cuando viajé en el tiempo, y ahora solo tengo puesto un chándal cómodo. Me froto los brazos y voy hacia mi casa. Estoy entrando en el bosque cuando algo se estrella contra mi cara. El olor a tomate podrido me da arcadas. Me lo quito al tiempo que siento cómo me tiran varias cosas más.
—¡Márchate, bruja! No te queremos aquí —me grita alguien desde la oscuridad.
Ando con paso firme y la cabeza alta pasando ante este hatajo de cobardes que se creen lo bastante valientes para tirarme comida podrida pero se esconden entre los árboles. Me cuesta no perder el paso cuando me dan en la cara y siento náuseas, pero hace años aprendí que si les mostraba miedo eran mucho más duros; mi supuesta indiferencia hace que se detengan antes.
Cuando salgo de este camino, estoy empapada por los jugos de las frutas y verduras podridas. No corro, pero doy gracias de que se hayan quedado atrás. Al llegar a las afueras del pueblo, veo a algunos vecinos que me miran con asco pero no dicen nada. Lo peor de todo es que esta gente ve normal que se me repudie y se me trate mal. Llego a mi casa y con manos temblorosas toco el timbre. Me abre Espe, quien, al verme así, empalidece y me hace pasar mirando con furia a los vecinos curiosos que andan cerca, pues sabe que si no han sido ellos, no desaprueban lo que me ha pasado.
—Ve a ducharte. Te prepararé ropa limpia y celebraremos tu cumpleaños.
Asiento en silencio y subo a mi cuarto. Ya sola en el cuarto de baño, dejo que lágrimas silenciosas resbalen por mi cara y grito internamente por la frustración que siento. Me quito la ropa y me meto bajo el agua caliente de la ducha. Apoyo la cara en las baldosas frías, dejo que pase el tiempo y que vayan remitiendo poco a poco estos temblores que siento de pura impotencia ante la crueldad de la gente.
Una vez duchada y con ropa limpia, bajo a la cocina, donde escucho hablar a Any y Espe. Any se tira a mis brazos para felicitarme cuando entro. Luego me tira de las orejas —de las dos— y, además, me da varios tirones extra de regalo.
—Creía que con la mayoría de edad esto desaparecería —le digo tocando mis pobres orejas; están ardiendo.
—No, con los años se hace con más ganas. —Any deja que sus padres me feliciten.
—Felicidades, Candy. —Espe me da dos besos y un abrazo fuerte, y Armando hace lo mismo.
—¿Estás mejor? —me pregunta.
—No ha pasado nada que no sucediera ya antes; prefiero no pensar en ellos.
—Son un hatajo de idiotas —dice Any— y sí, es mejor no dejar que nos fastidien tu fiesta.
Nos sentamos a cenar y abro los regalos después, con la tarta. Por supuesto, pido un deseo al soplar las velas, y el que elijo es aprender a vivir más mi siglo, aunque sé que esto solo depende de mí.
Me voy a la cama y, una vez sola, pienso en lo que no debería pensar si quiero ser coherente con lo que he pedido. No debería pensar en Terry, ni recordar su beso una y otra vez, ni lo completa que me sentí en sus brazos, ni que dormir con alguien fuera así. Me hago un ovillo mientras me digo que seguir recordando el sabor de los labios de Terry y echarlo tanto de menos no es nada pero que nada bueno.
—Portaos bien. —Espe nos da un beso a cada una y se va a trabajar dejándonos solas a mí y a Any.
La puerta se cierra y Any se olvida de su desayuno y me mira atentamente.
—Vale, quiero que me cuentes por qué estás tan distraída. Llevas dos días aquí y te he visto quedarte con la mirada perdida un montón de veces.
—No me pasa nada. Solo estaba pensando en todo lo que dicen en el pueblo y en cuál será el siguiente chisme apocalíptico que circulará sobre mí.
Any me estudia —como en parte es verdad, no creo que descubra que le miento—. Al final asiente.
—La verdad es que me dejas más tranquila. No porque quiera que chismorreen sobre ti, no me entiendas mal, sino porque quiero que lo que te preocupa esté en tu tiempo, el tiempo en el que te ha tocado vivir.
—Tranquila, en el pasado solo sigo siendo una espectadora.
—¿Y con Terry?
—Él me ignora —le digo recordando el día de mi cumpleaños. No lo vi ni una sola vez, se las apañó para no aparecer por casa en todo el día. Y en parte fue mejor, no habría sabido cómo lidiar con lo que sucedió la noche anterior en la cueva.
—Mejor, Candy. Temía que si pasabas más tiempo con él, con la obsesión que has tenido siempre con su retrato, acabara gustándote. ¡Ya ves qué tontería! Como si tú no supieras que él seguirá con su vida y que tú verás cómo se acaba casando con otra, y teniendo los hijos de otra, besándola, amándola... —Sus ojos se abren como platos—. ¡Maldita sea, te gusta y me has mentido!
—¡No te he mentido! —me defiendo.
—¿No? ¿Y tu cara de dolor cuando te hablaba de la que será su mujer? Era una trampa, Candy, y has caído.
—¡No me gusta, Any! Y no puede gustarme.
Any toma mis manos y me mira comprensiva.
—No, no puede. Por favor, Candy, no lo olvides. Algo me dice que cuando tú te enamores, lo harás para toda la vida. No te enamores de alguien que no puede corresponderte...
—Dejemos esta conversación y no te preocupes, he decidido vivir mi vida aquí.
—Sal entonces conmigo y con Tony y déjate de excusas.
—Pues sí, pienso hacerlo. —Me pone delante el dedo meñique. Me río y lo entrelazo con el mío. Movemos los dedos— Te lo prometo. Eres una cría.
Any se ríe y yo la imito. Me abraza con fuerza. Sé que lo hace porque en el fondo siente que, aunque no debería, ya he empezado a sentir algo por Terry y necesito su apoyo.
No pienso romper la promesa. Tengo que encontrar mi felicidad aquí. Y parece que el destino por una vez está de mi parte, pues cuando vuelvo a viajar en el tiempo, descubro que Terry ha decido hacer un viaje que le llevará un largo tiempo y que regresará justo a tiempo de las fiestas y la presentación en sociedad. Lo peor es que aunque sé que esto me ayudará, no puedo evitar sentirme triste por su partida, y eso me hace esforzarme más que nunca por vivir la vida que me ha tocado vivir.
Continuara...
