Capitulo 11

Capitulo 11. La Oscuridad Latente.

Onigumo sonrió de nuevo, al ver a través del espejo que decoraba el salón de aquella horrible torre, a la confundida sacerdotisa despertar en las mazmorras directamente llegada de una de las salas de tortura en donde, supuso, el carcelero había echo mucho más que usar sus maquinitas para hacerla sufrir.

Su sonrisa se torno una mueca gesto cruel y maliciosa al recordar quien había estado en aquella misma celda hacía 300 años, en una situación tan parecida a la de Kagome, pero en cierto modo distinta.

Le hubiera gustado ser el personalmente quien hiciera agonizar su cuerpo de dolor y humillación, pero por culpa del maldito arcángel que venía mucho más rápido de lo que él había previsto, debía estar pendiente de sus movimientos, ya muy cercanos a su torre.

Tras él, a considerable distancia, lo seguían Inuyasha y Miroku, a penas incapaces de seguir la velocidad de vuelo de Sesshômaru, con sus poderes al máximo de la rabia y el dolor.

Podía percibir los sentimientos y las emociones de Kagome y tan solo de vez en cuando maldecía por ir tan despacio, ya que los demonios se habían tele transportado a la Torre del Nigromante, la base oscura que fue suya, después de Naraku y ahora de Onigumo.

Maldita sea, su mujer estaba sufriendo y el no podía hacer nada. No quería que volviera a pasar lo ocurrido hace cerca de trescientos años. No podía tolerar que Kagome muriera. ¡¡No de nuevo!! ¡No imaginaba ya una vida sin ella a su lado!! Por que la miko… No era como ella.

Acelero de nuevo, reuniendo fuerzas de nuevo de no sabía donde y un único pensamiento cruzo su mente antes de dejar de pensar y concentrarse en su objetivo.

"Dios, no permitas que nada le ocurra, no podría soportarlo, no de nuevo"

Kagome despertó en la celda que se encontraba. Acurrucaba contra sí en un vano intento por entrar en calor. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Segundos, minutos, Horas? ¿Días, semanas, meses, años?

El dolor parecía desenfocar el tiempo y la realidad. En algún lugar de su mente habitaba la idea de que apenas podían haber pasado unas horas desde que fue atrapada, pero el malestar de su cuerpo no atendía a razones.

Y eso la desoló por completo. Deseaba encontrar la esperanza a la que siempre había podido aferrarse en los perores momentos, pero no conseguía hallarla por ningún lugar.

Le dolían las manos por las cuerdas que las ataron, las piernas por los cortes recibidos, la espaldas estaba plagada de latigazos, su rostro lleno de cortes, moratones y algún que otro rastro de chupetones y su cuerpo apenas era un triste recuerdo convertido en un montón de piel maltrecha y heridas sangrantes.

¿Una tortura de apenas unas horas? Le pareció toda una vida. No podía apuntar ese dolor de nuevo, no era capaz. Nunca la entrenaron para ello, los demonios no hacían rehenes, mataban sin piedad y en ataque en masa, aquello fue totalmente imprevisto. Sin duda, un golpe de astucia bien dado por Onigumo con el objetivo de herir a Sesshômaru.

Claro. Era por eso. Por aquel motivo no le habían formulado tan siquiera una solo pregunta, tan solo dolor recibió. Por Sesshômaru.

-Sess…Sesshômaru…

Justo en ese instante, tirada sobre el frío suelo de piedra, que clavaba su heladez en su roída carne, destrozando las heridas sin cicatrizar, todo su dolor se desvaneció ante el recuerdo de la persona amada.

Allí estaba su esperanza. No debía perderla de nuevo. ¿Aquel era el precio a cambio del amor del arcángel? ¿Era eso?

Entonces la pregunta era: ¿Quería ella aquella vida llena de sufrimiento, riesgos y dolor a cambio de permanecer al lado de Sesshômaru?

Cortes por caricias. Látigos por sonrisas. Dolor por Amor.

¿Esa era la vida que quería? Analizo su interior, con su corazón apagado y aquella débil esperanza flotando en su mente. Que estupidez, pensando en tales tonterías no iba a sacar nada en claro. Y el planteamiento era tan inútil.

Si aquel era el precio por estar con él, ya podían repetir sus torturas una y un millón de veces, que no iban servir de nada.

Sonrió en la fría oscuridad de aquel lugar húmedo, deslizando uno de sus temblorosos dedos hacia su frente, en donde la media luna que indicaba que le pertenecía a Sesshômaru parecía transmitirle algo de calor.

-Vaya, vaya, mira a quien tenemos aquí. ¿A que debo la visita?

El Ángel caído sonrió con maldad cuando Sesshômaru detuvo su vuelo justo frente a él. Si no se equivocaba, acababa de invocar ingravidez y se había transportado al salón del Trono e la Torre del Nigromante después de destrozar todas sus defensas mágicas, espirituales y… Ni pensar que les había echo a los guardias.

Era increíble, no se podía dudar ni por un instante el motivo por el cual el Arcángel era tan admirado como temido y respetado en la Tierra o en el Cielo. Y todo aquel poder… Tan solo por una humana, esa raza despreciable.

-¿Dónde esta?

Cada palabra, cada sonido que salio de su boca les producía un escalofrío a todos los demonios allí presentes, algunos incluso comenzaron a temblar del miedo. Tan frío, tan helado y mortal que la sola mención de su nombre bastaba para esperarse lo peor.

-La tenemos bien guardada, en una de las suites del calabozo. De hecho, es una muy especial que te sonara bastante.

-Te voy a matar.

-Ju….

Chasqueo los dedos, y al momento siguiente no había nadie allí. Sabía que lo que acababa de ocurrir era real, Onigumo tan solo había usado el Cronos del Espacio que había en aquella Torre y coincidía con el del Castillo de Dranchelheim, a donde pensaba ir a ajustar cuentas con ese bastardo, después de encontrar a Kagome. Pero mejor sería mandar a alguien por él. Onigumo no era muy poderoso y a pesar de todo, el que tenía ciertas cuentas que ajustar con el era…

"Inuyasha, cambiad el rumbo, Onigumo se transporto a Dranchelheim, yo me ocupo de Kagome, esta aquí"

De acuerdo, hermano…

Tras el mensaje mental de Inuyasha, de un gesto hizo estallar la trampilla que conducía a los calabozos. Corrió con toda la rapidez que sus piernas le permitían, a la celda exacta, el número exacto…

Se detuvo antes de abrir las rejas. Todo era tan parecido a… No, no podía ser. No se encontraría con ella al cruzar esos barrotes, era Kagome quien estaba tras ellos y debía rescatarla.

Con la seguridad de haber vivido ya antes aquello, Sesshômaru entro en la estancia y sus rodillas flaquearon al ver ante él a su Kagome. Mantenía los ojos cerrados y temblaba de frío. Su cuerpo estaba herido y desgarrado por todos lados, el suelo manchado de sangre, pero…

Se dejo caer al suelo junto a ella, temblando ligeramente. Aparto el cabello enmarañado de su rostro y sus ojos se abrieron de par en par. En la cara de su pequeña se dibujaba una sonrisa, mientras que unas de sus manos permanecía sobre la media Luna que lucía en su frente.

La tomo en sus brazos y la estrecho contra sí, transmitiéndole todo el calor que tan solo un ángel puede pasar. Ella parpadeó y abrió sus ojos con pesadez, sin que esa sonrisa se borrara de su cara.

-¿Sessh… Sesshômaru? ¿Es-este es… ot-otro de mis sueños?

-Kagome… Yo…

¿Cómo había dudado de ella? ¿Cómo pudo permitir que le ocurriera eso?

-Por fa-favor… Aunq-qu-que seas un su-sueño… Qu-quédate conmigo….

La abrazo con más fuerza y se deshizo de su haori, cubriendo el cuerpo de ella, que apenas se cubría con unos trapos. La pego a su cuerpo, desplegando sus alas y alzo el vuelo, desintegrando con su furia una a una las estancias de la Torre del Nigromante por las que pasaban a toda velocidad.

Cuando al fin salieron de aquel lugar infernal y los tenues rayos del Sol les brindaron una suave caricia, Sesshômaru volteo con ella en brazos, que se sujetaba firmemente al yukata que cubría su pecho y solía llevar bajo el haori.

Solo separo su maltrecho rostro del pecho de su amado cuando escucho el sonido de las rocas cayendo y volteo a mirar como, una a una, todas las piedras que formaban la estructura de la Torre caían sin remedio contra el suelo.

La Torre del Nigromante acababa de desaparecer del mundo. Ahora tan solo podría atormentarla en sus sueños. Se agarro de nuevo a Sesshômaru y suspiro aliviada. Ya estaba en casa.