11
Asesinato
Al día siguiente, la luz del sol golpeaba sobre nuestros desnudos cuerpos, calentándolos hasta que nos despertamos. Tras darnos una ducha juntos, nos vestimos y bajamos a la tienda. Había muchas cosas viejas, pero otras eran de fácil aprovechamiento, como las estanterías o el mostrador.
Tras un exhaustivo trabajo, quedó apta para poder trabajar. Tras hablar con los proveedores, nos hicimos con material suficiente. También contábamos con nuestras propias reservas y aquella misma mañana, sorprendentemente, inauguramos el local. Así nacía Sortilegios Weasley.
—Serán doce galeones caballero —le dije al mago que compraba los artículos de broma para su hijo.
—Gracias —pagó y se fue. Ese era el último cliente.
Fred aprovechó para colgar el cartel de cerrado mientras yo barría un poco la tienda. Mientras tanto, Verity, la chica nueva que habíamos contratado para ayudarnos, reabastecía una de las estanterías con productos de polvo peruano de la oscuridad.
Las cosas iban realmente bien, a pesar de que estábamos en una guerra ya declarada y todos los días había muertes y desapariciones. Cuando Verity finalmente se fue, yo apagué las luces y subí a la planta de arriba, la cual convertimos en un pequeño hogar.
Nuestra madre no aceptó que hubiésemos dejado el colegio, pero al ver lo bien que nos iba, acabó aceptando el cambio. Sin embargo, tuvimos que hacer frente al primer día que vino a la tienda para regañarnos por el escándalo que habíamos montado en la escuela.
La pequeña casa no estaba amueblada. Una puerta llevaba a un baño diminuto, y el resto era una sola habitación. A la derecha había una pequeña cocina, pero ni Fred ni yo sabíamos cocinar, por lo que siempre acabábamos por ir a cenar a algún sitio cercano, ya que nos los podíamos permitir.
No había sofás ni sillas. En el centro una alfombra escarlata y esponjosa sobre la que reposaban dos amplios colchones con las sábanas blancas revueltas. En la pared de la izquierda se encontraban varias mesas con revistas y en el fondo cajas con nuestros artículos defectuosos o futuras creaciones.
Fred se había puesto sus mejores ropas y esperaba a que yo me cambiase:
—Venga, date prisa, tenemos reserva en el Magic's Deli —me confesaba él insistentemente.
—Lo siento, lo siento. Estaba diciéndole adiós a Verity. Trabaja muy bien… —digo yo mientras me cambio —y creo que deberíamos subirle el sueldo.
Salí ya vestido, besé a Fred y bajamos abajo. Salimos fuera y caminamos por la empedrada calle hasta llegar a un restaurante cercano al taller de varitas de Ollivander, ahora cerrado. Estábamos cerca de la calle de los bares y restaurantes. Nos adentramos en el Magic's Deli, un restaurante llevado por magos italianos.
—Saludos, soy Fabrizio, y esta noche seré su camarero.
—Buenas noches, me llamo Fred Weasley y tengo reservada una mesa para dos.
—Acompáñeme señor Weasley.
Caminamos hasta un lugar apartado y nos sentamos. Nos dieron la carta y la miramos. Yo me pedí unos spaghettis boloñesa y Fred una lasaña. Pedimos además vino de elfo.
—Bueno, la tienda va muy bien —confesé yo.
—Cierto, pero creo que esto no durará mucho ¿sabes? Somos miembros de una de las familias más traidoras a la sangre y ahora estamos en el punto de mira.
—Tienes razón, pero lo mejor es que disfrutemos hasta el final. ¿Has visto los nuevos carteles? Creo que podríamos hechizarlos.
—Me parece una excelente idea. ¿Cómo está Katie?
Hace unos días recibí la noticia de que Katie Bell había sido atacada en Hogsmeade, y llevada a San Mungo, donde fui a verla.
—Bien, aunque aún no ha despertado.
Seguimos cenando hasta que terminamos y nos vamos a un pub cercano, La Hechicera, donde tomamos algo y bailamos. Finalmente volvimos a la tienda para dormir, aunque sólo Fred lo hacía.
Yo tenía la vista fija en el techo. El Señor Tenebroso había vuelto hacía ya casi un año y era cierto que mi familia estaba en grave peligro, como el reloj de mi madre se afanaba en recordarles a todos. Y yo temía por Fred. Al final, el sueño me venció a mí también y me dormí.
El que tuvo que ser nuestro séptimo año acabo con la para nosotros. Dumbledore había sido asesinado nada más y nada menos que por Snape. Consternados, asistimos al funeral del director. Permanecía sentado sobre la silla y Fred me tomó la mano.
Yo me alarmé.
―Tranquilo ―me dijo él. Todo el mundo estaba concentrado en la ceremonia y yo le permití que siguiese con su mano posada en la mía.
Tras terminar, paseamos por los terrenos.
―Supongo que seguiremos en la Orden, ¿no? Ahora somos mayores ―comentó Fred.
―¿Crees que seguirá habiendo una Orden? ―preguntó yo. Con Dumbledore muerto, era difícil de pensar.
Volvimos a la tienda. Pasamos el verano de manera tranquila. A veces íbamos a misiones con otros miembros de la Orden, siempre acompañados para aprender hasta que llegó un día en que pudimos ir solos.
Finalmente, llegó el día en que teníamos que escoltar a Harry para sacarlo de casa de sus tíos. Fred y George nos ofrecimos voluntarios para la misión, ya que Ojoloco buscaba a seis personas para ella. Ron y Hermione también se ofrecieron, e igualmente Fleur. Al final, Ojoloco obligó a Mundungus para unirse también.
Al rato, llegamos a casa de Harry. Esta estaba vacía, debido a que la Orden había escoltado a los familiares de Harry a un lugar seguro.
Conocíamos ya la misión. Tendríamos que tomar poción multijugos para adoptar el físico de Harry y confundir a los mortífagos, en caso de que apareciesen esa noche. Por supuesto, el propio Harry se negó a ello, pero finalmente aceptó. Tras tonar la poción, comprobé asombrado como delante de mí había seis réplicas de Harry Potter. Siete con la mía.
―¡Uau! ¡Somos idénticos! ―dijimos Fred y George a la vez.
―Sí, pero yo sigo siendo más guapo ―confesó Fred, que siempre se daba aires. Yo sonreía.
A los poco minutos nos encontrábamos subidos a sendas escobas, Fred con mi padre y yo con Remus. Miré a mi hermano durante un breve momento. Allí arriba estaríamos separados y quizás cabía la posibilidad de que no pudiese volver a verle. Le miré y no vi a Harry, ya que era exactamente igual a él, sino que veía a Fred.
Cuando Ojoloco dio la orden por fin, todos despegamos. Yo iba agarrado a Remus, con la varita bien sujeta atento a cualquier imprevisto. El viento frío de aquella noche de verano golpeaba en mi cara. Las negras nubes amenazaban tormenta. De repente, una marabunta de sombras negras montadas en escobas aparecieron de la nada.
―¡Seguidles!
―¡¿Dónde está?
Habíamos sido engañados y los mortífagos nos esperaban desde hacía un buen rato. Con mi varita apuntaba a los mortífagos más cercanos y disparaba hechizos.
―¡Desmaius!
Remus también lanzaba hechizos y maldiciones, pero aún tenía que gobernar la escoba. De repente, una gran sombra que volaba sin escoba ni nada que la sujetase se acercaba a nosotros. Me percaté de que era Snape, que me miró un momento, pensando que era Harry y me apuntó con la varita, gritando algo que no oí. La maldición golpeó en mi oreja y pude notar como la carne se desgarraba. A punto de desmayarme, Lupin pudo afortunadamente esquivar a los mortífagos y llegar a la casa franca de la Orden. Desde allí nos aparecimos en la Madriguera.
Remus me llevó adentro, donde mi madre me pudo curar lo mejor que pudo. Al rato apareció Fred. Me alegré de verle sano y salvo, pero me sentí fatal porque él me viese en ese estado. Pero él sólo me preguntaba qué tal estaba.
―Estoy doloído.
―¿Cómo? ―preguntó él extrañado.
―Doloído. Dolor de oído. Ido de oído, Fred.
Sonreí y él también. Por suerte, dentro de lo que cabía, todo salió bien.
Por la noche estábamos en nuestra habitación, ya que habíamos decidido pasar la noche en la Madriguera. Cuando por fin todo el mundo dormía, Fred se metió desnudo en mi cama. Me abracé a él.
―Me has tenido preocupado.
―Lo siento ―me disculpé yo.
―Creí que te iba a perder.
No dije nada. Era cierto que casi iba a morir.
―¿Has visto cómo se ha puesto papá? ―preguntó él.
Los dos reímos. Entonces lo miré a la cara.
―Prométeme una cosa.
Él me miró a los ojos.
―¿Qué?
―Somos miembros de la Orden. Cada día nos exponemos a mayores peligros. Prométeme que tendrás cuidado. Que... que no vas a morir.
Fred estaba serio. Me besó en los labios y me abrazó.
―Te lo prometo... Te quiero tanto.
Yo le abracé con fuerza hasta que nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente todos nos preparamos para la boda de Bill y Fleur. Yo iba con una venda en la cabeza hasta que se me curase la herida, por lo que constantemente me dedicaba a hacer gracias. Antes de la boda hubo dos eventos importantes, el cumpleaños de Harry y la visita inesperada del Ministro Rufus Scrimgeour.
Por la noche tuvo lugar finalmente la ceremonia y la fiesta. Observábamos como todo el mundo bailaba en torno a los recién casados.
―¿Quieres bailar? ―preguntó Fred, bromeando.
Yo me reí ante su ocurrencia.
―De acuerdo ―contesté yo.
Él se quedó sorprendido, pero caminó conmigo a la pista de baile y juntos bailamos una danza irlandesa, sin tocarnos demasiado para no levantar sospechas. Y no lo hicimos.
Terminamos de bailar y fuimos a beber algo.
―¿Sabes una cosa? ―me preguntó Fred.
―¿Qué? ―quise saber mientras le servía un poco de whisky de fuego.
―Lo tengo decidido. Llegará un día en que me case. Y lo haré con la persona a la que amo.
Yo lo miré extrañado, pero simplemente sonreí.
Entonces pasó algo. Un reluciente patronus entró en medio de la fiesta. Era el patronus de Kingsley. Todo el mundo se quedó callado.
―El Ministerio ha caído... El Ministro de Magia ha muerto... Ya vienen... Ya vienen...
Todo el mundo empezó a alarmarse. Algunas personas se desaparecían, mientras otras sacábamos nuestras varitas. Aquello no podía ser cierto, era la boda de Bill y Fleur. Entonces, una gran sombra apareció volando. Varios mortífagos se aparecieron y comenzaron a asesinar a los presentes.
Junto con Fred nos unimos a la pelea, ayudando a Bill, Ginny, Charlie y Percy. Mamá había ayudado a Fleur y a su madre y hermana a guarecerse, mientras aturdía a varios mortífagos, cosa que Fleur le ayudó a hacer.
Habíamos perdido de vista a Harry, Ron y Hermione, quienes seguramente se habían desaparecido.
Tras varios minutos, la lucha terminó con la victoria de los mortífagos. Tras eso, rastrearon la casa y los alrededores, pero no encontraron a Harry, amén de que nos interrogaron a todos. Un mortífago enorme cogió a Fred.
―Interrogaremos a este ―dijo él.
Yo grité, negándome. El mortífago me miró.
―Nos lo llevaremos a él también. Que mire cómo torturamos a su hermano gemelo.
Tiraron a Fred al suelo. El mortífago apuntó lo apuntó con su varita, mientras que Fred lo miró con odio y repugnancia, y gritó:
―¡Crucio!
Fred gritaba de dolor mientras un mortífago me sujetaba fuertemente para que no hiciese nada. Entonces, le di un pisotón al mortífago, le quité mi varita, ya que me la había revisado y grité:
―¡Desmaius!
Mi opresor cayó aturdido. Entonces, antes de que el mortífago torturador intentase algo, apunté con mi varita.
―¡Avada Kedavra!
La maldición asesina impactó contra el mortífago. Corrí hasta Fred y juntos nos desaparecimos, antes de ver cómo toda mi familia volvía a la carga. Pero nosotros nos aparecimos en nuestra tienda.
Fred se quedó tumbado mientras se recuperaba. Yo me senté en el suelo, con la espalda apoyada en la pared mientras respiraba agitadamente.
Había matado a un hombre. Sabía perfectamente que ese mortífago habría matado y torturado a mucha gente, terminando con mi hermano, pero era una sensación que no podía describir. Estaba muy asustado. Jamás había matado a una persona por mis propios medios y ahora estaba aterrado. Fred se levantó y caminó hasta sentarse a mi lado.
―Gracias ―dijo mientras me abrazaba.
―Fred... yo...
―No pasa nada... no pasa nada. Tuviste que hacerlo. No tienes por qué sentirte mal. Ese hombre mató a mucha gente.
Pero yo me derrumbé y comencé a llorar, mientras Fred me abrazaba y acariciaba el pelo, consolándome.
Los que leyeseis el fic por primera vez, recordaréis que esta parte no veía. Por ello a partir de aquí escribiré algo nuevo. Un saludo y espero que os haya gustado :)
PD. Gracias por los reviews y favoritos :D
