Los personajes son originales de Rumiko Takahashi, la historia es completamente mía.

(Advertencia de semi-lemmon)

¡Qué la disfruten!


Capitulo 10: Buscando la felicidad

Kagome se despertó con la sensación horrible de ojos hinchados que apenas se pueden abrir. Tomó nota mental de eso, tendría que llorar menos en el futuro, aunque estaba segura que había derramado las lágrimas suficientes para al menos un año. Se acurrucó en el futón debajo de las sabanas, tratando de recordar cómo rayos había vuelto a la cabaña de la anciana Kaede la noche anterior, pero se sentía demasiado desanimada para pensarlo y tampoco podía seguir prolongando lo inevitable, eso sí que lo sabía.

En ese momento la anciana Kaede entró por la puerta, como si la hubieran invocado. Y Kagome se vio obligada a incorporarse y sentarse rígidamente ante su presencia solo por la tensión que sentía ante ella.

—Te has despertado pronto —comentó Kaede con su voz ronca amable de siempre.

—Si bueno…

—Aprovechemos la mañana, hoy vamos a visitar un templo y a presentar unas cuantas ofrendas a los dioses.

—Abuela Kaede.

—¿Si, Kagome?

—Yo… yo ya no quiero ser más una sacerdotisa —declaró con una calma que no sentía.

Bien, finalmente lo había dicho. No precisamente la verdad, ¿pero realmente importaba? En esencia era lo mismo: no sería más una sacerdotisa, así que ¿qué importaba si era por gusto o por impotencia? Prefería que la abuela Kaede pensara que era su elección no serlo más, y además no quería involucrar a Inuyasha y hacerlo ver como responsable de algo de lo que sólo ella se tenía que encargar.

Kaede la miró un momento que le pareció eterno, luego suspiró e inclinó su cabeza cerrando los parpados a medias, mostrando una sonrisa melancólica que puso en guardia a Kagome. Probablemente se avecinaba algún sermón para hacerla cambiar de opinión, y lo entendía, ella habría querido desempeñar esa tarea por un tiempo indefinido, pero no importaba lo que Kaede dijera, rotundamente ella se iba a negaría.

—Lo entiendo. —La anciana la miró a los ojos, entonces, después de un suspiro agregó—: Después de todo, querrás ser una mujer normal, ¿no?

Kagome ocultó su mirada, sintiendo como si los ojos le picaran. Se molestó. Estaba segura de que ya se le habían acabado las lágrimas, no tenía porqué llorar sólo por sentirse culpable por desatar en Kaede conclusiones erróneas. ¡No había mentido! O al menos no del todo, una verdad a medias también valía.

—Si… supongo. —¡Mentirosa! Se recriminó apretando la mandíbula.

—Mi hermana Kikyou… ella, ella también lo deseaba —reveló Kaede con voz meditabunda—. Pero no podía, porque con los poderes que tenía era la única para proteger la joya de las cuatro almas, así que no tenía elección. Recuerdo que siempre la veía mirar con añoranza a las otras jovencitas del pueblo; tocaba las telas que vendían los mercaderes sabiendo que jamás podría usar alguna. Yo habría dado lo que fuera por cambiar el lugar con ella y permitirle ser feliz, pero eso era imposible —negó la anciana con melancolía—, yo nunca tuve un don tan poderoso como el de ella… o como el tuyo —agregó—. Tú eres diferente de mi hermana, Kagome, porque tú si puedes elegir. Tu poder ya no es imprescindible pues ya no hay amenazas tan imponentes, y por lo tanto, si tú lo deseas, puedes ser una mujer normal. ¿Sabes? No esperaba que quisieras ser una sacerdotisa siempre —confesó—. Eres una buena persona, también responsable y con mucho poder, pero eres impulsiva y te dejas guiar mucho por tus sentimientos. Tarde o temprano renunciarías para seguir a alguien —finalizó Kaede, haciendo un remarcado énfasis en el "alguien".

La joven estaba sinceramente sorprendida y terminó observando a la anciana de frente. Kaede le ofreció una apaciguadora sonrisa y salió de la cabaña después. Genial, ahora sus ideas estaban revueltas. ¡Su cerebro era un desastre! Para evitar confundirse aún más y deprimirse otro tanto, decidió que lo mejor sería salir y buscar a Sango, quizás ella le prestaría uno de esos kimonos diarios para usar. Suspiró. Extrañaría el amplio y cómodo hakama, caminar con soltura con un kimono no sería fácil.

Era extraño, meditó mientras el sol la iluminaba de frente, las palabras de la anciana Kaede no dejaban de dar vueltas en su cabeza, y debía admitir que al principio se sintió menospreciada cuando se creyó comparada con Kikyou. No podía evitarlo, aún retenía ese complejo de inferioridad. Una y otra vez buscaba explicaciones para justificarse: Kikyou había sido mejor sacerdotisa, pero había entrenado para serlo toda su vida, mientras que ella apenas había descubierto si quiera que tenía esa clase de poder, y aún así, eso no lograba satisfacerla del todo. Nunca le tuvo odio a Kikyou, pero siempre estuvo muy celosa de ella, en los últimos momentos de vida de su antecesora se sintió realmente culpable por haberlo hecho, se dio cuenta por primera vez con mucha consciencia, que para tener algunas cosas había que sacrificar otras. Kikyou había sacrificado su humanidad y su existencia como mujer para convertirse en una herramienta, Kaede le había dado a entender que ella podía elegir vivir como una persona normal una vida feliz, que no necesitaba hacer tal sacrificio. Ella nunca había visto su tarea de sacerdotisa como tal; quizás se debía a que había llevado una infancia y una adolescencia diferente rodeada de una cálida familia.

Kagome se detuvo, observando a la gente trabajando en los campos de arroz, hombres y mujeres, todos sembrando los granos que cultivarían meses después. Probablemente ella tendría que unírseles para emplear su tiempo en algo. Volvió a suspirar, y cuando soltó el aire se dio cuenta que se sentía mejor; no muy feliz que digamos, pero la tristeza ya no estaba arraigada en su pecho provocándole malestar.

«Tarde o temprano renunciarías para seguir a "alguien"» Kagome se sonrojó porque Kaede le había recalcado con predeterminada "sutileza" la última palabra, sabiendo que ella entendería a quien se refería. Sin embargo, ella jamás habría renunciado a su tarea si Inuyasha no se lo hubiera pedido por más que lo deseara, e Inuyasha, a su vez, jamás le pediría tal cosa. La idea la decepcionó pero trató de no prestarle importancia. Y mientras tanto, seguía rondando en su cabeza la molesta prerrogativa de qué sería de ella a partir de entonces.

...

Habían transcurrido al menos tres o cuatro días desde que habían llegado a la aldea. Inuyasha había mantenido su distancia con Kagome pero no había dejado de vigilarla a escondidas. Desde que la había visto llorar no dejaba de preguntarse la razón por la que se había puesto tan mal. Él también se había mantenido alejado igualmente de todo el resto del mundo: Sango, Miroku, Kaede, Shippou, la niña esa: Rin, y los aldeanos en general. Temía que alguien pudiera preguntarle algo que no quisiera decir, así que lo más sensato era mantenerse fuera de su alcance. Pero estaba hartándose de ver todo sin saber de qué iban las cosas. Kagome no traía más su haori y su hakama de sacerdotisa, ahora lucía como cualquier otra mujer de la aldea uno de esos muy poco prácticos kimonos. ¿Por qué habría hecho semejante tontería? Con esa prenda inútil no podría pelear o correr cuando hubiera un youkai amenazándola. También la había observado ir de un lado a otro en la aldea; llevaba cosas, traía otras, jugaba con los niños o les enseñaba algo. El colmo había sido cuando la había visto recogerse las mangas del kimono atándolas y luego alzándose las puntas de abajo llevándolas hasta la cintura dejando al descubierto sus pantorrillas desde sus rodillas hasta sus tobillos. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Qué estupidez se le había cruzado por la cabeza para creer que podía enseñar parte de sus piernas a todo el mundo?

Decidido a darle una buena sacudida —seguro de que eso la haría entrar en razón— Inuyasha salió de su escondite, y se dirigió a Kagome en una actitud que no dejaba lugar a reclamos o reticencias. Sin embargo, cuando llegó frente a ella toda su fuerza de voluntad quedó más blanda que papel mojado.

—¡Inuyasha! —Es verdad que ella se había sentido muy avergonzada durante mucho tiempo, incluso ahora no sería capaz de tocar el tema delicado de lo ocurrido entre los dos con él, pero realmente lo había extrañado mucho esos días en los que él no había estado. Así que al saludarlo, no había podido evitar que sus ojos se iluminaran al vislumbrarlo—. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

Kagome le había mostrado una alegría que no había visto desde hacía semanas. ¿Cómo podía él imponerse ante algo así?

—Nada —contestó gruñón—. ¿Qué demonios haces?

—Voy a ayudar a sembrar arroz. Desde ahora ese es mi trabajo.

—¿Bromeas?

—No, en absoluto. —Inuyasha entornó la mirada en ella, arqueando después una ceja en símbolo de incomprensión, obviamente él esperaba una explicación—. Inuyasha—comenzó Kagome llenándose de valor—, ya no seré más una sacerdotisa.

—¡¿QUÉ?

—No estás sordo, no voy a repetírtelo —espetó ella, ahora enfurruñada, ¿sólo para eso había aparecido el tonto? ¿Para hacerla enojar?

—¿Pero en qué demonios estás pensando? Tú eres una sacerdotisa —enfatizó — ¿Por qué querrías dejar de ser algo para lo que…? —Inuyasha detuvo la retahíla cuando se descubrió repitiendo las palabras que le había escuchado decir a Kagome en el bosque… de alguna manera lo que había dicho antes y lo que hacía ahora estaban interconectados, y él definitivamente iba a descubrirlo.

—Me esperan —interrumpió Kagome sus pensamientos— así que me voy.

—Iré contigo —sentenció.

—Oh… de acuerdo —concedió sin más, sonriendo secretamente por miedo a que Inuyasha pensara que lo hacía por burlarse de él. Pero la verdad es que estaba contenta de que él estuviera un tiempo a su lado. Había olvidado lo feliz que eso la hacía.

El día había seguido así su curso. Ambos habían estado trabajando en los campos de arroz y mientras que Kagome parecía contenta él lo sentía como un castigo. Era una fortuna que entre tanta gente y en el agua percibiera más tenue el aroma de Kagome, pero eso no disminuía en nada su percepción de ella, cada uno de sus movimientos, el sudor que le escurría por la frente y por su cuello con el arduo trabajo. En algunos momentos se descubrió así mismo tratando de imaginar que había debajo de su kimono, y mantener tales pensamientos alejados de su cabeza había sido poco más que un sacrificio. Al final de la jornada, cuando se aseguró de que Kagome no enseñaba nada más de lo debido, se volvió a perder en el bosque, más específicamente en ese bendito río. Estaba seguro que un poco más dentro del agua y se convertiría en un pez, pero no le importaba, hasta ahora esa fría humedad era lo único que medio lo sosegaba de una excitación que no podía controlar.

Ya entrada la noche, sumergido aún en las aguas del río, tuvo que prestar atención cuando en el bosque le pareció escuchar a Kagome. ¿Su imaginación estaba alcanzando límites insospechados o realmente era ella?

—¡Inuyasha! —Bien, no era su imaginación—. ¡Inuyasha! —De inmediato salió del agua y corrió en dirección del sonido. Kagome estaba muy cerca de allí y cuando ella lo vio corrió hacía él y cayó de rodillas a sus pies—. Inuyasha, Inuyasha —repetía una vez tras otra con ojos angustiosos y respiración agitada.

—Está bien, ya estoy aquí. —No necesitaba preguntar, se había percatado desde que había salido del agua de que ella lo necesitaba.

Aunque Inuyasha tenía la ropa mojada, a Kagome no le molestó, al levantarse, pegarse a él y rodear su cuello con los brazos para alcanzarlo y clavar sus colmillos en su carne. Inuyasha tuvo que apretar con fuerza la mandíbula, pero su voluntad no estaba dispuesta a resistirse como siempre hacía, ni siquiera hubo una lucha mental, había estado deseando ese momento con locura, y estaría todavía más loco si se intentaba resistir. Quizás fuera aprovecharse de Kagome, pero eso no pareció importarle mucho tampoco.

De pie como ella estaba, fue extremadamente fácil deshacer el nudo de su obi, y fue entonces cuando Inuyasha realmente comprendió lo benéfico que podía ser un kimono cuando éste se abrió y todo en ese cuerpo femenino estuvo expuesto a merced de sus manos hambrientas. Siguiendo una trayectoria ya antes trazada no tuvo reparos en desgarrar el vendaje de su pecho con sus garras y luego sentir sus senos, la curvatura de la cintura, hasta llegar a sus nalgas trazando líneas rojas en la delicada piel. Fue de gran ayuda para él cuando ella se colgó de su cadera con ayuda de sus piernas, eso le hizo más fácil deslizarse hasta el suelo y depositarla allí; sin embargo ella se había aferrado tan fuertemente a él, que le fue difícil moverse y acomodarse en el ángulo exacto para comenzar su ritual.

Estaba repitiéndose todo de nuevo, todo por lo que habían luchado dejar atrás y que sin embargo sabían, muy en el fondo, que volvería a pasar. La diferencia era que antes se movían sin saber que hacían, y ahora aún cuando lo sabían, tampoco les importaba. ¿Cómo detener algo que tu cuerpo ha estado anhelando con dolorosa insistencia? No, no se detendrían, no harían si quiera el intento. Y así, todo sucedió tan rápido, en una vorágine en la que no habían existido las palabras, ni caricias o ternura. De nuevo se anteponían instintos salvajes y deseos profundos a los que sólo se les da rienda suelta cuando uno ya no tiene miedo de las consecuencias.

Kagome se asió con todas sus fuerzas a Inuyasha, quería sentirlo muy cerca de ella —fundirse con él—, porque en ese momento él era como un salvavidas en medio del océano de un éxtasis que no podía dominar o moderar, y que solamente podía apagarlo con su ayuda.

El momento había pasado, sólo lo básico. Una sesión de apareamiento animal e irracional, crudo y vulgar. Kagome no estaba feliz con eso, pero por el momento se sentía satisfecha. Como Inuyasha, quien después de la última envestida se derramó dentro de ella y se desplomó aliviado sobre el cuerpo femenino de la mujer que ya no mordía más su cuello.

Tardaron para recuperar el aliento, las fuerzas y las ganas. Ya habían pasado por eso, ya habían pasado por el miedo y por la vergüenza, no podían repetir la misma escena, aunque ¡qué fácil sería! Pero no lo harían, porque al hacerlo… al hacerlo tendrían que separarse, y aunque sus cerebros lo ordenaban sus cuerpos disponían lo contrario.

—Lo volvimos a hacer —comentó con voz casual Kagome, cuando Inuyasha se echó a un lado.

—Sí —atinó a responder él.

Kagome se cerró el kimono lo mejor que pudo, sólo para no sentir el aire nocturno sobre su piel desnuda. Inuyasha se subió el Hakama. Una vez las prendas puestas, probablemente podrían hablar, está vez realmente lo harían.

—¿Éstas molesto? —preguntó de nuevo ella.

—No, ¿y tú?

—Tampoco.

Silencio de nuevo. Sus respiraciones parecían sincronizarse y para acompasarlas estaba la música de fondo que hacían los grillos a su ritmo.

—¿Kagome? —llamó Inuyasha, tanteando terreno.

—¿Si?

—¿Es por esto por lo que no puedes ser más una sacerdotisa?

Ella aguardó, dudando en su respuesta, bien podría decirle que no, Inuyasha lo sabría más tarde pero mientras tanto le podría ahorrar la pena, y sin embargo simplemente respondió:

—Sí, es por esto.

—Pudiste habérmelo dicho antes —recriminó, y no obstante su tono no tenía reclamos.

—¿Para qué? ¿Algo habría cambiado?

—Yo… —Bien, valía la pena tomar mucho aire, parecían estar en la hora de la sinceridad, lo mejor sería decirlo todo—. No, supongo que no. Siento que no puedas ser sacerdotisa por lo que hicimos.

—Yo también lo siento—confesó un poco pesarosa—. Pero no me arrepiento.

Inuyasha tuvo que mirarla, en serio tuvo que. Había visto llorar a Kagome como nunca antes la había visto, su corazón incluso aún seguía incomodo con eso, esperaba que Kagome odiara lo que habían hecho, el aún no terminaba de aceptarlo aunque no negaría más que le había gustado. Vamos, realmente tuvo que mirarla ¿Sería cierto?

—No mientas.

—No lo hago. —Kagome suspiro y cerró los ojos, decidida a enfrentarlo y girar su cabeza para ver sus orbes doradas… pero no pudo, simplemente los volvió a abrir y continuó observando el cielo estrellado—. Has visto mi patética escena en el bosque el otro día, ¿no? No te sorprendas, no es que me haya percatado de tu presencia, sabes que no soy así de poderosa. Era sólo cuestión de deducción ¿Cómo si no habría llegado yo a la cabaña de la abuela Kaede? —Inuyasha resopló como única respuesta—. Ese día… ese día me sentí muy mal, porque ¿sabes? Todo se fue por un caño. Absolutamente todo el pequeño mundo que había creado cuando yo llegué aquí estaba totalmente destrozado. ¿Sabes cómo es eso? ¿Sentir que lo pierdes todo?

»No es agradable en absoluto. No estoy ni estuve enojada en ningún momento por ser lo que soy ahora, tu lo hiciste por mí, y estoy agradecido por eso. —Inuyasha tuvo el impulso absurdo de replicar por eso. Decirle "no lo hice por ti", aclararle "fue por mí, porque te necesito" pero eso sería todavía peor, así que mejor se limitó a callar ceñudo, pero siempre atento, escuchándola—. Es simplemente que estaba aterrada, porque no quería lastimar a nadie, luego estaba aterrada porque no sabía nada sobre mí, después estaba todavía más aterrada porque lo hicimos y ni siquiera podía mirarte de nuevo porque me avergonzaba, y finalmente ya no podía ser una sacerdotisa —río ella con ironía—. ¿Dime entonces que me queda?

»Estaba triste porque no tengo nada, y porque quería volver a casa y a la escuela cuando tenía trece o catorce, con Souta, con mamá y el abuelo y mis amigas. Y sin embargo estoy aquí, lamentándome como un bebe que no sabe hacer nada… —Aguardó un segundo, quizás dos, a lo mejor tres, Inuyasha no estaba contando el tiempo, así que él no lo sabía—. Al siguiente día hablé con la abuela Kaede ¡No vayas a creer que le dije algo de lo que pasó entre nosotros porque no le dije nada! —se apresuró a aclarar—. Sólo le dije que no quería ser más una sacerdotisa ¿y sabes que es curioso? —Ella lo volteó a ver, Inuyasha la miraba fijamente, y eso la intimidó tanto que tuvo que volver sus ojos a las estrellas—. Ella me sonrió y fue amable, lo malinterpretó pero lo ha tomado con mucha calma, con más calma de la que yo lo tomé. Después de eso me sentí mal porque al final todo esto ha servido para que me diera cuenta de que no importa la edad que tenga, no soy más que una niña malcriada y tonta.

—No —arguyó molesto el hanyou al escucharla ser tan dura consigo misma—. Bueno, no lo eres la mayoría del tiempo cuando no dices o haces cosas tontas —aclaró con solemnidad.

—Vaya… gracias, supongo. —Kagome sonrió, porque justo en ese momento no tenía ganas de rebatirle y restregarle cuán tonto era él mismo también—. ¿Inuyasha?

—¿Qué?

—¿Puedes hablarme de Kikyou?

—¡¿QUÉ? —Él la miró como si de pronto le hubiera crecido otra cabeza, sintiendo repentinamente como esa paz que antes le rodeaba desaparecía —¿Por qué mierda quieres que te hable de Kikyou?

—Porque sé poco sobre ella. Y lo poco que llegué a saber lo supe en circunstancias poco prosperas. Ella fue una gran persona ¿cierto? Ella no era como yo. No puedo evitar sentirme celosa. Me gustaría saber más de Kikyou para saber en qué me estoy equivocando. Porque ahora mismo soy un desastre. — «Y peor que eso», pensó, sonriendo con cierto semblante apagado.

—No seas idiota—gruñó él realmente amargado —Kikyou fue Kikyou, y tú eres tú.

—Ser yo no funciona, si no, nada se habría descompuesto.

—Kikyou… Kikyou no podía ser feliz —dijo finalmente, suspirando un tanto melancólico. Debía admitirlo, a él también le pesaba la culpa.

—Lo mismo dijo Kaede.

—Sonríes a menudo y tienes amigos… muchos. Kikyou era solitaria. Tu pareces feliz la mayor parte del tiempo.

—¿En serio?

—Sí.

—Cielos… —Kagome pareció meditarlo. ¿Qué era diferente antes de ahora, aparte de todo? Las palabras relajadas de Sango le vinieron a la mente "No es como si fuera el fin del mundo" —Sinceramente no me siento muy feliz que digamos justo ahora, pero estaré intentándolo. Siento mucho ser una cría.

—Supongo… Intenta no llorar demasiado.

—Lo haré. —Kagome sonrió.

Inuyasha volvió a inundarse de paz. Se alegraba no haber zanjado el tema de Kikyou, no era algo de lo que le gustara hablar mucho en general.

—¿Kagome?

—Dime.

Inuyasha respiró profundo, y Kagome tuvo miedo ¿Por qué? Eso no lo supo, aunque podía llamársele un mal presentimiento.

—Será mejor que ya no vivas en la aldea —soltó finalmente completamente serio, como si un juez le dictara una condena, o al menos así lo sintió ella—. Sango y yo lo estuvimos hablando, es peligroso en muchos sentidos que estés allí.

—¿Estás…? No, bueno, se siente como si me desterraran de la aldea —murmuró apesadumbrada—. Sé que probablemente tengas razón, es sólo que… no es agradable, ¿sabes? No quiero alejarme de las personas de la aldea, he hecho un vínculo con muchos, sin contar a Kaede, Rin, Shippou, Sango, Miroku, las gemelas… Tú. ¿A dónde podría ir si no? —Kagome se puso de pie, con lentitud y comenzó a andar de vuelta al lugar al que tarde o temprano no podría regresar—. Dame un tiempo ¿de acuerdo? Después de eso… bien, después de ese tiempo me iré.

—Espera un momento. —Inuyasha se levantó de golpe, súbitamente asustado—. ¿A dónde mierda te crees que vas?

—¿A la aldea? —respondió ella con ironía.

—Me refiero, a después de eso. ¿A dónde piensas ir?

—Oh —expresó con comprensión—. No lo sé. No quisiera pensar en eso ahora.

Inuyasha estuvo a punto de replicar pero apretó los labios y la vio partir. ¿Kagome se iba a ir? Por supuesto que él no iba a permitir eso, y si ella pensaba que podía escapar, iba a demostrarle que estaba muy equivocada. Porque a diferencia de Kagome, él si tenía un plan.

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Bien, ya compuse a Kagome. Lo admito, no puedo verla muchos capítulos deprimida, ¡ella no es así! Así que no he tenido otra opción más que explicarle, de alguna forma, que el mundo no se acaba. Es una buena chica, casi lo ha superado ¿a que sí? Aún no sale del "atascadero" pero ya dio el primer paso.

Ahora lo importante es ver que hago con Inuyasha. Ya me cansé de sexo salvaje, ¿o creían que de eso sería todo el fanfic? ¡Ja!

Y ya para acabar mi cháchara, no quisiera despedirme sin antes seguir agradeciendo comentarios, favoritos y alertas. Gracias por el apoyo y por seguirme leyendo, es todo un placer.

Y ahora si, sin más, me despido con un besote ¡y hasta la próxima!