Hola a todos!
Les dejo este cap porque no creo poder actualizar mañana domingo y probablemente el lunes tampoco, así que prefiero dejarles este aunque no sea tan extenso.
En fin a Sammie que me preguntó si podría escribir en Inglés, la respuesta es no por lo menos no por el momento. Mi Inglés no es al 100% así que. Sorry but i can't write in English in this moment, maybe later.
Por último gracias infinitas a todos por seguir leyendo el fanfic y ahora si los dejo. Nos leemos el lunes o martes. Disfruten su fin de semana!
Esta es la adaptación de un libro y su historia le pertenece a Robyn Grady.
Diez
A la mañana siguiente, Rachel se arrastró hasta su consulta. Se sentía adormilada. No era de extrañar, teniendo en cuenta que apenas había dormido. Había estado dando vueltas hasta el amanecer, habría sido más fácil que Quinn la hubiera acompañado a la puerta. Así al menos no se habría despertado sola. Cuando pasó por delante del mostrador de recepción, Santana alzó la vista un instante antes de agachar la cabeza. Rachel miró a su alrededor. ¿Se había perdido algo?
–Santana, ¿va todo bien?
La joven la miró con expresión cohibida.
– ¿Qué tal tu fin de semana?
– ¿Mi fin de semana? –A Rachel se le quedó la boca seca– ¿Cómo has sabido que…?
Entonces vio la revista del corazón abierta sobre el mostrador y la foto a media página en la que salían Quinn y ella registrándose en el casino el sábado por la tarde. Sintió que le fallaban las piernas y se apoyó en el mostrador.
– ¿Es esta la única foto? –gimió.
–En esta revista. Pero el viernes salió otra –Santana sacó otra del cajón del escritorio doblada por la página en la que la que salían Quinn y una mujer sin identificar a la que estaba besando en la entrada de un edificio de apartamentos.
Santana se revolvió incómoda en la silla.
–Supongo que la mujer a la que está besando Quinn Fabray eres tú.
Rachel se apoyó en el borde del mostrador y alzó la cabeza. Aquello era peor de lo que había imaginado. Como Santana había sugerido, no quedaba claro quién era la mujer en la foto del beso, pero no hacía falta ser muy listo para sumar dos y dos tras la foto aclaratoria de la Costa de Oro.
Ella sabía que era posible que hubiera una filtración así y, sin embargo, había seguido viéndola de un modo íntimo.
Entonces lo entendió con claridad. Si le daba a Quinn lo que quería el miércoles cuando le hiciera la evaluación, todo el mundo pensaría que la había engatusado o, peor aún, que había sido sobornada.
–No estoy para nadie –murmuró recolocándose la bolsa al hombro y dirigiéndose hacia su despacho, pero Santana no iba a dejar que su amiga se saliera con la suya tan fácilmente.
–Rachel, por favor, habla conmigo. Esto es muy importante. Dios mío, ¡Quinn Fabray! –se llevó la mano al corazón–Apuesto a que besa de maravilla. ¿Imaginaste en algún momento que se enamoraría así de ti?
Rachel se detuvo y se estremeció. Tal vez hubiera más fotos que no había visto. Cielos, esperaba que no hubiera lentes telescópicas apuntando aquella noche hacia la playa.
–Le estaba diciendo a mi amiga Marley –continuó Santana–que el otro día cuando estuvo aquí te miraba con deseo, y al ver que no venías a comer no quise decir nada pero la imaginación se me disparó.
–Santana –Rachel miró preocupada hacia la puerta de entrada–No quiero que vayas contando esas cosas.
Santana parecía confundida.
–Pero Rachel, todo el mundo lo sabe. Está en los periódicos y en Internet. ¿Qué tiene de malo?
Rachel se apoyó en el mostrador porque le temblaron las piernas. Quinn tenía fama de salir con actrices y supermodelos. La prensa la crucificaría.
Se escuchó un arañazo en la ventana y Rachel se giró. A través del cristal vio a un hombre de pelo enmarañado antes de que el flash de una cámara profesional la cegara.
Cubriéndose los ojos, se precipitó a cerrar las persianas mientras Santana cruzaba a toda prisa el umbral.
–Rachel, hay un periodista en el recibidor.
Una persona iba pisándole los talones a la recepcionista. Era un joven de gafas que alzó una pequeña grabadora.
–Me gustaría escuchar sus declaraciones, señorita Berry. La gente quiere saber más sobre la última conquista de Quinn Fabray –aseguró acercándose–Fue usted campeona del mundo de surf hace unos años. ¿Tiene algo que decir sobre su accidente? ¿Sabe Quinn Fabray que lleva una prótesis? ¿Se compara usted con las mujeres con las que suele salir ella habitualmente?
Santana tiró del brazo del periodista y trató de apartarlo, pero Rachel le hizo una señal para que lo soltara.
–Quiere usted una respuesta, ¿verdad? –le preguntó.
El periodista asintió pensando que iba a recibir unas declaraciones que valdrían la pena, pero Rachel se agarró al marco de la puerta para tomar impulso, echó la pierna hacia atrás y le dio una patada con todas sus fuerzas en la espinilla.
–Esta es mi respuesta –anunció cuando él dio un salto y aulló.
Santana la miró con asombro mientras ella cerraba la puerta con pestillo.
Rachel escuchó cómo su amiga echaba al periodista de allí y sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. El reportero no había dicho nada nuevo sobre el accidente, la pierna y el hecho de que resultara extraño que una mujer como Quinn Fabray la encontrara atractiva. Finn desde luego no la había visto así después de aquel día.
Sonó su teléfono móvil. Lo sacó del bolso y vio en la pantalla que era Quinn quien llamaba.
– ¿Estas libre para comer? –le preguntó ella al otro lado–Hay un restaurante al que quiero llevarte, pero no es fácil encontrar sitio. Quería reservar temprano.
–Sabes lo de las revistas, ¿verdad? –le dijo Rachel sin rodeos.
El silencio al otro lado de la línea terminó con una expulsión de aire.
–Sí.
–Por eso has llamado. Querías saber si yo también lo sabía.
–Lo siento, Rachel –volvió a suspirar.
–No es culpa tuya –aseguró ella–. Sabíamos que iba a ocurrir.
– ¿Y estás bien?
Rachel pensó en el fotógrafo rascando en la ventana, en el periodista que irrumpía en su consulta haciendo preguntas groseras. Sin duda a Quinn le preguntarían qué encontraba de atractivo en una inválida como Rachel Berry.
Aspiró con fuerza el aire. En peores plazas había toreado. Sobreviviría.
–Estaré allí a las nueve para nuestra sesión, pero no puedo salir a comer.
– ¿No puedes o no quieres?
–Quinn, tenemos unos días muy intensos por delante. Concentrémonos en eso.
– ¿Seguro que estás bien? –le preguntó Quinn preocupada. Le dijo que sí, pero en realidad quería decir que lo estaría pronto. Estaba deseando que llegara el miércoles y pasara. Y sabía que Quinn también.
Quinn y ella trabajaron intensamente lunes y martes. Le dijo que prefería que no se vieran de un modo íntimo hasta que aquello hubiera pasado. No volvieron a hablar de las fotos. Quinn no mencionó si algún periodista había intentado que hiciera una declaración.
Cuando llegó el miércoles, Rachel fue a la mansión de Rose Bay y puso a prueba el hombro de Quinn. No se contuvo y estuvo vigilante para captar cualquier señal de debilidad o de dolor, pero ella no mostró rastros de dolor ni de fatiga. Cuando la evaluación hubo terminado, Quinn volvió a ponerse la camisa.
–Bueno, doctora, ¿cuál es el veredicto?
Rachel se cruzó de brazos y alzó la barbilla.
–Basándome en lo que he visto hoy, en los progresos que has hecho…
Quinn dejó de abrocharse la camisa y frunció el ceño.
– ¿Luz verde o luz roja?
Ella sonrió.
–Verde. En mi opinión tu hombro tiene la fuerza suficiente para soportar las condiciones de la conducción profesional.
Quinn dio un puñetazo de felicidad al aire, aunque tuvo la precaución de hacerlo con el brazo izquierdo. Luego la atrajo hacia sí y la besó con tierna pasión.
Rachel sabía que había tomado la decisión correcta, y solo tenía que esperar a que Quinn ganara esa carrera de Pekín y luego se pusiera en contacto con ella para ver cómo y dónde lo iban a celebrar. Tal vez para el mundo fueran una pareja extraña, pero Quinn no utilizaría sus sentimientos ni su confianza para conseguir lo que quería. No después de todo lo que habían compartido.
Quinn agarró el teléfono que había dejado en un banco al lado de las cintas de correr.
–Tengo que llamar al mánager del equipo. Hay que hacer mucho papeleo.
Rachel lo entendió perfectamente y fue a recoger su bolsa.
–Claro. Me voy. Cuando llegue, arreglaré lo del informe con tu asistente.
Quinn le sostuvo la mirada, pero ella sabía que no la estaba mirando. Seguramente estaría imaginando a la multitud que la aclamaría el fin de semana. Estaba anticipando la emoción de volver a estar en el asiento del coche haciendo lo que mejor sabía: competir y ganar. Estaba emocionada y tenía todo el derecho del mundo a estarlo.
Quinn dejó el teléfono y se acercó a ella. Con expresión feliz y orgullosa, pero también distraída, la agarró de los antebrazos.
–Podemos celebrarlo la semana que viene. Mientras tanto… ¿puedes subirte a un avión hoy a última hora?
Rachel se quedó boquiabierta.
– ¿Una avión… a China?
–Los entrenamientos empiezan mañana.
Rachel sintió un nudo en el estómago. Había dado por hecho que Quinn se subiría a su avión privado y se concentraría solo en ganar. ¿Quería que volara con ella a
Asia?
–No puedo. Tengo trabajo.
Responsabilidades. Ella lo sabía.
Quinn apretó los labios.
–No tiene sentido tratar de convencerte, supongo, pero puedo estar de vuelta el martes. Entonces lo celebraremos.
Ella asintió, le dio un beso y se dirigió hacia la puerta.
–Te acompaño.
Mientras avanzaban por el pasillo, Rachel trató de no pensar en que no le ponía la mano en la espalda, como había hecho aquellos últimos días. Tenía la mente a miles de kilómetros de allí.
Quinn salió con ella al patio.
Sin saber si besarla otra vez, estrecharle la mano o decirle adiós sin más, Rachel se limitó a desearle suerte y se dirigió hacia las escaleras. Estaba a punto de bajar el primer peldaño cuando la mano de Quinn tiró de ella.
–Un beso más y dejaré que te vayas.
–No –Rachel se apartó–Podría haber objetivos apuntando hacia aquí.
Pero Quinn sonrió, bajó un escalón más y ella dio otro paso atrás. Entonces fue como si el suelo desapareciera bajo sus pies y cayó hacia atrás sin nada donde agarrarse. Estaba a punto de caer cuando la agarraron de la cintura.
Casi sin aliento, recuperó el equilibrio y la compostura. Miró justo a tiempo para ver cómo a Quinn se le salía el brazo derecho, cómo componía una mueca de dolor y se sujetaba el hombro mientras apretaba las mandíbulas con fuerza.
Cuando Quinn vio que la estaba mirando, soltó la mano, cambió de expresión y echó los hombros hacia atrás.
Rachel se acercó a ella para tocarle la articulación.
–Oh, Dios, Quinn, te has hecho daño. Por favor, déjame ver.
Quinn se apartó. Parecía debatirse entre la sonrisa y la mueca de dolor.
–Estoy bien. ¿No ibas a escribir un informe?
Rachel la observó y tragó saliva. Estaba preocupada y se sentía culpable.
–Lo siento –lo sentía más de lo que ella podía imaginar–Pero no te creo.
Quinn entornó los ojos y exhaló con fuerza el aire por las fosas nasales.
– ¿Quieres una prueba? –apretó el puño de la mano derecha y lo subió casi hasta la cintura antes de volver a bajarlo.
Muriéndose por dentro, Rachel se mordió el labio inferior. No había sido capaz de levantar más el brazo.
–Haremos otra evaluación –aseguró con su tono más profesional.
– ¡No más pruebas, maldita sea! Estoy lista para conducir.
–Lo siento, Quinn. Lo siento muchísimo –sabía lo que significaba para ella–Pero creo que no estás preparada –alzó las manos en un gesto tranquilizador_Trabajaremos en ello, ¿de acuerdo? ¿Cuándo es tu siguiente carrera después de China? ¿Dentro de dos semanas? Si nos esforzamos…
–Tengo que hacer una llamada –la cortó con el rostro ensombrecido por la rabia– Si me disculpas… Se giró sobre los talones y dejó a Rachel con la boca abierta mientras le cerraba la puerta en las narices.
A la una de la tarde, Tina Cohen Chang llegó a la consulta de Rachel.
Santana la guió directamente a su despacho. Tina era una mujer con rasgos asiáticos, atractiva y muy educada, recordó Rachel levantándose del escritorio. Y cien por cien dedicada a Quinn Fabray.
Se preguntó si Quinn habría abusado de la confianza de su asistente, como había abusado recientemente de la suya. No olvidaría fácilmente cómo le había cerrado aquella gigantesca puerta en la cara.
–Tengo un mensaje de Quinn –dijo Tina tras estrecharle la mano–. Quería entregártelo yo misma, en persona.
Rachel sintió un nudo en el estómago y murmuró que se lo agradecía, luego abrió el sobre con manos temblorosas y leyó las líneas aguantando la respiración.
Rachel:
Gracias por todos tus esfuerzos. Tras hablar con el mánager del equipo y con el médico, hemos decidido que mi situación podría beneficiarse de otro punto de vista.
Te agradezco el tiempo y la dedicación que has tenido conmigo hasta la fecha. Me pondré en contacto contigo cuando haya vuelto a competir.
Afectuosamente,
Quinn Fabray.
Sintiendo como si le hubiera estallado una bomba en la cara, Rachel dejó la carta.
–Está… decepcionada –explicó Tina, como si eso fuera una excusa.
¿Quinn estaba decepcionada? Rachel se dejó caer otra vez sobre la silla.
–Yo también.
Sobre todo porque hubiera enviado a Tina a hacer el trabajo sucio. Apostaba a que no era la primera vez.
Como buena asistente, Tina siguió disculpándola.
–Tienes que entenderlo. Las carreras son la vida de Quinn. No sería campeona si no centrara todos sus esfuerzos en ganar.
Pero Rachel seguía digiriendo la brevedad y el tono formal de la nota. La arrugó con la mano. ¿De dónde había sacado que podía tratarla así, a ella o a cualquier mujer? Tres días antes estaban juntas, riéndose, haciendo el amor y compartiendo cosas.
Tragándose el dolor y el orgullo, apartó de sí la nota.
–Puedes decirle a la señora Fabray que esperaba más de ella, aunque no se lo merezca. Quinn solo piensa en sí misma y en su carrera, y utilizará a cualquiera para conseguir sus propósitos.
Incluida tú.
Tina miró al suelo, luego dejó escapar una bocanada de aire y se dio la vuelta.
–Buena suerte, Rachel.
Rachel seguía todavía sentada y furiosa cuando Santana entró y cerró la puerta tras de sí.
– ¿Quieres hablar de ello?
–He sido una idiota –admitió Rachel–He hecho exactamente lo que juré que no haría. He tenido una relación con una clienta, y no con una clienta cualquiera– miró la nota arrugada.
Nunca le había reprochado a Finn lo mal que le había parecido su actitud tras el accidente, pero en ese momento no se sentía tan bondadosa. Deseaba con todas sus fuerzas darle a aquella engreída una lección de moral.
Al regresar de Rose Bay aquella mañana le había contado todo a Santana. Su amiga la había abrazado y volvió a hacerlo entonces.
–No ha sido culpa tuya, Rachel. Eres humana.
Rachel gruñó.
–Al parecer, ella no tiene ese problema –se reclinó en la silla y se quedó mirando al techo.
Tenía que enfrentarse a la realidad. La había utilizado.
Era una auténtica idiota.
