CAPÍTULO ONCE

El Nuevo Trabajo de Jorge Pablo

        Al bajar del escenario, Jorge Pablo sentía que le temblaba todo el cuerpo y que nunca antes había estado tan cansado.

Sin siquiera pensar en vestirse se desplomó sobre la primera silla que encontró a su paso, porque sentía que las piernas ya no podían sostenerlo más.  No le importó estar desnudo frente al diputado Torremora, frente a todos sus asistentes y frente a la secretaria principal... cerró los ojos y se tapó la cara con las manos, sin poder creer que había salido vivo de esa jaula de locas.

Repentinamente le cayó una toalla sobre los hombros y otra más sobre las piernas. 

Agradecido rodeo su cintura con la segunda toalla y abrió los ojos... miró de frente y se encontró con un vaso de whisky frente a la nariz... y con todos los asistentes, secretarios y ayudantes del diputado, que lo miraban con la misma admiración que antes habían mostrado frente al parlamentario.

Jorge Pablo se había convertido en el héroe que había evitado el desastre.  Había salvado la noche y ahora era el protegido especial del diputado Torremora.  Todos los que antes habían sido sus jefes, ahora eran sus subordinados y lo trataban con mucho respeto... hasta con servilismo.

  Además del vaso de whisky que le ofrecía la secretaria principal, había un asistente ofreciéndole un cigarrillo y otro más que le alargaba un encendedor con la llama encendida.

Jorge Pablo aceptó las tres cosas de muy buena gana.  Se tomó el whisky de un solo trago, se puso el cigarro en la boca y acercó la punta a la llama del encendedor, aspirando y luego soltando el humo por la nariz y la boca.

Habría soltado humo hasta por las orejas si hubiera podido...  Se sentía como un globo que se estaba desinflando al poder relajarse después de toda la tensión que había soportado sobre el escenario.

Pero sus preocupaciones todavía no habían terminado, porque el diputado Torremora había decidido ponerlo a prueba para ver si servía para otras tareas, además de bailar pilucho.

--Muy bien hecho    --dijo el parlamentario, radiante de felicidad--.  Estuviste fenómeno... de verdad... ¡¡Eso se llama tener pelotas!!

--Gracias...   --contestó Jorge Pablo sencillamente, porque no se le ocurrió nada más que decir.

El cigarrillo encendido le temblaba en la mano.  No podía dejar de tiritar como si tuviera frío y la verdad era que se sentía más pelotudo que con buenas pelotas.

--Pero todavía necesito que hagas algo más     --dijo el diputado--.  La vieja que casi nos jodió la campaña está todavía en el camarín.  Se está despertando y necesito que vayas a hablar con ella.  Parece que tú sabes cómo manejarla.  Oblígala a comprometerse a no molestarnos más y después me alcanzas en el estacionamiento.  Te espero afuera.  No te demores.

Con ese encargo el diputado pretendía ver si Jorge Pablo era capaz de cerrar un trato y ponerle condiciones a sus oponentes, sin provocar una nueva pelea.  Quería ver si el muchacho servía para llegar a ser un buen político, porque estaba decidido a ayudarlo a ascender dentro del partido hasta convertirlo en una figura importante.

Jorge Pablo comprendió que lo estaban poniendo a prueba y decidió aprovechar esa oportunidad lo mejor posible.

--Necesito mi ropa    --dijo tratando de levantarse, pero no fue necesario.

Tres asistentes se le acercaron trayendo su ropa bien doblada.  Se habían preocupado de tomar la camisa blanca del camarín, junto con sus calzoncillos, sus calcetines y sus zapatos.  Habían rescatado el pantalón que quedó tirado sobre el escenario... y hasta le habían conseguido una chaqueta para completar su traje.

Lo cubrieron haciendo una barrera con las toallas extendidas para que él se vistiera detrás. 

El muchacho se puso ropa interior, zapatos y pantalones... dejando la camisa y la chaqueta para más tarde, porque había decidido entrar al camarín haciéndose el importante y hablar con Marciala mientras terminaba de vestirse, alegando que no tenía mucho tiempo para atenderla.

Se puso de acuerdo con dos asistentes y caminaron todos juntos al camarín, mientras Jorge Pablo se ponía la camisa y metía los faldones dentro del pantalón, dejando algunos botones sueltos a propósito.

Marciala estaba sentada sobre una banca, sintiendo que la cabeza le daba vueltas y tratando de recuperarse de su reciente desmayo.  Jorge Pablo entró abotonándose el cuello de la camisa y Marciala se puso en pie de un salto, gritando indignada:

--¡¡Cómo es posible que tú trabajes bailando sin ropa, Jorge Pablo, por Dios!!  ¡Tú tienes una familia decente! ¿Qué van a decir tus padres cuando sepan esto?

--No soy desnudista    --respondió Jorge Pablo tranquilamente, mientras se abotonaba las mangas--.  Soy secretario personal del diputado Torremora.  Me subí al escenario sólo para hacerla callar a usted...    --dejó de mirar a Marciala un momento y le dijo secamente a uno de los ayudantes:    --Necesito una corbata.  Perdí la mía.

--Aquí tiene una, señor secretario    --dijo el asistente, sacándose su propia corbata y tendiéndola hacia Jorge Pablo.

Lógicamente, Marciala quedó impresionada.  Pensó que Jorge Pablo era un funcionario de verdad importante y se contuvo un poco, aunque igual siguió protestando muy enojada:

--Eso es peor todavía... Trabajas para ese hombre que defiende el aborto y eso es inmoral. Debería darte vergüenza ayudar al diputado Torremora.  Ese hombre es un indecente, un cochino, un chanta que no tiene ningún respeto por la moral y las buenas costumbres.

Jorge Pablo la miró con esa sonrisa malévola que dominaba tan bien... y respondió lleno de desprecio:

--¿Y Bosnia?...¿Usted se cree muy decente después de todas las cochinadas que dijo arriba del escenario?  Parecía una humorista profesional.  Cualquiera diría que se ha pasado toda la vida animando eventos en el barrio rojo.  ¡No venga a hacerse la santa!  Usted sabe mucho más de lo que quiere aparentar.  Se nota que le encantan los chistes cochinos y que los ha contado muchas veces.

Mientras los asistentes le ayudaban a ponerse la chaqueta del traje, el muchacho se echó a reír con sólo recordar algunas de las cosas que Marciala había dicho en el escenario... y comentó alegremente:

--A propósito de eso, tía... Ese chiste de la Coca-Cola era muy-muy bueno.  ¿Dónde lo aprendió?  Yo no sabía que las profesoras de religión supieran contar chistes como ese.  Seguro que al pastor de su iglesia le va a encantar cuando yo se lo cuente a él... y le diga quién me lo enseñó.

--¡Yo lo estaba haciendo por una buena causa!     --gritó Marciala, desesperada frente a la amenaza que contenían las palabras de Jorge Pablo.

--Eso no quita que sea seca para decir groserías y que se sepa algunos chistes cochinos que ni yo sabía.  Los apoderados tienen derecho a saber qué tipo de profesora está educando a sus hijos.  Yo debería ir a su escuela para la próxima reunión de padres... y contar todo lo que usted dijo arriba del escenario.

--No serías capaz de hacerme eso, Jorge Pablo...   --dijo Marciala, poniéndose pálida.

--¿Por qué no?  Sería una venganza justa... Usted me delató a mí cuando yo estaba en la escuela.  Por su culpa me expulsaron y expulsaron a todos mis amigos... Y por su culpa mandaron a la Katty a vivir al sur... y nunca más... yo...

Inesperadamente se le quebró la voz y una oleada de rabia lo sacudió entero.  Ni el mismo sabía lo mucho que le dolía ese recuerdo todavía.  No había vuelto a hablar de eso con nadie y nunca tuvo oportunidad de decirle a Marciala lo que pensaba de ella después de que los traicionó.

Jorge Pablo sintió que necesitaba aclarar las cosas con su antigua profesora de una vez por todas.  Sintió ganas de insultarla y decirle todo que sentía allí mismo, sin esperar a estar en un lugar y un momento más oportunos.

--Déjenme solo un rato    --le mandó a los asistentes--.  Necesito hablar en privado con esta señora.

Cuando los ayudantes salieron del camarín, Jorge Pablo cerró la puerta de un portazo y miró a Marciala con verdadero odio:

--Por su culpa nunca más volví a ver a la Katty...   --dijo con la voz silbante de rabia--...  y yo la quería.  Ella fue mi primer amor y me costó caleta olvidarla.  En realidad no la olvido.  Todavía me acuerdo de ella.

--Claro, si esa niñita te bailaba sin ropa cuando tenías trece años... seguro que tienes que acordarte de ella.

--¡Nunca nos desvestimos tanto!    --reclamó Jorge Pablo--.  Apenas nos sacábamos un par de cosas.  Era un juego.

--Era un juego que ustedes no tenían que hacer.  Estaban muy chicos.

--Si ya nos interesaba eso, es que no estábamos tan chicos...

--¿Y qué habría pasado si se hubieran entusiasmado y hubieran empezado a desvestirse más? ¿Qué habría pasado si hubieran empezado a tocarse y a tener relaciones sexuales?

--¿¿En la escuela??  No habríamos podido... Los recreos no son tan largos.

--Lo que hacían en la escuela era apenas el principio de todo eso, Jorge Pablo.  ¿Qué no entiendes?  Esas cosas empiezan lentamente como juegos atrevidos y después van aumentando hasta que se descontrolan.  Si los hubiéramos dejado seguir, tú y la Katty habrían encontrado la forma de verse fuera de la escuela y habrían terminado acostándose juntos.  Habría resultado un embarazo precoz... ¿Y qué habrías hecho con la Katty embarazada a los trece años?

Jorge Pablo se encogió de hombros y respondió con voz fría, casi cruel:

--Habría buscado la forma de pagarle un aborto clandestino...

Marciala lo miró indignada y respondió con la misma frialdad:

--Ya sabía... y por eso no lo podía permitir.

--¡¡Por qué no?!    --gritó Jorge Pablo furioso--.  ¿Qué le importaba a usted lo que nosotros hacíamos?

--¡¡Porque yo los quería como si fueran mis hijos!!    --respondió Marciala también a gritos--.    Y porque nada me gustaría más que tener a uno de tus hijos en mi sala, Jorge Pablo.  Tu hijo sería el único niño que llegaría a querer más que a ti... ¿Cómo se te ocurre que iba a permitir que mataras a un hijo tuyo y de la Katty?  Lo único que me quedaba por hacer era evitar que esa situación llegara a producirse.  Evitar el embarazo, separarlos de alguna manera... Pero fui muy cobarde y no hice nada.

--¿Qué no hizo nada?    --reclamó Jorge Pablo con tono irónico y furioso--.  Claro que hizo lo peor que podía hacer: usted nos acusó.  Usted fue la responsable de que nos echaran... y de que la Katty se fuera.

--Yo les había advertido que eso iba a pasar si seguían jugando a desvestirse.

--Pero no tenía por qué acusarnos.  Usted nos prometió que se iba a quedar callada.

--Fue lo mejor que podía pasarles.

--Para usted sería lo mejor, pero para nosotros fue entero mula.  Por su culpa me pegaron esa vez, tía... mi papá me llevó a la casa, me tiró en un sillón y me dejó el poto cuadrado de tanto pegarme con una correa... No me pude sentar en tres días.  Y después se llevaron a la Katty y yo...  (T.T)

Jorge Pablo se contuvo, sorprendido al notar que tenía los ojos húmedos.  Ciertamente, perder a su primera polola era lo peor que le había pasado... Él y Katty se habían querido como sólo pueden quererse dos adolescentes cuando aman por primera vez.

--Noooh  --siguió diciendo el muchacho cuando controló las ganas de llorar--.    No me venga a decir que fue lo mejor.  Nosotros confiamos en usted, y usted nos traicionó.  Nos prometió que se iba a quedar callada para que le contáramos cómo jugábamos en los recreos.  Dijo que iba a ser un secreto ente usted y nosotros... y cuando nos hizo hablar se fue corriendo a contárselo al director.  ¡Eso fue una mariconada!... ¡¡Nos cagaste la vida, vieja de mierda!!  ¡Nos jodiste a todos de puro puta hocicona y cartucha que eres!

--Es que yo no los acusé     --respondió Marciala tranquilamente, sin hacer caso de los insultos que había escuchado--.  Yo cumplí mi promesa, aunque ustedes no cumplieron la suya.  Me quedé callada y no dije nada.  No fui yo.

Jorge Pablo quedó con la boca abierta y no pudo decir ninguno de los otros insultos que había pensado.  Todos esos años había creído que la tía Marciala los había traicionado y esa traición lo llenaba de rabia.  Pero ahora parecía que en realidad se había equivocado... y que él no tenía ninguna razón para estar tan enojado con la tía Marciala.

--¿¿En serio??...    --preguntó sin poder creer lo que había escuchado.

--Puedes preguntarle al mismo director si no me crees.  El que los delató fue el inspector del colegio, que los vio por una ventana la última vez que se juntaron a bailar.

--No sabía.  Yo siempre pensé que usted...    --Jorge Pablo se sintió avergonzado y agregó humildemente :   --Perdone lo que le dije.

--No hace falta.  Tienes razón: fui maricona y no supe hacer nada bien.  Yo debí haberlos delatado.  Era mi deber como profesora informarle al director lo que estaba pasando, pero... Pero sabía que los iban a expulsar y no quería que se fueran...  Tú no eres el único que se quedó solo, Jorge Pablo.  Yo los perdí a todos ustedes.  El único que he vuelto a ver desde entonces eres tú... y mira donde te encuentro:  bailando pilucho como si fueras un vulgar...

--¡Epa!    --la atajó Jorge Pablo--   Mejor acuérdese dónde la encontré yo a usted:  subida en un escenario medio porno, contando chistes cochinos frente a un montón de viejas calientes.

Marciala se atragantó y ya no pudo seguir hablando.  Comprendió que estaba completamente derrotada.  Había perdido toda su autoridad moral.  Ya no podía venir a hacerse la santa ni decirle a Jorge Pablo cómo tenía que comportarse, porque ella misma se había portado bastante mal.

--¿Lo vas a contar en el colegio?   --preguntó con temor.

--Voy a ir para allá, pero sólo para ver si es cierto que usted no dijo nada.  Si me está diciendo la verdad, me quedo callado.  Pero...

--¿Pero qué?

--Tiene que prometerme que no va a seguir molestando al diputado Torremora.

--¡Eso no lo puedo prometer!

--Entonces la acuso.

--¡Me importa un cuesco!  Ya me han despedido antes por defender a los niños.

Jorge Pablo resopló con cansancio.  Sabía que era inútil discutir con ella.  Había una sola cosa que le importaba a Marciala y Jorge Pablo decidió probar a convencerla con ese último recurso:

--¿Tía...    --preguntó mirándola tiernamente con sus encantadores ojos verdes--   usted todavía me quiere como su hijo?

--Si fueras más chico te adoptaría     --respondió Marciala, medio en broma y medio en serio.

--¿Y no quiere verme feliz?

--Depende... ¿Verte feliz haciendo qué?

--Trabajando como secretario del diputado Torremora.  Si usted no me ayuda, me van a echar del partido y nunca más voy a encontrar trabajo.  Voy a tener que hacerme desnudista de verdad... ¿Eso quiere?

--No te creo.

--Lo digo en serio.  Mi futuro depende de usted... ¿Me va a fallar?

Marciala tuvo que pensarlo un rato... Pero no fue capaz de negarse.  No frente a Jorge Pablo... lo quería demasiado.  Sus alumnos eran su única debilidad.  Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por ellos... incluso renunciar a molestar al diputado Torremora, aunque en secreto decidió que buscaría otras formas de evitar que legalizaran el aborto.

--Vale...    --aceptó finalmente--.    Te prometo no volver a molestar.

Jorge Pablo la abrazó con cariño, le dio un beso en la frente y con un suave susurro se despidió diciendo:

--Gracias mami...

Esa simple frase, tan común para otras mujeres, llegó al corazón de la solitaria profesora y se clavó allí como una espada.  Los ojos de Marciala se llenaron de lágrimas y por primera vez en su vida perdió durante un rato la capacidad de hablar... Ni siquiera fue capaz de despedirse.  Sólo se quedó parada en medio del camarín, viendo como Jorge Pablo abría la puerta y salía, después de dirigirle a ella una última y serena mirada con esos hermosos ojos del color de la esperanza.

  Al llegar al estacionamiento, el muchacho se sintió tan aliviado como si se hubiera sacado un tremendo peso de encima.

Y no era sólo porque había llegado a un acuerdo con Marciala, sino porque había vuelto a recuperar la confianza en ella.

Cuando era niño, Jorge Pablo se había sentido encantado al saber que había otra persona, además de su madre, que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él.  Ese cariño que les había dado la tía Marciala había sido un refuerzo positivo para todas sus actividades. 

Se había sentido bien, se había sentido importante y digno de amor... y todas esas sensaciones agradables habían desaparecido cuando pensó que la tía Marciala los había traicionado.

Ahora, en cambio, todas esas emociones habían vuelto con más fuerza.  Se sentía mejor que nunca y estaba convencido de que todo le saldría bien en el futuro.

Y con esa poderosa confianza en sí mismo buscó el vehículo que lo estaba esperando con la puerta abierta... y caminó a reunirse con el diputado Miguel Torremora.

FIN