CAPÍTULO 10: EL ACERTIJO DEL SÍMBOLO
—¡QUÉ ATAJADA ACABA DE REALIZAR WEASLEY! Que partido estamos disfrutando. El equipo de Gryffindor es el dueño del encuentro, y esa superioridad es claramente reflejada en el marcador… Y aquí viene Robins, Robins se lo pasa a Bell… ¡excelente engaño! El jugador de Slytherin siguió de largo sin poder robarle la quaffle. Bell sigue avanzando, le envía la quaffle a Weasley quien dispara y anota… 10 puntos más para Gryffindor… ¡Qué alguien detenga esta masacre estamos 140 a 20!
La temporada de Quidditch había empezado, Harry había pasado las últimas semanas dirigiendo y supervisando los entrenamientos de su equipo. Dado que ya había localizado el primer horcrux, ese sentimiento de impotencia y culpabilidad que sufría desde la muerte de Dumbledore había logrado reducirse ligeramente, lo que le permitía dedicarle tiempo a actividades menos productivas (a su parecer).
Nunca, ni en sus sueños más disparatados, hubiese podido creer que el quidditch pudiese importarle tan poco; ya no veía el deporte del mundo mágico con los mismos ojos: la pasión desbordada de antaño se había disipado, su piel ya no se erizaba al escuchar el temblor ronco del estadio o ver el verde campo dormido aguardando a los jugadores. Los cánticos de apoyo e incluso los insultos de los aficionados rivales habían dejado de producir efecto alguno en él. Ahora únicamente flotaba serio y tranquilo por el campo, montado en su saeta de fuego, mirando el ir y venir de sus compañeros. Hasta ese momento no había hecho ningún amago de ir en busca de la snitch, y es que el nuevo Harry Potter se había percatado de dos realidades evidentes: el resultado del partido lo tenía sin cuidado, y el equipo de Slytherin ese año estaba peor que nunca. Habían tenido una reestructuración completa, pocos jugadores de otros años permanecieron en el equipo; los nuevos miembros eran fuertes y agresivos, pero lentos y torpes, incluso su buscador daba pena: más tardaban en divisar la snitch dorada y prepararse para atraparla, que ésta en desaparecer.
—Otro Gol más para Gryffindor, Ginny Weasley dejó muy mal parada a la defensa y el marcador ya esta en 210 a 30.
Apagadas voces le gritaban a Harry que terminara con el partido, pero la mayoría de los aficionados de Gryffindor saltaban felices y querían más espectáculo. Finalmente Harry consideró que el marcador era suficientemente abultado y era el momento idóneo para terminar el partido. Buscó durante algunos segundos la snitch dorada y en cuanto logró divisar su brillo se lanzó disparado hacia ella. En vano, la pequeña esfera dorada intentó escapar, Harry se movía ágil y seguro, y tras unos segundos de persecución estiró la mano y atrapo la esfera.
El público estalló en vítores y los miembros del equipo de Gryffindor se abrazaron felices.
—¡Que paliza Harry! —exclamó Ron—. 360 a 30… en verdad que los humillamos. Tenemos que celebrar, iré a la cocina para que los elfos nos den algo de comida y bebida.
Harry recibió poco afectuoso las muestras de cariño y admiración del público. ¡Qué más daba el quidditch cuando tanta gente estaba muriendo por culpa de Voldemort! Ahora comprendía que el quidditch era un juego simplemente no un deporte, y justamente en ese momento no tenía más tiempo que perder jugando.
A diferencia del resto de los alumnos, Harry caminaba por los corredores serio y pensativo: las bromas, juegos y preocupaciones escolares habían quedado a un lado. Incluso había hecho a un lado los deberes escolares: hacía las tareas mal, de malas y sin cuidado, nunca estudiaba para los exámenes, y en la gran mayoría de las clases estaba ausente mentalmente. El resto de sus compañeros se encontraban saturados de trabajo, realizando día tras día decenas de tareas y preparándose para los EXTASIS, aunque debido a las circunstancias del mundo mágico actual, el colegio Hogwarts había reducido considerablemente la presión sobre los alumnos en comparación con años anteriores, aún así el trabajo era excesivo.
Era por ello que un alumno cualquiera, que no se esforzara y estudiara, jamás podría superar el séptimo curso. Pero Harry Potter no era un alumno cualquiera, la mayoría del profesorado estaba convencido de que Harry era el elegido y por ello lo apoyaban reduciendo su nivel de exigencia únicamente con él: le aceptaban sus tareas y le asignaban mayor calificación que la merecida, instaban a sus amigos que lo apoyaran en lo que necesitara, a tal grado que muchos de ellos se hacían de la vista gorda cuando reconocían en las tareas de Harry, la letra de Hermione. Esa era la única razón por la cual su expediente se mantenía con las mismas calificaciones que antes: seguía errando en muchas transformaciones y la directora McGonagall le otorgaba un Suficiente, y a pesar de que había vuelto a cometer las antiguas equivocaciones en su clase de pociones, sus notas iban subiendo cada vez más dado que el profesor Slughorn siempre encontraba elementos interesantes en sus pociones e instaba al resto de los alumnos que fueran innovadores como Harry. Pero sin duda el único que no caía en ese juego era el profesor Centt: le obligaba a Harry a repetir las tareas que consideraba estaban incompletas o podían ser mejoradas a tal grado, que inclusive, le exigía más que a ningún otro alumno, sobre todo en sus clases prácticas.
Sin embargo, y a pesar de todo, eso le seguía sin interesar a Harry. Continuaba obsesionado con la misteriosa caja y el horcrux que había encontrado en la caverna. No importaba la clase de hechizo que intentara, era imposible destruir la taza dorada, fue por ello que decidió colocarla a buen resguardo protegiéndola con diversos encantamientos, en espera de que pudiera hallar la manera de destruirla. A partir de ese momento concentró todos sus esfuerzos en intentar descifrar el mensaje de la caja: al abrir la tapa se había encontrado en el fondo de pequeño cofre un símbolo muy extraño, en el centro se levantaba una especie de vara larga (como un báculo o una varita mágica), de la cual sobresalían dos alas extendidas. El báculo estaba rodeado por dos serpientes que se miraban una a otra. La base de toda la estructura estaba formada por dos círculos bifurcados y en cuyo centro aparecía la imagen de un felino; en la parte superior del báculo se erigía una pirámide. Sus amigos ya llevaban días buscando el significado de este símbolo, a pesar de que Ron y Ginny aún se encontraban molestos y dolidos por la exclusión de la búsqueda del primer horcrux.
Mientras que en la sala común de Gryffindor la fiesta, por el triunfo conseguido en quidditch, estaba en pleno apogeo, Harry permanecía alejado de todos con la mirada clavada en la ventana. Algunos que se percataban de su actuar creían que simplemente miraba el campo de quidditch recordando el gran partido, así que lo dejaban en paz con sus cavilaciones, sin embargo su miraba no estaba enfocada en el campo de quidditch, sino en el cielo, lo miraba tan afanosamente como lo había hecho esa noche en la casa de los Weasley cuando se había enterado de la muerte de Kingsley. En su mente se estaba formando una sensación de extrema preocupación, no obstante no lograba determinar la razón: no era por Voldemort o los horcruxes… había algo más.
—¿Harry?
Harry giró su cabeza y sus ojos se toparon con la cara de Hermione. Un leve y misterioso temblor le recorrió por su espalda. —¿Qué pasa Hermione? —dijo.
—Nada, sólo quería decirte que estuviste genial.
Esa noche Harry permaneció en el salón común sentado, junto al fuego, en su sillón favorito. En sus manos estaba el pergamino que solía llevar a todas partes y donde anotaba el registro de sus hallazgos, justamente en ese pergamino había hecho un dibujo de la figura grabada en la caja.
Una voz salida de la nada lo arrancó de su ensimismamiento. —¡Harry Potter! Que alegría verlo señor.
—Dobby —respondió Harry sorprendido—. ¿Cómo estás?
—Muy bien señor. ¡Deseando verlo! Cada noche, Dobby viene a la sala de Gryffindor esperando poder ver al señor, aunque siempre lo ha visto dormido, Dobby no ha querido despertar a Harry Potter, porque Dobby piensa que Harry Potter debe estar agotado.
—Si que he estado cansado últimamente Dobby, pero sabes que siempre tengo tiempo para ti.
Los ojos de Dobby se inundaron de lágrimas y una sonrisa apareció en su rostro. —Harry Potter es un gran mago, tan amable como siempre, pero Dobby no quiere interrumpir el estudio de Harry Potter.
—No estoy estudiando precisamente Dobby, más bien intentando descifrar un símbolo.
—¿Dobby puede hacer algo por Harry Potter para ayudarlo?
Harry levantó los hombros y le enseñó el dibujo a Dobby. —¿Quizá tú tengas alguna idea de lo que pueda significar este símbolo?
Dobby miró detenidamente la imagen y entrecerró los ojos intentando concentrarse. Pasaron unos segundos, y cuando Harry estaba a punto de darle las gracias, Dobby exclamó:
—¡SI! ¡SI!... Dobby ha visto ese símbolo. Sólo que no recuerda el lugar exacto. Si Harry Potter se lo permite a Dobby, Dobby puede investigarlo.
—Gracias eso sería estupendo. —Harry dijo esto último mientras se incorporaba de sillón dispuesto a subir a su habitación—. Nos veremos después Dobby, ahora tengo que ir a dormir. —El elfo asintió y después de desearle una buena noche desapareció.
Harry subió a su habitación y comenzó a desvestirse mientras miraba por la ventana: la luna brillaba con una intensidad mística, los ojos de Harry pasaron de mirar el cielo estrellado a mirar los verdinegros jardines de Hogwarts, y fue en ese momento cuando se dieron cuenta de que el profesor Centt estaba ahí. Caminaba tranquilamente por los linderos del bosque, como si se tratara de un paseo nocturno, hasta que se detuvo, giró en dirección al bosque prohibido y comenzó a agitar violentamente sus manos, como si estuviera discutiendo con alguien. Una nube cubrió la escasa luz emitida por la luna, y cuando finalmente paso y la luz volvió a alumbrar el jardín, Éaco Centt había desaparecido, dejando a un solitario Harry con el entrecejo fruncido y la mirada clavada en oscuro bosque.
El frío invierno hacía tiempo que había llegado. Los jardines de Hogwarts y el bosque prohibido mostraban un color blanquecino y plateado que lastimaba los ojos al reflejar los rayos del sol. Los alumnos jugaban alegremente con la nieve arrojándose mágicamente bolas, haciendo muñecos, deslizándose una y otra vez sobre sus tablas… todos los alumnos excepto los de quinto y séptimo. Lo más común era ver a estos últimos encerrados en la biblioteca o en sus salas común, enfrascados en el estudio o realizando alguna tarea atrasada; las exigencias del profesorado habían aumentado de manera exponencial conforme se acercaban cada vez más a la fecha de los exámenes TIMO y EXTASIS, y aunque al parecer de los chicos aún quedaban siglos para eso, los profesores consideraban que cada día era clave y no dejaban de asignar trabajos y tareas a sus educandos.
Harry acompañaba a sus compañeros en estas sesiones de estudio, mismas en las cuales él también realizaba sus tareas, no porque representaran una incipiente obligación personal, sino porque representaba la única manera en la que podía dejar de pensar en el símbolo de la caja.
—¿Alguien sabe cuántos mumpurums deben ser agregados a la poción saurion e crocodilus? —preguntó Neville.
—Ni idea —contesto Harry—, estoy tratando de redactar mi ensayo de la transmutación en los árboles para la clase de McGonagall.
—Se deben agregar tres los primeros nueve minutos, y tres cuartas partes de otro en los cinco minutos posteriores —dijo Hermione—. Ron estás haciendo mal el movimiento de la varita para realizar el hechizo escoto, el movimiento debe de ser más sutil no tan basto.
—Esto no es ser basto —replicó Ron—, es ser varonil. La sutilidad es para las mujeres.
—¿Qué? ¡Eres un bruto sexista!
—Y tú una…
—¡Miren! —interrumpió oportunamente Harry antes de que continuara la discusión y los insultos se salieran del control.
Ron, Hermione y Neville giraron sus cabezas en dirección a lo que señalaba Harry. Sobre el tablón de anuncios había aparecido un nuevo comunicado. Los cuatro chicos se miraron entre ellos y se levantaron corriendo para acercarse y mirar mejor. Llegaron atropelladamente, y dado que no todos podían leer el mensaje, Hermione decidió leerlo en voz alta:
"Con motivo del festejo de las Navidades: el consejo administrativo y el profesorado de Hogwarts, se complacen en invitar a todos los alumnos al Gran Baile de Navidad, cuya celebración se llevara a cabo el día 24 de diciembre. La asistencia debe de ser de rigurosa etiqueta y los estudiantes deberán acudir con sus respectivas parejas.
Se les suplica a todos los alumnos interesados confirmar su asistencia con sus jefes de casa correspondientes."
Atentamente,
Directora Minerva McGonagall
—¿Un baile?... ¿Ahora con esta situación? —señaló Ron
—Es claro que McGonagall quiere motivar a los estudiantes para que no salgan de Hogwarts, o por los menos que salgan la menor cantidad de ellos —añadió Hermione.
—¿Y qué creen que pueda pasar si alguien no lleva pareja? —preguntó ansioso Neville.
—Seguramente, y conociendo a McGonagall, no le permitirían el acceso al baile.
—¡Ohh no! —dijo Neville mientras agachaba su cabeza en señal de derrota.
Las orejas de Ron se encendieron de golpe, comenzó a temblar y de sus labios comenzaron a salir palabras trabadas e incompletas. —He… He… Hermione ¿puedo hablar con… contigo un mo…momento? —Y mirando de reojo a Neville y Harry añadió—: ¡A solas!
La chica se ruborizó y asintió mientras se encaminaba al otro lado de la sala común, dándoles la espalda a sus amigos.
—Harry —dijo Neville obligando a Harry que dejara de mirar sorprendido la embarazosa situación en las que estaban metidos sus dos mejores amigos—. ¿Piensas ir al baile? ¿Vas… vas a invitar a Ginny? —Harry palideció y su corazón comenzó a bombear sangre de una manera inusual. La realidad era que desde que había escuchado el mensaje del letrero se había imaginado a sí mismo bailando, en medio de la pista, abrazado a Ginny—. No lo sé —Y tras unos minutos en silencio meditándolo añadió—: se lo preguntaré y veremos que dice.
La noticia del baile de Navidad se había regado como pólvora por todo el castillo, haciendo que todos los alumnos estuviesen emocionados. Mientras que los chicos comenzaban a preparar sus estrategias de conquista, las chicas se alistaban para dejarse conquistar, como un juego infantil que incluso los adultos continuaban haciendo.
La estratagema planeada por la directora McGonagall había sido todo un éxito, ya que muy poco alumnos habían decidido pasar las vacaciones fuera del colegio, los que se iban era más por presión de sus padres que por gusto propio, pero la gran mayoría del estudiantado esperaban expectantes y deseosos el inicio del evento.
Dentro del grupo de aquellos que se encontraban ansiosos por el baile se encontraba Ron, desde aquella tarde en la que Hermione había accedido a ser su pareja, el joven mago deambulaba por el castillo sumido en una nube y mostrando en todo momento una sonrisa de estúpida satisfacción, a diferencia de su mejor amigo. Harry aún no se había decidido a invitar a Ginny: se escondía de ella en cuanto la veía acercarse, y no permitía que nadie la mencionara cambiando la conversación rápidamente. Se torturaba a sí mismo todo el tiempo, por un lado deseaba invitarla y pasar toda la noche con ella, pero por otro lado temía volver a caer en una relación que únicamente la lastimara y la pusiera en peligro.
Esa tarde, Harry había huido de sus amigos, y se había refugiado bajo la sombra de un árbol cercano al bosque prohibido con la intención de reflexionar sobre los milenarios problemas entre hombres y mujeres.
—¿Qué haces aquí tan sólo Harry? —farfulló una potente y conocida voz.
—Hola Hagrid… nada en realidad, tan sólo descansaba bajo este árbol.
—¿Seguro? —añadió mientras inclinaba una ceja—. ¿Con este frío estás descansando en la intemperie? ¿No será que estás ocultándote de algo… o de alguien? Por ejemplo, ¿de cierta pelirroja?
El rostro de Harry se torno de un magenta intenso mientras se llevaba un dedo a los labios señalándole a Hagrid que guardara silencio.
—Acompáñame a la cabaña Harry, sentémonos a charlar, ya que hace tiempo que no lo hacemos —Harry asintió y siguió al gigante a su casa. Al entrar un alegre Fang se abalanzó sobre el joven mago intentando lamerle la cara—. Verás Harry —agregó Hagrid mientras servía sobre su mesa un par de vasos rebosantes de jugo de calabaza y algunas galletas—, he estado muy preocupado por ustedes dos, me refiero a Ginny y a ti. Se que la muerte de Dumbledore nos ha afectado a todos, pero no creo que sea una razón de peso para que alejes de ti a las personas que te quieren…
—¡Hagrid! —interrumpió Harry—, todas aquellas personas que están cerca de mí están en peligro, los mortífagos me perseguirán y no quiero que nadie salga lastimado, o peor aún, muera por mi culpa.
—HARRY —dijo enfadado Hagrid—, ¿en serio crees que eres el único que está en peligro estos días? Todos estamos en la mira de los mortífagos y en cualquier momento podemos morir; es por ello que necesitamos, más que nunca, de la gente que nos aprecia y estima, para que nos de ánimos en estos momentos de desesperación y miedo —Hizo una breve pausa mientras tomaba un trago de su vaso—. Esa actitud que estas tomando no es digna de ti, y estoy seguro que hubiera sido ampliamente criticada y censurada por tus padres.
Los ojos de Harry se entristecieron ligeramente. —¿Qué sugieres que haga entonces?
—Invítala al baile, a Ginny me refiero —dijo alegremente Hagrid—. Olvídate por un momento de tontas hazañas heroicas y concéntrate un poco más en vivir. Tienes una hermosa e inteligente chica que te quiere… ¡Aprovéchalo! Disfruta de lo hermoso que es el amor —En el rostro de Hagrid apareció una sonrisa melancólica, como si estuviera recordando en ese momento algo que le hubiese hecho sentir bien, aunque ahora parecía recordarlo con una triste dulzura—; justamente estaba hablando el otro día con el profesor Centt sobre el baile de navidad y sobre las actitudes de miedo y nerviosismo que están tomando tus compañeros para invitar a las chicas… ahh que tiempos aquellos cuando uno era joven… Sabes Harry —dijo con una sonrisa de complicidad— esa es la Magia del Amor: ¡Qué difícil es comprender su forma de embrujar los sentidos y el alma, su forma de quitar la libertad de decisión y de ligar a los hombres con artes sobrehumanas…!
Harry miraba con el entrecejo fruncido la perorata de Hagrid, y lo interrumpió de golpe preguntando algo que le rondaba la cabeza desde hacía tiempo, y que le serviría para cambiar el tema que le estaba incomodando: —Hagrid ¿qué opinión tienes del profesor Centt?
—¿Eh?... ¿Qué? ¿Cómo? —Hagrid trato de disimular su expresión de desconcierto ante tal interrogante—. Ejem… ¿por qué lo preguntas Harry?
—No lo sé, simple curiosidad supongo.
—Bueno… es una persona extraña y misteriosa, quizá demasiado misteriosa para mi gusto… aunque es bastante agradable charlar con él, tiene tantas historias y anécdotas sobre singulares lugares que ha conocido. Es increíble todo lo que ha visto, ¿sabías que dice que estuvo hace muchos años en una región remota en el este? Un lugar donde se comenta que existen criaturas mágicas demasiado extrañas y hermosas; un lugar al que sin duda me encantaría ir, en su charla me habló sobre un misterioso lobo gigante, conocido como Fenrir, de un pelaje tan blanco como la nieve y colmillos extensibles que son utilizados por él dependiendo el ataque deseado. Alcanza velocidades sorprendentes y posee una fuerza tan terrible que únicamente puede ser detenido por el legendario Gleipnir: una cinta liviana, sedosa y fina, fabricada con el maullido de un gato, la barba de una mujer, las raíces de la montaña, los tendones del oso, el soplo de los peces y la saliva del pájaro…
Harry fingía escuchar a Hagrid, pero la realidad era que a pesar de que no quisiera reconocerlo por momentos pensaba en Ginny y el baile, pero la imagen de Éaco Centt lo obligó a prestarle de nuevo atención al gigante.
—… ¡cómo me gustaría verlo!, aunque claro, no se si ese animal es real o es una de tantas anécdotas fantásticas del profesor Centt… Ja, como la que me contó de que había estado en la tierra de los Cimerios, fue una buena broma, pero tendría que ser muy iluso para creer que él ha estado en un lugar que no existe, que es sólo una leyenda… a veces el profesor Centt me recuerda a mi padre con sus historias, él me las solía contar cuando era pequeño para divertirme…
—¿Qué dijiste Hagrid? —preguntó abruptamente Harry.
—Decía que el profesor Centt me recuerda a las historias que cont…
—Eso no —interrumpió Harry—; me refiero al lugar que dijo el profesor Centt que visitó.
—¿La tierra de los Cimerios?
—Si —dijo emocionado Harry— ¿qué es?
—Bueno, no es que sea un especialista en el tema, pero se cuenta que hace miles de años existió un grupo de magos fugitivos que se desplazaron hacia el norte hasta el fin del mundo, mucho más allá del lugar conocido como Asgard, huyendo de sus países de origen donde eran buscados por sus crímenes hacia la humanidad y su estrecha relación con la magia negra. En ese lugar inhóspito, el clima era demasiado frío y las tierras áridas, sólo eran habitadas por seres mágicos monstruosos y terribles. Estos magos disidentes se adaptaron con muchos problemas al cruel y salvaje entorno, creando hechizos que iban más allá de los límites permitidos, incluso para sus propios estándares. Se adentraron poco a poco hasta especializarse en cierta clase de magia oscura, desconocida hasta ese momento para el mundo… la gran mayoría de estos magos fueron totalmente dominados por el lado oscuro, convirtiéndose en seres con un único propósito: alcanzar el poder absoluto. Fue tan grande su mezquindad por alcanzar dicho poder, que se atacaron incluso entre ellos; constantes guerras se perpetraron, hasta que finalmente un poderoso mago oscuro logró terminar con ellas y traer el orden a esas indómitas tierras. No se sabe cómo lo hizo, pero se cuenta que cuando él llegó, simplemente las guerras pararon tan repentinamente como habían iniciado.
—¿Habrá sido por la maldición Avada Kedavra? —se dijo Harry a sí mismo en voz alta.
—¿Qué tiene que ver la maldición imperdonable con esta historia? —preguntó interesado Hagrid.
—Oh… nada Hagrid… sólo pensaba en voz alta —dijo Harry apurado, e intentando cambiar abruptamente el repentino interés de Hagrid increpó—: ¿Dónde dicen que estaba esa tierra?
—En la región más alejada del mundo en el norte… algunos dicen que ese es verdaderamente el fin del mundo, otros que está en la antesala de la residencia de los dioses nórdicos, yo sólo creo que son patrañas y simples leyendas que alegran una tarde aburrida.
Harry asintió en silencio y tomó un sorbo de su bebida. Si la historia que Hagrid le había contado era cierta, Éaco Centt en realidad había estado en el país de los Cimerios, y era por ello que había logrado enterarse y escribir la historia del hechizo Avada Kedavra y los Horcruxes. De pronto su cabeza recordó algo más: el diario de Regulus… la novela donde se relataba la historia del caballero muggle y el caballero ciervo se llamaba: "A Viage to the Contree of the Cimmerians". Eso significaba que quizá la persona que había escrito el supuesto diario de Regulus no era otro más que Éaco Centt… ó… tal vez… significaba que no existía un Éaco Centt y que todo este tiempo había estado en presencia del mismísimo Regulus Black.
Harry se despidió de Hagrid horas después y se dirigió rumbo al castillo sumido en sus cavilaciones. Se sentía como una pieza de ajedrez sin valor, sometida a los movimientos que el profesor Éaco Centt deseara hacer.
Harry no podía entender nada de lo que hacia su profesor, si en verdad él era Regulus ¿porqué, en lugar de torturarlo con esas pistas tan complejas y retorcidas, no lo ayudaba simplemente a cumplir la misión de destruir los horcruxes? Lentamente subió las escaleras que lo llevaba directamente al salón de Gryffindor y al doblar una esquina chocó con una persona. —¡Discúlpame, no te vi!
—Evidentemente… igual que todo el año —repuso secamente una voz.
—Ginny… ¿qué te sucede?
—¿Qué me sucede? No te hagas el desentendido Harry Potter. Si no quieres saber nada de mí, simplemente dímelo, y deja a un lado estos juegos tontos e infantiles.
Harry permaneció varios segundos en silencio con la cabeza gacha y la mirada perdida en los zapatos de la chica. Ginny tenía razón en todo lo que decía, y a pesar de todo es que Harry no se atrevía a decir nada, no porque temiera herir los sentimientos de la chica o sufrir su ira, sino porque ni siquiera él sabía a ciencia cierta lo que sentía.
—Debes entenderme Ginny, para mí no resulta nada fácil esta situación: tengo que recuperar y destruir todos los horcruxes, pero no quiero poner en peligro a ninguno de ustedes.
—¿No crees que eso es algo que nosotros debemos decidir? —dijo resueltamente Ginny, y Harry la miro expectante. La chica tenía razón y en el fondo Harry lo sabía—. Cuando Voldemort me controló en mi primer año, me sentía confundida, temía poder lastimar a alguien durante esos trances; ahora imagínate mi desesperación cuando salí del último trance y vi, enfrente de mí, herido y maltrecho, al chico que más me importaba… entonces no me vengas con patrañas de que debo entenderte.
Harry continuaba mirándola fijamente, embobado y sorprendido por la madurez que mostraba esa chica, y tras unos momentos de espera añadió: —¡Tienes razón! Ginny… ¿vendrías al baile de navidad conmigo?
Ginny sonrió, le rodeo el cuello con sus brazos y le dijo: —Ya sabes la respuesta. —Y lo besó apasionadamente, casi tanto como aquella tarde del curso pasado, cuando Gryffindor obtuvo el campeonato de quidditch.
Las fiestas navideñas habían llegado tan rápido como un suspiro. El castillo estaba engalanado como pocas veces se había visto; villancicos salían de la careta de las armaduras, los personajes de los cuadros lucían alguna vestimenta con motivos navideños. Cientos de pequeños árboles llenaban los pasillos y corredores del colegio, incluso las aulas mostraban muérdago colgado por doquier. Cuando finalmente el primer día de vacaciones llego para todos los alumnos, estalló un júbilo y algarabía poco antes vista; los estudiantes corrían de un lado a otro emocionados y miles de artículos de Sortilegios Weasley fueron utilizados, fue tal el barullo que inclusive los maestros, pese a que querían dejar disfrutar a sus alumnos de las vacaciones recién iniciadas, tuvieron que poner un orden más estricto para controlar la oleada de hilaridad. No importaba en que lugar del castillo uno pudiera encontrarse, el único tema del cual se hablaba era el baile de navidad: de los vestidos, la comida, la música… Incluso Harry había dejado a un lado (momentáneamente) el tema de los horcruxes para concentrase en el evento que se aproximaba, estaba temeroso de hacer el ridículo, justo como durante el baile del torneo de los tres magos, y mucho más porque en ese día iba a poder estar acompañado por una chica que le interesaba.
—Chicos, ¿creen que McGonagall traerá nuevamente a las Brujas de McBeth? —comentó Seamus.
—Mientras no traiga al Cuarteto de Canterville todo estará bien —añadió Ron, y ante la mirada inquisitiva de Seamus explicó—: ellos tocaron en la boda de mi hermano, y no es que sean malos músicos, pero su estilo es más del agrado de los padres.
A menudo sus compañeros de clase comenzaban esa clase de charlas, al principio Harry participaba animadamente, pero poco a poco se alejo de ellas y se sumió en una nueva obsesión: descubrir la verdad sobre su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Pasaba gran parte de su tiempo mirando sin descanso el mapa del merodeador buscando encontrar el nombre de Éaco Centt o de Regulus Black inscritos en él. Lo curioso era que nunca había podido observar el mapa cuando estaba el profesor Centt cerca de él, de alguna u otra forma, se las arreglaba para que Harry no tuviera oportunidad de verificar nada en él, era como si supiera exactamente lo que pretendía hacer Harry e intentara proteger su identidad.
Pocos días antes del baile, Harry había recorrido casi todo el castillo, con el mapa en mano buscando a su profesor, sin embargo parecía que este se había evaporado. —"¿Dónde se ha metido?" —se decía continuamente mientras vagaba por aulas y corredores.
Ya bien entrada la noche decidió abandonar la búsqueda ese día, estaba agotado y podría meterse en problemas si Filch llegaba a descubrirlo vagando por los corredores a esa hora. Estaba parado, apoyado en la barandilla de un balcón de un aula, meditando sobre sus siguientes pasos cuando se percató de algo: había aparecido una pequeña mota de tinta que se movía en los linderos del bosque prohibido, etiquetada con el nombre de Draco Malfoy. Harry retiró la vista del mapa con un dejo de desconcierto y cuando volvió a enfocarla en el mapa la etiqueta había desaparecido. ¿Acaso había estado soñando? Era imposible que Malfoy estuviera cerca de Hogwarts… imposible.
Finalmente el día del baile había llegado, los estudiantes se habían retirado mucho antes de lo acostumbrado a sus habitaciones para vestirse para el evento; por su parte Harry se encontraba bastante nervioso, porque a pesar de que lucía estupendamente, vestido con su traje de gala, no podía aplacar de ninguna manera su indomable cabello. Pero sin duda el que peor lo pasaba era Ron, caminaba histérico por toda la habitación preguntando en todo momento como lucía; ese año finalmente sus hermanos se habían apiadado de él y le habían obsequiado un traje de gala decente, moderno y elegante, pero a pesar de ello, Ron estaba inseguro sobre su aspecto, no paraba de mirar que su pechera estuviera perfectamente acomodada, que su capa estuviera sin ninguna arruga, que su cabello luciera limpio y brillante… pero si Harry llegó a pensar que el límite de la histeria de Ron había sido mostrado en el dormitorio, se había equivocado, mientras ambos aguardaban en la antesala del Gran Salón a sus respectivas parejas, Ron parecía a punto de un infarto, no paraba de incomodar cada minuto a Harry haciendo la misma pregunta:
—¿Por qué tarda tanto? ¿Le habrá pasado algo? ¿Crees que deba ir a verificar si todo esta bien?
—¿TE QUIERES CALMAR DE UNA VEZ? —dijo Harry incómodo y hastiado—. Pronto llegarán.
—¡HARRY POTTER! Señor. —Harry se sobresaltó al escuchar su nombre tan repentinamente.
—Dobby, que susto me has dado.
—Dobby lo siente señor, pero Harry Potter le pidió a Dobby que le informara en cuanto supiera algo del símbolo de la caja. A eso ha venido Dobby, a notificarle donde está.
Toda la preocupación inmediata sobre el baile desapareció de golpe de la mente de Harry. —¿En serio? Dime dónde está Dobby… llévame hasta ahí.
Ron miraba a Harry intrigado y dubitativo, y sin pensarlo dos veces dijo: —Pero Harry… el baile… ¿A dónde vas? No puedes dejar a mi hermana aquí sola…
—Vuelvo enseguida y les explico todo; dile a Ginny que me disculpe, pero esto es muy importante. —Harry abandonó a Ron a toda velocidad siguiendo a Dobby. No podía creer la suerte que tenía de contar con el elfo, cuántas veces no le había ayudado y nuevamente lo estaba sacando de un apuro.
Mientras se alejaba Ron lo miró con cierto enfado mientras se decía a sí mismo: —"¿Es muy importante? ¿Y mi hermana no lo es?".
Finalmente, después de un rato de caminata, Dobby se detuvo frente a una escultura con forma de obelisco. En dicha estructura estaban grabados diversos jeroglíficos acompañados por un conjunto de imágenes de animales y paisajes: en un lado aparecían cuatro animales, en otro lado cuatro siluetas de personas, en el tercer lado aparecían cuatro manos entrelazadas y unidas, y en el último lado una montaña vacía.
En el centro del obelisco se encontraba tallado en relieve, la figura de una persona, por sus indumentarias Harry supuso que era una maga: su cara era ovalada con una nariz ligeramente aguileña, sus ojos grandes y su boca fruncida le daban un cierto aire de arrogante intelectualidad, llevaba unas hombreras abombadas sobre su túnica, con su mano izquierda sujetaba el extremo inferior de su capa y con su mano derecha sujetaba una varita la cual la mantenía señalando hacia la parte superior del obelisco. En la parte inferior de la imagen aparecía el nombre de Rowena Ravenclaw, seguido por una extraña inscripción que señalaba: "Fuge per bicodulam e bicaput serpentem magnam remissionem petens. Tuebitur te leo usque ad Odin regna. Nihilm enim est opertum quod non revelabitur, aut occultum quod non scietur."
Harry admiró anonadado durante unos minutos el monolito que se erigía frente a él. Sabía que dentro de esas palabras estaba escondida alguna clave que le permitiera encontrar el segundo horcrux esta vez de Ravenclaw, sólo faltaba traducir el escrito.
—Dobby, ¿tú sabes lo que dice en ese escrito?
Dobby negó con la cabeza. —Lo siento señor ignoro su significado, sin embargo se donde puede encontrar la respuesta.
—Si lo sé Dobby, en la biblioteca.
Dobby volvió a negar con la cabeza. —No señor, sería mucho más fácil si en lugar de la biblioteca utilizara el cuarto de los menesteres. Harry Potter debe pedirle a la habitación que le dé un lugar donde pueda aprender todo sobre esta persona en concreto y pueda traducir el texto.
Harry abrió los ojos con emoción. Dobby había tenido una excelente idea, y estaba dispuesto a ir en ese momento al cuarto y descifrar el texto, estaba tan cerca del segundo horcrux… pero de pronto la imagen de Ginny le vino a la mente, había olvidado por completo el baile, ¿cómo podía ser tan estúpido?
—Muchas gracias Dobby, pero tengo que volver cuanto antes al baile. ¡Gracias por tu ayuda! —Harry salió corriendo en dirección al Gran Salón, se sentía fatal por dejar plantada a Ginny, pero sabía que ella lo entendería en cuanto se lo explicara.
Finalmente cuando llegó al baile decenas de parejas ya danzaban en la pista, Harry pasó apuradamente entre ellas en busca de sus amigos y tras unos minutos que paso escudriñando el lugar finalmente encontró a Ron y Hermione bailando animadamente, se acercó a ellos y llamó su atención tocando con el dedo el hombro de la chica.
—Harry —dijo sorprendida Hermione—. ¿Dónde estabas?
—Después les cuento, ¿dónde está Ginny?
—Bueno… ehh... —dijo Ron titubeante—, no ibas a creer que estaría sentada esperándote hasta que te dignaras aparecer. —Mientras que señalaba con su dedo un lugar de la pista donde una pareja bailaba alegremente.
Cuando la mirada de Harry se fijo en la pareja señalada por Ron su cuerpo quedó paralizado: Ginny bailaba con un dejo de felicidad en el rostro con Éaco Centt, sus movimientos eran graciosos y delicados, y sus ojos no paraban de lanzarle, al profesor, furtivas miradas cargadas de interés. Harry se sentó aturdido mientras miraba a la pareja baila; estaba furioso, pero ignoraba si era con el profesor Centt, con Ginny o consigo mismo.
Hasta ese momento el baile era todo un éxito, las decenas de parejas bailaban seducidas por el influjo de los acordes provocados por las Brujas de McBeth; incluso los profesores aprovechaban la oportunidad para unirse a la fiesta y bailar, aunque el único que lo hacía con algún estudiante era el profesor Centt.
Las piezas pasaron y Ginny parecía despreocupada por la ausencia de su supuesta pareja de baile, todo hacía parecer que lo estaba pasando realmente estupendo en compañía del profesor. Finalmente Harry, ya consumido por la ira, se acercó rápidamente a la pareja y con un tono mordaz dijo: —¿Podría bailar con la señorita P-R-O-F-E-S-O-R? —dijo la última palabra con un dejo de rencor, haciendo énfasis en cada una de las letras.
—¡Ah señor Potter!, me alegro de verlo. Claro que puede usted bailar con la señorita Weasley. —Y tras darle un beso en la mano de la chica, se la entregó a Harry y se alejó.
Ginny miró a Harry como si fuera la escoria más grande del planeta. —¿Qué crees que haces? —preguntó.
—Quiero bailar contigo, perdóname pero no podía soportar verte bailando con él ni un minuto más.
—¿Y quién te dijo que ahora yo quiero bailar contigo? No hubieses tenido que soportar nada si hubieses llegado conmigo al baile y no me hubieses dejado plantada.
—Pero Ginny, lo que sucede es…
—No quiero escuchar ni una sola excusa Potter, estoy cansada de tus excusas. Así que te lo voy a pedir sólo una vez: ¡Déjame en paz! No te acerques a mí. —Y salió corriendo hacia el otro extremo del Gran Salón para reunirse con sus compañeros de clase que charlaban animadamente cerca de la ponchera.
Harry se quedó parado, sin saber que hacer, en medio de la pista. Se sentía devastado, como si de pronto una parte de su corazón hubiese sido rasgada. El ambiente estaba frío y denso, como si un dementor se estuviese acercando a él… de pronto sintió un ligero calor que lo arropaba, un par de delicados brazos se aferraron a su cuello mientras que unos suaves labios se acercaron a su oreja y le hablaron directamente con una dulzura sobrecogedora: —¿Estás bien Harry? —preguntó Hermione.
—Sí, sólo necesito estar un momento a solas, sigan disfrutando del baile chicos. —Y tras retirar delicadamente los brazos de su amiga de su cuello, salió rápidamente del Gran Salón.
—¿Por qué lo abrazaste? —inquirió Ron enfadado. Hermione lo miró con cierta rabia en los ojos y se alejó de él sin decir ni una palabra.
Harry caminaba sin rumbo fijo; mantenía la cabeza agachada y los puños cerrados. De pronto una voz llamó su atención:
—¿Qué hace por estos lados tan alejados del baile, señor Potter? —Éaco Centt lo miraba inexpresivo apoyado sobre uno de los lados de marco de la puerta de su propio despacho.
—¡Eso no es asunto suyo! —respondió tajantemente el muchacho.
—Tranquilícese señor Potter, debe aprender a controlar su ira, porque de lo contrario no logrará nada con esa actitud —Miró durante unos minutos fijamente a Harry hasta que agregó—: Entre, quiero hablar con usted.
Harry entró al despacho del profesor con una mueca de desprecio en su cara. A diferencia de años anteriores, la oficina del profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras esta rebosante de libros, que la hacían ver más como una biblioteca, que como una oficina. Sobre su escritorio se encontraba una fotografía del profesor Centt abrazando a una hermosa chica, el retrato reposaba sobre una base que tenía una placa metálica con la inscripción: "La obsesión es el manantial del ingenio y de la locura. Montaine." Harry fijo su mirada en el profesor Centt que lo miraba atento mientras le indicaba con su mano que se sentara, y una vez que Harry obedeció el profesor Centt comenzó a hablar.
—Bien señor Potter, creo que es un buen momento para que usted y yo hablemos tranquilamente sin interrupciones. ¿Dígame que le molesta?
Harry lo miró inquisitivamente, había tantas cosas que quería gritarle. Tantas cosas que deseaba saber, pero se concentró en realizar solamente una pregunta:
—Sólo quiero saber ¿quién es usted?
—Saber quien soy yo no es importante señor Potter, sin embargo es mucho más importante que sepa quién es usted.
—¿Qué? —exclamó Harry ofendido—. Eso no tiene sentido.
—Ese es precisamente su problema señor Potter, cualquier cosa que le parece extraña pierde sentido para usted. Está tan ocupado buscando el qué de las cosas, que se olvida de buscar el porqué.
Harry miraba incrédulo al profesor mientras pensaba que ese individuo únicamente estaba tratando de tomarle el pelo, aunque… quizá…
—Señor Potter —dijo Éaco Centt obligando a Harry a que le prestara atención—. ¿Cómo va la búsqueda de los horcruxes?
La pregunta tomó por sorpresa a Harry quien únicamente levantó los hombros y dijo: —No del todo bien —sus ojos brillaron y una voz fuerte y segura se escuchó cuando hablo de nuevo—: ¿Por qué nos hablo de la historia de la batalla de dragones, magos y alquimistas; y nos enseño ese hechizo? —Harry esperaba que el profesor Centt lo negara, e incluso fingiera una demencia extrema alegando una coincidencia, sin embargo él se limitó a sonreír mientras decía:
—Supuse que conociendo la historia de Hogwarts, tarde o temprano tendrían que pelear con un ser realmente fuerte, en este caso un dragón —Y haciendo una pausa añadió—; y tomando en cuenta las heridas que mostraba ese día, parece que no estaba del todo errado. Por ello les enseñe ese hechizo.
—Nunca mencioné que hubiera peleado con un dragón, la quemadura pudo ser provocada por cualquier otra cosa —dijo resolutivamente Harry.
Éaco Centt lo miró fijamente mientras se levantaba de su escritorio, dándole la espalda se dirigió a un caldero que hervía en un extremo de la habitación dentro de una chimenea, tomando un cucharón y un cuenco se sirvió una extraña sustancia lechosa que emitía un olor muy fuerte a caucho quemado, y tras deslizar el cuenco entre sus dedos durante algunos segundos y darle un trago a la bebida comentó: —Lo sé, se que nunca mencionó el dragón señor Potter, y si me permite en breve responderé a esa pregunta, pero antes que todo, ¿por qué les narre esa historia? Simplemente porque esa era una de las leyendas favoritas de Tom Riddle, recuerde señor Potter, ya se lo había dicho una vez, Voldemort le da demasiada importancia a los fundadores de Hogwarts, fue por ello que pensé: ¿qué otra clase de defensa podría haber puesto Riddle para proteger un horcrux, si no era un dragón? un dragón exactamente igual al de la leyenda.
Harry guardó silencio durante algunos minutos, mismos que aprovechó Éaco Centt para beber un poco más de su menjurje y mirar inexpresivo por su ventana en dirección al bosque prohibido mientras canturreaba una melodía.
—¿Dónde está el país de los Cimerios? —dijo finalmente Harry. El profesor Centt giró su cuerpo y miró directamente a Harry con una sonrisa en sus labios.
—¿Qué le hace pensar que yo se donde está ese lugar?
—Usted escribió sobre los horcruxes, debe de saber dónde está ese lugar.
—Siento desilusionarlo señor Potter, pero no se donde está ese lugar, jamás he estado ahí.
Harry sintió una ira nacer en su interior: ese individuo le mentía descaradamente. ¿O qué acaso no le había asegurado a Hagrid que ya había estado en el país de los Cimerios? Intentando controlarse decidió contraatacar y preguntó:
—Si es así, y nunca ha estado en ese lugar, ¿cómo supo entonces la historia del Avada Kedavra y el origen de los horcruxes?
Éaco Centt volvió a girar su cuerpo y clavo su mirada nuevamente en la ventana. —Eso, señor Potter, es algo que me gustaría reservar para otro día. Discúlpeme pero por ahora prefiero no responder a esa pregunta.
Harry lo miraba dubitativo y cada vez más furibundo. Este individuo no cooperaba en nada, y peor aún, hacía parecer a Harry como un loco desquiciado. Ya bastante más alterado decidió lanzar sus cartas y jugarlas todas: —¿Su nombre verdadero no será Regulus Arcturus Black?
Éaco Centt se acercó hasta donde se encontraba sentado el muchacho y le dirigió una sonrisa de complicidad e intriga mientras estudiaba atentamente la cicatriz que Harry tenía en su frente. —Creo que se está haciendo tarde y usted tiene que arreglar cuanto antes un asunto con cierta chica… ¡Buenas noches señor Potter!
Harry se levantó y salió lentamente e inexpresivo del despacho. Ese maldito profesor no hacía más que arruinarle la vida mientras se entretenía jugando con él. Sabía demasiado y no estaba dispuesto a contarle nada a Harry ¿qué clase de secretos eran los que escondía este misterioso personaje?
Un dolor punzante apareció en su cabeza y se llevó las manos a la cabeza, todo ese día había salido mal; era precisamente en ese momento cuando necesitaba los consejos de un buen amigo, alguien que pudiera entenderlo y apoyarlo y que dejara de recriminar sus errores constantemente, y fue ahí cuando se sorprendió a si mismo pensando en esa persona conforme se acercaba a la Sala Común de Gryffindor. No importaba cuanto intentara alejarla de su mente, la realidad era que últimamente en los momentos de apuro, tristeza y desesperación siempre aparecía en su pensamiento los mismos ojos, la misma cabellera, la misma sonrisa radiante y alegre de Hermione Granger.
