11

―Lo importante es estar a salvo, seguimos con vida. Te dije que saldríamos de ese no grandioso cofre. ―Gilbert se sienta al lado de la castaña, ambos llegaron a una pequeña isla perdida en la nada, sobrevivieron a no ahogarse, nadaron hasta aquí cuando aún había sol y ahora es de noche, frente a una fogata que seca sus prendas.

Él lleva un pantalón, se los arremangó para poder pescar en el mar y sentirse más libre. Su camisa se la entregó a Elizabeta, ella no podía desvestirse tan asombrosamente como él, es decir…es una chica…, por lo tanto tuvo que aislarse para que se cambiara de ropa y las tendiera cerca del fuego mientras que la camisa le cubría y le abrigaba a pesar de estar húmeda. Era eso o estar como Adán y Eva.

No obstante, Elizabeta no dice nada desde que tocaron la orilla. Sólo está sentada con las piernas estiradas, mirando sus pies, mejor dicho, actuando en mirarlos. Su mundo es otro. Sus pensamientos son de culpa, ¿qué fue lo que hizo?, arruinó todo. Tal vez la situación de urgencia en ese cofre la hizo pensar mal, actuar indebidamente, si tan sólo se hubiera dado el tiempo de pensar mejor y no sentirse como ahora, no se sentiría responsable, ni culpable. Ni temerosa. Teme lo que su corazón siente y no puede sentir eso, ¡no puede!

Lo único que desea es salir de esta isla y viajar sola, no quiere a nadie, ni a Gilbert a su lado, porque no le ayuda en nada. Vuelve a temer a posiblemente…

― ¿Cuándo me vas hablar?, no me gusta que me ignoren ―Gilbert interrumpe en sus pensamientos, sentándose frente a ella entre sus piernas. En verdad le molesta que lo ignoren, pero más allá de eso, es el semblante deprimente de la marimacha―. Si tienes algo que decir al asombroso yo, dilo ya.

¿Decirle? Tiene todo acumulado en su pecho… ¿qué le puede decir?

―No entiendes… ―por fin habla sin dirigirle la mirada. El albino se extraña ladeando la cabeza, ¿qué es lo que no entiende?― No entiendes… ―¿pero qué es lo que no entiende?, ¿por qué se repite eso?

La fémina agacha más la cabeza, las hebras castañas caen por el rostro comenzando a limpiarlo con las manos. Ese idiota no entiende lo que sucede, lo mal que se encuentra por dentro, la traición que le dio al señor Roderich…

―Será mi culpa… ―medio tartamudea continuando su triste historia de amor aristócrata, dando a entender al albino. Se trata de eso, claro. Ella se siente mal por haberse 'despedido' en ese cofre con un beso.

Rayos. Se rasca la cabeza, ¿qué puede hacer para que se olvide de eso? No, espera, no quiere que se olvide del beso, era todo lo que buscaba y lo consiguió. Acabó por tener el corazón de la marimacha, ¿cuál sería la razón de arrepentirse? Bueno…nunca creyó que esto se pondría tan mal…

Chasquea la lengua, no tiene más remedio que bajar el perfil.

―No es tu culpa y debes olvidar lo que ocurrió ―procede a decir Gilbert, encogiéndose de hombros―. Sólo fue un beso sin importancia.

― ¿Sin importancia? ―enseguida Elizabeta alza la vista, frunciéndola. Parece que su idea empeorará todo― No entiendes por lo que estoy pasando, el señor Roderich se va a morir y no sólo por el tiempo, también porque tú… ―hace una pausa, pensará bien antes de actuar. No lo dirá.

― ¿También yo qué? ―arquea una ceja, la princesa de Hungriranto se muerde el labio. ¿Acaso él no sintió nada en ese cofre que los tenía atrapados?― Sólo fue un beso del momento, es común cuando sientes que serán los últimos minutos con vida y quieras despedirte de la persona que tienes cerca, y ese fue el asombroso yo. ―todo casual argumentando con su ingenio de dar en el blanco para que ella no se confunda y se sienta mejor, sucede todo lo contrario.

La ve empujarlo y ponerse de pie, indignada. ¡Él quiso ser bueno! Si le decía que no fue un simple beso de despedida, ella estaría peor echándose toda la culpa de que ese señorito morirá. ¿Enserio quiere la verdad? ¡Bien, le dirá la verdad si tanto quiere!

Se levanta, corriendo detrás hasta alcanzarla agarrándole el brazo, haciéndola girar y atraparla sólo con los ojos a pesar de la negación. Pero tienen que conversar o pelearán hasta mañana y jamás saldrán de la isla.

―Entiendo lo que te pasa, si quieres saber si sentí lo que tú crees, no lo sé ―le dice hastiado y un tanto ruborizado en las mejillas―. Pero se sintió bien, que hubiera preferido en otro momento y en otro lugar.

Elizabeta, quien mantiene el puente de sus cejas arrugado sin despegar la mirada de la de él, suspira. Si esa es su verdad, ¿entonces para qué le mintió recién?

― ¡Para que te sintieras bien y que no te castigaras! ―a veces ni siquiera sabe cómo reaccionará ella a cualquier verdad o mentira, es impredecible, ¿qué más podía hacer para hacerle sentir mejor? Tenía un debate mental de sentimientos, negándolos y aceptándolos, pero los aceptó estando en el barco de los piratas del norte, ¿no? Él lo recuerda bien al ser su hombro para que llorara― ¿Lo recuerdas, no?, encerrados en esa celda. Me dijiste que el beso no funcionará en tu prometido porque no lo amas, y yo sé por qué.

―No lo es… ―al instante, sobresalta sintiendo el calor de sus pómulos.

―Tú…

―Cállate, no lo digas ―y le corta porque es verdad sin aceptarlo, no quiere escuchar, le hace mal. Gilbert suelta un suspiro cerrando los parpados, no dirá nada. En eso, siente un abrazo causándole resultados catastróficos en su ser inmensamente increíble, mariposas y pajaritos, más pajaritos alborotan su estómago y su cabeza, coloreando sus mejillas, nervioso sin poder corresponder―. El señor Roderich va a morir…

¿Por-Por qué a él? Y sumándole que su torso está desnudo y ella trae su camisa.

¡¿Por qué tiene que pensar en eso?!

Cierra los ojos con todas sus increíbles fuerzas, dejando que su cuerpo haga todo, moviendo sus brazos a contenerla. Suelta un aliento, relajando sus ojos pero sin abrir.

― ¿Recuerdas que te prometí buscar una solución? ―ya está hecho, se lo dijo en la nave, no dará pie atrás― Hay una, conozco a alguien que puede encontrar la poción, pero debe ser justo en los meses de vida. ―no miente, en verdad conoce a la persona que ayudará sin ser gratis. Luego pensará con qué pagarle, por ahora es la única luz de esperanza para que Elizabeta no se derrumba y no intente una locura.

Ella se distancia, recuperando la cordura y ascendiendo la vista. ¿Funcionará lo que dice, esa persona?

―Funcionará tanto como lo increíble que soy. ―sonríe abiertamente brindando esperanza y confianza. Bueno, Elizabeta respira un poco más tranquila sin ser en demasía, aunque tiene dudas. No desea desanimarse ni pensar negativa, debe ser positiva, hallarán la poción para el señor Roderich, aún queda tiempo. No desesperará.

Su rictus se torna contento, imaginó tantas catástrofes al haber besado a Gilbert en ese cofre, angustiada por morir que…

No. No fue desesperación, ni una despedida, ni un beso del momento como dijo antes ese idiota narcisista. Fue real, sintió todos sus sentidos concentrarse en él y en nada más. Le recuerda lo que sucedió después del contacto y de la declaración, -porque no negará que sí se le declaró-, observándose el uno al otro mientras el agua salada iba por su mentón. Gilbert no se dio por vencido, mencionaba una y otra vez que saldrían, que fue criado para pelear y sobrevivir, que no necesitó de ningún compromiso para ser fuerte, y que demostraría a todos los imbéciles que le arruinaron la vida que volvería junto con su hermano menor.

Golpeaba, pateaba. Ella no entendía lo que hablaba sin sentir la intriga de saber, tampoco ahora lo siente. Si él desea contarle, debe hacerlo por si solo, no será una entrometida.

Acto seguido, lo vio tomar aire con la boca, sumergiéndose a comenzar a dar golpes a la puerta del cofre. Estaba nerviosa, suplicaba en su interior un milagro pero no llegaba, únicamente llegaba el agua a su tope, obligándola a contener el aire y sumergirse, abriendo los ojos. Justo en ese instante, Gilbert logró romper con una patada, haciendo un orificio para agrandarlo y poder salir. La madera de los piratas no era tan buena calidad.

Le tomó una mano para que saliera. La soltó para ascender a la superficie. Respiraron, llenando sus pulmones. No podían creer que estuvieron allá al fondo del mar y ahora estaban vivos. ¡Vivos!

― ¡Soy increíble, no puedo creer lo increíble que soy! ―Gilbert se sentía orgulloso de su fuerza, celebrando en pleno mar abierto, el cual se apresuraron en nadar y visualizar una isla pequeña, justo para dos náufragos antes de que monstruos marinos los consideraran comida.

Llegando a la orilla, mutuamente se preguntaron si se encontraban bien. Todo estaba en orden, no tanto para Elizabeta al percatarse que su flor del cabello desapareció. La perdió en el mar…

Con ese detalle se abrió la puerta de la angustia y de la culpabilidad. Era una mala señal por haberse dejado llevar… Todo iría de mal en peor al saber que sus sentimientos cambiaron. Y sí cambiaron, no obstante tiene una luz de esperanza, no se sentirá culpable.

Aun así, necesita saber si el idiota…bueno, Gilbert sintió algo…algo…que no haya sido por desesperación de tener los últimos minutos de vida.

Traga tensa, jugando con las mangas de la camisa de un color pálido. Desvía la mirada y le pregunta sin ser una pregunta, más bien palabras al aire que intentan formar una oración.

―Tú…en el mar…fue…lo que dijiste…de sentirse bien…

―Eh…algo…creo… ―se incomoda, sonrojándose y frunciendo débil el ceño, observando lo interesante que puede ser una palmera. ¡Rayos! Él mismo se propuso –sin ser un capricho- que enamoraría a la marimacha, ¡lo acaba de conseguir, por supuesto!, ¿y está es su actitud de victoria? Se siente como un niñito enamorándose por primera vez de una niña durante las clases de modales de la aristocracia, claro que la niña usaba pantalones en vez de vestido. En este caso, Elizabeta no tiene ni vestido, ni pantalones.

Rayos, rayos, rayos, ¡rayos!

― ¿Y esa cadena? ―de repente la aristócrata apunta y toca con los dígitos el objeto que cuelga desde su cuello― La he visto antes…

―Es que… ―de inmediato, nervioso envuelve su cruz de hierro en su mano como si se la quitaran, aunque no es eso, es la afirmación de ella de haberla visto antes―, es una asombrosa reliquia familiar, mi hermano pequeño también la tiene. De seguro la viste en esas tiendas de joyerías, por eso se te hace conocida.

Elizabeta ladea cabeza convenciéndose de ser así. Sólo es una cadena que carga una cruz, y como dice Gilbert, es reliquia familiar. No es para darle tanta importancia si la vio ante o no. Sin más que añadir, da la vuelta caminando hacia las palmeras. Gilbert se desorienta cuestionando a dónde va y para qué. Pues irá a dormir, ya es tarde.

Pero si no hay donde dormir…

― ¡Tengo una grandiosa idea! ―exclama corriendo hacia las palmeras, subiendo y sacando muchas hojas junto con varas, creando una pequeña choza y una cama con hojas. Al principio Elizabeta quería ayudar recibiendo un no como respuesta. ¡Listo, terminó! Quedó impecable.

A continuación, como van a dormir, Gilbert corre a apagar la fogata de la orilla, arrepintiéndose. Si la apaga, las prendas no se secarán, además no hay nada peligroso cerca para causar un incendio. Regresa a la pequeña choza construida por sus asombrosas manos –cada vez más asombrado de lo increíble que es-, recostándose a esperas que su compañera de viaje haga lo mismo.

Los ojos verdes manifiestan otra cosa, no dormirá con él. Irá a dormir a otro lugar…

― ¡Oye, oye, ven aquí! ―rápidamente el albino va tras ella, agarrándola y jalándola del brazo para que se acueste. Elizabeta se rehúsa, debatiendo a no dormir con el idiota― ¡La cama está cómoda, tienes que dormir ahí, y la hizo el asombroso yo!

― ¡No pienso compartir eso contigo! ―¿por qué discuten por esto? No tiene lógica si hace unos minutos se abrazaron y hace varias horas se besaron, ¡no tiene sentido!― ¡Gilbert, basta!

La sostiene de las dos manos sin darle movilidad, avanzando y tirándola a la improvisada la cama de hojas de palmeras, a lo que ella reacciona en contra intentando ponerse pie, sin embargo regresa a su posición gracias al impulso de ser atrapada, sus brazos siendo sostenidos otra vez. Él encima suyo.

¡Él es tan irritante! ¿Es que no entiende un no por respuesta?

No. Demasiado obstinado para entenderlo.

― ¡Suéltame, ya te dije que no dormiré contigo! ¡Lo mejor es que tú vayas a dormir a otro lado y yo me quedo aquí!

― ¡Estás loca si voy hacer eso! ―no paran de forcejear, es tanto así, que Elizabeta levanta las piernas –suerte que lleva ropa interior- siendo evadidas asombrosamente por él, pero ella provecha en soltar sus manos en posarlas contra el pecho para que no se le acerque más― ¡No seas necia, el asombroso yo te va a cuidar!

― ¡No me siento bien con eso!

― ¡Pero si estabas llorando hace un rato y te sentías mal! ¡Deja que el asombroso yo te cuide y te cante canciones de bebés, déjate querer por mí~!

― ¡¿Quién te dio clases de seducción, idiota?! ―no lo cree, ¿esa es la forma que tiene ese idiota en hacerla sentir mejor? ¡Que maravilla! Es un tonto…

Bueno, no es del todo así, no por el momento.

Posteriormente, Gilbert termina ganando forzándola a acostarse a su lado, abrazándola para que no se escape, es más, la cabeza de Elizabeta tiene que apoyarse en su asombroso y cómodo hombro. Para ella le es imposible dormir, contando que…eh…el torso desnudo de…eso.

― ¿No puedes dormir? Puedo contarte asombrosas ovejas con mi asombrosa voz ―se ofrece Gilbert con una sonrisa. Elizabeta suspira, cerrando los parpados, si desea contar, que lo haga. Él carraspea la garganta hallando el tono de voz correcto para hacerla dormir―. Una oveja…, dos ovejas…, tres ovejas…

Más tarde añade a los pajaritos, ya haciéndola dormir. Lo consigue. En ese instante, una pequeña ave aterriza en su pecho descubierto, ¡es Gilbird! ¿Dónde se había metido?, no importa, mañana lo sabrá. Por ahora le pide silencio, siseando y guiñando un ojo. Alguien duerme. Ellos también deberían hacer lo mismo.

A la mañana siguiente, Gilbert grita horrorizado despertando a Elizabeta, quien corre a ver lo que sucede siguiendo el nacimiento de ese grito molesto. Lo ve de pie frente a la orilla del mar, sin meterse al agua. ¿Qué sucede?

¿Qué sucede? ¡Sucede mucho! Mientras dormía, el asombroso él se levantó para ir a preparar el desayuno de pescado y coco, llevándose la no grata sorpresa de que todas sus prendas fueron robadas por gigantes gaviotas, ¡se robaron todo contra su combate asombroso! Defendió como nunca antes en su vida, pero ellas ganaron…

Elizabeta no puede creerlo, ¿quedaron sin ropa?, ¿toda su ropa…? ¡No puede vivir sólo con una camisa!

¡Y él no puede vivir con un pantalón! Y están descalzos…ahora sí parecen náufragos.

―No podemos salir de esta isla vestidos así ―dice la joven de ojos verdes, molesta teniendo razón. Gilbert suspira rascándose la cabellera, cruzándole una idea―. ¿Qué estás haciendo?

―Te prestaré mis pantalones. ―responde desabrochando su prenda de vestir, sonrojando a la chica que enseguida le grita en no querer sus pantalones. Él no comprende, si se los presta, al menos estará con las piernas vestidas.

― ¡Pero no quiero verte en ropa interior! ―contradiciendo determinada, Gilbert vuelve a abrocharse el pantalón, el asombroso él sólo quería ser caballero…, espera que ella no le esté otra vez reclamándole en andar con su camisa.

Su camisa…

Elizabeta le da la espalda, cruzándose de brazos, diciendo palabras al aire sin que él le preste mayor atención. Al girar sobre su eje, atrapa la mirada rojiza con tintes de violeta posada en el viaje de sus piernas. En vano las oculta tirando de su camisa hacia abajo, enfurecida y roja, caminando hasta a él dándole una patada en la entrepierna.

Gilbert cae adolorido a la arena, retorcijándose a espectáculo de Gilbird. Esa es una de las razones por la que esa princesa marimacha debería cubrirse esas piernas tan agresivas, ¡son un peligro!, en todo sentido de la palabra. Al reponerse a los segundos después sin ser tan delicado ya que él es un asombroso e increíble hombre, Elizabeta se marcha. ¿A dónde? A buscar el desayuno a las palmeras.

Gilbert la alcanza jactando que él lo hará porque es asombroso, que ella espere sentada maravillándose con su asombrosa escalada a las palmeras, igualando el vuelo de un tierno pajarito. Ella rueda los ojos, dándole el permiso. Lo ve tan entusiasmado en mostrar sus dotes que…, espera, quizás lo hace a consecuencia de lo que le gritó anoche al obligarla a dormir a su lado, de saber quién le dio clases de seducción.

Surca una sonrisa. Dejará que Gilbert haga lo que desee y eso es impresionarla. La impresionará si no cae de la palmera.

Al ver caer dos cocos, cae el albino golpeándose en la espalda contra el suelo. Se queja maldiciendo.

Ella se le acerca con Gilbird en la cabeza, parándose frente a él, inclinándose un poco para delante a regañarlo, es mejor que ella suba. A continuación, los labios de Gilbert se extienden al tener una gran vista.

―Si vas a subir, asegúrate de no mostrar mucho ―dice, ella no comprende―. Deberías tener cuidado en donde te pones, son blancos.

En un segundo, Elizabeta lo golpea en la cara con la sartén.

¡No fue su culpa! ¡Ella se posó cerca de su asombrosa cara!, ¡¿cómo no iba a mirar, eh?!, ¡¿y de dónde obtuvo una sartén estando varados en una isla?!, ¿de la materia inerte?

Sea como sea, la agresiva princesa se apoya de espalda contra el tronco de una palmera, a esperas de que el idiota pervertido vuelva a subir y sacar más cocos para el desayuno y posterior almuerzo. No obstante, la cabeza de ese idiota hace a un lado la importancia de la primera comida del día, recuperándose y dando pasos hasta detenerse frente a ella. Ésta alza una ceja, ¿qué quiere?

Se rasca una mejilla media sonrosada, no le ha preguntado si durmió bien y si está mejor que ayer.

―E-Estoy mejor. ―responde desviando la mirada. Gilbert sonríe.

―Eso se debe a mi increíble celestial contar de ovejas, keseseseseses~.

Gilbird exhala, ¿acaso su dueño no puede darse cuenta?, ¿por qué es tan distraído? Él le dará un empujón desde la cabellera marrón, indicando con una alita que cierta flor no existe. Esa flor era importante para Elizabeta, si él le regala una, será más importante que la primera. Además, con ese cabello desordenado, hace falta un bonito adorno femenino.

Los ojos rojizos-violetas se iluminan, ¡su pajarito es un genio!

Elizabeta no comprende lo que ocurre, pues Gilbert desaparece recogiendo plantas o algo así… De regreso con el rictus más alegre que nunca, con delicadeza y con cuidado coloca el detalle de la flor enredándose con las hebras largas encima de la oreja. El pecho de la joven aristócrata comienza a sentir el fuerte latido.

Recuperó su flor. No, no la recuperó, es otra. La anterior la perdió. Significa que es la flor del pasado y la nueva es del futuro. Su futuro ¿será con esta flor?, ¿con los ojos extraños e inusuales rojizos con tintes de violeta que la observan?, ¿es una señal, buena o mala? Debe ser buena porque a pesar de todo existe esperanza de salvar al señor Roderich sin atormentarse en que su corazón haya elegido a otra persona. Uno no puede mandar los sentimientos, esto es la prueba de ello.

No debe atormentarse, todo estará bien. Debe disfrutar tener la oportunidad de estar solos en una isla. Estar en ese cofre encerrados en las profundidades del mar le hizo darse cuenta de sus verdaderos sentimientos. Sin miedo. Miedo que sintió al llegar a esta pequeña isla.

―Antes tenía miedo. ―pronuncia sosteniendo la mirada de Gilbert.

― ¿Miedo de qué? ―medio frunce el ceño sin comprender. Elizabeta traga tensa, respirando y exhalando. Sus pómulos se tiñen de un rojo suave y bonito.

―De…enamorarme de ti.

Es decir…, ¿lo consiguió? ¡Su grandioso plan A funcionó! Es decir… ¡¿Qué?!

¡¿Qué?! ¿Qué hará ahora? Consiguió lo que quería, consiguió lo que la Reina Rosada quería, y ahora no sabe qué hará si Elizabeta se entera que al principio fue parte de un juego y ahora es de verdad lo que siente, y peor si le sumamos los conflictos con los Edelstein y su historia real de vida el cual tiene un leve contacto con el reino Hungriranto. No es coincidencia que Elizabeta le haya parecido familiar su colgante.

Tiene un desorden mental, si celebrar o desesperar. ¡¿Qué debe hacer?! Necesita una señal.

Gilbird vuela.

― ¡Al diablo con todo!

― ¿Con qué-? ―su boca calla sellándose con la de él, desprevenidamente queriendo saber a qué mandaba todo al diablo. Ya no importa, Gilbert más adelante verá como solucionará el gran dilema. Su prioridad en este presente es besarla, percibiendo las manos subir por su hombro a unirse detrás de su cuello.

La abraza de la cintura. Se siente libre como un pajarito, respirando y exhalando, presionando a la castaña contra el tronco de la palmera, hallando la mejor posición para sentirla cerca, sin obligarla a pedir auxilio.

Había olvidado el beso de "vamos a morir" en la profundidad del mar. Se sintió bien, pero no lo sintió como este nuevo, deseándolo por su cuenta, calmado sin apuros y se siente muy bien. Más que bien. Por alguna extraña razón le gustaría escuchar los raros consejos de Francis, a veces acierta otras no con temas respecto al amor y si está enamorado. ¿Cómo saber si está enamorado? Quizás le gusta Elizabeta, le gusta mucho –porque mandó todo al diablo-, sin embargo no tiene cómo saber si lo suyo es más fuerte. ¿Más fuerte de qué?, ¿más fuerte que su sobrevalorado amor propio?, es imposible, ningún amor es más fuerte que su admiración y su amor propio. El amor es fuerte, pero no pasará los límites del suyo. De todos modos, no tiene cómo saber si sus reacciones hacia la princesa marimacha sean de amor. Nunca se ha enamorado. Nunca ha estado con alguien, nunca con una chica desde los diez años. ¡Tenía diez años!, sólo era un tierno y bonito niño albino coqueteando a muchas niñas de su edad y un tanto mayores.

En resumen…

¡No tiene cómo saberlo! ¿Qué se siente estar enamorado?, ¿cómo actúa uno?

Ni siquiera quiere pensarlo en estos momentos teniendo su boca enredada con la de Elizabeta, obteniendo la autorización de introducir su lengua débilmente, a lo que ella lo imita con la diferencia de forzarlo a profundizar y soltar un suspiro.

Descoloca a Gilbert. ¿Oyó bien?, ¿le robó un suspiro? Su forma de besar y de mover sus grandiosos labios deben ser muy asombrosos y mágicos, ¡le acaba de robar un suspiro! ¿Cómo no sentirse increíble?

Sonó tan bien, tan anhelo, tan deseable, tan fuerte, tanta ansioso. Sólo sus oídos lo escucharon. Sólo él se lo provocó. Demonios, Liz no debió soltarlo, desde ahora no será su culpa si pierde el control.

Con las manos abrazándola desde la cintura, las acomoda a los lados de la cadera, subiendo poco a poco su camisa hasta tocarle la piel.

Ese contacto de los dedos contra su cadera se termina haciendo distancia. Sus mejillas se enternecen de un sutil rojo, quitando las manos de Gilbert. Éste mira una de las suyas, tal vez fue apresurado de su parte.

Ella respira, arreglando su camisa. El beso fue intenso y le gustó mucho, pero lo anterior le causó espasmos. Nadie le había tocado bajo la ropa, aunque haya sido leve. Enserio, nadie. Ni el señor Roderich. Esto no se lo dirá a Gilbert.

― ¿Te incomodé? ―va a tener que responderle a eso. Elizabeta suelta una pequeña risilla nerviosa.

―S-Sí…

―Estás tartamudeando ―es su turno de reírse de ella y le parece tierna la expresión. De acuerdo, si la incomodó y se siente tonta― No lo haré más hasta que tú me lo pidas.

Elizabeta suspira. Gilbird regresa a la cabeza de su dueño.

Gilbert recuerda que deben desayunar. Ella puede descansar, él hará todo el trabajo, más tarde planearan como salir de la isla. Yendo a continuar a sacar cocos de las palmeras, Elizabeta lo frena volteándolo y tomándole el rostro con las manos. Se pone de puntillas, dándole un sutil y diminuto beso. A pesar de ser simple, es más poderoso que el anterior por el destello de millones de pajaritos explotar en el interior del albino.

Los ojos rojos con tintes de púrpura quedan hipnotizados. Su boca entreabierta. Y sus mejillas están coloradas. No nota que Elizabeta se aleja, caminando a la pequeña choza de hojas de palmeras. Gilbert no despierta, únicamente Gilbird lo hace piando; tiene un desayuno por preparar.

Al pasar el día, se esfuerzan a trabajar en el bote artesanal que los sacará de aquí. Avanzan en la mitad cortando y amarrando las maderas de la palmera. Gilbert quiere descansar, Elizabeta no. Ella se concentra en el objetivo resistiendo a las insistencias de su nuevo novio a que deje de trabajar, debe relajarse, más no podrá seguir. No es bueno autoerigirse, para eso existe un límite.

Ella no quiere y no quiere perder más el tiempo.

Gilbert, hastiado, la toma cargándola sobre su hombro. Elizabeta se muere de la vergüenza, en su mente se imagina cómo se ve su retaguardia al lado de la cara del albino, cosa que a él no le interesa mirar, ni siquiera se da cuenta. Su cabeza sólo piensa en hacerla descansar, aguantando su pérdida de paciencia, pues suele perderla muy pronto, pero cómo se trata de una mujer…paciencia infinita. Si fuera hombre, le daría una patada para que cierre la boca.

―Gilbo, bájame.

―Si te bajo, ¿dejarás de gritar y descansarás? ―necesita estar seguro, si no, la tendrá en su hombro toda la tarde. Elizabeta acierta en dejar de gritar y descansar. La deja de pie en el suelo, ésta enseguida se sienta en la arena siendo copiada.

Gilbert se recuesta estirando los brazos a los lados, captando los ojos verdes viajar por sus facciones y su piel expuesta bajo el colgante de cruz de hierro. La dueña de esos ojos, de la nada su mano se mueve por sí sola, se percata y la devuelve, sonrojándose. ¡Iba a tocarlo!

Quiere tocarlo.

Tiene un torso masculino medio trabajo sólo para ella. A merced. Disponible.

Se lleva un dedo a los labios, mordiéndose la lengua, reprimiéndose en vano. Se tira a abrazarlo, asustándolo a gritar que lo atacan los piratas. Gilbert se da cuenta que no fue nada, es un abrazo tibio. Sonríe, correspondiendo con más fuerza como si ella fuera un oso de peluche para dormir. Lo es. Él es débil ante todo lo que es lindo, tierno y suave, y ella es linda y suave. Lo tierna debe averiguarlo todavía.

La besa en la frente, acariciándole el cabello. Están un buen rato en esa posición, terminando a ponerse de pie, tiene un bote por terminar. No obstante, Gilbert quiere jugar. La descoloca y más al verlo al frente dándole la espalda. Quiere que suba, a ver si la puede corriendo.

¿Está demente?

Sí.

Elizabeta se rinde, subiendo a su espalda, afirmándose en posar los brazos alrededor de su cuello sin ahorcarlo, mientras corre sin avisar.

― ¡Ten cuidado, no vayas a tropezarte!

― ¡Lo tengo todo grandiosamente calculado! ―jactando, corre y corre dando saltos, causando tensión en Elizabeta. Gilbert le pide que disfrute el viaje― ¡Eres liviana! ―es sincero, terminando al fin de correr y dejarla en el suelo. Se lanza a la espalda de la joven.

― ¿Qué intentas? ―no entiende al inicio hasta saber que es turno del albino en subirse. ¿Está loco?, ella no podría cargarlo. Sin ser escuchada, Gilbert se sube afirmándose bien sin caerse, entusiasmado y con mucha energía de sobra en exigirle que camine o corra o lo que más le acomode, confiando que ella podrá con su peso. ¡Pesa como un pajarito!

Elizabeta hace el intento, ¡y se lo puede! Ríe sin creerlo, tiene dudas si él pesa como un pajarito o ell tiene mucha fuerza. Sea cual sea la respuesta, se divierte mareándolo. Gira la cabeza a mirarlo sobre su hombro, lo ve muy mal. Hace una pausa, bajándolo de su espalda. ¿Se encuentra bien?

―E-Estoy bien…sólo me mareé un poco… ―Gilbert se cubre la boca, respirando hondo hacia arriba. Se recupera al instante, sin embargo estaría completamente mejor si le da un beso.

―No. ―niega sonriente y divertida.

Gilbert es más rápido en robarle uno. Y otro. Y otro más. Besándole toda la cara. Elizabeta suelta risas coloreando las mejillas, defendiéndose en hacerle cosquillas en el abdomen. Así lo detiene, pensando que un beso más no hará mal. Nunca había estado tan contenta, tampoco Gilbert, éste desde hace dos años que nadie le causaba tanta alegría.

Toma su mano, informando que es hora de seguir construyendo el pequeño bote. Es el atardecer, no pueden seguir aquí más tiempo besándose, no tienen ropa con qué vestirse a excepción de la que traen puestas. Ante esto, Elizabeta se queja un mínimo dando suposiciones de tocar tierra firme, caminando a pies descalzos, mostrando las piernas como si fuera una cualquiera. Para calmarla, Gilbert le señala que la cubriría con su asombroso cuerpo, ¿contenta con eso?

Ah, no.

Bien, él sigue con lo suyo y ella también, trabajando en la pequeña embarcación de madera de palmeras. Había pensado al medio del avance en utilizar a las tortugas marinas, mas Elizabeta se lo prohibió, ¿qué culpa tenían las pobres tortugas?

No dio mayor caso. Una vez terminado, ambos esperaron a Gilbird quien fue a inspeccionar al horizonte buscando alguna tierra firme para poder salvarse. Esperan que no sea muy lejos.

― ¡Ahí viene Gilbird! ―exclama ansioso el albino teniendo la sensación de buenas noticias. Su lindo y suavecito pajarito encontró tierra firme, no es una isla, es tierra de verdad, con árboles y todo eso, y no es muy lejos, les tomará una noche. ¡Están salvados!― ¡Eres el mejor pajarito del mundo!

―Bien hecho, Gilbird. ―Elizabeta no pudo quedar atrás en felicitarlo, se lo merece. ¡Al fin estarán a salvo!

Rápidamente se alistan, la castaña sube al intento de canoa y Gilbert empuja para zarpar, dando un salto adentro, sentándose a coger los remos. Gilbird señala la dirección. Se alejan de la isla que los mantuvo con vida lo suficiente, regalándoles un lindo día de conversaciones y besos, muchos besos. Elizabeta se siente bien a diferencia de días antes donde se negaba a aceptar sus sentimientos por miedo a perder a Roderich. Pero ya no. Porque Gilbert le prometió que la ayudará a encontrar la pócima.

No tiene miedo. Tiene fe y esperanzas. No obstante tendrá que explicarle al príncipe Roderich lo que ha sucedido, y a sus padres. Ojalá no se opongan a su nuevo futuro. Es decir, Gilbert no es nada de la aristocracia…

― ¿Qué miras tanto? ―el portador del nombre la saca de sus pensamientos, entiende lo perfecto que es su rostro, pero no debe mirarlo tanto, tiene toda una vida. La joven no le mira tanto, es que…, pensaba y se preguntaba si al terminar toda la misión, ¿le pedirá la recompensa?― Claro que…no.

Elizabeta medio frunce el ceño. ¿Cómo qué no?

Que no. Eso, no. No le pedirá la recompensa, no le interesa. ¿Cómo podría interesarle a estas alturas? Sería muy aprovechado y no va con él.

Elizabeta se pregunta interiormente si él tiene fiebre, al parecer no. Bueno, al menos le relaja que no es un total interesado por los lujos. Surca una sonrisa, dispuesta a preguntar lo que sucederá con el futuro, si estarán juntos al despertar al señor Roderich y si no le incomoda la diferencia de clases sociales.

―Si tú quieres que sigamos juntos, bien por mí ―se encoge de hombros sin detener el remo, extendiendo los labios hasta formar una sonrisa―. Y debería ser así, tener a alguien tan increíble como yo.

―No arruines el momento. ―ladea la cabeza sin dejar de sonreír, en estos instante le es divertido las tonterías y los comentarios narcisistas.

Ya en la noche, Gilbert comienza a quejarse. Sus brazos le duelen de tanto remar siguiendo la dirección de Gilbird. Elizabeta ofrece remar por él para que descanse, no obstante él se rehúsa, ¡porque él es el hombre! y como hombre es su deber mostrar su fuerza protectora y sobreprotectora, sin interesarle si ella tiene una gran fuerza. En resumen, no hay discusión, él es el hombre.

Elizabeta suspira, no puede discutir con un terco.

De todos modos Gilbert se da un descanso. La marea está tranquila, no perderán el rumbo. Estira los brazos y las piernas, haciendo sonidos con la boca. Mira a la joven fémina frente a su inmensa persona.

―Siéntate aquí ―la toma desprevenida señalando con las palmas a sus piernas. Quiere que se siente en sus piernas, estará cómoda y abrasada por sus fuertes y suaves brazos. Recibe un no―. ¿Po-Por qué? ¡Ven aquí!

―No voy a sentarme en tus piernas y sabes por qué. ―por sólo vestir con una camisa. A Gilbert no le importa, ¡quiere que se siente en sus piernas!, ¡que se siente en sus piernas!

― ¡Siéntate, siéntate, siéntate, siéntate, siéntate…! ―enérgico, se mueve para todas partes haciendo un berrinche. Le da dolores de cabeza a la castaña, resistiendo a…resistir.

No resiste. Acepta sentarse en sus piernas si deja de gritar. Dios, se comporta como un niño.

Se levanta acercándose con cuidado, tirando de su camisa bien abajo para que le cubra las piernas. La verdad, la camisa no es mágica, no llegará hasta sus rodillas. Estaría encantada si unos pantalones o una falda le cubriera.

Se sienta en el muslo de su compañero, frunciendo los labios. Él la acomoda, removiéndose contra el botecito. Listo, está mejor. Se siente muy bien así, juntos, los dos, abrazados, corrección, él abrazándola. No tiene que ser tímida, sólo están él y ella, y Gilbird. Gilbird está en su mundo.

Elizabeta supone que tiene razón. Recuesta su cabeza en el hombro, tocándose las uñas de las manos.

―Gracias ―susurra suave como una brisa, escuchándose. Gilbert no comprende a qué se debe el agradecimiento―. De estar juntos y que estás dispuesto a ayudar al señor Roderich, que es…bueno, era mi prometido. Pensé que estarías celoso o molesto por mi insistencia.

― ¿Celoso o molesto?, por supuesto que no ―ríe leve. No dirá que sí está celoso y molesto en despertar a ese princeso durmiente, pero existe una razón por haber aceptado―. No quiero verte triste de nuevo.

El corazón de Elizabeta salta, descendiendo el rostro ruborizado y la sonrisa formándose por la respuesta no esperada. Gilbert no entiende qué hizo, en realidad no se da cuenta lo que dijo, intentando llamarle la atención. Consigue ver que se cubre la boca, tapando la risa. ¿Acaso dijo algo gracioso?

―Eres… ―Elizabeta levanta la cabeza― Eres un buen chico.

― ¿Lo soy, enserio? ―pregunta entusiasmado, recibiendo el gesto de ser así― ¡halágame más!

―No te pases. ―le corta la inspiración, no quiere que se acostumbre en mencionarle sus partes buenas, con Gilbert se debe tener cuidado. El berrinche fue una buena advertencia.

En eso, el de cabello platinado bosteza, rascándose el ojo derecho. Si tiene sueño, duerma y ella rema.

Una vez más, él se niega. Va a remar toda la noche para poder alcanzar y pisar tierra firme, es su objetivo. Si pero, no es bueno exigirse.

Gilbert lo sabe, no sobrepasará sus asombrosos límites. Aun así, ¡el que madruga, Dios le ayuda! Hablando de Dios…, no cometerá más pecados en tocarla como lo hizo en esa isla. Besos y abrazos, nada más. Su cadera era muy suave.

― ¿Mi…cadera? ―sonrojada, las cejas de Elizabeta se fruncen confundidas.

― ¿Quieres que te toque otra vez?

―Déjame pensar ―se lleva una dedo a la boca, entrecerrando los ojos. Pues, a pesar de ser incómodo ese roce en su cadera, fue agradable―. Sí, pero para más adelante. ―le saca una risa tocándole la nariz con el dedo índice, inclinándose a sellar sus labios en los de él, una vez. Corto y sencillo.

Elizabeta ladea la cabeza, parece que dejó a Gilbert pensando. Fija sus ojos a lo que está mirando. Mira sus piernas. No estará pensando en tocarlas, ¿o sí?

Gilbert lo piensa mil veces antes de poner una mano en la pierna desnuda, no es lo mismo que una cadera. Puede que esta vez reciba un golpe o lance al mar.

―Sólo la rodilla. ―ella cierra los ojos, firme a darle un pequeño regalo por su buen comportamiento. El chico que conoció y lo golpeó con una sartén el primer día, no es parece ser el mismo que el de ahora. Es el mismo, pero diferente. Es un idiota, un tonto, un impulsivo molestoso e insoportable; es así para llamar la atención. Como él ya tiene su atención, no es necesario recurrir a esas cualidades.

Sólo quiere mostrar su lado más amable y caballero, por eso no se atreve a preguntarle.

Gilbert se sorprende al adivinarle los pensamientos.

― ¿Enserio? ―quiere estar seguro antes de que todo― ¿No me golpearás, no me darás con tu sartén, ni me lanzarás al mar?

―No. Adelante, puedes hacerlo. ―con los ojos aun cerrados, su rodilla izquierda que es la más alejada del cuerpo de Gilbert es tocada. La mano está ahí, quieta, tímida, no hace nada más. Elizabeta se tensa un poco como una tonta, desapareciéndolo con un suspiro. No es tan malo. Gilbert es gentil, más de lo que esperaba, a pesar de su locura de prestarle el pantalón y obligarla a dormir con él.

Ambos siguen sentados. Elizabeta desvía la mirada al cielo nocturno y estrellado. Suspira tranquila, le gustaría quedarse aquí, sentada con su compañía para siempre. Acá no existen los problemas ni las preocupaciones. Tal vez, su preocupación sería preguntarse si en estos mares habrá monstruos marinos. No le dirá a Gilbert, porque no quiere tener su mente trabajando, ni exigirle.

―Es mejor que duermas ―de repente atrapa su atención, bajando la mirada a él―, en la mañana despertarás en tierra firme. ―guiña un ojo dando por terminada la conversación, el abrazo y la noche.

Elizabeta sonríe sutil, dándole un beso de buenas noches. Por cierto, no crea que se le ha olvidado que le rompió su boceto artístico, mañana se lo recordará.


Adelanto:

―Por casualidad, ¿tu nombre es Ludwig? ―a lo mejor está confundido, no es posible que sea el hermano extraviado mega perdido de Gilbert.

―Sí. ¿Nos conocemos?


N/A: Lo subo un día antes porque...me aburría xD