Disclaimer: los personajes de Magi no me pertenecen. Son propiedad de Shinobu Ohtaka.

Parejas: Sinbad x Alibaba, Kouen x Alibaba.

Advertencias: Spoilers relacionados con el manga, YAOI, MPREG, alusión a violación.

ACLARACIONES: Esta historia contendrá partes fieles al manga, tanto diálogos como escenas, pero habrán ciertas modificaciones para su adaptación.


— Capítulo 11 —

Un poco más de ti

La reunión en el salón principal concluyó pasada las seis de la tarde. Habían estado toda la mañana en negociaciones y planificaciones respecto a los próximos proyectos que se ejecutarían en Balbadd. Alibaba aportó con algunas ideas y, aunque muchos de los miembros del consejo se opusieron a estas, no tuvieron más alternativa que admitir que, a pesar de provenir de él, estas eran bastante buenas.

Mientras todos abandonaban el salón, Alibaba terminaba de apilar los documentos firmados sin siquiera cruzar miradas con Kouen, que aún permanecía sentado a la cabeza de la mesa, observándolo fija y contemplativamente; de la misma manera que lo hizo durante toda la reunión.

—¿Por qué estás tan apurado? —preguntó cuando Alibaba pasó por su lado recogiendo un pergamino.

Había transcurrido una semana desde que dieron por iniciada su relación luego de conversar en la playa, y Kouen sentía que sus sentimientos por Alibaba eran aún más fuertes desde ese día. Sin embargo, tenía que admitir que hacía falta algo. Sabía que no era por causa de Alibaba ni suya; tampoco era algo físico pues ya lo había sopesado al principio. En realidad no estaba totalmente seguro de qué se trataba, pero lo averiguaría.

—Porque no me quitas los ojos de encima —contestó Alibaba, eludiendo su mirada.

—¿Y eso qué tiene de malo? —Kouen se cruzó de brazos y se reclinó en su silla, divirtiéndose con la expresión contrariada en su rostro.

Alibaba resopló y dejó los documentos sobre la mesa.

—Deberías ser más discreto.

—No sé a qué te refieres. —Kouen se encogió de hombros. —Miro lo que se me antoja y nadie puede prohibírmelo.

—Pero no es correcto que me observes tanto, y menos de la manera en que lo haces —replicó Alibaba con el ceño fruncido—. ¿Qué pensarán los miembros del consejo si se dan cuenta?

—Lo que ellos piensen me tiene sin cuidado. —La expresión indiferente de Kouen fue seguida por un aspaviento con la mano derecha. —Ya te dije que puedo mirar lo que quiera, y si quiero mirarte lo voy a hacer.

Alibaba volvió a suspirar y se acercó a Kouen, dejando que este alcanzara su rostro y lo acariciara gentilmente. No podía evitarlo, conforme pasaban los días se sentía más atraído hacia él. Y el hecho que lo mirara como le gustaba hacerlo dejaba en evidencia sus propios sentimientos, pues el nerviosismo y el rubor marcado en su rostro que lo delataba ponían en riesgo su permanencia en el palacio. Era un hecho que los miembros de la corte no dudarían en expulsarlo si descubrían su relación con un miembro de la familia imperial. Pero no podía evitar los deseos de su corazón, incluso más de lo que pudo imaginar cuando conversaron en la playa y aun no estaba del todo seguro que llegaría a quererlo como Kouen lo hacía.

—Es mejor mantener las cosas en secreto —señaló mirando hacia la puerta de la habitación.

—Que no te importe lo que los demás puedan decir de lo nuestro —contestó Kouen—. Ambos somos libres de hacer lo que nos plazca con nuestras vidas.

Alibaba recogió nuevamente los rollos de pergaminos y los acomodó contra su pecho.

—No puedo evitar pensar que tendremos problemas si lo descubren.

—De eso me encargaré yo —aclaró Kouen, volviendo a cruzarse de brazos—. De todos modos tarde o temprano se enterarán, y es mejor que lo hagan ahora.

Insistir en ello sería una pérdida de tiempo, por lo que Alibaba suspiró con resignación mientras se dirigía a la puerta. Pero antes de marcharse se volvió hacia Kouen.

—¡Casi lo olvido! Esta noche saldré con mis amigos. Iremos a una taberna a celebrar el cumpleaños de Olba.

—¿Quién es él? —preguntó Kouen.

Alibaba volvió a fruncir el ceño.

—Es uno de mis miembros domésticos —Se devolvió un par de pasos. —¡No es posible que no conozcas sus nombres! —masculló—. ¡Yo sí conozco los nombres de los tuyos!

Kouen enmudeció al descubrir aquello que faltaba en la relación.

—Como sea —respondió al fin—, ¿por qué tienes que salir hoy?

—¿No será porque hoy es su cumpleaños?

—¿Y qué hay de tu trabajo?

—Ya lo tengo listo. —Con una sonrisa Alibaba camino nuevamente a la puerta. —No te preocupes.

Decepcionado, Kouen no tuvo pretexto, mas que el hecho de no poder compartir con Alibaba como quería. Lo vio salir y se preguntó cuánto era lo que sabía de él. Lo poco que había investigado lo había llevado a descubrir que Alibaba nació y creció en los barrios bajos hasta que el rey lo reconoció como su tercer heredero. Después había un vacío en su historia, hasta que supo de sus pasos en el golpe de estado de Balbadd. Pero había en ese espacio una parte de la vida de Alibaba que deseaba conocer más allá de lo que sabía de él hoy en día. Sus gustos, sus actividades más habituales, sus pasatiempos, sus vivencias más íntimas y lo que hacía en sus ratos libres con sus amistades. Conocía solo una parte y deseaba conocer la otra; la que Alibaba aún no tenía la oportunidad de mostrarle.

Repasó sus palabras al reprocharle que no conociera el nombre de sus contenedores familiares, y más que eso, de sus amigos. Llevaban tiempo viviendo en Balbadd y aún no los memorizaba, pero nunca se tomó la molestia de hacerlo. Solo "conocía" a Morgiana, y aun así lo que sabía de ella no era suficiente. Pero lo que más le fastidiaba desde que iniciaron su relación era que el tiempo que tenían para compartir como pareja era patéticamente escaso. Apenas unos momentos en la noche tras finalizar sus deberes o encuentros furtivos en las habitaciones del palacio. Algún beso fugaz o un roce de manos casual. El resto solo eran miradas cómplices que en ciertas ocasiones incomodaban a Alibaba cuando se encontraban acompañados.

Con ese desasosiego decidió bajar a la terraza a tomar el té con Koumei. Tal vez con él podría sentirse menos intranquilo e incluso recibir algún consejo de su parte, como siempre.

Se presentó y tomó asiento mientras los sirvientes se prestaban a servirle el té rápidamente. Koumei ya bebía en silencio, contemplando los jardines del palacio bajo el sol de la tarde. Una vez que los sirvientes se retiraron, Kouen habló.

—Hace una semana inicié una relación amorosa con Alibaba.

Koumei se atragantó y escupió instintivamente el té mientras el resto se le escurría por la nariz. Kouen nunca tenía tacto para decir ese tipo de cosas.

Entre convulsiones contestó.

—¿Una semana? —repitió mientras se secaba con una servilleta—. ¿Desde que él volvió?

—Entendimos que lo que sentimos es suficiente para estar juntos.

Koumei no lucía tan sorprendido como Kouen lo esperó. Aun así comentarle lo pilló desprevenido.

—Ahora entiendo porqué se miraban de esa manera durante la reunión —comentó de manera reflexiva—. Pero... no pareces tan contento. ¿Qué es lo que te preocupa?

—Realmente no lo sé. —Tras beber un sorbo de té, Kouen señaló. —Me enamoré de alguien que apenas conozco. Aunque al menos sé lo suficiente para querer estar con él.

—Entonces eso te debería bastar —señaló Koumei—. Con el tiempo irás descubriendo esos detalles que te faltan.

—No sé si pueda esperar.

Koumei se sirvió un poco más de té mientras estudiaba la situación. Sabía que Kouen cuando se sentía inquieto podía volverse muy irritante y obsesivo. Pero también sabía que estaba pisando un terreno al que no estaba acostumbrado y todo parecía resultar novedoso y extraño.

—¿Qué harás entonces? —preguntó— ¿Lo interrogarás para saber todo lo que te inquieta? Te advierto que eso solo lo espantará, aunque no me extraña que lo hagas movido por tu desesperación.

Kouen pretendió ignorar el consejo de Koumei y reflexionó acerca de lo que conocía de Alibaba.

—Sé cuál es su plato favorito, el tipo de libros que suele leer y lo que piensa de cómo se debe gobernar un país. Pero aún no sé cuál es su color favorito ni su estación del año preferida. No conozco bien a sus amistades ni los lugares que suele frecuentar cuando quiere distraerse y compartir.

—Eres muy impaciente y ansioso —dijo Koumei tras beber un poco de té—. Es normal que te sientas así, y más cuando estás interesado en algo o, en este caso, en alguien.

—Ni siquiera tenemos oportunidad para estar juntos —continuó Kouen fijando su atención en su humeante taza de té—. Nos besamos pero solo hemos llegado a eso.

—Por favor, evita los detalles —pidió Koumei con cierta incomodidad, no porque le molestara su relación con Alibaba, pero Kouen a veces podía llegar a ser muy específico.

Sin embargo, él parecía demasiado ensimismado como para prestarle atención a su petición.

—Creí que una vez aclarado lo que sentíamos tendríamos sexo, y hasta ahora no lo hemos hecho. He pensado cuando llegue el momento —señaló cepillándose la barba de manera abstraída—, pero ni siquiera sé si eso llegue a pasar ya que apenas podemos vernos sin interrupciones.

Koumei carraspeó, intentando evitar usar la imaginación.

—Tal vez necesitas crear esas oportunidades que tanto quieres. En las noches es cuando más tiempo tienes.

—Sí, y justo hoy que podíamos estar juntos, a él se le ocurre irse de juerga con sus amistades.

—Es natural que lo haga. —Koumei parecía divertirse un poco con la actitud de Kouen. —Es joven y se ve que es una persona muy sociable. No estarás celoso por eso.

—No son celos —aclaró Kouen—. Más bien es el hecho que hace cosas que yo desconozco.

—Nuestra forma de vivir es muy distinta a la suya. —Con el último sorbo de té, Koumei dejó la taza vacía sobre la mesa. —No es sorpresa que sea tan diferente a lo que tú esperas de su comportamiento. —Vio la expresión de Kouen y supo que estaba tramando algo. —No me digas que ya tienes pensado algo que te traerá más problemas de los que ya tienes.

Kouen no respondió; estaba concentrado en la idea que su mente había urdido para descubrir aquello que le hacía falta de Alibaba. No estaba realmente seguro si funcionaría o si solo empeoraría las cosas, pero su voluntad era más fuerte, y estaba dispuesto a correr el riesgo si con eso conseguía quererlo aún más.

Nada era imposible si se lo proponía.

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Estaba seguro que su decisión era la correcta, pero cuando puso un pie al interior de esa bulliciosa taberna, saturada de personas, donde circulaban platos atiborrados de comida y licor, tuvo el deseo de dar media vuelta y regresar a la soledad y tranquilidad del palacio para encerrarse en la biblioteca y sumergir su mente en los libros. No entendía cómo Alibaba podía sentirse a gusto en sitios como esos, pero ahí estaba, riendo abiertamente junto a sus amigos mientras las bandejas con cerveza y comida corrían por la mesa.

Luego de hablar con Koumei, pensó en la manera de seguir a Alibaba sin ser reconocido por nadie, mucho menos por él. Tomó de su dormitorio su primera opción: una capa que ocultara incluso su rostro, convirtiéndose en un simple visitante sin la intención de llamar la atención. Y una vez que se vio enfrentado al ambiente bullicioso de la taberna, se sentó frente a la barra, a una distancia prudente de Alibaba, y de inmediato el cantinero se le acercó.

—¿Qué vas a pedir? —Kouen no contestó—. ¿No me oíste? ¿Qué vas a pedir? Si vas a estar aquí debes consumir algo.

—Vino —dijo al fin, sintiéndose particularmente insultado por la forma en la que el cantinero le habló.

Una vez que éste depositó una rebosante copa de vino sobre la barra, Kouen se dedicó a observar a Alibaba que se encontraba en una de las mesas al centro de la taberna. Parecía muy contento mientras bebía. No le sorprendía que lo hiciera, pero no quería verlo ebrio y comportarse igual que en la fiesta de cumpleaños de Kouha. No permitiría que se le insinuara a nadie culpando al alcohol de su desinhibido comportamiento, porque al más mínimo indicio, lo llevaría a rastras de regreso al palacio. Pero después de media hora y, sin darse cuenta, había comenzado a disfrutar de la imagen que proyectaba Alibaba. Nunca lo había visto tan contento como ahora —tal vez porque estaba donde realmente deseaba y con quienes realmente apreciaba—. Escuchar su risa en medio de la algarabía del lugar le resultaba agradable y le hacía desistir de olvidarse de su objetivo y regresar al palacio. No podía negar que le gustaba su risa, el sonido inconfundible de su voz, la forma en la que se le arrugaba la nariz y la curva que tomaban sus labios; esos mismos labios que venía disfrutando desde hacía una semana y de los cuales ya se había acostumbrado.

Entre carcajadas, Alibaba se levantó y se acercó a la barra para ordenar más bebidas. Kouen no le quitó los ojos de encima; Alibaba se tambaleaba un poco, suponiendo que se debía a las tres jarras de cerveza que lo vio tomar desde que llegó.

—¿Te diviertes? —le preguntó.

Alibaba asintió distraídamente mientras pedía su orden, pero al reconocer esa voz, palideció y un escalofrío le subió por la espalda. Volvió la cabeza hacia la derecha y saltó hacia atrás al reconocer a Kouen sentado a su lado.

—¡¿Q-Qué haces aquí?! —gritó espantado.

Kouen no tuvo intenciones de contestar; parecía más interesado en terminar de beber su copa de vino.

Con un rápido vistazo hacia la mesa donde estaban sus amigos, Alibaba sujetó a Kouen de un brazo y lo arrastró fuera de la taberna hasta el callejón al costado del edificio, lejos de la mirada de los curiosos que transitaban por la calle a esas horas de la noche.

—¿Qué haces aquí? —volvió a repetir.

—Resulta bastante curioso el lugar que te gusta frecuentar. —Kouen insistía en actuar con cierto relajo e indiferencia. —La gente es extraña por querer estar rodeada de griterío y alcohol. Desperdician su tiempo libre en banalidades.

—Eso lo dices porque eres antisocial y prefieres pasártela encerrado leyendo —replicó Alibaba.

—Es mejor para el cerebro —aclaró Kouen sin molestarse por su descarado insulto. Después de todo no era la primera vez que alguien lo catalogaba como una persona solitaria y austera.

—Como sea, lo que te pregunto es por qué estás aquí. —Alibaba frunció el ceño. —¿Me estás siguiendo? ¡¿Es eso?!

—Quise saber qué tipo de lugares te gusta visitar.

Alibaba parpadeó confundido.

—No entiendo. —Se inclinó hacia adelante para apreciar la expresión contrariada de Kouen bajo la tenue luz que llegaba al callejón. —¿Qué no conoces las tabernas?

Kouen torció la cabeza y desvió la mirada hacia un lado.

Alibaba dejó escapar una suave risa.

—No me digas que es primera vez que visitas una taberna.

—Cierra la boca —masculló Kouen.

—El gran primer príncipe del Imperio Kou, amo y señor de todas las tierras que ha conquistado, no conoce lo que es un simple lugar para beber y comer —añadió Alibaba con burla.

—¡No molestes!

—Si querías conocerlo debiste decirme y no seguirme. —Alibaba se cruzó de brazos. —No me gusta eso.

—Ya te dije que no te estoy siguiendo, ni mucho menos acosando —insistió Kouen con seriedad.

—¿Entonces? —preguntó Alibaba con el semblante ensombrecido—. Exijo una buena explicación o pensaré lo peor de ti.

Kouen no vio necesidad de ocultar lo evidente. Después de todo había sido él quien decidió romper su anonimato frente a Alibaba.

—Quiero conocerte —confesó.

Alibaba no pudo evitar mostrar sorpresa ante su respuesta tan directa.

—¿Qué?

—Sé muy poco sobre ti —continuó Kouen—. Me enamoré de una parte de tu vida, pero también quiero conocer la otra.

Con un profundo suspiro, Alibaba descruzó los brazos y apoyó la espalda contra el muro exterior de la taberna.

—Debí suponerlo. No puedes mantener tu mente quieta.

—Puedes burlarte todo lo que quieras —protestó Kouen—. Tengo muy claro que esto no es correcto, pero no puedo evitarlo.

—No pretendo burlarme. De cierta forma resulta un tanto adorable. —Con un suave movimiento, Alibaba alcanzó su rostro y lo acarició. —Tú eres adorable, incluso con tu actitud insoportable.

—Lo tomaré como un cumplido solo porque crees que te estoy acosando.

—No está mal que quieras conocerme. —Alibaba bajó la mano y volvió a cruzarse de brazos. —Pero invadir mi espacio no nos favorecerá a los dos.

—¿Desde cuándo eres tan listo para hablar?

—¡No te burles! —masculló sobresaltado, pero rápidamente se calmó y regresó a la pared—. A ti no te gustaría que me entrometiera en tus asuntos fuera del trabajo.

Kouen se encogió de hombros.

—No tengo nada que ocultar. Ya me conoces. Pero entiendo tu punto. No pretendo invadir tu espacio ni mucho menos forzarte, solo quiero conocer más a la persona que quiero, y quererla aún más.

Alibaba sintió que se sonrojaba hasta el nacimiento del pelo y que el corazón comenzaba a tronarle dentro del pecho. La honestidad con la que Kouen le hablaba siempre conseguía hacerle temblar de pies a cabeza. Era una de sus mayores virtudes, junto con su capacidad para hacerle sentir como si fuera lo más importante en su vida. Aquella sensación le gustaba y emocionaba, reconociendo lo distinto que se sentía en comparación a lo que alguna vez experimentó estando con Sinbad. Ya no había ansiedad ni inseguridad; Kouen le brindaba una confianza que hasta ahora solo había conocido con Aladdin. Y movido por el deseo de retribuirle su innegable interés y afecto se inclinó sobre él, sujetándole de la ropa, y con un suave roce probó, notándolos tibios y con el inconfundible sabor a vino en ellos.

A Kouen no dejaba de sorprenderle la iniciativa que había comenzado a tomar Alibaba desde hacía unos días. Al principio ambos actuaban como dos extraños aprendiendo a reconocer los sentimientos del otro, pero sin darse cuenta, los besos, las caricias y las miradas habían suplido todo nerviosismo y torpeza inicial en los dos. Ya no había reservas cuando se trataba de hacerlo; la naturalidad con la que se daba esa clase de momentos permitía que cualquier temor o inseguridad frente a esta nueva etapa se diluyera poco a poco.

Tras separarse, Alibaba liberó un suspiro y volvió la vista hacia la calle, observando el ir y venir de los transitaban por ella. Sabía que si sostenía la mirada en los ojos de Kouen los sentimientos que habían comenzado a despertar por él lo delatarían.

—Debo volver o mis amigos se preocuparán —pronunció con voz suave.

—Te diría que regresemos al palacio, pero sé que dirás que no —contestó Kouen, relamiéndose casualmente los labios para capturar el sabor que había dejado Alibaba, y esgrimió una sonrisa cuando notó que el rubor aumentó en sus mejillas. —Pediré otra copa de vino —continuó—. No me agradó del todo el lugar, pero lo soportaré por ti.

Alibaba sonrió.

—No necesitas hacerlo.

—Así tal vez termine acostumbrándome y te acompañe en alguna ocasión. Aunque honestamente prefiero un lugar menos ruidoso. Realmente no sé cómo puede gustarte.

No hacía falta entrar a explicar los motivos por los cuales Alibaba se sentía tan cómodo en la taberna; Kouen lo había descubierto durante la noche, mientras lo observaba.

Dejó que Alibaba volviera a la taberna y lo siguió segundos después para no levantar ninguna sospecha. Regresó a la barra pidiendo otra copa de vino y dedicó el resto de la noche a observar mayormente a Alibaba y el jolgorio al interior de la taberna. Aún no podía entender cómo a las personas les gustaba ese ambiente. Todos bebiendo y riendo, embriagándose sin control. Sabía que el alcohol no producía nada bueno, y no se equivocó cuando de pronto dos sujetos comenzaron una acalorada discusión en una de las mesas cercanas a la que se encontraba Alibaba y sus amigos. Observó detenidamente cómo los dos tipos evidentemente ebrios se alteraban y subían el tono de su voz entre insultos y protestos malintencionados; todo por una botella rota en el suelo.

No tenía intención de intervenir pues no era asunto suyo inmiscuirse en pleitos de borrachos, pero Alibaba no pensaba igual. En medio del tumulto que se formó alrededor de los dos ebrios, Kouen distinguió a Alibaba tratando de detener la pelea.

—Ese idiota —masculló al verlo interferir entre los dos hombres para separarlos.

Se puso de pie y observó cuando ambos sujetos intentaron golpearse; de inmediato, Olba y otros comensales los separaron, pero estos dos tipos no desistieron en su intento por agredirse y comenzaron a arrojarse botellas vacías y a golpearse con ellas. Alibaba no dudó en sujetar a uno de ellos para alejarlo del alcance visual del otro, descuidando su espalda de este, que consiguió soltarse del agarre de Olba y coger una botella de licor para herirlos. Pero no logró cumplir su cometido: Kouen le había sujetado del brazo, impidiendo su agresiva acción.

—¡Suéltame, imbécil! —masculló el hombre con prepotencia, lanzando puñetazos para golpear a Kouen aun sin saber de quién se trataba, hasta que uno de sus manotazos alcanzó a tirarle la capa y descubrir su rostro. De inmediato, el silencio se hizo presente en la taberna.

—Es el primer príncipe Kouen. —El murmullo de quienes reconocieron a Kouen comenzó a llenar el lugar.

El sujeto que intentó golpearlo pareció recuperar la sobriedad porque trató de inclinarse en el suelo implorando perdón por su falta. Los demás hicieron exactamente lo mismo. Todos tocaron el suelo con sus cabezas, postrándose ante Kouen.

Los guardias que circulaban por las calles con sus habituales rondas se presentaron atraídos por el bullicio generado al interior del local.

—Llévense a este sujeto —ordenó Kouen.

—Espera. —Alibaba se acercó a Kouen mientras los guardias sujetaban al tipo, que sollozaba asustado al saber lo que le esperaba—. No es necesario que se lo lleven. Solo fue una pequeña discusión.

—No intentes minimizar las cosas —le rebatió Kouen con enfado—. Inició la pelea, sin mencionar que intentó golpearte con una botella por entrometerte.

—Eso no es motivo para que se lo lleven.

—Tendrá el castigo que merece.

—¿Y cuál es ese castigo?

Todos los presentes parecían saberlo, pues aún inclinados contra el suelo frente a Kouen parecían consternados.

—Se le ejecutará.

—¡¿Qué?! —Alibaba no podía creerlo. No tenía sentido condenar a un hombre por algo tan insignificante. —¡Esperen! —Corrió hacia los guardias pero estos lo ignoraron. —¡No pueden ejecutarlo!

—Se hará aunque no te guste la idea —dijo Kouen caminando hacia la salida—. La decisión ya está tomada.

Se marchó sin mirarlo. Alibaba no replicó ni trató de detenerlo, pero quedó con una desagradable sensación al confirmar una vez más que ambos eran demasiado diferentes como para construir una relación.

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A primera hora de la mañana, Alibaba se presentó en la oficina de Kouen para que detuviera la injusta sentencia de aquel hombre. Condenar a muerte a una persona solo por una riña no se justificaba. Y Alibaba estaba dispuesto a hacer lo que fuera para impedir esa locura.

Irrumpió en la oficina y se plantó frente a él, pasando por alto a los miembros domésticos que lo acompañaban.

—Ni se te ocurra ejecutar a esa persona —ordenó.

Kouen ni siquiera lo miró. Concentrado, leía el pergamino que sostenía en las manos.

—No lo haré yo —contestó—, lo harán los soldados a cargo de eso.

—¡Sabes a lo que me refiero! —masculló palmeando la mesa—. ¡No está bien lo que haces! ¡Ejecutar a la gente porque sí está mal!

—Pero miren cómo el pequeño príncipe de Balbadd se dirige al comandante general y primer príncipe del imperio Kou —comentó Li Seishuu—. Cierto, ya no es un pequeño príncipe, es solo un mocoso sin reino —añadió con burla.

—Deberías dirigirte con más respeto a tu superior —dijo Shu Kokuton—, aunque ahora tengas privilegios por ser su pareja.

El rostro de Alibaba perdió todo el color y clavó sus ojos en Kouen.

—¡¿Les contaste?!

—Son mis amigos —respondió Kouen aún sin prestarle atención—. Seguro que tú también le contaste a los tuyos. No te quejes.

Alibaba intentó replicarle, pero tenía razón. Lo primero que hizo al día siguiente, tras charlar con Kouen en la playa, fue contarle a Morgiana y a los demás de su romance. Pero aunque era justo que Kouen también lo hiciera, aún no lograba sentirse realmente cómodo con sus miembros domésticos, ya que estos siempre lo miraban como si fuera un intruso. No eran malas personas, pero tampoco se sentía capaz de sostener una conversación con ellos.

Pero se sorprendió cuando uno de ellos le palmeó sonoramente la espalda, haciéndole trastrabillar hacia adelante y toser producto del golpe.

—Tranquilo mocoso, no te vamos a cortar en pedazos por estar con nuestro rey —bromeó Gaku Kin.

—Deberías tenernos más confianza y dejar de vernos con tanto recelo —añadió En Shou.

—Si nuestro rey es feliz, nosotros lo apoyaremos —finalizó Shu Kokuton.

—Suficiente de tonterías —masculló Kouen al ver cómo se reían a costa de Alibaba—. Salgan de una vez.

Entre risas y burlas, los cuatro contenedores familiares de Kouen abandonaron la habitación.

—Ahora tendrán más motivos para burlarse de mí —protestó Alibaba una vez que quedaron solos.

—Tus contenedores deben hablar mal de mí todo el tiempo, y ya ves, no estoy lloriqueando por eso —rebatió Kouen con descarada indolencia.

Alibaba resopló y tomó asiento frente al escritorio. Iba a retomar la conversación inicial, pero Kouen lo interrumpió

—Ese hombre cometió una falta —aclaró él sin desatender su lectura—, y en nuestras leyes, cualquier acto infracción se paga con la muerte. No creemos en la indulgencia.

—¿Y eso te parece correcto?

—A Balbadd se le dijo claramente cuáles eran nuestras leyes. No pueden decir que no les advertimos.

—¡Pero no corresponde! —exclamó Alibaba, levantándose de manera enérgica—. ¡Tus leyes están mal!

—No las hice yo.

—Pero tienes el poder para cambiarlas. Si quisieras lo harías.

Kouen negó con la cabeza.

—No depende de mí.

—¿De quién entonces?

—Del consejo y de la emperatriz que lo apruebe. Y sabes bien que eso jamás ocurrirá.

Derrotado, Alibaba se dejó caer sobre la silla y cerró con fuerza las manos sobre sus piernas.

—Solo soy el primer príncipe —dijo Kouen, dejando el pergamino sobre la mesa para cruzarse de brazos—. No tengo autoridad para cambiar las leyes.

—Pero podrías perdonar a ese hombre y demostrarle a Balbadd que no eres la persona que todos creen.

—Me tiene sin cuidado lo que piensan de mí.

—¿De verdad? —Alibaba también cruzó los brazos y entornó la mirada con suspicacia. —¿Te gusta que las personas te teman, que se inclinen ante ti por temor a lo que fueras a hacerle?

—Me da igual —contestó Kouen, desviando la mirada hacia la ventana.

—Creí que querías ser un líder justo —dijo Alibaba con el semblante ensombrecido.

Kouen volvió la vista hacia él. En sus ojos se asomaba un creciente disgusto por el rumbo que estaba tomando la conversación.

—A veces lo justo no es igual para todos. A veces debes pensar lo que es mejor para la mayoría y no solamente para algunos pocos, porque jamás lograrás complacerlos a todos.

—Pero puedes al menos hacer el intento. —De pronto el rostro de Alibaba se llenó de decepción. —Te creía alguien un poco menos inflexible frente a estas cosas.

—Eres demasiado idealista —objetó Kouen—, ese es tu problema.

—¿No vas a liberar a esa persona?

—Ya sabes mi respuesta.

Alibaba se levantó y lo vio fijamente a los ojos.

—Entonces no podemos estar juntos.

Caminó hacia la puerta pero la voz de Kouen lo detuvo.

—¿Me estás chantajeando?

Volvió levemente la cabeza y negó.

—Tienes muchas virtudes que me atraen profundamente, pero esto opaca todo lo bueno que veo en ti.

Kouen se incorporó de su silla y le dio alcance antes que se marchara. Cuando Alibaba entreabrió la puerta, Kouen la cerró nuevamente y lo acorraló contra esta, encarándolo.

—¿Significa que cada vez que tengamos una diferencia de opinión vas a terminar conmigo? —preguntó con un dejo de ansiedad en la voz—. ¿Es así como pretendes que lo nuestro funcione?

Al oír aquellas palabras, Alibaba esquivó la mirada e intentó salir del cerco que formaba el brazo derecho de Kouen apoyado en la puerta, y su dominante cercanía, pero este se lo impidió cerrándole el paso con el otro brazo.

—Dijiste que no cederías —murmuró cabizbajo.

Kouen llevó su mano hasta el rostro de Alibaba y lo alzó desde el mentón para verlo fijamente a los ojos.

—Dije que no podía, no que no quería. Lo que hizo ese hombre fue grave. Sus intenciones eran herir, sin mencionar que su liberación servirá para que otros hagan lo mismo al creer que no recibirán un castigo.

—Las personas no deben vivir con miedo —insistió Alibaba.

—Pero así tenemos el control —rebatió Kouen.

Alibaba negó lentamente.

—Es más importante el respeto. No puedes pretender que se inclinen ante ti creyendo que te respetan; aquello solo es temor. —Abrió la puerta y salió al pasillo. Se volvió a Kouen y le sonrió. —Si aprendes a guiar a las personas con sabiduría y no con opresión, a cambio obtendrás lealtad.

Kouen no contestó. En silencio y, sin intenciones de detenerlo, observó a Alibaba desaparecer tras las grandes puertas de la habitación.

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Durante la mañana, luego de intentar persuadir inútilmente a Kouen, Alibaba no se despegó de la entrada a la prisión. El edificio de apenas dos pisos se encontraba al otro lado de la ciudad. Y aunque las celdas casi siempre estaban vacías, eran muchos quienes paraban allí por cualquier infracción que quebrantara las intransigentes leyes del Imperio Kou. Debido a eso, las personas en Balbadd, vivía con el constante temor de caer en manos de los soldados que hacían valer los dictámenes del Imperio.

Caminando de un lado a otro, Alibaba intentaba buscar una solución para liberar a ese hombre que anoche solo había bebido de más. Bien se le podía dejar en prisión por unos días como escarmiento por su falta, pero no merecía morir por eso.

—Es insólito —masculló a los dos guardias que yacían de pie en la entrada del edificio—. ¡¿No les preocupa asesinar a una persona inocente?!

Los soldados simplemente lo ignoraron. Para ellos, Alibaba no era nadie.

—Olvídalo, solo conseguirás enfadarlos. —Morgiana se encontraba con él. Anoche ella había presenciado todo, resultándole extraño que Alibaba no se haya visto sorprendido cuando Kouen se mostró ante todos. —Anoche... sabías que él estaba en la taberna, ¿no es así?

Alibaba enmudeció, pero tras unos segundos asintió con la cabeza.

—Tuvo sus motivos —contestó.

—¿Qué clase de motivos? —preguntó Morgiana con rapidez.

—Solo quiso seguirme para conocerme un poco más.

—Se involucró en un ambiente al que no pertenece por seguirte, y ahora un hombre inocente pagará las consecuencias. Solo lo estás justificando.

—¡Estoy furioso por lo que hizo! —exclamó Alibaba—. Intenté pedirle que lo olvidara pero no quiso escuchar.

—¿Y qué sucederá cuando ese hombre sea ejecutado? —Morgiana escrutó su rostro a la espera de su reacción. —¿Qué sucederá contigo?

Alibaba no supo qué contestar. Durante la noche repasó lo ocurrido, e incluso tras hablar con Kouen, no estaba seguro de lo que pasaría con sus sentimientos si él dejaba que ejecutaran a una persona injustamente. ¿Sería capaz de verlo nuevamente a los ojos? ¿Continuaría sintiéndose ilusionado por un amor que poco a poco despertaba? Su mente no era capaz de darle una respuesta, y de solo intentar pensar en una, un incontrolable miedo acudía a su cabeza.

Las puertas del edificio se abrieron en ese momento; dos soldados salieron con el prisionero a ejecutar y, tras quitarle los grilletes, lo dejaron ir.

—Esperen. —Alibaba atajó a los soldados luego que el hombre cayera de rodillas al suelo, visiblemente conmocionado. —¿Qué ocurre? ¿Por qué lo liberan?

—Órdenes de nuestro comandante general.

Alibaba quedó aturdido por la respuesta. Hacía solo unas horas había discutido con Kouen, y ahora él, tranquilamente liberaba al prisionero. No sabía lo que pasaba por su cabeza para actuar de esa manera, por lo que quiso averiguarlo y corrió hacia el palacio. Irrumpió en la biblioteca. Kouen notó su llegada pero fingió ignorarlo.

—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó.

Kouen apenas lo miró.

—Si vas a dar las gracias, hazlo con propiedad.

—Responde a mi pregunta. —Caminó hacia él y lo encaró. —¿Por qué lo hiciste?

Con fastidio, Kouen dejó sobre la mesa el libro que leía y clavó sus ojos en los de Alibaba.

—Porque de una forma u otra siempre tienes razón. Sería más justo ejecutar a un asesino que a un simple ebrio. —Miró hacia la ventana y frunció el ceño. —Las leyes en el Imperio son demasiado intransigentes, y tuve que pasar por alto muchas de ellas para complacerte.

Con una amplia sonrisa en los labios, Alibaba se paró detrás de él y le rodeó el cuello con los brazos, estrechándolo cariñosamente.

—No me complaces solo a mí, sino a ti mismo —murmuró, respirando su agradable perfume—. ¿No te sientes mejor por haberle perdonado la vida a esa persona?

—Me da igual.

Alibaba soltó una pequeña carcajada.

—No mientas, se ve que por dentro estás contento.

Kouen intentó protestar, pero Alibaba lo silenció estrechándolo aún más con los brazos y hundiendo el rostro en la curvatura de su cuello. Notó su cálida respiración cosquilleándole la piel, y un agradable escalofrío le recorrió el cuerpo.

—Creo que por eso me gustas un poco más —le oyó murmurar.

—Así que de eso se trata —masculló cruzándose de brazos—. Hago algo bueno y me quieres; hago algo malo y me detestas.

—En el fondo eres muy noble. —Alibaba insistía en permanecer aferrado a su cuello. —Solo tienes que aprender a usar esa amabilidad por el bien de las personas.

—No soy un maldito santo para hacer el bien por cada persona que lo necesita.

Alibaba volvió a reír.

—Pero no puedes evitar esconder lo que eres, y es eso lo que realmente me gusta de ti.

Kouen aguardó en silencio, dejando que el calor y el aroma de Alibaba se impregnaran en él. Después de solo una semana, la sensación de que algo se desbordaba dentro de sí cuando Alibaba estaba a su lado se había vuelto muy fuerte, tanto que temía llegar a depender de ella. Pero aun cuando todo parecía estar funcionando entre los dos, incluso después de verlo en la taberna, ese molesto pensamiento de que algo faltaba no lo dejaba tranquilo, y comenzaba a hacerse cada vez más presente.

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Decidieron quedarse en la biblioteca hasta tarde; tenían trabajo pendiente y la ocasión para compartir un momento a solas se había dado a la perfección.

Enfrascados en sus quehaceres, Kouen llevaba un rato observando a Alibaba, estudiando sus facciones y cada uno de sus gestos. Y no es que no los conociera; se los sabía de memoria. Lo escuchó murmurar algo tras terminar de redactar un informe y recordó la primera vez que lo vio en Magnostadt. En ese entonces no pudo ignorar su llamativa apariencia y torpe personalidad, pero nunca imaginó que tras ese inesperado encuentro terminaría prendado de él y sintiéndose completo cuando lo veía sonreír o escuchaba hablar con tanta pasión de la vida y las personas.

Repasó una vez más los detalles de su rostro y se detuvo en sus labios; los mismos que minutos atrás había probado tras robarle un beso mientras discutían por las nuevas leyes que podían aplicarse para los prisioneros en Balbadd. Sonrió satisfecho por eso y continuó observándolo; simplemente disfrutaba verlo trabajar, pasando por alto el hecho de que Alibaba ya le había pedido anteriormente que dejara de mirarlo de esa manera, pues alegaba que su forma de verle le ponía nervioso.

—Deja de mirarme —le oyó decir nuevamente—, y termina tu parte del trabajo.

—Deberías sentirte alagado de que dedique mi tiempo en contemplarte.

—No soy tan vanidoso como para eso. —Alibaba se puso de pie y buscó algunos pergaminos en la estantería.

Kouen lo siguió con la mirada y sintió el deseo de preguntar algo que desde hacía mucho le fastidiaba.

—¿Qué hacías con Sinbad cuando estaban juntos?

Una pila de rollos de pergamino cayó sobre la cabeza de Alibaba. La pregunta había sido tan repentina, que su cuerpo quedó rígido y sus manos dejaron caer todo lo que sostenían.

—¿A qué viene esa pregunta? —soltó tras recobrar el aliento.

—Es solo una pregunta.

—No deberías hacerla.

Kouen frunció el ceño.

—¿Por qué no? —Se cruzó de brazos y lo taladró con la mirada—. Solo quiero saber qué hacían en sus ratos libres.

—Para qué —insistió Alibaba sin moverse de su lugar.

—Para comparar.

—¿Qué cosa?

—Con quién te sientes más a gusto.

—¿Ah?

Reflexivo, Kouen se llevó una mano al rostro y cepilló casualmente su barba mientras miraba hacia la ventana, de la cual se apreciaba un imponente manto nocturno cargado de estrellas.

—Me he dado cuenta que desde que iniciamos la relación, lo único que hemos hecho es trabajar y besarnos. Pero supongo que así no es como se maneja una relación; no me siento cómodo. Por eso quiero saber si es normal y si tú hacías otras cosas con ese sujeto.

Alibaba no supo qué responder. Fue inevitable que sus mejillas se ruborizaran ante una pregunta tan comprometedora. Aun así, regresó a la mesa y se sentó.

—La verdad... he pensado lo mismo —comentó, jugueteando con la pluma con la que escribía sobre un trozo de papel—. No hemos tenido mucho tiempo para nosotros, pero no quise presionarte.

—¿Qué se supone que se hace en estos casos?

Alibaba pareció pensativo.

—Supongo que... las parejas buscan momentos para estar juntos y hablar.

—Eso hacemos ahora —señaló Kouen—, y no parece una relación.

—A lo que me refiero es que tienen encuentros en lugares especiales. Románticos.

—¿Románticos?

—Citas —murmuró Alibaba con cierta ansiedad.

—Citas... —repitió Kouen con intriga—. ¿Y cómo diablos se hace eso?

—Yo tampoco lo sé bien.

—¿No tenías de eso con Sinbad?

—La verdad... —Alibaba dudó un poco mientras garabateaba en el papel. —No se dio mucho, pero Sinbad buscaba momentos para nosotros.

—¿Como qué? ¿Llegaste a más que solo besos con él?

—No me preguntes eso. —El rostro de Alibaba enrojeció súbitamente hasta las orejas. —No te daré detalles. Eso es algo privado.

—Entonces no tuviste citas con él, pero sí momentos especiales.

—S-Sí...

Kouen percibió que el tono de Alibaba se había vuelto vacilante. Tal parecía que su relación con Sinbad no era como la había imaginado. Llegó a suponer que sería demasiado perfecta, pero había fallas que a Alibaba le costaba admitir.

Una relación unilateral.

—El simple hecho de estar con él me bastaba, como ahora es contigo —dijo Alibaba—. No me importa si no tenemos citas, con estar hablando contigo me basta.

—Pero no eres feliz con eso.

Alibaba finalmente entendió el propósito de Kouen. Él no buscaba comodidad o simplemente indagar en su privacidad por morbo. Era claro que deseaba aprender, pero sobre todo, hacerlo feliz. Y debido a eso, el sentimiento que crecía poco a poco en su interior comenzó a desbordarse rápidamente.

Dejó la pluma sobre la mesa y saltó enérgicamente de su silla.

—¿Qué te parece si organizamos mejor nuestros tiempos y nos vemos en lugares que no sean habituales como la biblioteca o tu oficina. Un lugar... fuera del palacio?

Kouen lo observó sin responder. No parecía tener sentido aquella propuesta, pero si Alibaba lo quería...

—¿Qué sugieres? —preguntó.

—La playa —contestó Alibaba—. Ese sitio me parece adecuado. ¿Qué opinas?

Tras repasar la idea, Kouen contestó con una ligera sonrisa.

—No está mal.

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Tal como Alibaba lo sugirió, la idea de verse en la playa resultó más gratificante de lo que ambos imaginaron. Con el paso de los días se sentían más conectados y cercanos. En sus paseos nocturnos conversaban de todo un poco, conociéndose y enamorándose, y descubriendo que quizá habían nacido para estar juntos, porque a pesar de las diferencias de opinión y personalidad, y las —muchas veces— absurdas peleas, eran felices.

Pero así como había momentos para ellos, también los había para trabajar, y Alibaba había dejado para último minuto un trabajo para la reunión que se llevaría a cabo a primera hora del día siguiente. Kouen por su parte terminó de firmar los últimos documentos del día y salió de su oficina pasada las tres de la mañana. Estaba cansado, fastidiado, pero no quiso irse a dormir sin antes pasar a la biblioteca y ver a Alibaba. Esperaba que ya no estuviera en ella, pero se decepcionó cuando vio luz proveniente de la habitación. Y cuando ingresó, descubrió que Alibaba dormía profundamente sobre el sofá. Sobre la mesa, el trabajo ya estaba terminado.

—En vez de irse a dormir a su dormitorio el muy idiota —pensó Kouen en voz alta—. Oye, despierta —lo llamó, palmeándole la mejilla, pero Alibaba no reaccionó.

Al verlo con detención reparó en lo cansado que lucía debido al exceso de trabajo, por lo que en vez de intentar despertarlo, solo lo cubrió con su capa, pensando que esto ya se había vuelto costumbre, y que Alibaba se aprovechaba descaradamente de buena voluntad.

Se dedicó a observarlo unos momentos. No era primera vez que lo contemplaba mientras dormía. Antes de darle nombre a los sentimientos que tenía por Alibaba ya disfrutaba ver su rostro entregado al descanso. Le agradaba su expresión relajada y el acompasado respirar que subía y bajaba en su pecho. Con cuidado acarició sus labios, apenas rozándolos con la yema de los dedos, para luego subir hasta su cabello, cepillándolo y notando cuán sedoso era al tacto. Pero no pudo evitar fruncir el ceño cuando su vista se detuvo en aquel cuerno que tanto le molestaba. No lo entendía; simplemente le fastidiaba tan solo verlo, y siempre que tenía oportunidad tironeaba de este, haciendo enfadar a Alibaba.

Sonrió con cierta malicia al recordar esos particulares momentos y salió de la habitación, dejándolo dormir. Ya mañana le cobraría por su generosidad.

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Los rayos del sol llegaron directo al rostro de Alibaba. De inmediato, sintió el inconfundible aroma de Kouen cubriendo su cuerpo y a sus labios acudió una sonrisa de satisfacción. Se arrebujó un poco bajo la capa de la cual provenía tan agradable e inconfundible perfume y abrió los ojos lentamente, reconociendo el tranquilo ambiente al interior de la biblioteca. Supuso que tras trabajar casi todo el día el cansancio finalmente lo había vencido, derribándolo en el sofá.

Se removió intentando despabilarse y respiró el aroma de Kouen, resultándole agradable y nostálgico. Volvió a sonreír embriagado por su aroma y se puso de pie con los ánimos renovados. Aún estaba a tiempo para darse un baño, cambiarse de ropa y comer algo antes de presentarse en la reunión.

Dobló la prenda con cuidado y salió de la biblioteca con la intención de devolvérsela a Kouen antes de pasar a su dormitorio. Dobló el primer recodo con prisa y chocó con dos miembros del consejo real que se prestaban para asistir a la reunión.

—Lo siento —dijo, inclinando levemente la cabeza antes de retomar su camino.

Los dos ancianos, que no se molestaban en ocultar su desprecio por la presencia de Alibaba en el palacio, se percataron de lo que llevaba en sus manos.

—¡¿Esa es la prenda de su majestad?! ¡¿Qué haces con ella?! ¡Devuélvela en este instante!

Uno de los ancianos intentó arrebatársela, pero Alibaba lo esquivó.

—Ahora iré a devolvérsela —contestó sin vacilación.

—¡Desde que tú llegaste todo funciona mal en este país! —El otro anciano, el mismo que insistió en burlarse de Alibaba tras su llegada a Balbadd, lo señaló con su dedo acusatorio y alzó escandalosamente la voz. —¡Tu presencia es indeseable, sin mencionar que tu insolencia es imperdonable!

—Él nos engañó en aquella ocasión —dijo el otro anciano—. ¡No creas que no descubrimos tu mentira!

—Por eso ahora deberás inclinarte ante nosotros, o le diremos a su majestad que te expulse de este país por desacato.

Alibaba aguardó en silencio, evitando iniciar una pelea. Podía enfrentarlos o simplemente ignorarlos, pero de nada le servía oponerse a ellos pues solo los provocaría y metería en problemas a Kouen por intentar defenderlo.

Ahora su orgullo no importaba, tampoco dejarse llevar por las burlas de aquellos dos ancianos que lo despreciaban, por lo que se inclinó en el suelo aun cuando ellos no significaran nada.

—¡Inclínate con más respeto! —chilló uno de los ancianos, pisando la cabeza de Alibaba para obligarle a tocar el suelo con la frente. Y ejerció presión con tal fuerza, que estrelló su cabeza contra el duro suelo, escuchando con agrado un quejido de dolor—. ¡Es ahí donde debes permanecer siempre! —le dijo, disfrutando al verlo arrodillado ante él.

—¡¿Qué es lo que hacen?! —La voz de Kouen proveniente de las escaleras llamó la atención de todos.

—Su majestad, solo estábamos disciplinando a este niño insolente.

—Apártate —le ordenó al anciano—. Aquí nadie está para disciplinarlo.

—Pero su majestad.

Alibaba se levantó aturdido por el golpe y vio el rostro crispado de Kouen, que lo contemplaba con cólera.

"Seguro está enojado conmigo", pensó abrumado.

Parpadeó aún atontado por el golpe y notó que un líquido caliente escurría por su frente. Al palparse, vio que era sangre.

—Ustedes dos han sobrepasado todos los límites —masculló Kouen, encarando a ambos ancianos.

—¡Pero su majestad, este niño es un insolente y un mentiroso! —exclamó el anciano que lastimó a Alibaba—. ¡Nos engañó cuando dijo que inclinarse era un ritual para-!

—Eso ya lo sé —le interrumpió Kouen con hastío.

—¡Pero…!

—¡Suficiente! —El grito autoritario de Kouen enmudeció los alegatos de ambos ancianos. —¡Nunca más volverán a ponerle una mano encima, mucho menos faltarle el respeto!

—Kouen, no es necesario. —Alibaba sabía hacia dónde se estaba dirigiendo la conversación, por lo que intentó persuadirlo y aplacar su furia. —Fue solo un mal entendido.

—¡Los dos regresarán a Rakushou y me aseguraré que sean removidos de sus cargos!

—¡Pero su majestad!

—Kouen, por favor.

—Y deben saber que a partir de ahora, Alibaba deberá ser tratado como un príncipe del Imperio Kou.

Koumei, que presenciaba la discusión, se rascó con resignación la cabeza.

—Él es mi pareja —declaró Kouen—. Así que deben respetarlo como tal.

Quienes presenciaban la escena y participaban en ella quedaron estupefactos por tal revelación. Sin embargo, el único que reaccionó con enfado fue Alibaba. Supuso que en algún momento Kouen rompería su palabra y actuaría unilateralmente, pero nunca imaginó que lo haría bajo tales circunstancias, revelando algo tan importante, y que habían acordado mantener en secreto por el bien de los dos.

...Continuará...